“Súbele 5 puntos y así reconocerá los colores rojo, naranja, añil, magenta, cosmos uno, dos y tres y Ganímedes desde el siete hasta el trece. Sí. El trece






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-“Súbele 5 puntos y así reconocerá los colores rojo, naranja, añil, magenta, cosmos uno, dos y tres y Ganímedes desde el siete hasta el trece. Sí. El trece funcionará” Exclamó María, experta en Electromagnetismo.

“Pero, chica, si lo hiciésemos correríamos peligro de que Roger sufra otro ataque epiléptico” Replicó Hristo, el hombre del gabán azul, infomosqueado.

“No, la dosis de esta asociación de sustancias debería ser suficiente para eliminar ese riesgo”

“Mejor sería bajar la frecuencia de longitud de onda de las Lentes. Si surte efecto será menor, pero no habrá peligro” Abordó Yves, el cerebro de la operación, el gran mentor de las ideas salvajes, en el momento en que irrumpía dentro de la habitación blanca dominada por luces rojas, ya que se trataba de aumentar fantasiosamente la capacidad de la retina y el rojo admite claros, preciosos matices, que les permitirían averiguar la veracidad de sus inquietas hipótesis.

Yves concibió la idea durante sus años de estudio en la Universidad en París y en el transcurso de algún sueño durante alguna película de ciencia-terror, pues siempre se había dejado llevar por una imaginación sin límites en conflicto constante con su ilusión por la ciencia.

Depuraba cada una de sus ideas por absurda que pareciese en un principio hasta que ya no lo fuese en absoluto. Sin embargo, pese a este afán tan encomiable nunca había atraído la atención de los doctores de la facultad como investigador, quienes lo consideraban un soñador, un espíritu sumido en luchas por lo imposible, capaz de las más deplorables aventuras dignas de Mary Shelley, ese dulce fantasma de la noche.

El gran mentor sentía una atrofia infinita cada vez que le encargaban una investigación aburrida, ultrademostrada.

En estos instantes se encargaba de supervisar cada uno de los experimentos que se llevaban a cabo en el improvisado laboratorio.

“Opino que lo más adecuado sería asociar lamotrigina con el ácido valproico, aunque produzca exantemas. El topiramato tiene bastante incidencia de fallos hepáticos severos” Arguyó Yves.

“Sí, teníamos pensado utilizar esa asociación la siguiente. Tómate esta cápsula Roger.”

Yves cambió de tema, mientras atusaba su insignificante bigote “¿hasta qué longitud de onda queréis llegar?”

“Cuarenta y seis nanómetros”. Respondió la rubia belleza de ojos verdes, aunque parecidos a la mezcla magenta-azul-weiss que forma el color Cosmos uno para estos seis expertos del anochecer de las soluciones.

“Roger tiene ya la pupila dilatada, ¿no?” Exclamó Yves.

“Sí, tranquilo, doctor” Replicó Hristo con un tono de reproche hacia el director del experimento por su poca confianza en las capacidades de sus compañeros subordinados, aunque Magalie era algo más que eso, es su subordinada esposa, subordinada con respecto a la ciencia, of course. Hipersensibilizada con respecto al perpetuo desdén de su marido.

María advirtió la ira en los ojos del otro mentor, su mentor particular, el investigador búlgaro nacionalizado francés... Hristo.

Yves, no dándose o no queriéndose dar cuenta, para evitar la visión de otro de sus científicos desmayado del día, abandonó la blanca estancia, subió la escalera de serpiente-caracol y se adentró en el salón de su propia casa en el que Paul trabajaba escondido del día. Paul no se concentraba abajo junto al resto del equipo científico por los ruidos, las voces, las notas musicales fantasmas. Yves cerró la puerta con el cuidado que le es característico y permaneció un instante pensativo tras ella meditando acerca del gran descubrimiento en ciernes, del fenomenal invento que los tristes mortales que simplemente se contentan con “observar el día” podrían reconocer como un atentado a las leyes de la naturaleza, como el parto sin dolor o utilizar malditas marijuanas de laboratorio para curar enfermedades. (La naturaleza no es tan sabia. No tanto como la ciencia en ocasiones).

Al desaparecer, al morir su visita, fue criticado por los brillantes licenciados, que ya desde hace unos cuatro meses se hallan enfrascados en el absorbente “proyecto” de Yves y Hristo.

María, a pesar de su comedimiento habitual y de su defensa por los indefensos, la linda españolita, no habló ni una sola palabra a favor de Yves, sino que simplemente, asintió las declaraciones de Hristo, el cual tachaba al “cerebro” de dominante, egoísta y de que los estaba utilizando para luego no hacerles partícipes de las ganancias, pues lo creía capaz de las más horrendas elucubraciones asesinas de amistades y lealtades, pero María no aceptaba esto último como factible. Yves podría ser “un loco, un insensato, un alfeñique e incluso un asesino, pero nunca... jamás les traicionaría”. De ello no le cabía duda alguna, como tampoco le cabían más visiones a Roger, que empezó a sufrir el cotidiano y predecible ataque epiléptico sin que le volviese a dar tiempo de averiguar si los esfuerzos iban bien encaminados, si las gafas funcionaban más allá del país encantado de la Teoría.

“María. Peligro. Huelo a paella. Hasta luego.”

“Magalie, Hristo venid. Roger ha sentido el aura. Traed paños fríos”

“Creía que el aura era sólo auditiva, visual o psíquica, como cuando yo sentí tanto terror antes del ataque” Inquirió María.

“No. La alucinación puede ser también olfativa, gustativa e incluso una sensación de calor que sube a la cabeza” Respondió Magalie, mientras Roger empezaba a volver en sí.

Yves, tras el rápido ensimismamiento, se acercó a conversar con el triste Paul, el cual se encargaba normalmente junto a Magalie y Roger, los otros dos químicos, de la labor menos meritoria, aunque esencial: mezclar los componentes químicos necesarios para elaborar las cápsulas.

Paul, fantástico soñador empedernido, era el científico a quien más cariño había tomado Yves, puesto que era el único que no parecía odiarle hasta el final del pasillo de la muerte, además, por supuesto de Magalie, la resignada esposa, en ocasiones.

Paul había quedado absorto y emocionado al leer aquella antigua atrayente proposición en la revista científica:

“Si quieres jugar con los habituales destinos de la naturaleza llama al 555-131376 o 555-677367”. Al otro lado del teléfono las palabras perdidas en el aire le comentaron lo que tantas veces había ansiado oír y que jamás habría imaginado que estaba detrás de ese anuncio, pues si los dos mentores, los dos mecenas que les mantenían como investigadores particulares, hubiesen plasmado allí la naturaleza del “proyecto” no se lo hubiesen publicado en una revista tan sobria, que nunca se emborracharía ni de osadía ni de iniciativa, pues ambas palabras la mayoría de las veces son sinónimas.

“Hola Yves” Le recibió con su habitual sonrisa en la cara.

“¡Qué tal!. Voy a hacerte compañía un rato. Luego, antes de irme, préstame gabapentina. Probaremos a asociarla con el ácido valproico, aunque éste tenga tantos efectos secundarios jodidos y, en particular, a las mujeres no les va a hacer ninguna gracia. A ellas, además, les produce obesidad, hiperandrogenismo y la formación de ovarios poliquísticos. Pero el resto de las asociaciones no dan resultado.”.

Paul replicó con anodina extrañeza. “La tiagabina junto a la lamotrigina aún no la hemos probado. Quizá con ella evitemos el ataque.”

“La lamotrigina no sólo produce exantemas. Todas tienen efectos secundarios si se toman con asiduidad. Pero hemos de examinar si alguna consigue reducir estos putos ataques”.

CAPÍTULO PRIMERO
Para todos la tarde transcurría encerrados en el laboratorio de Yves donde mezclaban, experimentaban y se desesperaban.

Descendiendo la escalera, se entraba en las profundidades de la ciencia y la experimentación. El sótano constituía una gran estancia, toda blanca, dominada por una extraordinaria cristalera que daba a la luz del día. El anterior inquilino había tenido allí una Academia de baile. Los techos eran bajos pero no importaba. La escalera daba pánico, pero tampoco importaba. La estancia ocupaba tanto espacio como toda la planta principal de la casa de Yves y Magalie. Parecía incluso mayor por la existencia de dos enormes espejos al fondo, vestigio del pasado musical que, no se sabe por qué razón, Yves decidió comprar junto a la casa.

Cuatro mesas, varios microscopios, multitud de probetas y los restos del naufragio de muchos aparatos eléctricos constituían el austero, pero adecuado decorado. Sin cuadros, sin pósters, sin graffitis ni otra expresión de colorido e imaginación. Ya había demasiada imaginación en la sala.

Yves y Hristo daban clases en las facultades de Química y Física, respectivamente, por las mañanas. Magalie no trabajaba desde hacía algún tiempo. Tan sólo realizaba investigaciones de vez en cuando. Por último, Roger, Paul y María ayudaban en Departamentos. María estaba bajo el cargo de Hristo y Paul y Roger eran investigadores especiales encomendados por Yves para ayudarle en su investigación encaminada a hallar una cura al ataque epiléptico no crónico y espontáneo, como en el caso de niños y dibujos animados con demasiada acción. Por las tardes seguían trabajando. Se reunían en casa de Yves.

Yves guardaba un secreto para Magalie, pues ya había iluminado el apasionado flujo de su organismo con la luz de sus proyectos en más ocasiones de las que los demás conocían y, por lo tanto, había ya sufrido más ataques epilépticos que todos ellos.

Yves es taciturno y muy fantasioso, aunque últimamente no puede permitirse el lujo ni el abuso de dejar correr la sabia de su fantasía absorta, ausente debido al intrincado laberinto de los procesos mentales de la imaginación concentrados en el “proyecto”.

Yves es robusto y muy blanco de tez, porque nunca se ha permitido el lujo o el abuso de acudir a la playa a broncearse. Siempre ha valorado como necesarias todas las horas del día y algunas más para dedicarse a sus obsesivos análisis, a su ninfomanía científica.

El gigante de la ciencia le ha prometido cuantiosas libertades económicas a sus colaboradores cuando lleguen al final, pero no sospecha con lo que se van a encontrar.

Es el eterno amante de la Música Clásica y de la Ópera. Utiliza ambas no para alejarse de los problemas y del trabajo, pues los problemas no le importan y el trabajo le domina. La dulce Música le ayuda a pensar mejor en su trabajo.

Hacia su esposa guarda más bien una relación de cariño y amistad, que se podría confundir con amor cuando el sexo se pone de por medio, pero nada se interpone realmente entre la ciencia, los sueños e Yves.

Dedica cada granito de arena del tiempo a investigar, sin gozar, pues, de ninguna pequeñita playa de apetecido descanso.

La adoración por su trabajo es tan impetuosa como los rápidos de un río o como el movimiento de las moléculas tras una reacción.

Es un excelso especialista, situado muy por encima de los profesores que ha tenido en “Cuántica” mientras cursaba Física o en “Naturaleza y cualidades del calcio” clase en la que conoció a Magalie, lo que más le gustó de la Facultad de Químicas.

No se preocupa mucho de vestirse y asearse, como cabe suponer, lo que la da un aire de bohemio y un vendaval de despiste y de notoria atemporalidad, e incluso podría aducirse que tanto su mente como su indumentaria están embebidas en el despertar de la ciencia de principios del XIX, cuando ésta era considerada algo así como una nueva forma de magia.

Sin embargo, su vetusto sentido de la moda se debe a una pura y jodida vagancia mezclada con muchas prisas y no a un enamoramiento por la época.

Muchas veces Magalie cree estar tocando un témpano de hielo. Tan ocultamente guarda sus emociones... (si es que alberga algunas que no sean científicas).

Una vez soñó incluso que su esposo se había convertido en un libro y que para oír sus respuestas debía abrir páginas del libro e indagar en cuál de ellas se hallaba la contestación correcta, alegre y adecuada, correspondiente, pues normalmente hace tan poco caso de lo que le cuenta su esposa que puede responder a “nos han invitado a cenar los amigos de Lens” con “sí, te está bien ¡y te hace menos culo!”.

Por ello no extraña que Magalie puede pasarse horas tratando de establecer una conversación, mientras Yves puede pasarse meses respondiendo con un gemido entre un “sí” delicado y un quejido durmiente. Tan sólo es capaz de conectar tres palabras seguidas si habla del genial monstruo de la ciencia.

Sin embargo, con Paul sí puede dejarse llevar por una conversación fluida e interesante para ambos.

Frío como las entrañas de un glacial, envenenado por los labios de sus colaboradores.

“Paul, ¿cómo ves el “proyecto?”

Paul quedó algo absorto preparando las palabras más adecuadas para no herirle, pero tampoco darle demasiadas esperanzas. Al final optó por la sinceridad: “Bien, Yves, para serte sincero, opino que deberíamos regular la potencia de las gafas hasta un nivel mucho menor para que no se produzcan esos ataques epilépticos. El lunes, cuando me tocó a mí, llegué a aislar tres colores en el rojo”

“Ya, pero eso no será un gran invento. Jamás tendrá éxito.” Asintió Yves, manifestando una clara decepción y añadió: “Tenemos que encontrar la asociación perfecta entre las sustancias que eliminan el riesgo de epilepsia. Hemos probado ya con casi todas las conocidas, pero no hay resultados.”

Un relámpago de desconfianza estalló brevemente contra las ilusiones del gran mentor Yves. “Quizá deberíamos dejarlo. Es peligroso tener un ataque epiléptico cada dos semanas. Nuestra epilepsia no mata, pero molesta y aún no hemos visto con ojos de colores ninguno. Tal vez esté equivocado y mis ideas sean imposibles en la práctica.”

Paul casi asintió y acercó el vaso de café hacia su boca, pues no había dormido bien la noche anterior entresoñando con un ángel de labios pintados que le daba tanto placer como dolor.

Yves concluyó explicando que ese ejemplo tan natural, simpático y que tan delicadamente se alejaba del rigor científico de “mirar con ojos de colores” no se le había ocurrido a él, sino a María, la última persona incorporada al “proyecto” por mediación de Hristo y añadió que le encantaba, pues contempla las emociones y no atiende a la frialdad de las teorías. Paul no supo discernir si el doctor se refería al ejemplo o a María, deleitándose en un breve despiste emocional. En verdad, la españolita le da alegría a la ciencia con su gracioso modo de denominar con palabras comunes los términos científicos, parte por su carácter, parte por no dominar la nomenclatura científica en francés. “Ayer tu esposa me comentó que se refirió a la botella verde para señalar la probeta de mercurio.”

“¿Mercurio?. ¿Habéis utilizado mercurio?” Se exaltó asustado Yves.

“No” Respondió Paul, apurando el negro líquido de los ojos abiertos. “Era para el encargo del doctor Pires.”. Se estableció un hondo silencio durante unos minutos hasta que Paul volvió a toser de manera estruendosa, espeluznante, premonitoria.

Paul siempre se había distinguido por su carácter tímido, pero ahora, al relacionarse en francés y no corresponderse las palabras que salen de su boca con las expresiones que le resultan cursis, atrevidas o incluso obscenas en su lengua madre, aunque signifiquen lo mismo y tengan la misma fuerza semántica, ha aprendido a reflejar mejor sus emociones y plasmar su encanto, lo cual no agrada sólo a las niñas perdidas de la noche a las que regala las proposiciones más evocadoras, aunque amables, las frases más directas, pero dulces, sino también a su amigo Yves. Por lo tanto, se podría decir que hablar sin saber muy bien lo que está diciendo le ayuda a ser más humano, más sincero, muchísimo más intimista, menos cortado y... más agradable.

Yves recogió las materias que eran requeridas y cerró la puerta, sin que Paul se diera cuenta de que éste había abandonado la habitación, aunque asintió a lo que le dijo: “Sabes, Paul, no me fío de los italianos. Siempre meten un gol al principio y después defienden como nadie. En cambio, Holanda, pobrecitos, son el ejemplo más claro de que existe la mala suerte.”
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