Sol abrasador y lluvia copiosa, con todo el estruendoso aparato de una tormenta llanera, donde entre nublado y sabana un solo trueno no tiene cuando acabar, me






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RÓMULO GALLEGOS
DOÑA BÁRBARA

abril de 1927.
Sol abrasador y lluvia copiosa, con todo el estruendoso aparato de una tormenta llanera, donde entre nublado y sabana un solo trueno no tiene cuando acabar, me acompañaron por el trayecto -uno cualquiera de los mil caminos que ofrece la llanura- cual para demostrarme desde un principio, repartiéndose el día, cómo acostumbraban dividirse equitativamente todo el año, mitad sabana seca, con espejismos de aguas ilusorias atormentadores de la sed del caminante, y mitad aguas extendidas, de monte a monte en los ríos, de cielo a cielo en los esteros. Llegué, adquirí amigos y al atardecer estaba junto con ellos en las afueras de San Fernando. Gente cordial, entre ella un señor Rodríguez, de blanco pulcramente vestido, de quien no me olvidaré nunca, por lo que ya se verá que le debo.
El ancho río, el cálido ambiente llanero, de aire y de cordialidad humana. Alguna ceja de palmar allá en el horizonte, tal vez un relincho de caballo salvaje a lo lejos, respondiéndole quizás a un bramido de toro más o menos cimarrón y, por qué no también, cerca de nosotros, un melancólico canto de soisola. El llano es todo eso: inmensidad, bravura y melancolía.
Se ponía el sol, suntuosamente, sobre el ancho rio inútil -porque no regaba tierra sembradiza, ni un bongo siquiera navegaba por él-, y sobre la sabana inmensa, campo desierto, alimentador de la arrogancia del hombre ya recogida en la copla llanera:
Sobre la tierra la palma, sobre la palma los cielos; sobre mi caballo yo y sobre yo mi sombrero.
Pero el espectáculo no era para reflexiones pesimistas, y mi venezolano deseo de que todo lo que sea tierra de mi patria alguna vez ostente prosperidad y garantice felicidad tomó forma literaria en la siguiente frase:
Tierra ancha y tendida, toda horizontes como la esperanza, toda caminos como la voluntad.
Estoy seguro de que la formulé mentalmente y no tenía ni aún tengo en que fundarme para creer que el señor Rodríguez poseyese virtud de penetración de pensamientos; pero lo cierto es que lo vi sonreír ”como de cosa sabida”, cual si me hubiera descubierto que ya tenía yo personaje principal de novela destinada a buena suerte.
Y en efecto, ya lo tenía: el paisaje llanero, la naturaleza bravia, forjadora de hombres recios. ¿No son criaturas suyas todos los de consistencia humana que en este libro figuran?
Y el señor Rodríguez comenzó a presentármelos, interrogativamente:
-¿Ha oído usted hablar de.. ?
Y nombró a un personaje de la vida real, a quien no menciono aunque ahora esté escribiendo historia.
Me la contó el señor Rodríguez. Un triste caso de la vida real. Un doctor en leyes que se internó en un hato de su propiedad y administrándolo bien llegó a convertirlo en uno de los más ricos de la región; mas, porque un mal día comenzó a aficionarse a la bebida –acaso
uno de esos de lluvia continua, a los que el llanero designa ”de cachimba, tapara y chinchorro”, o sea de entretener el ocio con el humo de la pipa y el trago de aguardiente, éste en el rústico envase de la tapara bajo la meciente cama-, de tal modo se entregó, que ya no hubo allí hombre que para algo sirviese.

Un caso vulgar de enviciamiento, quizás; pero yo estaba en presencia de un escenario dramático -el desierto alimentador de bravura, amparador de barbarie, deshumanizador casi- y fue como si, quitándole la palabra al señor Rodríguez, alguien se me hubiera plantado por delante, diciéndome, con voz tartajosa:
-Esta tierra no perdona. Mire lo que ha hecho de mí la llanura bárbara, devoradora de hombres.
Me lo quedé mirando. No estaba mal como personaje dramático y le puse por nombre Lorenzo Barquero.
Pero ya el señor Rodríguez estaba haciéndome otra presentación:
-¿Ha oído hablar de doña.. ? Una mujer que era todo un hombre para jinetear caballos y enlazar cimarrones. Codiciosa, supersticiosa, sin grimas para quitarse de por delante a quien le estorbase y...
-¿Y devoradora de hombres, no es cierto? -pregunté con la emoción de un hallazgo, pues habiendo mujer simbolizadora de aquella naturaleza bravia ya había novela. Como por lo contrario parece que no puede haberlas sin ellas-. ¿Bella entonces, también, como la llanura? -Pues.. . -repuso el señor Rodríguez, sonriendo, y dejándome hacer lo que me pareciese más natural y lógico, pues ya le habían dicho que yo era novelista.
DOÑA BARBARA
Han pasado veintisiete años. Yo no me olvidaré nunca de que fue él quien me presentó a doña Bárbara. Desistí de la novela que estaba escribiendo, definitivamente inédita ya. La mujerona se había apoderado de mí, como sería perfectamente lógico que se apoderara de Lorenzo Barquero. Era además un símbolo de lo que estaba ocurriendo en Venezuela en los campos de la historia política.
Allí supe de María Nieves, ”cabrestero” del Apure, cuyas turbias aguas pobladas de caimanes carniceros cruzaba a nado, con un chaparro en la diestra y una copla en los labios, por delante de la punta de ganado que hubiera que pasar de una a otra margen. Con todo y su nombre lo metí en mi libro y varias personas me han contado que cuando alguien le buscaba la lengua, dándole bromas, él solía responder:
-Respéteme, amigo. Que yo estoy en Doña Bárbara.
María Nieves ya no esguaza el Apure con su copla en los labios, porque la muerte se los ha sellado para siempre, pero yo recojo en estas líneas su réplica fanfarrona como el mejor elogio que a mi obra haya podido hacérsele. Era un hombre rudo, de alma llanera.
En el hato de La Candelaria de Arauca, conocí también a Antonio Torrealba, caporal de sabana de dicho fundo -que es el Antonio Sandoval de mi novela- y de su boca recogí preciosa documentación que utilicé tanto en Doña Bárbara como en Cantaclaro. Ya tampoco existe y a su memoria le rindo homenaje por la valiosa colaboración que me prestó su conocimiento de la vida ruda y fuerte del llanero venezolano.

Llano adentro, más allá del Arauca, encontré a Pajaróte -así se le apodaba-, el de la mano entregadora de hombre leal al estrechar la que se le ofreciera, y a Carmelito, el desconfiado, a quien había que demostrarle, con ejecutorias visibles, que se tuviera en el pecho corazón de hombre bueno de a caballo y bueno de verdad. Franqueza y recelo, dos formas de una misma manera de ser llanero. Yo les oí contar el pasaje de faena ganadera, desde el alba hasta la puesta de sol, arremetiendo contra la cimarronera bravia o parando el rodeo numeroso, los días de vaquerías. Y el cuento de fantasmas que se aparecen en la espesura de las matas, las noches de luna llena,
luz embrujadora.
A todos ellos -carne sufridora todavía o ya solamente nombres en las tertulias de añoranzas bajo los techos de los caneyes- los tengo en las predilecciones de mi afecto a mis personajes buenos.
A Juan Primito con sus rebullones, tonto y bueno, lo conocí en un pueblo de los Valles del Tuy. Y a los de contraria índole: Mujiquita y Pernalete, Balbino Paiba y El Brujeador, me los encontré en varios sitios de mi país, componiendo personificaciones de la tragedia venezolana. Por exigencias de mi temperamento yo no podía limitarme a una pintura de singularidades individuales que compusieran caracteres puros, sino que necesitaba > elegir mis personajes entre las criaturas reales que fuesen causas o hechuras del infortunio de mi país, porque algo además de un simple literato ha habido siempre en mí.
Pintura de un desgraciado tiempo de mi país, no podían faltar, sin embargo, en mi novela, Santos Luzardo
Y Marisela, de pura invención de novelista, pero con formas definidas en las palpitaciones del corazón venezolano. Son, respectiva y complementariamente, la empresa que hay que acometer, una y otra vez, y la esperanza que estamos obligados a acariciar, con incansable terquedad; la obligación de hoy para la sosegada contemplación de mañana.
Esta edición obedece al propósito del Fondo de Cultura Económica de adherirse a la conmemoración de los veinticinco años de Doña Bárbara; y porque se ha deseado que en ella les cuente yo a sus lectores la historia de esta novela afortunada, he traído a prólogo el relato de cómo encontré a sus personajes fundamentales, una tarde de abril, a orillas de un río llanero. Pero si dije que probablemente oí entonces el bramido salvaje de un toro, bien he podido agregar que en el aire sereno aleteaba la ternura de un blanco vuelo de garzas.
RÓMULO GALLEGOS

DOÑA BARBARA

PRIMERA PARTE

¿CON QUIEN VAMOS?
UN BONGO remonta el Arauca bordeando las barrancas de la margen derecha.
Dos bogas lo hacen avanzar mediante una lenta y penosa maniobra de galeotes. Insensibles al tórrido sol los broncíneos cuerpos sudorosos, apenas cubiertos por unos mugrientos pantalones remangados a los muslos, alternativamente afincan en el limo del cauce largas palancas cuyos cabos superiores sujetan contra los duros cojinetes de los robustos pectorales y encorvados por el esfuerzo le dan impulso a la embarcación, pasándosela bajo los pies de proa a popa, con pausados pasos laboriosos, como si marcharan por ella. Y mientras uno viene en silencio, jadeante sobre su pértiga, el otro vuelve al punto de partida reanudando la charla intermitente con que entretienen la recia faena, o entonando, tras un ruidoso respiro de alivio, alguna intencionada copla que aluda a los trabajos que pasa un bonguero, leguas y leguas de duras remontadas, a fuerza de palancas, o coleándose, a trechos, de las ramas de k vegetación ribereña.
En la paneta gobierna el patrón, viejo baquiano de los ríos y caños de la llanura apureña, con la diestra en la horqueta de la espadilla, atento al riesgo de las chorreras

que se forman por entre los carameros que obstruyen el cauce, vigilante el aguaje que denunciare la presencia de algún caimán en acecho.
A bordo van dos pasajeros. Bajo la toldilla, un joven a quien la contextura vigorosa, sin ser atlética, y las facciones enérgicas y expresivas, préstanle gallardía casi altanera. Su aspecto y su indumentaria denuncian al hombre de la ciudad, cuidadoso del buen parecer. Como si en su espíritu combatieran dos sentimientos contrarios acerca de las cosas que lo rodean, a ratos la reposada altivez de su rostro se anima con la expresión de entusiasmo y le brilla la mirada vivaz en la contemplación del paisaje; pero, en seguida, frunce el entrecejo, y la boca se le contrae con un gesto de desaliento.
Su compañero de viaje es uno de esos hombres inquietantes, de facciones asiáticas, que hacen pensar en alguna semilla tártara caída en América quién sabe cuándo ni cómo. Un tipo de razas inferiores, crueles y sombrías, completamente diferente del de los pobladores de la llanura. Va tendido fuera de la toldilla, sobre su cobija, y finge dormir; pero ni el patrón ni los palanqueros lo pierden de vista.
Un sol cegante, de mediodía llanero, centellea en las aguas amarillas del Arauca y sobre los árboles que pueblan sus márgenes. Por entre las ventanas, que a espacios rompen la continuidad de la vegetación, divísame, a la derecha, las calcetas del cajón del Apure -pequeñas sabanas rodeadas de chaparrales y palmares-, y, a la izquierda, los bancos del vasto cajón del Arauca -praderas tendidas hasta el horizonte-, sobre la verdura de cuyos pastos apenas negrea una que otra mancha errante de ganado. En el profundo silencio resuenan, monótonos, exasperantes ya, los pasos de los palanqueros por la cubierta del bongo A ratos, el patrón emboca un caracol y le arranca un sonido bronco y quejumbroso que va a morir en el íondo de las mudas soledades circundantes, y entonces se alza dentro del monte ribereño la desapacible algarabía de las chenchenas o se escucha, tras los recodos, el rumor de las precipitadas zambullidas de los caimanes que dormitan al sol de las desiertas playas, dueños terribles del ancho, mudo y solitario río.
Se acentúa el bochorno del mediodía, perturba los sentidos el olor a fango que exhalan las aguas calientes, cortadas por el bongo. Ya los palanqueros no cantan ni entonan coplas. Gravita sobre el espíritu la abrumadora impresión del desierto.
-Ya estamos llegando al palodeagua- dice, por fin, el patrón, dirigiéndose al pasajero de la toldilla y señalando un árbol gigante-. Bajo ese palo puede usted almorzar cómodo y echar su buena siestecita.
El pasajero inquietante entreabre los párpados oblicuos y murmura:
-De aquí al paso del Bramador es nada lo que falta y allí sí que hay un sesteadero sabroso.
-Al señor, que es quien manda en el bongo, no le interesa el ststadero del Bramador- responde ásperamente el patrón, aludiendo al pasajero de la toldilla.
El hombre lo mira de soslayo y luego concluye, con una \oz que parecía adherirse al sentido, blanda y pegajosa como el lodo de los tremedales de la llanura:

-Pues entonces no he dicho nada, patrón. Santos Luzardo vuelve rápidamente la cabeza. Olvidado ya de que tal hombre iba en el bongo, ha reconocido ahora, de pronto, aquella voz singular.
Fue en San Fernando donde por primera vez la oyó, al atravesar el corredor de una pulpería. Conversaban allí de cosas de su oficio algunos peones ganaderos, y el que en este momento llevaba la palabra se interrumpió de pronto, para decir después: -Ese es el hombre.
La segunda vez fue en una de las posadas del camino. El calor sofocante de la noche lo había obligado a salir al patio. En uno de los corredores, dos hombres se mecían en sus hamacas y uno de ellos concluía de esta manera el relato que le hiciera al otro:
-Yo lo que hice fue arrimarle la lanza. Lo demás lo hizo el difunto: él mismo se la fue clavandito como si le gustara el frío del ¡ierro.
Finalmente, la noche anterior. Por habérsele atarrillado el caballo, llegando ya a la casa del paso por donde ^ esguazaría el Arauca, se vio obligado a pernoctar en ella, ^’ para continuar el viaje al día siguiente en un bongo que, a la sazón, tomaba allí una carga de cueros para San Fernando. Contratada la embarcación y concertada la salida para el amanecer, ya al coger el sueño oyó que alguien decía por allá:
-Vayase alante, compañero, que yo voy a ver si quepo en el bongo.
Fueron tres imágenes claras, precisas, en un relámpago de memoria, y Santos Luzardo sacó esta conclusión
que había de dar origen al cambio de los propósitos que jo llevaban al Arauca: ”Este hombre viene siguiéndome desde San Fernando. Lo de la fiebre no fue sino un ardid. •Cómo no se me ocurrió esta mañana?”
En efecto, al amanecer de aquel día, cuando ya el bongo se disponía a abandonar la orilla, había aparecido aquel individuo, tiritando bajo la cobija con que se abrigaba y proponiéndole al patrón:
-Amigo, ¿quiere hacerme el favor de alquilarme un puestecito? Necesito dir hasta el paso del Bramador y la calentura no me permite sostenerme a caballo. Yo le pago bien, ¿sabe?
-Lo siento, amigo -respondió el patrón, llanero malicioso, después de echarle una rápida mirada escrutadora-. Aquí no hay puesto que yo pueda alquilarle porque el bongo navega por la cuenta del señor, que quiere ir solo.
Pero Santos Luzardo, sin más prenda y sin advertir la significativa guiñada del bonguero, le permitió embarcarse.

Ahora le observa de soslayo y se pregunta mentalmente: ”¿Qué se propondrá este individuo? Para tenderme una celada, si es que a eso lo han mandado, ya se le han presentado oportunidades. Porque juraría que éste pertenece a la pandilla de El Miedo. Ya vamos a saberlo”.

Y poniendo por obra la repentina ocurrencia, en alta ^oz, al bonguero:

-Dígame, patrón: ¿conoce usted a esa famosa doña Bárbara de quien tantas cosas se cuentan en Apure? Los palanqueros cruzáronse una mirada recelosa y el patrón respondió evasivamente, al cabo de un rato, con la frase con que contesta el llanero taimado las preguntas indiscretas:

-Voy a decirle, joven: yo vivo lejos. Luzardo sonrió compasivo; pero, insistiendo en el propósito de sondear al compañero inquietante, agregó, sin perderlo de vista:

-Dicen que es una mujer terrible, capitana de una pandilla de bandoleros, encargados de asesinar a mansalva a cuantos intenten oponerse a sus designios.

Un brusco movimiento de la diestra que manejaba el timón hizo saltar al bongo, a tiempo que uno de los palanqueros, indicando algo que parecía un hacinamiento de troncos de árboles encallados en la arena de la ribera derecha, exclamaba, dirigiéndose a Luzardo:

-¡Aguaite! Usted que quería tirar caimanes. Mire cómo están en aquella punta de playa.

Otra vez apareció en el rostro de Luzardo la sonrisa de inteligencia de la situación, y, poniéndose de pie, se echó a la cara su rifle que llevaba consigo. Pero la bala no dio en el blanco, y los enormes saurios se precipitaron al agua, levantando un hervor de espumas.

Viéndolos zambullirse ilesos, el pasajero sospechoso, que había permanecido hermético mientras Luzardo tratara de sondearlo, murmuró, con una leve sonrisa entre la pelambre del rostro:

-Eran algunos bichos y todos se jueron vivitos y coleando.

Pero sólo el patrón pudo entender lo que decía y lo miró de pies a
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