Historia de la Filosofía/ José Luis Herrera/ ies josé Hierro






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Historia de la Filosofía/ José Luis Herrera/ IES José Hierro


Historia de la Filosofía
2º de Bachillerato
2014-2015


José Luis Herrera Asanza
IES José Hierro

(Getafe)


Platón 3

Aristóteles 15

Agustín de Hipona 24

Tomás de Aquino 36

Descartes 46

Hume 56

Rousseau 65

Kant 72

Marx 83

Nietzsche 92

Ortega y Gasset 102

Wittgenstein 111
Modelo de examen 121

PLATÓN

(427-347 a C)
Marco histórico, social y cultural

Atenas vivió su período de esplendor al finalizar las Guerras Médicas. Su papel decisivo en la victoria contra los persas la situó a la cabeza de la Liga Délica, afianzó su cohesión interna y fortaleció la democracia. Con éste régimen, durante el mandato de Pericles (443-429 a C), Atenas alcanzó su máxima prosperidad económica y cultural.

En esta época, la polis, además de una demarcación geográfica, representaba una forma de vida en la que el ciudadano se sentía vinculado a un territorio y a sus gentes, se implicaba en la vida pública y comprometía sus intereses particulares con el interés general.

La vida de Platón (427-347 a C) trascurrió al final de la época dorada de Atenas, en el período en que se inicia la decadencia de la polis, que acabó con su desaparición tras la conquista de Grecia por Filipo II de Macedonia, en el 338 a de C.

En el 427 a C, dos años después de la muerte de Pericles, Atenas se recuperaba de una peste que había diezmado la población de sus demos y estaba en guerra contra Esparta. En esta Guerra del Peloponeso (431-404 a C), se manifiestan los primeros signos de quiebra del espíritu de la polis. Además de calamidades, miseria e injusticia, la guerra incrementó las tensiones entre las élites tradicionales y el pueblo. Las élites tradicionales, habitualmente partidarias del régimen aristocrático de Esparta, estaban dispuestas a renunciar al imperialismo a cambio de la paz. El pueblo, partidario de la democracia, no quería renunciar a los beneficios que generaba el liderazgo de la Liga Délica, de los que dependía en gran medida su subsistencia.

En el 404 a C la victoria de Esparta impuso el gobierno de los Treinta Tiranos. Platón, que por pertenecer a la nobleza y haber recibido una educación esmerada, estaba destinado a participar activamente en el gobierno de su ciudad, fue invitado a tener un papel protagonista en este gobierno -del que formaban parte algunos parientes cercanos-, pero finalmente rechazó la invitación, por no estar de acuerdo con su modo de actuar (Carta VII).

Con la democracia, restaurada un año después, los intereses de la clase alta, que trataba de mantener sus privilegios, y los del pueblo, que utilizaba la política para medrar, primaron sobre los intereses generales de la polis.

La condena a muerte a Sócrates, “el más justo y sabio de los hombres”, en el 399 a. C, fue para Platón el signo más claro de la corrupción del espíritu de la polis y acabó con sus expectativas de participar activamente en el gobierno de la ciudad. A partir de este suceso se dedicó a la Filosofía, convencido de que sólo con su ayuda podríamos regenerar la vida pública.

La decadencia se agudizó en la primera mitad del siglo IV a C con las continuas guerras entre Esparta, Tebas y Atenas, que deterioraron las condiciones económicas y ahondaron el foso entre ricos y pobres, provocando violentos enfrentamientos.

Otras manifestaciones del debilitamiento del espíritu de la polis fueron la reaparición de las tiranías y la extensión del mercenariado. Éste último, descrito en la Anábasis (375 a de C.) de Jenofonte y criticado por Demóstenes e Isócrates, condujo a cambiar el arado por la espada (con el consiguiente abandono de las tareas agrícolas) y acabó con la ecuación soldado-ciudadano, fomentando el desarraigo del individuo.

Este desarraigo se manifestó, en el terreno religioso, con el auge de los cultos sectarios frente a la religión cívica oficial. En la época de esplendor, había triunfado la religión cívica. La construcción de recintos sagrados, como el Partenón -cuya supervisión fue encargada a Fidias-, sirvió al enaltecimiento de la polis y fortaleció la cohesión ciudadana, además de satisfacer las exigencias espirituales del individuo.

En el ámbito cultural, también podemos entender como manifestación de la crisis del espíritu de la polis, el diverso tratamiento de los valores tradicionales por parte de los grandes dramaturgos: los trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides y el comediógrafo Aristófanes, cuya actualidad pudo conocer Platón en su juventud, al igual que la de los historiadores Herodoto y Tucídides.
Marco filosófico

En la segunda mitad del siglo V a C, la filosofía en Atenas está dominada por los sofistas, que, efecto y causa de la desintegración de la polis, llevaron a cabo una crítica de los valores tradicionales a la que se enfrentaron Sócrates y su discípulo Platón.

Los sofistas son un grupo de pensadores, la mayor parte de ellos extranjeros (metecos), que dirigieron sus enseñanzas a formar a la juventud en aquellos asuntos que era preciso dominar para alcanzar un papel protagonista en el gobierno de la polis.

El eje del pensamiento sofista es el relativismo de Protágoras (“El hombre es la medida de todas las cosas”) y el escepticismo de Gorgias (“Nada existe, si algo existiera no podría ser conocido y si pudiera ser conocido no podría ser comunicado”). Estas posiciones se traducen al terreno moral y político en el convencionalismo: el nomos, las normas éticas y políticas que rigen la vida de los seres humanos, son fruto de un acuerdo o convención entre ellos.

Las diversas modulaciones que hacen de este convencionalismo, nos permiten distinguir posiciones dentro del pensamiento sofista y apreciar una progresiva radicalización que acaba enfrentando el interés individual al interés público erosionando el espíritu de la polis.

Protágoras, sofista de la primera generación, sostiene que el nomos no es, como se había sostenido tradicionalmente, una institución divina ni natural, sino el fruto de una convención, que debe fundarse en la racionalidad compartida, en el respeto por los demás y en el deseo de justicia, capaz de vencer otras inclinaciones del individuo (en la línea del posterior cosmopolitismo estoico e ilustrado).

Sin embargo, entre los sofistas de la segunda y tercera generación, se desarrolla la idea de Gorgias, que sostiene que hay, en la naturaleza humana, pulsiones (la búsqueda de placer y el deseo de dominio) que se imponen a la racionalidad y marcan las formas de convivencia. Estos sofistas afirman que el nomos acaba inevitablemente poniéndose al servicio de estas pulsiones, ya sea para el provecho del más fuerte (Trasímaco) o para el del grupo de los débiles (Calicles). Desde esta perspectiva, la enseñanza de los sofistas se convierte en el arte de la persuasión, se trata de enseñar a sus discípulos a servirse de la comunidad en su propio provecho, presentando como intereses colectivos las aspiraciones particulares, utilizando la retórica para “convertir en fuerte el argumento más débil” (Gorgias).
LA FILOSOFÍA DE PLATÓN
1. Conocimiento (y ontología)

La vida de Platón (427-347 a C) trascurrió al final de la época dorada de Atenas, en el período en que se inicia la decadencia de la polis, que acabó con su desaparición tras la conquista de Grecia por Filipo II de Macedonia, en el 338 a de C.

Sócrates, maestro de Platón, hacía responsable de la corrupción de las costumbres y valores tradicionales de la polis a las enseñanzas de los sofistas. El relativismo sofista alentaba la demagogia y ponía la polis al servicio de los intereses de sus gobernantes.

Sócrates no escribió nada, pero Aristóteles, en las primeras páginas de su Metafísica, expone, en dos frases, las claves de su pensamiento.

1. “Creía que todas las virtudes eran formas de conocimiento, de tal manera que seríamos justos si conociéramos lo que es la justicia”.

Al igual que los sofistas, el pensamiento de Sócrates se centra en el hombre y también tiene un fin práctico. Pero, si la finalidad de los sofistas es enseñar a los hombres a alcanzar el poder y mantenerse en él, el fin de Sócrates es hacerles buenos.

Sócrates estaba convencido de que si se enseñaba a los hombres lo que está bien, su comportamiento mejoraría. Su pensamiento vincula saber y virtud, su intelectualismo moral defiende que la sabiduría nos conducirá a vivir correctamente, que sólo se obra mal por ignorancia, pues el que conoce el bien se siente atraído por él.

2. “Sócrates, que se dio al estudio de las virtudes éticas, fue también el primero que buscó acerca de ellas definiciones universales”.

A diferencia del relativismo sofista, que sobre las virtudes éticas se limitaba a enumerar casos particulares, asumía la diversidad de opiniones y fundaba la validez de unas u otras en el acuerdo o convención entre las opiniones de los hombres. Sócrates piensa, que si podemos opinar acerca de la condición virtuosa de ciertos fenómenos es porque tenemos una idea, aunque latente, de lo que es la virtud, y si es posible el diálogo y el acuerdo sobre estos casos es porque esa idea es la misma para todos.

Así pues, los términos éticos y políticos fundamentales (justicia, virtud, bien, etc.) tienen un significado universal, inmutable y preciso que todos podemos reconocer pero que es necesario desvelar y poner de manifiesto. Este significado, el “qué es” de aquello que se trata, es el que expresa la definición universal.

La obra socrática se realiza a través del diálogo. El diálogo socrático tiene dos partes: la ironía, que pretende guiar al interlocutor al reconocimiento de su propia ignorancia, y la mayéutica, que pretende orientarle para que de a luz el verdadero conocimiento.

Platón comparte las ideas de su maestro y continúa su proyecto de desentrañar el verdadero significado de los términos éticos fundamentales. Como él, y contra los sofistas, Platón cree que el objeto de nuestra indagación no es la enumeración de casos particulares, sino la definición universal. Pero su Teoría de las Ideas va más allá, al establecer el status ontológico de los objetos de la investigación socrática.

La Teoría de las Ideas justifica la universalidad y permanencia de los valores en su objetividad, en su realidad independiente de nuestras opiniones e intereses.

En su Teoría de las Ideas Platón armoniza una concepción realista del conocimiento (el conocimiento establece una relación directa entre dos entes independientes, el sujeto que conoce y el objeto conocido) con la creencia en que el verdadero conocimiento no está referido a las cosas sensibles.

Platón, como los pitagóricos, considera que las matemáticas son el paradigma del conocimiento seguro y objetivo. Pero aquello de lo que tratan los matemáticos no se encuentra entre las cosas sensibles, son objetos ideales. Pues bien, la Teoría de las Ideas sostiene que igual que han de existir objetos que correspondan exactamente a las definiciones de los matemáticos, han de existir objetos que correspondan a las definiciones socráticas. Estos objetos son las Ideas.

Las Ideas son el verdadero ser, son universales, inmutables, el modelo o ideal al que imitan y del que participan todas las cosas sensibles, su existencia es independiente del sujeto (el sujeto no las crea, las descubre), son conocidas por el entendimiento (no por los sentidos) y su conocimiento constituye el verdadero saber (episteme), la medida objetiva de las opiniones o creencias (doxa) de los humanos.

Con su Teoría de las Ideas, Platón establece, al modo de Parménides, dos órdenes de realidad distintos a los que corresponden dos ámbitos diversos de conocimiento: las Ideas (Ser), realidades universales que nos presenta el entendimiento (vía de la verdad); y las cosas, realidades particulares que nos presentan los sentidos (vía de la opinión).

En los diálogos de madurez, en los que ya aparece la Teoría de las Ideas, Platón sugiere que hay Ideas de todas las cosas. La relación entre el mundo de las ideas y el mundo sensible es de imitación o participación. Además, afirma que las Ideas están relacionadas unas con otras de manera jerárquica, esta jerarquía va desde las Ideas más particulares a las más generales, y tiene en su cúspide la Idea de Bien.

En los últimos diálogos, Platón revisa su teoría y rechaza que existan Ideas de todas las cosas. Sólo es preciso aceptar la existencia de algunas ideas: la idea del Bien, la de Belleza, la de Verdad, las ideas éticas fundamentales, los géneros supremos del ser (ser-no ser, idéntico-diferente, quieto-móvil) y las ideas de las entidades y relaciones matemáticas y lógicas (mayor que, menor que, igual a, etc.). El mundo sensible está organizado en base a estas ideas, sin las cuales sería un caos ininteligible.

Según Platón el conocimiento de las Ideas es reminiscencia, anámnesis. Platón, apoyándose en la concepción órfico-pitagórica, manifiesta que el conocimiento es un recuerdo de nuestra alma inmortal, que antes de encarnarse ha convivido con las Ideas, con las que comparte la naturaleza espiritual (Fedón, 72e-77ª,Fedro, 249b-250c), pero que al unirse al cuerpo las ha olvidado, han quedado veladas.

La teoría de la reminiscencia, que Platón presentará por primera vez en el Menón y posteriormente, en el Fedro, y en el Fedón -al servicio de la demostración de la inmortalidad del alma-, acentúa que el alma tiene la capacidad de sacar de sí misma lo que es de su misma naturaleza (espiritual, inmaterial). No es preciso entender literalmente, con su ornamento mítico, la teoría de la reminiscencia. Platón considera que el pensamiento es una especie de lenguaje silencioso, un diálogo que mantiene el alma consigo misma (Sofista, 263e). El logos, el lenguaje -que nos preexiste- es el que nos permite pensar y aprehender la realidad.

En todo caso, la teoría de la reminiscencia justifica la fidelidad platónica al “conócete a ti mismo” y la mayéutica socrática; la confianza en que nuestra alma contiene todo lo necesario para alcanzar la sabiduría, que no se requieren maestros al estilo tradicional que nos la inculquen o nos la impongan desde el exterior, sino acaso un buen guía que nos ayude a encontrarla en nosotros mismos.

Platón explicita los niveles de conocimiento y sus relaciones con los diversos ámbitos de lo real, en la Metáfora de la Línea (La República, VI, 509d-511b) y el Mito de la Caverna (La República, VII, 514a-517c; 518 b-d). El esquema es el siguiente:

Gnoseología: Conocimiento

Ontología: Objetos

Conocimiento intelectual

Ciencia (episteme)

Intuición intelectual (noesis)

Ciencia: Dialéctica

Ideas

Mundo

Inteligible

(Ideas)

Razonamiento (dianoia)

Ciencia: Matemáticas

Entidades matemáticas

Conocimiento sensible

Opinión (doxa)

Percepción

Creencia (pistis)

Cosas sensibles

Mundo

Sensible

(cosas)

Imaginación

Conjetura (eikasía)

Imágenes de las cosas sensibles
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