Los amantes del Guggenheim






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Isabel Allende

Los amantes del Guggenheim

El oficio de contar

EDITORIAL SUDAMERICANA

Isabel Allende (1942), de nacionalidad chilena, nació en Lima. Ha trabajado infatigablemente como periodista y escritora desde los diecisiete años. La casa de los espíritus (1982) la situó en la cúspide de los narradores latinoamericanos e inauguró una brillante trayectoria literaria que, con los años, no ha dejado de acrecentar su prestigio. Entre sus obras, cabe mencionar Eva Luna, Cuentos de Eva Luna, El plan infinito, De amor y de sombra, Paula, Afrodita, Hija de la fortuna, Retrato en sepia, Mi país inventado, El zorro y la trilogía «Las memorias del Águila y el Jaguar», integrada por La Ciudad de las Bestias, El Reino del Dragón de Oro y El Bosque de los Pigmeos.

Los amantes del Guggenheim © Isabel Allende, 2001

El oficio de contar © Isabel Allende, 2007

© 2008, Random House Mondadori S.A.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 2013, Random House Mondadori S.A.

Humberto I 555, Buenos Aires, Argentina

Publicado por Random House Mondadori S.A.,

Argentina, con acuerdo de

Random House Mondadori S.A., España

www.megustaleer.com.ar

Impreso en la Argentina.

ISBN: 978-950-07-4440-9

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723.

Esta edición se terminó de imprimir en RR Donnelley Argentina S.A.

en el mes de agosto de 2013.
LOS AMANTES

DEL GUGGENHEIM

Un vigilante nocturno encontró a los amantes durmiendo en un nudo de brazos y cabellos, envueltos en la espuma de un arruinado vestido de novia, en una de las salas del Museo Guggenheim en Bilbao. Eran las cinco de la madrugada, tal como sostuvieron primero el vigilante y luego los policías. El detective Aitor Larramendi agregó en su informe que regadas por todo el edificio había señales inconfundibles de una bacanal. Aunque jamás había asistido a una —hecho que secretamente lamentaba— su experiencia en toda suerte de vicios humanos le permitía detectar las huellas sin asomo de duda. La forma en que la atrevida pareja penetró al museo y permaneció allí, nunca quedó clara; los detenidos aseguraron haber pasado la noche adentro, pero los indignados guardias juran hasta hoy que eso es imposible, ya que ellos rondan sin descanso. Además, explicaron, las cámaras de televisión espían hasta el último pensamiento y las alarmas infrarrojas se disparan a la menor provocación. El museo está provisto de ojos mágicos que al parpadear activan una bullaranga de fin de mundo, alertando a la policía, a los bomberos y al director, hombre de constitución nerviosa, agobiado por el peso de la responsabilidad. Ni una cucaracha pasa desapercibida en el Guggenheim, aseguran los expertos en seguridad, mucho menos un par de locos explosivos como aquella pareja.

—Yo no vi un alma en toda la noche —dijo la muchacha cuando recuperó el entendimiento en una clínica de rehabilitación, once horas más tarde.

Se la habían llevado los paramédicos en una camilla, cubierta como un cadáver, pero todos pudieron vislumbrar las formas de su cuerpo bajo la sábana. Por el suelo arrastraba la cola del vestido de velos y el cabello oscuro de sirena. Entre tanto dos uniformados condujeron al muchacho, desnudo y esposado, a un carro policial. Los testigos quedaron conmovidos y envidiosos.

—De vigilantes, nada, hombre. Esos tíos estarían jugando cartas o mirando la televisión. Medio mundo estaba anoche frente a la tele, por el escándalo del Papa, ¿sabe? Ella y yo anduvimos por todas partes persiguiéndonos como conejos, yo tal como mi madre me echó al mundo y ella siempre con su vestido de novia, porque no pude desabrocharle esos botoncitos de pulga —corroboró más tarde el joven, detenido en el cuartel de policía.

El detective Larramendi recuperó las flores marchitas del ramo nupcial, que se hallaban desparramadas en los diversos pisos. Las rosas, que fueran blancas en su estado virginal, yacían por los suelos de mármol convertidas en amarillentos moluscos, impregnando el aire del Guggenheim con un olor imposible a tumba de cortesana. El vestido con sus doce metros de gasa translúcida, que nuevo debe haber sido una nube prisionera entre las costuras, estaba reducido a una piltrafa mancillada por las huellas inconfundibles del amor. La falda y la enagua de tres vuelos habían servido de almohada y la cola de reina había barrido un sesenta y seis por ciento de los suelos de mármol, como precisó el detective después de concienzudo examen. Larramendi, bien apodado “el mastín de Bilbao”, es un hombre que inspira respeto con su metro cincuenta y cinco de estatura, su esqueleto de lagartija y su enorme bigote de morsa pegado en la cara como una humorada de peluquero. El mismo funcionario encontró jirones de organza, cabellos ensortijados y restos de fluidos corporales. Con su instinto de sabueso pudo percibir el recuerdo de las caricias, los estremecimientos y los susurros de los sospechosos, que flotaban en el aire detenido del museo desde la entrada hasta la última sala del fondo a la derecha, pero no pudo hallar una sola botella vacía, corcho olvidado, colilla de mariguana o aguja de heroína, a pesar de su legendaria capacidad para descubrir rastros de culpabilidad donde no los hay. Larramendi no logró probar, por lo tanto, que los detenidos hubieran violado el reglamento del museo en ese respecto. La muchacha del vestido de novia debió haberse embriagado antes de penetrar al recinto, dedujo magistralmente el detective. En cuanto al hombre que estaba con ella, al examinarlo sólo encontraron rastros mínimos de mariguana en la orina. Como el reglamento del museo no se refiere específicamente a la fornicación en ninguna de sus variantes, la justicia sólo podía castigar a la pareja por permanecer dentro del edificio después de la hora del cierre, un delito menor, teniendo en cuenta que aparte de ensuciar un poco los pisos, no hicieron daño; al contrario, según testimonio de los empleados, al día siguiente todo resplandecía como bañado de luz solar, aunque afuera seguía lloviendo sin tregua. Había llovido la semana entera.

—Por eso entramos, por la lluvia —dijo la muchacha—. A mí la humedad me encrespa mucho el pelo.

—¿Por qué ibas vestida de novia? —la interrogó Aitor Larramendi.

—Porque no tuve tiempo de cambiarme.

—¿Dónde se casaron?

—¿Quiénes?

—Tú y Pedro Berastegui —masculló el policía, haciendo un tremendo esfuerzo por permanecer calmado.

—Y ése ¿quién es?

—¡Quién va a ser, mujer! Tu marido o tu novio, en fin, el tipo que estaba contigo en el museo.

—¿Se llama Pedro? Bonito nombre. Es un nombre muy viril... ¿no le parece, inspector?

—Volvamos al principio. ¿Dónde y cuándo se conocieron?

—No me acuerdo. Las copas no me sientan bien a la cabeza, me tomo dos y me pongo como boba.

—Eso es evidente. Estabas completamente intoxicada.

—De amor...

—De amor dices, pero no sabes con quién estabas jodiendo en el museo.

—Ni idea.

—¿Cómo entraron?

—Por la puerta, claro.

—O sea, se introdujeron al establecimiento a la hora en que aún estaba abierto al público.

—No, ya estaba cerrado, me parece...

En su testimonio Pedro Berastegui, el afortunado joven a quien la prensa llamó “el mago del amor”, aseguró también que el museo parecía cerrado, pero ellos no tuvieron problema alguno para entrar, empujaron las puertas y éstas cedieron blandamente. Adentro reinaba una suave penumbra y la calefacción debía estar encendida, porque en ningún momento tuvieron frío, aseguró.

—Es por las obras de arte, debemos mantenerlas a temperatura y humedad constantes —explicó el extenuado director del museo a Larramendi, y agregó que los acusados no podían haber ingresado al edificio como decían, porque a las cinco y cuarto en punto las puertas se trancan a machote con un sistema electrónico.

—Entramos sin problemas —repitió Pedro por centésima vez, fiel a su primera versión.

—¿Y qué pasó entonces? —inquirió Larramendi.

—¿Pretende que le cuente los detalles, inspector? Amarnos toda la noche, eso es lo que hicimos.

—¿Dónde y cuándo conociste a Elena Etxebarría?

—¡Conque así se llama! Elena... como Elena de Troya...

Aitor Larramendi concluyó que los transgresores no se conocían antes de cometer el delito y debió admitir, a regañadientes, que no hubo premeditación ni alevosía en sus actos.

Aquel sábado memorable Elena Etxebarría iba a casarse con su novio de toda la vida, un buen hombre que trabajaba en la modesta panadería de su padre y había sido nada menos que arquero del equipo de fútbol del Colegio San Ignacio de Loyola. Sin embargo, según averiguó el inspector al interrogar astutamente al jesuita que iba a desposarlos, así como a varios testigos presenciales, la boda de Elena Etxebarría y el futbolista nunca se llevó a cabo. Le contaron que la novia entró trastabillando a la iglesia, sostenida apenas por el brazo poderoso de su hermano mayor, con una hora de atraso y sollozando como viuda. Su llanto impedía oír con claridad los acordes de la marcha nupcial en el órgano. Otro indicio de que la novia no estaba en sus cabales fue que antes de llegar al altar se quitó los zapatos, lanzándolos lejos de dos patadas, y la evidencia final de su descontento se produjo cuando de súbito dio media vuelta y salió disparada del templo, dejando al futbolista, al oficiante y al resto de la concurrencia en un palmo de narices. No volvieron a saber de ella hasta el día siguiente, cuando apareció su fotografía en El Correo Español bajo el título de “Los Misteriosos Amantes del Guggenheim”.

—Repito: ¿dónde se conocieron? —insistió el detective.

—En la barra del bar de Iñigo y apenas la vi me llamó la atención —dijo Pedro Berastegui en su testimonio.

—¿Por qué? —preguntó el detective Aitor Larramendi.

—Por qué qué.

—Por qué te llamó la atención, hombre.

—Bueno, no se encuentran a cada rato tías vestidas de novia, llorando y bebiendo como cosacos en un bar.

—¿Qué hiciste entonces?

—Le hablé.

—Sigue.

—Ella me lanzó una mirada y me enamoró. Así nomás fue, se lo juro. Tenía el maquillaje hecho una porquería, parecía un payaso, pero esos ojos verdes de faraona se me clavaron en el corazón. Se lo digo, inspector, nunca me había pasado algo así. Sentí un corrientazo brutal, como meter el dedo en un enchufe.

—¿Y ella?

—Ella puso la cabeza en mi pecho y siguió llorando como una cría. No supe qué hacer. Después de un rato me la llevé al baño y le lavé la cara. Le pregunté por qué lloraba tanto y me dijo que su novio era un cretino sin remedio. Entonces le ofrecí casarme con ella allí mismo.

—Estaban ebrios, claro.

—Ella estaba un poquín mareada, pero yo no bebo. Soy abstemio, que le dicen. Me había fumado un pito, pero de alcohol, nada. Al bar fui sólo a cobrarle a Iñigo una apuesta que habíamos hecho por lo del Sumo Pontífice.

—¿Qué te contestó ella?

—Dijo que bueno, que se casaría conmigo para aprovechar el vestido. Después me besó de lleno en la boca.

—¿Y tú?

—La besé también, ¿no habría hecho usted lo mismo? No podíamos despegarnos, nos besábamos apurados, desesperados. Fue amor a primera vista, como en el cine.

—¿Entonces?

—Entonces interrumpió el pesado de Iñigo y nos echó a la calle, dijo que nos fuéramos a un motel, que éramos unos desvergonzados. Todo para no pagarme la apuesta.

—Sigue.

—Nos fuimos. Echamos a andar sin rumbo, andábamos buscando una tasca para reponer un poco el cuerpo, nos habría venido bien un bocadillo, pero no encontramos ninguna. Se largó a llover suavecito y no teníamos paraguas; la cubrí con mi chaqueta, pero no había modo de evitar que se le arruinara el vestido. Quise llevarla a mi piso, pero me acordé que mi madre estaría con mis tíos viendo la tele, por el escándalo del Papa, ¿sabe?

—Sí, hombre, ya lo sé.

—Entonces el museo se me apareció por delante, como un truco de ilusionismo. ¡Una maravilla!

Y Pedro Berastegui enmudeció, perdido en los recuerdos de su espléndida noche.

—¡Continúa, carajo! —lo conminó el detective.

—Se me ocurrió que allí podíamos cobijarnos y corrimos por esa larga explanada que hay frente a las puertas del museo, la conoce, ¿verdad?

—¿Nadie los detuvo? ¿Dónde estaban los guardias?

—No había nadie, lo que se dice nadie, inspector.

—¿Y?

—Se lo dije, apenas tocamos la puerta se abrió, invitándonos a entrar. Ella me besó de nuevo y me dijo que quería cruzar el umbral en brazos, como una novia de verdad. Traté de levantarla pero me enredé en la cola del vestido y nos caímos, muertos de risa. Quisimos ponernos de pie y resbalamos de nuevo, por último entramos a gatas, besándonos y riéndonos y tocándonos por todas partes. Ahora sé cómo es la locura de amor, inspector. Yo nunca había...

—¿Vas a decirme que no averiguaste su nombre ni por qué andaba vestida de novia? —lo interrumpió el detective, quien llevaba veintitrés años de aburrido matrimonio y en el fondo no deseaba enterarse de placeres que tal vez nunca podría experimentar.

—No se me ocurrió, es la verdad, inspector. Además yo no soy hombre de muchas palabras, voy directo al grano, ¿me entiende?

Larramendi también es de los que prefieren ir directo al grano, pero después, al interrogar a Elena Etxebarría, se propuso utilizar cierta sutileza con el fin de no asustarla.

—¿Eres puta? —le preguntó.

La chica, sentada muy tiesa en una silla de la clínica de rehabilitación, con su bata de loca y el cabello recogido en una larga cola de caballo, se echó a llorar, humillada. Entre hipos manifestó que se había educado en las monjas, había preservado intacta su virginidad hasta la noche del museo y no pensaba tolerar que un macaco bigotudo y patizambo la insultara de gratis, qué se había imaginado, a ver qué harían sus tres hermanos cuando lo supieran.

—Bueno, niña, cálmate. Es una pregunta de rutina, sin mala intención. Es que me parece un poco raro que Berastegui y tú hicieran lo que hicieron así nomás, sin ser presentados, sin saber ni el nombre del otro, nada...

—Fue como si nos conociéramos de siempre, inspector, como si hubiéramos estado juntos en otra vida. ¿Usted cree en la reencarnación?

—No. Soy cristiano.

—Yo también, pero una cosa no quita la otra, si usted lo piensa bien. Al momento de cruzar el umbral del museo fue como si estuviéramos casados ante Dios y el registro civil —dijo Elena y procedió a contarle que con su novio, el de antes, el futbolista, no sentía nada—. ¿Se imagina, inspector? Así es el destino. Si no salgo escapando de la iglesia y no entro en ese bar, no habría conocido nunca el amor verdadero — agregó.

—Esto no es amor, mujer, es lujuria, es puro delirio etílico. ¿Cómo explicas que ustedes dos pasaran la noche entera dando brincos por el museo y no quedaran grabados en las cámaras de vídeo?

—Tal vez nos volvimos transparentes...

—¡Mucho cuidado con el sarcasmo!

—¿No sabe que el Guggenheim está embrujado, inspector?

—¿Qué brutalidades dices? ¡Es el museo más moderno del mundo! —la interrumpió el detective Aitor Larramendi, aunque sabía muy bien a qué se refería la joven de los ojos verdes.

Los rumores habían circulado apenas comenzó la construcción del edificio: decían que era humanamente imposible hacer algo de tal belleza sin pactar con las fuerzas del Otro Lado.

—Ese edificio está erizado de alarmas. No me explico cómo ninguna funcionó.

—¿Está seguro de que estábamos en el museo?

—¿Me estás tomando el pelo?

—Se lo pregunto en serio, inspector. Si estaba cerrado, como dice, y si no sonaron las alarmas, tal vez nunca estuvimos allí. La verdad es que donde hicimos el amor no parecía un museo, lo recuerdo como un palacio de cristal, una ciudadela de otro planeta, como las que salen en las películas.

—¿Cómo así? —preguntó Larramendi también por rutina, porque ya estaba cansado de todo este asunto.

—Por las ventanas veíamos caer diamantes, había una música de cascada...

—Lluvia, hija, era lluvia.

—Y un olor tenue de ciruelas maduras.

—Serían las rosas de tu ramo.

—No. Eran ciruelas. ¿Ha olido las ciruelas en verano, inspector? Es una fragancia espesa, deja la boca llena de urgencias.

—Está bien, olía a ciruelas.

—Usted dice que nos metimos en el Guggenheim, pero yo le digo que estábamos en un lugar fantástico, no había paredes, sólo vastos espacios de luz.

—Los muros son de cemento, Elena.

—Créame, eran salas imaginarias, palpitantes y mórbidas. No sólo se oía el agua, estoy segura de que algo vibraba en el aire, como un murmullo, como ese río de palabras que se dicen sin pensar cuando uno hace el amor. ¿Sabe a qué me refiero?

—No.

—Lástima. Bueno, entonces empezamos a flotar.

—¿Cómo es eso de flotar?

—¿Nunca ha estado enamorado, inspector?

—Aquí las preguntas las hago yo, ¿entendido?

—Íbamos flotando, de la mano, llevados por una brisa que inflaba los velos de mi vestido.

—Dentro del edificio no hay brisa. Sería la calefacción.

—Eso mismo, inspector. Pedro, así me dijo que se llama, ¿no?, se despojó de los pantalones, la camisa, los calzoncillos y su ropa también flotaba, como globos de cumpleaños.

—Actos indecentes en un lugar público —determinó enfático el inspector.

—No había público. Pedro quiso quitarme el vestido, pero no pudo desabrocharlo. Esos botoncitos son imposibles, ¿sabe?

—¿Vas a decirme que seguían volando como moscas?

—Así mismo. Una vez que recorrimos todas las salas y nos metimos dentro de las pinturas y nos bebimos los colores y jugamos en el laberinto y bailamos con las esculturas, entonces aterrizamos.

—¿Dónde exactamente? —quiso averiguar Aitor Larramendi.

—¡Qué sé yo!

El mastín de Bilbao suspiró: la muchacha tenía menos cerebro que un pollo. Volvió al cuartel, donde Pedro Berastegui, todavía esposado, bebía café y comentaba el escándalo del Papa con dos detectives de turno. Larramendi no era partidario de confraternizar con los detenidos, porque se perdía autoridad y se violaba el reglamento. Después de arrebatarle el vaso de cartón de las manos, condujo de un ala al joven rumbo al cuarto verde de los interrogatorios.

—Así es que no le preguntaste el nombre a la chica —lo espetó, retomando sus preguntas donde las había dejado horas antes.

—No hubo tiempo para mucha conversación, estábamos algo ocupados, ¿sabe?

—Haciendo el amor como perros —lo interrumpió el inspector.

—Como ángeles, diría yo.

—Como un par de enajenados en pelotas.

—Yo sí, lo admito, pero ella tenía puesto el vestido y estaba cubierta por sus cabellos sueltos. ¿Vio qué lindo pelo tiene? Pura seda, como de muñeca.

—Ahórrate las metáforas, Berastegui. ¿Cómo desconectaste las alarmas y los televisores?

—Yo no toqué ninguna cosa. En ese museo pasan cosas raras. Mi tío, el cojo, hermano de mi madre, tuvo que ir a reparar el ascensor la noche del Viernes Santo y dice que con sus propios ojos vio a una estatua moverse.

—¿Cuál?

—Una de esas torcidas con intestinos.

—¿Cómo se llama tu tío?

—No se meta con mi familia, inspector —replicó Pedro Berastegui, terminante.

El muchacho corroboró punto por punto las declaraciones de Elena Etxebarría. A pesar de su astucia legendaria para sorprender a los sospechosos en contradicciones fatales, Aitor Larramendi debió admitir que carecía de pruebas para mandar a ese par a la cárcel por algunos meses, como seguramente merecían. Sin embargo, la derrota no lo puso de mal humor, por el contrario, debió hacer un esfuerzo para dominar la ligereza en los pies y el asomo de sonrisa que pugnaban por delatar su verdadero estado de ánimo. Por primera vez su oxidado corazón de policía se regocijó ante un delito impune. Mal que mal, dedujo, se trataba de un vicio de amor. Muchos sostenían, como el tío cojo de Pedro Berastegui, que por la noche en el museo las estatuas bailaban la conga, las figuras salían de las pinturas a pasear por las salas y el espacio se llenaba de espíritus juguetones. Entre las conjeturas que se hizo el sagaz detective, estaba la posibilidad de que los amantes hubieran ingresado al Guggenheim en el instante preciso en que el edificio entraba en la dimensión de los sueños y así cayeron, sin proponérselo, en el tiempo que no marcan los relojes. Sería difícil explicar esta teoría a sus superiores, concluyó el detective pisando la colilla de su cigarro, pero con un poco de suerte tal vez no habría necesidad de hacerlo. Era época de elecciones, había problemas con los terroristas y huelga del Servicio Nacional de Salud, la situación no daba para perder el tiempo con enamorados mágicos. El Guggenheim no era más que un museo y ¿a quién le importa el arte? Si los chicos hubieran violado la seguridad del Banco de Bilbao, eso ya sería otra cosa.

Pocos días más tarde Aitor Larramendi cerró la carpeta del caso y la colocó al fondo del armario de los asuntos indefinidamente postergados, donde la lenta piedra de moler de la burocracia acabaría por reducirla a polvo. La prensa, ocupada todavía con el escándalo del Vaticano, olvidó pronto a los misteriosos amantes del Guggenheim. El más afectado fue el director del museo, quien no logró quitarse la angustia, a pesar de que reemplazó a los guardias, instaló un nuevo sistema de seguridad y contrató a una célebre psíquica holandesa para desembrujar el museo. En cuanto a los protagonistas de aquel escándalo de amor, digamos simplemente que cuando Elena Etxebarría recogió el vestido de novia de la tintorería, Pedro Berastegui la esperaba en la esquina con un ramo de rosas frescas en la mano.

EL OFICIO DE CONTAR

Es un placer conversar con ustedes, los locos que leen. Dicen que somos una especie en vías de extinción, porque la cultura del ruido y el apuro está acabando con nosotros, pero la verdad es que cada día se publican más libros, así es que debe haber muchos lectores secretos escondidos en los rincones del mundo. Algunos de nosotros preferiríamos estar en cama con un buen libro que con nuestra estrella favorita del cine; pero no se preocupen, seguramente nunca tendremos la oportunidad de escoger. Nosotros, los lectores compulsivos, estamos unidos por un insaciable apetito de historias. Como los niños, deseamos sumergirnos en la magia de la narración, perdernos en el universo que nos propone el autor, sufrir y gozar con los personajes, que en algunos casos llegan a ser más importante que los miembros de nuestra propia familia. No podemos vivir sin libros: los compramos, los pedimos prestados y no los devolvemos, los robamos si es necesario, los coleccionamos.

Permítanme contarles cómo y por qué escribo.

El vicio de contar se manifestó muy temprano en mi vida. Tan pronto aprendí a hablar empecé a torturar a mis dos hermanos con cuentos tenebrosos que llenaban sus días de terror y sus sueños de pesadillas. Recuerdo una escena en la habitación que los tres compartíamos: la lámpara está apagada y la única luz viene del pasillo, por la puerta entreabierta; mis hermanos están sentados en la cama, pálidos, con los ojos desorbitados, temblando, mientras les cuento una historia de fantasmas. La casa de mi abuelo, donde vivíamos, era grande y sombría, perfecta para convocar espectros. Más tarde en mi vida, mis hijos tuvieron que soportar el mismo martirio de los relatos espeluznantes. En mi etapa adulta, sin embargo, los cuentos me han servido para seducir hombres: no hay nada tan sensual como una historia contada con pasión entre dos sábanas recién planchadas.

Hace muchos años demolieron en Santiago la vieja casa de mis abuelos y en su sitio construyeron unas torres modernas, que no puedo reconocer entre centenares de edificios similares. Un día las máquinas del progreso llegaron con la misión de pulverizar la casona de adobe donde nació mi madre. Durante semanas vimos a esos implacables dinosaurios de hierro aplanando el mundo con sus patas dentadas, y cuando por fin se asentó la polvareda de beduinos que levantaron, comprobamos asombrados que en ese descampado todavía se erguían intactas las palmeras plantadas por un remoto bisabuelo amante de la botánica. Solitarias, desnudas, con sus melenas mustias y un aire de humildad, esperaban su fin; pero en vez del temido verdugo aparecieron unos trabajadores sudorosos provistos de palas y picos. En una larga faena de hormigas cavaron trincheras alrededor de cada árbol, hasta desprenderlo del suelo. Vimos sus finas raíces, entretejidas como encaje y aferradas a puñados de tierra seca. Las grúas se llevaron a los gigantes heridos hasta unos hoyos profundos que los hombres habían preparado en otro lugar y allí los plantaron. Los troncos gimieron sordamente, las hojas se cayeron en hilachas amarillas y por un tiempo creímos que nada podría salvar a las palmeras de tanta agonía, pero son criaturas tenaces. Una lenta rebelión subterránea fue extendiendo la vida, los tentáculos vegetales se abrieron paso en el suelo, mezclando los restos de tierra antigua con la tierra nueva. En una primavera inevitable amanecieron las palmeras agitando sus pelucas y contorneando la cintura, vivas y renovadas, a pesar de todo. El recuerdo de esos árboles de la casa de mis abuelos me viene con frecuencia a la mente cuando pienso en mi destino. Soy una eterna desterrada, como dijo una vez Pablo Neruda, el poeta de Chile y de mis amores. Mi suerte es andar de un sitio a otro, adaptarme y sobrevivir. Creo que lo logro porque mis raíces aún se aferran a puñados de mi tierra, como esas palmeras. Chile, mi país inventado, el país de los recuerdos y de la imaginación, viaja conmigo. Hace más de treinta años que no vivo en Chile, ya que mi familia y mi casa están en el norte de California, pero mi inspiración literaria nace en suelo chileno y se nutre de él. Varios de mis libros están situados en lugares geográficos muy distantes: California, Venezuela, Barcelona, el Amazonas, los Himalayas, África y hasta en la China, pero la necesidad de narrar viene de mi infancia en Chile.

Me crié en una casa donde las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros. Los libros se reproducían de modo misterioso, se multiplicaban como una maravillosa jungla de papel impreso. En la noche, me parecía oír desde mi cama a los personajes que escapaban de las páginas y vagaban por las oscuras habitaciones. Caballeros, doncellas, brujas, piratas, bandidos, santos y cortesanas llenaban el aire con sus aventuras. Una madrugada, durante uno de nuestros famosos terremotos, las estanterías se vinieron al suelo con terrible estrépito. Horrorizada, comprendí que los personajes no podrían encontrar el camino de regreso a sus páginas y se verían forzados a buscar refugio en el primer volumen a su alcance. ¿Se imaginan la confusión, el caos, el descalabro del tiempo y del espacio literarios? La imagen de esos personajes exiliados de su propio libro me ha perseguido desde entonces. A veces imagino que esos seres perdidos acuden a mí para que escriba una historia en la que ellos puedan sentirse a gusto.

La escritura es para mí un intento desesperado de preservar la memoria. Por los caminos quedan los recuerdos como desgarrados trozos de mi vestido. Escribo para que no me derrote el olvido. Cada día, al sentarme ante la pantalla en blanco de mi computadora, cierro por un instante los ojos y vuelvo a aquella casa donde me crié, al español de mi infancia, con su acento chileno, a las extraordinarias mujeres que me formaron: mi abuela, quien me enseñó a leer los sueños; mi madre, quien todavía me obliga a mirar los acontecimientos por detrás y a la gente por dentro; las viejas empleadas que me transmitieron los mitos y leyendas populares y me iniciaron en el vicio de las radionovelas; mis amigas feministas que en los años sesenta y setenta conspiraban para cambiar el mundo; las periodistas que me dieron las claves del oficio. Con ellas aprendí que la escritura no es un fin en sí mismo, sino un medio de comunicación. ¿Qué es un libro antes que alguien lo abra y lo lea? Sólo un atado de hojas cosidas por el canto... Son los lectores quienes le instilan el aliento de la vida.

Casi todos mis libros se gestan a partir de una impresión o una emoción profunda que me acompaña por largo tiempo. Después del golpe militar de 1973 en Chile, que interrumpió una larga trayectoria democrática y en el que murió el Presidente Salvador Allende, me fui con mi familia a Venezuela. El 8 de enero de 1981 recibí en Caracas una triste noticia desde Santiago: mi formidable abuelo, que ya tenía casi cien años, agonizaba. Esa noche me instalé en la cocina de nuestro apartamento con mi máquina de escribir portátil y comencé una carta para aquel abuelo legendario, una carta espiritual que seguramente él no alcanzaría a leer. La primera frase fue escrita en trance. Mis dedos volaron sobre el teclado y antes que alcanzara a darme cuenta había escrito:
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