Aportes para una definición de la memoria como campo de reflexión para la historiografía






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Aportes para una definición de la memoria como campo de reflexión para la historiografía.

Gabriel Samacá Alonso.

Grupo de Estudio y Trabajo Sobre la Enseñanza de la Historia

gethistoriayeducación@gmeil.com

Estudiante Historia

Universidad Industrial de Santander

Estudiante Historia UIS 10º semestre

davidsalon16@gmail.com

www.periodicogetseh.blogspot.com

Bucaramanga

Resumen.
El objetivo central del texto es ofrecer al lector algunos elementos que permitan construir una definición de la memoria. Las preguntas centrales que guiarán este trabajo son: ¿Qué es la memoria? ¿Qué relación existe entre la memoria y la historia? ¿Qué tipos de memorias hay? ¿Es posible hablar de memoria nacional? El texto se concibe como el primer resultado de una exploración teórica y hace parte de un trabajo sobre la construcción de la memoria nacional a través de los textos escolares en la primera mitad de la década del noventa.
Palabras Clave: Memoria, Tipos de Memoria, Memoria Nacional.
Abstract.
Due to the abundant literature on the problem of memory, the focus of this article is to provide the reader (a) some elements that allow us to construct a definition. The questions that guide this work are four: What is memory? What is the relationship between memory and history? What types of reports are there? Is it possible to speak of national memory? The text is intended as the first result of a theoretical exploration is part of a research paper on the construction of national memory through textbooks in the first half of the nineties.
Keywords: Memory, Memory Types, Memory National.

Introducción.
La memoria es un campo de reflexión inacabado debido a la centralidad que tiene para la vida social. Tal importancia ha sido captada por las diferentes Ciencias Sociales desde hace algunas décadas, generando una gran cantidad de trabajos relacionados con la recuperación de la memoria sobre violaciones de Derechos Humanos y en menor medida, respecto a otros escenarios de construcción de la memoria social como los museos, la historiografía o las conmemoraciones. Así, en ocasiones los autores dan por sentado lo que se entiende por memoria, dejando de lado la necesidad de ofrecer al lector una definición explícita del concepto. En este sentido, nuestro trabajo de grado para optar al título de historiador, versa sobre la creación de la memoria nacional a través de los textos escolares a principios de la década del noventa del siglo XX, de esta manera nos vimos en la obligación de procurar la memoria, como campo de interés para la investigación historiográfica. Este texto es el primer resultado de esta labor, partiendo del reconocimiento de múltiples limitaciones bibliográficas entre las que se destacan las obras de autores como Paul Ricoeur, Pierre Nora, Elizabeth Jelin, Andreas Huyssen o Guillermo Bustos para obtener un mejor panorama de tan complejo, rico y vigente ámbito de reflexión. El escrito se estructura en cuatro partes: En primer lugar sugerimos una aproximación de la categoría de memoria. En seguida, proponemos como elemento clave la relación memoria e historia. Un tercer momento abordará algunos tipos de memoria y la categoría de memoria nacional, como posibilidad investigativa abierta.



  1. ¿Qué es la memoria?


Antes de emprender esa difícil tarea de precisar una categoría, es necesario referir que la memoria, tiene una importancia medular en la vida social. Para Joël Candau, la relevancia de la memoria radica en que con base en ella se puede hablar de sociedad, siendo el único instrumento por el que se puede relacionar el significado de dos palabras, generando la posibilidad de establecer contratos, alianzas, en definitiva, cualquier vínculo social. Solamente desde la memoria se puede llegar a la comprensión y comunicación entre los seres humanos.1 De esta forma, la centralidad de la memoria en las sociedades humanas se halla relacionada tanto con la vida cotidiana como con los relatos fundacionales de la identidad.
Ahora bien, una definición de la memoria debe contemplar por lo menos dos dimensiones inherentes, a saber: la dimensión biológica y la cultural. Desde el plano biológico, la memoria constituye una facultad que se encuentra presente en todos los seres humanos. Sí bien no se tiene información sobre un sustrato físico concreto de la memoria, los neurobiólogos aducen que esta tiene que ver con las estructuras neuronales, siendo el resultado de un proceso de recategorización continuo. Es decir, la memoria no es la copia exacta del objeto memorizado sino que se modifica con cada nueva experiencia de organización de la información, procediendo a partir de la asociación y la generalización.2
Sin embargo, si entendiéramos la memoria sólo como un asunto biológico, cuyo análisis se ciñera al estudio de las redes neuronales, el papel del cortex o la unicidad de cada cerebro, estaríamos reduciendo la complejidad del problema a estudiar, además de orientarlo hacia otros campos del conocimiento. Es así como emerge la otra dimensión a partir de la cual intentaremos llegar a una definición de la memoria. El mismo autor que seguimos afirma que al reflexionar sobre la memoria, se está hablando de la intencionalidad, es decir, de cierta manera que tiene la memoria de apuntar al hecho pasado, a los valores, símbolos, significaciones y comportamientos. Otro elemento que identifica el carácter esencialmente cultural, humano, de la memoria, es el relacionado con que sólo las interacciones sociales y culturales la hacen posible, o lo que es lo mismo, la memoria se organiza en función de la presencia del otro (grupo o individuo). El hombre además de una conciencia primaria:
“[…] dispone de una conciencia de orden superior, capaz de intencionalidad, y del lenguaje, gracias al cual puede conceptualizar y comunicar su experiencia […] le permite tener conciencia de su memoria en tanto tal, actuar para mejorarla e, incluso, emanciparse de ella. También hace posible una memoria simbólica y semántica, que permite la elaboración de representaciones del pasado y del futuro, expresiones ideales de la domesticación concreta del tiempo”.3
Partimos que la memoria se puede entender como una facultad humana, que implica tanto una base biológica como cultural, en tanto sólo puede expresarse desde el lenguaje, para vehicular valores e intenciones en relación al pasado. Con base en ello, decimos con Todorov que la memoria alude al movimiento entre el recuerdo y el olvido, integrados e inseparables más no opuestos. La memoria constituye pues la facultad para recordar y olvidar. Esta definición comprende el problema de la selección de aquello que se recuerda y por ende lo que se olvida. A este procedimiento de recuperación del pasado corresponden acciones que procurarán conservar algunos rasgos de lo sido, mientras que otros, de manera progresiva o inmediata, han de ser relegados hasta llegar al olvido.4 La memoria como recuperación se halla inmediatamente ligada a los posibles usos que hagan los grupos humanos de ella, lo que exige características propias de cada momento. De esta forma, Todorov nos dirá: “Como la memoria es una selección, ha sido preciso escoger entre todas las informaciones recibidas, en nombre de ciertos criterios, hayan sido o no conscientes, servirán también, con toda probabilidad, para orientar la utilización que haremos del pasado.”5
Pero la memoria al tiempo que es una facultad para recordar y olvidar, implica un proceso de selección con base en ciertos criterios, que se entienden como un conjunto de técnicas de memorización y rememoración.6 Una de las características más importantes de esta forma de la memoria, es su dimensión práctica, referida al apoyo de los ejercicios de memoria en la “topofilia”. Es decir, es esa propensión del recuerdo para construirse espacialmente, para inscribirse en un espacio, en un lugar. “Un locus de memoria contiene una imagen de memoria”. Como vemos, el ejercicio de la facultad –la rememoración- se funda en la construcción de un sistema de lugares y de imágenes, que suponen la creación de diferentes técnicas de memorización, basadas en el sonido, la imagen, las palabras, los objetos o en aspectos comerciales como los manuales, todo para desencadenar los recuerdos.7 La importancia del lugar, del espacio, radica no sólo en ser un apoyo para el ejercicio de la memoria, sino además para sugerir que la memoria indefectiblemente se haya anclada a él, lo que quizá nos permita hablar de una memoria de la nación, como referente espacial de un proyecto de creación de la memoria.
Así como la memoria se halla anclada al espacio, también se encuentra ligada al tiempo. La dicotomía antes/ahora es fundante para cualquier acto de memoria, lo que contiene la llamada frontera temporal de la cual se define y diferencia el presente del pasado, obedeciendo a una decisión arbitraria para realizar el corte temporal. La memoria se puede ejercer solamente desde una representación temporal, que ha de oscilar entre un tiempo privado (el tiempo vivido por el sujeto), el tiempo público (el pasado histórico) y el tiempo de la colectividad (que varía de acuerdo al grupo de pertenencia y que se organiza en función del recuerdo de los momentos fuertes del colectivo).
La relación entre la memoria y el tiempo se halla mediada por ‘conectores’ que le permiten al sujeto ejercer esta facultad. El primero de ellos es el calendario, que conecta el tiempo vivido con el tiempo universal, en tanto funge como el depositario de una memoria compartida, más allá de los días comunes. El calendario sirve para darle valor al tiempo pasado o al tiempo futuro, haciendo posible la conmemoración, constituyéndose en parte esencial de la memoria.8 Otro aspecto relacionado con la memoria, es el relacionado con su exteriorización, que alude a los tipos de soportes materiales que guardan información que posibilite las acciones de recuerdo y olvido. En relación a este asunto, es necesario acotar que se pueden distinguir dos sentidos del término memoria, por un lado la facultad para recordar/olvidar como ya lo hemos comentado y por el otro, se puede entender por memoria los mismos soportes materiales que posibilitan la primera, así, se puede hablar de memoria-papel, memoria-virtual, entre otras o incluso hablar de los archivos como memoria. La memoria presenta este doble sentido, aunque entendemos los soportes materiales como unidades de almacenamiento, ya que implica la acción del ser humano.
Aunque la capacidad de la memoria es notable, ella se limita a la unidad de almacenamiento de información llamado cerebro. De allí que el ser humano haya acudido a extensiones de la memoria, que demuestran la preocupación por recordar, creándose una tradición escrita que facilitó el trabajo de los portadores, custodios y difusores de la memoria. No obstante, la relación entre la memoria y la escritura pone de manifiesto la posibilidad de movilización y refuerzo de una memoria oral específica, más allá del contenido exacto, posibilitó el surgimiento de una memoria-papel más de tipo semántico y de mayor impacto y trascendencia en el ser humano.
Anticipando algunos elementos del debate sobre la relación memoria-historia, sugerimos con base en Jack Goody que existirían dos formas de rememoración. Por un lado, estaría la rememoración mecánica que genera un aprendizaje repetitivo basado en la escritura, restringiendo el proceso de memoria en tanto obliga a una fidelidad absoluta al texto referente. Por el otro, habría una rememoración generativa o constructiva, basada en la palabra hablada, permitiendo una mayor libertad en la reproducción y cuyo origen sería la interpretación. Con base en ello, se distinguirían una sociedad tradicional donde la memoria se funda en la palabra hablada y una sociedad moderna con una memoria centrada en la palabra escrita, con una forma de rememoración particular. Ahora, siguiendo a Candau la capacidad para el olvido sería lo que define si una sociedad presenta una memoria dinámica o no, lo que implicando que una memoria escrita este en la capacidad para generar un olvido consentido.9
Al hablar de memoria es necesario tener en cuenta tanto la dimensión biológica como la cultural, en la que intervienen de manera clave: el lenguaje y la capacidad para la selección de lo que se recuerda y se olvida, al tiempo que nos remite a las dimensiones de espacio y tiempo. Pero estos elementos constituyentes no agotan la reflexión sobre la memoria, ya que surgen interrogantes como: ¿Qué tipo de memorias pueden existir? ¿Cuál es la relación entre la Memoria y la Historia? ¿Es posible hablar de una Memoria Nacional?


  1. ¿Qué relación existe entre la memoria y la historia?


Esta es quizá una de las preguntas clave en lo que respecta al estudio de la memoria, sobre todo porque es aquí donde las confusiones suelen emerger profusamente en cuanto ambas categorías pueden ser intercambiables. Algunos autores como Pierre Nora sostienen que la memoria y la historia son dos campos y problemas totalmente diferentes, casi opuestos, mientras que otros han puesto en duda tal distanciamiento para tender a un acercamiento que permita hablar de memoria histórica.
Para comenzar, hay que decir que memoria e historia son inextricables más no intercambiables. Aunque son dos formas de representar el pasado, se ha considerado que la historia tiene como objetivo la exactitud de la representación, mientras que la memoria sólo busca instaurar el pasado mediante actos de memorización, guardando cierta verosimilitud. En el mismo sentido, se ha planteado que la memoria estaría atravesada por la emoción, el afecto y la pasión, mientras que la historia sería más fría y racional. En cuanto al uso se refiere, aunque la historia sirva para justificar un presente, la memoria vendría a fundar el mismo.10 Autores como Pierre Nora junto con Maurice Halbwachs, han sugerido que la memoria es totalmente opuesta a la historia, de allí que intentar hablar de una relación no excluyente entre ellos sería desconocer las especificidades de ese campo. A continuación, recogemos una cita de Nora en la que de manera elocuente deja en claro la incompatibilidad entre memoria e historia:
“[…] La primera [la memoria] es la vida, vehiculizada por grupos de gente viva, en permanente evolución, múltiple y multiplicada, “abierta a la dialéctica del recuerdo y de la amnesia, inconsciente de sus deformaciones sucesivas, vulnerable a todas las utilizaciones y manipulaciones, susceptible de largas latencias y de súbitas revitalizaciones”. Afectiva y mágica, arraigada en lo concreto, el gesto, la imagen y el objeto, la memoria “solamente se acomoda a los detalles que la reaseguran; se nutre de recuerdos vagos, que se interpenetran, globales y fluctuantes, particulares o simbólicos, sensibles a todas las transferencias, pantallas, censuras o proyecciones” (En cambio la historia) “sólo se vincula a las continuidades temporales, a las evoluciones y a las relaciones entre las cosas.” Pertenece a todos y a nadie, tiene vocación de universalidad. Es una operación universal y laica que demanda el análisis, el discurso crítico, la explicación de las causas y de las consecuencias. Para la historia todo es prosaico: en tanto que la “memoria instala el recuerdo en lo sagrado, la historia lo desaloja de allí”. Dado que memoria e historia se oponen totalmente, el “criticismo destructor” de la segunda se utiliza para reprimir y destruir a la primera. Podríamos resumir la perspectiva de Nora con la siguiente expresión: la historia es una anti-memoria y, recíprocamente, la memoria es la anti-historia”11
Dentro de los estudios que se han realizado sobre la memoria sobresale el nombre de Maurice Halbawchs, quien en la primera mitad del siglo XX desarrolló importantes trabajos desde una mirada sociológica, sirviendo de referente para los estudios posteriores. Este autor, en líneas generales, plantea que la memoria como facultad para recordar se puede dividir en dos. Por un lado, tendríamos una memoria ‘interna’ que haría alusión al pasado vivido, sea por los individuos o por los grupos y una memoria ‘externa’, más ajena a las vivencias de las conciencias. En otras palabras, estas memorias serían la memoria y la historia respectivamente, o como también las denomina, no sin desdén, la memoria (social-individual) y la “memoria histórica”.
Así, la memoria externa o historia poseería un tipo de temporalidad particular, en la que predominaría no la percepción de lo vivenciado, sino la cronología como sucesión de hechos. Este tipo de memoria se podría dividir entre la memoria contemporánea y la memoria “remota”, ante las cuales la relación del sujeto también variaría, siendo el vínculo más cercano con la historia contemporánea que con la más antigua. Esta distinción parte de una concepción doble de la historia, por un lado estaría la sucesión cronológica de hechos, los cuales sólo pueden ser conocidos a través de los libros y por otro, lo que el autor llama las “atmósferas”, aquellos ambientes pasados en los que se pueden ubicar ciertos recuerdos.
Halbwachs sostendrá que al hablar de memoria, habría que tener en cuenta una memoria vivenciada que se puede ubicar en marcos históricos y una memoria histórica, que respondería a un pasado aprendido muy lejano y poco significativo para el sujeto. Llevándolo a decir que la expresión memoria histórica es más desafortunada al vincular dos campos sustancialmente distintos. La crítica fundamental a la memoria histórica radica en su consideración como un marco social muy lejano para la configuración de la memoria colectiva y por ende la memoria individual, en tanto se basa en nociones históricas impersonales y frías que se expresan en esquemas carentes de contenido y significado. Es un conocimiento desde el afuera de la experiencia del recuerdo. En su lugar, reconoce que la historia concebida como la reconstrucción de atmósferas puede contribuir a la elaboración de la memoria, sí tales ambientes hacen parte del recuerdo evocado, constituyendo un marco social de la memoria, que junto con otras corrientes de pensamiento contribuyen a la generación de esta.
Sí bien Halbwachs considera la historia o memoria histórica como una forma de la memoria colectiva, esta no es estimada como un factor clave en la construcción de la memoria, debido a su “precisión abstracta” y “relativa simplicidad” en oposición a todo aquello “que hace que un periodo se distinga de los demás”. Sería un marco secundario. Como vemos, este enfoque no busca oponer completamente memoria e historia sino solamente una versión de esta, aquella que se reduce a la sumatoria de hechos y fechas sin sentido alguno. Es así, como abre una posibilidad de comunicación entre estos dos campos, para priorizar una relación entre la memoria autobiográfica o vivida y una historia encargada de reconstruir atmósferas pasadas. Sin embargo, esta relación complementaria tiene el sentido de cómo la historia contribuye a comprender mejor los recuerdos, siempre y cuando los hechos históricos hagan parte de la historia contemporánea.
Este autor consideraba que tal acepción de la historia como apoyatura de la memoria tenía poco acogida en el momento en el que escribió tales líneas, de allí que mantuviera la posición de que memoria e historia eran dos campos irreconciliables. La historia era como un punto de vista exterior sobre el pasado, en el que prevalecían la búsqueda de cambios o diferencias que se expresaban en periodizaciones artificiales que desembocaban en esquemas. Es decir, entendía a la historia como un saber en el que las particularidades se soslayaban para dar paso a la construcción de un relato cada vez más abarcador. Por su parte, la memoria era concebida como la cara opuesta, una forma interna de acercarse al pasado en la que prevalecían las continuidades y las similitudes, así como la no presentación de delimitaciones temporales estrictas, sino límites irregulares, buscando ser una multiplicidad de memorias, dependientes de los varios grupos que las crean12. Era pues una mirada al pasado que pervivía en el presente y no una pesquisa a aquel como un lugar remoto y ajeno. En síntesis y en la voz extensa del mismo autor.
De todo lo anterior se desprende que la memoria colectiva no se confunde con la historia, y que la expresión “memoria histórica” no es muy afortunada, ya que asocia dos términos que se oponen en más de un aspecto. La historia es, sin duda, la recopilación de los hechos que han ocupado la mayor parte de la memoria de los hombres. Pero los acontecimientos pasados, leídos en los libros y enseñados y aprendidos en los colegios, son elegidos, acercados y clasificados, según las necesidades o reglas que no se imponían a los círculos de hombres que conservaron durante mucho tiempo su poso vivo. Sucede que, en general, la historia comienza en el punto donde termina la tradición, momento en que se apaga o se decompone la memoria social. Mientras un recuerdo sigue vivo, es inútil fijarlo por escrito, ni siquiera fijarlo pura y simplemente. Asimismo, la necesidad de escribir la historia de un periodo, una sociedad, e incluso de una persona, no se despierta hasta que están demasiado alejados en el tiempo como para que podamos encontrar todavía alrededor durante bastante tiempo testigos que conserven algún recuerdo. Cuando la memoria de una serie de acontecimientos ya no se apoye en un grupo, aquel que estuvo implicado en ellos o experimentó sus consecuencias, que asistió o escuchó el relato vivo de los primeros actores y espectadores, cuando se dispersa en varias mentes individuales, perdidas en sociedades nuevas a las que ya no interesan estos hechos porque les resultan totalmente ajenos, el único medio de salvarlos es fijarlos por escrito es una narración continuada ya que, mientras que las palabras y los pensamientos mueren, los escritos permanecen”.13
La distinción radical entre la memoria y la historia de estos autores depende de una concepción de la historia como una ciencia que es capaz de separarse completamente de los intereses del historiador y su presente, así como de cualquier elemento que obstaculice la objetividad, de allí que se marque la diferencia entre la memoria arbitraria y emotiva y la historia fría y objetiva. Aunque, ello no es tan cierto tal y como nos lo dice Candau:
Sin embargo, en muchos aspectos la historia toma ciertos rasgos de la memoria. Como Mnemosina, Clío puede ser arbitraria, selectiva, plural, olvidadiza, falible, caprichosa, interpretativa de los hechos que se esfuerza por sacar a luz y comprender. Como ella, puede recomponer el pasado a partir de “pedazos elegidos”, volverse una apuesta, ser objeto de luchas y servir a estrategias de determinados partidarios. Finalmente, la historia puede convertirse en un “objeto de memoria” como la memoria puede convertirse en un objeto histórico.”14
La oposición planteada inicialmente puede ceder para dar paso, en primer lugar, a la “desacralización” de la historia como saber y producto humano autónomo de cualquier intención, y en segundo lugar, como lo dice la última parte de la cita, a la consideración de que la memoria puede convertirse en un objeto de la reflexión histórica. Nos inclinamos por entender la historia como una forma de la memoria social, con sus especificidades, que no excluye la idea de que los historiadores se hallan insertos en el trabajo de la construcción social de la memoria. “El trabajo de esta memoria (la social) es el que hace que tal o cual objeto, en un momento determinado, sea pertinente para la disciplina histórica.” De lo que se deriva que la historia puede ser parcial al tiempo que se le atribuye a la memoria la facultad de proveer un sentido del que carece la historia. La memoria dejaría de ser la contraparte de la historia para convertirse en un apoyo clave de aquella.15
La relación memoria e historia, busca pasar de la oposición irreductible a la complementariedad e inclusión de la historia como una forma de memoria, presentando un segundo nivel en el que la historia “domestica” a la memoria en función de la movilización y de la creación de identidades. Para Cristóbal Gnecco, implica concebir a la historia más allá de la definición disciplinar y en conexión con la memoria:
“…una práctica social que crea referentes temporales precisos sobre el pasado y no en el sentido disciplinario de occidente. La historia es una forma de producción social de saber que se construye a partir de, y estructura, la memoria social, ese dispositivo de referencialidad temporal que reside en prácticas colectivas y que permite que el pasado se perciba de una manera particular, inextricablemente ligada a la forma en que se perciben el presente y el futuro…”16.
Este autor nos ofrece una mirada que complementa la idea de que la historia constituye una forma de la memoria, donde esta es configurada por la historia. Es así como en este trabajo entendemos esa relación bidireccional entre la memoria y la historia, concibiendo por memoria social, todo aquello que los individuos recuerdan de sus experiencias locales, regionales y extrarregionales. En palabras de Gnecco: “….la significación de la memoria social es flotante, casi idiosincrásica. Su precisión semántica –la fijación de su significado en el marco de proyectos de construcción de sentido- ocurre a través de la historia, que de esta manera aparecer como su consecuencia. Pero, paradójicamente, la historia también es causa de la memoria social.”17 Gnecco quien se basa en Hobsbawm sugiere que la historia viene a ser lo seleccionado, escrito, mostrado, popularizado e institucionalizado de la memoria social.
Desde esta perspectiva, sí la memoria social es producto/productora de la historia y viceversa, la relación no es armónica, sino por el contrario toma la forma de una domesticación de la memoria por parte de la historia, siendo esta una tecnología de encauzamiento y estructuración de la memoria. La domesticación de la memoria por parte de la historia sería una labor de los historiadores, quienes contribuyen de manera consciente o inconsciente, a la creación, desmantelamiento y re-estructuración de las imágenes del pasado. Dicho control está atravesado por relaciones de poder, en la medida en que el lugar desde el que se realiza no es el pasado sino el presente y el futuro.
Con base en ello, la historia y los historiadores (como creadores de referentes temporales sobre el pasado) entrarían a cumplir un papel transformativo que liga los planos temporales y otorga continuidad a las actividades humanas. En este sentido, para la historia según Gnecco no cuenta la contigüidad, causalidad y linealidad de los eventos sino el sentido que a estos se otorga desde el presente y desde la imaginación del futuro. “La continuidad (imaginada) con el pasado es esencial en la movilización política que la historia hace de la memoria social. Además, el pasado legitima el orden social contemporáneo y la movilización histórica de la memoria social legitima la acción y aglutina los colectivos sociales.”18
Por último, nos interesa señalar que si bien la memoria y la historia son dos caminos para representar el pasado, cada una con sus especificidades, no se puede aseverar que son totalmente excluyentes. Por el contrario, consideramos que la historia es una forma particular de memoria social, entre las cuales se teje una relación bidireccional. Destacamos a su vez, como lo plantea Gnecco, que la memoria social puede ser creada desde la historia, siempre y cuando se entienda esta más allá de la definición disciplinar. Esta forma de entender las relaciones entre estos dos campos, nos permitirán abordar en el siguiente apartado los tipos de memorias, con el fin de llegar a una definición de la memoria nacional como categoría central del trabajo que nos proponemos adelantar.
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