Hace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó






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títuloHace hoy dos años que murió mi padre. Era un día frío. De invierno. Un día cualquiera. El día en que se paró su corazón. Y el mundo, alrededor, se ralentizó
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12/05/2012

'NO LE digas a mi madre que trabajo en Bolsa': un blog, o la posibilidad de sentirse cerca de quien, como tú, asiste perplejo al desamparo y no entiende una palabra de casi nada. Porque en este caos en el que nos manejamos con tantísima dificultad, encontrar alguna explicación, nos relaja. O no. Paco Álvarez, licenciado en Matemáticas, Doctor en Ingeniería Informática, ex consejero-director de la Bolsa de Valencia y ex vicepresidente de la Bolsa de París, dedica hoy parte de su vida a traducirnos lo peor. Porque es posible cuestionárselo todo. Porque uno se puede negar a pagar lo que es básicamente injusto. Porque Islandia ha juzgado por fraude a sus banqueros. Y porque le escucho hablar con Jordi Évole (sin duda él y sus Salvados son lo mejor de lo mejor) y entiendo, perpleja, que los bancos reciben dinero público del Estado, pero se niegan a conceder créditos. Que también reciben dinero de Banco Central Europeo (dinero público, por cierto), que a su vez sale de los diferentes estados. Que el tratado de Lisboa (Alemania y Francia a la cabeza) prohíbe que el BCE preste directamente a los estados, porque no se fía de ellos. Así que los bancos, con ese dinero que sale del BCE, compran la deuda que emiten los gobiernos, porque a un gobierno, para realizar sus servicios no le basta con los impuestos, y también pide un préstamo. Y ahí reside la prima de riesgo, en la dificultad que tenga cada Estado para devolverlo. Así que las entidades privadas, compran deuda pública con dinero público, y se embolsan una diferencia muy superior a la que sacarían de concederle un crédito a una simple empresa a la que sólo aplican el famoso Euribor más uno o dos puntos. ¿Y por qué un banco se fía del Estado y no de una empresa que se pudre por falta de crédito? Porque si el Estado quiebra, la Unión Europea tiene su fondo de rescate para salvarlo, y a la Empresa no. Y es que si quiebra el sistema bancario, nuestros ahorros caen con él. Por eso hay que sujetarlo. Pero, como bien dice Paco, si es dinero público lo que entra en una entidad, debe ser el propio poder público quien gestione entonces esa entidad, y no los bancos los que controlen a los gobiernos. Porque los presupuestos, los recortes, la austeridad son el resultado de lo que exige nuestro sistema político: el mercado financiero. ¿Alguna pregunta?Contradicción

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

28/04/2012

DEJAN a sus hijos para cuidar de los nuestros. Se marchan, sin saber cuándo podrán volver. Mandan casi todo lo que ganan a sus países, y se conforman con recibir un poco de afecto por teléfono. No pueden entrar, pero lo hacen, y se quedan por aquí hasta que les echan. Nuestra conquista de la conciliación del ámbito profesional y personal pasa por combinar nuestra vida con la suya, sus necesidades con las nuestras. Pero ellas están solas, en un país extraño, que cada vez tiene menos posibilidades de cuidar una ayuda que es fundamental. La ley hace la trampa y la trampa ha permitido durante años empadronar a quien supuestamente no vive aquí, para, en caso de enfermedad, poder demostrar que sí. Una joya. Contradicciones del sistema, que aprueba leyes con agujeros y luego los tiene que tapar. Porque la realidad, a veces, se aleja de la norma. E impone fórmulas para poder sobrevivir. Si te pillo te encierro y extiendo una orden de expulsión, pero si consigues engañarme, tendrás derecho a la sanidad gratis y a ser un ciudadano legal, a los tres años, por arraigo. No es fácil. Si cotizo no quiero esperar varios meses para ser atendido, es lógico, pero si soy extranjero y no cotizo y estoy enfermo, ¿qué moral me va a permitir dejarme marchar, desatendido? ¿Serás tú, el que antes me curaba, el mismo que denuncie mi situación? ¿Y por qué tú, si tu código ético afirma, en su artículo 6, que «el médico no abandonará nunca a un paciente que necesite sus cuidados»? El facultativo va a pasar de atender a cualquiera a tener que exigir los papeles incluso a sus antiguos pacientes. No sé. Menuda responsabilidad. Obligar por ley a no atender a quien lo necesite plantea situaciones concretas muy complejas, casi imposibles de solucionar. Porque, ¿en qué consistirá en esos casos la objeción de conciencia? La enfermedad implica urgencia, no hay tiempo para dudar, reflexionar o denunciar el tema. Es sí o no. Y punto. Y atender significa hacer un seguimiento, porque la inmigración irregular, la que vive en España por necesidad, no es necesariamente turismo sanitario. Ojalá todo el que cruza esta frontera sintiera que merece la pena el esfuerzo, la distancia y la soledad. Ojalá encontraran un lugar donde cumplir el sueño. Pero España no puede. Ya no puede. Porque no tiene. Y quizá vengan menos, pero, a partir del día 1 de septiembre, ¿qué vamos a hacer con los que ya están? Me cuesta creerlo

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14/04/2012

NO LO SÉ. Me cuesta creerlo. Como me cuesta creer que la crueldad, la indiferencia, la violencia o la humillación formen parte de nuestra naturaleza como la risa o la compasión, como la ternura y el entusiasmo, y que, además, sean compatibles en una sola vida, la del mismo ser humano. En pocas ocasiones una mujer está tan vulnerable como después de dar a luz a un bebé al que ha ido sintiendo crecer día a día, y por cuya sola concepción, por cuya existencia, jamás volverá a ser la misma. Imagino los ojos abiertos, desesperados, de esa madre buscando alrededor, pero no puedo imaginar el gesto, la frialdad de quien esconde a un niño vivo y es capaz de mirarte a los ojos y jurar que está muerto. Dicen que sor María, religiosa y antigua asistente social de la clínica Santa Cristina, hoy acusada de detención ilegal y falsedad en documento público, sí supo hacerlo. No lo sé. Me cuesta creerlo. Como me cuesta creer que José Bretón, el padre de Ruth y José, continúe en silencio. O que mi padre siga enfermo. Porque el nuestro es un destino torpe e ininteligible, que yo, me empeño en descifrar. Menos mal que hay quien, como la escritora Clara Sánchez, se propone llevarnos de la mano hasta otro lugar donde a través de la literatura y sin querer, buceamos en la realidad. Una realidad que convive con las mejores fantasías, y donde el ser humano, en su maldad, supera al personaje. Lo dobla, lo tritura. Porque siempre va un poco más allá. A un lugar que el autor ni siquiera pudo imaginar. Entra en mi vida, su nueva novela, nos sitúa dentro de Verónica, con el peso infernal de la familia y la falta de libertad que imponen las responsabilidades adquiridas por buena voluntad y a veces, falta de autoestima. Desapareció Laura. Y su ausencia marcó unas vidas, hasta agotarlas. Por eso Verónica, su hermana, asume la mochila con la convicción de que la única liberación, como casi siempre, pasa por la verdad. Clara Sánchez tiene la cualidad de contar la vida como si fuera fácil. Vivirla y escribirla. Como si a través de su corazón pudiéramos latir en otros que nos son tan cercanos como nuestros propios secretos. Todo fluye. Empezando por ti, a través de sus palabras. Te dejas llevar hasta llegar a alguna parte. Y te sientes mejor. Menos mal que nos quedan caminos paralelos para contar la realidad, imaginándola. Menos mal que son otros los que superan la ficción. Y otros son, sin duda, los que callan.

Disculpen las molestias

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31/03/2012

PORQUE no tengo ganas de sonreír. Ni de ayudar. Porque no me apetece relacionarme con usted, y se lo voy a dejar claro. Porque me da igual lo que provoco, y me importa bien poco si usted ríe o llora, o si yo tengo algo que ver con eso. Déjeme en paz. Lárguese de mi vista. Y tú te vas, con el corazón encogido y tus problemas entre el alma y los bolsillos, y sintiéndote todavía peor que en ese instante en el que te cruzaste con otro como tú, que también tiene un mal día y que no va a hacer nada por cambiarlo. Pues muy bien. Este es el bucle en el que nos movemos. Y este es el desamor con el que nos tratamos los unos a los otros. Sin malas intenciones. Pero con los peores resultados. Una sonrisa, un mimo, una mano que calme la agonía de tener que afrontarlo todo. Porque las cosas son como son, pero ante ellas, tú puedes gobernar, dirigir, guiar tus reacciones, tu estado de ánimo, que tanto anima o contamina. Asumir tu gran responsabilidad. Tú mismo. Y tu relación con los demás. Porque la convivencia está y es un destino inevitable que hay que manejar con buena voluntad. Por el bien de todos. Porque cuando alguien te ofrece ayuda, un detalle, un buen tono u otra oportunidad, la vida, tu vida, y la dificultad, muta por un instante en esperanza, en consuelo que mece la emoción y la sujeta entre sus brazos, como si realmente fuera posible sentirse bien, a pesar de todo. Y sí, es posible. Pero al dejar la puerta atrás, cada mañana, es necesario ser consciente de que tu paso por ese folio en blanco se escribe también con tus palabras, con tus miradas, con tus gestos. Que ni siquiera cae en saco roto lo que no está, porque las ausencias son pesadas. A veces insoportables. Así que hay que caminar lúcido y generoso, porque el camino es igual de largo pero puede ser mucho más fácil. Para ti y para el otro, el que se cruza contigo, el que se lleva tanto de lo que le das y le quitas. Un intercambio básico que lo define todo. Y siempre hay dos opciones, perder el tiempo o sumarlo, refunfuñar o contar tres, ladrar por sistema o tratar de evitarlo. Ahora, sí. Porque es el peor momento, porque parece que el Apocalipsis ya está aquí, porque está a punto de caer un meteorito, porque aquél de la profecía tenía razón, porque era verdad que hay un final, y porque tienes un mal día. Y hay que intentar mejorarlo.

Intemporales

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17/03/2012

TRANSITANDO aquel cine que nos permitía recorrer nuestra literatura con tanto respeto y con la grandeza de aportar, a lo excepcional, la misma altura, me colé en casa de Bernarda. Esa mujer lorquiana que no permitía lugar a los sentimientos y que arrancaba cualquier gesto de placer, o de bondad, a las miradas de sus cinco hijas. Bernarda Alba. Ejemplo de tortura que pide silencio a las torturadas. Renuncia, sumisión, miedo, locura y un latido cada vez más gastado para pasar por este mundo. Ni deseo, ni risas, ni canciones. Nada. Y nada ha cambiado. Por desgracia. Hablaba con Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política, una de las grandes teóricas del feminismo de nuestro país, sobre la intemporalidad del retrato social de la España del 36 que hizo Lorca, tres meses antes de ser ejecutado. Porque la renuncia, la sumisión, el miedo, la locura, siguen golpeando a mujeres que aquí y allá sueñan con sobrevivir. Porque vivir sin latido, sin sueños, sin amor, sin comprensión, ya no es vivir. Es sacar adelante esta aventura que protagonizas sin tu permiso. Llegas a este planeta, miras alrededor y luchas por estar, como puedes, con cierta armonía. Pero si el entorno es tan adverso como para obligarte a que te cases con quien te maltrató hasta consumar las peores vejaciones, sobrevivir puede ser un concepto demasiado amable para definir tu existencia. Por eso Amina Filali, de 16 años, decidió terminar con ella. Se tragó una cucharada de matarratas en casa de sus suegros, en la costa atlántica de Marruecos. Porque aquella cárcel que Lorca dibujó entre cuatro paredes es infinita, como la voluntad de hacer el mal, como todas las posibilidades de un código penal que permite al agresor de una menor casarse con su víctima y así, al reconocer su error, liberar su culpa. Parece mentira. Que tal barbaridad conviva con ideas positivas, con las ganas de amar, de ser, de mejorar. De concebir. Que la ley proteja al indeseable y que las costumbres le sonrían como a un bebé recién nacido. Lorca retrató la brutalidad de una época, las consecuencias de arrancarle a la vida todo lo que le pertenece, el peligro de encerrar la juventud, los sueños, el deseo, la libertad, las ganas. Retrató la locura de sentirse siempre engañada. 76 años después de su muerte, Amina se miró al espejo y se encontró con él.

Otras voces, otros ámbitos

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03/03/2012

MUNDOS paralelos. Como carreteras secundarias por las que transitamos en un mapa desconocido. Pasillos de luces frías y extraños en zapatillas que acaban pareciéndonos uno de los nuestros. Almas gemelas en un proceso de dolor al que acabas acostumbrándote. Un hospital es un mundo aparte. Con sus horarios, sus rutinas, sus sueños y sus prioridades. Fuera, la vida continúa. Otra vida, la de siempre, la de antes. La que presiona, corre, pita, grita y llega casi siempre tarde a una cita que se plantea como lo más importante de este mundo, pero que en realidad, no lo es. No lo es, porque lo más importante está aquí, entre estas cuatro paredes en las que luchas por sobrevivir. El punto de vista ha cambiado. Vuelves a escuchar voces que hablan de ti, y vuelves a depender de quienes te independizaste algún día. Los demás. Y el amor de quien te quiere retener aquí, te reconforta. Una mano en la frente, pasar el tiempo o compartir lo más pequeño. El silencio, el placer absoluto cuando cede el dolor, la luz del sol por la ventana, o la compañía. Un hospital es como una comunidad de vecinos, un mapa de afectos en el que acabas moviéndote con soltura. La enfermera de la mañana, con su voz, que te calma a pesar de todo, o el camarero de la barra, que ya sabe que a tu hija le gusta el café con leche corto de café, y muy caliente. En vaso. La poca ilusión se centra en las comidas, con más o menos sal, que marcan el ritmo de los días. Y el miedo a dormir. A no conseguir conciliar la calma que te saca de allí, y te deja volar por cualquier sueño. Porque la pesadilla es eso. Despertarte. Despertarte y ver que era verdad. Y que el horizonte se pinta en la enfermera, en el médico, en los calmantes, en el sol que entra por la ventana, en la comida, con más o menos sal, y en ellos, que vienen a verte de vez en cuando. Cada visita trae el frío de fuera hasta tu cama, y te lo deja pegado a la mejilla, con cada beso. El frío y sus problemas, porque cada uno viene contando esas prisas, que hoy no son tuyas. Como si tú jamás hubieras corrido para llegar a ningún lado. Los recuerdos son vagos. Y el tiempo es otro. Como tú. Que ya no te pareces en nada a ninguno de los que fuiste. Quizá a aquél que jugaba al balón y merendaba leche con galletas, al que llevaba pantalón corto y calcetines, al que soñó con llegar hasta el final, y casi lo ha conseguido.Los Goya

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18/02/2012

NUESTROS premios. Los que reconocen el esfuerzo y la entrega, el talento y la perseverancia, la capacidad de conquistar un sueño tal como se soñó. O casi. Porque no es tan fácil hacer las cosas como se piensan. Y en el mundo del arte a veces es muy complejo convencer de lo que pretendes a quien te escucha. Y así andas, respondiendo preguntas y avanzando por intuición. Hacer una película es una aventura que ocupa dos o tres años de tu vida. Y arrastra todo lo que hay alrededor. Cuando termina, tienes que dedicarte a recomponerlo. El cine es un arma muy poderosa, una ráfaga que se cuela en el alma y en la razón, que modifica, aplaca, subraya, informa, emociona, divierte o mata. Cruza fronteras con música de fondo y susurra al oído los secretos más íntimos. Nos ayuda a entender quiénes somos y a veces, quiénes fuimos. Seres humanos que cuentan historias a otros seres humanos que necesitan entender. Y hay quien tiene capacidad de percibir y transmitir. De desentrañar. La fiesta de mañana se ha hecho grande, luminosa, querida. Tiene capacidad de sorprender y de dar una segunda oportunidad a películas que antes no pudieron brillar. El Bola, La Soledad o Pa Negre se pudieron reestrenar gracias a su triunfo en los Goya. Y aumentaron considerablemente su recaudación. Porque a menudo, los 1.101 académicos con derecho a voto, tienen la posibilidad de detenerse en algo durante más tiempo que un espectador, bombardeado por quien tiene el poder de crear la necesidad de consumir, no lo mejor, ni lo más interesante, si no lo que a él le conviene. Y ahí estamos todos, recibiendo órdenes sobre lo que hay que ver, sobre lo que hay que hacer, sobre lo que hay o no hay que ser. Y en una noche como esta descubrimos tesoros que casi pasan desapercibidos, que casi se pierden en la marabunta de la oferta como si no hubieran existido, como si nadie se hubiera parado a contar desde ese punto de vista, esa realidad. 26 años repartiendo caricias que animan a seguir y a pensar, una vez más, que merece la pena. Porque en este oficio sólo te retira la enfermedad. Ni la crisis, ni las dificultades, ni las malas críticas, ni la edad, ni las mayores injusticias. Nada ni nadie puede con tu ilusión, con tu entusiasmo, con el latido de tener un nuevo proyecto entre las manos. Sólo la enfermedad. Y nuestro cine no está enfermo. Nuestro cine está lleno de vida y de talento. De historias que contar.El grito de Tarzán

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