Capítulo 1






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Capítulo 3


—¡Ajá! ¡Sin!

Christopher Grafton bajó corriendo las escaleras de Drewsbury House y le rodeó el cuello con los brazos. Sinclair le devolvió el abrazo, sujetando a su hermano menor fuertemente durante un largo momento antes de soltarlo de nuevo. Un nudo, que ni siquiera sabía que tenía, se aflojó en su pecho. Había perdido un hermano, pero había logrado volver antes de que algo le sucediera a Christopher. Y ahora ya nada le sucedería.

—Me alegro mucho de verte, Kit —dijo, sonriendo mientras retrocedía—. Has crecido más de treinta centímetros.

—Al menos treinta. Esperaba ser ya más alto que tú, maldita sea.

—Christopher posee la altura de vuestro abuelo —dijo una voz femenina desde la entrada de la salita de mañana—. Me sorprende que le hayas reconocido después de cinco años.

El corazón de Sinclair dio un vuelco y le abandonó la sensación de estar soñando. Ahora era real. Ahora estaba en casa. Sinclair se volvió lentamente hacia la voz.

—No has cambiado nada, abuela Augusta. Te reconocería en cualquier parte —dijo con su lánguida voz.

Augusta, lady Drewsbury, bebió un sorbo de té de la taza que sujetaba en las manos y lo miró por encima del borde.

—Claro que he cambiado. He perdido un nieto.

—Abuela —la reprendió Christopher, ruborizándose hasta las raíces de su cabello castaño oscuro—. Acaba de volver. Déjale respirar antes de abalanzarte sobre él.

Los esbeltos hombros de la mujer ascendieron y descendieron con el aliento que tomó, mientras sus penetrantes ojos azules permanecían clavados en Sinclair, fulminándolo. Esto era lo que había temido al regresar a Londres… no el modo en que se había visto obligado a comprometer su reputación, ni siquiera la perspectiva de descubrir al asesino de Thomas con tan sólo las pistas bien cubiertas de hacía dos años.

No, por encima de todo había temido enfrentarse a su abuela sin una explicación, que no era libre de dar, de su odioso comportamiento de los pasados cinco años y, sobre todo, de los dos últimos.

—No te preocupes, Kit —dijo, suavemente, aquellos mismos cinco años eran lo único que le hacían mantener la voz firme—. No le arruines la diversión a la abuela. No hay duda de que ha estado elaborando su discurso durante años.

—Sin —murmuró su hermano.

—Claro que tengo un discurso preparado —convino; su tono fue tan sosegado como si estuvieran discutiendo acerca del color de su abrigo—. No obstante, ahora que por fin estás aquí, veo que no serviría de nada. Me decepcionaste, Sinclair. Desde entonces he bajado el nivel para juzgar tu comportamiento. Como Christopher ha dicho, has vuelto. Ven a tomar el té con nosotros.

Se tragó su sarcástica respuesta a tan injusta ofensa. Sin sacudió la cabeza. Su silenciosa aceptación era mucho peor que los gritos, el llanto y los insultos con que Augusta podría haberlo recibido. La había decepcionado; había estado por debajo de sus expectativas, de modo que ahora ya parecía no esperar nada de él.

—No puedo quedarme.

Ella asintió, estaba claro que aquello también lo esperaba.

—Muy bien.

—¡No puedes marcharte aún! —protestó Christopher—. Acabas de llegar. ¿Vas a quedarte al menos un tiempo en Londres?

—No des la lata a tu hermano, Christopher. Sin duda, su calendario social está repleto de invitaciones y reuniones.

Por fin, un poco de sarcasmo. Era mejor que el frío vacío de su tono de antes, aunque no mucho más.

—En realidad, he venido para invitaros a un acontecimiento —dijo pausadamente—. El día quince.

La expresión de Augusta se endureció.

—Eres de la familia, Sinclair, pero ni tu hermano ni yo participaremos en ninguna farsa que tú… o tus amigos ideéis.

—Abuela…

—Bien podría ser una farsa —concedió Sin— y comprendo si prefieres no asistir. Yo mismo no estoy seguro de que vaya a estar allí… al menos sobrio. El acontecimiento es una boda. La mía. El príncipe George…

—¿Qué? —vociferó Christopher—. ¿Una boda? ¿Tu boda? ¡Pero si acabas de regresar! ¿La trajiste contigo del continente? ¿Es italiana?

—Más importante aún —interpuso su abuela—, ¿está embarazada?

Las expectativas de Augusta con respeto a él parecían descender cada vez que éste abría la boca.

—No. No lo está. Y es inglesa. La conocí… hace muy poco. —«Santo Dios, ¿de verdad había sido ayer?» Sinclair se obligó a concentrarse—. Llevo algunos días en Londres. He estado un tanto… ocupado.

—Eso parece —dijo Augusta, secamente—. ¿Quién es ella?

—Lady Victoria Fontaine.

—¿Lady Vixen? ¿Has pescado a lady Vixen?

Por fin Augusta pareció sorprendida.

—Calla, Christopher. Has mencionado al príncipe George. ¿Asistirá?

—Sí. Ha puesto a nuestra disposición la catedral de Westminster.

—Entonces, asistiremos. Es un asunto de honor familiar.

Sinclair hizo una reverencia.

—Gracias, abuela. —Cuando se enderezó, sin embargo, ella había regresado a la salita de mañana—. Menuda reunión familiar —farfulló.

—¿Qué esperabas? —contestó Kit—. Has escrito, ¿cuántas?, ¿una docena de veces en los últimos cinco años? Cuando no pudiste molestarte en aparecer por el funeral de Thomas… bueno, nosotros, ella…

—No sabía que lo habían asesinado —mintió Sinclair, volviendo al vestíbulo a por su sombrero y su bastón. Se maldijo en silencio. La mentira había surgido sin esfuerzo alguno… con más facilidad que la verdad.

Con la guerra concluida, debería haber tenido la libertad de contarle a su familia dónde había estado y qué había hecho desde que se marchó… pero Thomas había estado al tanto, y ahora Thomas estaba muerto. Tan pronto como se enteró del asesinato, cuando pudo volver a pensar de nuevo, había jurado no contarles nada hasta que tuviera la absoluta certeza de que no habría represalias contra su familia por sus acciones en Europa. Eso era lo que importaba… que permanecieran a salvo, al diablo con su reputación.

—Sin —prosiguió Christopher, persiguiéndole hasta la puerta principal— ¿vendrás a visitarnos de nuevo?

—No lo sé. Estoy en Grafton House. Ven a verme si quieres. Si la abuela te lo permite.

Kit frunció el ceño.

—Tengo veinte años. Hago lo que me place.

Tomando aire, Sinclair puso la mano sobre el hombro de su hermano. No necesitaban dos decepciones en la familia.

—No la abandones. Eres todo lo que tiene.

—Conozco mi responsabilidad —dijo con hosquedad su hermano—. Lo que sucede es que a ella le gustaría ver que tú cumples con la tuya.

—¿No nos gustaría a todos? —repuso con sonrisa cínica—. ¿No nos gustaría a todos?

Lucy mordisqueó otra pasta de té.

—¿Qué quieres decir con qué sé de él? Sólo sé lo que saben todos.

Victoria se recostó en el cómodo sofá de la salita de mañana y jugueteó con la taza de té.

—Lo que quiero decir es que si te has enterado de algo estos últimos días. —Echó un vistazo al alto reloj de pared del rincón. Althorpe había fijado esa mañana como su próxima cita; cinco minutos más y la mañana habría pasado, y él llegaría tarde.

No estaba nerviosa, ni ansiosa, por su llegada, desde luego. Simplemente había invitado a sus amigas a que la visitaran para anticiparse a que la dejaran plantada. Sus manos se abrían y cerraban por decisión propia, y miró a esas dos cosas tontas con el ceño fruncido. No estaba nerviosa en absoluto.

Lucy se sacudió delicadamente las migas del vestido con las yemas de los dedos.

—Lo único que he oído es que Marley salió y se emborrachó completamente después de la velada de los Franton, y que aún no se le ha pasado la borrachera.

Eso no era ninguna sorpresa. Beber y apostar parecían ser las actividades predilectas de Marley. El comentario de Lucy explicaba al menos por qué no había ido a visitarla, cuando anteriormente había aparecido en el umbral de sus padres casi a diario.

Marguerite Porter, al otro lado de Victoria, se rascaba la manga de encaje rosa de su vestido matutino.

—Diane Addington se moría por acompañarnos hoy, sólo que su madre se lo ha prohibido tajantemente. Dice que eres una mala influencia, Vixen.

—Calla, Marguerite. Sólo fueron malas circunstancias —dijo Lucy entre risillas—. Dios mío, si yo hubiera podido robarle un beso a lord Sin, también lo habría hecho.

—¿Es así cómo lo llaman? —preguntó Victoria—. Vaya, pues resulta que sí sabías algo que yo no sabía.

—Bueno, antes la mayoría lo llamaba Sin a secas. No es un cambio demasiado significativo.

—Pienso que eso confirma un ascenso, ¿no creéis? —Victoria suspiró… y se dio cuenta de que últimamente le había concedido demasiada importancia a aquello—. Marguerite, diga lo que diga la madre de Diane, los Addington ya han aceptado la invitación a la boda. —Se levantó y se acercó a mirar por la ventana. Aún no había señal de lord Sin.

—Bueno, nadie quiere perderse la boda. Es una lástima que no fueras anoche a Almack's. Todos hablaban de ello.

Con la mirada clavada aún en Brook Street, Victoria tomó otro sorbo de té.

—No se me permite ir a ningún lado, a menos que me acompañen mis padres o mi prometido… como si eso sirviera de algo. Mi padre debe de creer que tengo intención de huir o algo por el estilo.

—No la tienes, ¿verdad? —Lucy le lanzó una mirada de angustia—. Si dejases Londres, sería horrible.

—Naturalmente que no. ¿Qué haría yo vagando por algún país extranjero sin un penique? —La idea se le había pasado por la cabeza más de una vez, pero parecía completamente egoísta e inútil. Pensara lo que pensase su padre, tenía tanto orgullo familiar como él. Y vivir la vida en el exilio no era algo que estuviera preparada para afrontar. Alguna otra solución se presentaría tarde o temprano, sin recurrir a algo tan drástico… o permanente.

Marguerite se encogió de hombros.

—Me alegro mucho de no ser yo a quien haya arruinado —dijo en un susurro—. Claro que es realmente guapo, pero he oído que incluso ha vivido en un burdel de París durante seis meses.

—No me estás sirviendo de ayuda, Marguerite —le reprendió Lucy.

Un faetón recorrió el corto camino curvado de entrada, y Victoria se perdió la respuesta de Marguerite. Una alta figura ataviada con pantalones de piel color canela, chaqueta y chaleco negros, un sombrero marrón de copa y unas relucientes botas Hessian se apeó de un salto y se dirigió con paso enérgico a la escalinata principal como si no llegara, exactamente, siete minutos tarde. A Victoria comenzaron a temblarle los dedos, y dejó la taza de té en el alféizar antes de que se le cayera.

Esto era absurdo. Sinclair Grafton le estaba arruinando la vida —con su propia y desafortunada colaboración, claro está— y ella estaba anticipando el tiempo que pasaría en su compañía. Al hombre únicamente le preocupaba su propia situación, y ella temblaba y se ponía nerviosa siempre que lo veía.

Un momento después, Timms llamó suavemente a la puerta de la salita de mañana y seguidamente la abrió.

—Lady Victoria, lord Althorpe desea verla.

—Sí, graci… —comenzó, pero se detuvo cuando Althorpe pasó por delante del mayordomo y entró en el saloncito como si fuera el propietario.

—Buenos días, milady —dijo, pasando por alto al resto de los ocupantes de la habitación para aproximarse a ella.

—Buenas tardes, milord —repuso, y señaló a sus amigas—. Recuerda a la señorita Lucy Havers, y ésta es la señorita Porter. Marg…

El marqués interceptó su mano y se la llevó a los labios.

—Lo ha notado —murmuró él.

—¿Notado, qué?

Una sonrisa sensual curvó su boca.

—Que llego tarde.

Victoria se ruborizó. Solamente había pretendido censurarle, no dar en modo alguno la impresión de que había estado esperando su llegada. Retirando los dedos de su mano, volvió a señalar en dirección a sus invitadas.

—También usted lo ha notado, pero no tomó las medidas necesarias para remediar su fallo. Margue…

—Mi retraso, quieres decir.

Ella se aclaró la garganta.

—Deje de interrumpir. Marguerite, lord Althorpe.

Las jóvenes hicieron una reverencia al unísono.

—Milord.

Él mantuvo la mirada en Victoria un instante más y luego saludó a sus acompañantes.

—Señorita Lucy, señorita Porter. Les pido disculpas, pero en mi faetón sólo hay espacio para dos.

—No pensé que apareciera usted —interpuso Victoria, antes de que él pudiera decir algo tan grosero como pedirles a sus amigas que se fueran. A pesar de todas sus interrupciones, se había fijado en los nombres de sus amigas y, en realidad, en todo lo que ella había dicho—. Han venido para evitar que pase el día completamente sola. Soy una prisionera, ¿sabe?

La impredecible expresión de Althorpe se alteró por un instante, y después esbozó una picara sonrisa.

—Entonces propongo un cambio de planes para libertarla… iremos todos a dar un paseo.

—¿Todos? —dijo con voz estridente.

—¿Por qué no? —Se encogió de hombros—. Hace un día precioso, y odiaría privar a lady Victoria de sus compañeras.

—Quizá ellas no deseen que las vean en su compañía —sugirió Victoria, frunciendo el ceño. Se suponía que iba a llevarla a ella a dar una vuelta en coche.

—Vix, eso no ha estado bien —farfulló Lucy, sonrojándose.

—Bueno, a mí ya me ha arruinado, y no le sería factible casarse con todas nosotras —argumentó con frivolidad.

—Tres a uno me parece muy bien —murmuró; la maliciosa sonrisa alcanzó sus ojos.

Victoria tuvo que concentrarse para dejar de admirar lo muy atractiva que era su sonrisa.

—Sí, pero eso significa que tendrá que buscar ocho caballeros más que nos acompañen. —Con un respingo, se volvió hacia sus amigas, tratando de ignorar el posterior estallido de carcajadas que surgió de lo más profundo del pecho de él—. No os sintáis obligadas a pasear con nosotros —dijo—. Ha llegado tarde, así que esto es culpa suya.

—Oh, no, creo que será divertido —dijo Lucy con una risilla—. Menudo revuelo vamos a formar los cuatro.

—Así me gusta —aplaudió el marqués.

—Yo… yo tengo… una cita con la modista —balbució Marguerite, retrocediendo como si esperase que el marqués se convirtiera en una pantera y se abalanzara sobre ella—. Lamento no poder acompañaros.

—Saluda a tu madre de mi parte —le dijo Victoria a voz alzada mientras su amiga desaparecía por la puerta del saloncito.

—¿Nos vamos, señoras? Aunque imagino que podríamos caber los tres en el carruaje si nos apretamos lo suficiente.

Lucy sofocó otra risita.

—Ay, Dios mío.

Dejando escapar un suspiro, Victoria tomó a Lucy del brazo y la acompañó a la puerta.

—Pues acabemos con esto.

Lucy y ella aceptaron sus respectivos bonetes y sombrillas que Timms les entregaba, y los tres bajaron la calle en dirección a Hyde Park. Althorpe parecía contento de caminar detrás de las dos damas, pero Victoria siguió del brazo de Lucy, por si acaso él intentaba ponerse en medio de las dos.

—¿No deberías caminar a su lado? —susurró Lucy—. Después de todo, tú eres su prometida.

—Ya vamos lo bastante cerca —respondió Victoria, lo suficientemente alto para que él lo oyera—. Aún albergo la esperanza de que mi padre recupere el juicio y ponga fin a esta locura.

A decir verdad, deseaba pasear a su lado; ir cogida de su brazo; apoyarse en su sólida fuerza, y tener toda su atención y que le dijera cosas escandalosas tan sólo a ella. Y eso era precisamente por lo que se negaba incluso a darse la vuelta a mirarlo.

Si lo pensaba, la invitación que había extendido a las otras dos mujeres había sido una descortesía hacia ella. Al parecer le era igual la compañía de cualquier mujer… y como se sentía estúpidamente atraída hacia él, detestaba profundamente su actitud. Si de verdad tenía que seguir adelante y casarse con él, ésa era una cosa que no tenía la menor intención de aguantar.

Afortunadamente para Sinclair, no tenía la más remota idea de que ella ya estaba haciendo planes para reformarle. Se había mantenido algunos centímetros detrás de las dos damas cuando entraron en Hyde Park, su atención se dividió entre la animada conversación y los grupos de vehículos y peatones que disfrutaban de la tarde. Necesitaba tener acceso a esa gente y la encantadora dama que fingía ignorarle era su mejor medio de entrada. Por el momento, no obstante, Victoria parecía no querer estar a solas con él.

Deseó que Marguerite Porter hubiera decidido acompañarlos. Su tío era el vizconde Benston y había conocido a Thomas. Al parecer la señorita Porter eludía el escándalo, pero él podía esperar. Si algo había aprendido trabajando para el gobierno de su majestad, era la paciencia. Marguerite y Vixen eran amigas, y siempre y cuando su relación con Victoria continuara, vería a la señorita Porter de nuevo.

—Está muy callado —dijo Victoria, la sombrilla le protegía el rostro de su vista.

—Estoy disfrutando del panorama —contestó, bajando la mirada para contemplar su esbelto y redondeado trasero.

Lucy se volvió hacia a él.

—¿Han cambiado mucho las cosas desde la última vez que estuvo en Londres?

—Hay algunos cerrojos más en las puertas, quizá, aunque puede ser únicamente en mi honor. —Aprovechando la oportunidad, Sin aceleró el paso y se agarró al brazo libre de Lucy—. Así pues, dígame, señorita Havers, ¿cuántos corazones ha roto mi prometida?

—Oh, cientos.

—¡Lucy! ¡No chismorrees con él!

Sinclair se asomó, inclinándose por delante de Lucy. Con un dedo bajó la sombrilla de Victoria para poder mirarla a los ojos.

—No es sino justo. Usted ha proclamado por ahí mi infame reputación y yo no sé nada de la suya.

Ella entornó sus adorables ojos violetas.

—Entonces, quizá no debería haberme besado.

—Pero quería besarla. —A la vista de su rubor, él tomó aire. Santo Dios—. Y después de casarnos continuaremos con los siguientes pasos de la seducción. De hecho, haremos…

—Perdonadme —dijo Lucy, poniéndose roja como la grana mientras se quitaba de en medio— pero ¿estáis seguros de que es sólo la tercera vez que… conversáis?

Sinclair aprovechó su escapada para poner fin al espacio entre Vixen y él.

—Dígame, milady, ¿estoy siendo demasiado familiar?

—Sí. Y si tenemos alguna oportunidad de escapar de esta espantosa trampa, que me amenace de ese modo no va a ayudar nada.

—¿Amenazarla? —repitió, preguntándose si ella era consciente de su coqueteo, o si sencillamente atraía a los hombres de manera natural, al igual que una flor hermosa atraía a las abejas—. No creo que nadie me haya acusado nunca antes de amenazarle.

Ella le apuntó el pecho con la sombrilla y le empujó.

—Sí, amenazar.

Cuando de sus labios salió un suave sonido, él fue consciente de lo mucho que deseaba saborearlos de nuevo. Tanto si era una actriz consumada como si no, era irresistible. Casi sin pensar, se inclinó hacia ella.

—No se atreva —dijo ella, apretando los dientes y levantando la sombrilla entre ambos.

Él la desarmó, arrancándole la sombrilla de los dedos antes de que pudiera parpadear.

—¿Por qué no?

—¡Devuélvemela!

—¿Por qué no debería besarla?

Ella le dio un pisotón en el pie.

—Porque estamos intentando escapar de este matrimonio… no hacer imposible la escapada.

A sólo unos días de que medio Londres fuera testigo de su boda, tenía que hacerla saber que él tenía intención de seguir adelante con ello. Se lo debía. Al menos le debía eso.

—Usted trata de escapar de este matrimonio —dijo pausadamente—. A mí me agrada la idea.

—¿A usted, qué? —Se puso pálida.

—Hum, tal vez deberíamos continuar con muestro paseo —sugirió Lucy, mirando más allá de Victoria.

Él siguió su mirada hasta la congregación de peatones y carruajes que comenzaban a volverse en su dirección.

—Parece que hemos atraído público —murmuró él, irritado; no debido a la atención, sino porque quería besarla de veras.

—Me da igual quién nos observe —espetó Victoria—. ¿Por qué diantre quiere verse obligado a casarse conmigo?

—¿Por qué no debería? —Sonrió, agradecido de haberla privado de la sombrilla antes de que pudiera destriparle con ella—. Como le dije, tenía intención de casarme pronto de todos modos. Usted pertenece a una buena familia, es increíblemente hermosa y ya me he asegurado el permiso de su padre. Unas perspectivas sin demasiadas complicaciones, según yo lo veo.

Ella no pareció halagada, ni divertida ni conforme. De hecho, parecía furiosa.

—La noche de la velada de los Franton —dijo, rechinando los dientes—, hice la promesa de hablar solamente con caballeros decentes. Ojalá la hubiera mantenido. —Giró sobre sus talones, arrastrando a Lucy con ella—. Buenos días, lord Althorpe.

—¿Y su sombrilla, milady?

—Quédesela.

Él se tocó el sombrero con la punta de los dedos.

—Entonces la veré el próximo sábado. Para la boda.

Manteniéndose a buena distancia de ellas, Sinclair se cercioró de que regresaban a Fontaine House sanas y salvas. Lo que más le preocupaba de casarse con Victoria era que si él había sido, de algún modo, la causa de la muerte de Thomas, entonces era probable que también ella se convirtiera ahora en un objetivo.

Momentos más tarde las dos damas entraban en la casa, su faetón dejó la calle y subió Brook Street en dirección a su casa. Cuando Sin subió al asiento, lanzando la sombrilla a su lado, Roman le entregó las riendas y se desplazó para sentarse en el angosto pescante de la parte trasera del vehículo. Sin arreó los caballos chasqueando la lengua y éstos se pusieron nuevamente en marcha con gran estrépito.

—¿Y bien? —le urgió, una vez que había doblado la esquina.

—Es posible que no estés tan chiflado como pensé —dijo su secretario a regañadientes—. Sigues siendo un tonto, pero ella es… ella es…

—Increíblemente atractiva —concluyó Sin, regalándole una leve sonrisa.

—Demasiado buena para un sinvergüenza como el que finges ser. Eso es lo que iba a decir.

—Y tú hablas demasiado para ser un ayudante de cámara, un criado o lo que quiera que finjas ser. No pienso volver a discutir esto contigo.

—¿Y qué te parece esta discusión, Sin? Podrías estar poniéndola en pel…

—Peligro. Lo sé. Por lo que, a partir del sábado, tú vas a convertirte en su invisible ángel de la guarda.

Sintió que el ceño de su ayudante le perforaba la parte de atrás del cráneo. Sin embargo, era necesario, y Roman era uno de los pocos en quien confiaba.

—¿Y quién va a ser tu ángel de la guarda mientras la vigilo a ella?

—El diablo no necesita un ángel, Roman.

Su secretario dejó escapar un bufido.

—Cuéntaselo al asesino.

—Espero hacerlo muy pronto.

El sábado por la mañana, Victoria habría consentido en casarse casi con cualquiera con tal de escapar de la casa y del hosco silencio de sus padres. Odiaba estar confinada en casa, y odiaba el que nadie, salvo Lucy, viniera a visitarla, aunque incluso su amiga se había ausentado los dos últimos días. Lady Stiveton seguía insistiendo en que tras esa semana todo se arreglaría, como si hacer que el marqués de Althorpe le pusiera un anillo en el dedo fuera a convertirla otra vez en alguien aceptable. Y lo más absurdo era que probablemente así sería.

—Esto es ridículo —masculló a su imagen en el espejo.

—Sí, milady —convino Jenny con voz forzada mientras tensaba los lazos del vestido de novia alrededor de la caja torácica de Victoria.

—Más apretado, Jenny —le ordenó a la doncella, agarrándose a la mesa para evitar ser arrastrada hacia atrás—. Me desmayaré si no puedo respirar, y entonces no podré casarme.

—Un buen plan de última hora, si escondes todas las sales primero —replicó una nueva voz.

Victoria se volvió rápidamente hacia la entrada.

—¡Lex! —gritó y salió corriendo hacia ella.

Alexandra Balfour, condesa de Kilcairn Abbey, le devolvió el caluroso abrazo.

—Así que es cierto —soltó a Victoria y le ahuecó una de las mangas de encaje que le había aplastado—. Deberías habernos avisado con más tiempo. Lucien casi mata al tiro de caballos para llegar a Londres a tiempo. Nuestro carruaje no llegará hasta mañana.

—Si por mí fuera, esto no estaría sucediendo de ningún modo —repuso Victoria, dejándose caer pesadamente en el borde de la cama.

—Milady, su vestido —protestó Jenny.

—Discúlpanos un rato, ¿quieres, Jenny? —le pidió Alexandra, paseando la mirada de la doncella a Victoria.

La doncella hizo una reverencia.

—Lady Victoria tiene que estar a las once en la catedral.

—Y lo estará.

Cuando Jenny salió de la habitación, Alexandra tomó asiento junto a su amiga. Tenía la expresión de «ya te lo dije», y Victoria frunció el ceño.

—No necesito un sermón, Lex. Al menos nadie me tuvo que encerrar en la bodega para que cooperase.

Su amiga rio entre dientes.

—¡De acuerdo! ¿Qué ha pasado?

—Todo… nada. Elige lo que prefieras. Besé al marqués de Althorpe en la velada de los Franton y todos lo vieron, y mi padre decidió que tenía que casarme.

—¿Y por qué lo besaste en un lugar público?

Victoria se dejó caer hacia atrás en la cama.

—¡Qué sé yo! Es guapo, y…

—Has tenido hombres guapos suplicando a tus pies desde que cumpliste los doce. Nunca besaste a ninguno de ellos en la fiesta de lady Franton.

—Él me besó primero.

—Hum.

—De acuerdo, soy una idiota. Por eso lo besé. —Golpeó el colchón con el puño—. Me meto en líos sin buscarlos. Siempre lo he hecho.

—Saltas antes de pensar.

Victoria miró a su amiga con el ceño fruncido, sintiéndose muy incómoda.

—¿Es tu forma de decirme que me lo merezco? Porque ya me lo han dicho bastante durante toda esta semana pasada, muchas gracias.

—En realidad iba a decir que desde que te conozco, incluido cuando asististe a la academia de la señorita Grenville, y después de eso, cuando me convertí en tu tutora, has sido siempre tú quien ha llevado la iniciativa. Nunca has seguido a nadie, y nunca has hecho nada que no quisieras hacer.

—¿Así que piensas que quiero casarme con Althorpe? ¿Lord Sin? Bueno, pues no. Es insufrible. Su reputación es peor que la mía, y lo hace a propósito. Él quiere casarse conmigo… pero sólo porque, en realidad, le evita el inconveniente de buscar una novia.

—¿Te dijo eso él mismo? —Alexandra la miró con escepticismo.

—Sí. Con esas mismas palabras.

Alexandra se puso lentamente en pie.

—Entonces, no te merece, Vix. Pero parece que es un poco tarde para impedir nada.

—He intentado detenerlo. No puedo, a menos que esté dispuesta a huir y convertirme en una actriz fugitiva o algo similar.

—Bueno, eso no puedo ni imaginarlo. —Alexandra, con expresión triste, sacudió nuevamente las faldas del vestido de Victoria.

—Yo tampoco.

—Lo único que puedo decirte es que yo jamás me hubiera casado con Lucien la primera vez que lo vi. Me enamoré de lo que hay debajo. Si te sientes obligada a seguir adelante con esto, sólo puedo aconsejarte que te concedas algún tiempo antes de decidir tomarle antipatía a lord Althorpe. Debe de tener cierta inteligencia o no habría sobrevivido cinco años en Europa con Bonaparte armando jaleo.

—Vivió en un burdel durante seis meses —suspiró Victoria—. Me casaré con él, Lex, porque de otro modo mi padre —y todo Londres— pensará que no me importa el buen nombre de la familia. Pero no tendré nada más que ver con Sin Grafton. No, a menos que demuestre ser diferente de lo que aparenta ser.

Alexandra le dio un beso en la mejilla.

—No pierdas la esperanza, Victoria. Tú nunca dejas de sorprenderme; quizá él te sorprenda a ti.

—Eso espero.

—¿Estás loco? —dijo John Bates con reprobación.

—Es una posibilidad —admitió Sinclair, y se volvió a examinar el arreglo de su pañuelo en el espejo de la cómoda—. Espléndido, Roman. Te has superado a ti mismo.

—Claro —gruñó su ayudante—. Tengo que ponerte guapo para el verdugo.

—¡Sin, no puedes casarte! ¿Qué fue de aquello de evitar cualquier atadura hasta…?

—La necesito.

—¿La necesitas? ¿O es que la deseas?

—Eso también, pero…

—Pues ponla de espaldas y…

—Detente ahí mismo, Bates —espetó Sinclair—. Estás hablando de mi futura esposa.

—Tu esposa dentro de veinte minutos —le corrigió Roman—. Bates, ¿dónde está Crispin? Ese muchacho puede disuadirle de esta tontería.

—Tienes razón. Iré a buscarlo ahora mismo. No os marchéis hasta que vuelva.

Sin arrugó la frente. Iba a casarse con Victoria Fontaine. Quería casarse con ella, y no sólo porque su enlace le ayudaría a atrapar a un asesino. No se explicaba qué había en ella que le atraía tanto, pero tampoco podía negarlo.

—Bates —dijo Sinclair, obligándose a calmarse. Nadie iba a detenerle. No podía dejar que sucediera—. Es probable que Thomas conociese a quien lo mató. Con toda probabilidad eso convierte al asesino en uno de los conocidos de lady Vixen Fontaine.

—¿Y qué pasa si ella resulta herida?

Sin se puso la chaqueta.

—No dejaré que eso ocurra. Ella sabe abrirse camino entre los despojos de la alta sociedad mejor que yo. No te preocupes. Si cuando todo haya acabado quiere la anulación, se la concederé.

Incluso mientras lo decía, Sinclair se dio cuenta de que no le gustaba en absoluto la idea. Deseaba a Victoria Fontaine y, por extraño que fuera, cuanto menos segura estaba ella de él, más intenso parecía volverse su deseo por ella.

La parte más peligrosa de esta locura era que quería que ella lo desease… y no sólo físicamente. No, quería que le apreciase; un deseo descaradamente imposible, a menos que estuviera dispuesto a contarle quién era en realidad. Puesto que eso haría que ella —y él mismo— acabaran muertos, estaba claro que se había metido en el agujero más profundo que había logrado cavar.

—A menos que decidas volver en tus cabales, será mejor que te lleve a la catedral de Westminster —dijo Roman bruscamente.

Sinclair sofocó la súbita ráfaga de nerviosa anticipación gracias a años de consumado cinismo.

—Sigo pensando que el espectáculo sería mejor si estuviera borracho. ¿Debería estarlo?

—Yo lo estaría —farfulló Bates.

—Yo diría que no —contestó su ayudante—. Esto es para congraciarte con los nobles sin que parezcas una amenaza. Si los abochornas, eres una amenaza. Y entonces toda esta farsa no servirá para nada.

Sinclair asintió con la cabeza.

—Buen argumento.

—Además —añadió Bates— quieres portarte bien y estar sobrio por esto: para ser claro testigo del error más grande de tu vida.

Puro y frío nerviosismo le atravesó. Era posible que Bates tuviera razón. Él había comenzado esto y tenía que llevarlo a cabo. Sin soltó una risita forzada.

—Sólo uno de muchos. Y si todos mis errores se parecieran a Vixen Fontaine, no me importaría cometerlos. —Cogió sus guantes de cabritilla—. Roman, lord Stiveton enviará las cosas de su hija durante la ceremonia. Haz que las pongan en la alcoba contigua a la mía y en la salita vacía.

—¿Vas a decírselo también a Milo? Porque a mí no me hará ni caso.

—Ya lo he hecho. Sin embargo, quiero que sigas vigilando por aquí.

El ayudante dejó escapar un suspiro.

—Sí. Sería bueno que tuvieras más de cuatro malditas personas en quien confiar, ¿sabes?

Con otra sonrisa, Sin le dio una palmada en la espalda.

—¿Quién dice que confío en ti?

Roman frunció el ceño.

—Te prepararé una maleta por si acaso cambias de opinión —continuó refunfuñando mientras ordenaba la cómoda.

—Meter a una «zorra» en una casa llena de serpientes. Eso tiene tanto sentido como todo lo demás.


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