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La importancia de la industria textil en Al-Andalus.

Se fabrican diversos tejidos de lana; entre otros, el más bello terciopelo Armenio que se puede imaginar, que se vende muy caro, sin contar los tapices de hermosa calidad.

En los tejidos de lana tintada y en otros tejidos, a los cuales se aplica el tinte, hay maravillas obtenidas con hierbas especiales de España. Se tintan fieltros del Magreb, excelentes y costosos, y seda, con los diferentes colores que se prefieren para al adúcar —seda que rodea el capullo de seda— y la seda cruda. También se exporta brocado.

Ningún especialista de algún otro país iguala a los de España en la confección de los fieltros; a veces se fabrican para el soberano, fieltros de «treinta», cuya unidad alcanza el precio de cincuenta a sesenta dinares. La anchura es de cinco a seis palmos. Esto es lo más hermoso que hay en materia de tinte. Se fabrica adúcar fino a tosco cuya calidad confeccionada, para el soberano, sobrepasa la del Iraq: se fabrica también una variedad que está encerada, lo que la vuelve impermeable para el portador. El precio de los productos se aproxima al de las regiones reputadas por su buen mercado, ricos en recursos y acomodados, donde la vida es fácil. Los frutos de calidad media son accesibles a todo el mundo, sin tenerlos que pagar muy caros. En varias partes del país se fabrica lino ordinario para la vestidura que es exportado hacia diferentes lugares, y se llegan incluso a remitir grandes cantidades a Egipto. Los mantos confeccionados en Pechina son enviados a Egipto, a La Meca, al Yemen y a otros lugares. Se fabrican para el público y para la Corte vestidos de lino, que no son, en absoluto inferiores al dabiqui. Es de gran espesor, pero también de una gran ligereza, que es apreciada por los que utilizan tela llamada sarb; su calidad se aproxima al mejor satawi.

 Ibn HAWKAL (viajero oriental que visita Al-Andalus en el 948), Configuración del mundo, (943-997) ed. de Mª J. ROMANÍ SUAY. En García de Cortázar, Nueva Historia de España en sus textos.

Sumario de unas ordenanzas del zoco.

    Este es el libro de las ordenanzas del zoco, en que se resume lo que debe hacer el valí en el zoco de su grey, por lo tocante a medidas, balanzas, cahices, arreldes y onzas. También hay en él ordenanzas sobre los precios; sobre la venta de fruta antes de sazón; sobre los panaderos; sobre los carniceros; sobre la venta de peonzas y figuras; sobre fraudes y dolos; sobre instrumentos músicos y calderos destinados al vino; sobre el dueño de los baños; sobre las mujeres que plañen a los muertos y visitan los cementerios; sobre las mujeres que andan con chinelas chirriantes; sobre los que riegan la delantera de sus tiendas; sobre qué se ha de hacer cuando hay mucho lodo en el zoco; sobre quien cava una zanja alrededor de su tierra o de su casa, o abre una puerta nueva en su casa; sobre los judíos y cristianos que quieren hacerse pasar por musulmanes; sobre la venta de líquidos por enfermos contagiosos; sobre la medida menguada; sobre si en favor de un comerciante se ha de echar del zoco a los demás, y sobre el acaparador. Todas son preguntas que le hicieron a Yahya ibn Umar y sus correspondientes contestaciones, recopiladas conforme las dijo, en versión de Abu Abd A11ah ibn Sibl.

 YAHYA IBN UMAR, Libro de las ordenanzas del zoco (ed. E. GARCÍA GÓMEZ, en García de Cortázar, Nueva Historia de España en sus textos.

 PRÁCTICA 2

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La batalla de Covadonga, según una noticia musulmana.

Cuentan algunos historiadores que el primero que reunió a los fugitivos cristianos de España, después de haberse apoderado de ella los árabes, fue un infiel llamado Pelayo, natural de Asturias en Galicia, al cual tuvieron los árabes como rehén para seguridad de la gente de aquel país, y huyó de Córdoba en tiempo de Al-Hurr ibn Abd Al-Rahman Al-Thaqafi, segundo de los emires árabes de España, en el año sexto después de la conquista, que fue el 98 de la hégira [716-717]. Sublevó a los cristianos contra el lugarteniente de Al-Hurr, le ahuyentaron "y se hicieron dueños del país, en el que permanecieron reinando, ascendiendo a veintidós el número de los reyes suyos que hubo hasta la muerte de Abd Al-Rahman III".

Dice Isa ibn Ahmad Al-Razi que en tiempos de Anbasa ibn Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos en Al-Andalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr. Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había quedado sino la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados no cesaron de atacarle hasta que sus soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían qué comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron diciendo: "Treinta asnos salvajes  En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Fáfila. El reinado de Pelayo duró diecinueve años y el de su hijo dos. Después de ambos reinó Alfonso, hijo de Pedro, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reino hasta hoy y se apoderaron de lo que los musulmanes les habían tomado.

                Tomado del Nafh al-Tib de Al-Maqqari. Trad. Lafuente Alcántara, en Col.Obr.Ar.Ac.Ha. I, p. 230. También en M. Antuña y C. Sánchez-Albornoz: Fuentes de la Historia Hispano-musulmana, siglo VIII, p. 232.

 

La invasión Normanda de Al-Andalus.

Abd al-Rahman también mandó construir la aljama de Sevilla y los muros de esta ciudad, con motivo de haberse apoderado de ella los machuses (normandos) cuando entraron en el año 230 (844). La invasión (normanda) tuvo lugar en su tiempo, y la gente, asustada, huía a la llegada de aquéllos; los sevillanos evacuaron la ciudad y huyeron hacia Carmona y los montes de Sevilla. Como ninguno de los del Occidente de España se atrevía a combatirles, tuvo que reclutarse gente de Córdoba y comarcas circunvecinas; y salieron los ministros con los hombres que en ellas se reclutaron. Antes, sin embargo, se había llamado a las armas a los que servían en las fronteras, ya desde el principio del movimiento de los machuses, cuando desembarcaron en el Extremo Occidente y tomaron la tierra de Lisboa. Los ministros acamparon con el ejército cordobés en Carmona, pero no se atrevieron a atacar al enemigo por ser demasiado bravo, hasta que llegaron las tropas de frontera. En las mismas se hallaba Musa ben Qasi, a quien Abd al-Rahmán, hijo de Al-Hakam, se había procurado atraer y ablandarle algo, recordándole los lazos de clientela con al-Walid, hijo de Abd al-Malik, por cuya mediación se había convertido el abuelo de aquél al islamismo. Musa vino con un grande ejército; pero al llegar frente a Carmona se separó de todas las tropas de frontera y del ejército de los ministros y acampó aparte.

Al unirse los fronterizos con los ministros preguntaron aquéllos cerca del movimiento del enemigo, y éstos les hicieron saber que solían salir todos los días destacamentos en dirección a Firix y Lecant y hacia la parte de Córdoba y Morón; preguntaron además si era posible preparar una celada escondiéndose en las inmediaciones de Sevilla, y les indicaron la alquería de Quintos de Muafar, que está al sur de esta ciudad. Fuéronse allá, pues, a medianoche, y se pusieron en emboscada. En una iglesia antigua que había allí hicieron subir a un vigía a la parte más alta del edificio, llevando un haz de leña. Al apuntar la aurora, salió (de Sevilla) un grupo de 16.000 machuses, en dirección a la parte de Morón. Cuando estuvieron frente a la alquería, aunque hizo señal el vigía, se abstuvieron de salir los emboscados, a fin de que se fueran alejando, y una vez alejados, se interpusieron entre ellos y la ciudad y los pasaron todos a degüello. En seguida se adelantaron los ministros, entraron en Sevilla y encontraron al gobernador de la misma sitiado en la alcazaba. El les salió al encuentro, y los sevillanos volvieron a la ciudad. Además del destacamento que fue pasado a cuchillo. habían salido dos destacamentos de normandos, uno ala parte de Lecant y otro a la parte de Córdoba, hacia  Benilait; pero después que los normandos que estaban en Sevilla supieron la arrogancia y avance del ejército y la muerte del destacamento que había salido hacia la parte de Morón, huyeron en sus naves y echaron río arriba hasta el castillo de Azaguac; encontraron a sus compañeros, y una vez éstos embarcados dieron la vuelta siguiendo la corriente del río abajo. En esta situación se puso la gente a insultarles y arrojarles piedras con las hondas.

 PRÁCTICA 3

Comentario histórico-historiográfico de estos 2 textos (en pdf y en tamaño 12, letra times, citas,…) Una página de comentario por texto. (2 páginas)

1. La conquista de Toledo (1085)

Despues desto, murió el rey Almemon de Toledo, e reynó su fijo Ixem. E el rey don Alonso avía con él su postura segun dicho es, e guardógelo muy bien en su vida, e ayudólo muy bien contra todos sus enemigos, asy como fiziera el rey Almemon, su padre. E despues acaesció que murió éste Ixem, e reynó otro su hermano que avia nombre de Iahia, el qual, al rey don Alonso no era tenudo por pleyto, non por homenage, nin en otra manera. Este Iahia andaua muy alongado de las carreras de su padre, e de su hermano, e començó á fazer mucho mal á los viejos del pueblo, e á toda la gente comunalmente, e tanto los agrauiaua, que mas querían ya la muerte que la vida, e si todo esto era malo e vil, e sucio, e sin nengun pro. E su padre Almemón diera al rey don Alonso dos lugares cerca de Toledo, Olmos e Canales, para quando ally viniese el rey don Alonso á le ayudar que toviese ally los flacos e los enfermos, E seyendo los de Toledo mucho afincados del su rey, e él non aviendo cuydado nenguno dellos, juntáronse todos e vinieron al rey suyo Iahia. E dixéronle: -Muestra que eres defendedor de la tierra e del pueblo, e ampáranos, é si non, nos buscaremos quien nos defienda. El rey Ihaia, como era ome todo metido en luxuria, tovo en poco sus dichos. E ellos veyendo el fuerte señorío, e los males que rescebían de los vecinos, acordáronse de la conoscencia que ovieran otro tiempo con el rey don Alonso, e embiáronle sus mandaderos en que le embiaron dezir que se acordauan muy bien de la su conoscencia, e de la ayuda que fiziera al rey Almemon, e que le pedían por merced que, como quier que Toledo era cosa que non se podía comuatir, perpo que la cercase, e como con calor de fambre, que habrían color de escusa para le dar la villa. E el rey don Alonso quando oyó aquellos mandaderos, e vió que non era tenudo á aquel rey en nenguna cosa, mandó ayuntar todas sus gentes de toda la tierra, e fue á tierra de Toledo, e taló los panes, e tollóles la vendimia por toda la tierra de Toledo. E esto fizo quatro años, uno en pos de otro. E como quier que Toledo sea una de las complidas cibdades del mundo, en cinco años continuos, cortándoles los panes e las vendimias, non puede ser que non oviese nenguna. E este rey don Alonso sopo ya en cómo ya avía grande carestía en Toledo de todas las cosas, e ayuntó grand gente, e fué cercar á Toledo, e como quier que Toledo esté asentado en peña muy alta, e aya ,ucho pueblo, ela cerque fascas toda en derredor el río Tajo, empero con gran carestía, e con grande fambr, e grande afincamiento óvose a dar. ... E teniendo este rey don Alosno cercado á Toledo, como dicho avemos, e afincándolo mucho, óvolo de ganar, e tomólo en la era de mil e ciento e veynte e un años, e de la Encarnación en mil e ochenta e tres años. Empero antepùsieron los moros muchas posturas con el rey don Alonso, e fueron estas: que los moros oviesen bien e complidamente todas sus casas, e sus posesiones, e sus heredamientos, e todo quanto avian, e el rey que toviese el alcáçar, e las llaves de la puerta de la huerta que llaman del Rey, e que le diesen las rentas que ellos solian dar antiguamente á los reyes moros, e los pechos. E otrosy que los moros toviesen la mezquita mayor para siempre, e otros lugares de la villa que psuieron en su postura, mas non fortaleza nenguna. (...) E porque el rey non era aún bien cierto sy fincaría con él Toledo ó non, e porque non fincauan en la villa si non pocos cristianos, non quiso fazer y luego eleyr arçobispo. Emepero ordenó que en Toledo fuese su morada fasta que fuese bien seguro de la tenencia de la villa, a pusiese cristianos en todas las fortalezas, en guisa que aunque los moros quisiesen, non pudiesen facer nenguna maldat, e sy la cometisen, que siempre los cristianos pudiesen más que ellos.

RODRIGO JIMÉNEZ DE RADA, Crónica de España, cap. CLII, pp. 400-402

2. La caída de Calatrava.

Así pues, avanzando todos a la par desde allí, llegamos a Calatrava. Por su parte, los agarenos que en aquel lugar resistían inventaron fabricar unos abrojos de hierro y los esparcieron por todos los vados del río Guadiana; y como tenían cuatro punzones, quedaba uno de ellos hacia arriba sea cual fuese la forma en que cayeran, y se clavaba en los pies de las personas y en los cascos de los caballos. Pero como invenciones de los hombres nada pueden contra la providencia de Dios, la voluntad de Dios que escasísimos, o casi ninguno, se hirieran con aquellos abrojos; y sobre la mano de la gracia de Dios, a modo de puente, atravesamos el río Guadiana y acampamos en derredor de Calatrava. Por su parte, los agarenos había asegurado de tal manera aquella fortaleza con armas, estandartes e ingenios en lo alto de los torreones, que parecía bastante dificultoso asaltarla a quien lo intentara. Además, aunque su fortaleza está en terreno llano, sin embargo una parte de su muralla es inaccesible al lindar con el río; por las otras partes está tan defendida por la muralla, los bastiones, fosos, torreones y baluartes que parecía imbatible sin un largo castigo de los ingenios. A su vez, se encontraba allí un agareno, llamado Avenchaliz, hábil por su larga experiencia militar y muy curtido en acciones de guerra; los asediados confiaban más en su diligencia que en sus propias fuerzas, aunque se encontraba allí en el fortín un tal Almohat, que gobernaba la plaza. Y como llevábamos ya algunos días en el asedio y los reyes y los príncipes no andaban muy convencidos de poder asaltar la fortaleza, tras largas deliberaciones todos convinieron en no abandonarla sin ni siquiera, por más que el asalto parecía dificultoso. Por otra parte, bastantes consideraban más provechoso marchar directamente a la batalla que demorarse en atacar castillos, más que nada porque en esas situaciones no sólo corren peligro los valerosos sino que el ejército se cansa, y además el derecho de conquista y de posesión de esos castillos queda a expensas del desenlace de la batalla. Y así, aprestadas las armas y repartidas entre países y príncipes las distintas zonas de la fortaleza, invocando el nombre de la fe arremetieron contra la fortaleza. Y por la gracia de Dios sucedió de tal modo que, en el domingo después de la festividad de San Pablo, ahuyentados los árabes, tornó Calatrava a manos del noble rey, e inmediatamente fue guarnecida por los frailes, que tiempo atrás tenían allí su sede y devuelta al poder cristiano. Por su parte el noble rey no se reservó ninguna de las cosas que allí se encontraron, sino que se lo dejó todo a los ultramontanos y al rey de los aragoneses. Pero como el enemigo del género humano no deja de malquerer las obras cristianas, introdujo s Satán en el ejército de caridad y encizañó los corazones envidiosos; y quienes se habían aprestado para la contienda de la fe dieron marcha atrás en sus buenas intenciones. Pues casi todos los ultramontanos, dejadas las enseñas de la cruz, abandonados también los trabajos de la batalla, tomaron en común la determinación de regresar a sus tierras. Por su parte el noble rey les hizo partícipes de los víveres de los suyos, proporcionó a todos cuanto precisaban; pero ni aún así pudo revocarse la obcecada resolución; es más, se marcharon todos en masa sin pena ni gloria, salvo el venerable arzobispo Arnaldo de Narbona, que con todos los que pudo reunir y con muchos nobles de la provincia de Vienne perseveró en su buena disposición sin apartarse nunca del bien.

R. JIMÉNEZ DE RADA, Historia de las hechos de España...Lb. VIII, cap. VI, pp. 313-314.

 

 

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