Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó






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títuloHace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó
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06/04/2013

No hay nadie. Ni a un lado ni al otro. Y el vacío te recuerda quién eras. Con quién estabas. Pienso en mi madre, en el centro, con el frío de la ausencia a cada lado. Cada día que pasa es uno más. O uno menos. Mariví no llamó cuando se fue mi padre. Porque no pudo. Guardaba el aire para aguantar entre nosotros. Decidió dejar de trabajar por cansancio, y porque quizá, desde algún lugar de tu alma, intuyes la despedida. Y decides caminar más lento, para prestar más atención a tus cosas. Sesenta años de trabajo que encontraron el afecto de un público volcado con un personaje valiente, divertido, transgresor y políticamente incorrecto, que fumaba hasta debajo del agua. Ni Emma (Penella), ni Mariví (Bilbao). No hay nadie. La ausencia a cada lado. Y un ruido de pena y de recuerdos que te tambalea. En fin. Que hay que seguir. Que es ley de vida. Que tenía 83 años. Y que la rotundidad de esas verdades absolutas te tumba, porque las emociones van por otro lado y necesitan paciencia y comprensión. Pero las cosas son así. Y parece que hay que afrontarlas. Cuando la muerte pasa cerca, algo cambia. Algo se mueve. Algo, en lo más íntimo de tu relación con los demás, se rompe. Y por primera vez, reconstruyes un mapa que hasta ahora limitaba conceptos, rincones, tu ciudad. Mariví nos hizo cosquillas. Consiguió hacernos reír a carcajadas. Y reivindicó el taco como una manera de vivir. Pero también nos recordó que sus heridas nos podían conmover profundamente. Alumbramiento, La primera Vez o tantos otros buenos cortometrajes que la llenaron de premios y ovaciones, de savia joven que necesitaba para seguir viviendo así. Feliz. «Para hacer de vieja ya estoy yo», decía. Entre caladas. El amor de la gente la hacía caminar por encima del suelo. A pasos largos. Agradecida y sonriente. Buena gente. Es extraño. Se nos van, y cambian las fronteras. Cambia un mundo pintado con colores y sueños compartidos. Es otra cosa. Por ahora desconocida. Nos queda su voz. Sus personajes. El tiempo compartido. Pero se nos van muchos, y muy rápido. Y no hay forma de acabar un boceto empezado sin cada uno de ellos. Quizá se echan de menos, y se llaman a gritos entre las nubes. Quizá quieren volver a empezar de nuevo. Todos juntos. Porque lo que ven aquí les entristece. O quizá tienen miedo. Otra vez.Sin oxígeno

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 21

23/03/2013

A vueltas con lo mismo, me van a perdonar. Pero la incomprensión y la impotencia son emociones fuertes, que cobran vida ante tu estupor. Ser personaje público es una forma de vida. Lo es, porque tu trabajo está expuesto a los ojos de los demás. En privado perdería todo el sentido. Recitar, comunicar, interpretar, cantar, bailar, contar la realidad a los demás en una tribuna, te lleva a formar parte de sus vidas. Y no es mejor ni peor que otras opciones. Es una. La nuestra. Recibes el cariño de un público y el rechazo de otro que percibe los suficientes datos como para amarte, admirarte, odiarte o perdonarte. No puedes controlar lo que transmites, y te sorprende comprobar que llaman por tu nombre a alguien que no se parece nada a ti. Todo el mundo cuenta con ventaja, sabe en qué trabajas, cómo trabajas, quién es tu pareja o quién lo fue, todo sobre tus hijos, tus padres, tu barrio, tu colegio, tu lugar de veraneo, tus problemas con Hacienda o con la Justicia. Lo saben todo. Y opinan. Constantemente. Y te piden explicaciones sobre los resultados de tu propia vida que, tú, que no eres más que un ser humano con un trabajo expuesto a los ojos de los demás, llevas lo mejor que puedes. Como cualquiera. Tú en cambio, no sabes nada de nadie, y no puedes opinar, ni pedir explicaciones, a no ser que frunzas el ceño, pongas los brazos en jarra y dispares. Pero la batalla no es agradable y casi nunca oportuna. Porque tú, como ellos, salías simplemente a cenar o a tomar una copa después de trabajar. Lo de tu intimidad es un caja fuerte sin contraseña a la que de una u otra forma cualquiera accede. La verdadera barrera es su propia ética, su actitud, su responsabilidad ante las cosas, su lucidez o su conciencia. No todo vale. Pero todo tiene una consecuencia. Tu estado de ánimo, tu presencia, tus palabras, tus comentarios. Y define una forma de vivir. Sacar de contexto el amor, el llanto, la risa, el dolor, los problemas o a Dios, es abortar el proceso natural de las cosas. Es construir una historia paralela que no existe. Porque fuera de su entorno y de su lugar en el tiempo, muta su piel y su significado. Asumimos el asalto al espacio privado como algo inevitable, como parte de la fatalidad que arrastran nuestros destinos, y lloramos a solas porque han vulnerado nuestra confianza. A veces nos falta el oxígeno. Pero respirar hondo forma parte de nuestra rutina. De la de todos, supongo.

Apalabrados

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 23

09/03/2013

En chándal. Qué maravilla. Hace tiempo que el mundo no desprecia esta prenda de ropa tan capaz de sorprender como la voluntad del ser humano. La moda más sofisticada le ha puesto precio. Las estrellas corren por Beverly Hills arropadas por looks hechos a conciencia y Dios lo observa todo (para variar) con indiferencia. El comandante-presidente Hugo Chávez será embalsamado y exhibido -¿en chándal?- y miles de venezolanos continuarán llorando por quien supo decirles exactamente lo que necesitaban escuchar. Populismo de izquierdas que, quizá por eso, parece menos populismo, y un carisma arrollador que logró burlar los graves problemas que crujen por dentro y por fuera a Venezuela. Catorce años en el poder dan para mucho. O no. Y más allá de un discurso oportuno que afronta sin duda una verdad, está la vida. Y en Venezuela, hoy, continúan azotando al pueblo las mismas cosas. Desequilibrios económicos, corrupción, miseria, y más dolor. Siempre me sorprende quien arrastra masas de hombres y mujeres hacia un lugar concreto, y se siente bien, honrado con las adulaciones, los alaridos de pasión, las lágrimas del otro ensalzando sus capacidades. Porque, en el fondo, tú sabes que no eres más que un ser humano limitado y lleno de dudas, y que la verdad no es algo que se pueda manejar y vender a los demás. La propia enfermedad, la misma muerte, es un buen escarmiento. Un freno de mano que nos recuerda quiénes somos. Y quizá, a dónde vamos. Sin chófer. Sin adeptos. Si pusieran el mismo empeño en dirigir la patria con humildad, que en fletar autobuses que lleven a los desesperados a darle al caudillo su último adiós, para metérselos en el bolsillo, otro gallo cantaría. Si se empeñaran en renunciar a todo para poder cumplir lo que prometen, lo que agitan, lo que gritan desde los balcones enarbolando cualquier bandera, como se empeñan en mantener esquemas de poder y justos discursos antiimperialistas que tanto nos hicieron soñar a todos, otro gallo cantaría. Y otro gallo cantó, seguro. Cantó alto y fuerte. Cantó seguro. Cantó en la selva, convencido. Pero el poder rompe la voz. La contamina. Aísla. Y ya no hay perspectiva. Es un sudoku sin salida que reza tierra, hermanos, chándal, petróleo, revolución, Bolívar, militar, patria, Maduro. Continuidad. Pero es difícil sobrevivir a tanta personalidad.

El mal menor

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 23

23/02/2013
GRANDES zancadas. Y zancadillas. Pasos rotos. Decisiones ajenas. Seres humanos que van y vienen y se cruzan con seres humanos que deciden aplicar una verdad que el sistema necesita para ordenar las cosas. Para ordenarlas a su manera. Porque dentro del drama general, de la tragedia, el ciudadano tiene que aguantar empujones, tobas, escupitajos, bromas, susurros, pesadillas, silencios y mentiras. Como Josef K, acelera el paso, atormentado, sintiéndose perseguido por alguien o por algo que es incapaz de definir. Y como en El Proceso, de Kafka, nadie puede ayudarle. Porque todos miran atrás, y todos se sienten acosados. Todos forman parte del tribunal, pero a la vez, son víctimas. Porque un mundo enfadado, es un mundo hostil con los demás. Como dijo Beccaria, siglo XVIII, en su Tratado de los Delitos y las Penas, uno de los libros más influyentes en la reforma del antiguo derecho penal continental, tan cruel, arbitrario e irracional: «Prohibir una muchedumbre de acciones indiferentes no es evitar los delitos sino crear otros nuevos; es definir a su voluntad la virtud y el vicio, que se nos predican eternos e inmutables. ¿A que nos viéramos reducidos si se hubiera de prohibir todo aquello que puede inducir a delito? Sería necesario privar al hombre del uso de sus sentidos. Para un motivo que impela los hombres a cometer un verdadero delito hay mil que los impelen a practicar aquellas acciones indiferentes que llaman delitos las malas leyes».

Así, dentro de la tragedia, de los dramas personales que tiñen las vidas de desesperanza, el mal menor cae como un meteorito partiendo en dos el último aliento del que luchaba por llegar a fin de mes y quizá, por sonreír a la vez. Nos castigan por todo, más deprisa que nunca. Por correr, por aparcar, por fumar, por no fichar, por no avisar, por parir, por no poder pagar, por llorar, por gritar, por poner música, por no entender la letra pequeña, o la grande, o la propia ley. Y se incentiva al que persigue el error del otro, con un plus con el que él sí podrá llegar a fin de mes. Como los perros. Buscando en la basura. Espiándonos detrás de las puertas, esperando el fallo del prójimo para denunciarlo y poder comer. Y como música de fondo, las listas cerradas con nombres propios de aquellos a quienes elegimos para protegernos, que vulneran la misma ley que nos exigen, pero con escolta, con impunidad y con pleno conocimiento.Gracias

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 21

02/02/2013

AL OTRO lado. Mirando alrededor. Intentando colocar las piezas, que son las mismas, pero ocupan otro lugar en el mundo. Los demás van y vienen, con prisas, y tú observas sus movimientos. Y los tuyos. Porque cuando estás al otro lado y te conviertes en el protagonista de esa película que has vivido otras veces desde fuera, percibes la realidad con extrañeza, con estupor, con rabia, con miedo, con tristeza, en compañía, desde una profunda soledad.

El afecto. Esa fuente de energía tan poderosa, es realmente un valor que eres capaz de apreciar desde las primeras ondas, desde el primer abrazo, desde el primer minuto detenido en la vida de alguien que piensa en ti y que lo deja todo para ir a abrazarte, a entenderte, a escuchar, o a callarse a tu lado.

Las agendas de los demás se reestructuran y entras tú, donde no estabas, en un hueco preferente e irrenunciable. Lo intuía. Pero ahora he comprobado lo importantes que son los demás en los procesos de dolor, en los procesos de pérdida, donde la ausencia se instala para siempre en algún lugar de la tierra por la que tú transitas, ya inseguro, procurando reconocer los mismos sitios, hoy tan distintos. Y es que la vida sigue, como una apisonadora. Llores o no. Respires o no. Se muera tu padre o no. La rueda continúa. Pero los demás también. Y son ellos los que sujetan tu corazón vacío, lleno de ausencia, sin respuestas, son ellos los que te recuerdan que además del dolor, inevitable, aún queda mucho amor donde acurrucarte. Gracias a todos los que entendisteis el desgarro, la pena, a los que nos acompañasteis, cada uno a su manera, gracias a los que detuvisteis la inercia de la noche, o del día, los compromisos, los trabajos, las reuniones, las citas, las cenas, las comidas, para hacernos sentir menos solos. Gracias a los que escribisteis y a los que hablasteis. A los que corristeis despavoridos. A los que recordasteis. A los que se os escapó una sonrisa recordando. A los que llorasteis con nosotros. A los que llorasteis solos. A los que entendisteis que no era el momento. O que sí lo era. Porque la oscuridad no es tan densa si entra la luz por algún lado. Y el afecto, esa caricia que nos hace sentir a veces más, a veces menos pequeños, abrió rendijas en un cuarto oscuro, casi imposible de iluminar. De corazón. Gracias a todos.La familia

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 17

05/01/2013

ME VAN a permitir un ataque de amor. Una declaración de intenciones que nace de la mismísima experiencia. De una comprobación. Un ramalazo de conservadurismo y orden, que en realidad no es tal, porque ya está bien de esquemas y prejuicios, y que estoy dispuesta a predicar. Hoy, a pocas horas de que vengan Los Reyes Magos, e incluso asumiendo la posibilidad de que no vengan, pondré solo un par de zapatos a los pies de mi árbol de navidad. Y dos palabras. La familia. Esa que vive tan menospreciada, tan fuera de onda, tan cuestionada, tan rota, tan desestructurada, tan fuerte, tan sólida, tan variada. Y los Reyes, que son magos y no padres de carne y hueso, de almas vulnerables, de deseos contradictorios, sabrán llenarlos de comprensión, de solidaridad, de flexibilidad, de infinita paciencia. Y la familia, hoy, será capaz de sujetar un mundo que se descompone, que se cae a trozos sin que nadie, o casi nadie -porque los que lo saben lo callan por y para algo- sepa cómo evitarlo. Las grietas son heridas sangrantes, grabadas para siempre en nuestra memoria. Y esa telaraña de afectos, de besos, de encuentros y desencuentros, intensa a veces, o invasiva, será la única red dispuesta a sujetarnos cuando caigamos desde los edificios más altos.

Ese grupo de pertenencia, marco de referencia y de identidad de cada uno, es donde se gesta el verdadero contenido de lo que somos. Y si es cierto que la familia tradicional ha demostrado que sí, que se equivoca, sin duda ha dado suficientes argumentos para exigir un poco de respeto. Hoy, que en todas las casas laten graves problemas para poder continuar, los abuelos, los hermanos, los hijos, se perfilan como la última oportunidad para creer en el ser humano. Porque nadie cumple sus promesas. Ni la Constitución, ni el Poder Judicial, ni los representantes políticos, ni los religiosos, ni Dios, que nunca está. Pero seguro que alguien de tu familia sigue ahí, a los pies de tu cama. O rompe su hucha. O te avala. O se cruza el planeta para oírte llorar. Para abrazarte. Con menos soberbia, consciente de que no es la única forma de convivencia, de estructura, dentro del amor y los distintos vínculos de afinidad y consanguinidad, la familia, la de siempre, la convencional, pisa fuerte, y en silencio, a su ritmo, desde sus rincones, construye, observa, aguanta, defiende, ama. Y siempre gana.Otra dignidad

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 21

08/12/2012

Hay algo marcadamente generacional en la manera de afrontar las cosas. En la forma de encajar las heridas, los golpes furiosos. Los más inesperados. Porque incluso esos que pertenecen al llamado ciclo de vida, a ese orden en el que nadie jamás se reconoce, como diría Albert Camus, resultan tan inoportunos como los más desconocidos. Me contaba Pérez Reverte que añoraba un tiempo en que los seres humanos éramos capaces de manejar el dolor con otra dignidad, con armonía, con una contención que protege a los demás de tu desasosiego. Un tiempo en el que la manera de hacer y decir las cosas, era otra, y era definitiva. Porque hay dos tipos seres humanos: los que saben que se van morir, y los que no, los que viven de espaldas a la muerte. El tango de la guardia vieja, su última novela, defiende una intensa historia de amor a través de cuatro décadas y recorre varios universos decadentes a los que sin embargo, sobrevive el amor. Max Costa y Mecha Inzunza, los dos protagonistas, magnéticos, fascinantes, se conocen en 1928 en el Cap Polonio, un crucero de lujo rumbo a Buenos Aires, donde bucearán por arrabales paralelos y se descubrirán, poco a poco. Nueve años después, en Niza, en medio de una trama de espionaje provocada por las intrigas de la Guerra Civil española. Y en el Sorrento italiano de los años 60, gracias a un campeonato mundial de ajedrez.

Reverte describe cada época con una minuciosidad que el lector es capaz de oler a los personajes, de sentarse a su lado en el café del Hotel de París, en Montecarlo, o de pedir un Negroni en el Bar Fauno, tal como lo hubiera hecho Max, y tal como lo hizo el autor antes de crearlo. Se pateó medio mundo, lo vivió como lo hubieran hecho ellos y lo plasmó, definiendo relojes, faldas, pantalones, rincones, barras, camas y besos, con una rigurosidad, que los escenarios habituales de sus éxitos, la intriga, el espionaje, la historia de este mundo, quedan en este tango como escenarios, fondos necesarios para ese amor. Una historia que se te agarra a la garganta y te acompaña luego, a pasitos. El autor es voluntariamente explícito en ese terreno pasional tan delicado, y encuentra el equilibrio. El sexo cómplice es fundamental en esta vida compartida, un espejo donde buscarse, un idioma común. Y hoy, que vale todo, Max Costa seduce, conquista y enamora, porque representa, sin duda, aquella dignidad. Entre nosotros

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 27
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