CRÓnicas. José alejandro castañO






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- ¿Cuánto cuesta matar a un hombre en Medellín?


Posted: 3 octubre 2008 in José Alejandro Castaño

El disparo le entró por la espalda, atravesó el pulmón derecho y le salió por el pecho, por un resquicio entre la cuarta y la quinta vértebra. El hombre se derrumbó sobre la acera, con los brazos abiertos y la boca inundada de sangre. Narices, jefe de la banda «Los Pinochos», recuerda que se acercó y disparó dos veces más. Las balas golpearon la nuca y la oreja izquierda. Por esa puntería cobró un millón de pesos, unos trescientos cincuenta dólares. El encargo lo había recibido días antes de un vecino acorralado por una deuda que no pensaba pagar. Fue un asesinato fácil. La víctima andaba sola, desarmada y con una rutina calcada. Lo sorprendió en un callejón, saliendo de la casa de una mujer a la que frecuentaba. Eran las diez de la noche y no había gente en la calle, sólo un perro sin cola que no atinó a ladrar.

Narices, además de puntería, tiene olfato: en enero, recuerda, por una suma siete veces mayor, desechó un encargo porque le olió raro, a misión sin regreso. Debía matar a un comerciante dentro de su casa sin disparar un solo tiro, ésa era la condición. A los diecinueve años Narices había asfixiado a un hombre y, a los veinte años, apuñalado a dos más. Al primero, dice, lo mató sin darse cuenta, en una riña de calle, después de quitarle una pistola. Lo sujetó por el cuello con los nudillos y se le echó encima, esperando que se calmara. Eran amigos y ya no recuerda por qué se fueron a las manos. Estaban ebrios. Los otros dos sujetos apuñalados fueron drogadictos del barrio, sentenciados después de violar a una niña sordomuda. La banda de la zona decidió congraciarse con los vecinos y matarlos a pedradas. Narices dice que antes los acuchilló para ahorrarles sufrimiento.

Pese a sus antecedentes, el jefe de «Los Pinochos» dice que se negó a asesinar al comerciante sin la ayuda de un arma de fuego. La casa quedaba en un lujoso condominio de El Poblado, el barrio más exclusivo de Medellín. Debía hacerse pasar por un funcionario de Cable Unión, una empresa de televisión por cable. Le dieron, incluso, una tarjeta de presentación para entregar al vigilante de la portería, del que le habían advertido que iba a revisarle la caja de herramientas y los bolsillos. La empleada del servicio autorizaría su ingreso y, una vez en la casa, Narices debía asesinar al hombre, que era mayor y andaba en muletas según le dijeron. Pero fue otro muchacho de «Los Pinochos» quien aceptó el encargo. Luego Narices se enteró por la radio: un reconocido comerciante había disparado contra un supuesto técnico de televisión por cable cuando éste había intentado apuñalarlo por la espalda con un destornillador. Según la versión periodística, el caso era una prueba del nivel de inseguridad al que había llegado esa zona de Medellín y de la confianza excesiva de algunos ciudadanos que contrataban personal sin confirmar sus antecedentes. Narices sabía que la idea de matarlo era de la esposa y de su amante, un contador que administraba los negocios de la pareja. No fue la primera vez que se salvó por decirle no a un negocio lucrativo.

«Los Pinochos» no recuerdan a cuánta gente han matado. No se acuerdan y prefieren no esforzarse por precisarlo. Sienten, quién lo creería, un pudor por ciertos crímenes cometidos, como ése de una joven y su hermana a las que terminaron matando porque con la impresión del asalto no habían sido capaces de recordar las claves de sus tarjetas bancarias. Pero también hay muertes de las que hablan con desenfreno: aquélla de un conductor al que acribillaron lanzándole una granada por la ventana de su casa porque le estaba pasando información a la policía. Narices ha asesinado a un comerciante por encargo de uno de sus socios. A un taxista, a solicitud de un familiar. A un abogado, a pedido de un cliente al que éste había embargado su casa y el sueldo. A un brujo, por encargo de la mamá de una de las mujeres que había violado mientras les hacía supuestas regresiones con narcóticos. Hubo un caso que, de puro miedo a que les cayera una maldición, rechazaron Narices y los suyos: el de un joven homosexual que quería vengarse de un sacerdote porque, según les dijo, éste se había quedado con un dinero de ambos. Un conocido de Narices les llevó la petición del joven al que nunca llegaron a ver en persona. El muchacho les ofreció como paga los cinco millones de pesos, unos mil seiscientos dólares que el sacerdote tenía guardados en una caja fuerte de la casa cural. Narices dice que matar a un cura, así sea marica, es pecado. Lo demás, casi todo, se puede pagar con arrepentimiento.

* *

 

La casa de Narices es una vivienda de dos cuartos, en una de las laderas que bordean Medellín. Es de ladrillo sin revocar, con techo de concreto y orificios estratégicos en los muros que dan a la ciudad, por los que es posible advertir el arribo de visitantes indeseables. Está en el segundo piso de una construcción abandonada que, a su vez, limita con un patio al que el jefe de «Los Pinochos» puede lanzarse si fuera necesario. Lo conozco desde hace años, desde mi época de redactor judicial. La vivienda está ubicada en Villa del Socorro, en la Comuna Nororiental de Medellín, de la que son parte medio centenar de barrios, algunos de ellos con la cifra de muertos y heridos por arma de fuego más alta del país. Ahora la casa no tiene muebles, sólo dos camas y una nevera descompuesta en la que Narices encaleta una escopeta doble cañón calibre 12, un fusil Aka 47 y un par de granadas de mano. El revólver, incluso mientras duerme, lo lleva consigo. Por eso no le gustan las pistolas, dice, porque son inseguras y se disparan solas. Las llama «dóberman», como esos perros negros que atacan incluso a quienes les dan de comer.

–¿Y los muebles?

–La familia se fue por la guerra –dice Narices–. Se llevaron las matas, las sillas, la mesa del comedor y los trastos de la cocina.

La guerra de la que habla fue con Los M., la banda de sicarios más peligrosa del norte de Medellín. El tropel fue por el control de la vacuna, un impuesto de seguridad que deben pagarle los empresarios de transporte a las bandas con influencia en los territorios donde están los parqueaderos de los buses. Nadie sabe cuántos muertos dejó esta guerra. Del lado de Narices cayeron El Mono, Negro, Corcho, Galil, Sandra, La Mueca, Chila, Carlangas, Nuri, Rosalía, Risitas, don Mario, El Pibe, Diego, Elizabeth, Piolín, Giovanni, Cholo, Trespuntadas y el viejo Santiago, un testigo de Jehová al que confundieron con uno de los miembros de «Los Pinochos». En esa guerra murieron, cuando menos, siete niños. Nadie se acuerda de ellos porque a su edad aún no tenían apodo.

–Vos siempre averiguando güevonadas –responde Narices a mi pregunta de cuánto cobra por matar a un hombre.

Su voz es gangosa, producto de haber perdido parte de las fosas nasales por el roce de un tiro de carabina. No es la primera vez que recurro a él para un trabajo de este tipo: muchas veces, cuando había tropeles en los barrios de la Comuna Nororiental de Medellín, lo busqué para que me diera información de primera mano. La nuestra es una relación de lucro. Yo me beneficiaba de los datos que me suministraba, y su familia de las bolsas de víveres que les subía de cuando en cuando. En la casa de Narices, aunque suelen correr fajos de billetes, rara vez hay comida suficiente. La plata de los negocios ilícitos es «plata del diablo», dicen ellos. Por eso se apresuran a gastarla en farras de dos y tres días que incluyen aguardiente o whisky, cocaína, carne asada y muchachitas, jóvenes hermosas que crecen en los barrios populares con una prolijidad desconcertante. Después de eso, los días vuelven a la incertidumbre de siempre.

Muy pocos sicarios, y Narices no es uno de ellos, invierten sus ganancias en el bienestar para sus familias. Las suyas son casas sucias, oscuras, con cortinas en los cuartos en vez de puertas, con sanitarios descompuestos que hay que vaciar con baldes de agua, con paredes desmoronadas por impactos de fusil y esquirlas de granadas, y con servicios públicos conectados de contrabando. Los duros –los patrones que dirigen las élites criminales del país y que deciden la mayoría de los grandes asesinatos y proveen las armas de alto calibre, los autos y las motos– sí saben para qué es este dinero. Ellos, a diferencia de los sicarios que contratan, suelen vivir en barrios de clase alta, con lujos ostentosos y esposas de cabellos tinturados y senos operados. Ellos, que posan de ciudadanos recatados y empresarios exitosos, se llevan los porcentajes más altos, invierten, abren negocios, toman vacaciones y mandan a sus hijos a colegios privados donde les enseñan inglés e historia del arte.

–Asesinar un man vale lo que cueste matarlo –dice Narices, con una lógica simple–. Si toca voltear mucho, vale mucho. No hay un promedio de cobro.

El promedio del que habla Narices se mide en millones de pesos. Hay meses de sesenta millones y meses de nada. Hace unos años las Autodefensas, el ejército paramilitar de la extrema derecha de Colombia, reclutó a la mayoría de las seiscientas bandas que operan en las periferias de Medellín y las obligó a rendirle cuentas a un patrón. Así los paramilitares crearon una suerte de liga de las estrellas con lo peor de cada barrio de la ciudad y declararon la guerra a las milicias subversivas, encargadas del apoyo logístico y militar a los frentes guerrilleros en las zonas rurales. Los sicarios recibieron la orden de asfixiarlas cerrándoles el paso de víveres, impidiéndoles reunirse con la gente, frenándoles el cobro de extorsiones y, sobre todo, asesinando a sus miembros y a todo aquel que les ayudara por convicción o temor. No hubo puntos medios en eso. La guerra entre sicarios y guerrilleros fue tan brutal que la ciudad experimentó un aumento en la estadística de homicidios, ya de por sí excesiva: trescientos noventa asesinatos al mes se cometían entonces, casi la misma cantidad de muertes que dejaría el accidente de dos Boeing 757 con todas sus sillas ocupadas.

Las bandas, encarnizadas con las milicias, ya no tuvieron tiempo de delinquir en nada más, lo que hizo que disminuyeran otros delitos como los asaltos a bancos y residencias. Para compensar a las bandas de sicarios, las Autodefensas repartían dinero entre sus miembros, les daban instrucción militar, mejoraban su armamento y, a las que se destacaban, les encargaban misiones especiales que, a su vez, eran retribuidas con creces. Una de las compensaciones más comunes era otorgar a una banda de sicarios el derecho de cobrar vacuna en su zona de influencia, estrategia que no siempre funcionó porque, como ocurrió con «los Pinochos» y Los M., en una misma zona podía haber más de un grupo armado. Pero los miembros de las bandas se acomodan igual que las fieras a los cambios climáticos. La capacidad para adaptarse es lo más sorprendente de los sicarios: si deben disputar una fuente de financiamiento, incluso con sus familiares o amigos, lo hacen sin dudar. Sentencian, acorralan, mutilan y matan sin dudar, con una eficacia profesional exenta de dudas o arrepentimientos.

–Si la vuelta es limpia, digamos sin necesidad de más karatecas que uno, puede valer un millón de pesos. Si toca montar operativo, echar mano de más de un fierro y pelarse feo, el taxímetro va subiendo los números: matar a un man que viaja escoltado puede valer treinta o cuarenta millones. Entre más gente participe en la vuelta, más cuesta.

Mientras habla, Narices le raya una cruz a una bala calibre 38. En la hendidura, con una jeringa hipodérmica, pondrá una gota de cianuro. A esa munición se le conoce con el nombre de envenenada y su impacto suele ser letal en cualquier parte del cuerpo.

–El sábado vamos a darle de baja a un hijueputa. Usted verá si nos acompaña periodista y toma nota de la cosa.

Narices se ríe pero habla en serio.

* * *

Djaffer es francés y acaba de llegar a Medellín. Usa ropa sucia, fuma en exceso y anda en sandalias. Ha cubierto, cuenta, la guerra de Kosovo y la invasión a Irak. Su padre fue reportero en Vietnam y su abuelo en la primera guerra mundial. Sin embargo, Medellín, incluso para alguien acostumbrado a la barbarie, es un campo de batalla con particularidades asombrosas que, me dice en voz alta Djaffer, quiere relatar. Conozco a muchos como él. Periodistas venidos de lejos con la ilusión de hacer el reportaje de sus vidas. La mayoría no tiene vínculo directo con ningún medio. Son cazadores que, una vez capturada la presa, negociarán su valor por teléfono con un editor que confunde a Colombia con Bolivia, que jura que en el Amazonas se come carne humana y que lo único que sabe de Medellín es que el más grande cártel de la droga del mundo llevó su nombre. Djaffer, como todos los demás, ofrece euros a cambio de información, pues está advertido –y ese quizás sea su mayor acierto– de que en Medellín la plata es dios, y viceversa.

Djaffer consigue un directorio telefónico y llama a los diarios donde algún redactor judicial, lo sabe bien, lo pondrá en contacto con el mundo criminal de la ciudad. Se presenta, por supuesto, como enviado especial y recalca aquello de haber estado en tales y tales guerras. Al tiempo descubre que, pese a su dramatizado aspecto de pordiosero y al hedor con el que aspira a espantar el riesgo de un secuestro, la gente le prodiga una atención esmerada, inmerecida. En los barrios descubre que los criminales de sangre fría que imaginaba son jovencitos risueños que juegan a imitarlo. Aún padecemos el complejo de los conquistados y nos vence el brillo de quienes llegan de lejos. Pero eso que facilita a Djaffer su trabajo es también su perdición, aunque a él poco le importa: los chicos, en su afán de recibir el botín de euros que aquel trotamundos ofrece, exageran las historias que cuentan, dramatizan los hechos, dan gusto al visitante. Cuando Djaffer pide ver sus armas, los chicos advierten su oportunidad. Una foto con revólver le costará quince billetes, le explican abriendo las manos. Una con fusil o granadas, treinta billetes. Por cien le sacan el arsenal que guste y le obsequian los ademanes que quiera: de ira, tristeza, desconcierto, indiferencia, dolor, gestos aprendidos de otros periodistas venidos antes. Djaffer accede gustoso. La cámara relampaguea una y otra vez. Está encantado: Medellín es una gran fábrica de sicarios.

En el hotel, después del agite de dos días, el extranjero se siente seguro: haber jugado con las fieras sin ser mordido le brinda confianza y entonces, por primera vez, advierte lo innecesario de la suciedad en la que anda. Se baña, al fin, se pone el reloj Tommy Hilfiger que creyó que sólo volvería a usar en el vuelo de regreso, y sale a recorrer los centros comerciales de la ciudad con su amigo, el periodista guía, encantado de mostrarle la otra cara de Medellín, la del progreso, la paz y la armonía social. El trabajo de los sicarios es cosa resuelta. Antes de salir le escribe un correo al editor internacional de alguna revista en París. Le cuenta el horror que se vive de este lado del planeta y le describe las fotos de niños con fusiles terciados, minutos previos a una confrontación. Después tasa la historia. Y el periodista francés, ahora con aspecto pulcro, sale del hotel a disfrutar de los placeres que en Europa le costarían una fortuna.

* * *

Al tipo lo mataron ayer, me asegura uno de los muchachos de la banda. Narices entra a la casa y, de inmediato, se lamenta de que no haya ido con ellos.

–Fue refácil. Lo fusilamos desde una moto. El mancito iba en taxi. ¡Qué bulla la que se armó! –dice y me extiende la mano.

Me tomo un tiempo. Siento que al darle la mano lo estoy felicitando por la muerte del hombre. Al fin reacciono y se me sale una pregunta idiota, un tipo de censura con la que intento dejar constancia de que estoy en desacuerdo con ese crimen.

–¿Vos no sentís remordimiento?

La mano de Narices está caliente y húmeda. La suelto al instante.

–Sí. Boté más tiros de los que necesitaba –responde, y se ríe.

Los demás celebran el comentario. Nos sentamos.

En otra época, antes de la guerra con Los M., Narices vivía con su mamá y sus hermanos, todos menores. Ahora vive con su mujer y dos hijos de cinco y siete años. Por ellos es que se sacrifica, dice, por darles de comer. Los niños huelen a orines. Están descalzos y sucios. La mujer, en la habitación contigua, escucha el comentario y le pregunta si piensa comprar comida. Es una pregunta oportunista. Narices intenta disimular su enfado, la llama y le pasa tres billetes de veinte mil pesos, algo más de veinte dólares. Después le recuerda que, entre las cosas que vaya a traer de la tienda, le incluya una botella de aguardiente. Con esa cantidad, pienso, comerán unos cuatro días.

–Esta vuelta fue un favor que le debía a un viejo. Por eso le cobré poquito. Todavía me debe la mitad.

–Cuando necesitás una moto, ¿cuánto le pagas al que la maneja?

–En un mandado todo mundo va por igual. El riesgo es para los dos, por eso no se hace diferencia. En esto la vaina es por mitades.

–¿De esta vuelta cuánto le quedó a cada uno?

–Como doscientos mil pesos. La moto era alquilada y tocó pagarla.

La renta de autos y motos es cosa rutinaria en los barrios. Todos, sin excepción, son vehículos con papeles falsos y números de placa adulterados que se alquilan por horas o días.

Una moto de alto cilindraje, trescientos mil pesos, unos ciento cincuenta dólares.

Un auto tipo taxi –el más usado por su camuflaje natural– vale quinientos mil pesos.

Una camioneta, tres millones.

Y las armas, cuando hacen falta, también se alquilan:

Un revólver, quinientos mil.

Una pistola, un millón.

Un fusil galil, millón y medio.

Una subametralladora, dos millones.

La oferta incluye chalecos antibalas, cada uno en un millón. Brazaletes de la Fiscalía a cien mil, o tres por doscientos mil.

Los precios varían de acuerdo al grado de dificultad de la vuelta. El asesinato de alguien importante, que anda por lo general con escoltas y auto blindado, demanda otra logística y los costos se elevan porque quienes proveen las armas y los autos conocen los riesgos y el dinero que por lo difícil de la misión suelen exigir los sicarios. Pero esos crímenes son raros, incluso en Medellín, una ciudad donde las estadísticas oficiales reportan una disminución en el número de asesinatos. En el 2001, en la guerra entre bandas de sicarios y milicias guerrilleras, Medellín sumaba cuatro mil homicidios al año. Hoy la cifra apenas supera los dos mil homicidios.

–Por ahí me hablaron de un periodista francés que necesitaba unas fotos y que botaba billetes como escupiendo. Al fin nunca llamó –dice Narices–. Y a usted, periodista, ¿cuánto le van a pagar por el artículo?

Narices se queda viéndome, esperando una respuesta. Un joven entra corriendo. Lo conozco: le dicen Mosco, aún no sé por qué. Es tartamudo y cuentan que tiene la mejor puntería de la banda. Trae una bolsa de monedas.

–Vea, que aquí le mandan –dice con voz entrecortada–. Me dijeron que los tiros dieron todos en la cabeza y que con uno de ésos había quedado listo.

–Lo dicho, periodista: boté balas –se lamenta Narices, mientras recibe la bolsa.

Ésa fue la parte de la paga por el hombre asesinado el día anterior. Para asegurar el trabajo, Narices exigió quinientos mil pesos de adelanto. Una parte, unos doscientos mil, se la quedaron de dar en monedas de quinientos pesos. Quien lo contrató fue un chofer de bus que se comprometió a completar la paga días después con un equipo de sonido, un televisor a color y un par de botellas de aguardiente.

–En días de paz como éstos, no se le puede decir que no a un conocido –explica Narices, como disculpándose.

Poco a poco Narices volverá a amoblar su casa.
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