Capítulo 1






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Capítulo 18


Fue únicamente gracias a los dibujos de Thomas que Victoria supo que había llegado a Althorpe. El lago, los abedules y los pinos, y los ondulados campos resultaban tan familiares que casi podía creer que había estado antes allí.

La misma Althorpe, blanca, vasta y magnífica, era incluso más extensa que la finca de su padre, Stiveton. Pero tuvo poco tiempo para admirarla mientras subía al galope el amplio camino de entrada.

—¡Hola! —gritó, recordando tardíamente que habían abierto la casa tan sólo el día anterior y que todavía podría haber muy pocos criados en la residencia—. ¡Hola!

La puerta principal se abrió y Roman salió apresuradamente a la escalinata.

—¡Lady Vixen! En nombre de Dios, ¿qué…?

—Kingsfeld viene detrás de mí —dijo entre jadeos.

—Por todos los demonios. —El secretario se acercó rápidamente y la ayudó a bajar de Pimpernel—. ¿Está solo?

—No. Vi a tres hombres con él. ¿Dónde están Augusta y Kit?

—Dentro, almorzando. ¿La vieron, milady?

—No lo creo, pero no estoy segura. El camino tiene algunos tramos largos y llanos.

—Sí. Vamos, entre.

Ella se apoyó en su brazo, tenía las piernas temblorosas y acalambradas.

—¿Cuántos criados hay aquí?

—Tan sólo media docena, incluidos la cocinera y la doncella de la primera planta. No los suficientes para resistir a cuatro hombres armados.

—¿Cree que están armados?

—Apostaría a que sí.

Kit se reunió con ella en la entrada del comedor, con expresión aún más asombrada que la de Roman.

—¡Vixen! Pensé que…

—Por favor, escucha —dijo ella y entró cojeando en el comedor—. Lord Kingsfeld viene hacia aquí con tres hombres.

—¿Astin? —repitió Kit—. ¿Por qué…?

—Dios mío —susurró Augusta, su rostro se fue poniendo blanco.

—Tu hermano y yo creemos que puede haber sido él quien mató a Thomas —declaró Victoria sin alzar la voz, deseando haber dispuesto de tiempo para dar las noticias de un modo más delicado.

—¿Qué? ¡No! ¡No lo creo!

—Christopher —dijo la abuela—, por el momento aceptaremos lo que dice Victoria como un hecho. ¿Qué vamos a hacer?

—¿Hay propiedades vecinas en donde pudiéramos encontrar ayuda?

Kit sacudió la cabeza.

—No durante la temporada. Están todas cerradas durante el verano.

—Traeré el carruaje y nos iremos —dijo Roman con seriedad, volviéndose hacia la puerta.

—No —contestó ella, poniendo la mano en su brazo—. Nos alcanzarían aunque sus caballos estuvieran cansados. En campo abierto no tendríamos ninguna oportunidad.

—¿De veras crees que quiere hacernos daño? —preguntó Kit, su rostro era una mezcla de ira y dolorosa conclusión. No podía culparle; Astin Hovarth había sido un amigo querido hasta hacía cinco minutos.

—No se me ocurre ningún otro motivo para que esté ahí afuera. ¿Augusta?

Lady Drewsbury negó lentamente con la cabeza.

—A mí tampoco. —Se puso en pie—. Ésta es una casa muy grande. Sugiero que nos escondamos.

—¿Escondernos? ¿Del hombre que mató a mi hermano? ¡De ningún modo!

—Lady Drewsbury tiene razón —interpuso Roman—. Si se dividen para buscarnos, tendré una mejor oportunidad contra ellos.

—¿Y quién demonios es usted, señor? —exigió Kit.

—Es un ex espía del Ministerio de Guerra. Igual que Sinclair.

—Un ex… Santo Dios, estoy perdiendo la cabeza.

—Piérdela más tarde, Christopher —dijo Augusta con sequedad—. Por ahora mira a ver si puedes encontrar algunas armas.

A través de la ventana entreabierta les llegó el estrepitoso sonido distante de los cascos de los caballos sobre la grava.

—Ya están aquí —dijo Victoria, llevada por el pánico—. Todo el mundo arriba. Ahora.

Roman sacó una pistola del bolsillo.

—Iré a saludar —dijo adusto.

—No hará tal cosa. Protegerá a Augusta y a Christopher. ¿Está claro?

—¿Y quién va a protegerla a usted, milady?

Ella le miró, desafiando al secretario a que contradijera su evidente mentira.

—Yo misma.

Él maldijo, luego la agarró del brazo y la arrastró hacia el vestíbulo.

—Les protegeré a todos —gruñó—. Vamos arriba.

Althorpe parecía tranquila y desierta cuando Astin Hovarth irrumpió en el patio. Había una yegua alazana a un lado de la entrada con el pecho bañado en sudor. Quienquiera que hubiese llegado antes que ellos no iba a gozar de mucha más suerte que el resto de la familia de Sinclair… sobre todo, la furcia de su esposa, que había sido la primera en apuntar todo este embrollo en su dirección.

—No matéis a nadie hasta que los tengamos a todos —ordenó, apeándose del bayo—. A menos que no os quede más remedio, naturalmente.

—Sí, milord.

La puerta principal estaba entreabierta. Asomándose a la entrada, Astin la terminó de abrir suavemente. El vestíbulo estaba vacío. Indicó a sus tres empleados que entrasen, siguiéndoles y cerrando la puerta tras de sí. Si alguien intentaba salir, lo oiría.

Tan pronto se hubo enterado de que no sólo Vixen, sino también Augusta y Kit, habían desaparecido, lo supo. Sinclair se creía muy listo, pidiéndole más pistas sobre Marley cuando lo que en realidad buscaba era tenderle una trampa al amigo más querido de su difunto hermano. El arresto de Marley le había sorprendido momentáneamente hasta que la condición de su despacho había dejado claro que Sinclair sólo estaba jugando otro juego y tratando de obligarle a dar un paso en falso. Era una estratagema muy presuntuosa y había estado a punto de funcionar.

No obstante, una vez se dio cuenta de que Augusta, Kit y esa maldita mujer debían de haberse dirigido a Althorpe, supo lo que tenía que hacer. Sinclair seguía sin tener pruebas contra él o ya habría hecho que le arrestaran. Un trágico incendio en casa se ocuparía de su molesta esposa, y bastaría para distraer a Sin el tiempo suficiente para que Astin se asegurase de que toda prueba contra Marley estuviera en su lugar sin contratiempos.

Si le salía bien, podría incluso insinuar que todo era obra de Sin. El muchacho había estado muy afligido por la marcha de su esposa, y la sociedad ya le consideraba una amenaza bastante desequilibrada. Astin se permitió una breve sonrisa. Sí, ésa sería una buena forma de concluir este asunto.

—No hay nadie en las habitaciones de la parte delantera, milord —dijo Wilkins, volviendo a su lado.

—Parece que supieran que veníamos. Eso complicará las cosas, aunque no demasiado. Encontradlos. Reuniremos al servicio en la cocina.

—¿La cocina, milord?

—Ahí es donde se inician la mayoría de los incendios, ¿no?

Victoria no había estado tan asustada en toda su vida. Sin embargo, al mismo tiempo una creciente furia corría por sus venas. Por Dios, ésta era su casa y esos hombres de abajo no tenían ningún derecho a estar aquí. Las personas que temblaban de miedo con ella en las habitaciones contiguas eran su familia y sus criados, y protegerlos era su responsabilidad. Suya y de Sinclair.

Él no estaba aquí, y por lo tanto le correspondía a ella mantener a salvo a sus criados y seres queridos. El corazón le latía gélido y vacío ante la idea de que algo pudiera haberle sucedido a él, pero no podía pensar en eso en este preciso momento. Se afligiría y lloraría su pérdida más tarde. En este momento tenía una batalla que planear.

—Roman —susurró.

El diminuto ayudante se arrastró en torno al armario hasta su lado.

—Milady, no esté asustada. No dejaré que esos bastardos se le acerquen.

—Shh —murmuró—. Tenemos que capturarlos vivos.

Las cejas del hombre se alzaron.

—¿Vivos?

—No podemos estar seguros de que Sinclair tenga todas las pruebas que necesita para condenar a Kingsfeld.

—Le ruego que me perdone, pero ahora mismo eso me importa un comino. Él me dijo que cuidara de usted, costara lo que costase.

—¿Lo hizo? —Dios bendito, él la amaba—. Y yo pretendo cuidar de él, cueste lo que cueste. Él no sólo quiere venganza, Roman. Quiere justicia.

—Lo que quiere es que usted esté a salvo.

Ella frunció el ceño.

—No discuta conmigo, Roman. Necesito su ayuda.

El ayudante suspiró.

—Espero que Sin tenga la oportunidad de matarme por esto. ¿Cuál es su plan?

—Ya se lo dije… tenemos que capturarlos vivos.

Con una breve risita, Roman sacudió la cabeza.

—Necesitamos algo más que eso.

—Bueno, soy nueva en esto. Usted es el experto… ¿qué opina?

La puerta contigua se abrió con un chirrido. Victoria ahogó un grito, agarrándose el pecho. Cuando un pañuelo blanco ondeó en la parte baja de la rendija, Victoria habría podido desmayarse de alivio. La cabeza de Kit apareció a continuación.

—Quiero formar parte de esto —farfulló, cruzando arrastrándose el corto espacio de suelo hacia ellos.

—¿Nos has oído?

—No, pero sé que estáis planeando algo. Le debo a Kingsfeld tanto como Sin. Más incluso. Inmediatamente después del funeral me dijo que sabía que jamás reemplazaría a mi hermano, pero que, puesto que Sin no estaba, se sentiría honrado de sustituirle lo mejor que pudiera. Lo acepté. Dejé que ese bastardo me escribiera una carta de recomendación para Oxford.

—De acuerdo —murmuró Victoria, tomando su mano y apretándola—. Puedes ayudarnos. Siempre que tengas cuidado.

Kit sonrió con gravedad.

—Me parece razonable.

—Esperen un maldito minuto —protestó Roman—. No voy a permitir que…

—Tiene dos opciones, Roman. Podemos estorbarle o podemos ayudarle —espetó Victoria.

—Maldita sea —dijo el ayudante—. Si los quiere vivos, tenemos que atraparlos al mismo tiempo.

—¿Vivos? —repitió Kit, frunciendo el ceño.

—Pruebas —susurró Victoria.

El hermano de Sinclair asintió.

—Ah, de acuerdo.

Para cuando Augusta se unió a ellos y le explicaron todo una vez más, unos pasos comenzaron a subir pesadamente la escalera cercana. Victoria no se sentía a gusto incluyendo a la abuela de Sinclair, o a Kit, en la empresa, pero no iba a decirles que no podían participar. Sabía demasiado bien lo que eso dolía.

La alcoba en la que se habían posicionado se encontraba a siete u ocho puertas de distancia de lo alto de las escaleras, con el resto de los moradores al fondo del pasillo. Cuando oyó abrirse la quinta puerta y el ruido de los tacones de botas por el pasillo, Victoria deseó haber estado en la primera habitación. Apenas podía soportar esperar diez minutos. Pero Sinclair había esperado, observado y escuchado durante más de dos años.

—¿Preparada? —le dijo mudamente Roman desde detrás de la puerta.

Ella asintió, tenía la boca seca. Esto era tanto por Sinclair como por ella. No podía cometer ningún error. Hoy no habría segundas oportunidades.

El pomo de la puerta comenzó a girar lentamente. Victoria contuvo el aliento. Estaba sentada en la cama, y si Roman no se abalanzaba con la suficiente rapidez no tendría ningún lugar adonde huir. La puerta se abrió poco a poco. Un hombre grande y robusto entró en la habitación pistola en mano.

—¿Qué dem…? —dijo él al tiempo que su mirada encontraba a Victoria.

—Hola —le saludó en voz baja, sonriendo—. Te estaba esperando.

Él dio otro paso, la pistola se alzó en su dirección. Uno pequeño paso más y lo tendrían.

—Tú eres Vixen, ¿verdad?

—Sí, lo soy. ¿Te gustaría saber por qué me llaman así?

—Por todos los…

Un fuerte haz de leña le golpeó en la parte de atrás de la cabeza y el hombre cayó pesadamente al suelo con un gruñido.

—La llaman así porque es astuta como una zorra —farfulló Roman, agarrando un brazo inerte mientras Kit emergía de debajo de la cama para agarrar el otro y apartar al hombre de la puerta. Augusta salió del armario y cerró de nuevo la puerta con sumo cuidado.

—Uno menos, quedan tres —dijo Kit con seriedad, utilizando los cordones de la cortina para atar los brazos del tipo a la espalda.

Roman examinó la pistola del atacante y se volvió hacia Kit.

—¿Sabe cómo usar esto, señorito Kit?

—Por supuesto. —Kit se guardó el arma en el bolsillo—. ¿Nos limitamos a esperar aquí a que venga el siguiente? Podrían ser horas.

La puerta se abrió de golpe.

Victoria se arrojó a un lado de la cama sin dejar de chillar cuando Kingsfeld se lanzó sobre ella. Su mano se cerró como un torno alrededor de su tobillo y ella dio una fuerte patada con el otro pie. Él le agarró también esa pierna y la arrastró otra vez a la cama, las faldas se le subieron por encima de las rodillas.

—¡Ya basta, Vixen! —dijo gruñendo y le cruzó la cara de una bofetada.

Ella cayó otra vez de espaldas en la cama, aturdida por el golpe. Cuando él volvió a ponerla derecha, Victoria, con el cabello suelto y cayéndole sobre los ojos, divisó un segundo hombre en la entrada con una pistola apuntada hacia Kit y Roman.

—¡De acuerdo! ¡Nos rendimos! —gritó.

—Ya habéis oído —rugió Kingsfeld—. Bajad las armas.

—¡Astin! ¿Qué significa esto? —Augusta estaba junto a la ventana con un jarrón en las manos. Viendo la ira acerada en los ojos de la mujer, Victoria se dio cuenta de dónde le venía a Sinclair la fuerza de carácter.

—Esto significa, mi querida Augusta, que tu nieto se ha convertido en un loco de atar, no dejándome más opción que arreglar otra vez las cosas. Deja eso. Ahora.

Augusta dejó caer el jarrón en la cama de mala gana.

—¿Y cómo pretendes arreglar las cosas, asesino?

—Limpiando este embrollo que por lo visto he dejado. —Sonrió con aire amenazador. Puso a Victoria en pie agarrándola del pelo—. Todos vosotros, por aquí.

Victoria fue la primera en cruzar la puerta y salir al pasillo. Se tropezó cuando el conde la empujó hacia las escaleras… y se quedó petrificada. Allí estaba Sinclair, sus ojos oscuros por la ira. Por un momento pensó que estaba teniendo una alucinación, hasta que él pronunció una sola palabra en voz baja.

—Agáchate.

Ella se dejó caer y el puño de su marido salió disparado, alcanzado a Kingsfeld de lleno en la mandíbula. Cuando el conde se tambaleó hacia un lado, ella entró corriendo otra vez en la habitación, abalanzándose sobre el segundo pistolero antes de que éste pudiera tan siquiera abrir la boca. Kit le golpeó en la parte baja de las piernas y, con el peso de Victoria a la espalda, el hombre cayó hacia delante, golpeando fuertemente a Kit contra la mesilla de noche.

El esbirro se la sacudió de encima y ella se golpeó contra el armario, retorciéndose bruscamente el brazo. Apartando al aturdido Kit, el hombre se arrastró hacia ella. En el último segundo Augusta se puso delante de Victoria y le estampó el jarrón al hombre en la cabeza. Él se derrumbó entre sonidos de porcelana rota.

—Espléndido golpe, abuela —la felicitó Kit, tambaleándose, mientras intentaba levantarse.

—Gracias, querido.

Sonó un disparo, la bala pasó silbando por delante de ellos para incrustarse en la pared del fondo. Con un grito ahogado, Victoria se agachó de nuevo. Sinclair le arrebató la pistola a Kingsfeld de la mano.

—Ya no vas a hacer más daño a mi familia —dijo gruñendo, y golpeó otra vez al conde con fuerza.

Ambos cayeron, y Victoria se arrastró hasta la entrada de la habitación mientras ellos avanzaban forcejeando por el pasillo y hacia las escaleras. Sin recibió un puñetazo en la cara y del labio partido le corrió un hilillo de sangre. Ni siquiera pareció acusar el golpe mientras seguía aporreando al más corpulento Kingsfeld.

Victoria quería gritarle que tuviera cuidado, pero no se atrevía a arriesgarse a distraerle. Entonces el conde sacó una navaja de la bota.

—¡Sinclair! —chilló.

—Espero que sepas cómo usar eso —gruñó Sin, esquivándole marcha atrás mientras Kingsfeld le atacaba.

—Lo bastante bien para eliminaros a tu familia y a ti de mi desgracia. —El conde arremetió de nuevo contra él.

En el último momento Sinclair se agachó y empujó hacia arriba, lanzando al conde por encima de su hombro. Con un grito quebrado, Kingsfeld cayó de cabeza por el primer tramo de escaleras y se derrumbó en el descansillo. Sinclair bajó a su lado de un salto, apartando de una patada la navaja de los dedos inertes del conde.

La cabeza de Kingsfeld yacía paralela a su hombro en un ángulo imposible. Sinclair se desplazó hacia atrás sobre las posaderas y se sentó, inundado de dolorida extenuación y alivio. Había llegado a tiempo, gracias a Dios… o a cualquier deidad que cuidara de los tontos como él.

—¿Está muerto? —preguntó Kit desde la baranda, frotándose un feo chichón en la frente.

—Sí.

—Queda uno más, Sin.

—No. Lo encontré en la sala; no irá a ningún lado durante un rato.

—Bien.

Sinclair volvió a ponerse en pie lentamente; cuerpo y mente exhaustos. Victoria estaba en lo alto de las escaleras, mirándole fijamente; tenía el cabello revuelto, pero su expresión era, por una vez indescifrable.

Parte de él había pensado que jamás volvería a verla, convencido de que nunca se le permitiría la felicidad que Victoria le proporcionaba. Incluso ahora seguía sin estar seguro. Le había mentido, insultado y manipulado demasiadas veces. Era imposible que le perdonara.

Subió las escaleras de todos modos.

—Victoria —dijo en voz queda.

Ella se lanzó a sus brazos.

—Sinclair —dijo entre sollozos, hundiendo las manos en su espalda como si no tuviera intención de soltarle nunca más—. ¿Estás bien? Dime que estás bien.

Sinclair cerró los ojos, enterrando la cara en su pelo.

—Victoria, lo siento tanto —murmuró—. Lo siento tanto.

—Jamás vuelvas a mentirme otra vez —le dijo con ferocidad.

—¿Otra vez? —repitió, alejándola de su pecho para poder mirar sus ojos violetas—. ¿Quieres decir que me das otra oportunidad?

—Naturalmente que sí. Te amo.

Él la miró. La oscura armadura de desconfianza que protegía sus heridas y cínicas entrañas se disolvió como si nunca hubiera existido.

—¿Me amas? —susurró, asombrado, tendiendo la mano para retirar suavemente un mechón suelto detrás de la oreja—. ¿A mí?

Una lágrima rodó por la suave y tersa mejilla de Victoria.

—Sí. Pedí prestado un caballo en la academia. Iba a regresar a Londres para buscarte, pero entonces vi a Kingsfeld dirigirse hacia aquí, así que di la vuelta para advert…

—Tú… te pusiste en peligro. A propósito.

—Igual que tú —murmuró.

Lentamente la atrajo de nuevo a sus brazos.

—Te amo —le dijo contra su cabello.

Ella alzó el rostro hacia él, y Sinclair la besó con ferocidad. Victoria Fontaine era suya. Al fin. Ella, por la razón que fuera, deseaba estar con él, y Sin no iba a poner en duda su sabiduría.

—Sinclair —le dijo en un susurro—. Tengo algo que contarte.

—Ya lo sé.

Victoria le miró.

—¿Lo sabías, y me mandaste lejos de todos modos?

—No, no, no —se apresuró a decir, sujetándola con fuerza por si intentaba escapar—. Alexandra me lo dijo anoche.

—¿Alexandra?

—Me pegó un puñetazo y luego me habló del bebé —dijo, besándola una vez más.

Sus ojos violetas comenzaron a brillar.

—¿Lex te pegó un puñetazo? Nunca ha golpeado a Lucien.

Él asintió con la cabeza.

—Me da la sensación de que estaba muy enfadada conmigo. «Furiosa» podría ser una palabra más acertada. Por todos los diablos, Victoria. ¿Recorriste a caballo todo el camino desde la academia a Althorpe? ¿Estás segura de que estás bien?

—Ahora sí que lo estoy.

Él la besó de nuevo.

—Tienes todo el derecho a darme un puñetazo, ¿sabes? O peor. Sé que estabas enfadada y dolida.

—Lo estaba… hasta que te comprendí.

—Otra vez —dijo él, riendo suavemente entre dientes.

—¿Qué es lo que acabó de convencerte sobre Kingsfeld? —Echó un vistazo sobre su hombro hacia el descansillo, pero él la apartó.

—No es necesario que veas eso. Por fin hemos acabado con él… gracias a ti. Tú me convenciste. Y luego descubrí que poseía una fábrica de farolas de gas en París.

—Mató a Thomas por las farolas.

—No. Da la casualidad de que tuve que visitar la fábrica en una ocasión cuando uno de los generales de Bonaparte perdió una apuesta contra mí. Me debía un rifle, y puesto que estábamos los dos borrachos, y por lo tanto no estaba en pleno juicio, me llevó a una fábrica de municiones. Hasta el otro día no descubrí que se llamaba igual que la fábrica que poseía Astin.

—Entonces, merecía morir —susurró con ferocidad—. ¿Crees que Thomas lo descubrió?

—Creo que a Astin le preocupaba que lo hiciera. Por lo visto tenía intención de leer una lista que incluía a todos los pares con posesiones francesas cuando presentase su tratado ante la Cámara.

—Ya sospechaba de Astin, o no habría escondido aquellos documentos.

Sinclair asintió, alzando la vista cuando Christopher y su abuela se acercaron.

—Siento no haber podido contároslo. Era demasiado peligroso.

—Deberías habérnoslo contado de todos modos, pedazo de patán —dijo Kit con vehemencia.

Las puertas dobles se abrieron de golpe.

—¿Sin?

—Arriba. Estamos todos bien.

Victoria le sonrió.

—Sí, lo estamos.

Crispin subió las escaleras como un rayo, deteniéndose sólo un momento a mirar el cuerpo de Kingsfeld.

—Gracias a Dios. Escuchamos un disparo cuando veníamos por la colina.

Segundos después, Wally y Bates se reunieron con ellos.

—Me estoy haciendo demasiado viejo para esto —dijo Wally con voz ronca, doblándose por la cintura y respirando entre jadeos.

—No importa —respondió Sinclair, abrazando a su esposa con tanta fuera como se atrevió a hacerlo—. Me acabo de retirar.

—Hum, Sin, sólo para que recuerdes, nos queda un asunto más que atender cuando volvamos a Londres —repuso Crispin.

Sinclair le miró sin expresión por un momento. Había acabado con esto; acabado con el espionaje, con vengar a Thomas y con las mentiras. Ahora podría al fin mirar al frente en lugar de mirar sobre su hombro. Y tenía algo que esperar con ilusión: una vida con Victoria, e hijos y cualquier animal que ella decidiera rescatar a continuación. Pensó que no le importaría si ella acabara encontrando un elefante huérfano.

—¿Qué es lo que queda? —preguntó Victoria, apoyando la cabeza contra su pecho.

—Marley —dijo Wally de inmediato.

—¿Marley? —repitió ella, frunciendo el ceño—. Él no hizo nada… ¿verdad?

—Maldición —farfulló Sin—. No, salvo tratar de apartarte de mi lado.

—Jamás tuvo una oportunidad, Sinclair.

—Aunque hice que le arrestasen para engañar a Kingsfeld. Tenemos que volver a Londres antes de que decidan ahorcarle.

Los labios de Victoria se movían nerviosamente.

—Pobre Marley.

Sinclair besó su sonriente boca.

—Sí. Supongo que tendré que ser yo quien te meta en líos de ahora en adelante.

—Eso suena a una promesa —dijo riendo Victoria, y le abrazó de nuevo.


Reseña Bibliográfica

Suzanne Enoch


Suzanne nació y creció en el Sur de California. Actualmente vive cerca de Disneylandia, con su colección de figuras de acción de La Guerra de las Galaxias y un terrier, Katie (que lleva el nombre de la heroína de su primera novela de Regencia). Suzanne busca todavía a su propio héroe, y espera que sea guapo, con título… y un poco bribón. Mientras tanto, sigue imaginándose a su héroe y describiéndolo en sus novelas.

Encuentro a medianoche


La joven y bella Victoria Fontaine, de naturaleza inteligente e inquieta, ha conseguido escandalizar a la alta sociedad con su comportamiento. Aún así, su reputación se ve seriamente comprometida cuando es sorprendida por su padre en los brazos del disoluto Sinclair Grafton, recién convertido en lord Althorpe al heredar el título de su fallecido hermano mayor. La única opción que les queda es casarse inmediatamente a pesar de la mala fama de Sinclair por los años que ha pasado en Francia mientras su país estaba en guerra con Napoleón. Sin embargo, lo que nadie sabe es que tras la máscara de libertino se escondía un espía al servicio de la corona.

Ahora Sinclair ha vuelto con una misión: descubrir al asesino de su hermano Thomas. La apasionada Victoria no podrá mantenerse al margen y hará todo lo posible para ayudar al hombre que le ha abierto las puertas del placer y del amor.

* * *

2 En inglés «zorra», «arpía». (N. de la T.)

3 Cita de Hamlet, Acto V, escena II (N. de la T.)

4 Cita de Macbeth, Acto V, escena V (N. de la T.)

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