CRÓnicas. José alejandro castañO






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El drama de los hijos negados.

Por fuera, el estadio donde entrena la selección nacional de Surinam parece una fábrica de tornillos abandonada. La imagen de desolación –vigas de metal oxidadas incrustando como colmillos las inmundas paredes bañadas de orines– habla por sí sola. Hacer una metáfora con el fútbol surinamés (“Siempre pierden”) sería redundante. Mario Sowidjojo tiene el cabello muy cortado, estático y puntiagudo como el de un erizo, una camisa celeste, un enorme anillo de oro que son dos manos estrechándose, y una corbata negra con dibujos de automóviles de colores. Ahora estaciona su automóvil “con timón al otro lado” afuera del estadio y ordena que no tome fotografías. “Cuando hables con el presidente de Surinaamse Voetbal Bond sí, antes no. No permitido”, dice. El torpe español de Sowidjojo, aprendido en Venezuela, tiene cierto tono tarzanesco de imposición: tú hacer, tú no hacer. En este caso, no puedo fotografiar el estadio en ruinas porque a él no le da la gana. Todos nuestros países tienen sus propias miserias, y al principio pensé que Sowidjojo no quería mala publicidad para las suyas. Pero era más una deformación profesional: ser miembro de la seguridad del presidente de un país pacífico y anónimo debe de ser muy aburrido, y hay que imaginar intrigas hasta debajo de las piedras (más tarde me diría: “Si fotografías cuartel militar, vas a cárcel, chico”). Sowidjojo es una buena persona, pero anda preocupado por nada.

 

La Surinaamse Voetbal Bond a la que se refiere es la Federación de Fútbol de Surinam. Su presidente es Louis Giskus, un hombre delgado de apariencia tranquila y cabello gris. “El espíritu de nuestro fútbol es amateur”, explicaría un espiritual Giskus días después, buscándole una razón ingenua al pobrísimo nivel de su fútbol. En Surinam no hay una liga profesional, y los pocos clubes que existen –con futbolistas que tienen “verdaderos” trabajos que les dan de comer– arman un campeonato donde el objetivo recuerda a la génesis del deporte: jugar por jugar. Y está bien, pero sus triunfos y derrotas quedan en casa; porque afuera, en el mundo real, no le ganan a casi nadie. ¿Cómo entender que en Holanda los hijos de Surinam metan los goles que aquí hacen tanta falta? La realidad es cruel y paradójica: el listado de apellidos célebres es bastante más largo de lo que uno puede deletrear de memoria (Davids, Kluivert, Seedorf, Gullit, Rijkaard). El presidente de la Federación diría luego que hay unos ciento cincuenta jugadores surinameses pateando una pelota en las divisiones profesionales de Holanda. Ciento cincuenta es bastante gente. Mario Sowidjojo por fin ingresa al estadio y contempla las tribunas celestes de madera gastada, las graderías populares que sirven de depósito de basura, el césped mal cortado. Es obvio que el lugar tenga la triste apariencia del abandono: los futbolistas se fueron de allí apenas tuvieron la oportunidad.

 

–¿Dónde te gustaría jugar? –le preguntaría una noche a Giovanni Drenthe, uno de los mejores futbolistas de la sub-17 de Surinam, un muchacho de dieciséis años, negro y flaquísimo como una escopeta.

–Afuera –fue su rápida respuesta.

 

Es la típica angustia del Tercer Mundo: hay que salir para ser alguien.

 

Pero ahora es la una de la tarde de un lunes de octubre y el calor agobia: la ciudad-sauna, purgatorio-capital de Surinam, no es apta para la manga larga. Ni para el trabajo. En Paramaribo no es común encontrar una oficina abierta después de la 1 de la tarde, hora en que el sol despliega toda su fuerza en contra de los seres humanos. Mario Sowidjojo ordena que es hora de almorzar. “Comida javanesa, chico”. Su automóvil “con timón al otro lado” avanza por las estrechas calles de Paramaribo sin señalizar. La única señalización visible son los letreros amarillos con los nombres de las calles. Zwartenhovenbrugstraat, Schimmelpenninckstraat, Onafhankelihkheidsplein. “Es un lugar muy extraño, de gente muy extraña”, me había dicho semanas atrás, acerca de Surinam, una periodista venezolana que trabajó en Paramaribo algunos meses. Lo extraño, en todo caso, es que quede tan cerca de Venezuela y sea tan distinto. Desde el telescopio de Sudamérica, Asia, África y hasta Norteamérica pueden ser mundos opuestos, pero lo que uno espera de un vecino es encontrar similitudes.

 

Sowidjojo tenía razón: Surinam es una isla.

 

En Keizerstraat, una de las calles principales del centro, hay una enorme mezquita al lado de una sinagoga, y no hay hombres disfrazados de bombas que detonan en las esquinas. Hay templos hindúes que nunca terminan de construirse del todo, y música de Naks Kaseko –una mezcla de guitarras tropicales y tambores africanos– que escuchan los taxistas indostaníes. Los indostaníes conversan en sarmani, una variante del hindi. Hay cientos de joyerías manejadas por chinos que hablan en chino, Chan Chi Pin, Li Tak Sing, Liang Lung, y bazares donde puedes comprar desde una peluca dorada hasta falsas camisetas del Barcelona de España y euros de juguete. La mayoría de construcciones son de viejas tablas de madera, algunas sin pintar, otras deshabitadas que tienen la apariencia de casas embrujadas. “La gente se va, chico.” Y se ríen todo el tiempo. Por Wagenwegstraat avanza un automóvil que tiene una inscripción en uno de sus lados: “Cosmetic for exotic skin tones”. Todos se ven distintos, y sólo en sus anillos, cadenas y pulseras doradas se parecen. Repletos de oro, negros, chinos, indios, javaneses y blancos viven en armonía, haciendo resplandecer en sus cuerpos, con el sol, su máxima semejanza.

 

El sol achicharra las pistas, donde no hay adoquines. Los motociclistas circulan sin casco, a toda velocidad, y son cientos; los autobuses blancos con figuras del cine indio avanzan vaporosos, repletos de sudores enlatados, zigzagueando entre motociclistas que gritan en sranang tongo, rebasando árboles frondosos y peatones de piel morena que se hacen a un lado en las apretadas veredas. “Coño, es que los negros caminan mucho”, responde Sowidjojo a una pregunta obvia si eres testigo de la calle: ¿La mayoría de surinameses son negros, no? No, es que los negros son los que caminan. Más de una persona me diría lo mismo. No existe racismo en el comentario. Hay javaneses preparando comida, indostaníes que se la llevan a la boca con la mano, negros que caminan, chinos que venden joyas, árabes en el negocio de las telas, brasileros en busca de oro, y cualquier surinamés parece estar obligado de brindarle al forastero ese dato crucial: cada rostro corresponde a una raza distinta, y hay que estar enterado. De pronto, Sowidjojo hace un ruido con la boca (hummm), como si le hubiesen puesto un dulce de chocolate en las narices, y toca el claxon dos veces: “Mira esa indostaní, chico, linda indostaní”. La indostaní pasa por delante del auto, impávida, tal vez anestesiada por el sol: treinta y seis grados centígrados, o más. Bajo este clima infernal, es común ver muchachos jugando fútbol en la calle, pateando una pelota de trapo en algún terral de Paramaribo. La imagen es tierna en el sentido deportivo, pero cruel en cualquier otro sentido. Una pelota de trapo en una cancha de tierra: ¿Por qué las metáforas siguen siendo redundantes?

 

 

–Nuestros jugadores con nacionalidad holandesa no pueden jugar por Surinam –diría Louis Giskus, el presidente de la Federación, tratando de encontrarle una razón a tanto descuido.

 

Teniendo tantos jugadores profesionales en Holanda, las derrotas tienen una explicación sencilla: a los surinameses de allá no los dejan jugar por su país de origen. Es el momento de despejar el enigma migratorio. “El Gobierno de Surinam no acepta la doble nacionalidad”, dice Giskus, como sí sucede en Guyana o en otros lugares del Caribe. En la selección de Trinidad y Tobago, país que clasificó al último mundial de Alemania, hay jugadores con pasaporte inglés que juegan al fútbol en Inglaterra. Según los entendidos, cuyo entendimiento es casi rudimentario –se basan en la obviedad de los resultados–, el futuro exitoso del fútbol surinamés pasa por copiar esas reglas. De los ciento cincuenta jugadores allá, “no todos podrían jugar en la selección holandesa, pero sí los podríamos usar en Surinam”, sueña Giskus en voz alta. ¿Y por qué no?

 

–Es una decisión política –dice el presidente de la Federación.

 

El periodista deportivo Quaraisy Nagessersing, director ejecutivo de una cadena de televisión que lleva las siglas de su nombre, QN, me había dicho antes que los políticos tienen miedo: “Creen que si cambian la regulación, la gente de otros partidos que está en Holanda también podría postular en las elecciones de Surinam y ganarle al actual partido”. La lógica del poder desbarata las redondas ilusiones. Pan y circo, pregonaban los antiguos romanos para adormecer a su pueblo. El fútbol actual también es un aparato político, pero en Surinam parece funcionar al revés. “A nuestro presidente no le gustan los deportes”, me dijo Nagessersing, y la explicación, aunque es razonable, no se entiende. Sucede en el fútbol como en la vida: una vez que abandonas Surinam es como si perdieras tu derecho al pasado. Decir: “Tengo un hermano en Holanda” es igual a decir “Tengo un pariente holandés que alguna vez fue de Surinam”. Tal vez muy pocos saben de la existencia del país porque su gran producto de exportación –su gente– enseña otro pasaporte en los aeropuertos.

 

Mario Sowidjojo, por ejemplo, tiene a un hermano en Holanda, dueño de un restaurante de comida indonesa. Lo dice mientras comemos nasi rames, una mezcla de arroces de distintos colores, un espagueti llamado bami, y una ensalada de pimienta y maní que tiene el nombre de pitjel. Deliciosa y picante. El restaurante se llama Sarinah y queda a cinco minutos del centro de Paramaribo. En realidad, cualquier lugar queda a cinco minutos del centro: el nuevo mall al que todos van el fin de semana, el restaurante ´Tvat (barrilito), repleto de turistas holandeses con erisipela, el estadio en ruinas. Luego de almorzar con Sowidjojo, regresaría a ese estadio para ver un entrenamiento de la selección nacional de fútbol (y tomar fotografías). Ya es de noche en Paramaribo y corre una ligera brisa que permite caminar sin sudar. Los jugadores surinameses van de un lado a otro con la pelota, pero sin patear al arco, alumbrados apenas por las luces tenues que disparan las torres. Los titulares visten de amarillo. Los suplentes, de rojo. El entrenador se llama Keeneth Jaliens y es tío de otra superestrella del fútbol holandés, Keyew Jaliens, quien participó, aburrido en la banca de Holanda, en Alemania 2006. El entrenador de Surinam es tan flaco que parece un corredor de Kenia, y lleva puesta una camiseta roja que le queda grande. La práctica de hoy terminó a cero goles y los jugadores de Surinam descansan haciendo bromas, riéndose y arrojándose vasos de agua unos a otros. Tres veces por semana, siempre de noche, practican en esta cancha para jugar un campeonato contra algunas islas del Caribe. Jaliens se ha sentado en una de las tribunas y dice que el fútbol en su país jamás mejorará si antes no se hace algo con la estructura. No se refiere a la estructura del estadio –no hace falta– sino a la de la organización. “Sin liga profesional, los jugadores no tienen oportunidad”, se queja.

 

–¿Y su sobrino?

–Mi hermano se fue a los dieciocho años. Keyew nació allá –dice, por si algo no me quedó claro.

 

Allá está el verdadero mundo. Acá, el estadio que parece una fábrica abandonada.

 

***

 

La ciudadanía precoz.

–No he visto chinos de Surinam que jueguen por el AC Milan –dice Johan Seedorf, padre del aún jugador del AC Milan de Italia, Clarence Seedorf.

 

Su testimonio tiene la rudeza de un golpe en el abdomen, pero papá Seedorf no parece preocupado por lo políticamente correcto. Además, en un país que trata de comprenderse como nación, aun marcando las diferencias en la fisonomía de sus ciudadanos, el dato –viniendo de un surinamés de raza negra– suena tan relevante como ordinario. Davids, Kluivert, Seedorf, etcétera, son descendientes de hombres de piel oscura venidos del África. Ni chinos ni javaneses ni indostaníes ni nativos sudamericanos, “los buenos jugadores son los negros”, golpea otra vez Johan Seedorf, cómodamente sentado bajo una de las tres glorietas construidas en el inmenso complejo deportivo que lleva el nombre de su hijo más famoso. Hasta allá lo fui a buscar para preguntarle si él también creía, como pregonan sus compatriotas más entusiastas, que hay algo mágico en su tierra, una bendición que los hace reproducir, como en una fábrica de talentos, jugadores excepcionales.

 

Para llegar al Clarence Seedorf Sport Complex hay que tomar una suerte de carretera de un solo carril, al sudeste de Paramaribo, y enfilar primero por la orilla del río Surinam, sinuoso y marrón como una serpiente de chocolate, hasta llegar a una zona boscosa salpicada de espacios residenciales. A la derecha de la pista, lejos ya de la ciudad –aunque la lejanía, en Paramaribo, puede ser de unos quince minutos, o menos– hay una tranquera cerrada y una muralla blanca sobre la que cuelga un cartel con la fotografía de Clarence Seedorf. Aquí es. En la imagen que custodia el complejo, el jugador del Milan tiene la mano derecha sobre el corazón, como algunos devotos a la patria suelen hacer para cantar sus himnos nacionales.

 

Seedorf es holandés.

 

Tenía apenas dos años cuando su padre se mudó a Holanda. Ahora, bajo el cielo tropical de Paramaribo, una fotografía suya en blanco y negro lo muestra sonriente, peinado hacia atrás con esas trenzas largas que solían columpiarse con el viento en contra cuando jugaba en el Real Madrid, a fines de los años noventa. En la fotografía, Seedorf también usa un bigote apenas perceptible y unos lentes oscuros que no permiten interpretar su mirada. En todo caso, a veces son las interpretaciones las que generan más preguntas. ¿Por qué Surinam exporta futbolistas tan buenos?

 

–Hay algo biológico en la gente de Surinam –dice papá Seedorf–, pero no creo que la respuesta sea Surinam.

 

Él ya fue contundente con su punto de vista –su golpe abdominal–, aunque la verdadera razón obligue a cruzar, imaginariamente, un océano. “El problema de nuestro fútbol es de mentalidad –me dijo el periodista Quaraisy Nagessersing–. Si hace frío, el jugador de Surinam dice no, me quedo adentro. No entrena.” Pero el sol de Surinam contrasta con el frío holandés y las mentalidades tienen la misma temperatura. Los jugadores de Surinam que destacan en Holanda emigraron a una edad que quizá no les permite tener memoria del sol, como Seedorf, o nacieron allá, luego de que sus padres fueran en busca del sueño europeo. Es el caso de Patrick Kluivert, máximo goleador de la historia del fútbol holandés, o de Frank Rijkaard, ex entrenador del Barcelona de Leonel Messi.

 

–Mi hermano se fue de Surinam cuando tenía nueve años –me contó Mr. Castelen acerca de Romeo, “el Diamante de Surinam”.

 

Los buenos se marcharon temprano. En ese panorama de exitosas migraciones infantiles, Giovanni

Drenthe, el muchacho de dieciséis años, flaco como una escopeta, ya es casi un anciano para ser apodado “el Siguiente Kluivert”. ¿Dónde te gustaría jugar? “Afuera”. Desney Romeo, un famoso periodista deportivo de la TV de Surinam que había estado allí para escuchar esa respuesta –y traducirla del sranang tongo al inglés–, me había dicho que Drenthe es muy bueno, pero ya no para triunfar en Holanda.

 

–¿Como quién te gustaría ser? –le pregunté a un niño que pateaba una pelota de trapo contra una pared de madera, cerca de las oficinas principales de la compañía telefónica de Surinam.

 

–Como Clarence Seedorf –respondió, con una sonrisa para dentistas.

 

En Paramaribo corre el rumor de que Seedorf es el único jugador surinamés en Europa que quiere invertir en su país de origen. Construir un complejo deportivo para que nazcan los futuros futbolistas –y crezcan sin necesidad de mirar a Holanda– es un regalo poco común. Querer ser como él, en una nación pobre como Surinam, es casi como pretender, de grande, ser astronauta o superhéroe. En todo caso, las tres posibilidades son difíciles.

 

Los niños quieren ser como sus ídolos y crecen bajo la leyenda de que pueden lograrlo. Sin embargo, de los ciento cincuenta futbolistas surinamenses en Holanda, el mundo ha tenido noticias de muy pocos. Recítelos de memoria. Si algo se sabe de ellos, es que son holandeses. En eso consiste el fin de la leyenda: Surinam no produce superfutbolistas; en todo caso, Davids, Kluivert, Gullit o Rijkaard no han sido estrellas del fútbol por tener raíces en Surinam, sino que triunfaron como podría hacerlo un ciudadano cualquiera de los Países Bajos. Lo mismo ocurre con Seedorf, así su padre parezca más preocupado por su color de piel. Hay que salir temprano para ser alguien, y esa es la fórmula secreta del éxito. Cuando Surinam se independizó, unos cuarenta mil surinameses eligieron la ciudadanía holandesa. Pasando en limpio esas cifras: la mitad de la fuerza laboral huyo del país. Lo que pudo parecer una novedad, ya sucedía desde mucho antes.

 

–Se ha dicho que Rijkaard llevó al fútbol la moda del mestizaje, ¿qué quiere decir esto? –le preguntó un periodista español al ex entrenador del Barcelona.

–¿Yo, mestizo?, sí, de madre holandesa –contestó Rijkaard.

–Acabáramos, entonces es su padre quien llegó de Surinam. ¿Cuándo llegó a Holanda?

–En los años cincuenta.

–¿Tiene aún familia en Surinam?

–Sí, pero sólo los he visitado una vez que jugamos allí con el Ajax, en los años ochenta.

–O sea que usted no aprendió a jugar en la calle, como los niños de Brasil y Surinam, por ejemplo.

–¿Yo? Sí, sí, en las calles de Ámsterdam.

 

Hace unos minutos empezó a caer el diluvio en esta otra esquina del mundo, y papá Seedorf –cuarenta y nueve años, Rolex de oro, cadena de oro, un anillo de oro en cada mano– tuvo que refugiarse bajo el techo de una de las glorietas. El Clarence Seedorf Sport Complex tiene más de un kilómetro de largo, y a lo lejos se pierde entre los enormes árboles de maripa y can can trie. En la cancha principal, custodiada por una moderna tribuna para unas cuatrocientas personas, sólo hay unos sabakus blancos y estirados, pájaros que bajo la lluvia se alimentan de las semillas del césped. En la tribuna y al lado de ella hay camerinos y habitaciones que llevan el nombre de los equipos por los que pasó Clarence Seedorf –Real Madrid, Ajax, Sampdoria, Internationale, AC Milan–, construidos con una visión cronológica de la arquitectura. El complejo, dice papá Seedorf, se construyó porque el sueño de su hijo es regresar a su país para ayudar. “Quiero ser como Clarence Seedorf.” Las mejores instalaciones deportivas del país han sido levantadas con dinero que viene directamente desde Milán. “Clarence es deportista y el camino más fácil para ayudar era a través del deporte”, dice papá Seedorf. El complejo, con estadio incorporado, aún no empieza a funcionar como tal, y el patriarca de la familia prefiere no dar fechas, que es la fórmula más inteligente de cumplir objetivos.

 

–¿Qué piensa del ejemplo de Seedorf de construir un estadio? –le preguntaría al presidente de la Federación, Louis Giskus.

–Ese estadio, en este momento, es privado –sería su lacónica respuesta.

 

En el Tercer Mundo, lo que no es gubernamental suele funcionar de maravilla.

 

Días después, paseando por Paramaribo en el automóvil “con timón al otro lado” de Mario Sowidjojo, el miembro de la seguridad me preguntó si quería entrevistar al anterior presidente del país, Jules Wyjdenbosch, “un hombre que apoyó mucho el deporte”, dice.

 

–Bueno, hay que llamarlo.

–No, vamos a buscarlo –propuso, como quien pretende hacer una visita inesperada a un viejo amigo.

 

Sólo que Wyjdenbosch no es amigo de Sowidjojo, así que la propuesta no sonaba muy sensata. Nadie busca a un ex presidente sin una invitación previa. Pero allí estábamos, afuera de la casa de Jules Wyjdenbosch, en el barrio de Geyersvlyt, una zona de gente adinerada al norte de Paramaribo. En su cochera hay tres automóviles de lujo, uno de ellos blindado, y una camioneta blanca doble tracción. Presidente de Surinam desde 1996 hasta el 2000, la gente parece recordar a Wyjdenbosch por dos motivos principales: 1. Construyó el puente más grande del país, que lleva su nombre y que une, a través del río Surinam, Paramaribo con el distrito de Commewijne. 2. “Apoyó mucho el deporte.” También hay quienes dicen que robó, pero el puente, sin duda, parece más importante.

 

Nunca supe por qué aceptó recibirnos, pero supongo que así se solicitaban entrevistas cuando en el mundo la gente conversaba sin mucha burocracia. Es como si Surinam hubiese hecho pause en el tiempo. Además, ya se sabe, hay cosas muy extrañas en Surinam, y uno no puede pretender encontrarle una explicación a todo. “Regresen en media hora”, fue lo que le dijo alguien a Sowidjojo, y entonces regresamos media hora después. Nos hicieron pasar a una habitación con aire acondicionado, unos muebles de cuero negro, y poca luz, dominada por un cuadro amarillo con un collage de fotografías de Wyjdenbosch acompañadas del escudo de Surinam (dos indios, un barco navegante y una estrella de cinco puntas que representa los cinco continentes de donde provienen los habitantes del país). Wyjdenbosch es descendiente de africanos, un hombre alto de movimientos lentos.

 

–Escucha –es lo primero que dice luego de sentarse en un escritorio, dándole la espalda al cuadro amarillo–, como presidente de Surinam apoyé el deporte porque creo que es una de las principales cosas en la vida de la gente y de la sociedad.

 

Su discurso parece memorizado, como si lo hubiese repetido muchas veces. El ex presidente Wyjdenbosch viste una camisa celeste a cuadros y jeans anchos. Estoy algo desilusionado por su aspecto de jubilado con mucho tiempo libre. Tal vez me recibió porque estaba muy aburrido. “Lo que yo quería –dice el ex presidente– es empezar a organizar el fútbol con niños por debajo de los nueve años.” Wyjdenbosch usa el tiempo condicional en pasado para referirse a sus metas incumplidas. Quería. Es decir, quiso, pero no pudo. Los problemas del país fueron más grandes que sus posibilidades: el ochenta por ciento de la población de Surinam vive por debajo de la línea de pobreza y los niños abandonan las escuelas como quien se cambia de zapatos. Al final, el país no es tan distinto a sus vecinos del sur. “Países en desarrollo”, les dicen, para ocultar dramas mayores. Johan Seedorf lo había explicado mejor: “Si un padre está distraído buscando comida, no tendrá tiempo para dedicarse a sus hijos”. Menos para crear estrellas del fútbol. ¿Por qué entonces fue distinto con su hijo?

 

–Clarence tenía talento –explica papá Seedorf abandonando la glorieta, mientras un tímido sol empieza a evaporar los charcos de agua– y, quien sabe, quizá nació con talento porque fue creado en Surinam.

 

A los pocos minutos vuelve a llover, esta vez con más fuerza. Es imposible entender Surinam –y a los surinameses–. Cuando todo parecía más claro, resulta que sigue siendo posible nacer aquí para ser apodado “el Siguiente Kluivert”.
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