Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona






descargar 52.92 Kb.
títuloUna buena parte de la familia los pasó en Taraçona
fecha de publicación17.06.2015
tamaño52.92 Kb.
tipoDocumentos
h.exam-10.com > Historia > Documentos
LA PENOSA HISTORIA,

DE LOS HIJOS DE LOS RR. CC.
Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, tras un azaroso, aventurado y muy historiado noviazgo, se casaron en 1469. Contaban diecisiete o dieciocho años.

Y un año después, nació su primogénita la infanta Isabel. El hijo heredero Juan, llegó al mundo en el año de 1478 en Sevilla.

Y más o menos, así comenzó esta historia.

Juan II de Aragón, el turbulento, por decirlo suave, padre de Fernando, murió –según los cronistas, de viejo ¡que no pudo más! en enero de este año de 1479. Y unos meses más tarde del mismo año, nació en Toledo la infanta Juana.

María llegó al mundo en Córdoba en 1482, y la menor, Catalina, tres años después en Alcalá de Henares cuando doña Isabel ya contaba 34 años.

Y estas últimas, completaron los hijos que, al menos, durante su infancia, y en su juventud, convivieron con sus padres.

Como vemos, cada cual nació en una ciudad diferente, a muchas leguas distantes una de otra. Y podemos por ello sospechar, de los largos desplazamientos, de los alojamientos nuevos, distintos, mejor o peor preparados con prisa, incluso con riesgos o accidentes imprevisibles, etc. etc.

Y deduciremos que, la vida doméstica de esta familia tan principal, sería un tanto movediza, discontinua. y hasta arriesgada.

-¿Qué? ¿Qué sucede?

-Pues, señora, la infanta.

¿La infanta?¿Qué le pasa, decidme, qué le pasa?

La infanta Isabel siendo niña, atendida, por supuesto, por personas de absoluta confianza de los reyes, tras un intento de secuestro, quedó retenida, unos días en el fuerte castillo de Segovia.

Y -¡Vayamos, presto! ¡Al instante! -ordenó doña Isabel a su gente.

Y todo terminó para la infanta, pues de allí fue liberada enérgica y decididamente por su madre. ¡Que para eso era la reina, conocía el castillo, y no dudó, en actuar en responsable consecuencia! Y ni contar cuanto sucedió a los raptores.

Pero sigamos.

Los reyes, como se suele decir, no paraban en casa, atentos a infinidad de temas y problemas, propios y ajenos. Y los hijos quedaron buena parte del tiempo en manos de elegidos cortesanos, educadores, personas de su mayor confianza, etc.

Que así sucedía, era lo normal, en aquellas familias tan representativas.

Un ejemplo, como otros muchos.

Se documenta que en 1484, durante los cuatro primeros meses del año, una buena parte de la familia los pasó en Taraçona donde SS. MM. habían convocado Cortes.

Estas, laboriosas, sirvieron a don Fernando sobre todo, para exponer a los muy escasos asistentes, las cuestiones políticas previstas sobre Navarra y Granada.

Más tarde en 1487 fue el mismo monarca quien, -alejándose de Córdoba donde residía la familia, se detuvo por un tiempo en la fronteriza Tarazona, ya que la peste hacía estragos en el reino de Aragón, y él, debía de ocuparse con urgencia del deterioro del órden y la paz de este reino.

Y sucedía que cuestiones trascendentes de la vida familiar, de la política o del protocolo, etc. los reunía, como en 1490, en el caso del enlace de la infanta Isabel con don Alfonso, el heredero de la corona de Portugal que se celebró en Sevilla.

Por cierto que a la misma concurrieron naturalmente, todos, incluso la pequeña Catalina, que en la ocasión, contaba cinco años.

Pero las cosas comenzaron a teñirse de tonos más sombríos, a torcerse.

Ya que, al caso, un año más tarde del dicho enlace, un desgraciado accidente sucedió a su marido, y quedó viuda la recién casada Isabel, sobre la cual, se escribió, con su gran pena, pálida y enlutada hubo de regresar Isabel con los suyos que la recibieron y consolaron.

La familia se acercó a los alrededores de Granada, si bien por mayor tiempo se asentó en la segura villa de Almazán, en el palacio construido por don Antonio Hurtado de Mendoza, asomado que está sobre el río, al cual, regresaron en posteriores ocasiones.

Se habían superado momentos socio-políticos -1492 de tanto impacto como la conquista del reino de Granada, y los descubrimientos, llevados a cabo por el almirante Colón y los Pinzones.

Y así llegamos a este año de 1494. El papa Borgia, Alejandro VI, intituló a los monarcas como, los Reyes Católicos, y además ratificó el histórico tratado de Tordesillas el cual, ordenaba a nivel mundial, ¡nada menos, que el futuro de todos los descubrimientos de tierras que, por entonces, lograban España y Portugal!

¡Todo un alarde de prepotencia!

En enero. un año después, tras las negociaciones para favorecer los enlaces de don Juan y doña Juana, con los dos hijos de Maximiliano de Austria y doña María de Borgoña se firmaron las capitulaciones en Amberes. Y curioso, no se aportarían dotes.

La familia se encontró en Almazán y allí se documentan algunos gastos de la casa del príncipe Juan, por guarnición de ciertas armas. Y se citan algunas hechas precisamente en Taraçona.

Y de nuevo se convocaron Cortes en Taraçona porque en Zaragoza, donde se había previsto su celebración, había, una vez más, gran mortandad por causa de la peste. Y comparecieron aquí, por tal motivo, algunos miembros de la familia.

. Se intentó en ellas, entre otras alternativas, solucionar las viejas relaciones con Navarra, contando con la colaboración de una parte de la nobleza de aquel reino, pero sin éxito.

Y con oportunidad, se asistió, al acto de la consagración, como arzobispo de Toledo, del confesor de la reina, fray Francisco Ximénez de Cisneros. El fraile que estuvo siempre cercano a SS. MM., y siendo ya cardenal, fue regente de los reinos de España, hasta la llegada de don Carlos I.

Pero veremos.

Porque los acontecimientos socio-políticos, y consecuentemente los familiares, se precipitaron.

Hubo inimaginables preparativos cortesanos en 1496, para el próximo enlace de la infanta doña Juana. Así, se preparó un equipaje en el cual no se recató nada. Una verdadera armada la acompañó, tras despedirse de su madre doña Isabel.

En agosto, salió la infanta rumbo a Flandes donde se desposaría con don Felipe de Austria, dicho, el hermoso. Sin embargo, la recepción y atención posterior de doña Juana, por parte de don Felipe y su corte (la mayoría francófila) no pudieron ser peores. Y la boda se pospuso hasta el mes de octubre.

Y por entonces, falleció Juan II de Portugal -el suegro que fue de Isabel.

Y su hijo don Manuel apodado “el afortunado”, coronado nuevo rey de Portugal se decidió a tomar esposa, y cuanto antes.

Y se fijó precisamente, en quien fue su cuñada la infanta viuda Isabel. Y naturalmente ya en 1497, los padres de esta, no sólo accedieron, sino que se prepararon para acompañarla al límite de la frontera como convenía al protocolo.

Nadie ni por nada, se salían, ni del fondo ni de las formas. Los enlaces eran para los reyes asuntos doméstico-políticos de primer orden, incluso avalados por bulas del romano Pontífice.

Pero regresando unos años atrás…

Podemos constatar, que el heredero don Juan nació satisfaciendo las mejores expectativas familiares, políticas, etc. etc. Y ni qué decir, del recibimiento, pleno de fastos que, en las ciudades, y ciertamente, en todo el reino, tuvo.

Y es que, no en balde, era el príncipe, el hijo, más esperado.

Pero… Muy pronto se generó en el entorno digamos doméstico cierta inquietud y preocupación por su salud. No era un chico que se pudiera calificar como sano y fuerte, como la mayoría de sus acompañantes en sus juegos y estudios.

No obstante, el futuro podría corregirlo y mejorarlo. Y en tal expectación, fue solemnemente jurado como heredero en cada uno de los reinos que formaban España, de Castilla, Aragón y Valencia, con el principado de Cataluña, Y ello, no sin alguna reticencia, dada su minoría de edad.

Por cierto en 1497, no fue hasta los primeros días de marzo de este año, cuando con unas condiciones climáticas muy duras, inoportunas y lamentables,“tras un viage harto arriesgado e muy azaroso” Margarita llegó a España.

Y se dijo (aunque se tiene por dudoso) que, “desesperando, y esperando un inevitable naufragiopidió incluso que en su tumba, se indicara expresamente:

Aquí yace Margarita / infeliz ella.

Pues, dos veces fue casada / y murió doncella.

Se refería doña Margarita de Austria, a que anteriormente había sido repudiada por Carlos VIII de Francia, sin consumar el matrimonio.

El enlace con don Juan, quería considerarlo, como un segundo matrimonio.

No obstante, no creemos que, en momentos, de tanta zozobra por el estado de la mar embravecida, se encontrara en ánimo para sugerir ni aquel epitafio, ni ningún otro.

De todas formas Margarita de Austria desembarcó en Santander.

En su recibimiento don Juan y su padre don Fernando, como correspondía. Y sin esperar, enseguida, en el valle cántabro de Toranzo se desposaron, eso si, ante el arzobispo de Sevilla.

Y gracias a Dios, todo iba viento a favor.

Sin embargo, los íntimos recelaban de la salud del príncipe, el cual se trasladó con su esposa Margarita a Salamanca, en tanto que sus padres, se encaminaban con Isabel -como antes citamos- a la frontera con Portugal.

Y en estas estaban los unos y los otros, cuando todo se vino abajo, ya que los reyes recibieron llamadas y recados reiterados, apremiantes, urgentísimos del estado de salud gravísimo, febril y terminal de su hijo Juan.

La reina doña Isabel, la soberana que, en aquellos momentos era más que la madre, obligada, hubo de quedar (podemos sospechar cómo) junto a su hija Isabel, frente a Portugal.

Se sabe no obstante que, don Fernando, hubo de cabalgar sin ningún reposo ni detención, ¡aprisa, aprisa! hasta llegar junto al lecho de su hijo, a quien, todavía encontró con vida.

Y -se asegura por quienes le acompañaron, que mostró una firmeza y entereza cristianas, envidiables, frente a la muerte.

Para él, había llegado su propia hora.

Su padre don Fernando, resignado, impotente, tuvo que aceptar lo inevitable.

Todo esto sucedió, a primeros de octubre del mismo 1497. Tan sólo habían transcurrido seis meses desde su boda.

Nos podemos imaginar el penoso impacto que tal fallecimiento supuso en todos los medios: sociales, políticos, etc. etc. pero sobre todo, próximo familiares.

Su hermana la archiduquesa doña Juana, allá en los Países Bajos guardó, e hizo guardar un grave luto, en un entorno que nada compartía.

Margarita tristísima, desolada, esperaba un hijo.

Lamentablemente, para ella y para todos, fue un hijo, que no llegó.

Los restos del príncipe Juan fueron trasladados desde Salamanca, donde habían quedado depositados, hasta Ávila.

El sepulcro del príncipe, obra del florentino Fancelli quedó, para siempre, en la iglesia de santo Tomás. María y Catalina, sin consuelo. Permanecíeron junto a su madre la reina doña Isabel, la cual nunca regresó a aquella ciudad castellana.

Y no sólo fue esto que hemos comentado.

Porque…

Isabel, a quien habíamos dejado como reina en Portugal, falleció un año después, -1498 tras el parto de un hijo, al cual bautizaron como Miguel.

Este pequeño príncipe Miguel, malogrado sin cumplir los dos años, había sido jurado heredero -también con reticencias por la edad, por los reinos de Portugal, Castilla y Aragón y del principado ¡casi nada!

Según las crónicas, el pesar familiar era enorme.

Y las mismas añaden que “tras las muertes de Juan, Isabel y del pequeño Miguel, vivió sin placer la dicha reina Isabel, tan necesaria en Castilla, y se acortó la su salud y su vida”.

Por cierto que, el monarca portugués don Manuel -como veremos, aún se casó, precisamente, con su cuñada la infanta María la cual, había permanecido siempre junto a su madre.

El enlace entre estos, hubo de esperar una licencia expresa del papa Borgia.

Por cierto que este, enfrentado por pasadas cuestiones con el rey don Fernando, o mejor con ambos monarcas, se resistió cuanto pudo a concederla. Se lo hizo rogar cuanto pudo, hasta obtener ciertas compensaciones políticas, calificadas como inoportunas, ruines y bastardas.

El rey católico, conoció muy bien a Su Santidad, y probablemente no le extrañó tal comportamiento.

Todo esto sucedió a finales de año de 1500 y a partir de aquí:

En 1501 “La reina, por entonces, había quedado en una soledad muy amarga de la que no se repondría. Sus hijas Juana, María y Catalina (de las cuales hablaremos más adelante) se encontraban muy lejos y poco podía compartir con ellas en su soledad”.

Y nos ocupamos ahora un poco más de la infanta Juana la cual, como hemos anotado, era un año menor que su hermano Juan, y cuya salud, se consideró un tanto preocupante desde sus primeros años. Algo en ella, no iba bien comentaban. Habría que esperar.

Inteligente y muy instruida, se asegura que sirvió de intérprete entre su padre y el archiduque Felipe, con quien se casó.

Como dijimos, las capitulaciones matrimoniales de ambos hermanos, tuvieron lugar a principios de 1495. Y ya hemos anticipado la expedición naval -tenida por impresionante y espectacular, para acompañar a la infanta a los Países Bajos

Y también cómo todo se complicó más, con las desatenciones que padeció, la cual, si algo tenía muy claro era, quien era, y para qué estaba allí.

Para los de su séquito, la recepción que se le dispensó, fue para volverse a casa.

Pero ella, se decían los mismos, no es cualquier cosa. ¡Que es una infanta de España!

. Al fin, -octubre de 1496, se celebraron las fastuosas bodas y comenzaron las protocolarias visitas a las ciudades. Por cierto que la misma flota -ya hemos hablado de ello, con muchas bajas, a su retorno, -marzo de 1497-condujo a España a la princesa Margarita y su séquito.

Y allí quedó, en los Países Bajos, Juana, pasándolo muy mal, principalmente por el comportamiento frívolo, egoísta y rácano de su esposo el cual, apenas cumplía nada de lo que le era propio, y sobre todo, obligado.

De él se escribió, por ejemplo que:…dado muy a mujeres, no se recataba en sus desórdenes, y traía a la reina, su mujer, como a cautiva, etc.

En noviembre de 1498, doña Juana dio a luz a una hija, Leonor. Y ya en febrero de 1500 le nació su segundo hijo, Carlos.

E inmediatamente los reyes don Fernando y doña Isabel conminaron a los archiduques para que ambos, los dos, comparecieran en la España a fin de tomar posesión de la herencia de estos reinos”.

Pero la cosa no resultó fácil. Que doña Juana de nuevo esperaba un hijo.

El archiduque, un convencido francófilo que, en 1498 había aceptado rendir homenaje al rey francés, no estaba interesado en secundar los planes de sus suegros, a punto de entrar en guerra con Francia por el reino de Nápoles.

En julio -1501 nació Isabel. Y en noviembre, iniciaron su viaje a España, para llegar a Toledo. Su paso, en contra de cuanto se les advirtió, a través de la nación gala para alcanzar España, no les favoreció nada.

Doña Juana increíblemente comprometida tuvo intervenciones protocolarias de grandísimo mérito con sus anfitriones los reyes de Francia, a muchísima distancia de las que tuvo su marido.

En Toledo la reina Isabel había convocado Cortes, para que los archiduques fuesen jurados príncipes de Asturias.

¡Impensable pero dado por cierto! Don Fernando estudiaba la posibilidad de “aliarse” con su yerno, para cortar la inevitable ascensión de doña Juana, como heredera, al gobierno de la nación.

No obstante nadie se fiaba, y don Felipe estaba y lo manifestaba muy molesto “por haber sido nominado solamente como rey consorte”.

Y se mostraba muy ajeno a la Corte española, dolida por la muerte en este año de 1502 del príncipe Arturo de Gales, esposo de la infanta Catalina de Aragón.

Y más todavía, porque se habían reiniciado combates entre francos y españoles, y él, por su conducta y comportamiento, quedaba en notoria evidencia. Y a tanto llegó, que decidió marcharse.

Para la princesa doña Juana, de nuevo embarazada, el viaje a través de Francia, en guerra, precisamente con España, entrañaba un riesgo evitable. El príncipe, no obstante, dejando la Corte con muy malas maneras, se marchó.

Y llegó a más, pues se presentó como mediador de paz, y hasta firmó un tratado en Lyon, sin poseer el menor documento que lo avalase.

Entretanto, y en este tema, los tercios de Gonzalo de Córdoba, hicieron sus buenos oficios y con las batallas que ganaron en Ceriñola, Garellano, etc. dieron fin, a las hostilidades.

Doña Juana dio a luz a su tercer hijo, el infante don Fernando, y en contra de la opinión de su madre la reina Isabel, quiso imperiosamente reunirse con su marido, generando su conducta, una reprobación de aquella, muy justificada.

Todo esto iba minando la salud al límite de la madre y también la de su hija.

Doña Juana pues, regresó a los Países Bajos, casi un año después -1504 de salir de España el archiduque don Felipe.

Y en el mismo año -noviembre- falleció la reina doña Isabel. Y en las Cortes de Toledo fue reconocida doña Juana como reina.

En su ausencia, se estipuló, gobernaría don Fernando.

Pero no fue fácil realizar tal resolución pues don Felipe actuaba, digamos por su cuenta, y esto, molestaba enormemente a don Fernando, el cual, en asuntos de la mayor trascendencia tenía que ser autorizado por la reina, su hija. Y esta, por su díscolo e irresponsable marido.

Se firmó una concordia en 1505 entre estos dos con escasa posibilidad. Y en marzo de 1506 don Fernando, buscando un casi imposible heredero decidió un nuevo casamiento. Esta vez fue con doña Germana de Foix, de unos 18 años, a fin de acercar su política a Navarra y por ende a Francia.

La reina y don Felipe habían iniciado su retorno por mar a la península, y tras un viaje turbulento arribaron en abril a La Coruña, ellos, su séquito y más de tres mil soldados “lasquenetes” que ninguna falta hacían, y sí, mucho perjuicio.

La Corte se trasladó a Burgos.

Y con tal motivo, hubo algunas celebraciones que interesaron al rey consorte, con tan mala fortuna que, tras haber bebido agua fría en exceso -según se afirmó, o no se supo exactamente porqué, padeció una altísima fiebre que ni unos u otros consiguieron atajar.

Y sin más, “el hermoso” falleció. ¿Fue aquello del agua? ¿Se le envenenó?

La reina doña Juana, a punto de dar a luz, se trasladó a Torquemada empujada por las pestes. E inició a continuación un azaroso itinerario -muy comentado- hacia Granada, donde el difunto quiso ser enterrado.

Por más de un año asumió malament el gobierno (para otros el desgobierno) de su reino.

Al fin, regresó don Fernando y tras una larga conversación con su hija -de la cual nada quedó escrito, doña Juana dejó la gobernabilidad directa de cuanto le concernía, en manos de su padre.

Este, ya muy gastado, gobernó en todo, hasta su fallecimiento, acaecido en el mismo año de 1516, el de la llegada de su nieto Carlos.

El cual de facto, asumió cuanto le fuera obligado.

Y aquí debería de haber terminado todo. Pero no fue así.

La reina doña Juana pasó los años siguientes abandonada a su suerte, o más exacto, a su negra suerte. Y falleció a los 76 años -en este año de 1555, dos antes de que falleciera su hijo Carlos I. Y uno antes de que subiera al trono Felipe II.

Entretanto, a María, a quien por supuesto no habíamos olvidado, todo le iba bien.

Su esposo don Manuel, dicho el afortunado, lo era ciertamente por los notables y numerosos descubrimientos que los marinos portugueses aportaron durante aquellos años a la nación.

Y asimismo lo fue, por los diez hijos que su esposa la reina doña María le había entregado, entre los cuales se encontró doña Isabel, esposa que fue de Carlos I.

Por cierto y curioso.

Al fallecimiento de doña María, el monarca afortunado todavía se casó con un miembro más de la familia como fue la infanta doña Leonor, la mayor que fue de las hijas de doña Juana. Y sobrina por tanto, de sus anteriores esposas, Isabel y María.

Por el contrario doña Catalina de Aragón, la menor de las hijas de los reyes católicos, tampoco lo tuvo fácil.

Desde los tres años -según costumbre de la época- estaba concertado su casamiento con Arturo de Gales, el príncipe heredero del trono de Inglaterra, un año menor que ella. Supo pronto que, su matrimonio -como el de sus hermanos-, respondía, fundamentalmente, a una cuestión política.

Y de ahí la esmerada educación que tuvo, y su elevada preparación para la dura actividad cortesana en la que hubo de “moverse”. Como se vio, todo le hizo falta.

En septiembre de 1501 salió de España hacia Inglaterra, donde le esperaban con urgencia e impaciencia. Con pesar de su madre, ningún próximo familiar acudió a despedirla.

Ella, se lo tuvo que hacer todo. Y ello es un dato muy significativo de su talante. Porque aunque le acompañó lo que consideraba “su casa”, en poco tiempo, unos y otros colaboradores fueron desapareciendo de su lado.

No obstante esto, la princesa no pudo haber sido recibida con mayor alegría -escribieron sobre ella. Y la boda con don Arturo se celebró con gran fausto en san Pablo.

Todo se anticipaba muy prometedor.

Sin embargo, Arturo de Gales falleció en abril de 1502 como ya señalamos. Y fue, sin que quedase nada claro el motivo. Y Catalina, no sólo quedó viuda, canónicamente, sino que quedó muy enferma y necesitada de la mayor atención.

Su padre don Fernando, intervino de inmediato, en cuanto la diplomacia le aconsejaba, y entre otras instrucciones, dejó abierta la posibilidad de un nuevo enlace, con Enrique, duque de York, su cuñado, y ahora, príncipe de Gales y ahora heredero al trono.

Y sorprendente, a partir de aquí todo fueron opiniones, comentarios, etc. sobre si la infanta, era o no era jurídica y legalmente viuda, con clásicas argumentaciones bíblicas, en pro o en contra.

En junio de 1503, al fin, se firmó el nuevo tratado matrimonial de la infanta –ya era de 20 años-, esta vez con don Enrique, y en cuanto se recibiese la procedente dispensa del Papa se celebraría la esperada boda.

A últimos de año de 1504, poco antes de morir la reina Isabel, esta ya conocía la autorización papal para la misma, sin embargo, el rey padre y el príncipe hijo, habían trastocado su posición. Y para presionar sobre la infanta, desistido de continuar con el propósito matrimonial.

Así, cuando en junio de 1506 el príncipe cumplió 15 años, nadie se preocupó ni por la boda anunciada ni por la situación verdaderamente deplorable e indigna de la infanta castellana.

Y tan agobiada se encontraba, que se decidió a asumir su papel -hablaba inglés, latín, francés y alemán además del castellano- como embajadora de Castilla ante el rey Enrique VII, a fin de conocer, con mayor detalle la situación.

Y todo iba de mal en peor en 1509, cuando en abril el monarca Enrique VII falleció, e inesperadamente, Enrique VIII precipitó los preparativos para su matrimonio con Catalina, lo cual sucedió el 11 de junio del mismo año.

Por unos años, todo se desarrolló dentro de lo normal, incluso el nacimiento de su hija María Tudor.

Pero a partir de aquí, y hasta su fallecimiento veinte años más tarde, no pudo ser, ni más triste, ni más injusta ni más penosa, la vida que por el despotismo de su irresponsable esposo, esta reina tuvo que padecer.

La diferencia de edad, 25 años Enrique VIII y 31 años Catalina iban a pesar en sus relaciones. Una amante, Isabel Blount dio al rey un hijo y este se apresuró a considerarlo como si fuera legítimo, propio de su matrimonio, menospreciando la oposición de Catalina que ¡increíble, fue obligada a asistir al bautizo!.

Catalina de Aragón peregrinó por años de castillo en castillo, bajo órdenes estrictas de incomunicación, de interesada falta de asistencia, e incluso de la privación de medios para la más elemental subsistencia, etc. etc.

Y además, sometida a vergonzosos jurados, juicios absurdos, manipulados, etc. en tanto que el rey, sin el menor pudor, se entretenía con concubinas, a las cuales hacía considerar y aún tratar como reinas.

Demasiada y lamentable historia.

La decisión del emperador Carlos V entre 1524-25 de contraer matrimonio con Isabel de Portugal en lugar de la hermana de Enrique VIII exasperó a este. Y el enfado lo descargó con su esposa la reina, tía de aquel.

Catalina de Aragón se había rodeado en lo posible de personas cultas del nivel de Luis Vives, Erasmo, Fisher, Tomas Moro, etc. y ello tampoco le favorecía frente al déspota de su marido.

Se separó a la reina de su hija y se comenzó una indecorosa sucesión de juicios para lograr el divorcio de los monarcas. Y en todo el proceso, ella se defendió sóla.

Y cuando en 1531 se apeló a sus convicciones Catalina sostuvo que nadie, nadie, le discutiría ni a su conciencia ni a su Dios.

Se publicó poco después el texto Invicta veritas a favor de su causa y el autor acabó sus días en la prisión de la Torre. Pues la Iglesia de Inglaterra estaba controlada por el licencioso monarca. Nadie movió un dedo cuando a Catalina se prohibió tratarla como reina, y sí, solamente, como una princesa viuda del rey Arturo.

El final estaba próximo. Enrique VIII casó 1533 con Ana Bolena. Y a la reina se trasladó de encierro en encierro. A principios del año de 1536, falleció.

Precisamente en la Abadía de Veruela se conservó una copia, del expediente, un tanto farragoso y, según los juristas, enormemente tendencioso y totalmente falto de rigor jurídico, del divorcio planteado “por los de Enrique VIII” a la reina doña Catalina de Aragón.

El monarca, enfrentó a su pueblo de forma irreparable con la Iglesia de Roma. Y por ello, hizo decapitar a innúmeros personajes de la corte y de la sociedad inglesa que, no compartieron ni sus criterios ni sus decisiones.

Algunos de ellos -como santo Tomás Moro y san Juan Fisher, figuran hoy entre los santos digamos, católicos.

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconLos creadores de negocios exitosos en cualquier parte del mundo son...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconRonaldo de Assis Moreira, que más tarde se haría famoso con el nombre...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconAparece por el paso de una explicación mitico-religiosa de la realidad...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconComo mujer escritora, Pardo Bazán, se enfrentaba contra las costumbres...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconLa década de los años treinta fue para España una de las más agitadas...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconResumen El norte antioqueño y el sur caucano se juntaron en tierras...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconLa Vespa: prototipo de la motoclicleta tipo scooter [editar]
«Bello, sembra una vespa» (Bello, parece una avispa, en italiano), aludiendo a la forma del vehículo: parte trasera más gruesa conectada...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconMatemática informal: El paso intermedio esencial, en El pensamiento matemático de los niños
«dos»: par, pareja, dúo, doble, díada, etc. En épocas más primitivas, estos términos pueden haberse usado para designar una pluralidad...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconEs un cisc microprocesador, el primer miembro de una familia de microprocesadores,...

Una buena parte de la familia los pasó en Taraçona iconPrimera Parte: Los Celtas: ¿una cultura sin un pueblo?






© 2015
contactos
h.exam-10.com