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EL CUMPLEAÑOS DEL ARCA

Gerald Durrell
Gerald Durrell

El cumpleaños del Arca

Traducción de

María del Mar Moya

Colección Documento

Dirección: Rafael Borràs Betriu

Consejo de Redacción: María Teresa Arbó,

Marcel Plans, Carlos Pujol y Xavier Vilaró

Título original: The Ark's anniversary

© Gerald Durrell, 1990

© por la traducción, María del Mar Moya, 1991

© Editorial Planeta, S. A., 1991

Córcega, 273-279, 08008 Barcelona

(España)

Diseño colección y cubierta de Hans Romberg

(foto cortesía de Peter Trenchard,

ABIPP AMPA, Lynn Photographers Ltd.)

Procedencia de las ilustraciones:

A. Murgatroyd, E. D. H. Johnson, Jersey

Evening Post, Jersey Wildlife Preservation

Trust, P. Coffey, P. Mourant, Robert Ratner

Primera edición: febrero de 1991

Depósito Legal: B. 4.574-1991

ISBN 84-320-4473-3

ISBN 0-00-215498-6 editor William Collins

Son & Co. Ltd., Londres, edición original

Printed in Spain - Impreso en España

Talleres Gráficos «Duplex, S. A.»,

Ciudad de Asunción, 26-D, 08030 Barcelona

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Índice


Este libro está dedicado a Thomas Lovejoy,

con cuya ayuda, sentido del humor

y trabajo denodado

tanto hemos conseguido

PRÓLOGO POR SU ALTEZA REAL

LA PRINCESA ANA

Mi relación con la Sociedad de Jersey para la Conservación de la Fauna empezó, al igual que para miles de otras personas, en un tren con un libro escrito por su fundador, Gerald Durrell. La capacidad que tiene él y muy pocos autores más para transmitir una explosión espontánea de alegría sorprende tanto al lector como a un desprevenido compañero de viaje. Comer un bocadillo mientras se está leyendo al señor Durrell es exponerse a peligros todavía mayores.

Me doy cuenta ahora de que el autor utiliza su estilo especial de antropomorfismo para establecer relaciones y también, inevitablemente, vínculos entre su lector y otras especies animales. Reconozco también que utiliza sus dones singulares para llegar a un público múltiple, estrategia que continúa aplicando con grandes resultados en otros ámbitos.

He visitado ya varias veces la Sociedad de Jersey para la Conservación de la Fauna y cada ocasión ha sido memorable por algún motivo determinado, aunque la más significativa haya sido la celebración conjunta en 1984 del XXI y del XXV aniversarios, cuando me pidieron que inaugurara el Centro Internacional de Capacitación para la Conservación y Reproducción en Cautividad de Especies Amenazadas.

Tal como podrán leer, la influencia y actividades de la Sociedad se están extendiendo por todo el mundo a través de este centro de capacitación, con un alcance totalmente desproporcionado con la modestia de su sede central en las islas Anglonormandas.

Creo que a todos nosotros, como guardianes del mundo viviente que hemos heredado, nos toca asegurar la transmisión de esta herencia inestimable a la siguiente generación. Sin embargo, para conseguirlo debemos comprender por qué y cómo debemos hacerlo. Una de las novedades más interesantes, derivada de la idea de que la reproducción en cautividad puede crear por sí misma una oportunidad de aprender, es la adaptación del centro de reproducción a una misión de educación pública.

Estoy encantada de que el Pabellón de la Princesa Real en Jersey ofrezca esta oportunidad para que los 350.000 visitantes que cada año pasan por nuestra sede puedan aprender la filosofía que informa los objetivos de la sociedad. Tiene por lo menos una importancia igual el primer Curso de Educadores de Zoos, en el cual el personal de los zoológicos de los países en desarrollo aprenderá a mantener colecciones de animales que puedan servir para impartir los principios de la conservación de la fauna.

También en esta ocasión Gerald Durrell y su pequeño equipo parece que han encontrado el camino para llegar a un público internacional de un volumen apenas imaginable.

Decir que una persona, o incluso una organización, no puede hacerlo todo es una trivialidad. Pero me siento inclinada a afirmar que si cada uno de nosotros y todas las instituciones de base biológica hicieran tanto como el señor Durrell y su sociedad para ayudar a remendar la gastada ecología de nuestro planeta, nuestras defensas naturales presentarían menos grietas que en la actualidad.

Vale la pena esperar cada uno de los libros de Gerald Durrell. El presente libro no es una excepción, y confío que sirva para convencer a muchas personas de que cuando existe la voluntad y un método bien pensado, lo imposible se convierte en normal e incluso los milagros no tardan tanto en producirse.



NOTA DEL AUTOR

La mayoría de autores se quejan porque tienen poco material. En este libro me quejo de un exceso de material, porque exigencias de espacio me han obligado a saltar muchas cosas que hubiera deseado incluir. Sin embargo, esto me ha ayudado a comprobar que cada cosa tiene su justa cabida.

A medida que la sociedad ha crecido y prosperado hasta contar, como ahora, con organizaciones hermanas de apoyo en Estados Unidos y Canadá, nos hemos acostumbrado a utilizar la palabra «sociedad» como una descripción que lo abarca todo, porque aunque nos separen océanos y grandes distancias, nuestra labor, nuestros objetivos y nuestras aspiraciones son los mismos. Por lo tanto, cuando utilizo la palabra «sociedad» en este libro incluyo no solamente la labor realizada en Jersey, sino también la realizada en Estados Unidos y Canadá.

UNAS PALABRAS PREVIAS

No creo que a los seis años de edad haya muchas personas capaces de predecir con exactitud su futuro. Sin embargo, yo a esa edad tenía suficiente confianza en mí para anunciar a mi madre que me proponía fundar mi propio zoo. Además, le dije con gran generosidad que ella podría vivir en el recinto, en una casita que yo le buscaría. Si mi madre hubiera sido una madre norteamericana, probablemente me habría llevado corriendo al psiquiatra más próximo; sin embargo, como era bastante flemática, dijo simplemente que la idea le parecía maravillosa y se olvidó de ella en seguida. Pero debería habérselo tomado en serio porque yo, desde los dos años, había ido llenando bolsillos y cajas de cerillas con una amplia gama de la fauna más diminuta que encontraba en mi camino, y el paso de una caja de cerillas a un zoo era predecible. Es bonito poder constatar, sin embargo, que antes de que mi madre muriese cumplí mi promesa y me la llevé a vivir a mi zoo, y no en una casita, sino en una mansión.

Mirar por las ventanas de mi apartamento en el primer piso de la mansión «Les Augres» es una operación llena de sorpresas y daría que pensar a cualquier psiquiatra. Desde las ventanas de la sala de estar, por ejemplo, levantas la vista y te quedas inmóvil mientras estás sirviendo el segundo pink-gin a tu invitado cuando ves que los caballos de Przewalski inician su propia modalidad de derby corriendo por el prado: los miras conteniendo la respiración y preguntándote cuál de esos musculosos animales de color marrón rosado va a ganar. Mientras tanto, tu invitado, que no entiende a qué se debe esa súbita y poco hospitalaria inmovilidad, se queda, como si dijéramos, sin poder apagar su sed.

En el comedor te suceden cosas peores. Interrumpes el acto de trinchar el asado porque dejaste que tu mirada vagara hacia el exterior y has avistado las grullas coronadas en plena danza de cortejo. Sus patas larguiruchas se disparan en las posturas menos anatómicas y piruetean hacia uno y otro lado, como fracasadas bailarinas de ballet, dando grandes saltos al aire, efectuando diestros malabarismos con ramitas arrancadas, que son sus prendas de amor, y profiriendo estrepitosos gritos que recuerdan el sonido de un clarín.

El recato me impide contar lo que puede verse desde la ventana del baño, cuando los servales anuncian con gritos de agonía que están en celo y gimen con el corazón partido, chillando de amor y de lujuria. Sin embargo, te sucedería algo peor, mucho peor, en la cocina si levantaras los ojos del fogón y los dejaras errar por el exterior. Te encontrarías frente a una gran jaula llena de monos de las Célebes, negros y relucientes como el azabache, con unos traseros rosados y rubicundos que tienen exactamente la misma forma que los corazones de las tarjetas del día de San Valentín, participando todos ellos con entusiasmo en una orgía que hasta los romanos más vanguardistas habrían considerado extravagante y rayando en lo escabroso. La contemplación detenida de tal espectáculo puede conducir al desastre; por ejemplo, que se queme sin remedio el cocido para ocho personas en el momento en que éstas llegan a comer. Esto me sucedió una vez y descubrí que ni siquiera a los viejos amigos les hace ninguna gracia tener que comer huevos duros, después de haber estado segregando profusos jugos gástricos en espera de un banquete de cinco platos, propio de un gourmet.

Y aún pasan cosas peores. Una mañana recibí a un grupito de conservacionistas octogenarios sumamente temblorosos, que hacían constantes incursiones en mi jerez dulce. Estaba a punto de proponerles (mientras aún estaban con sus cinco sentidos) que saliéramos a dar una vuelta para ver a los animales, cuando de pronto eché una ojeada por la ventana y vi horrorizado que Giles, nuestro orangután más grande, más peludo y potencialmente mortífero, avanzaba con paso indolente por el patio, entre las flores primaverales. Parecía un gigantesco felpudo ambulante de pelo rubio y anaranjado, y tenía ese movimiento tambaleante, de un lado a otro, que se atribuye a los marineros que han pasado muchos años en el regazo del océano y un número igual de años en brazos del ron. Me vi atrapado y durante la siguiente hora tuve que suministrar cada vez más jerez dulce a mis candidatos al geriátrico, que cada vez estaban más ebrios. Al final llegó la buena noticia de que habían disparado un sedante a Giles y lo habían devuelto a sus correspondientes aposentos, de modo que pude deshacerme de mis conservacionistas, ya por entonces joviales en extremo. Pero se me helaba la sangre al pensar lo que habría sucedido si les hubiera sacado por la puerta (y, además, bajo los efectos de la «bebida diabólica») en el momento preciso en que Giles entraba en el patio con sus andares desgarbados.

Pero ¿por qué un zoo?, me han preguntado en tono quejumbroso parientes y amigos. ¿Por qué no montas una fábrica de galletas o te dedicas a plantar legumbres o a cuidar una granja, o a algo seguro y respetable?

La primera respuesta era que yo nunca había querido hacer nada seguro o respetable: hubiese sido demasiado aburrido. Y en segundo lugar, no me parecía que la ambición de poseer mi propio zoo fuera tan terriblemente excéntrica y que mis seres más queridos o más próximos tuvieran que mirarme como si hubiera llegado el momento de encorsetarme en mi primera, y probablemente definitiva, camisa de fuerza. Para mí la cosa estaba clarísima. Me interesan profundamente todos los animales que conviven conmigo en el planeta y quería tenerlos cerca para poder contemplarlos y aprender cosas sobre ellos y a mi vez aprender de ellos. ¿Había una forma más sencilla de lograrlo que fundar mi propio zoo?

Claro que en esa época dichosa yo no tenía idea de la cantidad de dinero y de esfuerzo que debería invertir en un proyecto así antes de poder convertir en realidad este sueño, y no sabía nada sobre la importancia de los zoos ni sobre lo que debería ser un zoo en un plano ideal. Consideraba, egoístamente, que un zoo era únicamente una gran colección de animales exóticos reunidos en un mismo lugar para mi edificación personal. Pero a medida que los años transcurrían y que me aproximaba a mi meta, estuve trabajando en diversos zoos, recogí en todo el mundo animales para los zoos, y comencé a contemplarlos con una perspectiva algo diferente a la visión poco crítica que había adoptado hasta entonces.

Mi proyecto era un concepto casi completamente nuevo sobre la justificación de un jardín zoológico. El objetivo principal del zoo debería ser ayudar al gran movimiento de conservación de la naturaleza, creando colonias viables para la reproducción de las especies amenazadas, especies cuyo número de representantes había descendido de forma tan drástica que ya no podían enfrentarse a los peligros de la vida en libertad. La iniciativa en modo alguno debía interpretarse equivocadamente (tal como habían hecho algunos conservacionistas) como una acción limitada a confinar esos animales en cautividad. La idea de crear colonias cautivas era sólo una defensa contra la extinción: al mismo tiempo debían efectuarse los más rigurosos esfuerzos para conservar el hábitat natural y la población libre de las especies amenazadas. Era preciso liberar de nuevo a los animales reproducidos en cautividad cuando su hábitat estuviera protegido. Ésta era, en mi opinión, la principal justificación de un zoo.

En segundo lugar, un zoo debería ayudar a crear colonias reproductoras de estas especies en sus países de origen, y debería capacitar a personas de esos países sobre la reproducción en cautividad y las técnicas de reintroducción.

En tercer lugar, un zoo debería promocionar estudios encaminados a aumentar nuestros conocimientos sobre los animales, tanto en su estado natural como en cautividad, y a descubrir, mediante estos conocimientos, formas mejores y más rápidas de ayudarlos a evitar la desaparición de nuestro mundo.

Una última pero también importante condición es que un zoo debería promover la educación sobre la conservación de la naturaleza, tanto en su país como en el país de procedencia de las especies amenazadas, donde generalmente se necesita con mayor urgencia este tipo de educación.

Descubrí, desalentado, que un porcentaje muy elevado de zoos eran malos. Y eran malos porque no tenían una auténtica motivación, y los dirigían como si sólo fueran centros de atracciones. La única motivación que los movía era conseguir animales «taquilleros» para elevar la recaudación. La mayoría de los animales estaban mal alimentados y mal enjaulados, y los resultados de la reproducción, si los había, eran escasos y sucedían más por accidente que intencionadamente. Se realizaban muy pocos estudios científicos sobre esta amplia serie de especies amenazadas, de las cuales no se sabía prácticamente nada, y los intentos de educar al público que acudía al zoo eran, en el mejor de los casos, patéticos.

He escrito en otro lugar (El arca estacionaria) que cuando Florence Nightingale descubrió la situación espantosa de los hospitales de su época, no propuso cerrarlos todos. Sabía que los hospitales tenían que cumplir una función importante, y se propuso mejorarlos.

No me estoy comparando en modo alguno con esa formidable mujer, pero el mismo problema existía (y existe aún) con los zoos. En mi opinión, si tales instituciones estaban desprestigiadas, la culpa era totalmente suya. Los zoos podían ser importantes si se dirigían de forma adecuada; podían ser instituciones excelentes para la investigación y la educación científicas y, especialmente hoy en día y en nuestra época, podían ser centros de reproducción en cautividad para ayudar a salvar las especies en peligro.

En definitiva, yo quería sencillamente un zoo dirigido de esta forma, siguiendo las directrices que todo zoo, en mi opinión, debía seguir. No estaba nada seguro de que un zoo así funcionara, pero tampoco los hermanos Wright supieron si podían volar hasta que se lanzaron al aire. De modo que lo intentamos, y ahora, al cabo de los años, después de trabajar mucho y de cometer muchos errores, hemos demostrado que nuestro zoo puede funcionar. El presente libro se llama El cumpleaños del Arca porque hace poco celebramos su vigésimo quinto aniversario. Y ésta es la historia de algunas de las muchas cosas que nos han sucedido durante nuestros años de crecimiento.
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