Héctor Tizón es uno de los escritores argentinos más destacados. Integrante de una generación de creadores del interior que ha brindado un aporte fundamental a






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Héctor Tizón

Fuego en Casabindo



El autor

Héctor Tizón es uno de los escritores argentinos más destacados. Integrante de una generación de creadores del interior que ha brindado un aporte fundamental a la literatura nacional, es en su tierra natal, Jujuy, donde reside el germen de su espacio creativo, de su espacio literario; un territorio más o menos visible, sutilmente delimitado, que permite, por la emergencia involuntaria de ciertos rasgos –el lenguaje, o el estilo, por caso–, una identificación rápida que de ninguna manera determina sus obras ni las fija estéticamente en un localismo sin atenuantes. Pero ese territorio podría recortarse aún más, y decir que su zona es la Puna, que se ha convertido en su espacio creativo, como lo fue Macondo para García Márquez, Comala para Juan Rulfo, o Santa María para Juan Carlos Onetti: un mapa poblado de historias viejas y nuevas, creíbles e increíbles, por el que transitan personajes casi tangibles, algunos, y totalmente irreales, otros, entramando relatos a los que nada –o prácticamente nada– de lo humano les es ajeno.
Tizón nació en Rosario de la Frontera, Salta, en 1929, a raíz de un viaje de sus padres en busca de la curación de las aguas termales del lugar. Pero su familia residía en Jujuy, razón por la cual nunca consideró otra tierra de pertenencia que no fuera la jujeña.

El primer viaje que emprendió fue para asistir a la escuela, al Colegio Salesiano de San Salvador de Jujuy; y luego a Salta, donde completó la enseñanza secundaria, período adolescente que coincide con la escritura de sus primeros cuentos, publicados en un diario local, El Intransigente.

Una vez cumplido ese ciclo, Tizón ya no regresó a Jujuy para residir, porque inmediatamente viajó a Buenos Aires con el objetivo de inscribirse en Derecho. Pero la Universidad de Buenos Aires había cerrado temporariamente el ingreso y se inscribió en la Universidad de La Plata. A partir de entonces la literatura y la militancia, además de su dedicación a las leyes, se convirtieron en sus dos actividades predilectas. Escribía en el diario comunista Orientación primero, y después comenzó a trabajar en política cerca del futuro presidente Frondizi, al tiempo que leía vorazmente.

Con su título de abogado, se radicó en Jujuy y al poco tiempo, en 1958, ingresó en la carrera diplomática y fue designado agregado cultural en México. Allí publicó su primer libro de cuentos, A un costado de los rieles (1960). En las mismas funciones se desempeñó en Milán, Italia, donde permaneció entre 1960 y 1962, año en el que renunció a la Cancillería y regresó a su provincia.

Durante la última dictadura militar argentina, entre 1976 y 1982, Tizón se exilió en España. Superado ese destierro forzado, regresó para radicarse definitivamente en Jujuy, donde retomó su profesión de abogado, que desarrolló paralelamente a la de escritor, y que culminó en la Justicia con el cargo de ministro del Tribunal Supremo de su provincia.

Su trayectoria de escritor pero también de ciudadano comprometido se ha caracterizado por su coherencia ideológica y por una ética inclaudicable, que lo ubica como uno de los intelectuales argentinos más respetados.
La obra

Tizón es un gran narrador, tanto de cuentos como de novelas. En ese sentido, su obra exhibe cierto grado de paradoja ya que sus novelas suelen ser relativamente breves y los cuentos, notoriamente extensos.

La búsqueda de las historias en el pasado es un denominador común de sus relatos. Ese tiempo, que cuenta con el tiempo histórico como referencia permanente, también se vuelve fantasmagórico, o mítico: otra forma de ver, en perspectiva, la realidad argentina, que nunca deja de interesarle; al contrario, lo mueve la intención de salvataje de un pasado del que no quiere permanecer ajeno, mucho menos dejar de sintetizarlo o refundirlo bajo el cedazo de su mirada creativa. Tizón ha prácticamente relevado los acontecimientos sobresalientes de la historia de su pago chico, aun los que vienen de lejos, de la época de la Colonia, y los ha incorporado al universo de su ficción.

Pero su mirada sobre esos hechos no se focaliza tanto en el argumento, sino en la atmósfera, en la sutileza del lenguaje, que eleva las ficciones por encima de las historias que cuentan hasta conferirles esa tonalidad reflexiva y filosófica que se ha convertido en la impronta de su narrativa. Las certezas, las altisonancias, los tonos elevados no son compatibles con la escritura de Tizón. Al contrario, su prosa es silenciosa, recatada, austera, como la tierra de la que emergen los relatos. Sus narradores cuentan como si lo hicieran para un selecto grupo de escuchas ubicados alrededor de un fogón: se sienten mediadores de saberes y de presunciones; nunca podrían aseverar: la condición humana sólo les provoca interrogantes y desconcierto.

Varias fuentes han ido moldeando su lenguaje: el español mestizo y los rastros del quechua, que proceden de esa infancia de niñeras para quienes la experiencia de la vida se transmitía a través de sucedidos o parábolas. Luego, la lectura de los clásicos españoles y universales, y también de los libros sagrados y los textos jurídicos que aportaron su profesión de abogado y su cargo de juez, una cantera igualmente productiva para sus narraciones.
***
La narrativa de Tizón puede caracterizarse en tres etapas:

La primera se inicia en 1969, con la publicación de la novela Fuego en Casabindo (1969; Alfaguara, 2000). Continúa con El cantar del profeta y el bandido (1972; Alfaguara, 2004) y con la tercera, la más ambiciosa, Sota de bastos, caballo de espadas (1975; Alfaguara, 2003). A estos títulos se suman los volúmenes de cuentos El jactancioso y la bella y El traidor venerado (en Cuentos Completos, Alfaguara, 2006). Es el período de los relatos míticos, con hechos que no han sido fijados en el tiempo –más bien gozan de una atmósfera atemporal– y una familiaridad bastante notoria respecto de las narrativas de entonces, como las del denominado “realismo maravilloso”. Aunque se trata no tanto de una sintonía estética sino de cierto grado de coincidencia. El propio Tizón la ha calificado como su etapa de “anticuario”, en la que deseaba registrar y clasificar todo para que ese pasado no se perdiera. Pero después se percató de que ese intento era vano, y que aún en su pertinaz decadencia o disolución, él hallaba una belleza digna de ser narrada.

La segunda etapa se corresponde con el tiempo del exilio, comprendido entre los años 1975 y 1988. Durante este lapso escribió El viejo soldado (Alfaguara, 2002), La casa y el viento (1984; Alfaguara, 2001) y El hombre que llegó a un pueblo (1988; Alfaguara, 2005). Según dicen los críticos, el desarraigo, la nostalgia por la tierra vedada introducirán un giro importante en su narrativa: la visión un tanto monolítica del mundo se ha quebrado y permite que se cuele cierto desasosiego, ya irreparable.

La tercera etapa podría ubicarse entre 1988 y el presente. Es la etapa posterior al exilio español. A ella pertenecen los siguientes títulos: Luz de las crueles provincias (Alfaguara, 1995), La mujer de Strasser (1997; Alfaguara, 2011), Extraño y pálido fulgor (Alfaguara, 1999), La belleza del mundo (2004). El universo narrado se apaga, se vuelve sombrío, y, si es de provincias, está minado de indolencia y de quietismo. Permanece en esas tierras cierta voluntad de resistencia hacia un mundo cambiante y vertiginoso del que sus ficciones, al parecer, prefieren quedar ajenas. Es la etapa de la que proceden los mejores relatos.

Tizón ha publicado varios volúmenes de cuentos que fueron recopilados por Alfaguara en 2006 bajo el título Cuentos Completos y que está integrado por los siguientes libros anteriores: A un costado de los rieles (1960); El jactancioso y la bella (1972), El traidor venerado (1978), Recuento (1984) y El gallo blanco (1992).

Tres títulos más completan la producción de Héctor Tizón. Dos de ellos están conformados por artículos ensayísticos: Tierras de frontera (Alfaguara, 2000) y No es posible callar (Taurus, 2004). Y otro de memorias, El resplandor de la hoguera (Alfaguara, 2008).
Fuego en Casabindo


Las razones del autor

“En aquel remoto rincón de la puna, en un cuarto lóbrego que olía a cordero, apenas alumbrado por un candil, escuché a los hombres que me acompañaban hablar de la cruenta batalla librada en los campos cercanos de Quera. Algunos de ellos eran descendientes de los que habían combatido por las tierras y fueron derrotados. Pero esos hombres expertos en desdichas contaban aquella historia como quien recuerda un vago sueño, sin énfasis ni rencores, porque aquí desde hace mucho tiempo no hay lugar para la ambición ni para la esperanza desmedidas”.

Así comienza Héctor Tizón sus páginas prologales –bajo el título “Treinta años después”– a Fuego en Casabindo, su primera novela, publicada en 1969.

La batalla de Quera, a la que se refiere, tuvo lugar en 1875, y fue la última que libraron los coyas, enfrentados a los blancos, en la ya consabida lucha de los pueblos originarios de todo el país por continuar viviendo en las tierras que les pertenecían. En este caso, el enfrentamiento se produce cuando las autoridades blancas se obstinan en la venta de sus heredades. Anteriormente, un ejército coya había vencido en Cochinoca, pero ese triunfo no alcanzó, porque después fueron derrotados definitivamente en los campos de Quera. Esa batalla, en la que participaron casi mil aborígenes, fue cruenta y dejó un saldo enorme de muertos y heridos.

Como continúa diciendo en las páginas introductorias el propio Tizón, su intención inicial fue otra: “Mi primer impulso fue el del cronista, pero a poco estuve convencido de que la historia debía ser contada como yo mismo la había escuchado, es decir, narrada por muchas voces a la vez, voces entrecortadas y llevadas por el arbitrio de cada quien, y que ese desconcierto debía sacrificar las buenas intenciones de claridad y de coherencia, porque esto es lo que acontece con la vida misma […]”.

Efectivamente, la historia de Doroteo, el jefe coya al que matan con un lanzazo en un ojo, y que retorna como ánima en pena para saldar la cuenta pendiente con su enemigo personal, el mayor López, que le dio muerte, no es una historia lineal, y tampoco es sólo suya: su historia es colectiva, forma parte del clamor de un pueblo despojado. La madre de Doroteo, otros hombres y mujeres, el pueblo, las autoridades, los santos venerados, el murmullo de una cultura que liga lo sagrado y lo profano, la vida y la muerte en una única dimensión; todo ello, convertido en voces antiguas y nuevas, festivas y dolientes, integran el maravilloso e inabarcable mapa de esta historia. Por eso su autor advierte, desde el comienzo, que debió sacrificar “las buenas intenciones de claridad y de coherencia”. Porque esas voces se dejan oír en simultáneo, como en un coro, y son todas igualmente elocuentes e importantes.
La novela

Fuego en Casabindo pertenece a la primera etapa de la producción tizoniana, en la que su voluntad de rescate del pasado histórico impulsaba su proyecto narrativo.

Dice Tizón en una entrevista de 1999: “Cuando empecé a escribir, yo sentía que pertenecía a una región del país destinada a perder sus formas culturales propias y nació en mí cierta pretensión de anticuario: la idea de conservar voces destinadas a morir, no por buenas o malas, sino porque el mundo cambia y el cambio arrastra consigo muchas cosas. Ése fue el afán que me llevó a escribir Fuego en Casabindo, El cantar del profeta y el bandido y, de alguna manera, también, Sota de bastos, caballo de espadas”.1

Fiel a esa intención, el relato, que no reconoce diferencias entre los distintos planos en que está configurado, porque descree de la narración adherida a las peripecias de la historia y quiere capturar el sentido de lo colectivo, se configura como un cuadro abigarrado cuyo marco general es la propia batalla, la participación de las autoridades, la antigüedad de las disputas, la influencia de la iglesia y la intervención “administrativa” de sus jerarquías; y el motivo central, la historia más pequeña: Doroteo, líder coya al que un lanzazo hirió y murió desangrado, regresa como ánima, y su presencia es advertida por su madre, una mujer vieja y sabia, con extremidades como secos sarmientos y asimilada a la propia tierra sobre la que vive; un personaje infaltable en los relatos de Tizón. Ella todo lo sabe y todo lo ve.

Doroteo regresa porque busca a su verdugo pero, a la vez, porque así cumple con una ley ancestral: “Los muertos se despiden: a los muertos les agrada dar un último paseo por los senderos conocidos, acariciar sus herramientas y armas antes de dejarlas, echar una mirada a sus gentes. Generalmente no andan de noche, por temor a los perros; vagan de día, confundidos en la luz”.

Y aunque su propósito es llevar a cabo su venganza, ésta no llega a consumarse: López tenía otros sufrimientos y un cuerpo que ya no le respondía, hasta que, finalmente, “inválido e impotente”, se suicida.

1 Raquel Garzón, “Héctor Tizón. El viajante que robaba cartas de amor”, en Clarín, Buenos Aires, 29 de agosto de 1999.

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