José L. Caravias Aguilar sj






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José L. Caravias Aguilar sj
DIOS en mi vida

Sesenta años de jesuita

"Las fechas reales de la vida de un hombre

son los días y las horas en que le ha sido dado

adquirir una nueva idea de Dios"

(Unamuno, Diario íntimo).

© José L. Caravias
Distribuidora Montoya SJ

Vicepresidente Sánchez 612, c/ Azara

Tel.-Fax: (595-21) 224 162

Asunción – Paraguay

2014

PRESENTACIÓN
Cuando Ignacio de Loyola, a petición de su comunidad, escribió su Autobiografía, lo hizo en conciencia profunda de que debía dar gracias a Dios por todo lo bueno que Él fue obrando en su vida, y a través de él, en la vida de otros muchos.

En esa misma línea, esta Autobiografía pretende reflejar y expresar una acción de gracias. Agradecimiento al Señor por la experiencia de fe en Jesús de José Luis Caravias sj, quien enriquecido de encuentros con personas de toda laya y lugar, con contactos cercanos a realidades encarnadas del Dios de Jesús en medio de campesinos y citadinos, de gente de Bañados y de parroquias, nos comparte su intento sincero de ir uniendo, con equivocaciones y fragilidades, fe y vida, fe y ciencia, fe y construcción concreta de Reino de Dios.

Con la siguiente fábula queremos compartir nuestro convencimiento de que su experiencia, que ya ha animado a muchos y muchas, es testimonio de que Dios - aún en medio de fragilidades-, hace en nosotros grandes cosas si nos dejamos guiar por Él.

En cierta ocasión un anciano estaba plantando con mucho cuidado una planta de mango en un patio baldío. Al verlo, un joven le preguntó por qué plantaba lo que él no podría nunca comer.

El anciano le contestó: “Me encantan los mangos. Toda la vida he disfrutado de frutas plantadas por otras personas a quienes nunca conocí. Hoy planto este mango, para que en el futuro otras personas disfruten de esta fruta tanto como yo. Es mi manera de agradecer a otros lo que me dieron a mi”.

Que a través de este caminar por la vida de José Luis, y de su concreta manera de escribir lo que le fue ocurriendo, pueda servir de agradecimiento al Dios lleno de misericordia,  y expresión de deseo de que a través de él, más personas puedan “entender cada vez más a fondo las locuras de Amor del Verbo Encarnado”. Que sea todo para mayor gloria de Dios.
Comunidad de Vida Cristiana (CVX) del Paraguay

Introducción
Mi existencia va siendo larga. He pasado el hito de los 78. A veces siento como si hubiera vivido varias vidas. Es que mi generación ha soportado profundos cambios. Como en caballo desbocado he atravesado épocas muy diversas, siempre cuesta arriba, con precipicios profundos a los lados. He visto despeñarse a compañeros. Mi columna está dolorida de tanto trote. Pero sigo cabalgando…

Mirando mi historia y la de mi entorno, me asombra lo mucho que ha pasado ante mí y dentro de mí. Ni yo mismo me creo a veces lo que he vivido. No sé distinguir con exactitud lo que realmente ocurrió. A lo largo de los años mi imaginación ha ido redondeando aristas y coloreando negritudes.

No pretendo redactar una estricta autobiografía; sino anécdotas de mi vida, tal como las siento hoy. No se puede contar todo; tengo derecho a guardar ciertos aspectos de mi intimidad, en lo bueno y en lo malo. Tampoco quiero ofender a nadie. Lo que pretendo es sopesar lo que estas experiencias han forjado de positivo en mi vida y en los que me rodean, trasluciendo la suave presencia de Dios tras de ellas.

La fe en el Dios de Jesús ha sido el poderoso motor -4 x 4- que ha superado fangos y lomadas. Y sus faros alógenos han iluminado oscuridades y espesas nieblas. Sin Jesús, no sería posible llegar a donde he llegado.

En los baches de mi ruta a veces he quedado atascado y enlodado. He querido cambiar a caminos más cómodos. Pero un maravilloso combustible ardiente, encerrado en mis huesos, me ha empujado siempre a seguir adelante: “Tú, que me sedujiste, Señor, eres más fuerte que yo…”

El 2 de febrero del 2014 llego a la meseta de 60 años de jesuita. El fuego sigue ardiendo en mi médula… Sin él no sería posible esta mi vida, que entrego, agradecido, en las manos de Jesús.
1. El rescoldo familiar

Recibí de mis padres lo primero que un niño tiene que recibir ya desde el vientre materno: amor, mucho amor. Gracias a ellos siento latente dentro de mí una capacidad afectiva maravillosa. Amo mucho, a mucha gente, “in crescendo”, sin fin, cada vez más limpio, en busca siempre de más Amor.

Lo que más agradezco hoy es el testimonio de amor mutuo que papá y mamá nos dieron a sus diez hijos. Los recuerdo enamorados, ya mayores, sentados frente a la tele agarrados de la mano. Se besaban frente a nosotros, con nuestro consiguiente regocijo. Jamás los vi pelear entre sí, o levantar la voz o faltarse al respeto.

Recibí también de ellos el don de la fe. El Dios de mis padres se mostraba siempre sensato. Nunca me amenazaron con un posible castigo divino. Se trataba de un Dios presente en todo, pero no obsesivo, ni impositivo, sino amable, respetuoso, cariñoso…

Es un legado invalorable heredar de los padres la fe en un Dios Amor. Y ello dentro de un caldeado clima de cariño. Ese tesoro, debidamente cultivado, se convierte después en luz y energía para superar cantidad de momentos oscuros y tensos de la vida. Puede ser el secreto del éxito o del fracaso.

Recuerdo con gusto cuando papá nos hacía ir al “cierre” de cristales para admirar las tormentas, muy frecuentes frente a la serranía de Ronda donde vivíamos. Cada trazado zigzagueante de rayo y cada trueno sonoro eran ponderados por él como hermosura y poder de Dios. Tanto que, hasta hoy, al escuchar el trallazo de un trueno se me alegra instintivamente el corazón. Nada de huir y escondernos bajo las cobijas, sino capacidad de admirar con los ojos bien abiertos lo hermoso de cada realidad.

Ellos me infundieron de forma especial respeto y cariño hacia los pobres, empezando por los empleados de la casa, actitud que delinearía mi vida futura.

Capacidad de amor, caldeada por la fe en el Dios Amor, encierran dentro de sí maravillosas fuerzas creativas. Reconozco, agradecido, que mis padres supieron desarrollar en mí deseos constantes de superación. La presión de sus exigencias era suavemente estimulante:

-“Tú puedes más, lo puedes hacer mejor, mira más arriba…”

Nunca nos consintieron lloriqueos, blandenguerías o mimos… Si alguno de nosotros iba lloriqueando en busca de mimos de mamá, ella nos increpaba:

-A ver, ¿se te ha salido alguna tripa? ¿No? Entonces a jugar…

Fui muy querido, pero jamás mimado. Si despreciaba una comida, al día siguiente me encontraba el mismo plato en la mesa. Si nos enojábamos dos hermanos, no teníamos derechos hasta que nos reconciliáramos. Jamás quedaba una falta sin castigo, pero siempre papá nos hacía entender con cariño el por qué de sus correcciones.

Mi imaginación fue alimentada de chiquito por sus cuentos populares; por los “tebeos” -los comics-, que nos compraban en abundancia, desde que aprendimos a leer; por los cursos por correspondencia desde la pre adolescencia. ¡Con qué gusto fabriqué mi primera radio-galena! Y con qué ilusión abría los paquetes de mi curso de radiotécnico…

Aprendí a ser ordenado confeccionando al detalle un buen álbum de estampillas de correos.

Aquello del dominio de la Creación lo aprendí de mi papá viéndolo injertar rosales y frutales, y cómo cada tarde iba a gozar con el crecimiento de sus injertos. Y disfruté de los veranos bañándonos locamente todas las tardes en la alberca de riego de la casa o yendo a comer directamente del árbol sabrosos “higos-reina”.

Me encantaba construir “casitas”, con barro -¡quería ser arquitecto!; cavaba canales para el riego de mis plantitas; inventaba cualquier tipo de entretenimiento, con tierra y hojas, con cualquier cosa. Aprendí a jugar junto con mis hermanos, pero solo también. ¡Nunca me aburría!

Mis padres me trasmitieron seguridad en mí mismo. Fe en mis posibilidades. Me enseñaron a exigirme y a dominarme.

De escuelero fui bastante tartamudo. No recuerdo que jamás mis padres me retaran o acomplejaran por ello. A los 19 años lo supe enfrentar y superar con éxito, yo solo, iluminado por un buen libro.

Nos dieron fe en nosotros mismos. Por eso cada uno de los nueve hermanos que vivimos hemos desarrollado una personalidad muy definida, distintas, pero interesantes.

2. Primeras rebeldías
Mi papá era un hombre rígidamente religioso. Muchos buenos ideales se los debo a él. Pero también mis primeras rebeldías.

Yo pienso ahora, en mi vejez, que es bueno que los preadolescentes desarrollen rebeldías como pasos necesarios para afianzar su personalidad, distinta a la de sus padres y educadores. Las mías eran ingenuas, pero mías…

Los domingos íbamos toda la familia, muy numerosa, a escuchar Misa. Nos poníamos en sillas al comienzo de la nave izquierda de la parroquia de Coín, pueblito campesino, de hermosos huertos frutales, en las serranías de Málaga.

El párroco, don Telesforo, era duro y cuadriculado. Recuerdo el día en el que rompió las carteleras del único cine del pueblo, el Salón Faura, porque anunciaban la película “Gilda”, un famoso drama.

Ninguna mujer podía asistir a su misa si no llevaba mangas largas y escote cerrado, aun en el calor sofocante del verano. A la salida del templo, al son de fuertes resoplos, se realizaba el “destape”, que me encantaba contemplar.

Mi padre, durante la Misa, nos exigía estar siempre mirando de frente al altar. Si mirábamos al público, enseguida nos caían sobre la cabeza sus duros nudillos:

-¡Niño, mira adelante!

En la parte alta del retablo del altar había una imagen del Padre Dios, calvo, con larga barba blanca y la bola del mundo en la mano. Llegué a odiar a aquella imagen. Había que mirarla fijamente, como hipnotizado, porque si no, recibías enseguida un “coscorrón”. Después de sesenta años he vuelto allá y he verificado si realmente existía esa imagen de Dios a la que tanto repudié; y sí, allá sigue.

Un verano, después de comer, sentados todos a la entrada de la casa, teníamos que rezar el rosario. Mi padre lo dirigía siempre, paseándose entre nosotros, en una mano el rosario y en la otra una correa. Cuando alguno cabeceábamos –era la hora de la siesta- le espabilaba enseguida un correazo:

-Niño, no te duermas.

Desde entonces, asistir al rezo de un rosario es algo que me espeluzna. Es una repulsión instintiva, muy difícil de superar… Pero reconozco que la vida fue haciendo cambiar a mi padre. Poco a poco, desde el amor a su familia y desde su honradez, se fue abriendo a nuevos enfoques de la fe.

Me rebelaban las supersticiones de la gente. La empleada de casa, Isabel, me contó un día que dar vueltas a una silla traía mala suerte. Desde ese día delante de ella inclinaba con frecuencia una silla sobre una pata y le daba vueltas con la otra mano. Ella asustada me amenazaba con los castigos que podía mandar Dios sobre la familia por culpa mía. Y yo tozudamente daba más y más vueltas a la silla repitiendo:

-No nos ha de castigar, no nos ha de castigar…

En la catequesis y en la escuela me hicieron aprender de memoria el catecismo de Astete, cuadriculado y retrógrado, sumamente seco. Las narraciones ilustradas de las Historias Sagradas tenían enfoques fundamentalistas y elitistas, pero sin nada de mensaje. No recuerdo que mi catequesis parroquial me trasmitiera ningún tipo de experiencia de Dios.

Pero eso sí, me insuflaron a presión obsesión por la sexualidad, mezclada con una fuerte dosis de ignorancia. Era el gran tema tabú, morbosamente masturbado… Me machacaban con la prédica de un Dios que me podía mandar al infierno por un solo pecado de pensamiento contra la castidad, pues en esto –repetían- no hay “parvedad de materia”.

Me obsesionó el despertar sexual, tema tabú absoluto. Nadie me brindó jamás una sola palabra de explicación. En aquel colegio machista cerrado, jamás entraba una chica. Y las pocas limpiadoras que trabajaban allá eran todas viejas y feas… Jamás íbamos de paseo a la ciudad. Nos llevaban en filas a sitios descampados.

Mi primera polución fue desesperante, pues no tenía ni idea qué podía ser aquello. Y las primeras masturbaciones, terroríficas, siempre al borde del infierno. Todo eran amenazas. Ni una explicación positiva. Depresiones profundas y escrúpulos angustiosos… ¡Qué fea adolescencia, manoteando desesperado en la oscuridad de mis ignorancias!

En mis años de interno adolescente en el colegio nos vigilaban para que durmiéramos con las manos fuera de las sábanas, no fuera que tocáramos algo “indecente”. Dios estaba ahí, entre las sábanas, vigilante implacable… ¡Qué horror! Un Dios de frente fruncida y palo alzado, obsesionado con el sexo… Lo cual me acarreó una época de terribles escrúpulos: si consentí o no consentí… ¡No hay derecho!

La mujer era el enemigo del que huir… Tardaría años en descubrir la belleza y la complementariedad de la mujer. Tenía una madre excelente, y eso me salvó. Pero ningún tipo de amigas.

Parece que aquellos mis “formadores” confundían la inocencia con la ignorancia, el amor con el temor, cosa a la larga sumamente peligrosa, pues los brotes de la adolescencia crecen imparables, aunque sea reventando macizos de cemento armado… Escarmentado, hoy disfruto ayudando a jóvenes a encauzar sus rebeldes energías…

Mis “deformadores” me hacían realizar sacrificios necios “por la conversión de los chinitos”, como meterme piedritas en los zapatos, por ejemplo. ¡Qué andares tendría! Pero no tocaban para nada mis problemas reales…

La preocupación más grande que me inculcaron en mi primera comunión fue que la hostia no se pegara al paladar… Y la única ilusión, el hermoso traje, y los regalos. Pero no recuerdo ningún tipo de experiencia religiosa.

En la catequesis parroquial insistían en que Jesusito estaba llorando encerrado en el sagrario y debíamos ir a consolarlo… “Vamos niños al sagrario que Jesús llorando está…”. Un Niño Jesús llorón, que nosotros, los niños buenos, teníamos que ir a animar…

En la escuela pública –franquista-, nos hacían cantar aquello de “fuera, fuera protestantes, fuera, fuera de la nación, que queremos ser amantes del Sagrado Corazón”… Y nos llevaban en filas a corearlo delante de las casas de las dos únicas familias protestantes que había entonces, a la salida del pueblo.

Me costó desenmarañarme de aquella religiosidad cuadriculada, tan embrollada, tan angustiante, cultivada por mis catequistas parroquiales. Aquella catequesis ahogaba y angustiaba las sanas enseñanzas de mis padres…

Ciertamente lo más válido de mi niñez fue el calor de la vida familiar: el cariño comprensivo de mi madre, las exigencias razonadas de mi padre y la amistad alegre y traviesa de mis hermanos.

Toda la secundaria la hice en un colegio de jesuitas, San Estanislao, en Málaga, a veces interno y a veces externo. Entré con suavidad en aquella disciplina. Recuerdo con mucho gusto los recreos. Y a unos pocos amigos. Pero en mi memoria actual no tengo recuerdos especiales, a no ser el cariño de algunos jesuitas.

Algo hermoso fue la devoción a la Virgen María. Entré en la Congregación Mariana y me sentí bien en ella. El cariño a María, concretada en un cuadro de Murillo, me ayudó en las crisis de la adolescencia.

En los últimos años de colegio, gracias al acompañamiento cercano de un buen “Padre Espiritual”, Gerardo Lara, me fui asentando. Fue básico descubrir a Jesús como amigo. El rostro del Padre Dios se fue abuenando. Encontré de nuevo al Dios de mis padres, pero más crecido. Salí del oscuro pozo de los escrúpulos y empecé a vislumbrar nuevos horizontes, con generosidad.
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