Capítulo 1






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Capítulo 14


Astin Hovarth tiró de las riendas de su caballo castrado para sujetarlo y observó, a resguardo de un enorme coche de postas, como Sin Grafton volvía a por su propio caballo y se dirigía al trote en dirección a las subastas de caballos. La sonrisa del conde se hizo más amplia. El caballero al que estaba siguiendo parecía seguirlo a él.

Consideró si alcanzar o no a Sin y entregarle la pequeña nueva evidencia que había descubierto acerca de lord Marley, pero descartó rápidamente la idea. El indicio no era gran cosa; un pequeño trozo arrancado de una carta que solía marcar la página de un libro. Mejor sería que se mostrara precavido y reservado al renunciar a ello, quizá mientras tomaban una copa de oporto esa noche. Después de todo, estaba ayudando a reunir pruebas que bien podrían hacer que ahorcasen a un hombre.

Toda esta operación era un maldito incordio. Por lo que a Augusta y a Kit se refería, Thomas estaba muerto, y ahí se acababa todo. Si se hubiera percatado de que encontrar al asesino sería algo tan necesario, lo hubiera dispuesto todo para que se encontrase uno en el momento en que se cometió el asesinato. Escarbar en el pasado en busca de un asesino dos años después de los hechos era delicado y consumía demasiado tiempo. Después de todo, si hubiera tenido pistas perfectas, el asesino ya habría sido llevado ante la justicia.

Después de algunos momentos más para asegurarse de que Sin no reaparecía, Astin dirigió su caballo hacia Bolton Street. Ya que el nuevo marqués de Althorpe se empeñaba en sacar a relucir el pasado, iba a tener que dar los pasos necesarios para asegurarse de que algunas partes específicas de éste siguieran enterradas. Sea como fuere, maldito fuera Thomas Grafton por no revelarle lo que había estado haciendo el granuja de su hermano en Europa. Habían sido amigos; podría haber mencionado que el maldito Sin estaba trabajando para el condenado Ministerio de Guerra. Un espía, nada menos.

Por supuesto, de haberlo sabido en aquel entonces, matar a Thomas podría haber sido prescindible. Con Sin muerto, el difunto lord Althorpe hubiera perdido tanto su imperiosa necesidad de detener la guerra como su maldito, y poco práctico, patriotismo.

No era probable que lady Jane Netherby manifestase ninguna sospecha, si es que la bonita mujer madura abrigaba alguna. Con todo, con Sinclair husmeando por ahí, necesitaba estar seguro. En cuanto a la hermosa furcia que Sin tenía por esposa, sería mejor que aprendiera a mantener la boca cerrada. Si la zorra no lo hacía, tendría que desenterrar una pequeña evidencia concerniente a su supuesta amistad con Thomas, o con Marley. Aquello sin lugar a dudas distraería a Sin… al menos el tiempo suficiente para que Astin terminase de fomentar la culpabilidad de lord Marley. Kingsfeld volvió a sonreír. Vaya si iba a sorprenderse Marley.

Para mantener su relación supuestamente clandestina con Marley, Victoria le pidió que detuviera su faetón en la esquina de Brunton Street con Berkeley Place y que la dejase allí. Él había intentado besarla otra vez —dos veces— pero se las arregló para desviar sus labios, si no sus atenciones.

Mientras recorría la media manzana hasta Grafton House consideró las formas en que podría contarle a Sinclair lo que había descubierto sin ponerle furioso por los métodos empleados. Decirle que había pasado media tarde con Marley era imposible, sobre todo si a continuación declaraba la inocencia del vizconde.

Detestaba las mentiras y las medias verdades que habían llegado a formar parte de su investigación. Aún más preocupante que contar mentiras era el saber que Sinclair tenía más destreza jugando con la verdad de la que ella jamás pudiera poseer.

Milo abrió la puerta principal cuando Victoria llegó a ella.

—Buenas tardes, milady.

—Buenas tardes. ¿Ha vuelto lord Althorpe?

El mayordomo tomó su chal y su bonete.

—Aún no, milady. ¿Dispongo que le preparen el té?

Victoria había estado ausente casi cuatro horas. Por lo que sabía, la única tarea de Sinclair de ese día había sido invitar a sus tres misteriosos amigos a la cena. La preocupación hizo que se le contrajera ligeramente el estómago. Si alguien era capaz de cuidar de sí mismo, ése era Sinclair Grafton, pero a ella seguía sin gustarle la idea de no saber dónde estaba. Si Marley no era el asesino, Kingsfeld era el mejor sospechoso. Y Sin difícilmente estaría en guardia en compañía de su supuesto amigo; pudiera ser incluso que en ese mismo momento estuvieran juntos.

Con un escalofrío, Victoria le arrebató el bonete de los dedos del sorprendido Milo.

—Hoy no tomaré el té —dijo con severidad—. Tengo otro recado que hacer. Por favor, llame a Roman.

La expresión cetrina del mayordomo se oscureció.

—No he visto a esa persona en todo el día, lady Althorpe. No me arriesgaría a imaginar dónde pudiera estar.

—¿No salieron juntos?

—No que yo sepa. ¿Sucede algo?

—¿Hum? No.

Sabía que los amigos de Sinclair se alojaban en alguna parte de Weigh House Street. Si no podía lograr que Sin la escuchase, quizá podía convencerlos a ellos.

—¿Lady Althorpe?

—Milo, ¿ha entregado alguna vez alguien cartas a lady Stanton?

Él se ruborizó.

—Milady, no estoy al corriente de la correspondencia… privada de lord Althorpe. Yo…

—No importa. ¿Quién entrega las cartas que lord Althorpe le envía a ella?

—Ah, ése debe de ser Hilson, milady. Es un buen muchacho, aunque un poco…

—Me gustaría hablar con él —le interrumpió—. Inmediatamente. —Trató de contener su creciente nerviosismo. Con Sinclair y Roman ausentes, ella era la única de la casa que estaba al corriente de que algo sucedía.

El mayordomo inclinó la cabeza y se apresuró hacia la cocina.

—Enseguida, milady.

El joven Hilson apareció momentos más tarde, nervioso y arrastrando los pies.

—¿Milady? —balbució, aflojándose el pañuelo.

Ella sonrió, tratando de parecer amable.

—Hilson, ¿conoces la dirección de lady Stanton?

—Yo…

Milo le dio un codazo en la espalda.

—Sí, milady.

—Bien. Llévame allí, por favor.

El muchacho palideció.

—¿Ahora? Quiero decir, ¿ahora, milady?

En algún momento tendría que contarle a Sinclair lo preocupados que estaban los criados por los delicados sentimientos de la señora… o, mejor dicho, por los escarceos de su esposo. De no haber conocido la identidad de lady Stanton habría estado muy enojada. Tal como estaban las cosas, el nerviosismo se impuso a su sentido del humor hasta que estuvo dispuesta a comenzar a zarandear a todo el mundo.

—Sí, ahora. Tú no conduces, ¿imagino? Milo, alquila un coche.

—¿Un coche de alquiler, lady Althorpe?

Victoria cerró los ojos y contó hasta tres.

—Si eres tan amable, Milo.

El mayordomo irguió su larguirucha figura.

—Por supuesto, milady. Me encargaré inmediatamente de ello.

—Gracias.

Victoria y Hilton aguardaron en la escalinata principal lo que pareció una hora, pero que no debieron haber sido más de cinco minutos. Finalmente apareció un destartalado coche por el pequeño camino de entrada, con Milo colgando prácticamente de las orejas del pobre caballo y arrastrándolo.

—¿Está segura, milady? —insistió como si fuera un ruego—. Puedo hacer que Orser prepare el carruaje de lord Althorpe en diez minutos.

—Estoy segura. Hilson, siéntate con el cochero e indíquele —ordenó Victoria, subiendo sin ayuda al pequeño y maloliente coche.

Milo apareció en la puerta.

—Lady Althorpe, ¿qué quiere que le diga al marqués si regresa?

—Dígale que he ido a visitar a lady Stanton y que volveré pronto.

El mayordomo retrocedió cuando el coche se internó con cierto estrépito en la calle.

—Muy bien, milady.

Victoria esperaba que el mayordomo tuviera una oportunidad de meterla en problemas.

En la academia de la señorita Grenville había aprendido que una dama decente siempre se mostraba paciente, sosegada y serena.

Mientras Victoria se removía nerviosamente en el coche de alquiler, mirando por una de las ventanas y después por la otra, decidió que era imposible aplicar aquellas lecciones a las recién casadas cuyos maridos eran ex espías en busca de asesinos. Si algo le sucediera a Sinclair…

Se ponía enferma sólo de pensar en ello. Desde luego que él tenía razón. Había sobrevivido durante cinco años en un país enemigo. Esto no era nada comparado con aquello. El que el asesino fuera probablemente uno de los amigos más íntimos de su hermano no significaba que corriera más peligro de lo que lo había hecho hacía una semana… o eso esperaba de todo corazón.

El coche se detuvo justo cuando estaba a punto de asomarse y preguntarle a Hilson si se había perdido. Victoria ya estaba en pie cuando se abrió la puerta.

—Hemos llegado, milady —anunció Hilson mientras la ayudaba a apearse.

Le entregó algo de calderilla de su retículo y se dirigió con presteza en dirección a la pequeña casa que él le señaló.

—Despide el coche y espérame aquí.

—Pero…

Sin detenerse a escuchar cualquier protesta que pudiera pronunciar Hilton, Victoria golpeó la puerta con la pesada aldaba de bronce. Al menos había aprendido algo de Sinclair: los carruajes desconocidos levantaban sospechas, sobre todo cuando se detenían frente a la supuesta residencia de una dama.

La puerta se abrió y ella soltó el aliento que ni siquiera se había dado cuenta que había estado conteniendo. Por lo menos había alguien en casa.

—Tengo que ver a… —comenzó, luego su voz se fue apagando poco a poco—. Usted es Wally.

El corpulento hombre de cabello ralo parpadeó.

—Solía serlo —farfulló, mirando a la calle y a Hilson por encima del hombro de ella—. Ahora tan sólo soy un hombre muerto.

—¿Puedo entrar?

—Bien podría hacerlo también —replicó y se apartó.

—¿Está Sinclair?

Él cerró la puerta.

—Yo no sé nada.

Pasos emergieron de una habitación a la izquierda.

—Bueno, esto sí que es interesante.

Ella reconoció el suave acento escocés de la brumosa noche en Hyde Park.

—Señor Harding —dijo, volviéndose de cara al alto escocés de pelo rojizo—. Estoy buscando a Sinclair.

Cruzándose de brazos, se apoyó contra el marco de la puerta.

—No está aquí. ¿Cómo ha sabido dónde encontrarnos, lady Althorpe?

—Traje a Hilson, el lacayo que entrega a lady Stanton los mensajes de Sinclair.

—Ah. ¿Alguien más? ¿Su doncella o alguna de sus bonitas amigas?

—Crispin —masculló Wally.

Victoria recordó que al señor Harding no le había caído demasiado bien en su primer encuentro oficial.

—No, sólo yo. A pesar de lo que señalan los rumores populares no soy una completa estúpida. Bien, ¿tienen alguna idea de dónde podría estar Sinclair o tengo que buscarle yo?

—Me parece que adondequiera que haya ido es asunto de Sinclair.

Si fuera un hombre, a estas alturas ya habría empezado a propinar puñetazos a la gente. Aunque por lo visto estos dos hombres podían resistir cualquier puñetazo que pudiera darles. Por lo tanto, necesitaba dar con otro modo de obtener su ayuda. Y estaba harta de tratar con hombres que se creían duros y despiadados.

—Sí, tiene razón, naturalmente —suspiró Victoria—. Es sólo que no sé adónde más ir. Ustedes son los mejores amigos de Sinclair y me es imposible imaginar que él… desapareciera sin al menos contárselo a ustedes.

Crispin entrecerró un ojo.

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecido? —dijo entre dientes con evidente desgana.

—Horas. Dijo que venía a verles. ¿Lle… llegó por lo menos hasta aquí?

—Crispin lleva aquí toda la tarde —explicó Wally— conectando horarios y coartadas. Tú no le has visto, ¿verdad, Crispin?

El ceño del corpulento escocés se hizo más pronunciado.

—No. Wallace, haz que la cocinera prepare té para lady Althorpe.

—Claro. —Wally se internó a toda prisa en las entrañas de la casa.

—Gracias. Es que no sé qué más hacer.

—Hum. Sígame, si es tan amable, milady. —Volviendo a erguirse, Crispin desapareció otra vez dentro de la habitación de la que había surgido.

No parecía muy convencido, pero únicamente tenía que lograr que la escuchase un par de minutos. Victoria le siguió, cuadrando los hombros, y se detuvo otra vez en la entrada.

Aunque la enorme mesa situada en el centro del piso indicaba que se trataba de un comedor, resultaba patente que los habitantes de la casa hacían sus comidas en otro lugar. Papeles esparcidos cubrían un extremo de la superficie de roble mientras que el resto de la mesa contenía una destartalada colección de pequeñas cajas de madera y piezas de ajedrez, todas decoradas con pequeñas banderas. Intrigada, se acercó más para examinar la bandera adjudicada a un peón negro.

—Lord Keeling, 8:00-8:08 pm —leyó en voz alta. Victoria alzó la mirada al escocés—. Esto es Mayfair, ¿verdad?

—Sí.

Se inclinó un poco más.

—Y la caja del centro sería Grafton House. —Rodeó lentamente la mesa—. Nunca he visto nada igual. Han estado ubicando a la gente en los lugares en que fueron vistos la noche del asesinato de Thomas.

Él asintió, siguiéndola con la mirada.

—Sin tenía razón sobre usted.

—¿En qué sentido?

—Dijo que era brillante como un diamante a la luz del sol.

Victoria se sonrojó.

—Oh. Ah, ¿por qué tomarte tantas molestias para planear las calles?

—Es más fácil que hacerlo en un trozo de papel. Si conseguimos información nueva, tan sólo cambiamos de lugar a los ciudadanos.

—¿Podría hacerle una pregunta, señor Harding?

—¿No está aquí para eso? —repuso él sin moverse de su posición junto a la pared.

—En parte. ¿Dónde… dónde ha ubicado a lord Marley?

—No lo he hecho.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Quiero decir que le situamos en White's hasta las ocho en punto de aquella tarde. Desconocemos adónde fue después. Parece que ninguno de aquellos con quienes hemos hablado le vio hasta que salió de casa en su carruaje, dirigiéndose a paradero desconocido, justo antes del alba de la mañana siguiente.

—¿Y lord Kingsfeld?

Crispin se removió un poco.

—¿Kingsfeld?

Una ráfaga de ira atravesó a Victoria. Por lo visto Sinclair no había creído oportuno informar a sus camaradas de sus sospechas con respecto a Astin Hovarth.

—Ah, sí, es cierto… era un amigo —dijo, apretando los dientes—. No debemos sospechar de nadie que fuera amigo de Thomas tres años antes de su asesinato.

—Detecto cierto sarcasmo —dijo Crispin con sequedad. Sorprendentemente parecía más intrigado que molesto—. Sin no está de acuerdo con usted.

—No, no lo está. Y no quiero verle herido porque se niega a escucharme. —Su voz se quebró y trató de disimularlo aclarándose la garganta—. Ni siquiera lo tiene en consideración.

—Sin no suele equivocarse. Si lo hiciera, llevaríamos todos mucho tiempo muertos.

—Lo sé. Pero ¿cómo puede ser tan terc…?

—Lo bueno de tener compañeros —interrumpió el escocés— es que incluso cuando miras en una dirección, alguien te cubre la espalda.

Victoria tuvo que suponer que aquello significaba que él mismo investigaría a Kingsfeld. Una lágrima de alivio rodó por su mejilla. Últimamente se estaba convirtiendo en una auténtica fuente.

—Gracias, señor Harding.

—Vale. Será mejor que ahora se vaya a casa. No me gusta la idea de tener que explicarle a Sinclair qué hace usted aquí.

—Tampoco a mí. —Aún así, dudó—. ¿Señor Harding?

—¿Sí?

Ella se acercó y le tendió la mano.

—Creo que queremos lo mismo.

Él le tendió lentamente la suya y la estrechó.

—Eso espero. Por el bien de todos.

Al final de la tarde, Sin había recorrido tres cuartas partes del camino, deseando, después de todo, haber golpeado a Geoffreys en la cabeza y entrado a registrar la casa de Kingsfeld. El conde no había estado en las subastas de caballos, ni en ninguno de sus clubes, ni deleitándose con un agradable paseo vespertino a caballo por Hyde Park.

Cuando Sin entró cansinamente en la casa, Milo le recibió con su habitual inclinación cortés de cabeza y con silencio. Sin no estaba de humor para hablar, de modo que por una vez no le importó la actitud pomposa del tipo. Arriba la puerta del invernadero estaba cerrada y, tras un momento de duda, continuó hacia sus propias habitaciones.

—Roman —dijo, despojándose de la chaqueta cuando entró en la alcoba—, una copa de oporto, si eres tan amable.

Su ayudante de cámara emergió del vestidor.

—Creo que querrás algo más fuerte que eso, Sin.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Gruñendo algo entre dientes, Roman fue hasta la mesa de los licores y le sirvió un vaso de whisky. Prosiguió con su ininteligible letanía mientras cruzaba la habitación y le daba el vaso a Sin.

—Habla —exigió Sinclair.

—Le perdí la pista a tu esposa —farfulló el secretario, retrocediendo.

—¿Tú, qué?

—No fue culpa mía. ¿Cómo iba yo a saber que se subiría a un carruaje y…?

Sin dejó el whisky con tanta fuerza que la mitad se derramó en su tocador.

—No quiero escuchar ninguna maldita excusa, Roman. ¿Dónde está? —El miedo le atravesó como un puñal. Estaba más cerca de descubrir al asesino. Si el asesino sabía aquello…—. Habla. Ahora.

—Vale, de acuerdo. Fue caminando a casa de Lucy Havers, pero cambió de dirección hacia Bond Street. Diez minutos más tarde Marley se detuvo cerca de ella y se apeó de su faetón, y un minuto después de eso ella subió con él. Para cuando logré parar un coche de alquiler, ya se habían perdido de vista. Miré…

—¡Cállate! —gruñó—. ¡Cállate ya! Necesito pensar. —Se encaminó con paso airado hacia la ventana y volvió otra vez, mientras Roman se mantenía prudentemente fuera de su camino—. Estás seguro de que era Marley.

—Por supuesto que estoy seguro. ¿Qué clase de espía…?

—¡Creo que eres la clase de espía que perdió la pista a mi esposa! —gritó Sinclair.

—Sin…

Él se volvió rápidamente y continuó hacia su diminuto secretario.

—¿Estás seguro de que no ha vuelto mientras estabas dando trompicones de acá para allá?

—Le pregunté a Milo, pero él se limitó a fulminarme con la mirada como hace siempre.

—¡Milo! —Sinclair fue otra vez a la puerta como alma que lleva el demonio y la abrió de golpe. Dios santo, ella tenía que estar bien. Le había advertido sobre Marley. ¿Por qué, por todos los diablos, se había subido en un maldito carruaje con él? ¿Por qué haría eso?

—¿Sí, milord? —El mayordomo apareció en lo alto de la escalera.

—¿Ha visto a mi esposa esta tarde? —preguntó Sin con la mandíbula apretada.

Milo miró a Roman que estaba detrás de Sin, en las profundidades de la alcoba, con la mirada de un hombre condenado.

—Sí, milord —respondió pausadamente.

—¿Cuándo y dónde?

—¿Por qué demonios no me lo dijo, maldito señor Highboo…?

—¡Roman, basta! Milo, habla.

—Ella y, ah, Hilson, fueron a ver a… lady Stanton, milord. Dijo que volvería pronto.

Sin cerró los ojos, el repentino alivio casi le hizo marearse.

—Gracias a Dios —susurró—. Gracias a Dios.

—¿Sucede algo, mil…?

Sinclair agarró al mayordomo por la solapas y, zarandeándole, le metió en la alcoba.

—¡Ya basta! —gruñó—. Este pequeño juego vuestro se termina ahora mismo. Que no os gustéis es una cosa, pero no podéis comprometer la seguridad de mi esposa. Vosotros dos os vais a quedar aquí hasta que alguno haga las paces o esté muerto. Me da igual quién sea. —Irrumpió en el pasillo y cerró la puerta de golpe.

¡Maldición! Victoria Fontaine-Grafton estaba fuera de control. Sus aventuras como espía acababan de llegar a un brusco e ignominioso final. Comenzó a dirigirse hacia las escaleras.

Vixen estaba subiendo el último peldaño cuando él las alcanzó.

—¿He oído que le gritabas a alguien?

Sinclair deseaba agarrarla y zarandearla. Mantuvo las manos a los costados haciendo uso de toda su fuerza de voluntad y la observó acercarse. Tenía la mandíbula apretada con tal fuerza que no podría haber pronunciado una palabra, en caso de haber sabido qué decir. Esta profunda y aterradora furia era nueva para él… y condenadamente difícil de controlar.

Vixen alargó la mano para tomar su mejilla en ella.

—Estaba preocupada por ti —dijo suavemente, examinando su rostro con su mirada violeta.

—¿Tú… estabas… preocupada… por mí? —repitió con un gruñido.

Ella dejó caer la mano.

—Sí.

—¿Y adónde fuiste hoy?

Le sostuvo la mirada otro momento y luego parpadeó y miró hacia la puerta abierta de la biblioteca.

—Creo que tenemos que hablar. En privado.

Él asintió con esfuerzo. Gritarle delante de los criados, furioso como estaba, revelaría demasiadas cosas que deseaba mantener ocultas.

—Después de ti.

Sin la siguió dentro de la biblioteca y cerró bruscamente la puerta. El ruido sobresaltó a Victoria y él aplastó implacablemente la idea de que iba a obligarla a comportarse sólo porque podía. Era por su propio bien. Tenía que estar a salvo.

—Háblame de tu almuerzo con Lucy Havers.

Victoria se detuvo junto a la ventana.

—Me encantaría hacerlo —dijo, cruzándose de brazos—, si tú me cuentas si tus amigos asistirán o no a nuestra cena.

—¿De modo que así es como quieres que sea? —preguntó con tirantez—. ¿Me demoro en hacer algo y tú lo utilizas para justificar tu paseo de esta tarde con Marley?

Su rostro palideció.

—¿Cómo sabías que fui a alguna parte con Marley?

—Roman te vio. Y no intentes fingir que no eras tú.

—No finjo nada. Haces que Roman me espíe, ¿no es verdad? ¿De verdad confías tan poco en mí, Sinclair?

—No trates de ponerme a la defensiva. Fuiste tú quien se fue con él… después de decirme que ibas a ir a almorzar con tus amigas.

—¡Pues tampoco tú estabas dónde tenías que estar! —respondió—. ¡Fui a buscarte y no estabas allí!

Algo además de ira comenzó a filtrarse en el cerebro de Sin. Victoria podía ser imprudente, pero no era estúpida.

—¿Por qué fuiste a buscarme?

—¡Ja! Ya ni siquiera deseo contártelo, pedazo de gorila. —Le miró enfurecida un momento más y después le dio la espalda—. De todos modos, no me creerás. Nunca me crees.

Sin comprendió que había perdido la discusión en el momento en que había dejado que ella abriera la boca. Tomando aire con fuerza, relajó la postura de combate y se dejó caer en el sillón.

—Ponme a prueba.

Victoria tenía los puños apretados con tal fuerza que sus largos dedos se pusieron blancos.

—El otro día Marley se acercó a Lucy para que ella me advirtiera sobre ti y para contarle lo preocupado que estaba por mí. Sabía que jamás lo aprobarías, pero arreglé un encuentro con él para hoy, para averiguar qué quería en realidad.

—Tienes razón —dijo con gravedad—. Jamás lo habría aprobado. Por Dios santo, Victoria. Podrías haber resultado… —Necesitó dos intentos para lograr terminar la frase—. Podrías haber resultado herida.

—Me aseguré de que nos manteníamos en público. En cualquier caso, él trató de convencerme de que estabas teniendo una aventura con Sophie L'Anjou y que por lo tanto yo debería tener una aventura con él.

Sinclair se había puesto en pie otra vez y estaba a medio camino hacia la ventana sin darse cuenta de cómo había llegado allí.

—¿Y tú que le respondiste?

Ella le miró de soslayo.

—Le pregunté por qué debería evitarte. Dijo que estaba casi seguro de que habías matado a tu hermano, y que eso era una verdadera lástima porque Thomas siempre tuvo una buena reserva de coñac. En realidad, podríamos chantajearte con todo el asunto del asesinato para que tú financiases nuestra aventura. —Ella se volvió lentamente de cara a él, las manos sujetas al frente—. No sé cómo puedo convencerte, Sinclair, pero Marley no mató a tu hermano. Él… no posee la suficiente profundidad de sentimientos para tomarse la molestia.

Sin la miró durante largo rato.

—La evidencia sigue apuntando hacia él.

—¿La evidencia de quién? ¿La de Kingsfeld?

—No sólo las de Kingsfeld. ¿Por qué fuiste a ver a lady Stanton?

—Porque no estabas aquí cuando regresé y no paraba de pensar que podrías haber ido a ver a Kingsfeld, y que podrías tener… problemas. Pero tus hombres dijeron que no habías estado allí.

—Tenía intención de ir —dijo pausadamente—. Fui a buscar a Astin primero y acabé pasando la mayor parte del día dando vueltas por Londres, tratando de encontrarle.

Ella alzó la barbilla.

—¿Por qué?

—Porque quería pedirle que me enseñara el resto de ese documento en el que estaban trabajando Thomas y él. El que está manchado de coñac.

—Me crees —susurró.

El alivio que mostraban sus ojos aplastó el resto de su furia.

—Te dije que tenías una buena teoría. Cuando no pude dar con él pasé a ver a Kilcairn. Él no recuerda que fuera presentada en el Parlamente ninguna propuesta como la que encontraste.

Ella se acercó un paso más hacia él.

—¿Lo que significa?

—Lo que significa que puedes haber encontrado la clave. Pero todavía no puedo estar seguro de quién apretó el gatillo. Sabemos que Marley tenía un motivo. Aún no sé si lo tenía Kingsfeld.

Victoria rodeó la cintura de Sin con los brazos. Él abrió los ojos otra vez cuando ella apretó la mejilla contra su pecho.

—Cualquiera que sea el resultado —murmuró—, estás muy cerca. Lo sé. Pero ten cuidado, por favor.

—Tendré cuidado si tú tienes cuidado —dijo en su lugar—. Basta de salir sola con Marley.

—No lo haré… si tú dejas de enviar a Roman a espiarme. No me gusta eso, Sinclair.

—Me parece razonable. Le diré a Roman que lo deje. —Se aseguraría de ello. Wally se haría cargo de la misión del secretario, pero ella no tenía por qué saberlo… no hasta que todo hubiera terminado y estuviera a salvo.

La rodeó lentamente con sus brazos y ella suspiró.

—Bueno. ¿A quién le estabas gritando antes?

—A Roman y a Milo. Les dije que o se hacían amigos o que se mataran entre ellos.

Victoria rio entre dientes.

—Apuesto cinco libras por Roman.

—No sé. Milo es bastante pendenciero y definitivamente posee un alcance de golpe mayor.

—¿Y si se matan entre ellos?

—Me ahorrarán el problema. —La soltó lentamente y con desgana—. ¿Has visto el despacho?

—No. —Victoria entrelazó los dedos con los de él—. Enséñamelo.

El antiguo Sinclair le habría sacado hasta la última gota de información a Vixen sobre su conversación con Marley. Cada palabra y cada matiz podrían haber sido revelados, analizados y clasificados. Crispin diría que estaba perdiendo su agudeza. Sin embargo, este Sinclair confiaba en que Victoria le había contado lo que necesitaba saber. Este Sinclair quería saber si a su esposa le gustaba su nuevo escritorio.

La puerta de su alcoba seguía cerrada, pero tan sólo se escuchaba silencio. O bien los dos hombres estaban manteniendo una discusión civilizada, o bien ambos estaban inconscientes.

—¿Tú qué crees? —susurró Victoria.

—Es demasiado pronto para decirlo. Si no han aparecido cuando oscurezca, iré a hacerles una visita.

—En cualquier caso, ¿por qué estabas tan enfadado con ellos?

Él le agarró la mano con más fuerza al acordarse de lo preocupado que había estado.

—Su reticencia a comunicarse comprometía tu seguridad.

Victoria se detuvo, alzando la vista hacia él.

—Yo tenía la misma preocupación… por ti.

—Te preocupas realmente por mí, ¿no es así? —preguntó, sorprendido. Victoria parecía tan fuerte y tan frágil a la vez; ella era un enigma que necesitaba protección, pero que parecía igualmente decidida a protegerle de todo mal.

—Por supuesto que sí. Eres mi marido, Sinclair Grafton. Eres… importante para mí.

Sin se inclinó y capturó su boca. Por todos los demonios, sí que era tentadora. Pero había algo que se interponía; y si no lograba resolverlo, el abismo que dejaría en sus vidas los separaría para siempre.

Con la alcoba principal ocupada, Victoria atrajo a Sinclair a su salita privada. Lord Baggles desocupó el sillón justo a tiempo de evitar ser aplastado, y mientras Sin le quitaba el vestido de paseo con su habitual eficiencia, Victoria esperaba que Mungo Park se encontrase en otro lugar de la casa. Ese pájaro bobo estaba adquiriendo todo un vocabulario.

Sinclair, cualesquiera que fuesen las inquietudes y preocupaciones que pudiera tener, poseía la única y deliciosa habilidad de hacerla sentir a salvo, amada y segura. Cuando salieron ya era hora de cenar; Victoria llevaba el cabello sujeto flojamente con un lazo, pues no pudo lograr nada mejor.

—Deja de juguetear con él —dijo, apartando de un manotazo la manos de Sin de su cabello.

Él rio entre dientes, atrayéndola de nuevo a sus brazos.

—Deberías llevarlo siempre así. Pareces una princesa de cuento.

—Ay, sí, ya me veo entrando en Almack's con el pelo suelto. Pensarían que soy una completa salvaje.

Sin pasó los dedos por los largos mechones y luego la besó en la nuca.

—Pues llévalo así en casa. Yo sé que eres una salvaje.

Sofocando un ataque de risa, y aliviada de que el ánimo tenso y preocupado de Sinclair se hubiera disipado, le dio una palmadita en la mejilla.

—¡Vaya! Te has vuelto completamente loco.

—Buenas noches, milord, milady.

Milo estaba en su puesto habitual en la entrada del comedor. Tenía el ojo izquierdo magullado y tan hinchado que estaba casi cerrado, pero parecía bastante alegre.

—Buenas noches, Milo. ¿Se encuentra bien? —preguntó Victoria.

—Espléndidamente, lady Althorpe.

Sinclair se situó al lado de Victoria.

—¿Y cómo se encuentra Roman?

—Tendrá que preguntárselo a él, milord. —Apretó los labios—. Parece ser un tipo… muy fuerte. Tal como pidió, no habrá más falta de comunicación.

—Me alegra oírlo.

Cuando Sinclair retiró la silla para que tomara asiento, Victoria se alzó y le dio un beso en la mejilla.

—Si puedes lograr que esos dos se lleven bien, de verdad creo que puedes conseguir cualquier cosa.

Él sonrió, sus ojos ambarinos brillaban.

—Gracias. Casi empiezo a creerte.


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