Si esta es la situación, la cuestión más candente






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1AÑO V - Nº 251- JUEVES 29 DE ABRIL DE 2010

www.sanrafaelobras.com - mail: observador_semanal@yahoo.com

OBSERVADOR SEMANAL

PALABRAS DE CERTEZA Y ESPERANZA
COORDINACIÓN: NATHALIA LEMIR

RESPONSABLE: GUILLERMO LESMES 1A 1AÑO

V - Nº 25

Heridos, volvemos a Cristo

Nunca habíamos sentido tanto desconcierto como el que nos provoca a todos el dolorosísimo caso de la pedofilia. Desconcierto por nuestra incapacidad para responder a la exigencia de justicia que aflora desde lo hondo del corazón.

Exigir responsabilidades, pedir que se reconozca el mal cometido, recriminar el modo en el que se ha llevado adelante el asunto, todo parece insuficiente frente a este mar de mal. Parece que nada basta. Por ello, se entienden las reacciones irritadas que hemos visto estos días.

Todo ello ha servido para presentar ante nuestros ojos cuál es la naturaleza de nuestra exigencia de justicia. No tiene fronteras. No tiene fondo. Es tan profunda como la herida.

Tan infinita que no puede ser colmada. Por eso es comprensible, aun después de haber reconocido los errores, el sufrimiento impaciente de las víctimas, e incluso la desilusión: nada basta para satisfacer su sed de justicia. Es como si estuviéramos tocando un drama sin fondo.

Desde este punto de vista, paradójicamente los autores de los abusos se encuentran ante un reto semejante al de las víctimas: nada es suficiente para reparar el mal cometido. Esto no quiere decir que se les exima de sus responsabilidades, y menos aún de la condena que la justicia pueda imponerles.

Si esta es la situación, la cuestión más candente – que nadie puede evitar – es tan simple como inexorable: “¿Quid animo satis?”. ¿Qué puede saciar nuestra sed de justicia? En este punto llegamos a experimentar de forma muy concreta nuestra incapacidad, genialmente expresada en el Brand de Ibsen: «Dios mío, respóndeme en esta hora en que la muerte me engulle: ¿no basta entonces toda la voluntad de un hombre para conseguir una mínima parte de la salvación?». O dicho de otro modo: ¿Acaso puede toda la voluntad del hombre realizar la justicia que tanto deseamos?

Por esto, incluso los más exigentes, los más ávidos de justicia, no serán leales hasta el fondo de sí mismos con esta exigencia de justicia, si no miran de frente su propia incapacidad, que es la de todos. Si esto no sucediese sucumbiríamos a una injusticia aún más grave, a un verdadero “asesinato” de lo humano, pues para poder seguir pidiendo a gritos justicia, según nuestra medida, deberíamos hacer callar la voz de nuestro corazón. Olvidando a las víctimas y abandonándolas a su drama.

El Papa, con su audacia que desarma, paradójicamente, no ha sucumbido a esta reducción de la justicia que la identifica con cualquier medida. Por una parte, ha reconocido sin vacilaciones el mal cometido por sacerdotes y religiosos, les ha exhortado a que asuman sus responsabilidades, ha condenado el modo erróneo de gestionar el caso por el miedo que algunos obispos han tenido al escándalo, ha expresado todo el desconcierto que sentía por los hechos y ha tomado las medidas necesarias para evitar que se repitan.

Pero, por otra parte, Benedicto XVI es bien consciente de que esto no es suficiente para responder a las exigencias de justicia por el daño infligido: «sé que nada puede borrar el mal que habéis sufrido. Vuestra confianza ha sido traicionada y violada vuestra dignidad». Así como tampoco el hecho de cumplir las condenas, o el arrepentimiento y la penitencia de los autores de los abusos nunca serán suficientes para reparar el daño causado a las víctimas y a ellos mismos.

El único modo de salvar – para considerarla y tomársela en serio – toda esta exigencia de justicia es reconocer la verdadera naturaleza de nuestra necesidad, de nuestro drama. «La exigencia de justicia es una petición que se identifica con el hombre, con la persona. Sin la perspectiva de un más allá, de una respuesta que está más allá de las modalidades existenciales experimentables, la justicia es imposible… Si fuera eliminada la hipótesis de un más allá, esa exigencia sería innaturalmente sofocada» (Luigi Giussani). ¿Y cómo la ha salvado el Papa? Acudiendo al único que la puede salvar. A Alguien que hace presente el más allá en el más acá: Cristo, el Misterio hecho carne. «Él mismo víctima de la injusticia y el pecado. Como vosotros, Él lleva aún las heridas de su sufrimiento injusto. Él comprende la profundidad de vuestro dolor y la persistencia de su efecto en vuestras vidas y vuestras relaciones con los demás, incluyendo vuestra relación con la Iglesia».

Acudir a Cristo, por tanto, no es buscar un subterfugio para escapar de las exigencias de la justicia, sino el único modo para realizarla. El Papa acude a Cristo, evitando un escollo verdaderamente insidioso: el de separar a Cristo de la Iglesia porque ésta tendría demasiada porquería para poder comunicarlo. La tentación protestante siempre está al acecho. Hubiera sido muy fácil, pero a un precio demasiado alto: perder a Cristo. Porque, recuerda el Papa, «en la comunión de la Iglesia nos encontramos con la persona de Jesucristo». Por eso, consciente de la dificultad de las víctimas y de los culpables para «perdonar o reconciliarse con la Iglesia», se atreve a rezar para que, acercándose a Cristo y participando en la vida de la Iglesia, puedan «llegar a redescubrir el infinito amor de Cristo por cada uno de vosotros», el único capaz de sanar sus heridas y de reconstruir su vida.

Todos, incapaces de encontrar una respuesta para nuestros pecados y los pecados de los otros, estamos ante este desafío: aceptar nuestra participación en la Pascua que celebramos en estos días, el único camino para que vuelva a florecer la esperanza.

Julián Carrón

Debido a la gravedad de la situación actual y aumento excesivo de ataques al Papa, se invita a todos los católicos paraguayos a unirse en oración alrededor del Santo Padre, centro de unidad y señal visible de comunión. En tal ocasión, aprovechemos el mes de Mayo dedicado a la Virgen, para rezar una cadena de rosarios por el Santo Padre, los sacerdotes y la Iglesia en general. Igualmente practicar las otras formas más aptas (por ejemplo, la Eucaristía, la liturgia de la Palabra, velas de ruego, la adoración eucarística) para dar gracias a Dios por el magisterio iluminado y el cristalino testimonio del Papa.

En este sentido, en esta hora de prueba, la parroquia san Rafael invita muy especialmente a la Santa Misa que se realizará el domingo 16 de Mayo de 2010 en el templo de la parroquia a las 11:00 horas.

Sólo una Iglesia consciente de ser el cuerpo de Cristo hoy, puede salvarnos
¡Basta con la indiferencia! ¿En dónde estamos, hacia dónde vamos? Nada parece inquietar a autoridades, políticos ni a ningún otro sector de la ciudadanía, mientras los diversos grupos delictivos imponen su violencia demencial y nos llevan a convertirnos en un país invivible, marginal, sin futuro. Una sociedad anestesiada, indiferente, es la condición ideal para que terroristas, narcotraficantes y contrabandistas, hagan imperio de la ley de selva.

Con esta provocación rodeada de un conjunto de fotos cargadas de violencia se presentó al público la mañana del miércoles 28 de abril el diario “Última Hora”.

“¡Basta con la indiferencia!”. No es sólo el grito de la inteligente y dramática llamada de un diario sino de cuantos aún no hemos renunciado al uso de la razón, de cuantos aún no vivimos anestesiados por un poder político y cultural que tiene como único interés la “dormitio rationis”, la anestesia de la razón, porque de esta manera, como ampliamente enseñan los 200 años desde la independencia, dejándose al pueblo en la ignorancia, el poder puede perpetuarse en el tiempo, no importa su color, preocupados exclusivamente de sus intereses ideológicos y económicos.

Aquel “¡Basta con la indiferencia!” “no basta”. Es urgente preguntarse la razón de esta pasividad, de este desinterés, de quien es, en particular, la responsabilidad y de cómo salir de esta situación.

1. La ausencia de la Iglesia en el tejido social ha sido una constante desde la expulsión de la Compañía de Jesús. Y no se trata de la falta de un compromiso en lo social, de un pragmatismo en una acción de formación social, sino de la falta de una acción evangelizadora y educativa.

Nuestra Iglesia arrastra desde 1768 lo que el gran sacerdote monseñor Luigi Giussani decía unos meses antes de morir: “La Iglesia tiene vergüenza de Cristo”. Es decir, desde hace siglos lo que se ha transmitido no ha sido el cristianismo como Acontecimiento, encontrando el cual el hombre cambia, se vuelve creatura nueva dando origen a una sociedad nueva.

El cristianismo Latinoamericano ha sido y sigue siendo, excepto en los Movimientos eclesiales y algunas otras experiencias auténticas de Iglesia en muchos sacerdotes, religiosos y laicos santos, una “religiosidad visceral”, como la definió un obispo, un conjunto de ritos, de prácticas religiosas, de devociones. Pero, siempre según el dicho de este obispo, esta religiosidad no alcanza la inteligencia del pueblo transformándose en fe, en certezas, en un encuentro con un Hecho, el Hecho de Cristo.

Es, como afirmaba un eminente estudioso, Francisco Ricci, si el Cristo que lleva en su vientre la Virgen de Guadalupe, aún no haya nacido. Y no ha nacido no porque la Virgen quiera que se quede en su vientre sino porque nosotros no queremos que nazca. Estamos a la espera que, finalmente, aquel Niño venga a la luz y sólo cuando venga a la luz se podrá hablar de una nueva civilización de la verdad y del amor.

Si Cristo fuese el contenido de la fe de nuestro pueblo, ciertamente el Paraguay no sería lo que es. Además nuestro pueblo que por herencia posee valores humanos de gran importancia, como su religiosidad, su espíritu de solidaridad y su impresionante capacidad de sufrir, de paciencia, lo único que necesita son personas enamoradas de Cristo, una Iglesia viva como la de la primera evangelización, como los padres de las Reducciones Jesuíticas, hombres para los cuales la gloria humana de Cristo sea el único interés. En esta situación en que vivimos no existe otra salida que la de anunciar a Cristo.

Pero este anuncio no puede acontecer si nosotros los pastores seguimos miedosos, tibios, cuando no somos hasta piedra de escándalo. El éxodo que se produce cada día desde la Iglesia católica hacia las sectas no puede dejarnos tranquilo-pa. Urge volver a Cristo, urge gritar en todas las calles y usando cualquier medio el cristianismo como Acontecimiento.

Lo que estamos viviendo es también el fruto de una Iglesia anquilosada, aún parada en un cristianismo devoto, como definió el primer concilio Latinoamericano convocado en Roma en 1899 por León XIII a la fe que se vivía en aquel entonces en nuestro continente. Era una postura traída de Europa gracias a los fundadores de los seminarios claramente hijos de un cierto influjo del Galicanismo, del Jansenismo y de Gregoire, cosa que ya hemos publicado en este semanario. Un cristianismo devoto acompañado por un fuerte complejo anti-romano.

Y las consecuencias son aún visibles: la supremacía de la ética respecto de la ontología y la estética. Es decir la supremacía de lo que deriva del cristianismo respecto al cristianismo mismo que es el encuentro con un hombre que ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Volver a Cristo, volver al Papa, volver a la comunión efectiva, afectiva, real con el Papa de parte de los pastores es la primera condición para responder a la provocación del diario Última Hora o, aún mejor, para responder a los anhelos de justicia, de verdad, de felicidad, de amor, que cada uno y de nuestro pueblo.

La violencia que nos afecta es una sacudida, ante todo, para nosotros pastores y a nosotros católicos que hemos reducido el cristianismo a una religión y no lo hemos reconocido como un Acontecimiento, como una nueva concepción, gracias al bautismo y a una nueva concepción de sí mismo. Es la novedad del hombre nuevo que nace del bautismo. Volver al anuncio cristiano: “Caritas Christi urget nos”. Este es el único punto para recuperar la esperanza, para respirar ya en modo diferente y a plenos pulmones.

2. La ausencia educativa. La emergencia educativa que estos hechos de violencia evidencia, imponen una pregunta a todos, pero en particular a nosotros los católicos, responsables desde décadas de las más grandes instituciones educativas del país y de los cuales salieron todos los dirigentes sociales, políticos y económicos. ¿Por qué no hemos logrado que la fe, recibida en el bautismo, se volviera cultura, es decir capacidad crítica y sistemática en el enfrentamiento de la realidad?

Es evidente que la clase que está a la cabeza de la Iglesia y del Estado es fruto de un vacío educativo. Un vacío que es el fruto de una propuesta cristiana que poco o nada tiene que ver con la vida. El cristianismo transmitido en los colegios ha sido una propuesta incolora de la vida o ausente de la vida. Podríamos sintetizar con una afirmación: la propuesta educativa no ha sido el Acontecimiento cristiano, Cristo centro del cosmos y de la historia sino un conjunto de valores, de normas que podríamos resumir con la palabra “moralismo”.

Y ha sido este moralismo el origen de toda inmoralidad dentro y fuera de la Iglesia. Educar, por lo contrario, significa introducir a la persona en el conocimiento de la realidad en la totalidad de sus factores. Concretamente es mostrar al niño, futuro hombre, cómo Cristo tiene que ver con todos los detalles de la vida, desde el modo con el cual se peina, se limpia, arregla su cama, su mochila, prepara la mesa, estudia, enfrenta las materias del colegio hasta su relación con los chicos y las chicas, el modo con el cual percibe la belleza de la sexualidad, del noviazgo, del matrimonio.

Educar es la superación de aquella religiosidad o fideísmo por las cuales uno no tiene problema para acercarse a la Eucaristía y momentos después acostarse con su novia o su novio, o peregrinar a Caacupé y luego en el camino “disfrutar” de un prostíbulo, o leer la Biblia en su trabajo dejando de lado su tarea, o preparar bien la liturgia de la fiesta patronal y su casa está reducida a una letrina, o enseñar en una universidad católica o colegio católico, teniendo una postura masónica o anticlerical.

Educar es mostrar la unidad que la fe engendra entre el encuentro con Cristo y la vida. Es una nueva forma de pensar, de vivir, de amar, de trabajar. Es la creatura nueva que nace del bautismo y toma conciencia de sí, dando origen a una novedad en el mundo. Es la superación de aquel espiritualismo devoto que impide a la persona vivir la realidad, de apasionarse por lo humano. Es la experiencia de la belleza de la propia humanidad como condición y camino a Cristo, aquella humanidad, aquel humano que por décadas nos lo han mostrado como enemigo de Cristo cuando desde el pecado de Adán ha sido el motivo de la espera de Cristo y con Cristo la única posibilidad para encontrarlo.

Qué tristeza, al contrario, lo que respiramos en los colegios católicos: existe Cristo pero no existe lo humano. Y las consecuencias son visibles en la esquizofrenia que vivimos en todos los sectores de la sociedad que inevitablemente desembocan en la indiferencia, en el cinismo, en el vai-vai, en el moralismo, que nos caracteriza, terreno fértil para brotar de este mar de violencia. La misma educación en los seminarios respira esta dicotomía y por eso muchos sacerdotes somos simples funcionarios de una institución, tibios, apáticos y muchas veces motivo de escándalo.

Partir de la educación como propuesta que sólo Cristo salva al humano, que sólo Cristo responde a las inquietudes de la razón, del corazón, es la única salida de esta triste situación que vivimos y que es también positiva porque nos pone con las espalda contra la pared obligándonos finalmente a apuntar el dedo hacia nosotros mismos y no como por décadas hemos hecho en Caacupé apuntando contra los demás.

Salir de la indiferencia es posible sólo si existen hombres enamorados de Cristo, si existe una Iglesia que vive de Cristo, y si todos los que vivimos de Cristo somos protagonistas de un nuevo compromiso educativo que ayude a la fe a volverse cultura, a pasar de una religiosidad visceral a una fe como certeza: Cristo ha resucitado y está vivo. Los movimientos eclesiales, numerosos en nuestro país y cuantos, como Chiquitunga, viven una mirada de Cristo, son los pioneros del nuevo Paraguay.
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