Capítulo 1






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Capítulo 5


Sinclair se paseaba por su alcoba de un lado a otro, deteniéndose siempre ante la puerta del vestidor y retomando después su marcha. Qué le condenasen si probaba la puerta, o si entraba en su habitación… no hasta que ella se lo rogase.

Así que Victoria cuestionaba sus lealtades. Ella, una frívola, coqueta y mimada belleza de Londres, había cuestionado sus lealtades. Desde luego, aquélla había sido la idea: darles a todos —sobre todo a Bonaparte— la impresión de que era un hombre demasiado preocupado por sí mismo para preocuparse por la política, y que haría cualquier cosa mientras le divirtiera y beneficiase. Esas mismas cualidades debían igualmente darle rienda suelta en Londres para encontrar al asesino de Thomas.

Obviamente, se estaba volviendo loco. Victoria tenía que pensar que era un bárbaro, pero ahora que era así, no le gustaba.

—Imbécil —farfulló—. Burro.

El reloj del piso de abajo marcó las dos. Con otro juramento por su descuido, agarró su chaqueta y salió con sumo cuidado al oscuro pasillo. Bajó presurosamente, esquivando el escalón que hacía un desagradable crujido, y entró en su despacho de la planta baja. Aún en la oscuridad tardó tan sólo un segundo en abrir la cerradura y la ventana. Ésta cedió sin hacer ruido; se había asegurado de ello el día en que había vuelto a Londres.

Una vez que estuvo sobre el alféizar, se dejó caer al suelo y, amparándose en las oscuras sombras junto a la casa, se dirigió sigilosamente hacia el establo.

—Bates —susurró.

—Ya era hora —respondió una voz más grave y gutural a su espalda.

Sin se dio la vuelta rápidamente, sacando la pistola del bolsillo y apuntando con el mismo movimiento fluido.

—¡Jesús!

Sin se quedó inmóvil, el cañón de la pistola se apretaba contra la frente del hombre.

—No te muevas.

—No es probable que lo haga con ese cañón apuntándome. Por el amor de Dios, Sin, era una broma.

Sinclair bajó lentamente la pistola y la volvió a guardar en el bolsillo.

—Fingir ser un pésimo asesino no es divertido, Wally.

—Ya te dije —apuntó Bates, doblando la esquina del edificio con un hombre alto y musculoso a su lado—, que no era divertido.

Wally se pasó la mano por su pelo rubio, que empezaba a ralear.

—Bueno, si hubieras llegado a la hora, no habría tenido tiempo para que se me ocurriera.

Sinclair asintió con la cabeza.

—Perdí la noción del tiempo.

—Era de esperar —declaró Bates, sus dientes centellearon a la luz de la luna cuando sonrió—. Es tu noche de bodas.

—Me sorprende muchísimo que hayas dejado esa cama caliente y blanda —apuntó Wally.

Puesto que no tenía la menor intención de informarles de que su novia y él habían pasado su primera noche de felicidad conyugal en habitaciones separadas, Sinclair simplemente se encogió de hombros.

—Decidme que mereció la pena.

El gigante de cabello leonado, que estaba con Bates, se adelantó.

—Ese supuesto testigo al que seguíamos resultó ser un viejo criado borracho con tan poco juicio como dinero.

El suave acento escocés no hizo que las noticias fueran más agradables.

—¿Nada en absoluto?

—Nada. Oyó que ofrecía dinero a cambio de información, pero no creo que distinguiera a tu hermano del príncipe George.

—Nunca pensé que ofrecer una recompensar funcionase —reconoció Sin en voz baja—, pero teníamos que intentarlo.

Wally estaba sacudiendo la cabeza de forma negativa.

—Si el dinero fuera la clave, alguien habría delatado al bastardo hace dos años.

—Lo sé. Así que vamos a tener que hacerlo a la antigua usanza. No podemos eliminar a ninguno de nuestros sospechosos sin pruebas que demuestren lo contrario.

—Eso puede llevar mucho tiempo, Sin.

Él miró a Bates.

—No estáis obligados a tomar parte.

El hombre más joven frunció el ceño.

—No empieces otra vez con esa condenada estupidez.

—¿Por dónde quieres empezar? —añadió Crispin.

La pequeña broma que Victoria había intentado con él surgió con fuerza en su mente. Ya lo había pensado antes, pero de un modo más impreciso.

—Tenemos dos alternativas diferentes —dijo pausadamente—: La mayoría de los criados no estaban, y ninguno de los que trabajaban aquella noche recuerdan haber visto u oído nada fuera de lo normal. De modo que… o bien se trata de un completo desconocido que entró a hurtadillas en esa enorme casa y logró encontrar, sorprender y matar a Thomas sin tropezarse con nadie más; o se trata de alguien lo bastante familiarizado con la casa y sus moradores para realizar la hazaña y escapar sin ser descubierto.

—Con una tormenta como tapadera no se me ocurre por qué no pueden ser ambos casos posibles —dijo Bates pensativamente.

—Ya hemos tenido antes esta conversación —refunfuñó Wally, alzando los hombros contra la fría brisa nocturna.

—Y seguiremos teniéndola hasta que demos con el maldito asesino. —Sinclair le fulminó con la mirada—. He tomado las medidas: la mesa del estudio está a tres metros y medio de la puerta. Está más cerca de la ventana, pero uno de los marcos está cerrado por haber sido pintado y, hasta hace unos días, el otro chirriaba tanto como para despertar a un muerto.

—Advertencias más que suficientes para tu hermano, cualquiera que fuera la dirección de donde viniera el pistolero —apuntó Crispin con su habitual astucia—, pero él no vio necesario levantarse o echar mano de un arma.

—Exactamente. Estoy dispuesto a apostar que Thomas conocía bien a su asesino. Y creo que tenemos que partir de ahí.

—Entonces, ¿ningún cambio en la lista?

—No muchos. Quiero una coartada sólida con testigos antes de descartar a cualquiera de ellos. Wally, ocúpate del señor Ramsey DuPont. Dudo que sea nuestro hombre, pero parece tener una faceta perversa. Bates, a ti te ha tocado en suerte lord Perington, que se divierte ahogando gatos y tiene un próspero negocio de exportaciones. Y Crispin, el conde de Kilcairn Abbey es tuyo.

—Qué suerte la mía —masculló el enorme escocés—. El mismísimo Lucien Balfour. Antes no sospechabas de él.

—Ahora sí. —Eso no era del todo cierto, pero no podía olvidar la alegre reacción de Victoria ante la presencia de Kilcairn. Estaría más que contento de descubrir cualquier cosa desagradable acerca de Lucien Balfour.

—Nos mantendremos en contacto a través de lady Stanton —prosiguió—. Si no sé nada de vosotros antes del jueves, nos encontraremos en El Harén de Jezebel a medianoche.

Bates entrecerró un ojo.

—Eh, Sin, ¿estás seguro de eso?

—Sí. ¿Por qué?

—Un caballero casado en Jezebel podría hacer que se alzaran algunas cejas, ¿sabes?

Sinclair profirió una maldición.

—Tienes razón. Maldición. Que sea en Boodle’s. ¿Conservas aún una buena reputación allí, Crispin?

—Sí. Un poco relamido para nosotros, pero nos las apañaremos.

—Sigue tu propio consejo. Sin —dijo Crispin—, has hecho algunas cosas disparatadas en tu vida, pero casarte porque necesitabas un lista razonable de sospechosos… es una estupidez aún tratándose de ti.

—O bien podría ser mi estrategia más brillante —contestó Sinclair.

—Sí. O podría ser por alguna otra razón completamente distinta.

Sinclair arrugó al frente.

—¿Como cuál?

Crispin se limitó a sonreír.

—Buenas noches, Sin. —Un momento después, los tres hombres se desvanecieron en la oscuridad.

Sinclair se quedó parado donde estaba durante un momento, luego se dirigió nuevamente a la casa y abrió la ventana del estudio. Tanto si Victoria quería o no compartir aún su cama, ya le había proporcionado la respuesta a algunas de las preguntas acerca de tres de sus sospechosos y un método lógico de entrada. Al menos el camino parecía muy despejado en una de las vías.

Victoria se retiró de la ventana y dejó que la cortina volviera a cerrarse. No los había visto demasiado bien, pero estaba muy segura de que aquellos tres caballeros eran los mismos con los que Sinclair había charlado en la recepción. Qué curioso, entonces habían parecido completamente ridículos y ebrios, pero ahí afuera, en el patio del establo Grafton, todos parecían tan sobrios como ella. Habían pasado varias horas, claro está, pero le seguía pareciendo extraño.

Se sentó en el borde de la cama y acarició distraídamente a Lord Baggles. No tenía conocimiento de ningún libertino que anduviese merodeando por el patio de su propio establo en medio de la noche, armado y aparentemente muy diestro con el armamento. Y eso no era todo. La posición erguida y vigilante de su cuerpo, el modo escueto en que hablaba y gesticulaba… le recordaba a otro Sinclair Grafton, aquél cuyos besos le habían abocado inexorablemente al matrimonio.

Victoria suspiró, absolutamente exhausta. Sin embargo, era culpa suya que le estuviera espiando, porque ella sólo había estado mirado la luz de la luna. Había sido él quien le había proporcionado algo que ver.

Lo más probable era que Sinclair tuviera una explicación lógica para esta pequeña y extraña reunión. Preguntar, no obstante, significaría admitir que lo había estado observando por la ventana. No se sentía preparada para escuchar ni dar explicaciones justo ahora, no cuando ni siquiera había solucionado cómo acabar con este matrimonio.

Sin ya había salido a cabalgar a la mañana siguiente cuando Victoria bajó a la salita del desayuno. Por lo general, para cuando hacía su aparición en Fontaine House, dos o tres jóvenes ya se habían reunido en la salita de mañana con invitaciones para picnics y paseos en carruaje, por si acaso ella disponía de un momento libre durante el día.

Grafton House parecía completamente desprovista de jóvenes admiradores, incluido su marido. Le gustaba, salvo por la irritación que sentía por verse ignorada y descuidada. No había nadie con quien poner a prueba su inteligencia, nadie con quien charlar de las mismas cosas de las que había hablado cientos de veces antes.

—Milo —dijo mientras extendía mantequilla en su tostada—. Espero que esta mañana lleguen algunas cosas más. ¿Qué opina lord Althorpe de los animales?

—¿Animales, milady?

Sonrió ante su expresión perpleja.

—Sí. Animales.

—No lo sé, milady. Ha comprado varios caballos desde su llegada, si eso os sirve de ayuda.

Victoria se detuvo con la tostada a medio camino a sus labios.

—Ha dicho llegada. No regreso. ¿No conocía a lord Althorpe antes de que viniera a tomar posesión de su título?

El mayordomo interceptó al lacayo que llevaba la tetera, le indicó al criado que se marchara, y él mismo rellenó la taza de Victoria.

—Lo conocí en una ocasión previa, milady, poco después de que comenzara a servir aquí. Su visita, sin embargo, fue bastante… breve, y lord Althorpe, muy correctamente por su parte, no tuvo a bien presentarnos.

Humm. Aquello era pero que muy interesante. Aunque el mayordomo no había dicho nada definitivo, ni lo diría si tenía algo de inteligencia, tenía la clara sensación de que a éste no le gustaba su nuevo patrón. Puesto que Sinclair no parecía dispuesto a contarle nada acerca de sí mismo, no le quedaba más remedio que encontrar un medio alternativo de enterarse.

—Es una lástima, considerando la presente situación —prosiguió ella, añadiendo azúcar al té—. ¿Apreciaba el difunto marqués a su hermano?

—No estaba al tanto de sus consideraciones, naturalmente, pero puedo decir que aquella vez discutieron, y que después el difunto lord Althorpe raramente hablaba de su hermano… salvo cuando leía el periódico de la mañana.

—¿El periódico?

—Sí. Varias veces, mientras tomaba el desayuno, le oí exclamar acerca de los estúpidos riesgos que corría Sinclair. —Se aclaró la garganta—. Esas eran sus palabras, desde luego. Yo jamás pronunciaría un juicio acerca de ninguno de los dos lord Althorpe.

—Ah, no. Pero es una pena que los hermanos no se llevasen bien. A menudo desearía tener una hermana con quien charlar.

—Bueno, está el joven Christopher. Lord Althorpe —el difunto lord Althorpe— lo adoraba.

Victoria le dedicó una cálida mirada. Era tan fácil tratar con los hombres.

—Parece que usted está encariñado con el joven Christopher.

—Es un buen joven.

—Lo conocí ayer. También a mí me pareció bastante encantador. Me sorprendió que… mi esposo no lo hubiera mencionado antes- —Llamar a Sin su «esposo» le pareció extraño, pero referirse constantemente a él como «el marqués» y «lord Althorpe» le agotaba.

—Hasta donde yo sé, la abuela, lady Drewsbury, no aprobaba la excesiva demora del marqués en asumir el título. Eso es mera especulación, por supuesto.

Victoria puso la mano en el brazo de Milo.

—Por supuesto. Le agradezco su ayuda. —Rio entre dientes—. Me temo que debo ponerme al día en muchas cosas. Creo que he encontrado a mi tutor.

Captó un movimiento por el rabillo del ojo, pero cuando miró hacia la entrada del pasillo no había nadie. Esperó por un fugaz instante que Jenny no hubiera dejado escapar a Lord Baggles. La puerta principal se abrió un momento más tarde y ella se sobresaltó.

—Si me disculpa, milady —se apresuró a decir el mayordomo y salió.

Casi chocó con el marqués cuando Sinclair entró en la habitación.

—Aquí está, Milo —exclamó, entregándole el sombrero y el abrigo negro—. Ocúpese de que guarden a Diable, ¿quiere?

—Sí, milord.

—Y buenos días, Victoria. —Althorpe esquivó al mayordomo y se sentó en la silla junto a ella, ignorando el lugar que habían dispuesto a la cabecera de la mesa. Los criados se apresuraron a cambiar los cubiertos de sitio.

—Buenos días.

Una oleada de escalofríos descendió por su piel cuando él apoyó la barbilla en una mano para mirarla fijamente. La sensación no era del todo desagradable, y tampoco lo era la vista de la aparentemente lánguida mirada ambarina de sus ojos al contemplarla con atención.

—¿Diable? —repitió Victoria, en gran parte para desviar su desconcertante atención de ella.

—Me pareció un nombre más elegante para la bestia. Su verdadero nombre es Frederick el Servicial. Nada impresionante.

Victoria rio entre dientes, aliviada de que pareciera dispuesto a olvidar su despedida de la pasada noche.

—Tengo que estar de acuerdo.

El retorno de su sonrisa hizo que el corazón de Victoria comenzara a acelerarse.

—¿Has dormido bien? —le preguntó sin alzar la voz mientras un lacayo le servía una taza de café.

No parecía estar haciendo intento alguno por ocultar su relación frente a los criados. La razón más probable, no obstante, era que la casa ya estaba al corriente. Tampoco es que ella hubiese sido discreta la noche anterior.

—Sí, lo he hecho. Y mis habitaciones son encantadoras. Debería habértelo dicho antes. Gracias.

—Me alegra que te gusten, pero no es necesario que me des las gracias.

—Aun así, fue muy considerado.

Él se enderezó.

—Bueno, según tengo entendido, a las mujeres os gusta disponer de un área privada a la que podáis escapar del jaleo de la casa.

Ya empezaba de nuevo, clasificándola cuando ni siquiera la conocía lo más mínimo. Si no fuera por esas irresistibles miradas y esas palabras esporádicas, no estaba convencida de que le gustara en absoluto.

—Bueno, si la casa de un hombre es su castillo, se deduce que una mujer necesita al menos una habitación o dos —dijo, bebiendo un sorbo de té y observándolo por encima del borde de la delicada taza de porcelana.

Él arqueó una ceja.

—No estoy muy seguro, pero casi me parece que estás discutiendo conmigo de algo.

—Te equivocas. No te conozco lo suficiente para discutir contigo.

—Volvemos a lo mismo, ¿no es verdad? Eres persistente.

—Es una de mis virtudes.

—¿A qué hora es el almuerzo de hoy?

Victoria parpadeó por el rápido cambio de tema. Estaba claro que no deseaba discutir con ella; no sabía bien qué pensar.

—Tengo que estar en casa de lady Nofton no más tarde de la una en punto. El almuerzo empieza a la media.

—¿Sólo mujeres, supongo?

—Asistirán algunos caballeros con conciencia cívica —respondió, preguntándose qué se traía entre manos—. La mayoría del grupo más liberal, y algún que otro pastor.

—¿Muchachas bonitas como tú, o viejas solteronas desdentadas?

—No prestó demasiada atención al aspecto exterior de mis amigos —declaró tensamente—. Y si lo que pretendes es tener escarceos, no esperes que yo haga las presentaciones por ti.

Su leve sonrisa hizo que el siguiente insulto no llegara a salir de su garganta. Con toda probabilidad, Sin era muy consciente de que tenía ese efecto sobre ella y hacía uso de él adrede.

Sinclair tomó una fresa del plato de Victoria, la contempló un momento, y luego se la metió en la boca.

—Me disculpo —dijo después que la hubo tragado—. Sólo sentía curiosidad por lo que dirías. Me temo que he adquirido unos modales bastante groseros.

—Mi antigua profesora, la señorita Grenville, solía decir que lo único mejor que una disculpa es evitar la necesidad de tener que ofrecerla.

—Lo recordaré. Y no pretendía ofenderte… en serio.

—Acepto las disculpas, mil… Sinclair.

—¿Así que se permite la asistencia de hombres al almuerzo?

—Sí, son bienvenidos. —Volvió a tomar un sorbo de té, pero él permaneció en silencio—. ¿Por qué?

—Pensaba que podría acompañarte.

Victoria le miró fijamente.

—A riesgo de repetirme… ¿por qué?

Sinclair se inclinó un poco más.

—Trato de conocerte. Me has apartado de la ruta más placentera, por lo que me veo obligado a asistir a comidas benéficas con curas y políticos.

Ella se sonrojó.

—Tampoco es probable que tu sutil método de recordarme lo que quieres me convenza.

—Entonces tendré que probar un método distinto. —Antes de que pudiera, Sin puso la mano sobre la suya—. ¿Podría acompañarte?

Victoria retiró la mano con un profundo rubor en las mejillas.

—Te morirás de aburrimiento, pero podría hacerte bien.

Sinclair se levantó.

—Excelente. Tengo que hacer un recado, pero volveré pronto.

Victoria asintió con una breve inclinación de cabeza mientras seguía preguntándose por qué demonios lord Sin querría asistir a una comida benéfica.

—Bueno, sea como fuere, parece que la tarde será interesante —dijo con la taza en los labios. Milo carraspeó compasivamente… o, en cualquier caso, eso fue lo que ella imaginó.

Milo no había matado a nadie.

Sinclair se apoyó contra el mostrador de Hoby's, un establecimiento de confección de botas, prestando apenas atención al dependiente que revolvía entre una pila de facturas que olían a humedad. En una mañana, entre pan tostado y fresas, Victoria había descubierto más información de la que él le había sonsacado al maldito mayordomo en casi un mes.

Era cierto que el mayordomo tenía motivo para detestarle a él, y ninguno para desaprobar a Victoria, pero era más que eso. Había logrado que el altanero granuja parloteara como un pescadero que acabara de llegar del puerto. Y aunque Milo podría no tener una coartada y testigos que la corroborasen, Sinclair sabía lo suficiente. El mayordomo había sentido verdadero aprecio por Thomas.

Gracias a Dios que había decidido deslizarse a hurtadillas en la casa para ver de qué humor se encontraba su novia, y gracias a Lucifer que lo había hecho a tiempo de escuchar la conversación. Roman estaría decepcionado de enterarse de la inocencia del mayordomo, pero Sin se sentía aliviado. Sea como fuere, le ayudaría a dormir un poco más tranquilo por la noche.

—Aquí está. Thomas Grafton, lord Althorpe. ¿Es lo que quería, milord?

El dependiente comenzó a sacar una factura del medio del montón. Enderezándose, Sinclair echó mano al papel y golpeó con el codo la parte superior de la pila. Un centenar de facturas se desparramaron del mostrador al suelo.

—Maldita sea —gruñó—. Lo lamento.

Con un suspiro sofocado, el dependiente se agachó a recoger los papeles.

—No se preocupe, milord.

Tan pronto como el tipo apartó la vista, Sin levantó el borde del grueso restante y ojeó la docena de papeles anterior y posterior al que sobresalía del grupo. Hoby's había tenido otros cinco clientes el día en que Thomas había ido a recoger sus botas nuevas… cinco nobles que había estado en la ciudad, y cerca de Thomas, en el momento del asesinato. Ése había sido el último día en la vida de su hermano, y esas botas fueron con las que le habían enterrado.

Reconoció dos de los nombres y memorizó los demás, soltando el resto del montón cuando el dependiente se enderezó de nuevo.

—Por los clavos de Cristo, menudo lío —dijo compasivamente.

—No pasa nada, están todas numeradas. —El tipo depositó la desordenada pila en el mostrador y sacó la factura en cuestión.

—Su señoría pagó a la entrega. No se debe nada, tal y como imaginaba.

—Bien, son buenas noticias. Cuantas menos deudas mejor, como siempre digo.

El dependiente asintió y comenzó a reorganizar las facturas.

—Sí, milord.

Solucionado ese asunto, Sinclair volvió a su faetón y se dirigió de regreso a Berkeley Square. Por una vez había tenido un poco de suerte. No estaba al corriente de que Astin Hovarth se había encontrado en Londres aquella semana. Poder hablar libremente con un buen amigo de Thomas, alguien que conocía bien a sus otras amistades y sus costumbres, sería una ventaja. Antes de la condenada comida benéfica, debería darle tiempo a escribirle una rápida carta al conde de Kingsfeld. Parecía un momento idóneo para mantener una reunión con Astin, y necesitaba encontrar una nueva pista antes de enviar a sus sabuesos en una u otra dirección.

Milo le abrió la puerta, pero la extraña expresión del rostro del mayordomo hizo detenerse a Sinclair en la escalinata.

—¿Qué sucede?

—Nada, milord.

—Parece que te hubieras comido un canario.

El mayordomo profirió un sonido estrangulado.

—Lady Althorpe acaba de recibir algunas… cosas más de Fontaine House.

—Ah, ¿no me diga? —En cualquier caso, aquello era mejor que escuchar que había huido del país.

—Creo que está en el invernadero, milord.

—Muy bien.

Lanzándole al mayordomo una mirada por encima del hombro, Sinclair subió la curvada escalera que llevaba al segundo piso. A medida que se iba aproximando a las habitaciones de su esposa, pasó por delante de un par de lacayos que llevaban lo que parecían ser los restos de varias plantas y flores exóticas.

La puerta del invernadero estaba cerrada y Sinclair golpeó la sólida madera con los nudillos.

—Un momento.

Pasaron aquel momento, y varios más, antes de que la puerta se abriera. La doncella de Victoria, Jenny, le dirigió una mirada asustada y se volvió a continuación hacia el interior de la habitación.

—Es lord Althorpe, milady.

—Hazle entrar… ¡Jenny, detén a Henrietta!

Antes de que hubiera terminado de hablar, un pequeño rayo blanco pasó como una exhalación por entre los pies de la doncella hacia la puerta abierta. Casi sin pensar, Sin se agachó y lo cogió en brazos. Y lo miró con el ceño fruncido.

—¿Qué demon…?

Victoria rodeó rápidamente a su doncella y se estrelló de pleno contra él.

Sinclair ya había perdido el equilibrio al enganchar a la criatura, y trastabilló hacia atrás. Su novia se tambaleó y después cayó sobre el trasero.

—¿Estás bien? —preguntó Sin, intentando decidir si echarse a reír o huir escaleras abajo presa del terror.

Victoria se llevó la mano a la cascada de cabello negro que iba desplomándose.

—Sí. Muy bien.

Sinclair se acuclilló a su lado, entregándole la cosita que había capturado.

—¿Imagino que ibas detrás de esto?

—Gracias a Dios. Ven aquí, cielito —le dijo en un arrullo, sujetándolo contra su adorable seno.

—¿Qué es, exactamente? —preguntó, acariciándolo detrás de lo que parecía una oreja, en gran parte para poder tener una excusa para rozar la suave piel de su esposa con los dedos.

—Es un caniche.

—Eso no es un caniche.

—¡Sí que lo es! —dijo Victoria con indignación—. En todo caso, lo es en su mayoría. Estamos casi seguros. ¿A que sí, mi pequeña Henrietta?

—Es una bola de pelo. Una bola de pelo con patas.

Ella rio entre dientes, sus ojos brillaban cuando alzó la vista hacia él.

—No te burles de ella. Es muy tímida.

Maldición, deseaba besarla.

—Tal vez si le recortaran el pelo para que pareciera de verdad un perro, tendría un poco más de confianza.

El humor desapareció de su mirada violeta.

—No, a Henrietta no le recortamos el pelo.

A Sinclair le estaban dando calambres en las piernas, de modo que echó las rodillas hacia delante y se sentó en el suelo junto a ella.

—¿Por qué?

—La encontré en Covent Garden, temblando en una alcantarilla. Alguien le había quemado el pelo. —Una lágrima rodó por su mejilla suave y delicada—. Gracias a Dios que estaba lloviendo.

Sinclair le enjugó la lágrima con el pulgar.

—Puede que su aspecto no sea tan ridículo, después de todo.

—Prefiero pensar que es entrañable. —Victoria sonrió de nuevo, y a Sinclair le dio un vuelco el corazón.

—Muy entrañable —murmuró.

Sus ojos se cruzaron y luego ella se ruborizó y volvió a fijar la atención en el perrito.

—Sí, ¿verdad que sí, cielito? Se pone un poco nerviosa en los lugares nuevos. Por eso corre.

Sin, que también encontraba entrañable la repentina timidez del ama de Henrietta, se echó hacia delante y se puso en pie.

—Se acostumbrará a esto antes de darse cuenta —declaró, tendiendo la mano.

Victoria agarró la mano, con el rostro aún sonriente, y dejó que él le ayudara a ponerse en pie. Sinclair no supo cuánto tiempo permanecieron así, mirándose el uno al otro. Justo cuando se inclinaba para saborear sus labios, un grito, tan agudo como para destrozar los oídos de cualquiera, llegó del invernadero.

—¡Santo Dios! ¿Qué ha…?

—¡Sheba!

Victoria depositó a Henrietta en los brazos de él y se apresuró a entrar otra vez en la habitación. Sintiéndose tremendamente confuso, Sin la siguió. En el centro de la sala había una hilera de algo más de una docena de jaulas. Dentro de éstas se encontraba la más extraña colección de pequeñas bestias que había visto en su vida; algunas de pie, otras sentadas; durmiendo y picoteando y gritando.

Su novia se arrodilló delante de la jaula más alejada y, con cuidado, sacó de ella un felino de color naranja. Haciendo uso de los mismos melódicos murmullos que había utilizado con Henrietta, tomó al gato en sus brazos. Sinclair meditó por un instante que no le importaría ser una de aquellas mascotas de Vixen.

—Así que ésa debe de ser Sheba.

Victoria se sobresaltó, como si hubiera olvidado que se encontraba allí.

—Sí. Creo que lo que le pasa es que tiene hambre. —Dividiendo la atención entre él y la hilera de jaulas, Victoria volvió a sonrojarse—. Yo… espero que no te importe, pero mis padres jamás cuidarían de ellos, y son responsabilidad mía, y dijiste que ahora Grafton House era mía también, y no podía aban…

—No me importa —aseveró con firmeza.

—Ah. Bien. Porque se quedan.

—Ya lo suponía. —No pudo evitar el sarcasmo que apareció en su voz, aunque, en realidad, se sentía divertido… e intrigado.

—¿Y qué se supone que significa eso? —preguntó ella a la defensiva—. Te aseguro que no tendrás que preocuparte por ellos, ni pagar un chelín por su mantenimiento. Son responsabilidad mía, y apenas notarás que están a…

—Me ha sorprendido —la interrumpió—. Por alguna razón, no imaginaba a Vixen ejerciendo de madre para una pandilla de animales callejeros e inadaptados.

Ella le sostuvo la mirada.

—Si yo no lo hago, ¿quién lo haría?

Sinclair no pensaba comenzar a discutir con ella justo antes del almuerzo, sobre todo cuando su inesperada compasión le hacía sentir como un colegial al que le temblaban las rodillas.

—Esto explica tu antipatía por lord Perington. ¿A qué felino rescataste de sus garras?

—A Lord Baggles. Está en mi alcoba, durmiendo la siesta.

—No tenía ni la más remota idea de la cantidad de sádicos que pueblan Londres.

Victoria se encogió de hombros, todavía acariciando distraídamente a Sheba.

—Los hombres débiles tienen que demostrar su superioridad con criaturas más débiles que ellos.

Después de tan sólo un día, la mujer con la que pensaba que se había casado estaba resultando ser alguien completamente diferente. Ya sabía que deseaba hacerle el amor… pero no se había dado cuenta hasta ahora de que sus adorables rasgos podrían no ser su mejor característica.

Victoria descubrió que seguía mirando a lord Althorpe cuando dejaron el carruaje y entraron en el amplio jardín de lady Nofton, que estaba justo a las afueras de Londres, para la comida benéfica. Él ni se había inmutado por su colección de animales y, en realidad, había parecido comprender y estar de acuerdo con sus motivos para quedarse con ellos. No sabía a ciencia cierta lo que había esperado de ella, pero ciertamente no había sido aquello.

—Te han saludado —murmuró Sinclair a su lado.

Victoria parpadeó, reparando tardíamente en la corpulenta mujer que cruzaba el jardín en dirección a ellos.

—Es lady Nofton. Pórtate bien.

El brazo de Sin se tensó bajo su mano para volver a relajarse de nuevo.

—No soy una de tus mascotas —le dijo, arrastrando las palabras—. Ni tampoco tengo doce años.

—No quería decir que lo fueras —respondió, mirándolo de soslayo al tiempo que soltaba su brazo—. Lo que sucede es que no quiero que nada salga mal.

—Ah. Comprendo. Soy peor que un niño de doce. Soy Sin Grafton.

—Tú mismo te has labrado tu reputación.

—Igual que tú.

Victoria tenía ganas de sacarle la lengua. Siendo una persona que normalmente decía las cosas de un modo demasiado directo y, por lo tanto, enredaba las cosas, Victoria reflexionó que podría suponer un cambio agradable tener cerca a alguien que era diez veces peor. Y cualesquiera que fueran lo sentimientos de Sin por encontrarse hoy presente, no se había quejado de que ella asistiera a una de sus causas benéficas. Otra sorpresa… aunque todo cuanto descubría acerca de él parecía serlo.

—Victoria —saludó la alta mujer rubia, tomándola de las manos—. Me alegra mucho que hayas podido asistir. Estoy teniendo algunos problemas para asignar los asientos.

Victoria sonrió.

—Enséñame la lista y le echaremos un vistazo. Sinclair, permite que te presente a lady Nofton. Estelle, mi esposo, lord Althorpe.

Los ojos castaños de Estelle se abrieron desmesuradamente mientras le hacía una reverencia con retraso.

—Milord, me complace que decidiera asistir a nuestra humilde recepción.

Sin le brindó una encantadora sonrisa que no llegó a alcanzar sus ojos.

—Siempre estoy preparado para una buena reunión. Sea como fuere, ¿qué causa defendemos?

Victoria se aclaró la garganta. Podría haberlo preguntado antes, por el amor de Dios.

—Defendemos la limitación de la jornada diaria que trabajan los niños —dijo—, y el incremento de la educación que reciben.

—Espléndido. ¿Dónde podría encontrar una copa de oporto para brindar por nuestros esfuerzos? Me encantaría participar… siempre y cuando nuestras damas de la caridad proporcionen algo de beber que sea más fuerte que el ponche.

—Oh —balbució lady Nofton, su consternación era casi palpable—. Hollins, mi mayordomo, puede ayudarle. Mi esposo no se encuentra hoy, pero tiene un generoso suministro de licor en su estudio.

Althorpe asintió con la cabeza.

—Entonces, me marcho. Lady Nofton, Victoria.

—Así que realmente te has casado con él —dijo Estelle mientras lo observaban doblar la esquina de la casa—. Lo había oído, pero cuando has llegado, pensé que tal vez estaba en un error.

—No hay error alguno. —Victoria dejó escapar un suspiro.

—El mismísimo Sin Grafton. Ay, Dios mío. Es bastante… agradable a la vista, ¿no es cierto? —La generosa constitución de lady Nofton se sacudió con su risilla nerviosa.

—Supongo que lo es. Aunque eso da igual. Echemos un vistazo a la disposición de los asientos antes de que lleguen los invitados.

Para cuando hubieron decidido que lady Dash se sentaría al lado de lady Hargrove, pero no de su cuñada, lady Magston, los carruajes comenzaron a llegar. Victoria empezaba a preguntarse si su marido se había desvanecido cuando éste se materializó junto a ella.

—No tenía idea de que conocieras a gente tan pesada —dijo él, inclinado la cabeza a modo de cortesía cuando el conde y la condesa de Magston pasaron por delante de ellos y casi tropiezan con la valla del jardín por volverse a mirarle.

—Calla.

Sin se rio entre dientes, y Victoria se acercó más a él, olisqueando y súbitamente suspicaz.

Maldijo entre dientes.

—¿Estás borracho? No puedes estar borracho. Sólo has estado ausente veinte minutos.

—Trato de no perder el tiempo. Pero no te preocupes, haré que todos sepan que esta causa cuenta con mi completo apoyo. ¿Es ese lord Dash? ¿El versado tirador? —Comenzó a adelantarse.

Ella lo agarró del brazo para hacerle volver.

—Hazme el favor de no apoyar nada por mí —se aprestó a susurrarle—. Algunos de los aquí presentes creen de verdad que la ley necesita un cambio.

—Y algunos están aquí por el pollo asado. Podrían respaldarte con sus estómagos, pero ¿cuántos lo apoyaran con sus bolsas?

—Los suficientes para hacer que la comida merezca la pena —espetó—. No todos los que están aquí piensan sólo en sí mismos.

Sus indolentes ojos ambarinos brillaron.

—En efecto —dijo sin alzar la voz y arrastrando las palabras—. Cada día aprendo algo nuevo.

Victoria se puso de puntillas, tratando de mirarlo a los ojos y exigirle que se marchara antes de que ofendiera a alguno de sus anfitriones, pero de inmediato reparó en algo. Sus ropas apestaban a whisky, pero el suave aliento sobre su mejilla aún guardaba algo del fuerte olor del caramelo de menta que había cogido de un cuenco cuando salían de Grafton House.

Victoria entrecerró los ojos, recordando a los tres desconocidos, supuestamente borrachos, en su boda y su encuentro la medianoche pasada.

—También yo estoy aprendiendo algunas cosas.

Él ladeó la cabeza hacia ella.

—¿Y qué podrías aprender, Victoria?

—Aún no estoy segura. Pero estoy empezando a aprender lo que no eres, Sinclair Grafton.

—Ilústrame. ¿Qué es lo que no soy?

—Para empezar, tú no estás borracho.

En aquel momento Estelle llamó a Victoria a la mesa principal, y ésta se alejó. Que Sinclair pensara en eso un rato.


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