Capítulo 1






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Capítulo 2


Ese maldito bastardo de Marley seguía arreglándoselas para arruinarle la vida.

Había sido una decisión cuidadosa: robarle la compañía femenina al vizconde o su último aliento. Dadas las consecuencias de la noche pasada, Sinclair no estaba seguro de qué resultaría más satisfactorio.

Alguien llamó suavemente a la puerta de la alcoba principal. Haciendo caso omiso continuó afeitándose. Su ayuda de cámara, no obstante, se enderezó y lanzó una mirada a la puerta.

—No —dijo Sinclair antes de que Roman pudiera sugerir nada.

—Podría ser importante. Su futura novia puede haber huido de Inglaterra.

—O puede que alguno de sus pretendientes haya venido a pegarme un tiro. —Había uno en particular al que no le importaría ver. Guardaba una bonita pistola con la culata de marfil en el bolsillo para tal ocasión.

La llamada se repitió con más contundencia.

—Señorito Sin, debería…

—Deja los malditos nervios a un lado.

El ayuda de cámara le fulminó con la mirada un poco más y luego se apartó de la pared y fue a abrir la puerta.

—Es Milo, milord.

Sinclair se dedicó a terminar de afeitarse la barbilla, nada sorprendido de que su secretario le hubiera desafiado ni de la identidad del visitante.

—Gracias, Roman. ¿Por qué no averiguas qué es lo que quiere?

—Lo haría, milord, pero sigue sin dirigirme la palabra.

De algún modo, siempre que Roman decía milord, parecía un eufemismo de imbécil. Sin dejó la navaja en la palangana con un suspiro. Cogiendo una toalla, se puso en pie y se volvió hacia la puerta.

—¿Sí, Milo?

El mayordomo pasó por delante de Roman esforzándose por no mirar a la corpulenta gárgola que hacía las veces de ayudante.

—Acaba de llegar una carta para usted, milord. De lady Stanton.

El tono de Milo no fue mucho más amistoso que el completo silencio con el que éste trataba a Roman. Sin se limpió el jabón que le quedaba en la cara.

—Gracias. —El mayordomo le entregó la carta y su patrón se metió en el bolsillo el papel doblado sin mirarlo—. Milo, ¿interrumpía a menudo el aseo de mi hermano para traerle una insignificante carta?

El mayordomo se sonrojó.

—No, milord. —Alzó su puntiaguda barbilla—. Pero aún desconozco su rutina. Ni estaba al corriente de que la carta fuera insignificante. Le pido disculpas si estaba equivocado.

—Disculpas aceptadas. Haga el favor de enviar un ramo de rosas rojas a lady Stanton con mis saludos. E informe a la señora Twaddle de que no cenaré aquí esta noche.

Milo asintió con la cabeza.

—Muy bien, milord.

—Milo.

El mayordomo se dio la vuelta.

—¿Sí, milord?

Sinclair le regaló una enigmática sonrisa.

—Olvídese de lady Stanton. Yo mismo me ocuparé.

—Yo… sí. Como desee, milord.

Tan pronto como los talones del mayordomo traspasaron la entrada, Roman cerró la puerta.

—Deberías darle la carta de despido al dichoso señor Highboots.

Sin se encogió de hombros mientras volvía al tocador.

—Milo es un mayordomo bastante competente.

—Bueno, no me gusta nada la idea de que mantengas el personal de servicio de tu hermano. Uno de ellos podría pegarte un tiro en la cabeza cualquier noche.

—Los quiero a la vista… al alcance. —Acomodándose en la silla, Sinclair señaló una chaqueta que descansaba sobre la enorme cama deshecha—. No pienso ponerme esa monstruosidad azul para visitar a mi futuro suegro.

—Es conservadora.

—Exactamente. Él podría aprobarlo, ¿y en qué lugar quedaría yo? Tráeme la de color beis y crema.

—Parecerás un granuja.

—Soy un granuja, idiota. Y no tengo intención de que Stiveton lo olvide ni un condenado minuto.

Sacó la carta y la abrió, sofocando una sonrisa cuando captó la expresión contrariada de su ayudante de cámara en el espejo del tocador. Examinó minuciosamente el contenido con presteza y luego se recostó frunciendo el ceño. Primero la alta sociedad trataba de endilgarle una boda sorpresa, y ahora esto. Las malas noticias nunca llegaban solas.

—De acuerdo. Llámame idiota si te apetece —refunfuñó su ayudante desde el vestidor—. Pero eres tú quien se ha visto obligado a casarse con Vixen Fontaine en su primera salida decente a su vuelta a Londres.

—No me he visto obligado a hacer nada. Le he dejado claro algo a Marley. —Ni siquiera podía decir el nombre de ese bastardo sin gruñir.

—¿Y el matrimonio?

—Ésa fue sólo mi forma de evitar que me lapiden y tenga que salir corriendo de Londres.

—Ah.

—Ah. Ningún padre en su sano juicio permitiría que su hija se casara conmigo. Lo que sucede es que todo el mundo sostiene la idea equivocada de que yo sería más inocuo si estuviera encadenado a alguna pobre mujer. —Sinclair leyó una vez más la carta, buscando cualquier signo esperanzador—. Por cierto, Bates envía sus saludos.

—Más le vale. Ese muchacho me debe diez libras. —Por fin las ropas adecuadas aparecieron sobre la cama y el ayudante regresó con toda tranquilidad al tocador—. En cualquier caso, ¿quién es lady Stanton?

—Alguna viuda de buena posición que vive en Escocia. Una pariente muy, muy lejana de Wally, o algo así.

—Parece bastante inofensiva.

Sinclair le observó.

—Me gustaría pensar que no soy un completo incompetente. Y tus diez libras están de camino a Londres, ya que lo preguntas.

Su ayudante se puso serio.

—¿Bates no descubrió nada?

—No. No esperaba que lo hiciera, pero supongo que la esperanza es lo último que se pierde. Wally y Crispin van a reunirse con él. Nos reagruparemos aquí. Van a alquilar una casa en Weigh House Street. O, más bien, será lady Stanton quien lo haga.

Le entregó la misiva a su ayudante, quien la examinó con la misma atención con la que lo había hecho Sinclair.

—Bien, me alegra que Crispin venga —dijo Roman—. Tal vez él pueda convencerte antes de que acabes casado.

—Ahora soy el marqués de Althorpe. Tendré que casarme tarde o temprano, aunque sólo sea por el bien de Thomas. —Y cualquiera que fuera su decisión, la idea de tener a Vixen Fontaine en su cama era inmensamente excitante. Teniendo en cuenta el gusto de Marley en lo referente a mujeres, había esperado alguna fresca… no una diosa. Esas largas pestañas rizadas…

—Lo sé, lo sé. Pero en Londres todos piensan que eres… ya sabes… él. Y él no debería echarse una novia… ni siquiera una tan indómita como Vixen.

Con un resoplido, Sinclair le arrebató la carta y, después de arrugarla, la lanzó a los rescoldos de la chimenea.

—Soy él, y por el momento no va a haber ningún matrimonio. No compliques las cosas.

Su secretario se cruzó de brazos y le miró con el ceño fruncido.

—Eres tú quien complica las cosas, Sin. Ni siquiera puedes vivir en tu propia casa sin que los criados piensen que…

Sinclair le lanzó una mirada furibunda.

—Por última vez, Roman, yo soy él. Nada ha cambiado desde Francia, o Prusia o Italia, salvo el objetivo du jour. Deja de defender mi mal carácter.

—Pero no es…

—Déjalo estar.

—De acuerdo, milord. —Cogió la palangana y volcó el contenido en el orinal—. Si mueres que todos piensen que eres un maldito sinvergüenza en vez de un héroe, y si quieres casarte con la petulante hija de un conde para salvaguardar la farsa, es asunto tuyo. Si…

Sin se puso en pie.

—Estoy aquí para encontrar al asesino de mi hermano, Roman. Puede que la maldita corona me haya tenido deambulando por el continente durante los últimos cinco años, pero Bonaparte ya está acabado, y yo también. Sin embargo, mantendré la farsa mientras me resulte útil. ¿Queda claro?

Su secretario tomó aire con fuerza.

—Tan claro como el cristal.

—Bien. —Sinclair le brindó una ligera sonrisa—. Y no vayas por ahí llamándome héroe. Lo echarás todo a perder.

Roman volvió a cruzarse de brazos.

—Claro, odiaría hacer eso justo ahora, ¿no es verdad?

—¡No puedes hablar en serio!

—Nunca he hablado más en serio, Victoria. —El conde Stiveton se paseaba una y otra vez en torno al sillón situado en el centro de la biblioteca, sus pisadas eran tan enérgicas que hacían vibrar las puertas de cristal de la vitrina del fondo de la habitación—. ¿Piensas que siempre iba a hacer la vista gorda a tu escandaloso comportamiento? ¿Cuántas correrías más se supone que debo pasar por alto?

—Más que esto.

—¡Victoria!

Victoria estaba tumbada boca arriba en el sillón con un brazo cruzado sobre la frente en lo que era su mejor pose dramática de desamparada vulnerabilidad.

—¡Sólo fue un estúpido beso! Por el amor de Dios, padre.

—Besaste a Sinclair Grafton de un modo completamente… íntimo. Dejaste que te manoseara por todas partes. En público. No puedo —ni quiero— tolerarlo por más tiempo.

Hum, había utilizado la misma pose vulnerable la semana anterior. Tampoco entonces había funcionado y había acabado encerrada en casa durante tres largos días. Victoria se incorporó.

—¿Así que me obligas a casarme con él? Eso me parece un poco severo. He besado a otros hombres, y no has…

—¡Basta! —Stiveton se tapó los oídos con las manos—. No deberías haber besado a nadie. Pero esta vez, Victoria, te pillaron… en brazos de un completo réprobo y en presencia de una multitud.

—Una multitud excepcionalmente estrecha de miras.

—¡Victoria!

—Pero…

—Basta de explicaciones y basta de excusas. A menos que ya haya huido del país, te casarás con lord Althorpe y afrontarás las consecuencias de tus actos.

—¿Es que tú no has hecho nunca nada por diversión? —alegó.

—Divertirse es cosa de niños —dijo inflexiblemente—. Tienes veinte años. Ya es hora de que te conviertas en esposa… y se presenta la cuestión de qué otro te aceptaría.

El conde salió de la habitación con paso airado, dirigiéndose directamente a su estudio. Allí aguardaría la llegada de Althorpe, y a continuación negociaría con el sinvergüenza el deshacerse de ella, sólo para no tener que aguantar sus travesuras por más tiempo.

Victoria suspiró y volvió a dejarse caer pesadamente en el sillón. Diez horas deberían haber bastado para convencerle de lo imprudente que estaba siendo, y del absurdo matrimonio que sería para todos los afectados. Por supuesto que se había extralimitado, siempre lo hacía. Sus padres ya deberían estar curados de espanto.

—¡No voy a casarme! —gritó al techo.

Este no le respondió.

De todos los castigos que sus padres podían idear éste era el peor con diferencia. Dentro de un año cumpliría la mayoría de edad y podría viajar y ayudar en cualquier causa digna. Una vez casada, ese dinero iría a parar a Sinclair Grafton, y estaba convencida de que él perdería cada penique en las mesas de juego antes de que ella pudiera emplearlo en algo útil.

Sí, era guapo, y sí, había hecho que su pulso se desbocase cuando la besó. Eso, no obstante, no era razón para casarse con él. Ni siquiera sabía nada sobre él, excepto los rumores de su terrible reputación. Era imposible que sus padres quisieran que se vinculara a alguien así. Era imposible que pensasen que se merecía a alguien así.

Victoria golpeó con frustración los blandos cojines del sillón. Su única esperanza era que la idea de casarse horrorizara a Althorpe tanto como a ella. Tal vez ya se había marchado a Europa o a algún lugar remoto. Cerró los ojos y entonces se dio cuenta de que estaba siguiendo lentamente el perfil de sus labios con el dedo. Se puso en pie mientras profería una maldición. Una no se casa con un hombre sólo porque besa con la habilidad del mismísimo Eros. Una se casa con un hombre porque es amable e inteligente, comprensivo y compasivo, y no espera que su esposa sea más que un bonito adorno que borde y se pase el día organizando el té de cada tarde. Ella no era esa clase de mujer, y no podía —ni quería— ser ese tipo de esposa.

Sinclair se apeó de un salto de su faetón y subió los bajos escalones de mármol de la fachada de Fontaine House. Había considerado si visitar o no a lord Stiveton, y decidió que el Sin Grafton que todos conocían lo habría hecho… con alguna excusa de por qué el matrimonio era del todo imposible.

Por lo que sabía, el conde era tan aburrido y soso como una ostra, pero no era ningún tonto. Aunque el que Stiveton recuperara el juicio y se llevara a su hija en un abrir y cerrar de ojos solventaría un problema, sin embargo, le dejaría al menos dos más.

Primero, había ido muy lejos la noche anterior. Había parecido plausible que lady Vixen Fontaine supiera algo de la posible implicación de Marley en un asesinato, pero no se había dedicado a interrogarla sobre ello. Había estado muy ocupado comiéndose con los ojos a la espléndida muchacha de cabello negro y disfrutando de habérsela robado a su pretendiente. Pretendientes, en realidad. Si en Francia se hubiera comportado de un modo tan despreocupado, jamás habría sobrevivido a Bonaparte.

Sin embargo, fuera cual fuese la reputación de Vixen, la suya era aún peor… y de no haber intervenido él con su propuesta de matrimonio, la velada de Franton habría sido la primera y la última reunión a la que lo invitaran. Y, cualquiera que fuese su opinión sobre la sociedad respetable, necesitaba tener acceso a ella… al menos el tiempo suficiente para demostrar si Marley, o alguno de los otros, habían matado a su hermano.

Naturalmente que Stiveton no estaría de acuerdo con el enlace. Pero el conde tenía que aceptar una disculpa lo bastante sincera que mantuviera a Sinclair en buenos términos con la alta sociedad hasta que ya nos los necesitase.

El segundo problema era casi igual de inquietante. La noche anterior se había vuelto completamente loco. Vixen Fontaine había dirigido, coqueta, sus encantadores ojos violetas en su dirección y había olvidado no sólo sus sospechas acerca de Marley, sino también las de lord William Landry y cualquier otro posible sospechoso escondido entre su pandilla de admiradores.

No la había manipulado para sacarla a los jardines y poder interrogarla; lo había hecho para poder besarla. Y si su padre y el resto de los mirones no los hubieran descubierto, no se habría detenido en los besos. Llevaba demasiado tiempo sin compañía. Y, maldita sea, quería besarla otra vez y terminar el pequeño interludio íntimo que habían comenzado.

Sinclair respiró hondo y golpeó la puerta con la aldaba de bronce. La pesada barrera de roble se abrió en menos de un segundo.

—¿Lord Althorpe? —preguntó el bajo y orondo mayordomo, contemplando la elección de su atuendo con el esperado grado de desdén.

Sinclair hizo caso omiso de ello.

—¿Dónde podría encontrar a lord Stiveton?

El mayordomo retrocedió.

—En el estudio, milord. Por aquí.

Siguió el sonido de los pasos del mayordomo por el reducido recibidor hasta un pequeño estudio alojado bajo la escalera. La familia Fontaine era antigua, acaudalada y muy respetada, y podía imaginar la profunda ofensa que les había infligido al agraviar a su hija. Sin embargo, mejor él que no un desalmado asesino como Marley. Si es que había sido Marley quien disparara a Thomas. Su vida parecía haberse convertido en una serie de suposiciones e interrogantes en los dos últimos años, y estaba condenadamente cansado de no tener las respuestas.

El conde estaba sentado tras un escritorio de caoba, parecía más un banquero que un noble. Un libro de contabilidad yacía abierto frente a él pero, a pesar de su apariencia, Sin dudaba que hubiera estado haciendo muchas cuentas esa mañana. Stiveton alzó la mirada cuando los dos hombres entraron en la habitación.

—Althorpe. Creí que a estas alturas podría haber huido del país.

—Buenos días, lord Stiveton. Siento decepcionarle.

El conde entornó los ojos.

—Timms, que no nos molesten.

—Sí, milord. —El mayordomo hizo una reverencia mientras cerraba la puerta.

—Hacerse el compungido ahora no excusa sus acciones de anoche, Althorpe. —Stiveton aplastó las manos contra la superficie de la mesa.

Sinclair se encogió de hombros.

—Mis acciones de anoche no pueden excusarse.

—Llevarme la corriente tampoco le servirá de nada. ¿Cuántas veces se ha comportado de un modo tan vergonzoso y luego escapado sin censura?

Sin arqueó una ceja.

—¿Desea una cuenta exacta?

—Cualesquiera que fueran las libertades que pueda haberse tomado en el continente, aquí no toleramos semejante comportamiento.

—Con el debido respeto, lord Stiveton, puede que yo fuera delante, pero su hija me siguió muy gustosa.

El conde se puso súbitamente en pie.

—¿Es así cómo pide perdón?

Sinclair se sacudió una imaginaria mota de polvo de la manga.

—No estoy pidiendo nada, lord Stiveton. Estoy a su servicio. Tengo una sugerencia, pero haga lo que le plazca.

Todavía mirándole con inquina, Stiveton volvió lentamente a tomar asiento.

—¿Esperaba que lo retara a duelo para poder defender el honor de Victoria?

—Naturalmente que no. Eso supondría que yo le mataría. Más bien pensaba que usted me exigiría una disculpa pública, y que yo se la rendiría.

—Eso podría enmendar su reputación, pero no serviría de nada con la de mi hija.

Mientras el reloj de la repisa marcaba el primer cuarto, el conde continuaba mirándole de manera especulativa. A Sinclair no le gustó la expresión pensativa ni la dirección que parecía haber tomado la conversación, pero guardó silencio. Era evidente que Stiveton tenía alguna solución en mente.

Finalmente, el conde se inclinó hacia delante, cruzando las manos sobre el libro de contabilidad.

—Por mucho que me gustara afirmar lo contrario, los acontecimientos de anoche no fueron del todo culpa suya.

Aquello sonaba prometedor.

—Estamos de acuerdo, entonces, en que una disculpa sería sufi…

—Un momento, Althorpe. No he acabado. Mi hija tiene una desafortunada falta de autocontrol. Esperaba que una educación adecuada y disciplina subsanasen su impulsividad, pero tal como ha… experimentado, no es el caso.

Sin se sentó sin permiso en la incómoda silla dorada frente al escritorio. Llegados a este punto había pensado escuchar cómo se defendía la reputación de Vixen y cómo la suya era arrastrada aún más por el fango. Ése no era el caso por lo que, inusitadamente, tuvo que contenerse para no salir en su defensa. Después de todo, se había pasado los últimos cinco años engatusando a gente para que dijeran e hicieran cosas que preferían no decir o hacer. Ella no había tenido la menor oportunidad; él no se la había dado. De pronto, Sinclair se dio cuenta de que Stiveton le estaba fulminando de nuevo con la mirada, de modo que adoptó una expresión intrigada.

—¿Y? —le urgió.

—Y si no puedo poner freno a su comportamiento, tomaré las medidas pertinentes para ocuparme de que el escándalo resultante de ello se desvincule de mi casa. Para ser franco, ahora es su problema.

Sinclair parpadeó.

—En realidad no quiere que se case… conmigo.

—Se lo he dicho, no consentiré esta censurable falta de decoro, ni siquiera en los miembros de mi propia familia. Sobre todo, en los miembros de mi familia. —Stiveton cogió una pluma—. Fijaré diez mil libras ahora, y tres mil este año, hasta que cumpla los veintiuno y herede la fortuna de su abuela. Imagino que ahora que está usted en Londres gastará la fortuna de su familia en un santiamén.

La mente de Sin se aceleró. Era evidente que había calculado mal las cosas.

El conde no parecía comprender cuan sórdida era su reputación si en realidad quería este matrimonio.

—Sigo estupefacto por su generosidad. Su hija y diez mil libras.

—Y todo escándalo lejos de mi casa. Por eso es por lo que estoy pagando.

—Lord Stiveton, a pesar de lo que pueda decir ahora, debe ser consciente de que cualquier hombre soltero de Londres consideraría a su hija una novia aceptable una vez que me haya disculpado. ¿Está seguro de que…?

—Puede que así fuera, pero ella no aceptará a ninguno. En esto no tiene elección. La boda tendrá lugar dentro de una semana a partir del sábado. Ya he mandado una nota al príncipe George. Dispondremos de la catedral de Westminster.

Por lo visto el conde no quería arriesgarse a que ninguno de los contrayentes de la boda tuviera tiempo de escapar.

—Entonces, ¿imagino que asistirá el regente?

—Dada la importancia de las dos familias implicadas, le garantizo que lo hará.

—¿Y su hija está de acuerdo con esto? —preguntó Sin con escepticismo.

—Naturalmente que no está de acuerdo. Pero debería haberlo pensado antes de… rendirse a su abrazo en lugar tan público.

—Yo…

—Entienda esto, Althorpe. —El conde golpeó en el escritorio con la pluma—. Durante los últimos tres años le he sugerido al menos dos docenas de posibles maridos, y le he dado sobrado tiempo para enamorarse de cualquiera de ellos, lo cual era su condición para contraer matrimonio. En lugar de elegir, se ha paseado por Londres rompiendo corazones, arruinando su reputación y la mía y jurando que no quería saber nada del matrimonio. La llaman «Vixen»2, ¿sabe?

—Algo de eso he oído.

El conde se inclinó hacia delante una vez más.

—No me malinterprete, Althorpe; encuentro su comportamiento deplorable.

—Ha dejado muy clara su opinión. —Sinclair se sentía como si hubiera perdido el alfil y la reina en una partida de ajedrez que ni siquiera sabía que estaba jugando. Y ahora estaban a punto de darle jaque mate… literalmente. Le habían vencido por completo, pero, sorprendentemente, no estaba tan horrorizado como pensó que lo estaría. Todo lo que tenía que hacer era asumir la derrota, y acostarse con lady Vixen Fontaine sería su premio de consolación. Más allá de eso… bueno, nunca había tenido demasiada fe en el mañana; siempre le había dejado aquello a Thomas.

—Sin embargo —continuó Stiveton— me ha dado la oportunidad de ver a Victoria casada con una familia antigua y respetada, a pesar de su abominable comportamiento.

—Me alegra ser útil —replicó Sin, sardónicamente.

—Espere aquí. —Stiveton se levantó—. Haré pasar a su novia para que la vea.

Sin no estaba convencido de querer verla. Por muy atractivo que fuera su premio, no le gustaba que lo acorralasen. Pero, a menos que dejara Inglaterra y abandonase su búsqueda, iba a tener que casarse con lady Vixen Fontaine. Se sentó con los hombros encorvados en la silla de rígido respaldo.

Era culpa suya, en realidad. Frunció el ceño. Había sido un condenado tonto, y ahora Stiveton usaba su momentáneo lapso de cordura para librar a los Fontaine de su propia oveja negra.

Tenía intención de casarse por el bien de su familia después de que hubiera encontrado al asesino de Thomas y se hubiera ocupado de él. No ahora, sin embargo, y no con alguien a quien no conocía y en quien no confiaba. Esto iba a complicar las cosas, y no necesitaba más malditas complicaciones ahora mismo.

—Maldición.

—Yo dije lo mismo cuando mi padre me informó de que estaba aquí.

Lady Victoria entró en el estudio de su padre, su expresión era tan serena como si estuviera hablando del tiempo. Sinclair se puso en pie. Había querido seguir con su arrogante postura relajada pero, tal y como había advertido la noche pasada, tenía la tendencia a ponerse erecto en su presencia.

Rodeando la silla, tomó su mano y se la llevó a los labios.

—Buenos días, lady Victoria.

Le encantaba tocarla. Al ver que ella no retiraba la mano, volvió a rozarle los nudillos con los labios. Victoria siguió mirándolo fijamente, sus ojos violetas eran la única parte de ella que no parecía completamente serena. Incluso con un vestido de muselina en apagados tonos de gris y verde atraía sus ojos, su atención y —con intensidad aún mayor que la noche anterior— provocaba su deseo. Finalmente, ella liberó la mano y se volvió hacia la ventana, y la sangre de Sin se agitó mientas observaba el sedoso balanceo de sus caderas.

—Mi padre dice que ha aceptado sus términos para el matrimonio —dijo, apoyándose contra el amplio alféizar.

—Eran generosos.

Victoria hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Nunca fue de los que discuten por detalles.

Sinclair la miró un largo momento, absorto por el rápido latir del pulso en la suave curva de su cuello, hasta que recordó súbitamente que él era Sin Grafton, entregado calavera y hedonista.

—Usted también parece cambiar de opinión con mucha rapidez.

—Deseaba que me llevara al jardín —admitió, sonrojándose—, pero no sabía que iba a intentar desnudarme.

Ella le había deseado.

—No pareció excesivamente perturbada por ello… hasta que llegó su padre.

El bonito color de sus mejillas se hizo más intenso.

—Admitiré, milord, que besa bien… pero imagino que ha tenido mucha práctica.

Divertido por el supuesto insulto, Sinclair le hizo una reverencia.

—Me complace que mi duro esfuerzo tenga un buen uso.

—Demasiado bueno, según mis padres.

—Me disculparé por el carácter público de nuestro abrazo, pero no me disculparé por besarla. —Se acercó, sintiéndose tan atraído por ella esa mañana como lo había estado la noche anterior, a pesar de la soga del matrimonio—. Es usted exquisita.

Ella ladeó la cabeza al mirarlo.

—¿Aún intenta seducirme? —Victoria se apartó de la ventana y se encaminó hacia la puerta, diciendo a voz alzada—. No es necesario, lord Althorpe; ya ha ganado mi mano en matrimonio.

Curioso, observó Sinclair cuando ella cerró la puerta suavemente y se volvió hacia él.

—Si desea continuar lo que empezamos anoche, milady —murmuró— estoy dispuesto a participar. Sumamente dispuesto.

—En lo único que quiero que participe es en sacarnos de este problema —contestó, bajando de nuevo la voz—. Es imposible que quiera casarse más de lo que lo quiero yo.

—Entonces, ¿qué propone, perdone el juego de palabras, que hagamos?

Ella se cogió las manos, centrándose de repente en el asunto.

—Usted ha pasado los últimos cinco años en el continente. A nadie le extrañaría que decidiera regresar allí.

Así que la pequeña atrevida creía que podía dictar los términos. En cualquier caso, su padre tenía razón en una cosa: era definitivamente una molestia.

—Probablemente no.

—Si el dinero le supone un problema, tengo un ingreso independiente a mi disposición. Seguramente podría vivir en París con comodidad con, digamos, ¿mil libras al año?

Sin no daba crédito a lo que estaba oyendo.

—Quiere que vuelva a París.

—Sí. Cuanto antes mejor.

—Y me pagaría la comida, el alquiler, la ropa y la manutención general si lo hago —prosiguió, llevando la cuenta con los dedos.

—Bueno, sí. —Su expresión se volvió más suspicaz.

—Lo único que falta, entonces, es que prometa venir a visitarme de cuando en cuando y me traiga bombones.

Victoria entornó los ojos.

—No le estoy proponiendo mantenerlo, ni ninguna otra clase de sórdido arreglo. Sólo mantenerlo alejado de mí.

—Eso resulta ser casi lo mismo. ¿Acaso tiene otros casi maridos escondidos en el campo?

—¡Hablo completamente en serio!

Inseguro de si estaba más molesto o divertido, Sinclair redujo la distancia entre ellos.

—Pero yo no deseo regresar a París. Me gusta esto.

Ella retrocedió hasta la pared.

—¡Oh! Estoy convencida de que sería mucho más feliz en París con todas sus petulantes amigas. Es realmente precioso en esta época del año.

—También esto es precioso. Casi tan precioso como usted.

—¡Pero si en Londres nadie le aprecia! —estalló, y después palideció.

Y nadie en Londres estaba al corriente de que había estado muy cerca de morir por ellos más de una docena de veces durante los últimos cinco años. Su pecho se contrajo, se apartó para que ella no pudiera ver la repentina ira en sus ojos.

—Es que no se han dado cuenta de lo encantador que soy —dijo suavemente, fingiendo examinar la vista desde la ventana.

Sorprendentemente, ella le puso la mano en el brazo.

—Lo siento —dijo en voz queda—. Eso fue cruel.

Apartando suavemente la mano de ella, se volvió para mirarla de frente. La compasión era otra cosa que no le provocaba sino desprecio.

—Creo que Londres me apreciará considerablemente más cuando esté en su compañía, milady.

—Pero…

—Es usted muy popular… una de las favoritas de la sociedad. —Y aquello obraría en su favor, comprendió mientras estudiaba su suave tez cremosa. ¡Vaya, era un maldito genio! Su matrimonio no sólo le mantendría en buenos términos con la sociedad, sino que también le proporcionaría acceso a lugares a los que, de otro modo, su infame reputación se lo negaría. Y dada la naturaleza apasionada de Victoria, no se pasaría todo el tiempo colgada de su brazo y se metería en sus cosas.

—Pero no pienso casarme… ¡Y menos con usted!

Él sonrió.

—Pues no tendría que haberme besado.

Victoria se sonrojó.

—¿No cree que el matrimonio interferirá en su vida de mujeriego, jugador y bebedor?

Parecía desesperada. Sin se inclinó hacia delante, atrapándola entre la pared y sus brazos.

—No más de lo que interferiría en sus coqueteos, su vida social, sus salidas de compras y cualquier otra cosa que haga.

—¡No lo hará! —respondió.

La miró a los ojos y se sorprendió cuando ella le devolvió la mirada. La mayoría de la gente no lo hacía; tenían demasiado que esconder.

—Al parecer —murmuró— somos la pareja perfecta. —Con eso, se inclinó y la besó.

Con un sonido de sorpresa que provino de lo más hondo de su pecho, Victoria le devolvió el abrazo, curvando el cuello para pegar su boca completamente a la de él. Su respuesta instantánea, apasionada, le excitó, igual que lo había hecho la noche anterior en el jardín de lady Franton. Quería detestarla… rechazarla como si se tratase de otro miembro anónimo más de la nobleza que no se había tomado la molestia de descubrir quién había asesinado a su hermano. Pero aunque estaba razonablemente seguro de que ella no había matado a nadie, sí tenía la certeza de algo: había besado a cientos de mujeres y jamás antes se había sentido de este modo.

Lentamente, y de no muy buena gana, Sin puso fin al beso. Sus largas pestañas curvadas se abrieron poco a poco y sus ojos violetas se clavaron en los suyos.

—Si me caso con usted —susurró ella— será sólo por el bien de mi familia.

Sin rió entre dientes. Lo más probable es que fuera para escapar de su familia.

—¿Puedo llevarla de picnic mañana?

Victoria se aclaró la garganta, bajando las manos de donde las había posado en sus hombros.

—Mañana voy de compras con Lucy Havers y Marguerite Porter.

—Un paseo por Hyde Park el sábado, entonces.

—Tengo un compromiso. —Se escabulló pasando por debajo de sus brazos, fingiendo retocarse el cabello.

Él arqueó una ceja, preguntándose si el compromiso era con lord Marley.

—Tengo la profunda sensación de que no quiere que la vean conmigo.

La duda centelleó en sus ojos.

—Aún pienso que es posible que nos estemos tomando esto demasiado en serio —propuso—. Puede que todos recuperen el juicio la semana que viene y que no tengamos que seguir adelante con este tonto asunto.

—Puede que lo hagan. Pero vendrá conmigo a cabalgar el sábado por la mañana.

Ella alzó la barbilla.

—¿O qué hará?

Una inesperada sonrisa apareció en sus labios. Desafiarle no era exactamente el mejor modo de deshacerse de él, pero muy pronto lo descubriría.

—Como le dije anoche, un beso es sólo el comienzo de la seducción. El siguiente paso es mucho más… interesante.

Antes de que ella pudiera hacer algún comentario sobre eso, él le brindó una rápida reverencia y abrió la puerta de nuevo.

—Será mejor que informe a mi familia de que me caso. Hasta el sábado, milady.


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