Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó






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títuloHace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó
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Como tú y como yo


CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

27/02/2010

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GRAN DEPENDIENTE. Para todo. De alguien. La necesidad de libertad, de intimidad, de independencia, que tiene cualquier ser humano, absolutamente vulnerada. Hace tres años que entró en vigor la Ley de Dependencia. Pero las ayudas no llegan. Cada Comunidad Autónoma mide los tiempos a su manera. Pero la vida cotidiana de las familias afectadas no perdona un instante de todos los que se necesitan para cubrir un solo día. Parece que la Comunidad de Madrid es una de las más paralizadas. Y los dependientes y sus familias se encuentran solos, sin dinero, sin información y sin la más mínima comprensión de una realidad que jamás debería estar integrada en los laberintos de la burocracia. Porque es una absoluta prioridad. Porque yo como ciudadana, confío en que mis impuestos puedan ayudar a mejorar la calidad de vida de mi comunidad, y este rincón tan numeroso no puede respirar. De dolor, de impotencia, de rabia. Porque si además de ver crecer a tu hijo con una enfermedad degenerativa como el Síndrome de Duchent, si además de tener que levantarle, lavarle, darle de comer, acostarle, y ser consciente de su más íntima agonía, las instituciones que deben protegerte, te mienten, te vacilan, te humillan, obligándote a pasear tu desgracia por administraciones sordas e incompletas, la frustración te parte la vida en dos mitades.

Sonia. 40 años. Alcobendas. Dos hijos. Marta, una niña sana y Marco, que lleva desde los nueve a los dieciséis años en silla de ruedas por culpa de una Distrofia de Duchenne, dependiendo de ella para todo. Está separada y cuenta con su sueldo como limpiadora, y sus propias fuerzas. Tras el periodo de adaptación, tras la primera negación, tras el bloqueo y la impotencia, nace una virtud de la naturaleza que lleva al ser humano a poder con todo, y a encontrar razones, una y otra vez, por las que merece la pena estar aquí. Madres y padres paralizan sus vidas para cuidar a quien vino a este mundo con la máquina descompensada. Y al levantar la voz, como respuesta, sólo unas ventanillas sordas, incompletas. A ellos, que demuestran una capacidad de amor y de empatía infinitas, que no decaen por nada, que no cesan en el empeño de creer que aún puede ser mejor. Miles de casos con nombres y apellidos. Miles de sueños rotos que hoy construyen sus ganas de vivir sobre los más pequeños, sobre una mínima emoción. Dice Ángel que su cerebro ha madurado. Que lo importante de este mundo no es lo material, si no lo emocional. Lleva enfermo desde los cinco años. Hoy sólo puede hablar. Se lo cuenta este lunes a Samanta Villar en 21 Días. Merece la pena entrar con ella, escucharles, y pararse a reflexionar.

«Cada comunidad mide los tiempos a su manera. Pero la vida de los afectados no perdona un instante»



Monstruos e invisibles


CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

13/02/2010

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APELANDO A ESA invisibilidad, pretenden que olvidemos. Que esquivemos su sombra, a ver si con un poco de suerte, se borra. Como si se pudiera caminar impunemente por la vida. Como si la causa no tuviera efecto y no hubiera responsabilidad, ni culpa. Andan por el paseo marítimo respirando mi mar como si fuera suyo. Y utilizan cada una de sus arrugas para pedir benevolencia. No hay arrepentimiento. Tan sólo voluntad de sobrevivir. Lo que esconde tu nombre, el último Premio Nadal, sacude la conciencia y descubre el horror que esconde la normalidad. Porque el olvido es para quien lo quiera. Recordar no es sólo una necesidad intelectual, sino emocional e incluso terapeútica. Por los que se fueron. Y también por los que se quedan. Están entre nosotros, pero son ellos. Y ellos han matado, han violado, han mutilado. Y nosotros no.

Y cuenta Clara Sánchez que su necesidad de escribirlo nació de una historia real. De una foto. Un matrimonio octogenario y nazi, llevaba varios años viviendo en la costa levantina. Así. Sin más. Amaban. Reían. Comían en aquél sitio en el que tú y yo también comíamos. Empujaban el carro de la compra. En pantalón corto. O en bañador. Las mismas manos que daban órdenes en ese campo de concentración. La misma comisura de la boca. Los mismos ojos. Monstruos. E invisibles. Clara ha crecido. Y sus personajes, hombres y mujeres de carne y hueso que reconoces dentro de ti mismo, también. Tiene la valentía de filtrar la vida en primera persona y desde dos puntos de vista. El de Sandra, una mujer joven, impetuosa, confiada, embarazada, que renuncia al amor para ejercitar su libertad, y el de Julián, un hombre mayor, cansado, desconfiado, profundamente herido y cuya mochila de recuerdos resulta prácticamente insoportable. Vidas cruzadas. Vidas complementarias. Prosa madura que envuelve tu emoción con armonía, que la arrastra a verse reflejada en cada estado de ánimo y cada descripción. Compartir la rabia y la impotencia de que se salve el que no debe. El que ha hecho daño al otro. ¿Cuánta maldad libre y callada se mezcla en nuestra vida cotidiana? Quien hirió tantas veces y quien mandó forjar la herida. Quien dio la orden y quien la ejecutó. Algunos siguen vivos, y con la rabia intacta. Que pregunten a Clara, amenazada.

Cincuenta años no es nada. No para la memoria, que sobrevive a quien le marca. Ni para quien tiene la generosidad de dedicar parte de su vida a recordarnos qué pasó. ¿O no se acuerdan de aquellas trece rosas ejecutadas, muertas, de aquellas sacas, de tantos exterminios?

 



El cementerio nuclear


CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

30/01/2010

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CAMINAMOS despacio. Pero el tiempo pasa demasiado deprisa por encima de nuestras vidas, que intentan defenderse a codazos contra la adversidad. El ser humano procura definir su conciencia a partir de sus convicciones, y dibuja sus preferencias a medida que las descubre, sobre un papel. Y si levanta la mirada y se encuentra a otro ser humano observándole, busca una sonrisa. Llegó el año 2000 y colmó nuestras vidas de grandes esperanzas, con el proyecto de un nuevo siglo repleto de amor y comprensión, de evolución y vida. Pero avanzamos mal. Equivocados. Llenitos de rencor y mil prohibiciones. No fumes, no corras, no te drogues, esconde tu sexualidad, no me mires, no te dejes llevar, desnúdate, no viajes con líquidos, no te empadrones, vete, no te retrases, descúbrete la cara, no grites, no reces. Miente. Muérete. De asco, de aburrimiento, de desidia. De impotencia, por no poder dibujar tus huellas sin que todo el mundo te regañe. De tener que inventar caminos paralelos para poder vivir. Historias mínimas, de seres humanos, cada una con sus propias razones, sus mentiras, su Dios. Historias que, como el barro, se amontonan. Si entras en el país como ilegal, debes esconderte y buscar a alguien dispuesto a protegerte, a asegurar que vives bajo su techo. Sólo así tendrás acceso a la sanidad pública que curará algunos de tus males. Si consigues burlar la ley y demostrar que ya llevas tres años empadronado y sin papeles, entonces tendrás derecho a solicitarlos por arraigo. Sí. Demuéstranos que nos has engañado durante tres años y podrás caminar por aquí como uno más. Ahora, si te pillamos, te trataremos como a un delincuente que infringe la ley, encerrándote hasta 90 días, con otros cincuenta como tú, en un calabozo. Toma, la carta de expulsión que te obliga a abandonar el país en los próximos seis meses. Busca un abogado de oficio, recurre, y como hay centenares de expedientes, seguramente el tuyo caduque y puedas volver a empezar. Vienes a cuidar a nuestros hijos, a construir nuestras casas, a recoger nuestras fresas, y deberías estar agradecido. Porque si cruzas la frontera francesa ni siquiera podrías coger el autobús. Quítate ese pañuelo de la cara. Me incomodas. No te conozco. No sé quién eres. Ni qué quieres. Y yo también tengo problemas. ¿Éste era el plan? ¿Ésta era nuestra apuesta por la diversidad? ¿Nuestro respeto a la diferencia? ¿Nuestro sueño?

Claro que siempre queda la posibilidad, para amortizar el famoso traslado, de construir un gueto de ilegales en el cementerio nuclear.





Con ella llegó el escándalo


CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

16/01/2010

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BEATA, hipócrita, homófoba, y capaz de pasarse por el forro las más profundas convicciones sobre el bien y el mal. Y es que más vale relajarse un poco a la hora de cuestionar a los demás, porque la vida, entre otras cosas, es muy larga. Y el problema no es sólo cómo te comportas, si no lo que defiendes, lo que tocas y cómo lo tocas, o a quién ladras y a qué volumen, convencido de que aquella verdad que escupes jamás te va a fallar. Y aquí, ni la verdad es fiel a sí misma. Cuando le conviene, cambia. Según las circunstancias. Y si hay algo que marca la diferencia, es la actitud que tengas ante ellas. Los hechos son los que son, y ahí estas tú para filtrarlos. Y si te atreves a caminar tan fuerte como para maldecir la opción de los demás, te arriesgas a que, al mínimo error, se te derrumbe el imperio.

Iris Robinson, 60 años, 40 de ellos casada con el actual primer ministro del Ulster, el unionista Peter Robinson, devota cristiana y miembro de la Iglesia Presbiteriana, abomina la homosexualidad y tiene una tórrida aventura con el hijo del carnicero de su barrio, de 19 años. Perfecto. Por un momento debió sentirse deseada, atractiva, útil, incluso amada, y eso, señoras y señores, siempre está bien. Imagino la terrible contradicción de ese corazón y sus latidos, imagino el asombro de una piel olvidada, el placer de sentir, por fin, algo más allá de lo conveniente. ¿Pero cuánto miembro viril respetado, encumbrado, provecto y feliz, se pasea de la mano, con una adolescente a su lado? ¿Algún comentario? ¿Algún editorial condenándolo? A ver si tanta coña sobre la diferencia de edad va a ser sólo cuestión de bragueta, y no pura coherencia vital. A ver si somos todos unos impresentables, y no podemos evitar que la opción b nos dé bastante grima. Porque aquí el problema no debería ser que una mujer se acueste con un hombre mucho menor que ella, sino que esa mujer invierta media vida en pregonar su ley y en castigar desde su tribuna de poder, a quien no la sigue a pies juntillas, y luego se dedique a mentir, a burlarse de quien creía en ella y a desviar dinero público para montarle a su amante bandido el tenderete de sus sueños. Que el poder, como dicen los superhéroes de la Marvel, hay que saber llevarlo con responsabilidad, o renunciar.

Por ahora nuestra víctima ha ingresado en un psiquiátrico para reflexionar. Y el primer ministro ha dimitido. Y a mí, sinceramente, me parece un castigo excesivo. Porque ¿acaso normalmente el poder no miente, no se burla y no deriva lo que puede? Busque usted entonces la diferencia. ¿La bragueta?





Catarsis y Año Nuevo


CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

02/01/2010

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DIERON las doce. Y Leo, a sus tres años, se echó a llorar. Se iba el 2009, y decía que le iba a echar mucho de menos. Le expliqué que los años no se van, que se quedan para siempre con nosotros, en el recuerdo, y en la piel. Que nos van dibujando poco a poco. Pero él lloraba desconsoladamente. La sensación de pérdida le sacudía y punto. Algo terminaba. La nochevieja tiene algo de catarsis. Nos abrazamos los unos a los otros, lloramos, exaltamos las emociones hasta romperlas. Y está bien. Porque pasamos la vida conteniendo verdades que estorban, que no encuentran nunca su lugar, y esa noche nos permitimos un punto de inflexión donde besar al enemigo, suavizar la acritud o decir lo siento. La vida sigue, pero cogemos oxígeno como si le diéramos la vuelta a la cinta y nos concediéramos otra oportunidad. Empezar de nuevo. Intentarlo otra vez. Revisar el sueño. Mirar hacia delante y ver que se escuchan con calma, que la serenidad ensombrece las ganas de descalificarse, negarse y escupirse a la cara. Que aquellos que nos representan se miran por fin, unos a otros, desde la comprensión y la intención de llegar a un consenso cuya única prioridad sea protegernos y ayudarnos a construir nuestras vidas. Mirar y ver que nadie se ríe de nosotros. Que somos capaces de pararnos, de besar, de sorprender, de sonreír más a menudo. De asumir que pasa el tiempo y las cosas cambian. España gana la Eurocopa, a Obama le conceden el Premio Nobel de la Paz, Berlusconi se va de putas con dinero público y le parten la cara, Aminatu vuelve a casa, y vuelven también los pescadores del Alakrana, ninguna mujer española deberá esconderse para abortar, y cualquier amor homosexual o heterosexual podrá respirar con dignidad; nuestro país se encuentra a la cabeza en la conquista de los derechos sociales más necesarios, que reflejan la madurez de una sociedad que pedía a gritos un reconocimiento de su verdadera identidad. Y ahora Europa tiene seis meses para contagiarse de nuestra capacidad de disfrutar intensamente de esta vida. De nuestro sentido del humor. De nuestras ganas. Que todo el que aterriza de madrugada en la Gran Vía no da crédito al movimiento, al eclecticismo, al entusiasmo, a la intensidad.

Empieza el año, y tenemos la posibilidad de ser sinceros. De mirar a los ojos y no tolerar ni una falacia más. Ni media hipocresía. Borrar del móvil todo nombre que absorba tu energía sin darte nada a cambio. Ganar tu tiempo, sin dejarte llevar por quien tiene otros planes para tus horas. Decir que no, y decirlo a tiempo.

 
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