Capítulo 1






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Suzanne Enoch



Serie Anillo 02

Encuentro a medianoche



Capítulo 1


Lady Victoria Fontaine echó la cabeza hacia atrás y prorrumpió en carcajadas.

—¡Más rápido, Marley!

Agarrada a ella, el vizconde Marley la aferró con más fuerza y comenzó a girar de forma aún más temeraria. Las demás parejas huyeron a los rincones del salón de baile a pesar de las atrayentes notas de la música, sus miradas y susurros de envidia no eran más que un borroso remolino. Ésta sería la última vez que sus padres la mantuvieran confinada en casa durante tres días. Enseñarle comedimiento a ella… ¡Ja! Extendió los brazos al tiempo que reía prácticamente sin aliento.

—¡Más rápido!

—Me estoy mareando, Vixen —dijo Marley, sus palabras sonaron amortiguadas por la arrugada seda verde del vestido de ella. La alzó aún más alto en el aire.

—¡Pues gira en el otro sentido!

—Vix… ¡Maldición! —Marley dio tumbos, se tambaleó y ambos se precipitaron al reluciente suelo de la pista de baile.

—¡Huy! —Vixen volvió a echarse a reír mientras un enjambre de admiradores se lanzaban en picado a ayudarla a ponerse en pie. El pobre Marley tuvo que escapar a gatas para evitar ser pisoteado.

—¡Por los clavos de Cristo, sí que ha sido divertido! —Victoria se tambaleó hacia un lado, parpadeando, mientras la habitación seguía dando vueltas y hundiéndose.

—¡Vaya, Vixen! —le susurró de un modo íntimo Lionel Parrish, levantándola contra él—. Casi le enseñas tu ropa interior al duque de Hawling. No podemos permitir que vuelvas a caerte de nuevo y le provoques una apoplejía.

—Me siento como un molinillo, Lionel. Haz el favor de ayudarme a sentarme.

Una vez que Vixen estuvo en pie, varios de sus admiradores se apiadaron de Marley y lo levantaron también. Él se dejó caer en la silla junto a ella cuando encontraron acomodo en un lateral de la habitación.

—Diantre, Vixen, has hecho que me maree.

—Necesitas una constitución más firme —dijo ella, riendo y sin aliento—. Que alguien me traiga un ponche, si sois tan amables.

Inmediatamente la mitad de la manada se dispersó en dirección a la mesa de los refrescos mientras que la otra mitad ocupaba sus puestos vacíos. Los músicos se apresuraron a tocar una contradanza. Cuando la pista de baile volvió a llenarse, Lucy Havers se escabulló de la vista de su madre y corrió a sentarse al otro lado de Victoria.

—¡Dios mío! ¿Estás ilesa? —exclamó, agarrando la mano de Vixen.

Victoria le apretó los dedos.

—Completamente. Marley amortiguó mi caída.

Él la fulminó con la mirada.

—Si fueras una mujer más alta, Vix, ahora mismo estaría muerto.

—Si hubiera sido una mujer más alta, no me habrías alzado en el aire como si fuera la bandera de la victoria. —Volvió a volcar su atención en Lucy mientras sonreía de oreja a oreja—. ¿Tiene remedio mi pelo?

—En su mayoría. Has perdido una peineta.

—La tengo yo, Vixen —anunció lord William Landry, sujetando la delicada pieza de marfil—. Te la devolveré… a cambio de un beso.

«Vaya, menuda sorpresa.» Tratando de enderezar sus tirabuzones oscuros como la medianoche, los cuales definitivamente se habían torcido a un lado, Victoria favoreció al tercer hijo del duque de Fenshire con una sonrisa especulativa.

—¿Sólo un beso? Ésa es mi peineta preferida, ¿sabes?

—Tal vez podríamos negociar algo más después, pero un beso será suficiente por el momento.

—Muy bien. Lionel, besa a lord William por mí.

—Ni por quinientas libras.

Todos rieron mientras que Victoria suspiró para sus adentros. Cuanto más lo aplazara, más se recrearía él e insinuaría que estaba en deuda… y maldito fuera todo, aquélla era su peineta preferida. Se levantó, se enderezó la falda y se acercó a William Landry. Se puso de puntillas y le rozó la mejilla con sus labios antes de que éste pudiera interceptarla para propinarle un beso más sonoro. Apestaba a brandy, pero aquello no suponía ninguna sorpresa.

—Mi peineta, por favor —dijo, tendiendo la mano e incapaz de sofocar la expresión jactanciosa de su cara. Él ya debería saberlo; nadie derrotaba a Vixen.

—Eso no cuenta —protestó William con el ceño fruncido mientras el resto se carcajeaba de él.

—Pues a mí sí que me pareció un beso —dijo Marley, solícito.

—¡Chitón! —ordenó Lucy—. Lady Franton nos está mirando.

—Esa vieja bruja —farfulló William, y le entregó la peineta—. Si estuviera más rígida, se encontraría a seis pies bajo tierra.

—Puede que necesite que le den unas vueltas —sugirió Lucy al tiempo que dejaba escapar una risilla.

—Se me ocurren varias cosas que le hacen falta —añadió Marley hoscamente—. Aunque yo sí que tendría que estar a seis pies bajo tierra antes de ofrecerme a proporcionárselas.

Lucy se puso como la grana. A Victoria no le molestaba que se hablara con franqueza, pero tampoco quería que las pocas amigas civilizadas que tenía se apartaran de ella. Golpeó a Marley en los nudillos con su abanico.

—Déjalo.

—¡Ay! Ya estás otra vez defendiendo a los oprimidos, ¿verdad? —Se frotó los nudillos—. La de lady Franton es más altruista que tus habituales causas benéficas.

—Eres una mala influencia, Marley —le dijo, comenzando a sentirse irritada. Estaba acostumbrada a los coqueteos e insultos con respecto a su preocupación por los menos favorecidos, pero parecía que a su corte de admiradores no se les ocurría nada nuevo de qué hablar—. Creo que no voy a volver a dirigirte la palabra.

—Hum. Qué mala suerte, Marley —señaló Lionel Parrish—. Haz sitio al siguiente.

Velozmente, sus admiradores comenzaron a empujarse entre sí por ocupar la posición, y Victoria no estaba muy segura de si estaban bromeando o si la cosa iba completamente en serio. Todos esperaban que se sintiese halagada por su atención pero, a decir verdad, aquello comenzaba a resultarle aburrido. Quedarse encerrada tras las puertas de Fontaine House casi le resultaba una idea atractiva en comparación. Casi.

—He decidido hacer un voto —declaró.

—No de castidad, espero —replicó lord William con otra risotada.

Las carcajadas hicieron fruncir el ceño a Lionel Parrish, que se acercó un poco más a Lucy.

—Éste no es el lugar adecuado para ese tipo de charla.

—Cuidado con tus nudillos, William —convino Marley, apartando las manos del alcance de Victoria.

—Mi promesa es igual de perjudicial para usted, lord William —repuso Victoria. Gracias a Dios que sus padres se encontraban en la galería de retratos de lord Franton admirando sus nuevas adquisiciones. El de William era sólo uno de tantos comentarios de esa noche que ayudarían a convencerlos de enviarla a un convento—. De ahora en adelante me propongo hablar únicamente con hombres de bien.

Su pronunciamiento fue recibido por expresiones asombradas, hasta que Stewart Haddington comenzó a reír.

—¿Es que conoces a alguien que no sea un sinvergüenza, Vixen?

—Hum —meditó, tratando de recuperar el equilibrio y el sentido del humor. Quizá las vueltas que le había dado Marley la habían trastornado—. Ése es el problema. Marley, tú debes conocer a algunos caballeros agradables. Ya sabes… esos a los que siempre rehúyes.

—Desde luego que conozco alguna que otra momia decrépita. Pero te harían llorar de aburrimiento en un santiamén.

Él se acercó más a ella, tratando obviamente de reclamar su habitual puesto a su lado, pero Victoria fingió buscar a Lucy y se apartó. No sabía por qué, pero por lo visto esa noche no podía sacudirse de encima la sensación de que todo aquello ya lo había hecho antes, y que ni siquiera entonces había sido demasiado divertido.

—¿Cómo sabes que me aburriría?

—Los hombres buenos son aburridos, querida. Por eso estás aquí conmigo.

—Con nosotros —le corrigió lord William.

Victoria les miró a todos ellos con el ceño fruncido. Desgraciadamente, Marley tenía razón. Los hombres buenos eran aburridos, altaneros, relamidos e intolerantes. Y su repertorio de cumplidos en relación a su aspecto e insultos a sus ideas era igual al del resto. Al menos los granujas accedían a darle vueltas.

—Tan sólo os aguanto, caballeros, porque resulta evidente que no tenéis otro sitio dónde ir —declaró ella con arrogancia.

—Triste, pero cierto —confirmó Lionel, impenitente—. Somos dignos de compasión.

—Reconozco que yo me apiado de usted —dijo Lucy con una risilla, ruborizándose de nuevo.

Él la besó en los nudillos.

—Gracias, querida.

—Nosotros… Dios bendito —siseó Marley, con la mirada fija en algo que se encontraba en el alejado extremo del salón de baile—. No puedo creerlo.

Victoria comenzó a censurarlo por su lenguaje una vez más, hasta que divisó qué —o más bien, quién— había llamado su atención.

—¿Quién es ése? —susurró, consciente de pronto de que su corazón latía aceleradamente contra las costillas.

Lucy también se volvió a mirar.

—¿Quién es…? Oh, Dios mío. Vixen, te está mirando a ti, ¿no es verdad?

—No creo. —Su pulso retumbó—. ¿Te lo parece?

—El muy bastardo —gruñó Marley entre dientes.

Le resultaba familiar, aunque sabía que nunca antes le había visto. Tenía la firme sensación de que un dios griego había entrado en el caluroso salón de baile de lady Franton. El elegante traje gris oscuro y el paso decidido con que cruzaba la multitud revelaban que se trataba de un aristócrata; el modo en que mantenía la atención fija en ella mientras saludaba a los conocidos le proclamaba un bribón. Pero ella conocía a todos los libertinos de Londres… y jamás ninguno de ellos había logrado que sus nervios vibraran con agitada anticipación, ni que sintiera la sangre correr precipitadamente por sus venas.

—El pecado personificado —refunfuñó lord William.

—Althorpe —repitió Lionel.

La asaltó la sorpresa.

—¿Althorpe? ¿El hermano de Thomas?

—He oído que el hijo pródigo ha regresado —añadió Marley, interceptando a un lacayo para hacerse con una copa de vino de madeira—. Debe de haber salido corriendo del aburrimiento.

—O lo han echado de Italia. —Lord William observó a lord Althorpe sombríamente mientras éste se dirigía imperturbablemente hacia ellos.

—Creí que estaba saqueando España.

—Yo oí que se trataba de Prusia.

—¿Se le puede pedir a alguien que abandone todo un continente? —musitó William.

Victoria escuchaba especulaciones similares por doquier, embarazosas murmuraciones realizadas en voz baja que se mezclaban con los pasajes de la contradanza. Ella apenas escuchaba; se sentía suspendida al borde de algo… aunque, por supuesto, eso era ridículo. Siempre había gozado de la atención de los libertinos.

—Se parece mucho a su hermano —dijo sin alzar la voz, tratando de recuperar su titubeante aplomo—. Aunque el aspecto de Thomas era más claro.

—El alma de Thomas era más clara —replicó lord William, y se adelantó cuando la oscura interrupción llegó hasta ellos—. Althorpe. Qué sorpresa verlo en Londres.

El marqués de Althorpe inclinó la cabeza a modo de saludo.

—Me gustan las sorpresas.

Victoria no conseguía apartar la atención de él. Era evidente que todas las féminas de la habitación tenían los ojos inevitablemente pegados a su delgada y esbelta figura. A pesar de todos los granujas que había conocido, jamás había visto uno que pareciera tan… peligroso. La elegantísima chaqueta gris se ceñía a sus anchos hombros y ponía de relieve sus estrechas caderas, y unos calzones negros se ajustaban a sus musculosos muslos. El nuevo marqués proyectaba una fuerza y un poder que atraía de un modo casi animal.

Sus ojos, del color dorado ambarino del buen whisky, no sonrieron cuando miró fijamente al tropel de admiradores. Victoria tuvo la impresión de que pretendía acercarse a ella, echársela al hombro y salir corriendo, pero se detuvo a saludar a los caballeros que las rodeaban a Lucy y a ella de un modo bastante cortés.

La grave cadencia de su voz reverberó por toda su columna y trató de ignorar la sensación… sin éxito alguno. Un mechón de pelo negro le cruzaba la frente y a Victoria los dedos le cosquilleaban por el repentino deseo de apartarlo suavemente de su bronceado rostro. Sus sensuales labios se curvaron en una ligera sonrisa hastiada y ella supuso que eran los giros de antes los que ahora le hacían sentirse un poco mareada.

—Vixen, Lucy, permitidme que os presente a Sinclair Grafton, marqués de Althorpe —anunció William—. Althorpe, lady Victoria Fontaine y la señorita Lucy Havers.

La mirada ámbar volvió a fijarse en su rostro, estudiandolo y evaluándolo. Él tomó su mano enguantada y se inclinó sobre ella.

—Lady Victoria.

Althorpe se dio la vuelta y seguidamente saludó a Lucy del mismo modo, y una inesperada y atípica punzada de celos atravesó a Victoria. Era ridículo, pero no quería compartir su nuevo descubrimiento. Con nadie.

—Lord Althorpe. Le doy mi más sentido pésame por lo de su hermano —le dijo, interrumpiéndole deliberadamente.

Él volvió a fijar la atención en ella.

—Se lo agradezco, lady Victoria. ¿Ha oído, Marley, que…?

—De nada. Le habría expresado mis condolencias antes, desde luego, pero usted no estaba disponible.

Althorpe la recorrió de arriba abajo con la mirada.

—Si hubiera sabido que aguardaba en Londres para consolarme, habría regresado mucho antes —murmuró.

—¿Qué le trae por Londres? —preguntó Marley.

El tono del vizconde no pareció particularmente amistoso, pero no había duda de que no le gustaba la competencia adicional. Su corte había desarrollado una jerarquía interna durante el curso de las dos últimas temporadas, y Marley era quien tenía derecho a los mayores privilegios hacia ella. A Victoria no le gustaba especialmente aquello, pero como ninguno de los otros superaban el interés que él sentía por ella, y esto hacía que no hubiera casi disputas, lo pasaba por alto.

El marqués se encogió de hombros de forma desdeñosa.

—Ha pasado bastante tiempo desde la última vez que vine de visita, y mi posición ha mejorado ahora que tengo un título. Así que, dígame, Marley…

—Hace dos años que heredó el título, según recuerdo —interrumpió Victoria una vez más, haciendo caso omiso de la expresión sorprendida de Lucy. Maldita sea, no quería que él se largara con Marley a tomar una copa y a hablar de mujeres y de apuestas.

Él la miró otra vez. Victoria deseó no ser tan menuda para no tener así que alzar la mirada hacia el altísimo noble que tenía delante. Su cabeza apenas le llegaba al hombro.

—También yo lo recuerdo. —Algo chispeó en su mirada ambarina, aunque desapareció con tanta celeridad que no pudo estar segura de haberlo visto—. ¿Tiene un interés personal en el título Althorpe, milady? —continuó con su profundo tono lánguido.

—Su hermano era amigo mío.

Esta vez estuvo segura de que algo en su expresión se agudizó.

—Qué extraordinario. No pensé que el engreído de mi hermano mayor conociera a nadie que caminase sin la ayuda de un bastón.

Aquello parecía cruel en extremo, y se preguntó si la estaba provocando a propósito. Del porqué, no tenía la menor idea, pero no toleraría semejante idiotez… ni siquiera viniendo del hermano del difunto marqués.

—Thomas no era…

—Tal vez podríamos discutirlo durante el vals —dijo él, echando un vistazo a la habitación cuando la orquesta comenzó a tocar uno.

Un escalofrío recorrió nuevamente sus nervios y comenzó a sospechar que se había vuelto loca.

—Este baile es del señor Parrish —contestó. Diabólicamente guapo o no, era evidente que Sinclair Grafton no era más que otro calavera egocéntrico… y ya estaba un poco harta de ese tipo de hombres.

Althorpe no se molestó en mirar a Lionel.

—No le importa, ¿verdad, Parrish?

—Ejem. No, si a Vixen no le importa —respondió diplomáticamente Lionel.

—A mí sí me importa —interpuso Marley.

—Este vals no es suyo. —Althorpe tendió la mano. El gesto no era una sugerencia, sino una orden—. ¿Lady Victoria?

Sus modales resultaban ser menos prometedores que su aspecto. Pero, dado que ya había hecho una escena aquella noche, Victoria optó por apretar la mandíbula mientras él la tomaba de la cintura y la conducía con presteza en el baile.

Al tocarlo, la sensación magnética fue incluso más poderosa. Se preguntó si también él lo sentía.

—Ha sido una grosería avergonzar a Lionel de esa forma —lo reprendió, por el mero hecho de tener algo que hacer, además de mirar sus enigmáticos ojos.

—¿Lo ha sido? —La mano que ceñía su cintura la atrajo más hacia él—. Prefiero pensar que simplemente me estaba aprovechando.

—¿Con qué propósito?

—Usted es el propósito —repuso sin dudar—. ¿Acaso necesito otro?

Decepcionada, dejó escapar un suspiro. Otro libertino más con las mismas frases de siempre.

—De modo que, de todas las damas presentes —respondió, preguntándose por qué se molestaba—, decidió bailar el vals conmigo.

—Poseo un gusto impecable.

—O las demás conocen su reputación y le han rechazado —replicó.

Ése algo fugaz volvió a alcanzar su mirada una vez más.

—Sin embargo, usted conoce mi reputación y está bailando conmigo.

—No me dejó otra opción.

—Eso no habría sido provechoso. Como ve, soy un granuja con éxito.

Ella frunció los labios.

—¿Cuán provechoso es un vals?

Una expresión apreciativa asomó a su rostro.

—Para mí, el vals es tan sólo el comienzo.

Su cuerpo se meció contra el de él, sus caderas se rozaron, y la embriagadora y vertiginosa sensación que había experimentado al verlo por primera vez retornó con mayor intensidad. Quizá Marley la había hecho girar con tanto vigor… que algo se había agitado en su interior.

Pero necesitaría todos los dedos de las manos y de los pies para llevar la cuenta de las veces que un experimentado sinvergüenza había intentado seducirla, y había fallado. Se conocía al dedillo todas las frases y, sin embargo, con lord Althorpe no tenía el menor deseo de marcharse.

—¿Tiene más planes para mí, milord?

—Tendría que ser un tonto o llevar tres meses muerto si no tuviera más planes para usted, lady Victoria. —Su voz fue casi un gruñido, sensual y muy seguro.

Muy a su pesar, un pequeño estremecimiento de anticipación descendió por su columna.

—No puede escandalizarme, lo sabe.

El humor iluminó su mirada ámbar.

—Apuesto a que con toda seguridad podría. Dar vueltas difícilmente puede considerarse el colmo del comportamiento escandaloso. Y no me llaman «Sin»1 por nada.

Victoria no había sido consciente de que él llevara tanto tiempo en el baile de los Franton… y se sentía como si debiera haberlo sabido. Debería haber sentido su arrebatadora y peligrosa presencia en el preciso instante en que él entró en la habitación.

—Pues escandalíceme, lord Althorpe.

Su mirada descendió a su boca.

—Empezaremos con besos. Profundos y lentos, que durarán una eternidad, que la derretirán por dentro.

Cielo santo, era bueno… pero él no era el único con ingenio.

—Tal vez debiera empezar con por qué quiere besarme, lord Althorpe, considerando que hace cinco minutos estaba más interesado en hablar con Marley que en bailar conmigo.

De pronto, sintió que había captado toda su atención. Nada cambió; ni su expresión ni la forma en que la sujetaba; ni sus elegantes pasos, pero repentinamente supo por qué había reparado en ella desde el otro extremo del salón de baile de lady Franton. Y por qué ella no había sentido antes su presencia. Él no lo había querido así.

—Entonces, debe permitir que la compense por causarle la impresión de que la ignoraba —dijo en tono grave, íntimo, y miró en torno a la habitación—. ¿Sabe de algún lugar más… privado… donde pudiera… disculparme con usted?

Ni por un momento le pasó por la cabeza huir ante su insinuación y dejar que creyera que había intimidado a Vixen Fontaine; nadie lo había logrado. Además, aún no estaba preparada para dejarlo escapar.

—Sin duda lady Franton habrá cerrado con llave las puertas de cualquier lugar retirado.

—Maldición. —Echó un vistazo con el ceño fruncido hacia la corte de admiradores—. Tendremos que hacerlo aq…

—A excepción de su célebre jardín —concluyó. Ahí estaba. Se había tirado un farol. Ahora podría ser él quien se echara atrás en el desafío.

No obstante, en lugar de recurrir a una excusa para seguir a salvo en público, él sonrió… la sonrisa menos amistosa y más peligrosa que jamás había visto.

—El jardín. ¿Podría, pues, disculparme con usted en el jardín, lady Victoria?

«Caray.» Declinar ahora era imposible, puesto que había sido ella quien lo había sugerido.

—No necesito una disculpa —repuso con desenfado, esperando no parecer una completa chiflada—, pero, si lo desea, puede darme una explicación allí.

Ya se habían acercado a ese extremo del salón de baile y era simple cuestión de escabullirse a través de una de las ventanas entreabiertas de la pared que daba al este. El jardín exótico de lady Franton había sido premiado durante años, y de no ser por su familiaridad con los jardines a la luz del día, Victoria se habría perdido sin remisión a seis metros del edificio principal. Unas antorchas diseminadas iluminaban tenuemente los senderos embaldosados que serpenteaban entre la flora, convergiendo en un camino circular que circunscribía un pequeño estanque en el centro del jardín.

Ahora que habían escapado del salón esperaba que Althorpe ideara una distracción. Era muy posible que él nunca hubiera esperado que ella lo acompañara y que su coqueteo hubiera sido una simple provocación. Uno no se llevaba públicamente a las hijas de ningún conde del salón de baile para seducirlas.

Parte de ella, no obstante, deseaba que eso no fuera así. Su tedio se había desvanecido como por arte de magia; quería sumirse en él, que su contacto la envolviera del mismo modo en que sus palabras y su voz ya había envuelto sus sentidos.

—¿Su explicación, milord? —le urgió. Si él tenía intención de retractarse, deseaba que siguiera adelante con ello y dejara de tentarla con su presencia.

—Aún no tenemos la privacidad suficiente. —El marqués deslizó la mano bajo su codo, manteniéndola cerca de él, y la condujo a lo largo del sendero que conducía al estanque.

Incierta anticipación fluía, caliente, bajo su piel. Aunque el contacto de lord Althorpe era ligero, sentía la fuerza que yacía debajo, señal suficiente de que no podría zafarse aunque lo deseara. Lejos de asustarla, aquello la excitó de un modo en que ningún otro hombre había logrado. Se preguntó a qué sabrían sus labios, cómo sería sentirlos apretados contra los suyos.

Se detuvieron bajo los salientes capullos morados de la glicina, el aroma de las flores se extendía por doquier y los rodeó en una dulzura estival.

—Bien —murmuró al tiempo que se volvía de frente a ella aún con la palma de su mano bajo el codo—, ¿por dónde íbamos? Ah, sí. Iba a darle… una explicación.

Victoria encontró su mirada, dorada y felina, a la luz de las antorchas. Era muy consciente de la férrea fuerza bajo la aterciopelada suavidad de su tacto; el aislado silencio se rompía sólo por el parloteo amortiguado de voces y violines, y el susurro del viento, e incluso el modo en que la había situado entre la exuberante glicina y su delgado y duro cuerpo… dos objetos igualmente inamovibles.

Fuera lo que fuese, él deseaba algo. Algo de ella.

—Antes estaba equivocada —dijo ella, tratando de parecer despreocupada. Sin era una tentación muy poderosa.

Su mirada la recorrió por entero y regresó a su rostro.

—¿Equivocada, en qué?

—La primera vez que lo vi pensé que se parecía a su hermano. No es así.

Con un largo dedo, él apartó de su cara un mechón de su cabello que se había soltado.

—¿Conocía bien al viejo cabeza de chorlito?

Un escalofrío recorrió la espalda de Victoria ante su contacto, ligero como una pluma. Su involuntaria respuesta le molestó, ya que la crueldad de él la ofendía.

—El marqués de Althorpe era muy respetado.

Sinclair trazó la forma de su pómulo con un dedo.

—¿Y yo no? Menuda revelación.

Dios bendito, la hacía temblar.

—No comprendo por qué habla tan mal de su propio hermano —repuso, tratando de que no le temblara la voz—, sobre todo cuando todos lo admiraban.

Él estudió su rostro a la parpadeante luz de la antorcha, y ella tuvo la sensación de que algo, además del coqueteo, captaba su interés.

—Por lo visto no todos lo admiraban —arguyó—. Alguien le pegó un tiro en la cabeza.

Victoria se puso rígida.

—¿Es que no le importa nada que esté muerto?

Althorpe se encogió de hombros.

—Si está muerto, está muerto. —Sus dedos trazaron la curva de la oreja—. ¿Escuché a Marley llamarla Vixen?

De pronto las cosas cobraron sentido.

—¿Toda esta conversación ha sido un intento para traer a Vixen Fontaine al jardín y poder jactarse de ello ante sus amigos?

El marqués se quedó inmóvil por un instante, luego le acarició suavemente la comisura de la boca con el pulgar.

—¿Y qué si lo ha sido? —Su sensual boca se curvó en una lánguida sonrisa que le hizo contener el aliento—. Aunque no tengo amigos. Sólo rivales.

—Así que quiere besarme.

—Seguro que eso no le sorprende. —Inclinó la cabeza, su mirada descendió a sus labios—. La han besado antes, no hay duda. ¿Marley, quizá?

Victoria sentía los labios secos y resistió el impulso de lamérselos.

—Infinitas veces. Y no sólo Marley.

—Pero yo no.

Entonces su boca se pegó a la de ella.

Un calor pulsante la atravesó. Estaba acostumbrada a tener el control… tanto de sus emociones como de sus encuentros con hombres. Pero cuando él moldeó las caderas a las suyas, provocando, y apretando y urgiendo, no sentía precisamente que tuviera el control. Su mente, su corazón, todos sus sentidos le daban vueltas… con mayor violencia de lo que lo habían hecho en los brazos de Marley.

Althorpe tomó su rostro entre las manos y la saboreó. Con un trémulo suspiro que no pareció propio de ella, Victoria le rodeó los hombros con sus brazos y se apretó más contra él.

La hizo retroceder suavemente hasta que quedó apoyada contra el tronco nudoso del árbol. Dedos cálidos y seguros se deslizaron por sus hombros deteniéndose a acariciar su cintura, luego sus caderas y después siguieron más abajo. Victoria enredó los dedos en su pelo, tratando de guiar la ardiente presión de la boca de él contra la suya. Todo cuanto podía escuchar eran las respiraciones entrecortadas de ambos y el acelerado clamor de su sangre corriendo por las venas. Nunca se había sentido tan excitada, aturdida y disoluta.

Una parte distante y distraída de ella fue consciente de la fresca brisa que azotó sus piernas, apenas lo suficiente para refrescar el calor entre éstas. Agradeció tener el árbol a su espalda; sin él no hubiera sido capaz de mantenerse en pie.

—¡Victoria!

A juzgar por la furia de la voz, aquélla podría haber sido la quinta vez que el conde de Stiveton había gritado su nombre, pero era la primera que ella lo había escuchado. Despegando su boca de la de Althorpe, tomó aire.

—¿Sí, padre?

Basil Fontaine estaba de pie junto al borde del estanque de peces y la miraba con ferocidad. Su puño apretaba con tanta fuerza una copa de madeira que Victoria se sorprendió de que no la hubiese reducido a añicos.

—En nombre de Dios, ¿qué estás haciendo? ¡Y aparte las manos de ella, Althorpe!

En algún momento durante el beso el marqués le había levantado las faldas por encima de las rodillas y los muslos, exponiendo las medias y su ropa interior de seda a la luz de la luna. Sus manos persuasivas, acariciantes, habían pegado su figura casi desnuda a su dura longitud mientras Victoria se aferraba a él sin poder evitarlo. Lentamente, como si a él no le importara nada más en el mundo que besarla, apartó las manos de ella. Sentía calor allá dónde él la había tocado.

—Usted debe de ser lord Stiveton —dijo el marqués, arrastrando las palabras.

—¡No tengo la menor intención de presentarme bajo estas circunstancias, sinvergüenza! ¡Aléjese de mi hija!

Victoria frunció el ceño, el pensamiento racional comenzaba a penetrar en la cálida y prometedora nube. Su padre odiaba las escenas, sobre todo aquellas en las que estaba ella de por medio. De ningún modo iba a ponerse a gritar, y a dar golpes y llamar la atención a nadie… a menos que fuera demasiado tarde para ocultarlo, y él trataba de salvaguardar lo que podía de su buen nombre. Ella miró más allá del estanque de peces y el corazón le dio un vuelvo.

—Por todos los demonios. —Su voz apenas fue un susurro.

—No es exactamente el final que había imaginado —murmuró Althorpe, aún indiferente, por lo visto.

La lista de invitados de lady Franton al completo se encontraba junto al extremo alejado del estanque, riendo nerviosamente, susurrando y señalando con el dedo.

Al menos parecía que toda la multitud había aparecido para atestiguar su último y peor escándalo.

—¡Cómo se atreve a seguir comportándose con mi hija de ese modo!

Su madre emergió de la multitud para reunirse con su padre.

—Victoria, ¿cómo has podido? ¡Haz lo que te dice tu padre y aléjate de ese hombre odioso!

Victoria trató de obligar a su cerebro a funcionar de nuevo. Se sentía perezosa, como si incluso ahora prefiriese seguir bajo la glicina besando al alto granuja que estaba a su lado.

—No fue más que un beso, mamá —dijo Victoria con una voz tan calmada como pudo lograr.

—¿Sólo un beso? —repitió lady Franton, la anfitriona, con voz estridente—. ¡Si prácticamente te estaba devorando!

—No, él…

Lord Franton apareció a la luz de la antorcha.

—Esto es del todo inaceptable —declaró, mientras media docena de sus sirvientes más corpulentos se situaban detrás de él—. Dejé que nos acompañara esta noche por respeto a su difunto hermano, Althorpe. No obstante, está claro que no se puede confiar en que se comporte de acuerdo a su posi…

—¿Podría sugerir algo? —dijo el marqués, con una voz tan serena como si estuviera hablando del tiempo.

No había duda de que se enfrentaba a multitudes furiosas a todas horas. Victoria, sin embargo, se sentía mortificada. Un poco de algarabía era una cosa; que a una la pillaran besando —siendo devorada por— un notorio granuja era algo completamente distinto. ¡Y ahora prácticamente todos le habían visto el trasero al aire!

—¿Una sugerencia? —repitió lord Franton con desprecio—. Sólo hay una cosa que podría enmendarlo, y no me refiero a ninguna broma ingeniosa, ni a burlarse de…

—Antes de que continúe con su diatriba —interrumpió Althorpe—. He vuelto a Inglaterra con la intención de asumir los deberes para con mi título.

Victoria se arriesgó a mirarlo cuando el jardín quedó de pronto en silencio.

—No deseo ofender ni a lady Victoria ni a usted por nuestra leve indiscreción —continuó con desdén—. Por lo tanto haré lo correcto, como usted dice de modo tan elocuente, lord Franton: lady Victoria y yo nos casaremos. ¿Satisface eso sus requisitos de decoro?

Victoria sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿Qué? —dijo con voz estrangulada.

Él asintió con la cabeza, sus ojos y su expresión eran ilegibles cuando bajó la mirada hacia ella.

—Hemos sobrepasado el límite. Es la única solución lógica.

Ella frunció el ceño.

—La única solución lógica —espetó— es olvidarnos de todo el incidente. ¡Fue un beso, por el amor de Dios! ¡No es como si hubiéramos huido a Gretna Green!

—¿Con la mano a medio camino a su… ya-saben-qué? Eso no es un primer beso —vociferó el duque de Hawling desde la multitud de espectadores, mientras muchos de los otros repetían el comentario con detalle más gráfico—. Teniendo en cuenta las reputaciones de Althorpe y Vixen, no cabe duda que dentro de poco tendrá un heredero.

—¡Estaban prácticamente… fornicando! ¡Y en mi jardín! —Lady Franton se desmayó primorosamente en brazos de su esposo.

Las risillas y murmullos aquiescentes que siguieron fueron la gota que colmó el vaso.

—¡Jamás había puesto los ojos en él antes de esta noche! —gritó Vix.

—No es dónde has puesto los ojos lo que me preocupa, hija —gruñó su padre con la cara pálida—. Vendrá mañana a visitarme, Althorpe, o me encargaré de que lo encierren… o lo cuelguen.

El marqués esbozó una leve reverencia.

—Hasta mañana. —Tomó la mano de ella con la suya, se inclinó sobre sus nudillos y los rozó con los labios—. Milady. —Con eso, giró sobre los talones y se dirigió con paso enérgico de regreso a la casa.

«Canalla.» Victoria quería sumarse a su huida, pero su padre se acercó para agarrarla del brazo.

—Vamos, muchacha.

—No voy a casarme con Sin Grafton —profirió bruscamente.

—Sí que lo harás —afirmó él, rechinando los dientes—. Esta vez has ido demasiado lejos, Victoria. Ya te lo advertí, pero no te molestaste en escuchar. Si no te casas con él, ninguno de nosotros podremos mostrar otra vez la cara por Londres. La mitad de tus amigos han visto tu ropa interior… ¡Dos veces en una noche, según me ha contado lady Franton!

—Pero…

—¡Basta! —rugió—. Mañana haremos los preparativos.

Victoria abrió otra vez la boca, pero al ver la mirada furiosa de su padre se limitó a resoplar y calmarse un poco. Mañana quedaba aún muy lejos. Tendría tiempo más que suficiente para explicar las cosas cuando sus padres se hubieran serenado lo suficiente para escuchar. Sin embargo, una cosa era segura: no iba a casarse con Sinclair Grafton, marqués de Althorpe, bajo ninguna circunstancia. Y mucho menos porque él hubiera caído en picado como un oscuro demonio seductor y así lo hubiera dicho.


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