Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó






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Yo me bajo en la próxima

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 17

01/09/2012

Teatro Romano de Mérida. Jueves 30 de agosto. Hay luna llena. Se celebra la primera edición de los Premios Ceres de Teatro, que como dice el nuevo director del Festival Internacional de Teatro Clásico, nuestro querido Jesús Cimarro, ponen de moda un concepto absolutamente contemporáneo: lo glocal. Y es que lo que hasta hace muy poco sólo tenía repercusión en su propio entorno y una importancia exclusivamente local, hoy, con nuestro viaje personal por las redes sociales y esa capacidad para compartir el hecho de una manera universal, se convierte en un fenómeno global. Y estos premios Ceres reunían lo mejor de Mérida, el emplazamiento geográfico y arquitectónico más emblemático, con lo más brillante de nuestro teatro a nivel nacional de este último año. Y en medio del miedo y la impotencia, del estupor y la desesperanza, cada uno de nosotros respondió a la llamada y corrió a abrazar a esa nueva posibilidad de celebrar tanto talento y tantísima capacidad. Premiados como Miguel del Arco, Alfredo Sanzol, Juanjo Seoane, Héctor Alterio, Gerardo Vera, Miguel Rellán, Julieta Serrano, Fran Perea o Amparo Baró estuvieron acompañados por Nuria Espert, Charo López, Javier Gurruchaga, Ángela Molina, Francis Lorenzo, Anabel Alonso, Carmen Conesa, Natalia Millán, Ana Álvarez, Juan Echanove o Gonzalo de Castro. Y a cada uno de ellos, por un instante, en soledad, o en público, se le rompió la voz. Porque estábamos juntos, porque es toda una vida, porque a pesar de todo siempre hay una luz en algún rincón del escenario. Y porque faltan muchos. Carlos Sobera arrancaba la gala anunciando la muerte de Carlos Larrañaga. La vida se detuvo. Porque la muerte, este verano, nos lo ha robado todo. Porque las piedras de ese teatro romano susurraron que Carlos y Paco Valladares y Galiardo y Sancho Gracia y Aurorita Bautista también estuvieron allí, repasando sus textos, entre cajas, nerviosos, fascinados, en aquellas noches de verano. La gala terminó. Como termina todo. Pasó el tiempo, la luna, llegó el amanecer, la luz del día. Cada uno continuó su camino y acumuló un recuerdo más, un mimo, una certeza. Llega septiembre, y el tiempo, insobornable, arrastrará lo bueno y lo peor. Cada premio, en cada estantería, observará a su dueño y el dueño buscará, o no, un nuevo sueño que justifique su andadura. Y en eso estamos. Caminando. Hasta la próxima estación.Ser o no ser

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

04/08/2012

EL TIEMPO pasa. Pero vivimos como si nada se moviera, como si siempre hubiera que conquistar algo más para sentirse bien. La felicidad. Esa entelequia que nos obliga a soñar constantemente, sin tomar conciencia de lo que tenemos entre manos. Hay quien asume y afronta lo que hay. Y hay quien huye y miente y se miente como si fuera la única posibilidad. Contar la verdad casi siempre supone enfrentarse a muchos obstáculos. Y el juicio de los demás puede resultar tan pesado que, la mentira, se convierte en una rutina más soportable. Ser consecuente, coherente con una forma de sentir y de amar, es una responsabilidad que no todos somos capaces de defender ante el resto del mundo. Carlos Marrero y Kike Sarasola, empresarios de éxito y punto de referencia para lo mejor de la sociedad española, llevan años exponiendo sus sueños, compartiendo su realidad con un entorno a contracorriente, capaz de abrir puertas y ventanas gracias a su valentía y a su infinita generosidad. Portada de Zero, allá por 2003, que normalizaba la homosexualidad hasta en las mejores familias, con todo lo que eso significa. Porque tu entorno construye la cárcel o la mismísima libertad. Su boda en la Casa de la Panadería en octubre de 2006, que apoyaba la cuestionada ley sobre el matrimonio homosexual, y ahora su hija. Aitana. Una niña de ojos oscuros que nació en Los Ángeles el pasado 23 de abril, de padres biológicos y madre gestante, y todo el amor que un ser humano (que son dos) puede dar. Kike la abrazaba temblando, sintiendo, por primera vez, el enorme poder del amor incondicional. Este verano, el primero de Aitana, Kike y Carlos llenan de ternura y calor la vida de un bebé que tendrá que dar muchas explicaciones a un universo extraño que siempre cuestiona antes de conocer. Pero Aitana llegará a entender que sus padres se amaron sobre todas las cosas y que gracias a ellos, el mundo es otro. Mejor. Más valiente. Más claro. Porque las cosas son. Y punto. Y la salud mental consiste en asumir y afrontar los diversos caminos que la mujer y el hombre, en esa búsqueda de una felicidad que nos atrapa, eligen para ser o no ser. Porque la otra opción, la que medio planeta practica y el otro medio alaba, es vivir como los demás quieren que vivas. Tú eliges. Como Cristopher Plummer en Begginers, que con 75 años y 40 de matrimonio, decidió salir del armario y al menos, despedirse feliz. Gracias chicos. Por todo.
Otro aniversario

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

21/07/2012

William Faulkner. Murió un 6 de julio de 1962. Hace ahora 50 años. En un mes como este, ardiente, como el sur del que él hablaba. En esos años sesenta, convulsos, como estos, que intentaban sacudirse el odio y las telarañas, el llanto y la desilusión. Bonita palabra. Releo Santuario, su creación menos amada pero más exitosa, y compruebo que el mal y la corrupción, el acento moral y el pesimismo apocalíptico que vuelca el premio Nobel de Literatura en el folio en blanco de su quinta novela, allá por 1931, tiene infinitos puntos de conexión con nuestras actitudes, hoy, que volvemos a desesperarnos. Vivimos la eterna depresión. Faulkner nunca supo que Kennedy iba a morir asesinado, pero sí fue consciente de que el ser humano era capaz de lo peor. Santuario. La alegoría del mal, individuos corruptos y el desorden de una sociedad desecha, desconcertada.

¿Alguna novedad? Porque la guerra, en todas sus formas, es algo muy poco original. Faulkner creó el condado de Yoknapatawpha, donde el hombre, de alma inmortal, envejecía. Y a García Márquez le gustó la idea, se dejó llevar y pensó a los Buendía, siete generaciones de una misma familia, en un Macondo imaginado. Gabo, Borges, Juan Rulfo, Juan Benet, Onetti, Vargas Llosa, confesaron su amor hacia este autor que nos dejó hace 50 años, y al que hoy, ante su estupor, rinde homenaje medio planeta. En la universidad de Oxford (Misisipí), el pueblo donde vivió, han preparado jornadas de lectura para ensalzar su obra. Y Hollywood, un mercado en el que destacó como guionista, ha comprado a su familia los derechos de varios de sus libros para llevarlos a la pantalla grande y por qué no, a la pequeña. Cuando era niña, mi padre me prestó una primera edición de ¡Absalón, absalón! que todavía conservo, con la contraportada pegada con papel celo.

Yo no había nacido cuando él murió, y esa distancia asciende al mito a las alturas, lejos de las cuitas mundanas del pobre mortal de carne y hueso, y late en la eternidad quien nos deja su obra y con ella, otra vida. William Faulkner. 50 años sin ti, en este mundo que dejaste roto y sigue así, partido, con tu sur luchando por sobrevivir al otro sur que le acobarda. Querido William: a Kennedy lo asesinaron. Pero Mandela sigue aquí. Esta semana ha sido su cumpleaños.
Realidades

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

07/07/2012

EL ESPEJO me recuerda quién soy. Y a qué me enfrento. Me devuelve la imagen que olvido cada noche y que me encuentro otra vez, cada mañana, como la única posibilidad. Ya no hay opciones. Es la última etapa de mi vida. Un rostro lleno de manchas en la piel, de arrugas, de recuerdos que intuyo a través de mis ojos, cada vez más cansados, cada vez más violetas, como los de aquellos ancianos que yo observé de niño, asombrado por la curva de su espalda y su mal humor. Ése soy yo. Una persona mayor. A la baja autoestima, siempre pendiente del afecto y de la aprobación de los demás, de alguien que ya se siente torpe, inútil, dependiente y casi solo, se suma la torpeza y la inquietud de no saber cómo va a ser ese último tramo del camino. El miedo al dolor, a la soledad absoluta, al malestar y a ser un problema en la vida de los que más quieres, de aquellos a los que has cuidado y protegido y que ahora te miran de vez en cuando y de reojo. Porque en realidad te sientes como un extraño entre los tuyos. Ya no eres el mismo. Y las relaciones humanas cambian contigo. Sales a la calle y la gente te ofrece compasión o desprecio. Una de dos. Procuras seguir activo e integrar tus fuerzas en una rueda imperturbable, que siempre gira, a pesar de todo. Me cuentan mis padres que sobrevivir a los demás es toda una aventura. Una guerra que ya has perdido antes de empezar, en la que sólo te queda apelar a la buena voluntad de quien te mira. Y hay batallas muy duras. Conducir, por ejemplo. Un anciano al volante es un blanco seguro, una diana a la que escupir injurias y maldiciones. Un estorbo que genera rabia y una tremenda agresividad. Si es cierto que con los años se van perdiendo reflejos y agudeza visual y auditiva, también lo es que el estrés y las miles de distracciones a las que puede estar sometido cualquier conductor no le exime de ser tan peligroso como el que ya, como en todo lo demás, no se encuentra tan capacitado. La DGT distingue con la L de Learning a quien vive su primer año como conductor, en pleno aprendizaje, y por supuesto permite a los discapacitados y a sus vehículos prepararse para poder desarrollar esta actividad tan correctamente como cualquiera. ¿Y nuestros mayores? Sin duda nuestra obligación es ayudarles a seguir y no expulsarles un poco más de su propia vida. Entre otras cosas porque todos, aunque hoy nos parezca mentira, vamos a estar ahí. El apocalipsis

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23/06/2012

Pensaba en Carlos Dívar. En el ser humano. En su expresión hoy al levantarse, y ver en el espejo a otro hombre. A alguien más mayor y más solo, que debe empezar a caminar con una mochila llena de cosas nuevas. Desconocidas. La ausencia de algún amigo, el juicio de todos, la impotencia, las ganas de llorar, el desprecio de quien siempre le apoyó y del que no le conoce de nada, los insultos a voces desde las tribunas, los chistes, las llamadas sin respuesta, su rabia y la de otros, la decepción. El abismo. Despertarse y comprobar que no es una pesadilla, que es el presente, inamovible y cruel, pesado y frío. Toda la vida conviviendo con los contrarios, conquistados lentamente, poco a poco, con cuidado, y ahora se diluyen, se esconden, se pierden para siempre. ¿Dónde quedó el respeto, la admiración, la coherencia, la confianza, lo absoluto, la autoridad, la firmeza, el lugar, el apoyo incondicional? ¿Dónde se fue la gente, tan querida? ¿Dónde estáis todos? Sin entrar a juzgar su labor como presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial (jamás me atrevería), independientemente de ideologías o creencias, y consciente de que utilizar el dinero público para cualquier fin privado es un gravísimo error, yo, también como ser humano, y desde el otro lado, he percibido un linchamiento inflexible, masivo, superior a otros charcos pantanosos en los se ahogó a un reo tan importante como él. Y es que el ciclón arrastra lo que toca. Y como estés cerca por cualquier motivo, date por muerto. No hay margen de error. Ya no. Pero hemos de acostumbrarnos. Porque hemos vivido durante muchos años conviviendo con él, tolerándolo, como parte de nuestra geografía. Hemos empezado una etapa nueva. Y hay que caminarla. Saber que ya no somos tan libres. Que no vale todo. Que pende una lupa sobre nuestras cabezas. Que no hay que reír más a carcajadas, y que conviene comprobar quién hay alrededor, detenerse a cachear a los nuevos amigos, y amenazar a los antiguos con sus secretos del pasado. Que nunca se sabe. Sacar dinero de debajo de las piedras y a cualquier precio, porque la miseria huele igual en cualquier parte del mundo. Donde hay necesidad, no cabe la filosofía. Así que al grano. Porque, por una vez, el fin justifica los medios. Y si no hay Dios, la crisis se encargará de todo. Es el Apocalipsis. Territorio Comanche

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

09/06/2012

ESTO ES la guerra. Por el silencio que asola la tierra después de una sacudida, sobre las grietas, sobre el polvo, sobre los cuerpos sin vida, sobre el recuerdo. Por los vándalos que caminan ciegos sobre los muertos, llevándoselo todo. Por los que se reparten lo que no es suyo. Lo que fue de otros. Lo que perteneció a su intimidad. Lo que dibujó sus sueños. Por las muestras de dolor. Por el desamparo. Por el instinto de supervivencia, que no deja tiempo para pensar en los demás. Porque todo vale. Porque la violencia se contagia y todo el mundo acaba disparando a sus vecinos, sin mirarlos a la cara, sin reconocerlos. En época de guerra, el ser humano genera lo peor, y se acostumbra a convivir con ello. Se justifica el maltrato, el desprecio, la injusticia, el insulto, los gritos. Si no te gusta te callas. O te vas. A empezar de nuevo. A reinventarte. Bonita palabra, si de verdad significara algo cuando tienes la mochila llena de hijos y de líneas de crédito. Se reinventan las armas. Eso sí. Minas antipersonales en papel de regalo. Preferentes firmadas con huella dactilar, coberturas sobre tu vulnerabilidad, desahucio o desempleo. No le estafo porque me guste. Le estafo porque me obligan a estafarle. Siempre es el otro. Nadie sabe nada y no tienes a quién preguntar. Lo sentimos. Está cerrado. Nos quedamos con sus derechos. Ya le llamaremos. Mientras tanto, distráigase, haga un viaje, no sé, por ejemplo, en Ryanair, donde le insultan seguro por el mismo precio. Pague exceso de peso y siéntase completamente imbécil por hacer, de nuevo, las cosas mal. Se lo avisamos. Pero relájese. Está usted de vacaciones. Alquile su coche en Europcar y abone, si se retrasa el vuelo, un after hours, por hacernos trabajar más. A quién se le ocurre. Es usted culpable. De todo. Por todo. Pero sonría por favor, la vida son dos días y no vale la pena enfadarse. No sirve de nada. Se lo prometo. Ya le llamaremos. Debería tomarse las cosas con más calma. Y mientras tanto, para sentirse útil, lo digo por usted, ayúdeme a limpiar las calles de restos de metralla y de sangre. Gracias. La verdad, es usted muy amable.

Sin noticias de Dios

26/05/2012

ETAN PATZ, un niño de seis años, de pelo rubio y sonrisa amable y regalada, desapareció un 25 de mayo de hace 33 años, en el Soho de Nueva York. 33 años. Toda una vida. Sus padres han estado 12.035 días esperando una señal, una llamada, un gesto que les hubiera acercado a él, a su olor, a su voz, a su llanto o a sus caricias. Desde entonces no han cambiado de casa ni de número de teléfono, por si su hijo, desde algún rincón de este o de otro mundo, se ponía en contacto con ellos. 24 horas antes de que se celebrara el aniversario de su desaparición, la policía detuvo al presunto asesino. Como un regalo envenenado. Como un final inesperado. Como la última posibilidad de volver a confiar en alguien, o en algo. Michael Bloomberg, el alcalde de Nueva York, anunciaba contento que Pedro Hernández, un vecino del barrio de los padres, cuando el Soho no era un entorno sofisticado sino pobre y superviviente, estaba relacionado con aquel escándalo que sacudió la moral americana de aquellos años. Hernández ya está detenido. Parece que no ha soportado los remordimientos y esa imagen brutal en la que se recuerda quitándole la vida a Etan y tirando sus restos entre la basura de un descampado. También hay bolsas de basura en la historia de José Bretón. Como una metáfora de que lo peor del ser humano siempre encuentra un hueco para convivir entre lo menos malo, entre lo habitual, consigo mismo y entre los demás. Detengo la imagen y aguanto su mirada, intento descubrir qué pasó, qué hizo que un chico que entonces tenía 18 años le tendiera una trampa a un vecino de seis para matarlo. Porque sí. O ¿por qué no?, debió pensar, como debió pensar Bretón mirándose las manos. Cuánta rabia. Y cuánto desconcierto. Bolsas de basura comparten su secreto. Aquí y en Nueva York. Cuando Etan desapareció llevaba una mochila de elefantes, la merienda, lápices de colores, un cuaderno y un libro de cuentos. Sólo la ausencia de aquellos objetos invade las horas de una madre como el peor de los sueños, como un castigo que te hace deambular por este mundo buscando a tu hijo en cada rincón del universo. No sé cómo la madre de Ruth y de José consigue levantarse, respirar, andar cada mañana, ni cómo el ser humano es capaz de provocar tantísimo dolor, o de aguantarlo. Ni qué dios es capaz de observarnos impasible, sereno. No sé quiénes somos. Ni qué se espera de nosotros en este extraño viaje, en este imperio. Pero esto no. Esto no.¿Alguna pregunta?

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