Capítulo 1






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Capítulo 4


Lo único que Victoria recordaba posteriormente de su boda era que relucía. Cuentas, perlas y gemas preciosas reflejaban la luz de las vidrieras de vivos colores y de los cientos de velas que iluminaban con su luz parpadeante las extensas naves. No se desmayó, aunque no hubiera hecho falta mucho más que una suave brisa para que cayera redonda al suelo.

Todo el mundo estaba allí, desde el príncipe George al duque de Wellington, pasando por el duque de Monmouth, sonriendo con benevolencia la mayoría de ellos mientras ella repetía las palabras del arzobispo con indiferencia. Todo el evento parecía un gran fraude. Los invitados no tenían que estar tan joviales por ello, y ciertamente no tenían por qué celebrar la catástrofe.

Cuando el arzobispo los declaró marido y mujer, y Sinclair Grafton le levantó el velo, sus ojos ambarinos brillaban. Esto parecía divertirle sobremanera. Victoria salió de su estupor y le miró ceñuda.

—No frunzas el ceño —murmuró él, acariciándole la mejilla mientras le arreglaba el velo—. No te decepcionaré.

Se inclinó y, con la suavidad de una pluma, rozó con sus labios los de ella.

Aquéllas no parecían las palabras propias de un libertino, y le estuvo dando una y mil vueltas durante la recepción y el baile en Fontaine House. Si ése era su modo de disculparse, era muy poco, y llegaba demasiado tarde.

—Eres una novia muy hermosa.

Victoria se volvió al oír la lánguida voz, grave y masculina, temiendo otra tanda de estúpidas felicitaciones y buenos deseos. Pero cuando se encontró los claros ojos grises que la miraban, y contempló la delgada y fuerte figura toda vestida de negro, se relajó lo suficiente para sonreír.

—Lucien.

El conde de Kilcairn Abbey tomó su mano y se inclinó sobre ella.

—Da igual lo que le dijeras a Alexandra, nadie es más astuto que Vixen. ¿A qué estás jugando?

Ella dejó escapar un suspiro, advirtiendo que su esposo estaba al otro lado de la habitación hablando y riendo con algunos hombres que parecían estar ebrios.

—Creo que me han vencido. Supongo que tenía que suceder tarde o temprano.

—Hum. Bueno, aún te quedan opciones, milady.

—¿Qué quieres decir con eso?

Kilcairn se encogió de hombros.

—Si no te gusta, pégale un tiro.

Unas carcajadas salieron de sus labios.

—Muy poco convencional, pero lo tendré en cuenta.

Él asintió con la cabeza, sonriendo brevemente, y luego se acercó un poco más.

—Te considero una amiga, Victoria —continuó, bajando la voz—. Avísame si necesitas cualquier cosa.

Victoria ladeó la cabeza sin dejar de mirarlo.

—¿Ha sido Lex quien te ha enredado en esto?

—No. Dice que no estás muy contenta con esta tontería. Todas y cada una de las ofertas que conllevan el uso de la violencia son únicamente mías.

Kilcairn no hacía semejantes ofertas a la ligera, no hacía nada sin pensar.

—Gracias, Lucien —dijo en voz queda, alzando la barbilla— pero me las arreglaré.

—Creo que no hemos sido presentados.

Sinclair, moviéndose tan silenciosamente que Victoria ni siquiera lo había oído aproximarse, tomó sus dedos y los posó sobre su brazo. Su atención, sin embargo, la tenía fija en Kilcairn. Victoria habría supuesto que estaba celoso, en el caso de que hubiera creído que tuviera alguna razón para tal emoción.

—Lord Althorpe, éste es el conde de Kilcairn Abbey. Lucien, lord Althorpe.

Los dos hombres altos eran casi imágenes gemelas de cabello oscuro; los ojos ámbar fulminaron a los grises. Lucien, no obstante, ya había logrado dominar sus demonios, e hizo un gesto cortés con la cabeza.

—Althorpe, ha hecho un buen matrimonio.

—Así me gustaría pensarlo —replicó Sinclair, con tanta frialdad que su aliento podría haberse convertido en un carámbano de hielo.

Kilcairn, desde luego, estaba hecho de hielo.

—Es justo que lo aprecie… y a ella.

Sinclair entornó los ojos. Antes de que pudieran empezar a darse de puñetazos, Victoria se interpuso entre ambos.

—Ya basta de amenazas y bufidos —anunció Victoria.

Lucien, con el humor reflejado en sus ojos grises, inclinó la cabeza.

—Muy bien. Evitemos derramar sangre en tu recepción. Buenas tardes, Althorpe.

Sinclair, cosa que le honró, aguardó hasta que el conde salió por la puerta que conectaba el salón de baile con la salita del piso de arriba.

—¿Quién era ése? —exigió, volviéndose hacia ella.

—Ya te lo he dicho —respondió, sorprendida por su vehemencia—. Lord Kilcairn. Lucien Balfour.

—¿Una de tus conquistas?

—Estás celoso.

Él parpadeó.

—Sólo intento clasificar a los jugadores.

—Bueno, pues Lucien no es uno de ellos. —Victoria se apartó de él—. Pero me alegra saber que esperas que empiece una aventura el mismo día de nuestra boda, milord.

—Deber…

—Gracias por tenerme en tan buen concepto —prosiguió, más furiosa que frustrada, por el momento—. Sin embargo, no hay duda de que simplemente me estás juzgando por tus propias pautas de conducta.

Althorpe esperó con calma.

—¿Has terminado?

—Sí. Del todo.

—Entonces creo que deberías llamarme Sinclair. O Sin, si lo prefieres.

—Preferiría —dijo con la mandíbula apretada— que no me insultases y luego cambiaras de tema, milord.

Otra pausa apenas perceptible.

—Comprendido. ¿Bailarás conmigo, novia mía?

Habría preferido no tener que hacerlo; los nervios le martilleaban ya por la excitación, y se sentía dividida entre el deseo de dejarle sin sentido de un puñetazo y huir, y el deseo de rendirse a sus brazos y hacerle cumplir sus promesas de seducción y éxtasis.

—Supongo que debería —respondió, y tomó la mano que él le tendía.

La orquesta, claro está, comenzó con un vals, y mientras él la conducía en el baile sintió la misma atracción magnética que la noche en que se conocieron.

—¿Estás nerviosa? —le preguntó, acercándola más hacia sí.

—¿Por qué debería estarlo? Bailar el vals es sencillo.

—Estás temblando —le respondió en un murmullo—. ¿Estás pensado en esta noche?

Ella admiraba su seguridad. La absoluta arrogancia era algo completamente distinto. Victoria apretó la mandíbula.

—Tú, más que nadie, tratas de convertir este matrimonio en algo diferente de la farsa que es. No habrá un «esta noche». No del modo que tú crees.

Él la sujetó en silencio durante un largo momento mientras se deslizaban suavemente por la habitación.

—¿Tanto me detestas? Hace una semana no era así.

—Querer besarte y querer conversar contigo son dos cosas totalmente distintas.

Él no tuvo ningún problema en captar el significado de ese comentario.

—Tú quieres besarme. Yo quiero besarte. En ese caso, la conversación siempre puede esperar.

Ella volvió a sonrojarse. Dios bendito, no se había ruborizado tanto en años.

—Creo que, por norma general, a las mujeres les gustan tus atenciones. Dijiste que eres un granuja con éxito. De lo contrario serías simplemente un tonto.

—No soy tonto, Victoria. Los tontos son quienes te abrazan y luego te dejan marchar. Yo te quiero en mi cama.

Victoria le brindó una sonrisa.

—Has pagado un alto precio por tener esa oportunidad, no cabe duda, pero no va a suceder, Sinclair.

Verle sonreír de nuevo no la consoló lo más mínimo. De hecho, hizo que una deliciosa cascada de escalofríos le recorriera la espalda. Y él, a juzgar por cómo sus ojos ámbar la observaban con tanta atención, lo sabía, maldito fuera.

—Creo que sabes que sucederá tarde o temprano —dijo—. Y creo que te asusta un poco.

—Te aseguro que no me das miedo, milord.

—Sinclair —corrigió sin alzar la voz.

—Sinclair —repitió ella. Le agradó sentir el nombre en sus labios, y tuvo la extraña sensación de que estaba perdiendo algún tipo de discusión que ni siquiera se había dado cuenta que mantenía consigo misma—. En cualquier caso, es fácil conversar con los hombres —dijo, esperando que la repentina chispa de desesperación que la inundaba no se trasluciera en su voz—. Lo único que hay que hacer es adularlos.

—Pero yo no necesito que me adulen. Es por eso que te pongo nerviosa. Yo sólo quiero conocerte.

—Sí… cómo reacciono hacia ti.

—No sabes tanto como crees.

El vals finalizó y ella se dispuso a apartarse, prácticamente temblando de alivio.

—Esa es tu opinión.

Aquello debería haber logrado silenciarle… pero él no aflojó la cálida y firme presa en su cintura. En su lugar, simplemente miró a la orquesta y arqueó una ceja con gesto sardónico. Antes de que ella pudiera informarle de que nunca tocarían dos valses seguidos, comenzaron con otro.

—No puedes bailar otra vez conmigo.

—Voy a bailar otra vez contigo. Nadie nos lo impedirá; estamos recién casados, ¿recuerdas? Además… me has retado.

—No lo he hecho.

—Dijiste que quería conocerte sólo en aquellos aspectos que están relacionados conmigo.

—No, yo…

—En cierto modo tienes razón —musitó— porque conocerte es uno de mis deseos. Así pues, concédeme el capricho. Cuéntame algo de ti.

Ella consiguió indignarse lo suficiente para responderle.

—No me gustas.

La suave risa de Sin reverberó por todo su ser.

—Algo que no tenga nada que ver conmigo, querida.

Ahora se estaba regodeando, ni más ni menos. Victoria apretó la mandíbula. Podrían estar de acuerdo en que él no era ningún tonto, pero estaba segura de que actuaba como si lo fuera.

—Entonces sugiero que escojas un tema.

—De acuerdo. —Miró en torno a la habitación con expresión pensativa—. Ah. Tus amigos. Háblame de tus amigos. —Con la mano aún en su cintura señaló al hombre corpulento de mandíbula cuadrada que bailaba con Diane Addington—. Él. ¿Por qué está en nuestra boda?

Ella siguió su mirada.

—No lo sé. Él tampoco me cae bien.

—¿Por qué no?

—Ese caballero es el vizconde Perington. Se dedica a ahogar gatos.

—No logrará convertirse en un santo, pero tampoco es un criminal.

—Por lo visto le da igual a quién pertenezcan los gatitos. Y lleva la cuenta.

—Entonces, ¿cómo ha conseguido la invitación?

—Por mis padres. Pidió mi mano la temporada pasada, y mi negativa le ofendió profundamente.

La expresión de lord Althorpe se tornó amenazadora.

—¿Imagino, entonces, que éste es un intento de tus padres por demostrarle que no hay ningún tipo de resentimiento?

—No. Ellos querían mostrarle el desventurado matrimonio que he hecho para que se divierta y no rechace la oferta de mi padre para añadir la fábrica de cerámica Stiveton a los productos que él exporta. ¿Continúo?

Lejos de mostrar el aburrimiento que ella esperaba, sus ojos parecían arder con aquella misma intensidad que había observado en él la última vez que habían bailado el vals.

—Sí. Estoy fascinado. Continúa… ¿quién es el espantapájaros con ese cuello de camisa tan exagerado que está junto a la mesa de refrescos?

A pesar de lo insólito que parecía su interés, algo la obligaba a creerlo. Esa energía magnética que había entre ellos no disminuía su ansiedad, sino que provocaba una sofocante anticipación en ella que jamás antes había sentido.

—Ramsey DuPont. También me propuso matrimonio el año pasado.

—Espero que no llevara la misma chaqueta.

—En realidad, podría haberla llevado. El verde lima es su color preferido. Dice que resalta el tono de su piel.

—¿Y le rechazaste debido a su pésimo gusto para la moda?

—Le rechacé porque no me gusta.

—¿Podrías ser más específica?

Una sonrisa curvó sus labios.

—¿Buscando obstáculos que evitar?

—No, eso volvería a centrar la conversación en mí —dijo en voz queda—. Únicamente siento curiosidad.

—No puedo ser más específica. Fue algo en el modo en que asumió que yo aceptaría.

—Entonces, ¿cómo se tomó tu respuesta?

A diferencia de su acalorada reacción hacia Lucien Balfour, las preguntas de Sinclair acerca de Ramsey no parecían tener los celos como motivación. Victoria decidió probar un poco más.

—Nada bien. Me sorprende que esté aquí, a menos que quiera hacer una escena.

La expresión de Sin no cambió.

—Eso sería interesante. Pero ¿nada más subversivo? ¿Tan sólo unos gritos y un poco de alboroto?

—Principalmente. Vaya, ¿esperabas algo peor?

Su oscura sonrisa reapareció una vez más.

—Es que me gustaría estar preparado.

A ella también. Sin embargo, mientras que él se enteraba de varios hechos insignificantes acerca de ella, Victoria seguía sin saber nada de él.

—Tu abuela es realmente encantadora. Y también lo es tu hermano. Christopher, ¿verdad?

El vals finalizó, pero de nuevo él siguió sujetándola, tomándola de un brazo y arrastrándola hacia la mesa de los refrescos.

—Sí. Aunque me sorprende que no los hayas conocido siendo amigos Thomas y tú.

La nota de celos volvió a aparecer. Por lo visto consideraba a Lucien y Thomas como serias amenazas, pero no a Perington o Ramsey. Qué interesante. Le hacía preguntarse si él estaba o no celoso… y si observaba o no a otras mujeres con esa penetrante mirada ambarina. Con toda probabilidad lo hacía y, dada su reputación, continuaría haciéndolo.

—Los vi en el funeral y les di el pésame. Charlar no me pareció oportuno.

Su mirada volvió a agudizarse.

—¿Asististe al funeral?

—La mayoría de la alta sociedad lo hizo. ¿Por qué tú no?

Antes de que pudiera responder, Lucy Havers se precipitó sobre ella y le dio un beso en cada mejilla.

—Eres la novia más hermosa que he visto —dijo con entusiasmo—. He oído que Diane le decía a su madre que quiere el mismo vestido cuando se case. Le he dicho que para entonces estaría pasado de moda.

—Eso explica la gran cantidad de madeira que ha estado bebiendo —dijo Sinclair con sequedad.

Victoria no se había dado cuenta de que él hubiese reparado en ello… ni siquiera de que sabía quién era Diane Addington.

—Gracias, Lucy.

—Diane no debería haberte abandonado la semana pasada. No siento ninguna compasión por ella.

—No todo el mundo tiene unos padres tan comprensivos como los tuyos —contestó cariñosamente Victoria, mirando hacia donde se encontraban sus padres, resplandecientes por las felicitaciones que habían estado recibiendo toda la tarde.

—¿Adónde vais de luna de miel? —Siguió su amiga—. Olvidé preguntároslo antes.

—No nos vamos —dijo Sinclair, tomando un vaso de ponche de un lacayo—. Dado que acabo de volver a la ciudad, me temo que tengo algunas cosas de qué ocuparme primero.

Victoria erró el paso, y se habría tropezado si no llega a ser porque Sinclair la tenía sujeta del brazo. No estaba sorprendida, claro está. Desilusionada… así era cómo se sentía. Desilusionada.

—Diantre. Le dije a Diane que pensaba que ibais a España.

—Entonces, nos aseguraremos de visitarla cuando vayamos —propuso Victoria de forma insegura.

La sonrisa de Lucy hizo que aparecieran sus hoyuelos.

—Parece razonable.

Cuando su amiga se marchó corriendo a contrariar a Diane Addington, Victoria desligó la mano del brazo de Althorpe.

—Deberías haberme dicho algo.

—¿Sobre qué?

—Sobre nuestros planes de viaje. O la falta de ellos.

Su expresión cautelosa se tornó más defensiva.

—Eres tú quien dijo que no debería fingir que este matrimonio no es más que una farsa.

Eso había dicho, maldita fuera.

—Eso es entre nosotros.

—Ah. Así que el mundo entero debe creer que nos hemos enamorado locamente a primera vista.

Como mínimo, Sinclair tenía una considerable habilidad con el sarcasmo.

—Sí. Algo por el estilo.

—Pues dame tu brazo de nuevo.

—No hace falta que te arrojes sobre mí para hacer que todos piensen que estamos encariñados el uno con el otro.

—No se me da bien lanzar ingenuas miraditas de enamorado desde el otro lado de la habitación, milady.

Victoria estaba a punto de replicar cuando divisó a lord William Landry aproximarse con una sonrisa cínica en su ebrio semblante.

—¿Cuánto tiempo tenemos que quedarnos aquí? —preguntó tensamente.

—Pensé que nos estábamos conociendo.

—Ya he tenido suficiente por un día.

Él dudó.

—Entonces nos iremos a casa.

A casa, naturalmente, quería decir a Grafton House, con él. Quizá se quedaría algo más de tiempo en la recepción, después de todo. Victoria tomó aire. Sus cosas ya no estaban en su casa, y sus padres habían dispuesto de un amplio margen de tiempo para arreglar que se quedase si así lo hubieran querido.

—Me parece bien que nos vayamos a casa.

La tomó de la mano otra vez y evitaron a Landry con poco esfuerzo. En lugar de acercarse hacia sus padres y marcharse de modo formal, Sin dio un rodeo por los márgenes del salón de baile hacia la puerta principal.

—Timms —dijo con voz queda— haga que el mozo traiga el carruaje.

El mayordomo dudó.

—Desde luego, milord. Pero no…

—Ahora.

El alto criado hizo una reverencia.

—En seguida, milord.

Siguieron a Timms abajo y aguardaron en el vestíbulo mientras él llamaba al mozo. La música reverberaba desde el salón de baile del piso superior; sin duda los invitados aún no se habían percatado de que los novios ya no estaban presentes.

Tanto Alexandra como Lucien habían afirmado que, a menos que ella lo hubiera deseado en cierto modo, no habría permitido que este matrimonio tuviera lugar. Victoria estudió el perfil de Sinclair. Cierto, se había sentido hastiada, inquieta e insatisfecha, pero casarse con un impenitente hedonista difícilmente parecía la solución a aquello.

Parte de ella, sin embargo, quería saber qué sucedería a continuación. Algo en Sinclair Grafton le había incitado a salir al jardín aquella noche, y ese mismo algo le había impedido huir para evitar la boda. No obstante, ahora se preguntaba si ese algo —ese enloquecedor deseo físico que ella suponía debía ser— bastaba para compensar los sueños de libertad e independencia que había perdido.

El vizconde Perington, Ramsey DuPont y Lucien Balfour. Los dos primeros ya eran sospechosos, y estaba más que encantado de incluir al tercero. Vixen los conocía a todos, sabía cosas de ellos que él desconocía, y nada de lo que ella le había dicho le había hecho decantarse por eliminarlos de la lista. Más bien, todo lo contrario. Sinclair echó un vistazo a su novia, que se había sentado tan lejos de él como le permitían los límites del carruaje.

Por una vez en su vida no estaba seguro de cómo proceder. En el pasado la gente a la que había conducido a trampas e inducido a confesar habían acabado ganando de vez en cuando su compasión, aunque jamás su piedad. Pero tenía serias dificultades para convencerse de que Victoria Fontaine —ahora Grafton— se mereciera esto.

—Tu padre ha enviado el resto de tus cosas durante la recepción —dijo, desacostumbrado a verla tan callada y reservada.

—Sí, lo sé. ¿Dónde voy a dormir?

Sinclair no presupuso que ella se hubiera olvidado de que no habría un esta noche, esa noche, pero por unos momentos había abrigado la esperanza de que pudiera cambiar de opinión. Hasta que había anunciado a todo el mundo que no tenía intención de disfrutar de una luna de miel, podría haber tenido alguna posibilidad.

Sin frunció el ceño en la penumbra, a continuación borró la expresión de su rostro cuando ella lo miró y seguidamente continuó oteando por la ventana. Iban a quedarse en Londres porque él necesitaba quedarse en Londres. Ni siquiera había tenido en cuenta que ella pudiera al menos desear que se la consultara sobre sus planes de viaje. Cada día que pasaba se volvía más bárbaro. No era sorprendente, supuso, sino otra decepción para todos los implicados.

—¿Imagino que no puedo convencerte de que me acompañes? —le propuso porque ella así lo esperaba.

Victoria se volvió de cara a él.

—No. Puedes forzarme, desde lu…

—No lo haré —interpuso con rotundidad—. Va en contra de mis principios, tal como son. —Había pensado tranquilizarla, pero a juzgar por la súbita mirada curiosa que ella le lanzó, se dio cuenta de que había revelado algo—. ¿Qué?

—Dadas tus prisas por casarte y asumir las obligaciones de tu título, había supuesto que tenías la intención de formar una familia. Después de todo, dijiste que este matrimonio te era conveniente.

—Me encanta un buen desafío.

Ella sonrió.

—Me alegra complacerte.

—Santo Dios —farfulló, impresionado a pesar de los considerables problemas que preveía—. Puedo ser muy persuasivo, Victoria. Te deseo. Deseo saborear tus labios otra vez.

Victoria se ruborizó.

—No vas a saborearlos pronto, milord.

—Sin —murmuró—. Entonces, imaginaré el futuro. —Se recostó—. Te he instalado en la alcoba contigua a la mía. La puerta se cierra por ambos lados. Te daré la llave.

—¿Y tendrás tú una llave?

Él negó con la cabeza.

—Tú me invitarás a entrar muy pronto.

El carruaje se detuvo suavemente. Por lo general, no habrían pasado más de un par de segundos antes de que un lacayo abriera la puerta, pero Sinclair supuso que su temprana llegada había provocado un sustancial caos en la casa. Transcurrieron, en efecto, casi treinta segundos antes de que Orser abriera la puerta y desplegara los peldaños.

—No los esperábamos todavía, milord —dijo.

—Eso imaginé.

Sinclair dio instrucciones al servicio para que se reuniera al frente a recibir la llegada de la nueva ama de la casa. Cuando se apeó y se volvió a tomar a Victoria de la mano, le complació ver que los veintidós empleados con que contaba en Londres se apresuraban a salir de la casa y a alinearse a lo largo del camino de entrada.

—Ya estoy causando revuelo —dijo Vixen en voz queda.

Él sonrió, conduciéndola hacia el comienzo de la fila.

—Nos encantan los revuelos. En cualquier caso, a mí me gustan.

—Eso habrá que verlo, milord —dijo ella, soltado su mano y avanzando sola.

Pensó que el grueso de criados curiosos que no cesaban de mirarla pondría nerviosa a su novia, pero ella simplemente hizo un gesto cortés con la cabeza y se detuvo frente a Milo. No obstante, su compostura era comprensible; estaba más acostumbrada que él al barullo de la vida de la flor y nata de Londres.

—Milo —dijo Sinclair, y el mayordomo dio un paso al frente—. Victoria, nuestro mayordomo, Milo. Milo, me complace presentarle a la marquesa de Althorpe.

El mayordomo hizo una reverencia.

—Lady Althorpe.

Sinclair quedó rezagado, observando, mientras Milo presentaba a Victoria al cuerpo de criados. Él los había conocido del mismo modo pocas semanas antes. Ese día, sin embargo, y a pesar de las prisas, parecían menos perplejos. Pero Victoria no estaba sustituyendo a un amo o un ama queridos, tal como había hecho él; no tenía la excelente reputación de otro para recibirla con una bofetada en la cara en la puerta principal. Sin se sentía aliviado; Victoria tenía ya bastantes cosas a las que enfrentarse por su culpa sin que los criados añadieran más leña al fuego.

Roman, claro está, no se había unido al resto de los criados, estaría merodeando adentro, observando y esperando ver si alguno de los otros merodeadores aparecían. Por supuesto que también podría estar trabando amistad con la doncella de Victoria, quien también parecía estar ausente.

—Gracias, Milo —dijo, adelantándose cuando concluyó la letanía.

—Muy bien, milord. ¿Asumo que lady Althorpe y usted cenarán hoy en casa?

Sin supuso que sería llevar las cosas muy lejos, hasta para él, si se pasaba la noche repasando la última lista de sospechosos y la información con sus compatriotas. En todo caso, lo más probable era que aún se encontrasen en la recepción buscando cualquier migaja de información.

—Sí. —Llegaron a los bajos escalones de la puerta principal y se detuvo, mirando a su menuda novia—. ¿Te cruzo el umbral en brazos, milady?

El color trepó a sus mejillas, aunque él no estaba seguro de si eran nervios o irritación.

—No. Creo que no.

—Detrás de ti, entonces. —Ocultando la desilusión, Sin le indicó que entrara en la casa. La verdad era que Victoria tenía pocas razones para desear sus atenciones, y en realidad eso le facilitaría las cosas. Pero, maldita sea, ésta era su noche de bodas, y la deseaba… con más desesperación a cada momento.

Vacilando de un modo tan apenas perceptible que él creyó haberlo imaginado, Victoria entró en Grafton House. Mientras ella contemplaba el suelo reluciente y la veteada madera de caoba del vestíbulo, se le ocurrió que su hermano tenía un gusto caro, aunque muy conservador. En Grafton House lo había satisfecho por completo.

—La salita de mañana está allí, a tu derecha —dijo él, señalando a la puerta más próxima— y contiguo a ésta se encuentra el salón de la planta baja, que tiene un amplio surtido del mejor brandy de Thomas. En frente…

—Creo que me gustaría ir a mi habitación a descansar —lo interrumpió.

El pelotón de criados que se encontraba a su espalda alzó el volumen de sus murmuraciones. Se acabó la ficticia presentación de una familia unida.

—Entonces, por aquí. —Sofocando un suspiro, Sinclair la precedió por la curvada escalera—. ¿Qué sucedió con eso de que sólo nosotros dos sepamos que este matrimonio es fingido?

—Únicamente he dicho que estoy cansada, y lo estoy.

—¿Estás segura de que no vas a esconderte? Dijiste que no podía escandalizarte.

—Y no lo has hecho. —Victoria se detuvo en lo alto de las escaleras y él se dio la vuelta—. Esconderme —dijo con dureza— implicaría que te tengo miedo, y no es así.

Él se acercó un paso.

—Bien. Nos sentaremos a cenar a las ocho, a menos que se te ocurra algo más… divertido que hacer.

—Hum. Tengo la mente en blanco. Tendrás que entretenerte tú solo.

Victoria tendió la mano, el gesto parecía más vulnerable que desafiante mientras estaba allí parada con su vestido de novia de delicada seda y encaje. Él deseaba quitarle las horquillas de su oscuro cabello y dejar que se derramase sobre sus manos.

—La llave —dijo.

Sinclair parpadeó.

—Hablas en serio.

—¿He dicho algo que te haga dudar?

Él sacudió la cabeza negativamente, divertido. El maestro espía había sido derrotado por una mujercita que apenas le llegaba al hombro.

—No. —Metió la mano en el bolsillo y sacó una llave. La colocó de mala gana en la palma de la mano de Victoria cerrando los dedos de ella junto con los suyos—. No te haré daño, Victoria —dijo en voz queda, esperando estar diciendo la verdad—. No soy tan malo.

Durante un largo momento lo miró en silencio, mientras él le brindaba su expresión más inocente.

—Espero que no —dijo ella al fin con la voz entrecortada.

Él reanudó la visita por el pasillo.

—Tus habitaciones están aquí. Mi alcoba es la puerta siguiente.

—Muy bien. Gracias, milord. Sinclair.

—No hay de qué. Y no pienses que estás confinada en tus habitaciones privadas. Esta casa es tuya ahora.

—¿No piensas que huiré?

Él sonrió.

—Hasta ahora no lo has hecho.

Parecía que él estaba dispuesto a quedarse en el pasillo toda la noche hablando con ella. Parte de Victoria —la parte que trataba de convencerse de que esto no era una farsa y una pesadilla, sino algo que deseaba en lo más recóndito de su ser— también estaba dispuesta a quedarse. Sin embargo, pensando racionalmente, con falta de sueño y agotamiento nervioso, y con una media sonrisa que esperaba pareciera más sincera de lo que sentía, Victoria se deslizó dentro de la habitación y cerró la puerta. Y se le escapó un sonido ahogado cuando algo se frotó contra sus tobillos.

Lord Baggles —le dijo, como un arrullo, al tiempo que se arrodillaba— me has dado un buen susto. ¿Qué haces aquí?

—No quería meterse en la jaula, milady —dijo Jenny, entrando en la habitación desde el vestidor adjunto—. Pensé que quizá lady Kilcairn lo cuidaría mientras lord Althorpe y usted estuvieran fuera.

—¿Con el repelente de su perro Shakespeare empeñado en arrancarle las preciosas orejitas a mi cielito? —Victoria cogió en brazos la bola de pelo gris y negro conocida como Lord Baggles y se puso en pie—. De todos modos, no es necesario desterrar a mi precioso gatito.

—Entonces, ¿lo vigilará ese estirado de Milo? O tal vez lo haría la señorita Lucy —prosiguió Jenny—. He dejado hechos los dos baúles como me dijo, pero no sabía qué vestido de viaje sacar.

Victoria miró los dos baúles grandes que estaban bajo la ventana.

—No saques ninguno. Nos quedamos en Londres.

—Pero…

—Él acaba de volver a Inglaterra, Jenny. ¿Por qué iba a querer arrastrarse de nuevo por el continente, y con una esposa a la que apenas conoce? —Lord Baggles se zafó de ella y saltó a la enorme cama.

—Porque se acaba de casar, imagino.

—Creo que eso difícilmente interferirá en su vida social. —Expulsó una bocanada de aire, sabiendo que debía parecer desolada—. Ni en la mía.

—¿Debo, entonces, enviar a por el resto de sus bebés, milady?

—Por favor, hazlo. Papá y mamá se sentirán aliviados de deshacerse de ellos. —Rascó a Lord Baggles detrás de las orejas, y éste ronroneó—. Y a mí no me vendrán mal algunos amigos más.

Jenny se aclaró la garganta.

—Bueno, al menos lord Althorpe es generoso con sus habitaciones —dijo—. Creo que por una vez tendremos suficiente espacio para toda su ropa. —Hizo una pausa, considerando aquello—. Espero.

—Esa parece una razón para casarme tan buena como cualquiera de las otras que se me han ocurrido. Así que enséñame mis nuevas habitaciones, Jenny.

Su doncella tenía razón; el marqués no sólo le había asignado la recámara y un vestidor, sino también una salita privada anexa y, más allá de ésta, un pequeño invernadero rematado con un balcón con cristaleras. Las delicadas plantas parecían haber sido terriblemente descuidadas, pero no había duda de que tal falta de atención había sobrevenido después de la muerte de Thomas. La jardinería no era su fuerte, pero sería agradable pasar, de vez en cuando, algo de tiempo en la bien ventilada e iluminada habitación.

La puerta entre el invernadero y la salita parecía nueva; y lo mejor de sus habitaciones privadas era que podría ir de la cama al balcón sin poner un pie en el pasillo de la planta superior. Lord Althorpe le había dado espacio y privacidad, lo cual habría sido espléndido y considerado si hubiera disfrutado pasando tiempo sola. Por desgracia, como a menudo lamentaba su padre, Victoria parecía ser la criatura más social de todo Londres.

Regresó a la alcoba junto con Jenny para cambiarse el vestido de novia. Del otro lado del vestidor había otra puerta, y se detuvo a mirarla. Ésta daría paso a su vestidor y su alcoba. Estuvo tentada de probar si la puerta estaba cerrada con llave, pero podría no estarlo y él podría encontrarse dentro, y no se sentía preparada para enfrentarse a él tan pronto. Ni tan siquiera parecía poder conversar cuando él estaba presente… y si había algo en lo que ella destacaba, era en la conversación.

Sacó lentamente la llave y la miró. Sinclair había sido reacio a dársela, pero lo había hecho de todos modos. Claro está, también había afirmado que no iba a usarla por mucho tiempo. Con un respingo, Victoria puso la llave en la cerradura y la giró. El sonido que hizo no resultó tan satisfactorio como había esperado, pero había dejado clara su postura.

—¿El de muselina azul o el de seda verde, milady? —comenzó.

—¿Hum? Ah, el de seda verde, creo. No estoy segura de lo formal que tiene que ir una para tomar la primera comida con el esposo, pero prefiero pecar por exceso que por ir desnuda.

La doncella se la quedó mirando.

—Quiere decir vestida de forma inapropiada, ¿verdad, milady?

Victoria frunció el ceño y volvió a la alcoba, dejándose caer pesadamente en la cama.

—Por el amor de Dios. Desde luego que sí. Inapropiada.

—Me pregunto qué piensa su señoría de eso.

—Te aseguro que no tengo la menor idea. Y me preocupa aún menos. —A pesar de sus pronunciamientos, cuando dieron las ocho en punto de la tarde, había pasado una excesiva cantidad de tiempo considerando la deliciosa y embriagadora calidad de los besos de su novio. Aunque estaba acostumbrada a la distribución de las casas más espaciosas de Londres, con todo y con eso se las arregló para perderse de camino a la cena, entrando por error en la biblioteca y en la sala de música antes de encontrar el comedor principal. Sinclair había dicho que la casa era ahora suya, pero eso no era del todo cierto; legalmente era ella quien se había convertido en una pieza adicional de su propiedad y la poseía del mismo modo en que poseía Grafton House.

Llegó al comedor antes que Sinclair. El mayordomo y media docena de lacayos aguardaban formando una fila a que apareciera alguien a quien atender.

—Buenas noches —dijo, acercándose al pie de la mesa.

—Buenas noches, milady —respondió Milo, apresurándose a sostenerle la silla.

—Esto debe resultarles muy chocante a todos —prosiguió con su tono más cordial al tiempo que tomaba asiento—. Primero un nuevo marqués y ahora su esposa, todo en menos de un mes. ¿Hace mucho que trabaja para los Grafton, Milo?

—Sí, milady. Más de la mitad del personal proviene de la anterior residencia de lord Althorpe.

—Era un buen hombre.

—Un hombre muy amable —declaró Milo con tanto énfasis que Victoria le regaló una sonrisa.

—A lord Althorpe debe complacerle ver tanta lealtad hacia su familia. ¿Cuánto tiempo estuvo al servicio de Thomas?

—Cinco años, milady. Y, si se me permite decirlo, el… bastardo que le asesinó se merece que lo ahorquen.

Los demás criados asintieron para expresar su aquiescencia. No obstante, Victoria tuvo que preguntarse si lamentaban más perder a su antiguo patrón o tener uno nuevo.

—Aquí estás. —Las palabras llegaron desde la puerta.

El leve y familiar temblor le recorrió, hormigueante, la columna ante el sonido de su grave voz lánguida.

—Buenas noches, Sinclair —le saludó, el nombre en sus labios sonaba extraño y familiar al mismo tiempo. Se preguntó si alguna vez llegaría a acostumbrarse a ello.

—Estás deslumbrante —dijo, pasando por detrás de ella antes de sentarse en el extremo opuesto de la larga y elegante mesa.

—Gracias.

Él inclinó la cabeza.

—Fui a buscarte, pero parece que te guías bien por tu cuenta.

—Las casas son muy parecidas las unas a las otras. —Sabía que parecía maliciosa, pero, dado el modo en que su lengua se agarrotaba ante su presencia, se sintió aliviada de pronunciar una frase coherente.

—Supongo que lo son. No he visitado ninguna desde mi regreso. Imagino que debería prestar más atención.

—No tiene apenas importancia. Siempre hay criados a mano para guiar a un visitante ocasional, y los habituales ya han estado tantas veces de visita para saber adónde van.

La expresión de Sinclair se volvió más atenta durante el tiempo que dura un latido y luego volvió a ser Sin, el calavera con la sonrisa oscura, sensual.

—Me da la sensación de que yo entro en la categoría de visitantes poco frecuentes.

También parecía haber olvidado que ella era una visitante nueva en Grafton House.

—Yo también me siento así —afirmó ella, sólo para recordarle que era él quien debería haber estado haciéndole comentarios solidarios a ella… no al contrario.

—Tendremos que remediar eso. Creo que me he familiarizado lo suficiente con el lugar como para enseñártelo. Cuando quieras. Mañana, tal vez.

—Tal vez. Mañana tengo que asistir a una comida benéfica.

Sinclair arqueó una ceja, mostrándose hastiado y cínico de nuevo.

—Tenía la impresión de que pensabas que mañana íbamos a estar fuera de la ciudad.

«Diantre.»

—Así era. Pero la comida fue acordada hace meses… y acepté participar mucho antes de conocerte. Puesto que estoy en Londres, debo asistir. Dijiste que no debía alterar mi calendario social. —Bajó la mirada a su plato mientras Milo servía faisán asado que olía deliciosamente—. Puedes acompañarme si lo deseas.

Sinclair resopló.

—¿Yo… en una comida benéfica? Me sorprende que tú te hayas dejado arrastrar a ello, pero yo no soy tan bobo.

Eso ya era demasiado.

—No me han arrastrado a nada, milord —replicó, apretando el tenedor—. Me ofrecí voluntaria. Eso es la caridad, ¿sabes? Entregarse uno mismo.

—Si esa es la definición —dijo con la boca llena de faisán— entonces esta ave está haciendo un acto benéfico. Sin duda se está entregando. Y de un modo muy sabroso.

Ella miró al grupo de criados. Si a él le daba igual la impresión que daba delante de ellos, entonces tampoco a ella le importaba que Sinclair pareciera un auténtico lerdo.

—Si confundes comer un ave con las obras de caridad, no me extraña que tus lealtades se volvieran tan confusas en Europa.

Él se quedó de piedra, luego dejó lentamente los cubiertos con la mirada clavada en su rostro.

—¿Mis lealtades?

—Sí. ¿Por qué otra razón si no correteabas por Francia cuando Inglaterra estaba en guerra con ella?

Él se mantuvo en silencio durante largo rato. Luego, con los hombros perceptivamente más relajados, continuó comiendo.

—Mis lealtades en Europa nunca fueron confusas. Siempre fueron para conmigo mismo.

—Y eso es aún más triste que si hubieras elegido el bando equivocado. —Enfadada y decepcionada, se retiró de la mesa y se puso en pie—. Discúlpame, pero creo que esta noche me retiraré temprano.

Esta vez él no levantó la mirada.

—Buenas noches, entonces, Victoria.

—Sinclair.


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