Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó






descargar 0.5 Mb.
títuloHace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó
página3/20
fecha de publicación28.05.2015
tamaño0.5 Mb.
tipoDocumentos
h.exam-10.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20

01/02/2014

LA FAMILIA. Tan necesaria y tan compleja. Un entorno que llena la vida de amor y desamor, de compañía y de desasosiego, de ventajas y desventajas. Porque todos tenemos demasiados datos del otro, y eso, lo hace vulnerable ante tu criterio. Ante tu forma de ofrecerle ayuda si la necesita. Porque ayudar es a veces una manera de invadir, de manipular, de calmar tu culpa. De generar dependencias que más tarde se pagan con la mismísima falta de libertad. Son juegos. Juegos de poder que se tejen sobre una telaraña de afectos mal entendidos. Y peor gestionados. Y de eso habla el dramaturgo y director argentino Claudio Tolcachir en su nueva función, Emilia, de un castillo de naipes que se construye desde la infancia, día a día, y que a veces se desmorona a base de buenas intenciones. Porque líbrenme de la buena voluntad de los demás, cuando deciden ordenar mi vida y mis cajones, sin preguntar. Emilia, un ama de cría que se reencuentra con el niño al que cuidó, entra de nuevo en su vida y camina entre sus recuerdos y una realidad desordenada. Tolcachir es un genio manejando los hilos del alma humana, sujetando un espejo en el que nos miramos incómodos. Estupefactos. Porque somos nosotros. Porque son ellos. Los que nos aman. A los que amamos. Porque con una anécdota y un texto cercano y coloquial va provocando la tensión entre las actitudes y los silencios. Y el espectador se estremece. Se retuerce extraño en la butaca y mira alrededor. Por comprobar que no está solo. Qué bestia. Qué capacidad para captar lo más pequeño, los matices que transforman la caricia en dolor y el cuento en pesadilla. La vida misma, sí. Esa por la que a veces andamos de puntillas para que no se mueva nada de lo que aparentemente controlamos. Porque al menos es un dolor reconocible, nuestro, y ahí vamos, apartando problemas y soñando con soluciones. Los cinco actores (Gloria Muñoz, Malena Alterio, Alfonso Lara, Daniel Grao y David Castillo) tocan el cielo y escupen, desde la verdad, todo lo que sienten. Todo lo que saben que el teatro exige para descomponer al otro. Para atraparlo. Y lo consiguen. Y piensas que Claudio Tolcachir tuvo que sufrir mucho y observar el origen del mal, de los errores, pero confiesa que tuvo una infancia feliz y cuentan que, además, es amable, sensible y muy poco intenso al dirigir a quien debe contar su historia. Sus entrañas. Enhorabuena entonces. Por todo.Un año

CAYETANA GUILLÉN CUERVO

18/01/2014
UN AÑO. Parece mentira. Ayer hizo un año sin él. Sin mi padre. Sin su voz, sin su mirada verde. Sin sus ganas de saber de mí. Porque hiciera lo que hiciera, pasara lo que pasara, él estaba esperándome. Pendiente de escuchar mi voz al otro lado del teléfono, feliz, porque yo estaba ahí. En algún lado. Me sentía importante. Y protegida. Porque él siempre tenía la respuesta a mis inquietudes, y alguna solución. Lo cierto es que la ausencia se define con el paso del tiempo, con los recuerdos, en las conversaciones, con la rutina, rota por la mitad cuando se cruzan las palabras, los hábitos, los momentos compartidos, el eco de una conversación en tu cabeza. El jueves estuve en la RESAD, viendo la propuesta de Antonio Domínguez, un alumno de Eduardo Vasco, sobre Nuestra ciudad, de Thornton Wilder. Buenos actores, buenas ideas y un texto que me partió en dos el corazón. El tiempo pasa, y nuestras vidas pasan con él, poco a poco, sin que nosotros seamos conscientes de que esto se acaba. Respiramos aturdidos, nerviosos, mirando al frente, siempre pendientes de lo que pudiera ser y mucho menos de lo que es. Cuenta Wilder que los que se van observan desde el otro lado a los que se quedan y que ahí estarán, mirándonos, mientras no los olvidemos. El día que no vivan en nuestra memoria, desaparecerán. A veces cierro los ojos para estar con él. Para imaginármelo. Pero todavía no he podido escuchar su voz. Si me la encuentro, si me cruzo con ella por algún motivo se me agarra al estómago con sus cuchillas afiladas y me deja sangrando. Sin consuelo. Está demasiado viva, demasiado presente como para ayudarme a comprender. A asumir que no le voy a volver a ver. Nunca más.

Ayer hizo un día gris. Congelado. Y pensé que morir en invierno significa que siempre te acompañen así, con frío. Con frío en las manos, en los pies, con el cuerpo destemplado. Con las flores heladas entre los dedos y las lágrimas quietas como el hielo. Miré a mi madre y no se movía. Tenía los ojos cerrados. Buscaba estar más cerca de él allí, en esa oscuridad. En el silencio. Desde esta tierra descompuesta. Y me lo imaginé sentado, mirándonos, retenido en nuestros recuerdos. Como los personajes de Nuestra ciudad, que sólo llegaron a ser eternos cuando Thornton Wilder escribió sobre ellos.

Ojalá

CAYETANA GUILLÉN CUERVO 16

04/01/2014

Hay algo de esperanza, de buena voluntad enfocada a un destino de todos, de ganas de que las cosas salgan bien. Porque sólo se puede desear el bien del prójimo si el de uno mismo tiene cierta serenidad en la mirada, cierta seguridad de supervivencia. Ante la propia amargura, la ajena es casi un consuelo. Y la felicidad del otro es algo casi obsceno que puede irritar el mejor carácter. Es así. Cuando las cosas van mal, las risas de los demás se te clavan en el alma como una daga envenenada. E incluso invaden la razón con los peores pensamientos. Y es que hay que tener cuidado con lo que se grita, cuando hay quien escucha en silencio desde otro lado. Porque a veces las cosas no se cuentan, porque son demasiado dolorosas, porque cuesta ordenarlas, porque al definirlas parece que adquieren una presencia más pesada. Más concreta. Más cierta. Porque a veces la respuesta de los demás te da la verdadera dimensión de tu pesadilla y no necesitas más comentarios sobre tus tinieblas. Sobrevivir a ellas ya es un infierno personal. Y lo haces lo mejor que puedes. Pero hay quien no es consciente del mal del otro y sacude sus posibilidades, sus proyectos, sus cuentas, sus resultados, sin parar un instante a pensar si el interlocutor puede soportar tanta diferencia. En fin. Encontraremos la medida. Porque también hay que procurar lamentarse menos y poner el foco en construir. Hacia algún lado. Porque es cierto que todos necesitamos que la tristeza pase de largo, como un tren antiguo, que cruza por el lugar equivocado. Y nos hace verdadera ilusión leer que en 2013 ha muerto menos gente en la carretera, (la cifra más baja desde 1960), que esa prima de riesgo que tanto nos angustió está por debajo de los 200 puntos o que el empleo frena su caída. Queremos volver a reírnos, y a llorar, con cierto equilibrio. Pero hay un espejo deformante, donde miramos, y no reconocemos lo que vemos. Parece otro lugar, donde vivir con miedo, con desprecio. Nuestros investigadores se van. Porque aquí no los quieren. Se van nuestros artistas. Porque les gritan. Se van nuestros pilotos. Porque no quedan alas para volar. Y se irán nuestras embarazadas, a buscar quien entienda que no es el momento. Y eso duele. Porque casi todo está prohibido. Demasiadas multas, demasiados impuestos, demasiadas mentiras. Y no se puede ahorrar. Pero por alguna razón, este 2014 esconde cierta ilusión irracional, un extraño optimismo. Ojalá.

Fernando Guillén (Magazine El Mundo)

Cayetana Guillén Cuervo* 40

29/12/2013

Amaba el mar. Y el horizonte. Colgaba sus ojos verdes en algún rincón del infinito. Y soñaba con estar siempre en paz. En armonía. Mi padre. Esa voz que siempre encontraba respuestas entre sus pensamientos, y que te hacía sentir tan seguro. Huía de los conflictos. Y podía hacer cualquier cosa para evitarlos. Porque concebía la vida de otra manera. Más serena. Más silenciosa. Como si hubiera entendido desde el principio que estamos aquí de paso, y que el camino hay que hacerlo con una sonrisa. Quizá por eso era feliz con tan poco, y se entendía tan bien con su soledad. Porque todo lo demás le parecía un regalo. Aceptaba tu tiempo valorando profundamente lo que le dabas, y no juzgaba jamás lo que no podías darle. Como si agradeciera que pensaras en él. Siempre le sorprendía que le destacaran, le llenaba de confianza.

Tenía una mente tremendamente poderosa, y fue, en profundidad, un intelectual. Tan culto, que el más grande podía sentirse pequeño. Y sin pretenderlo, robaba cualquier conversación. Le recuerdo estudiando los textos por el pasillo de casa. Siempre se levantaba muy temprano, y paseaba con su guión debajo del brazo recitando su personaje. Le gustaba el té. La ensalada templada y la vichyssoise que hace mi madre, que es la mejor del mundo. Era muy coqueto. Muy elegante. Y pasó de ser ese galán maduro con su traje negro de Toni Miró a ser un anciano dependiente. Del paraíso al infierno en un instante. El instante en que la enfermedad se define y empieza a condicionar cada paso de tu existencia. Y la de los demás. De aquellos a los que más quieres en este mundo, y que por ayudar, te piden más de lo que deben. Y tú lo haces, por no verlos sufrir. Y es que la enfermedad te quita el brillo de los ojos. Y aparece un tono violeta alrededor la pupila. El mismo que rodea tu percepción de las cosas. Y que ya va a ser otra, para siempre.

Mi padre era un buen hombre. Una persona compasiva. Solitaria. Reflexiva. Extremadamente inteligente. Con tendencia a protegerse de sí mismo y de los demás. Porque la mediocridad puede llegar a ser muy aburrida. Y muy nociva. Recuerdo su voz. Y su sonrisa. Y su forma de peinarse frente al espejo. Y cómo se alegraba siempre de verme, de escuchar mi voz al otro lado del teléfono. Siempre. Él es, sin duda, el hombre de mi vida. Alguien insustituible cuya ausencia se reparte entre los rincones. En la mecedora donde se sentaba a leer. Entre sus libros. En el recuerdo de sus ojos verdes. En sus consejos, siempre certeros, siempre a tiempo. En una estrella del mismísimo cielo que ha elegido mi hijo para poder hablar con él. En su letra, que conservo en algún papel. En su legado infinito. El mundo es otro. Porque ahora sí, ahora sé que esto se acaba alguna vez. Espero, papá, que no te sientas solo. Porque a pesar de que siempre buscabas la paz de tus rincones, tu necesidad de nosotros era absoluta. Tierna. Incurable. Y yo te echo tanto de menos.

APOYO

Actor, 80 años. Nació en Barcelona, pero se inició en el teatro en Madrid. También hizo cine y televisión, pero fue en las tablas donde cimentó su prestigio con personajes de Pirandello, Mihura, Camus... Tuvo tres hijos con la actriz Gemma Cuervo, dos de ellos han seguido sus pasos.

{*Cayetana Guillén Cuervo, actriz, es hija de Fernando Guillén}Javier Espinosa

CAYETANA GUILLÉN CUERVO 20

21/12/2013

Se crió en esas islas donde siempre es una hora menos. Donde las palabras acarician la dureza de las cosas y donde casi siempre andan de buen humor. Es otro ritmo. Y no hay guerras. Están lo suficientemente lejos como para sentirse al margen, pero él quiso implicarse hasta jugárselo todo. Siempre lo tuvo tan claro que parecía mentira. Desde el otro lado cuesta comprender esa entrega, a cambio de casi nada. De la satisfacción de ser útil. De la valentía de atreverte con lo que nadie se atreve. Del orgullo de denunciar lo que siempre se esconde entre las sombras, y con barnices de normalidad. Cruzarse el planeta para contarlo todo. Dar visibilidad a quien no la tiene. Hablar de la verdad de cada tierra desconocida. Eso quería Javier. Y eso quiere. Escribir sobre los rincones escondidos, sobre los conflictos que nadie entiende en los que la gente se mata, por territorios, por dioses ausentes, por banderas, por lenguas que se extinguen poco a poco. Sobre los niños del mundo, que tienen derecho a que se les escuche y nadie les pregunta. La sinrazón. Que se lo come todo con su falta de argumentos.

Le llamamos el canario. Por eso. Porque es de allí. De donde todo llega una hora más tarde. Incluso la muerte. Tiene mucho sentido del humor y una sonrisa grande, que contagia constantemente. Que regala. Es un buen amigo de mi hermano Fernando. De los mejores. De los pocos. Porque al final los contamos con los dedos de una mano. Y vino a la fiesta sorpresa que le hicimos por su último cumpleaños. Le llamé, y me respondió desde Beirut. "Allí estaré". Dijo. Y allí estuvo. Ahora, secuestrado desde el 16 de septiembre en Raqqa, al norte de Siria, donde la cobertura de la guerra es prácticamente imposible y muy arriesgada, quizá, le hayan robado la sonrisa. Y quizá, por sus dos hijos, esté reflexionando sobre la próxima vez. No sé. Javier trabaja solo. Y cuando su compañera Mónica García Prieto, madre de sus dos hijos, reportera valiente y convencida, le pidió que dejara Siria porque sus hijos "le necesitaban vivo", parece que Javier respondió, que "los niños de Siria necesitaban la atención del mundo". Así es él. Porque hay profesiones, metas, territorios íntimos, que están por encima de uno mismo. Canario, vuelve, por favor, con tus sueños o sin ellos. Diles que no estás solo. Y que su guerra no se gana con tu vida.Silencio

CAYETANA GUILLÉN CUERVO 21

07/12/2013

Estupefacta. Queriendo creer que sólo imagino lo que escucho, que no es verdad, que no es mi patria la que tolera lo que nos toca soportar en el marco de lo legal, de lo justo. De aquello que los hombres aprobaron para proteger la convivencia de los suyos y la fatalidad de sus obras, siempre enredadas a su destino. Miguel Ricart, el asesino de las niñas de Alcasser, dejó la prisión de Herrera de la Mancha sobre las cinco de la tarde del pasado viernes. Y nunca estuvo solo. Una oleada de periodistas le acompañó para reconocer el horror de sus manos y su respiración. Paso a paso. Dos reporteras de una productora de televisión le escoltaron hasta Madrid, a la caza de una exclusiva que se ampara en la Libertad y el Derecho a la Información. Elementos democráticos básicos, sometidos durante muchos años a un poder absoluto, violento y equivocado, pero cuya defensa a ultranza hoy, puede llevar a vulnerar la ética y la lógica de cualquiera. Miguel Ricart ha estado a punto de percibir una alta suma de dinero por contar su basura a la sociedad, ante los ojos rotos de unos padres que deben soportar lo más terrible como una carga más del destino. Sin respuestas. Sin nada. Gente normal que ha conseguido sobrevivir a la mayor de las injusticias y que hoy tiene que revivir la exposición de su vida privada, su desgracia, como si ni siquiera fuera suya, como si perteneciera a los demás. Que juzgan. Y que opinan. Constantemente. Y es que Miguel Ricart importa al mundo, porque tiene algo que contar. Sobre la maldad. Sobre la tortura. Sobre lo peor del alma.

Los límites. Esa interesante frontera que cada uno puede manejar a su antojo y que define nuestra capacidad de dar o de quitar a los demás. Su estabilidad. Su autoestima. Su confianza. Su bienestar. Y ahí estás tú, con el deber y con la obligación de medir quién quieres ser en esta vida. Y mientras en Islandia las fuerzas de seguridad piden perdón a la ciudadanía por haber provocado, por primera vez en su historia, la muerte de una persona en una operación en la que el individuo les recibió a tiros en su vivienda, nosotros, en este país de sol, pero a la sombra de ese corazón supuestamente helado que late en Reikjavik, nos jactamos de perseguir al asesino para que nos cuente qué siente, y porqué lo hizo. Cobrando o sin cobrar ¿Cuál es el ejemplo? ¿Cuál nuestra dignidad? Que Ricart se pudra en su silencio. Porque nadie le quiera escuchar.

Doble burla

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 27

23/11/2013

No tengo ni idea. No sé cómo se elige lo correcto, ni sé cómo se acierta. Supongo que por intuición. Y por coherencia. Porque paso a paso vas armando una vida en la que tú ya ocupas un segundo plano en el que a veces, incluso, te desdibujas. Los hijos. Tan tuyos como de quien se les cruza por el camino y eligen como parte fundamental de su existencia, sin consultarte. Como tú, que tampoco consultaste de quién enamorarte o a quién seguir al fin del mundo. Pero de ahí a pegarle un corte de manga a quien te cuida hay un abismo. A quién se le ocurre. Tenerlo todo y tirarlo por la borda. Nunca he comprendido por qué quien tiene todas las oportunidades es a menudo capaz de despreciarlas. Dónde está la torpeza a la hora de transmitir que lo que le das no le pertenece si no es por tu generosidad, y que debería cuidarte, cuidarlo, y ganarse que la justicia universal le siga considerando un elegido.

Niños bien con sed de mal. Y ahí voy, a hablar de los hijos de nuestros queridos personajes públicos, que no sólo no dan las gracias por el legado, sino que se funden lo que hay a golpe de portazo. Me quedo muda. Cuando leo que el hijo de Rocío Jurado y Ortega Cano está en la cárcel por robar un coche utilizando la violencia, después de gastárselo todo en un club de carretera, me pregunto qué guarda este chaval en el corazón. Y en la cabeza. Si jamás se ha parado a pensar en lo que le costó a su madre conquistar un rincón en este mundo y en que la decepción es la peor de tristezas. Porque no se trata de un adolescente con malas notas, sino de delinquir, que es muy grave. De amenazar, de robar, de pegar, de intimidar, de quemar un vehículo ajeno y de salir corriendo. ¿Pero qué está pasando? Doble burla. Doble pedorreta a un destino que quiso darle otra oportunidad. Porque hubo un día en que alguien se cruzó el planeta para sacarle de la miseria y darle otra oportunidad, y él ha querido tirarla a la basura. Un drama. Y una desfachatez. Quizá madure, con todo lo que eso significa, y la culpa le tumbe las ganas de seguir tentando a la suerte. Quizá esta sacudida le ponga firme, o quizá no, y quiera reivindicar un estilo de vida como rebeldía al exceso y al aburrimiento. Qué jeta. Y sí, precisamente yo, porque también llevo unos apellidos y un legado a mis espaldas, me permito el lujo de opinar. Y de opinar mal. Porque no todo vale. Y porque cada uno tiene una responsabilidad.

"Jamás se ha parado a pensar en lo que le costó a su madre conquistar un rincón en este mundo"Felicidades

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 25

09/11/2013

El jueves fue su cumpleaños. El día de su centenario. Y yo hubiera querido estar allí, en Lourmarin, donde descansa entre el verde y las flores de La Provenza Francesa, con su nombre en una lápida pequeña, lejos de todo. Albert Camus ya es para mí un compañero inseparable, un amante que me acompaña por las noches, y al que culpo a menudo por los latidos de mi corazón. Interpretar a Marta en El malentendido me permite acercarme a su mente de una forma tan íntima, que a alguna de sus mujeres le hubiera provocado desasosiego. Soy yo la que proceso su palabra y yo la que la escupo, con la rabia que comparto con ella por tantas cosas. También me siento sola y también lucho por cumplir un sueño siempre contaminado, sacudido, enfermo de miradas que opinan, de ojos que juzgan, de mentes con expectativas distintas a las mías. Desconocidos que empujan tu vida hacia otro lado. Me paseo por el escenario con su pensamiento en mi cabeza, y grito su tragedia, desesperada, como si fuera mía, afrontando la ausencia de Dios, la importancia de encontrar las palabras para comunicar cualquier deseo, el peso de la duda, la angustia de tener que decidir siempre, la consciencia de la fatalidad en el destino. Camus murió en un accidente de coche, con su billete de tren en el bolsillo. Le convenció su amigo y editor Michel Gallimard, de que viajara en su Facel Véga Coupé nuevo. Y lo hizo. Camus dijo una vez que no había nada más absurdo que morir en un accidente de automóvil, e iba a viajar en tren. Como siempre. Aquel 4 de enero de 1960 había invitado a cenar a la actriz María Casares, con la que tuvo una intensa relación y para quien escribió el personaje de Marta en El malentendido, que se estrenó en 1944, en París. Y así estoy yo, como una amante, con el privilegio de saber que ahora el texto es mío y de que a través de mí van a escucharle a él. Reflexiones que hoy retornan tan oportunas que el alma del espectador se estremece y las nuestras, sobre el escenario, empatizan con cada punzada de dolor, con cada herida. La mañana que murió mi padre, esa mañana, le recité el monólogo de Marta al oído, muy bajito. Estaba inconsciente. Pero sonrió. Muy poquito. Y quise entender que estaba preparada. Que quizá era así como él, como ellos, lo hubieran querido. Dentro de unos días será su cumpleaños. También noviembre. Y también lo celebraré sobre el escenario. Con ellos. Porque ellos sí que están. Siempre. Por todos lados.
Foto de familia

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 21

26/10/2013

Esa instantánea tan común, en la que la sonrisa es una intención forzada, medida, para expresar exactamente lo que la voluntad decide. Borrar cualquier emoción negativa que pueda ofrecer más datos de los necesarios. Es fundamental mirar al objetivo y congelar la cara con un gesto que transmita cierta serenidad, cierta alegría de vivir. Aunque tengas el corazón roto y el mundo se esté desplomando a tu alrededor. Click. El grupo se deshace y ya puede pasar cualquier cosa. Los que se abrazaban se retiran la palabra, los que se ignoraban se besan con lengua en el baño más cercano, los que hablaban más alto se callan. Y miran a su alrededor. Todos saben demasiado del otro. Y eso no es bueno. Porque tener demasiados datos del otro hace al otro vulnerable y tú lo sabes y él sabe que tú lo sabes. Porque él también tiene demasiados datos de ti. Foto de familia. Esa institución tan compleja como imprescindible para quien forma parte de ella. Esa telaraña de causas y efectos que por inercia o por narices, sucede. Y se repite. Y se extrapola a otras instituciones cuya telaraña es más pegajosa todavía. La clase política, por ejemplo, se saluda, se da la mano, y mira al objetivo, click, inmortalizando un pacto imposible. Porque jamás pretendieron entenderse. Pero posan, como suegros y cuñados, con la sonrisa, evitando transmitir emociones negativas que puedan dar una idea cercana a la realidad. O viceversa. Ponen cara de póker al mismo tipo al que invitarán a comer un chuletón, y punto. Porque las apariencias sí importan. Por eso hay que pararse a contar, en un instante, que todo va bien. Que a pesar de los desacuerdos, son capaces de una entente cordial que encima pretende dar ejemplo. ¿Pero ejemplo de qué? Como en las mejores familias, saben respirar hondo y posponer las conversaciones intensas para otra soledad. Cuando los alrededores estén libres de comentarios. Su relación personal nunca tiene que ver con lo que nos dejan ver, y además lo que nos dejan ver siempre es poco. Se espían entre ellos, como los niños en Halloween, detrás de las puertas. Y el álbum es siempre parecido, año tras año, década tras década, manos que se aprietan, corbatas, trajes de chaqueta, y eso sí, una media sonrisa capaz de sujetar cualquier temporal. Por si las moscas. Fotos de familia. Algunas nos producen nostalgia, y otras una confusa indignación. Por la sonrisa. Porque desde el otro lado no tiene ninguna gracia.

Más complejos

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 21

12/10/2013

¿Recuerdan aquél fantástico documental, El tren de la memoria? Marta Arribas y Ana Pérez se trasladaban a la España de los años 60, en la que dos millones de españoles salieron escapando de la necesidad y con la ilusión de espantarla. Viajaron a Alemania, a Francia, a Suiza y a los Países Bajos, buscando algo de dignidad que, como decía Fernando Fernán Gómez en El viaje a ninguna parte, se entiende, entre otras cosas, como un mínimo de bienestar. Fundamental. Porque además de la moral, está el agua caliente y las sábanas limpias, el cocido en la mesa o una cama donde dormir.

Un techo, unos zapatos, y algo de alegría. Que nada de esto sobra en los corazones destemplados. Que no sólo los sueños, o los ideales, también la autoestima lo agradece. Pues ahí vamos. Reconstruyendo. Porque volvemos a esos trenes con la promesa de escapar de la nada. Porque volvemos a pedir asilo a quien tiene la sartén por un mango tan largo que cruza y descruza fronteras. Y hoy otra vez, decenas de jóvenes han cogido un tren con la promesa de mejorar sus vidas.

A unos les saldrá bien, pero otros se han quedado atrapados en la mentira, atraídos por una oferta de trabajo que no existía. Qué valor. Enriquecerse a costa de la angustia, de la miseria, del grito de socorro de los demás. Qué feo. 128 jóvenes españoles atrapados en la ciudad de Erfurt, que viajaron por un contrato de prácticas con opción a otro de aprendiz en alguna de las empresas de la región, y no encontraron nada. Hacinados en literas y soportando el mal olor buscan una salida, una explicación, algo que les calme.

El Ministro de Economía de Turingia y representantes de la Embajada española hacen balance de la situación e intentan ofrecer propuestas concretas. Dos empresas intermediarias –una española, otra alemana– se echan los dardos mutuamente y se sacuden cualquier responsabilidad. Menuda jeta. Vivir del miedo, de la inseguridad de los demás, y disfrazar la telaraña, de laberinto con oportunidades en el que supuestamente todos tienen algo que ganar. Pero las arañas se comen al que llega perdido, confiado. Y tras la decepción, cualquier cosa les va a parecer tocar el cielo. Porque, como en aquél tren de la memoria, volvemos a sentir que cualquiera es mejor que cada uno de nosotros, y que dejándonos sus sobras nos hacen un favor. Qué rabia. Con lo que nos ha costado quitarnos los complejos.

En serie

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 21

28/09/2013

Otra vez. Como la peor de las pesadillas. Es recurrente. Busca el rincón de tu cabeza. Y se repite, para no dejarte en paz. Para que te levantes con desasosiego, mirando alrededor. Buscando la verdad en algún sitio. Con la firme voluntad de no volver allí de donde te has escapado. El ser humano nos sorprende de nuevo, nos deja con la boca abierta y la esperanza rota. Cada vez que uno de la manada se salta las reglas, y lo hace sin moral, con ganas, consciente del daño, de una forma brutal, los demás retrocedemos para mirarnos en el espejo. A ver si somos de la misma raza, del mismo tamaño, del mismo mundo que aquél que fue capaz de cometer una atrocidad contra uno de los suyos. De tratar a alguien de esa manera. Y cada vez que uno de nosotros utiliza su fuerza contra un niño, nuestra sensibilidad se estremece y nuestro corazón se echa a temblar. Asunta, la niña de 12 años que murió el sábado por la noche, asesinada, asfixiada, ha ocupado estos días nuestros pensamientos. Y una vez más nos es imposible comprender. Sus padres, ambos en prisión acusados de homicidio, son los principales sospechosos. Una niña adoptada, a la que el destino abandona por segunda vez. ¿Por qué? El gobierno chino pide explicaciones y las parejas en lista de espera para poder adoptar rompen a llorar, horrorizadas. La niña fue sedada con Diazepam. Para poder asfixiarla sin resistencia. La cuerda que encontraron junto al cadáver es la misma que la Guardia Civil halló en casa de los padres, así que la cuerda ha pasado a constituir la prueba de cargo contra ellos. Un periodista. Una abogado. ¿Como usted? ¿Como yo? ¿Como José Bretón? Son inocentes hasta que no se demuestre lo contrario. Pero sólo la idea, la idea volando por la imaginación, sólo el infierno que trae la pesadilla y el bucle y la obsesión de preguntarnos quiénes somos, qué nos lleva a vomitar el mal, qué nos perturba hasta hacernos pequeños, nocivos para los demás, monstruos a los que hay que encerrar para que acabemos con la vida del otro. La vida. Ese misterio inexplicable. Ese regalo que te dan y te quitan. ¿Qué recordará José Bretón? ¿Qué huellas detiene entre sus manos? ¿Y Rosario Porto, la madre de Asunta? 44 años de vida se desdibujan. Ya eres otro. U otra. Porque jamás vas a recuperar nada de lo que había. Nada. Y ésa también es una manera de morir.

La familia. O no

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 22

25/09/2013

LA FAMILIA. Ese misterio tan cercano. Donde todos manejamos demasiada información sobre el otro. Donde amamos y odiamos visceralmente. Donde los recuerdos son compartidos pero a la vez tan personales como la propia vida. No intercambiable. Tuya. Sus silencios han llenado folios en blanco. Y pesan como las piedras. Por elocuentes. Por inoportunos. Por sinceros. La familia. Ese apoyo incondicional que a veces frena nuestros sueños, que ayuda y pide ayuda sin pensar en las consecuencias, que te forma y te orienta, que te define y te bloquea. Esa intensidad. Hoy he visto Presentimientos, la nueva película de Santiago Tabernero (la primera fue Vida y Color), basada en la novela homónima de Clara Sánchez, y he vuelto a llorar. Una preciosa historia que nos recuerda que merece la pena apostar y mirarse a los ojos y perdonar y comprender y asumir que la vida son muchas cosas juntas. Y hay que caminar en ellas. Entre ellas. Y a veces, sobrevolarlas. Grandes, maduros, generosos, Marta Etura y Eduardo Noriega son pareja, y padres de un primer hijo que desordena los tiempos, las complicidades, los afectos. Que desdibuja los perfiles de cada uno hasta provocar el desencuentro. Que te hace olvidar quién eras. Y que a la vez (qué gran contradicción) prolonga tu existencia. La proyecta. Secretos y mentiras que pueden convertirse en heridas y que debes tejer, poquito a poco. A tu piel. El miedo, dirigida por Jordi Cadena (codirector de Elisa K junto a Judith Colell) es una historia de terror. Si el mismísimo diablo vive en casa, Dios debería esperarte fuera. Violencia de genero contada con pudor, con contención, con frío. Con dolor. Grandes actores y otra vez la familia como centro neurálgico, como origen de casi todo. Y si Mar Coll, en su maravillosa Tres días con la familia nos hablaba con tanto acierto de ese universo tan reconocido, hoy, con Todos queremos lo mejor para ella (ella es Nora Navas en estado de gracia) nos rompe el corazón, porque el amor es torpe, y aún cuando desea lo mejor para ti puede acabar contigo. Las tres competirán en la sección oficial del la 58ª edición del Festival de Cine de Valladolid, y en las tres estamos todos. Porque la familia es ese lugar en el mundo del que huimos. Al que volvemos. Y en el que casi siempre nos quedamos.
La maleta de Marta

CAYETANA GUILLÉN-CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 20

18/09/2013

VAYA. Otro ser humano equivocado. Otro que confunde el amor con la posesión y la posesión con la violencia y a Dios con su propia imagen reflejada en algún espejo. Qué desgracia. Para él y para quien tiene que aguantar su destructiva compañía. En qué momento de la vida le contaron la historia del revés. Quién le dijo que él podía decidir por nadie y menos hacerlo a puñaladas. Poco castigo ha impuesto la ley a quien es capaz de algo tan feo. Tan sucio. Tan horrendo. Porque ya está en la calle. Once años entre rejas y ya se puede pasear, otra vez, al sol y con el alma envenenada. Porque no me creo que hoy, después de vivir encerrado y con un estigma en la frente, acumule mejores sentimientos y ganas de ser mejor persona. No. No ayuda. Y enajenado o no, clavarle un cuchillo a tu ex mujer 16 veces seguidas es obra de un enfermo, sí ¿pero enfermo de qué? La respuesta es muy amplia y como mínimo reduce la pena, así que casi prefiero imaginarlo en plena lucidez, y que cargue con toda su culpa. Que es mucha. Y sin rebajas. Porque a ella no hay quien le borre la cicatriz ni el corazón partido, ni el terror, y ahí está, cargando para siempre con su mochila. Marta Anguita protagoniza un documental, La maleta de Marta, dirigido por el austriaco Günter Schwaiger, que cuenta su historia y la de tantas otras mujeres sometidas a la ira de quien un día prometió amor eterno, fidelidad, ayuda y un proyecto de vida que ha terminado en una guerra cuerpo a cuerpo. Marta estuvo a punto de morir y ahora vive encerrada en su casa por miedo a que él vuelva. La ley no tiene nada que decir. Porque son intuiciones. Y la convicción de quien sabe de lo que habla y por qué. Porque lo suyo sólo eran malos tratos psicológicos hasta que a él se le fue la mano. Pero se le fue lejos. Muy lejos. Y ella lo sabía. Sabía que aquella rabia en la mirada y aquella humillación le explotarían en la cara. Y así fue. Casi la mata. El cine, con su capacidad de ampliar los detalles, de proyectarlos, de llegar a quien quiera mirar y escuchar, una vez más, lo cuenta todo. Porque Marta es valiente y ha decidido compartir. A pesar de todo. Aunque tenga que volver a esconderse después de cada pase, aunque tenga que huir. Porque sabe que acompañada se viaja mejor. Aunque tu maleta sea más pesada que las otras. Este jueves, en la Cineteca de Matadero, en Madrid.

@cayetanagc

Principio del formulario

Final del formulario
Help

CAYETANA GUILLÉN-CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 23

14/09/2013

"TODO el mundo necesita gritar Help alguna vez en la vida". Y todo el mundo necesita tener cerca a alguien como Antonio, el personaje que interpreta Javier Cámara en la nueva película de David Trueba, que compite en la sección oficial de esta nueva edición del Festival de cine de San Sebastián, que comienza el próximo viernes. 'Vivir es fácil con los ojos cerrados', una historia preciosa, llena de amor y de nostalgia, de las mejores actitudes y de un pasado tan cercano como nuestros propios recuerdos. 1966, un profesor de inglés de Albacete viaja a un rodaje en Almería en busca de John Lennon para pedirle que incluya en los discos las letras de las canciones. No contaré el desenlace, pero sí la sacudida que me ha provocado la forma de transmitir lo más pequeño, lo importante, la empatía hacia quien acepta al otro, con su diferencia, como lo más frecuente de esta vida en la que convivimos sin remedio y en la que invadimos el universo de los demás sin preguntar. Hacia quien observa y no juzga. El 8 de diciembre de 1990, cuando se cumplían diez años de la muerte de Lennon, empapelé con unos amigos la Gran Vía de Madrid con una foto de su cara, sólo para recordar a aquél que nos había marcado profundamente. Como a Antonio. Que acepta a sus semejantes a pesar de todo. Una pareja de actores jóvenes (Francesc Colomer y Natalia de Molina) que fluyen como un descubrimiento, la lúcida y sincera presencia de Ramón Fontseré, un Javier Cámara en estado de gracia, y unos paisajes que te trasladan a aquella sensación de libertad y a una banda sonora/emocional que tenías escondida en algún rincón de tu atlas. Viajas con ellos, y sueñas con rebobinar. Como dice su director, " 'Vivir es fácil' es un western protagonizado por un profesor a lomos de un Seat 850, que protege a dos jóvenes huidos." Y es un buen western. Con una música compuesta por Pat Metheny, e interpretada por Metheny y Charlie Haden, Almería, los Beatles y un momento vital de nuestro país muy similar al que hoy nos toca. Con miedo. Resignación. Impotencia. Y por supuesto, miseria. Me pregunto qué hubiera hecho Antonio aquél 8 de diciembre de 1980, cuando Mark David Chapman, con un ejemplar de 'El guardián entre el centeno' (la novela de J.D Salinger) en el bolsillo, esperó a Lennon en la puerta del edificio Dakota, para pegarle cinco tiros.

@cayetanagc

"'Vivir es fácil con los ojos cerrados', una historia preciosa, llena de amor y nostalgia"

Programa doble

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 24

11/09/2013

ESA IMAGEN pertenece a otra etapa. A un tiempo en el que mi padre fue feliz. O intentaba serlo. Confiaba en mí. Y necesitaba compartir su inquietud intelectual a todas horas. Aún era una niña cuando me puso a Faulkner entre los dedos. Y siempre me llevaba con él a ver películas que yo quizá no podía comprender, pero le gustaba escuchar mi punto de vista de las cosas. Un verano fuimos a un auto-cine, en Barcelona. Había programa doble. Y él entonces tenía un coche rojo sin capota en el que yo me encontraba distinta. Privilegiada. Sentada junto a él, sentía el cielo estrellado sobre mi cabeza, el olor a noche de verano y una pantalla inmensa que deslumbraba mis pensamientos. Nueva York. Manhattan y Annie Hall. Nada menos. Woody Allen me dejó con la boca abierta. Su forma de hablar nerviosa, acelerada, entrecortada, divertida y sincera, me llenó el corazón de algo que he conservado siempre. Aquel tío tan feo, que se tocaba constantemente algo parecido a un flequillo y al que le parecía todo regular, iba a ser un punto de referencia en mi vida. Y un nexo de unión con mi padre. Porque aquella noche empecé a amar el cine de otra manera. El Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes de Madrid arranca su temporada con un ciclo de sus películas fundamentales. Hasta el 6 de octubre, se pueden volver a ver nueve de las historias que incluyen sus líneas temáticas y obsesiones más importantes. En Annie Hall Woody encarna a Alvy Singer, ese comediante neurótico que reconoce que sus neurosis se enredan en su relación con las mujeres, y recuerda a su adorable Annie, allí donde bajo su sombrero y una media sonrisa Diane Keaton encaja lo que había significado amar a uno de los genios más brillantes de nuestra realidad. En Annie Hall Allen se saltaba las reglas, contaba sus problemas mirando a cámara y parodiaba Blancanieves y los siete enanitos, de Walt Disney, uno de sus primeros y definitivos contactos con el cine. Un año después, en Manhattan, vuelve a las neurosis, a las mujeres, a la eterna contradicción, y a Diane Keaton. Quizá una de las pocas amigas que ha sobrevivido al paso de sus vidas. Quizá le amó tan bien como para aprender a quererle, y hoy, siguen siendo cómplices. Cómplices de verdad. Han rodado juntos siete películas y Allen confiesa que le encantaría volver a trabajar con ella. Un milagro. Y para mí, mucho más un recuerdo.

@cayetanagc

Principio del formulario

Final del formulario

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20

similar:

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó icon07-07-2014 son las 17: 15 horas de lo que pudiera ser un día cualquiera,...

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconEl mito es una de las concepciones más importantes de la humanidad...
«sobrenatural») en el Mundo. Es esta irrupción de lo sagrado la que fundamenta realmente el Mundo y la que le hace tal como es hoy...

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconSolución : Tenemos contactos, poseemos una red de Tasters, repartidos...

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconItinerario día a día la ruta del vino – mendoza

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconCada ano, personas alrededor del mundo se renuen y celebran sus tradiciones...

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconCatedral de Santiago de Compostela
«Año Santo» o «Año Jubilar» en Compostela todos los años en que el día 25 de julio, día de Santiago, coincidieran en domingo; este...

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconCatedral de Santiago de Compostela
«Año Santo» o «Año Jubilar» en Compostela todos los años en que el día 25 de julio, día de Santiago, coincidieran en domingo; este...

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconDesde la antigüedad, las bibliotecas han formado parte de nuestro...

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconPrograma por día (Película por día, sección temática y sala de proyección)

Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó iconCada día se afirma con mayor rotundidad que la cuna de la humanidad...






© 2015
contactos
h.exam-10.com