Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó






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títuloHace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó
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24/11/2012

La nostalgia es una emoción llena de trampas. Como una sonrisa mentirosa. Buenos recuerdos, que se clavan como dardos en algún rincón indeterminado. Entra en silencio, como los ladrones. Y te roba la calma, o la conciencia. Se clava, frenas, y procuras localizar la punzada. Hubo un tiempo en que los niños llegábamos del colegio y nos sentábamos a merendar frente a una televisión en blanco y negro, con la mirada absorta y el corazón feliz. Gaby, Fofó, Miliki y Fofito nos llenaron la vida de música y nos cuidaron, desde esa lucidez que otorga el tener algunas cosas claras. Casi dos siglos de generaciones en el mundo del circo les daba la certeza del profundo valor que tienen las ilusiones, la imaginación y los juegos en la única edad en la que las responsabilidades no te impiden respirar bien. En 1997 Miliki compareció ante el Senado para proponer una ética en televisión que protegiera sus contenidos, que no vulnerara el derecho de todos los niños a formarse y a sonreír. La misma sonrisa que arranca cada página de la novela que dejó escrita antes de marcharse, Mientras duermen los murciélagos, que evoca, con la misma punzada, la época dorada del circo. Sus canciones son de todos.

Hay pocas cosas que arrastran a las distintas generaciones a compartir cierta melancolía. Supongo que no es fácil valorar lo que aporta un malabarista con nariz de payaso en un semáforo. En pleno atasco, sale de algún rincón en medio del asfalto y te hace sonreír. No es fácil comprender que sin buen humor, sin el mejor, no hay forma de sobrevivir a lo que la vida propone, y ellos, dedicaron la suya a calmar nuestros corazones. Hace unos días llevé a mi hijo al espectáculo de Fofito, y abuelos, padres e hijos cantaban las mismas canciones. El tiempo se paró. Se congeló en esa sonrisa. La misma que la familia rogaba en la esquela por su alma. Como la mejor oración, su familia rogaba por él una sonrisa. Me pareció precioso. Porque en algún rincón de este universo indescifrable, frente a un espejo, Miliki se pondrá su nariz grande y su sombrero, y echará a andar entre nosotros, procurando no molestar, espantando los malos humores y protegiéndonos del frío. Suerte amigo, estés donde estés. Y gracias por todo. Sin ti, nuestro cuento sería otro.

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La prioridad

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 25

27/10/2012

De todos los escenarios, el más cruel contiene la imagen desamparada de una madre con su hijo en brazos, en mitad de la calle, con sus cosas embaladas en unas cuantas cajas de cartón. La puerta precintada. Su vida dentro, rota y desordenada, como la mínima esperanza de que su nombre y apellidos signifiquen algo más que un número. Porque detrás de las más de 350.000 ejecuciones hipotecarias que se han llevado a cabo en los últimos cuatro años hay una historia de verdad. Una familia. Y la voluntad de construir una vida. No hay francotiradores, ni narcotraficantes, ni corruptos, ni cínicos conocedores de la trampa que propone la ley, ni blanqueadores de fortunas ni tramas mentirosas que malgastan el dinero público. Hay familias que tratan, por derecho, de construir. Y hoy, por defecto, de sobrevivir. Por eso, el informe dirigido por Manuel Almenar, vocal de CGPJ, elaborado por seis magistrados de diferentes puntos de España, que habla de la «mala praxis de las entidades bancarias» y propone distintas soluciones para las familias, significa, al menos, un movimiento de ficha. Lento, eso sí. Porque la teoría concede cierta perspectiva, pero la práctica confirma que todo sigue exactamente igual. Parece que el CGPJ no asume el contenido del informe Propuestas para la reforma y agilización de los procesos civiles ni su anexo Propuestas en materia de endeudamiento familiar y consecuencias de la ejecución hipotecaria, que hace unos días sacudía nuestras esperanzas. El informe destaca la responsabilidad de la banca al «no valorar las posibilidades reales del deudor», que se encuentra en absoluta desventaja en un proceso de cobros agresivo cuya vigencia tiene más de un siglo. Una vez finaliza la ejecución y la subasta, el inmueble pasa a engrosar el activo inmobiliario del banco y queda además, normalmente y durante mucho tiempo, desocupado. Vacío. Y es que el deudor no puede oponer ni alegar nada, porque la ejecución hipotecaria ni siquiera ofrece las posibilidades de una ejecución ordinaria. Manda el banco. Siempre. Sean cuales sean las circunstancias. Y la ley, además, lo protege. Por eso estos seis jueces, bajo la batuta de Almenar, barajan 18 medidas que pretenden suavizar el abuso que se ejerce en la actualidad. Pero parece que, una vez más, el drama personal tendrá que esperar. ¿Pero hasta cuándo? ¿Qué tiene que pasar, para que el ciudadano sea la verdadera prioridad?

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¡Felicidades!

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 21

13/10/2012

HAY QUIEN pasa por la vida de puntillas y hay quien maneja un carisma luminoso y hace bien a lo que toca. Hay quien se mueve consciente, sin dispersiones. Y hay quien distrae a su propia sombra. Pienso en el Max Estrella de Luces de Bohemia, y recuerdo que Valle Inclán se inspiró en la triste historia de su amigo el poeta Alejandro Sawa, que murió solo, pobre, ciego y desesperado. Como Max, que en el último tramo de su vida, pasea su locura de punta a punta de un Madrid de noche, apoyado en el brazo y el alcohol de su amigo, Don Latino de Híspalis. Años 20, el texto se desarrolla como una parábola trágica y grotesca de la imposibilidad de vivir en una España injusta, opresiva y absurda. Como la nuestra. Valle Inclán, en su esperpento, mira la realidad a través de unos espejos deformantes en los cuales, desgraciadamente, y una vez más, nos reconocemos. Revueltas callejeras de un pueblo sin interlocutor, y un grupo de poetas modernistas que pasean sus capas entre la impotencia y la rabia, padeciendo la eterna incomprensión entre el poder y la cultura, avocadas a una relación imposible en la que nadie, jamás, se pone en el lugar del otro. Por los siglos de los siglos. No hay comunicación, no hay diálogo, no hay nada. Conceptos, filtros, formas de interpretar la vida que nos toca vivir, cada uno a su manera. Max Estrella visita al Ministro de la Gobernación, y le expresa su angustia y su dolor, su desgarro al verse acorralado entre el talento y la miseria, entre el arte y la ausencia de apoyo y de comprensión. Y él le consuela. Hoy Max iría a ver a Gallardón, por su empatía, como a su última esperanza, y le susurraría «amigo Alberto, los dos hemos leído a Unamuno, a Baroja, a Rubén Darío, los dos queremos lo mejor para España. Cuídanos. Que aún nos quedan varias guerras por vivir». «Tranquilo Max, conseguiremos la paz, y construiremos una Europa en Democracia». Y Max Estrella se echaría a llorar, emocionado, con la sensación de que ya podía marcharse tranquilo de este mundo. Y ahí sigue, desde arriba, contemplando la imagen de sus espejos deformantes, la gresca en nuestras calles y la zozobra en los teatros y en la literatura, pero brinda con un anisete y Don Latino por este Premio Nobel de la Paz, que tanta sangre y tanto desamor nos ha costado.

Y digo yo, querido Valle: en realidad, qué poco hemos cambiado.

@cayetanagc

«Valle Inclán mira a través de unos espejos deformantes en los cuales nos reconocemos»

La Celestina

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 23

29/09/2012

Madre no hay más que una, eso es verdad. Una madre y sus alrededores. Aldeas físicas y emocionales que se van colocando en su lugar a medida que creces, y que las experiencias de tu vida te van dando respuestas a las preguntas que te planteaban las experiencias de la suya. Alguna vez, de niña, cansada de pasar las tardes entre camerinos haciendo los deberes o de no encontrarla al llegar del colegio, haciéndome un bocadillo de Nocilla, añoré una madre normal, con horarios fijos y menos sueños, con la cuchara en el puchero y los fines de semana libres. Pero no. La mía vivía entre bambalinas y Estudios 1, estudiaba a Lorca por los pasillos, cantaba como Dios y hacía la mejor Vichyssoise del mundo. Elegante, bellísima, hipersensible y tremendamente capaz. De todo. De trabajar 30 horas diarias, de besarnos hasta dejar de respirar, de cruzarse España para controlar tu varicela, o de parir memorizando a Camus. Ausencias, sí, pero también presencias llenas de sentido y de una carga de valores tan férreos como su propia perseverancia. La misma que la lleva a estrenar hoy, a sus 78 años, La Celestina. Porque este oficio suyo, nuestro, te mantiene tan vivo como tu cuerpo aguante, tan lejos como puedas, meciendo tu latido. Porque sin él, se apaga antes. Seguro. Y ahí estamos, viviendo los nervios de otro estreno, otra vez, toda la familia. Porque si sube uno, subimos todos. Y a una edad en que supuestamente tendría que estar haciendo bizcochos a sus nietos, (que también los hace, y muy ricos, por cierto), lleva un año paseando a Fernando de Rojas por los escenarios. Gemma Cuervo. Mi madre. Que dicen que no hay más que una, pero me van a permitir la osadía de pensar que en ella hay tres o cuatro, como mínimo. Vicenta, Laurencia, Celestina o Desdémona conviven con la madre, la abuela, la intelectual, la intuitiva, la entusiasta, la popular, la sofisticada, la divertida, la que cuida a mi padre sin mirar atrás, la que se ríe a carcajadas o la que llora por todo. Y siendo madre yo, he comprendido tantas cosas y he agradecido tantas otras, he colocado tanto en su lugar, que hoy sé que sin ella, sin sus cimientos, sin sus garras de leona contra quien se atreve a tocarnos, sin su inamovible seguridad sobre lo primordial o lo secundario, sin su solidez y su sutilísima altura, nuestro mapa sería otro mucho menos interesante.

Adolfo Suárez

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 20

26/09/2012

Ayer cumplió 80 años. Pero no lo sabe. Como tampoco reconoce a sus hijos. A los que le quedan. Porque la vida le dio tanto que tanto decidió arrebatarle, de un plumazo, y dejarle una herida tan profunda que sólo se sobrevive a ella desde el olvido. Desde un lugar lejano que no le recuerde a nada ni a nadie. Él, que conoce a todos y al que todos tienen algo que decir. Cuenta su hijo mayor que su padre es feliz, que pasa los días en un lugar tranquilo, íntimo, al que sólo llega él y donde se mueve con soltura. Y con una sonrisa. No hay dolor. No hay desgarro. Sólo un presente que nada tiene que ver con el de los demás, que le rodean tratando de no interrumpir una serenidad que al menos le salva de lo más insoportable. Hijo y nieto de republicanos, llevaba la democracia en sus mejores intenciones y la fue alimentando, poco a poco, a base de decisiones difíciles meditadas en soledad. Adolfo Suárez. Una de las mentes más importantes de nuestro siglo XX ha borrado los trazos de su memoria, la de todos, porque era la única manera posible de seguir paseando por este mundo. Porque mientras la mente sigue en orden y hay en ella cierta lucidez, el ser humano permanece. Tu padre, tu hermano, tu amigo. Tu cómplice. Si no, (como cuenta Pedro Simón en su libro Historias del Alzheimer) te dirá lo que mi querido Antonio Mercero les dijo a unos íntimos amigos que le hablaban de cine, de fútbol, de la vida, para entretenerle, «no sé quiénes sois, pero sé que os quiero». Diana Garrigosa, esposa de Pascual Maragall, mujer sensible, cálida, y maravillosa, observa asombrada la deshinibición de su marido y reconoce que el día en que no la reconozca será el más difícil de su vida. No sé si la excesiva presión puede tener algo que ver en esto. Los nervios, la exposición, la angustia, la intensa responsabilidad y el gran desasosiego con el que padecemos el tormento de no ser conscientes de que la vida es una y acaba aquí. Ni sé qué pasa en el cerebro si recibe un golpe emocional demasiado grave. Pero sí me asomo al abismo de comprender que perder la consciencia es viajar tan lejos que quizá nunca más vuelvan a encontrarte. Feliz cumpleaños, presidente. Porque si tú olvidas, aquí estamos nosotros para recordarte. Al menos, por ahora.

La diferencia

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 25

15/09/2012

Dos millones. Se dice pronto. ¿En qué se emplea una etapa fundamental, en la que el acceso a la formación es la puerta a la libertad que define y sustenta el resto de tu vida? El 23% de los jóvenes de entre 15 y 29 años en España, ni estudian ni trabajan. Es la cifra más alta de Europa. Y un estigma. Mirar alrededor y no encontrar ese camino recto que te empuja a andar a cierto ritmo y hacia alguna parte. Porque si no hay rumbo, no hay meta. Si no hay esfuerzo, tampoco hay recompensa. Durante los años dorados de nuestra economía, la necesidad de empleo poco cualificado provocó que muchos de nuestros adolescentes dejaran sus clases antes de tiempo. Y reengancharse ahora al sistema educativo, no es fácil. Sin duda, a mayor formación, más posibilidades y menos diferencias salariales de género, más libertad, más fuerza, muchos más argumentos y un motor, sólo tuyo, que te salva de cualquier cosa. La formación te hace fuerte. Y como la sensibilidad o la inteligencia, marca la diferencia. Como en aquellos años sesenta, en los que partían trenes repletos de trabajadores que buscaban un mundo mejor lejos de nuestras fronteras, hoy, miles de españoles se marchan con la esperanza de mejorar su calidad de vida. Pero entonces viajaban ciegos. Y sordos. Sin saber qué firmaban ni adónde iban. Y volvieron sintiendo que no pertenecían a ninguna parte. La historia se repite. Pero las distancias son más cortas y Europa nos resulta algo más nuestra, a pesar de todo. El perfil del emigrante español ha cambiado. Se marchan los que no estudiaron. Pero también los más cualificados. Porque necesitan un rincón donde sentirse útiles, donde crear una vida alrededor de sus capacidades, donde optimizar lo que aprendieron durante tantos años.

Not in Employment, Education or Training (ni trabaja, ni estudia ni recibe formación). Neet, según el Gobierno británico. Nini, en el mundo de habla hispana y por alusión: ni estudia ni trabaja. Qué expresión tan fea. Es pequeña y peyorativa. Y es además, lo que faltaba. Sentirte definido en un grupo bisílabo con nombre de chiguagua. Debe crearse la fórmula que coordine el tránsito desde la escuela al lugar de trabajo. Y la educación es sin duda esa inversión de la que dependen los resultados.La mujer invisible

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 20

12/09/2012

Qué barbaridad. Porque no se trata de un sueño. No. Te despiertas, miras alrededor y compruebas que tu vida ha cambiado completamente, que ya no es tuya, que es fundamentalmente de los demás y que los demás no son precisamente unos cuantos a lo que pones cara y ojos, nombre y apellidos. Los demás son todos. Aquellos que se cruzan contigo por la calle y los que no se cruzan, los que tienen tribuna para abusar y los que la tienen para reflexionar, los mismos a los que escuchabas con estupor hablar de los otros y que ahora pronuncian tu nombre. Olvido Hormigos, la concejala socialista de Los Yébenes, que anunció su dimisión tras difundirse un vídeo erótico, pero que ya no dimite porque ha recibido cientos de apoyos. Nunca tantos como visitas al documento que exhibe su masturbación, claro. Sí, tu nombre. Desde la tele del salón gritan tu nombre, hablan de tu marido y de tus hijos, aseguran lo que te gusta hacer y lo que no y los caprichos que te consentían de pequeña y que han derivado en esta osadía. Te analizan. Se quitan la palabra de la boca y juran, sin conocerte, que saben cada una de tus intenciones. Te gustaría parar el tiempo, rebobinar, desaparecer, o volver a empezar. Pero no. Estás ahí, sin respiración, escuchando una y otra vez historias sobre ti en las que no te reconoces. Verdades a medias y mentiras completas que sólo tú podrías matizar. La exposición de un personaje público cuando la intimidad se saca de contexto es tan brutal, que no hay quien retome la normalidad. Porque la cuestión no es sopesar qué hay de verdad o de mentira en su defensa, ya que ese matiz no influye en la labor política que ella debe desempeñar, la cuestión es que ahora ella no tendrá más remedio que cambiar de vida. De trabajo. De entorno. Dimitir, pero no porque tenga nada que justificar respecto a su capacidad como profesional, si no porque ya le será imposible desempeñar, como hasta ahora, lo que le exige su responsabilidad. Porque siempre temerá un comentario, un fotograma, una burla venenosa y sagaz que le haga dudar, irritarse, o recordar quién era y quién es, antes y después de que millones de personas la hayan visto gimiendo desnuda y mirando a cámara. El infierno. La estimulación on line se olvidará, y será otro tema el que nos lleve a abusar o a reflexionar, pero su serenidad, la de su marido y sus hijos, la mirada de sus vecinos, sus rincones del mundo, sus secretos, hoy, y en Los Yébenes, son irrecuperables. Tiempo al tiempo.
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