Balada triste de trompeta






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títuloBalada triste de trompeta
fecha de publicación19.06.2015
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Balada triste de trompeta

Mario Crespo López
Acaba de estrenarse la última película de Álex de la Iglesia, “Balada triste de trompeta”, que toma su título de una célebre canción de Raphael. El filme viene avalado no sólo por la trayectoria de su director, que me parece de los más interesantes y personales del cine español actual (con todas sus deudas artísticas con otros grandes, evidentemente) sino por el León de Plata a la Dirección y la Osella al Mejor Guión en el último Festival de Venecia. La acción de la película se vertebra en dos niveles cronológicos perfectamente complementados. Por un lado, 1937, cuando los payasos de un circo son reclutados a la fuerza por el bando republicano y contribuyen a provocar una matanza en las tropas franquistas, con las consecuencias que ello supone, fusilamientos, encarcelaciones y trabajos forzados en ese Valle de los Caídos que al parecer sigue tan actual. Por otro lado, 1973, cuando a un humilde circo de una barriada llega un joven, Javier, hijo de aquel “payaso tonto” que fue reclutado en la Guerra, para trabajar como “payaso triste” (Carlos Areces, al que cuesta sacar de su rol más histriónico, aspecto tal vez aprovechado por De la Iglesia); en el circo se enamora de Natalia, la hermosa e interesada trapecista (interpretada por Carolina Bang, seguramente la más floja del elenco), lo que llevará a un enfrentamiento con Sergio, el “Payaso Alegre” (magnífico Antonio de la Torre), maltratador, alcohólico y cruel. Como es propio de Álex de la Iglesia, se mantiene el culto por las alturas (espectacular e increíble la escena final en la cruz de los Caídos) y por una estética impactante (extraordinarios aciertos todo el conjunto de caracterizaciones circenses, el lucimiento de Natalia entre sus telas malabares, las máscaras finales de los protagonistas y, cargado de simbolismo, el disfraz de Carlos Areces aprovechando la “tramoya” de la sacristía del coronel Salcedo). La película va tornándose en una atmósfera verdaderamente asfixiante de personajes marginales y violentos, a la vez que extrañamente sensibles y arrastrados a una vida en la que no les queda más remedio que asumir su papel o tirar por la calle del medio con la manta liada a la cabeza y pertrechados de la munición de la venganza. A veces esto es la vida, ni más ni menos, y lo estamos viendo en episodios concretos durante estos tiempos de crisis. Ahí radica en la película la resolución de la tragedia, que une los dos planos cronológicos: la tragedia bélica que enfrenta dos bandos afecta a las historias personales, al modo del duelo a garrotazos de Goya, y asfixia a los personajes en su devenir vital y sus carencias y pasiones. La “Balada…” se resuelve entre el sin sentido de algunas acciones y un exceso de violencia y emotividad que, aunque aparece en otras películas de Álex de la Iglesia, aquí quizá alcanza una extremosidad casi inaguantable. Con todo, una buena parte de la historia de España, pasando por la Guerra Civil y el final del franquismo, hasta los numerosos crímenes de nuestros días, se nutre de esa extremosidad trágica que nos repugna pero que parece propia de este país de payasos (en su doble acepción de artistas de circo y de personas poco serias), sobre el escenario tragicómico del mundo. A mí me parece que hay un planteamiento de partida, estético y dramático, que no puede soslayarse en la visión que plantea De la Iglesia sobre nuestro pasado reciente y su cruce de generaciones, y que en la “Balada…” no desaparece desde 1937 hasta la acción de 1973: España es un gran y patético circo lleno de tristeza y risotada (no se olvide el magnífico momento en que Javier, “el Payaso Triste”, les dice a los de ETA que acaban de asesinar a Carrero Blanco: “¿Y vosotros, de qué circo sois?”) y en el que no hemos asumido casi nada de lo que nos ha venido ocurriendo, desde la Guerra Civil, como el acontecimiento más traumático de nuestra historia, hasta el devenir de la sociedad española que aquí se resume en símbolos de nuestro imaginario colectivo, como la imaginería religiosa, “los payasos de la tele”, la revista de los setenta, Raphael, Kojak, Francis Cabrel o El Lute.

Balada triste de trompeta” tiene sus defectos y sus extremos, pero no es anécdota: no deja de ser una visión muy cruda de lo que ha sido crudo en nuestra historia y en las vidas de cada uno, guste o no. Viene a ser una memoria de, como el propio director ha escrito, “lo que he visto a mi alrededor, un espectáculo confuso y absurdo, grotesco y decepcionante, pero, por otro lado, asombrosamente entrañable en su estupidez”. A lo mejor nadie ha dado una definición más exacta de lo que es España.

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