Capítulo 1






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Capítulo 6


—¿Ha sido ese tipo antipático de la nariz larga? Él se ha comido todos los anacardos brasileños.

—Tú te has comido buena parte de ellos —respondió despreocupadamente Victoria, obviamente fascinada por los grupos de transeúntes afuera del carruaje.

Sinclair cruzó los tobillos.

—Sí, pero yo no he hurtado un plato de una mesa vecina cuando nadie miraba.

—Por lo visto, al menos una persona estaba mirando.

Él frunció el ceño. Fuera lo que fuese lo que había hecho mal en la comida benéfica, su esposa se aferraba a ello como un perro a un hueso de jamón.

—Pues yo me fijé en él mientras se atiborraba. ¿Quién diablos era ese buey gordo?

Victoria lo miró al fin.

—¿Por qué fingías estar borracho? ¿Ha sido porque te pedí que te comportaras? ¿Ha sido para avergonzarme?

Le había dejado una vía de escape, aunque cualquier respuesta le haría parecer un canalla.

—No estoy acostumbrado a que me digan lo que tengo que hacer —respondió, esquivo—. Sobre todo, alguien que pesa treinta kilos menos y es ocho años más joven que yo.

—Y es mujer.

—Sí. Y es mujer.

Ella cruzó los brazos sobre su encantador pecho, su expresión era tan cálida como un témpano de hielo.

—Vale. No te diré qué debes hacer. Pero tú tampoco te atrevas a decirme qué tengo que hacer o con quién debo hablar, ni cómo debo comportarme.

—No soy tu maldito padre. No te he dado ninguna orden. Pero no me culpes de tu rabieta, Vixen. He acudido a tu inútil comida benéfica y he observado a un tipo gordo, cuyo nombre ignoro, comer anacardos. Te saliste con la tuya.

Para su sorpresa, una lágrima rodó por su mejilla.

—No ha sido inútil. —Se enjugó la lágrima con los dedos—. Y ese estúpido gordo es un vicario de Cheapside. Si necesito algunos anacardos brasileños para convencerlo de que hable con sus feligreses acerca de establecer otra escuela local, pues de buen grado le daría cien de ellos.

Sin había comenzado a pensar que ella era invulnerable. Qué agradable era saber que podía herirla con tan poco esfuerzo.

—Ah. Comprendido —farfulló.

—¿Qué?

—He dicho comprendido —repitió en voz más alta—. Tú hacías algo digno y yo estaba… siendo yo mismo. —En cualquier caso, el ser en que se había convertido durante los últimos años. El que había visto venerables vicarios vender a un leal feligrés por una botella de whisky… cuando había sido él mismo quien había proporcionado la botella.

—No creo que estuvieras siendo tú mismo.

«Maldición.»

—Por el amor de Dios, Victoria, intentaba divertirme un poco contigo y he fracasado —dijo, con la esperanza de que el volumen y la convicción hicieran mella en ella.

Victoria le hincó uno de sus cuidados dedos en la rodilla.

—Así que, ¿no eres más que un bárbaro?

—Eso parece. Te comprometí de un modo terrible en el jardín de lady Franton.

—Y aún así me propusiste matrimonio, salvando de ese modo mi reputación.

—Y la mía.

Victoria hizo amago de pincharle otra vez y él le cogió la mano.

—Exprésate verbalmente, si eres tan amable.

—¡Aja!

Trató de zafarse de él. Su piel era tan suave y su mano tan delicada que Sin apenas podía recodar de qué estaban hablando.

—¿Aja, qué?

—A eso me refería.

Tiró de ella y le hizo cruzar el pequeño espacio del carruaje para sentarla a su lado.

—Me parece haber sufrido una apoplejía. ¿A qué te refieres?

Ella alzó la cara hacia él.

—No dejas que te pinche otra vez. No repites errores.

—¿Qué?

—De modo que estás siendo un bárbaro a propósito. ¿Por qué?

Él la miró.

—Ese argumento no se sostiene.

—Sin embargo, te he hecho una pregunta. Hazme el favor de responderla.

Obviamente, las palabras habían fallado. Sin tocó la boca de ella con la suya. Era un beso duro, desesperado, con la única intención de distraerla de su molesto curso de preguntas. Y una sacudida eléctrica le atravesó. Victoria se acercó más, profundizando el beso por voluntad propia. Él estaba preparado —más que preparado— para seguir todo lo lejos que ella quisiera llegar.

Los suaves labios de Victoria se abrieron ante su provocación, sus brazos le rodearon los hombros, y Sinclair tuvo que sofocar un gemido triunfal. Santo Dios, deseaba hacerle el amor. Alargó la mano en busca de su bastón de paseo para golpear el techo e indicarle a Roman que diera otra vuelta —o dos— a Hyde Park.

—Sinclair —murmuró contra su boca.

—¿Hum?

—Responde la pregunta.

Él se incorporó, dejando que el bastón cayera de nuevo contra el asiento. Sus labios y sus mejillas estaban sonrojados y continuaba aún aferrada a su cuello como si su intención fuera no soltarse jamás. Pero la distracción, obviamente, tampoco iba a funcionar. Quería confiar en ella, pero no podía estar seguro de qué parte de su cuerpo se lo decía.

—La pregunta —repitió con voz pastosa—. Has obviado la línea más recta. Me comporto como un bárbaro porque soy un bárbaro. Sólo porque no quiero que me hagas sangre con tus malditas uñas no significa que esté jugando ni ocultando cosas.

Victoria estudió su rostro mientras él le devolvía la mirada con firmeza y esperó que del cielo cayera un rayo que lo fulminara. Había dicho mentiras flagrantes con anterioridad, pero jamás a alguien a quien quería contarle la verdad.

—De acuerdo —dijo sin alzar la voz, retirando los brazos—. Si es así como lo quieres. Pero si tú no confías en mí, no esperes que yo confíe en ti.

—No creo habértelo pedido.

—No, no lo has hecho. —Victoria se apartó otra vez para volver a mirar por la ventana. Cada contorno de su esbelto cuerpo evidenciaba el agravio y la decepción.

Verla decepcionada, no obstante, era mucho mejor que verla acabar muerta… o morir él mismo. Y así, aunque deseaba disculparse, asegurarle que si era paciente intentaría hacer lo correcto para ambos, se mantuvo en silencio.

El carruaje subió la calle y se detuvo. Mientras un lacayo abría la puerta y desplegaba los peldaños plegables, Victoria le miró de nuevo.

—Tengo un compromiso para cenar esta noche.

Él se apeó tras ella.

—¿Alguien que conozca?

—No lo he preguntado.

Bueno, esto no iba a ser muy productivo. Necesitaba acceso a sus amigos. Si ella había decidido ignorar su existencia, aquello iba a ser considerablemente más difícil. De modo que le quedaban dos opciones. Podía decirle otra mentira que, con un poco de suerte, haría que Victoria se sintiera caritativa hacia él, o podría contarle la verdad. Una pequeña parte de la verdad… lo suficiente para ganarse su cooperación, pero no para ponerla a ella ni a sus amigos en peligro.

Milo abrió la puerta principal cuando llegaron a ella.

—Buenas tardes, lord y lady Althorpe. ¿Qué tal ha ido el almuerzo?

En las cuatro semanas que hacía que conocía al mayordomo, Milo jamás se había interesado por nada. Por lo visto, la pregunta no iba dirigida a él.

—Muy bien —respondió de todos modos cuando Victoria siguió caminando—. Ha sido muy edificante.

—¡Ja! —dijo ella al aire, encaminándose a las escaleras y, sin duda alguna, a sus habitaciones privadas. Y aún tenía en su poder la maldita llave.

—Victoria, ¿puedo hablar contigo? —preguntó Sin.

—Ya hemos hablado bastante.

Sinclair se acercó a grandes pasos y la cogió en brazos antes de que pudiera siquiera emitir un grito ahogado.

—Necesito un poco más —declaró con gravedad, mientras seguía subiendo la escalera con ella en brazos.

—¡Bájame! ¡Ahora mismo!

—No.

Las habitaciones de Sinclair comenzaban en un extremo del pasillo y las de ella en el otro. Después de dudar algunos segundos se decidió por un territorio neutral, y abrió la puerta de la biblioteca frente a la alcoba principal. Una vez dentro, cerró la puerta con el pie y luego depositó bruscamente a su esposa en el sillón bajo la ventana.

—¡Eres peor que un bárbaro! —espetó, poniéndose rápidamente en pie otra vez—. ¡Nadie me ha tratado jamás de un modo tan irrespetuoso, y ciertamente no te lo toleraré!

—Siéntate —le ordenó.

Ella se cruzó de brazos.

—No.

Él se acercó un paso.

—Si no te sientas, será un placer para mí convencerte de que lo hagas, Vixen.

La expresión de Victoria podía haber hecho que se helara el sol, pero, después de resistirse un momento, se sentó elegantemente en los almohadones otra vez.

—Como gustes, milord —dijo con la mandíbula apretada.

—Gracias. —Ahora que tenía su atención, no obstante, no estaba muy seguro de por dónde empezar. Había seguido su propio consejo y guardado sus secretos durante tanto tiempo que no tenía la más remota idea de cómo distanciarse de ninguna de las dos cosas, ni de cómo separar a aquellos que podrían ser seguros que ella conociera de los que no lo serían. A juzgar por la expresión de su rostro, que se volvía más severo a cada momento, sería mejor que se le ocurriera algo.

—No he sido completamente sincero contigo —dijo pausadamente.

—No esperes que actúe como si me sorprendiera. —Se inclinó para coger un libro y lo abrió—. En realidad, ya no me importa.

Con la esperanza de que aquello no fuera cierto, de que después de sólo dos días no se hubiera granjeado su antipatía sin remisión, Sinclair se paseó de la puerta a la ventana y a la puerta otra vez.

—He vuelto a Londres con otro propósito además de asumir el marquesado.

—Sí. Mencionaste algo acerca de encontrar una esposa. —Humedeciéndose el dedo índice, comenzó a pasar páginas lenta y ruidosamente—. Yo estaba allí.

—Pretendo encontrar al hombre —o a la mujer— que asesino a mi hermano.

Victoria cerró el libro de golpe.

—¡Lo sabía!

—Sí, bueno —prosiguió, tratando de ignorar la repentina sequedad de su boca y el fuerte palpitar de su corazón—, no le des más importancia de la que tiene.

Sus ojos violeta aún mostraban una expresión recelosa cuando se volvió para mirarla otra vez de frente.

—Por el amor de Dios. ¿Por qué no decir lo que estabas haciendo sin más? ¿Y por qué esperar tanto tiempo para regresar a Londres si querías que se hiciera justicia?

Al menos, aún parecía interesada.

—Fui… obligado a permanecer donde estaba —dijo sosegadamente—. Y está claro que quienquiera que asesinara a Thomas piensa que ha salido impune del asesinato. No quiero privarle de esa idea hasta después de que lo atrape.

—En realidad, ¿qué tiene eso que ver con que te fingieras borracho? ¿O con esos tres hombres que merodeaban en el patio de los establos?

Sin se quedó de piedra, luego su rostro adoptó expresión de perplejidad.

—¿Qué tres hombres que merodeaban en el patio de los establos?

Victoria dejó escapar un suspiro.

—Los tres hombres con los que te vi hablando anoche; los mismos que estuvieron en nuestra boda fingiendo estar borrachos… o eso imagino. Como sabes, ahora tengo cierto motivo para dudarlo.

Dios bendito. Era asombrosa. Sus muchachos y él no eran descuidados; habrían perdido la vida hacía mucho tiempo de haberlo sido. Sin embargo, Victoria había reparado en ellos y en dos días había averiguado parte de su juego. No era de extrañar que hubiera sospechado inmediatamente de él. No se había dado cuenta de lo inteligente que era, y aquello no hacía que se sintiera mejor por involucrarla.

Sinclair se aclaró la garganta.

—Conozco a esos caballeros de mis viajes por Europa. Se ofrecieron a ayudarme.

—¿Y la supuesta embriaguez?

—La gente habla con más libertad cuando creen que estás ebrio. Es una costumbre, supongo.

Cuando terminaron de hablar se dio cuenta de que había dicho demasiado. Por suerte, Victoria parecía demasiado absorta por el resto de la información para darse cuenta de que había cometido un desliz.

Durante un largo momento siguió sentada en silencio, mirándose las manos.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Sí.

—¿Cuántas de las historias acerca de tus escapadas en Europa son ciertas?

Sinclair se relajó un poco.

—La mayoría. —A primera vista, en cualquier caso.

Ella se levantó lentamente.

—Muy bien, Sinclair. Me has dado algo en qué pensar.

Cualquier respuesta era mejor que un tajante rechazo.

—Y ¿podría hacerte yo la misma pregunta? ¿Cuántas de tus supuestas hazañas en Londres son ciertas?

Ella se aproximó a la puerta y la abrió.

—La mayoría —dijo con ligereza y tomó el pasillo hasta sus habitaciones.

Sin volvió a pasearse de un lado a otro. Victoria no era precisamente una aliada; no estaba dispuesto a contarle lo suficiente para que lo fuera. Pero tampoco era una enemiga, y eso parecía una victoria… o, al menos, el comienzo de una tregua.

—Un chelín por tus pensamientos, querida.

Victoria se sobresaltó, dándose cuenta de que había estado empujando las patatas de un lado a otro de su plato durante los últimos cinco minutos.

—Te costarán por lo menos una libra, Lex.

Alexandra Balfour sonrió.

—Hecho.

—Pero exigimos el pensamiento por adelantado antes del realizar el pago —dijo Lucien Balfour desde el otro lado—. Y, considerando que me han dado permiso para ir este noche a White's a jugar al faro, más vale que el pensamiento sea asombroso.

Su esposa le miró con el ceño fruncido.

—No seas tonto, Lucien. Está claro que ha venido aquí para hablar.

—No, en realidad he venido porque le dije a Sinclair que tenía un compromiso para cenar. Necesitaba… un momento para recobrar el humor. —Miró a su amiga—. Ahora que lo pienso, probablemente he elegido el lugar equivocado para ello. —La falta de humor no era una debilidad que sufrir en la formidable presencia de los Balfour.

—Tonterías —contestó Alexandra—. Pues no digas nada si no quieres. Me alegro de verte. —Le lanzó otra mirada al conde.

Victoria no pudo interpretarla, pero por lo visto Lucien sí que pudo. Se retiró de la mesa y se levantó.

—Pues entonces me voy a White's.

—Oh, no, no tienes que irte porque…

—No te preocupes. —Apuntó la cabeza en dirección a Alexandra—. Me voy por ella.

—Le doy pavor —dijo Lex con aspereza.

—Sólo cuando tiene un utensilio cortante en la mano. —Lord Kilcairn se acercó a la silla de su esposa y se inclinó sobre el respaldo. Alexandra alzó el rostro y tocó los labios de Lucien con los suyos.

Victoria se removió nerviosamente. Así era cómo debía ser estar casado. A Sinclair no le vendrían mal unos cientos de lecciones. Y a ella tampoco, sin duda, ya que había dispuesto pasar la segunda noche de casada cenando sin su esposo.

—De acuerdo, Vix —continuó Alexandra cuando desapareció Lucien—. ¿Qué te preocupa?

—De verdad que no he venido a quejarme. Sinclair me puso furiosa y por eso le dije que tenía un compromiso para cenar. —Se encogió de hombros—. De modo que aquí estoy, abusando de tu amistad.

—Eso no es posible, después de lo que has hecho por mí. ¿Qué te puso furiosa?

—Lex, no. Ya no eres mi institutriz.

—Pero sigo siendo tu amiga.

—También eres quien me dijo que si no aprendía a comportarme, acabaría casada con algún incorregible sinvergüenza.

Lex sonrió abiertamente.

—No, fue la señorita Grenville quien lo dijo. Yo te dije que acabarías arruinando tu reputación.

Victoria apartó su plato.

—Bueno, supongo que ambas teníais razón.

—¿Es incorregible?

—Ay, qué sé yo. —Maldiciendo, Victoria se puso en pie para pasearse alrededor de la mesa—. Ni siquiera puedo estar en la misma habitación que él sin discutir. —«Y sin pensar en sus deliciosos besos y en su cálido y firme contacto… lo que hacía que el que se comportara como un bárbaro resultara más irritante aún.»

Alexandra se aclaró la garganta.

—¿Y cómo reaccionó lord Althorpe a tu colección de animales?

—Creo que le divirtió. En cualquier caso, no pareció importarle.

—Ya es algo, ¿no es cierto? Me inclino a pensar que cualquier hombre capaz de aceptar a Henrietta y a Mungo Park no puede ser tan malo.

—En realidad aún no le he presentado a Mungo.

—¡Vaya! Ése podría ser un factor decisivo en cualquier relación.

Alexandra simplemente intentaba levantarle el ánimo, claro está, pero apreciaba el gesto igualmente.

—Tienes razón en algo. Pero ¿cómo alguien puede ser tan atractivo y tan… irritante a la vez?

—Bueno, él…

—Y no digas que yo debería hacerme esa misma pregunta, Alexandra.

Su amiga rio entre dientes.

—Pues no diré nada… salvo que no eres ni una cobarde ni una derrotista.

—Y además supongo que debería intentar llevar casada más de un día antes de hacerle ascos.

—Me parece razonable.

—Ya te contaré.

Sin no estaba cuando regresó a Grafton House, y Victoria fue al invernadero a visitar y dar de comer a sus mascotas. Los gatos parecían pasárselo en grande con las frondosas plantas que había repartidas por toda la habitación, mientras Henrietta y Grosvenor, un perro inglés de caza de zorros, se habían apropiado del sillón que les había comprado. Mungo Park aún fingía ser parte de la ornamentada cornisa que había sobre la ventana, pero la pila de frutos secos que le había dejado sobre la repisa se había reducido a la mitad.

Le encantaría darles rienda suelta por la casa una vez que se acostumbrasen a su nuevo entorno, pero no estaba segura de cómo se lo tomaría Sinclair. Sus padres habían insistido en que las inútiles bestias se quedaran en la habitación contigua a su alcoba, incluso a Lord Baggles se le permitía únicamente salir por la noche, y nunca más allá de las puertas cerradas de su alcoba. A lord y lady Stiveton les hubiera encantado mantenerla encerrada a ella en el mismo lugar.

Pasó largo tiempo mirando por la ventana después de retirarse, pero esa noche no apareció ninguna figura misteriosa. Sin duda, Sinclair había elegido un emplazamiento diferente para sus encuentros… algún lugar del que ella no tuviera conocimiento.

Le había dicho que fingía ebriedad por costumbre, para aflojar las lenguas de aquellos a su alrededor. Eso indicaba que había utilizado tales tácticas con anterioridad y cierta frecuencia. Y por lo visto sus colegas también la usaban. La pregunta era: ¿Por qué? ¿Qué información, exactamente, había buscado? ¿Estaba todo relacionado con el asesinato de su hermano? No lo creía así… él había dicho que había vuelto a Inglaterra con la intención de encontrar al asesino. De modo que era obvio que en Europa había ido detrás de alguna otra cosa.

Y si admitía fingir embriaguez, ¿fingía otros hábitos? Continuó pensando en aquel otro Sinclair… el hombre mordaz, centrado y muy sensual que hacía su aparición de vez en cuando, al parecer nada más que para confundirla y torturarla.

Victoria sonrió mientras se deslizaba bajo las cálidas y suaves sábanas. Llevaba tan sólo un día casada y ya había descubierto un secreto. Era únicamente cuestión de tiempo que descubriera otros.

—¿Se lo contaste?

Bates se quedó boquiabierto mientras que Wally derramó la cerveza por el suelo. Crispin Harding logró poner una expresión jactanciosa, como si lo hubiera estado esperando.

—No me quedaba otra opción —declaró Sin a la defensiva—. Anoche os vio, hatajo de ineptos, en el patio de los establos. —También a él le había visto, pero omitió aquel detalle.

—Así que, ¿le contaste la verdad? —masculló Bates—. ¿Tú? ¿El maestro del despiste?

—No le conté todo, por el amor de Dios. Sólo lo suficiente para evitar que hiciera preguntas complicadas. —Esperaba que el relato que le había contado bastara; su esposa parecía tener una extraordinaria capacidad para ver más de lo que debía.

Le había estado eludiendo durante los tres últimos días, bien saliendo con sus amigos o bien quedándose en sus habitaciones con su colección de animales. Varias veces se había propuesto encontrarse con ella para determinar si había decidido darle una oportunidad, y porque parecía haber desarrollado una extraña necesidad de verla. Quería más, naturalmente —quería tocarla, y besarla, y abrazarla— pero podía esperar. Un poco más. Era paciente, pero no era un eunuco, por Dios bendito.

—Te estás ablandando. Un par de bonitos ojos azules te mira y le cuentas todos nuestros secretos. —Wally indicó que le trajeran otra jarra de cerveza.

—Violetas —corrigió—. Son realmente extraordinarios. Y lo único que le conté fue que quería encontrar al asesino de Thomas.

—¿Y qué explicaciones le diste acerca de nosotros?

—Solamente le dije que me estabais ayudando. Y baja la voz. —Crispin siguió mirando deliberadamente a Sinclair sin pestañear, y éste frunció el ceño—. Habla, gigante.

—Me preguntaba cuándo ibas a preguntarnos si hemos descubierto algo interesante.

Sin se mantuvo en silencio mientras un lacayo les servía otras bebidas. No le gustaba lo más mínimo lo que insinuaba el escocés: que se había implicado tanto con Vixen que se había olvidado del asesino de su hermano.

—Supuse que me lo contaríais si hubierais descubierto algo.

—Yo nada —farfulló Wally—. Al ahogagatos también le gusta dar patadas a los perros y gruñir a los niños pequeños. Nuestro próximo santo, supongo. Exporta todo aquello por lo que puede obtener un buen precio. Aunque no mucho más, y nada de lo que encuentro parece lo bastante ilícito para cargarle un asesinato. Ayer asistió al Parlamento, pero eso ya lo sabes.

Sinclair inclinó la cabeza de modo afirmativo.

—Le vi. Y a Kilcairn, que parece ser un ferviente antibonapartista.

—Sí —convino Crispin—. A su primo lo mataron en Bélgica. Odio decirlo, Sin, pero no creo que sea nuestro hombre.

Por mucho que le desagradase el conde, ya había llegado a esa misma conclusión.

—¿Por qué iba a disgustarme escuchar que hemos eliminado a un sospechoso?

—Porque en tu boda prácticamente echabas fuego por la boca al verlo. Imaginé que podrías querer una oportunidad para hacerle papilla.

—Correcto.

—«Que cántico de ángeles te lleven al reposo.»3

—Crisp…

—«Y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos hacia el polvo de la muerte.»4

—Ya te capto. Deja de citar a Shakespeare —refunfuñó Sinclair—. Alguien podría tomarte por un caballero.

Crispin sonrió de oreja a oreja.

—Sólo por el sobrino de uno, muchacho. Sólo por el sobrino de uno.

—Sí —le imitó Wally—, sólo por el sobrino del maldito duque de Argyle.

—El sobrino favorito, Wallace. Y da gracias; sin mis contactos entre la nobleza es probable que jamás vieras el interior de un refinado club de caballeros como éste.

—No te olvides que yo soy nieto de una duquesa, escocés.

Bates resopló.

—Si habéis terminado de discutir lo azul que es vuestra sangre, yo tampoco tengo noticias. Ese borracho de Ramsey DuPont no podría cometer un asesinato aunque alguien le cargara la pistola y apuntara por él.

—¿Son, pues, nuestros tres elegantes caballeros lo bastante inocentes para que podamos tacharlos de la lista?

Crispin asintió con la cabeza.

—Sí. Si Kilcairn hubiera matado a tu hermano, sería en una pelea justa. No es un asesino.

Sinclair entrecerró los ojos.

—No estás logrando que me encariñe con él.

El escocés tuvo la temeridad de sonreír.

—Lo sé.

—DuPont también está limpio. Podría ser capaz de asesinar, pero no es lo bastante listo para engañar a nadie.

—¿Wally?

—Ah, que el demonio los lleve. Dame unos cuantos días más para el ahogagatos. Todavía no tengo nada que se asemeje a un motivo, pero no descartaría a ese bastardo.

Sinclair no estaba nada sorprendido. Encontrar al asesino entre los primeros tres sospechosos de la lista habría sido esperar demasiado, pero no estaba dispuesto a descartar nada… incluida la suerte.

—Pues bien, también podemos continuar con los siguientes tres nom…

—Discúlpeme, Althorpe.

Sinclair se dio la vuelta en su silla. Parte de él aún esperaba escuchar la suave voz de su hermano contestando cuando lo reclamaban por el título.

—Lord William —saludó con su voz lánguida.

William Landry estaba borracho… lo cual, si los rumores eran acertados, no era ninguna sorpresa. No obstante, la hostilidad que mostraba su bonita cara era inesperada, hasta que Sin recordó que el hijo del duque de Fenshire había formado parte de los lobos que rodeaban a Vixen la noche en que la había llevado al jardín. Era justo lo que le faltaba esa noche: un ex pretendiente borracho que, probablemente, había disfrutado de más intimidad con su reciente esposa que él.

—Creo que debería saber —continuó hoscamente lord William— que sólo porque se haya procurado el camino más fácil al lecho de Vixen no significa que los demás vayamos a fingir que nos guste tenerle aquí.

—En realidad, me importa un bledo lo que le guste o no le guste —replicó Sinclair—. ¿Algo más?

—Bueno —dijo arrastrando las palabras, mirando por encima del hombro a sus compañeros de mesa, que se encontraban igualmente ebrios—. Yo… es decir, nosotros… nos preguntábamos si Vixen es tan apasionada en la cama como fuera de ella.

Sin se levantó bruscamente de la silla y le dio un puñetazo en la cara a Landry. Escuchó vagamente a sus compañeros maldecir y despejar el mobiliario del camino, pero los ignoró mientras lanzaba de un puñetazo al bufón por encima de una silla.

Landry no había estado con ella… pero la revelación no le reconfortó lo más mínimo. Alguien a quien Victoria había aceptado como amigo y admirador no pronunciaría semejantes cosas en público. No mientras él tuviera algo que decir. Gruñendo, levantó bruscamente al tambaleante Landry y luego le derribó con un violento golpe en la mandíbula.

Antes de que pudiera continuar, un par de brazos le agarraron de la cintura y le levantaron del suelo.

—¡Maldita sea, Crispin, bájame! —refunfuñó.

—¿Piensas acabar completamente con él, Sin?

Bajó la vista a lord William, resollando y hecho un ovillo en el suelo. Matar a alguien ahora complicaría definitivamente su propia investigación.

—No.

El corpulento escocés lo soltó, y él puso los pies en el suelo. Mirando al lacayo y a los clientes que pululaban a su alrededor, Sin se puso en cuclillas junto al hombro de Landry.

—Jamás vuelva a insultar a mi esposa —dijo suavemente— o terminaré el trabajo.

Landry soltó un gemido, pero, a parte de eso, no reconoció haber escuchado su advertencia. Sin embargo, no parecía probable que olvidara la lección. Sinclair se enderezó, hizo caso omiso del pañuelo que Wally le ofreció para que se limpiase la sangre y el brandy que manchaban su corbata, y se encaminó a la puerta con paso airado.

—No creo que tengas que preocuparte de que piensen que te has vuelto demasiado respetable —declaró Bates mientras se detenían en la calle.

—Sin duda. —Se frotó los nudillos. Prudente o no, le había sentado de maravilla darle unos puñetazos a esa comadreja; no había estado en una pelea decente desde que abandonó Europa—. Tal y como estaba a punto de decir, he confirmado tres sospechosos más que se encontraban en la ciudad y que posiblemente vieran a Thomas el día que le asesinaron. —Sacó del bolsillo la lista de Hoby's y se la entregó a Bates.

—¿Se sabe algo más de Marley?

—Nada en absoluto —respondió Sinclair. El vizconde se vendía caro desde la velada de los Franton. Y puesto que Marley había sido el único par del que Thomas había mencionado en sus cartas que tenía ideas preocupantes, encabezaba la lista personal de Sinclair—. Déjamelo a mí.

—No pienso meterme entre vosotros dos —masculló Bates.

—¿Andas detrás de alguna otra cosa? —preguntó Wally, mirando la lista por encima del hombro de Bates.

—Estoy intentando echarle el guante a las actas de votación de la Cámara de los Lores. Como mínimo nos dirán quién no se encontraba esa semana en Londres.

—Eso facilitaría un poco las cosas —convino Crispin.

—Si es que en realidad se trataba de un lord. —Bates suspiró cuando le pasó la lista al escocés.

Después de dos años, ésa era uno de las cuantiosas suposiciones a las que se habían enfrentado al volver a Londres. La tarea no había parecido tan desalentadora desde París y con una centena de exitosas misiones, al menos tan difíciles y peligrosas como ésta. Sin embargo, jamás habían tenido que seguir una pista que llevaba fría tanto tiempo o que implicara a tanta gente supuestamente respetable.

—Estoy localizando a alguien que podría ayudarnos con eso. —Miró de nuevo hacia Boodle's—. Teniendo en cuenta el rumor que he logrado fomentar, creo que deberíamos comunicarnos por carta a través de lady Stanton durante los próximos días en lugar de reunimos cara a cara.

Farfullando como era su costumbre, Wally y Bates estuvieron de acuerdo, y a continuación se dirigieron al este, hacia Covent Garden, y a la parte menos respetable de Londres. Crispin, sin embargo, recordó dónde estaba.

—¿Ahora, qué? —preguntó Sin con resignación.

—Vete a casa —dijo su amigo—. Ella seguirá allí cuando esto acabe, y tú aún tendrás que bregar con ella.

—Hum. Sabias palabras, viniendo de un redomado soltero.

—Sí. Tú también eras uno de ésos hasta que pusiste los ojos en Vixen Fontaine.

—No soy un bobo víctima de un flechazo, Harding. Créeme.

—Eso díselo a lord William Landry. No fue lo más sutil que hayas hecho, Sin.

Sinclair se encrespó y luego contuvo su ira con puño de hierro. Se estaba volviendo loco, obviamente.

—Todos los días pienso en Thomas y en que podría estar vivo si yo hubiera estado aquí —dijo pausadamente—. Todos los días. No he olvidado por qué volví a este agujero. Y encontraré a quien lo mató… cueste lo que cueste, e incluso aunque tenga que hacerlo solo.

—Y sin importar a quien hieras.

—Vixen Fontaine es la fuente más valiosa que hemos conseguido. No es la primera mujer que he utilizado.

—Es la primera mujer con la que te has casado.

—Ah, cierra el pico.

—A la postre vas a tener que preguntarte por qué haces esto, ¿sabes?

—Buenas noches, Crispin.

Victoria ya estaba acostada para cuando regresó a Grafton House. De hecho, toda la casa se había retirado a dormir. Acostumbrado a la oscuridad, Sinclair recorrió el largo pasillo y el laberinto de habitaciones hasta el antiguo despacho de Thomas. Se sentó lentamente en el asiento detrás del escritorio de caoba. Recién atardecido, con las lámparas encendidas, no cabía duda alguna: Thomas había visto a su asesino casi en el preciso instante en que él, o ella, entró en la habitación. Y aún así no había hecho esfuerzo aparente por defenderse.

Uno de esos amables nobles de rostro imperturbable le había matado —le había asesinado— a sangre fría. Después de algunas de las debilidades ocultas que había descubierto acerca de sus homólogos en Europa, Sinclair no confiaba en ninguno de ellos. Y lo que más le destrozaba era que, si se hubiera enterado de información que no debía, y alguien hubiera pensado que se la había pasado a Thomas, todo esto podía ser culpa suya.

—¿Estás bien?

Sinclair se sobresaltó, aferrando su pistola aun cuando su cerebro registró que era Vixen quien había hablado. Ella estaba junto a la entrada, una sombra más clara en contraste con la negrura del pasillo. Con cierto esfuerzo, relajó los hombros y se recostó en la silla.

—Estoy bien. ¿Qué haces levantada?

—Te he oído entrar. —Ella penetró tentativamente en la habitación iluminada por la luna—. Aquí es donde Thomas fue asesinado, ¿verdad?

—Sí. —Su negro cabello caía suelto y rizado por sus hombros, y a él se le curvaban nerviosamente los dedos por el súbito deseo de tocarlo. De tocarla.

—¿No estaba sentado detrás de ese escritorio cuando… sucedió?

—Sigues en lo cierto.

Ella ladeó la cabeza mientras lo miraba.

—Siento haberte juzgado mal, Sinclair.

—Es probable que no lo hicieras.

Victoria se deslizó hacia él para tenderle la mano.

—No te sientes ahí. Hace que se me ponga la piel de gallina.

Sin dejó que ella envolviera con su mano pequeña y esbelta la suya y tirara de él para levantarlo.

—En realidad, ¿conocías bien a Thomas? —preguntó.

—Era un poco mayor que tú, ¿no es verdad?

Puesto que Victoria no parecía tener prisa por marcharse, o por soltarle la mano, la atrajo más hacia sí. Luego se inclinó lentamente para darle tiempo a protestar si así lo quería. Al no hacerlo, la besó suavemente, saboreando el cálido y flexible movimiento de la boca de ella contra la suya.

—Sí. Tenía casi cuarenta… diez años mayor que yo. Mi abuela y él prácticamente nos criaron a Kit y a mí. —Sinclair recorrió con sus dedos la línea de su mandíbula—. No has respondido mi pregunta: ¿os conocíais bien Thomas y tú?

—¿Hum? —dijo con voz perezosa—. Oh. No, no le conocía tan bien. Creo que mi círculo era demasiado escandaloso para él.

—Cualquier cosa que me digas sobre él podría ser útil.

—Bueno, era amable y callado… admiraba los cuadros de Gainsborough, según recuerdo. De hecho, mencionó que él también dibujaba.

—¿Dibujaba? —murmuró Sinclair, sintiendo la pérdida de su hermano con más profundidad aún—. No lo sabía.

—Dijo que no era bueno, pero recuerdo que pensé que probablemente sí que lo fuera. ¿Has encontrado algunas de sus obras?

—Todavía no he tenido tiempo de buscar otra cosa que no sean cartas incriminatorias. Aunque puede que las tenga mi abuela.

—Deberías preguntarle.

—Puede que lo haga. —Bajó la vista a su rostro alzado—. ¿Por qué estás tan amable esta noche?

—No estoy segura. No dejo de pensar en lo horrible que sería perder así a un miembro de la familia, y luego te veo sentado en esa silla, con esa expresión en la cara, y…

—¿Qué expresión?

—Esa… expresión intensa que a veces tienes. Y viendo eso, sigo preguntándome qué es lo que te ha retenido lejos durante dos años.

Nadie le había mencionado jamás que tenía una expresión. Un revelador cambio de expresión podría haber hecho que le mataran. Afortunadamente, si de verdad la tenía era algo que había desarrollado desde su vuelta a Inglaterra. Más probable era, sin embargo, que fuera algo que nadie advertía, excepto Victoria.

—Si hubiera sabido que estabas aquí, no habría estado alejado tanto tiempo.

Victoria apretó abruptamente una mano contra su pecho y empujó.

—No intentes utilizar mi compasión por tu situación para seducirme.

Él retrocedió un paso.

—Eres tú quien vino a buscarme, Victoria. Y eres tú quien utiliza a Thomas como excusa cada vez que nos besamos. ¿Por qué te pongo tan nerviosa? —Victoria le inquietaba casi tanto como él a ella, pero no tenía intención alguna de dejar que lo supiera.

—No me pones nerviosa —declaró—. Ya te lo he dicho antes, no eres el primer hombre que me besa, o murmura dulces y halagadoras tonterías para ganarse mi favor.

Sin entornó los ojos, una imagen de Marley dándole vueltas en el aire cruzó su mente.

—Pero no te has casado con ninguno de ellos.

—Ninguno logró ser tan torpe como para intentar seducirme frente a mi padre y medio Londres. —Se dio la vuelta en redondo—. Buenas noches, milord.

Su argumento había sido débil, lo sabía, y aquella noche había sido torpe… pero sólo porque de todo cuanto había esperado encontrar a su regreso a Londres, no había esperado encontrarla a ella. Después de varios días juntos seguía sin tener idea de lo que la movía y la motivaba, cuando, por lo general, podía evaluar el carácter de una persona en cuestión de minutos. Y no era culpa de ella seguir avanzando y retrocediendo… él no dejaba de cambiar las reglas del campo de batalla.

—¿Quién crees que mató a Thomas? —preguntó con voz queda, recordándose que le había hecho aquella pregunta porque necesitaba su cooperación… no porque no le gustara hacerla enfadar.

Victoria se detuvo a medio camino de la puerta.

—No lo sé. —Se volvió para mirarlo de frente una vez más—. ¿Quién crees tú que lo hizo?

Sin expulsó el aliento que no sabía que había estado conteniendo. Victoria tenía razón en una cosa; había utilizado su compasión en todas las oportunidades que se le presentaban.

—Todos.

—¿Todos?

Sin se encogió de hombros.

—No pienso eliminar a nadie. Todo el mundo es capaz. Lo que necesitamos es un motivo.

—¿Cómo cuál?

Sinclair se apoyó contra el borde del escritorio.

—Ésa es la parte complicada. No sé con qué —o con quién— se relacionaba Thomas. Me escribía cuando podía, pero las cartas no siempre me llegaban, y cuando lo hacían no eran muy informativas. —Thomas había sido demasiado cuidadoso para dejar que se le escapara que su hermano no fuera otra cosa que un granuja. Su intercambio de correspondencia había sido igualmente poco informativo. Algo, no obstante, había salido mal.

—¿Por qué estabas en Europa —en París, incluso— cuando era tan peligroso? ¿Qué te retenía allí, Sinclair?

Quería contárselo. Victoria hablaba con él del mismo modo ingenuo y atento con que hablaba con Milo, y al igual que el mayordomo, deseaba contarle todo. Pero hasta que supiera por qué había muerto Thomas, no se atrevía.

—Era… divertido. Apostar, beber y mujeres todo el día y toda la noche. Puede que el nuevo orden mundial de Bonaparte pareciera conservador, pero sus nobles y la mayoría de sus oficiales no creían que aquello se aplicase a ellos.

—Alguien me dijo que habías vivido en un burdel durante seis meses. ¿Es verdad?

Más tarde iba a odiarse por aquello.

—Madame Hebiere's. Las chicas más bonitas de París. —«Y frecuentado por algunos de los miembros más influyentes del gobierno de Bonaparte»—. Venga, vamos, Vixen, tú también disfrutas de tus diversiones, ¿no es verdad?

—Algunas veces. Me mantiene ocupada.

Victoria le estaba mirando otra vez con una expresión parte hastiada, parte curiosa, en el rostro. Sin aguardó, preguntándose qué pensaba que había visto esta vez.

—El mes pasado —dijo parsimoniosamente— lord Liverpool anunció que habían sido detenidos los últimos conspiradores conocidos de Bonaparte.

«¡Ay, ay, ay, ay!»

—¿Lo hizo?

—Sí. Y si tan amigo fuiste de esos oficiales y nobles maníacos, ¿cómo lograste evitar que te arrestaran?

—Te sugiero que te andes con cuidado, Victoria. ¿Estás insinuando que soy un traidor?

—No. Insinúo que no lo eres. —Se retiró de la habitación y se volvió en busca de las escaleras—. Buenas noches, Sinclair.

Durante un largo momento se quedó donde estaba, dividido entre la admiración y la consternación. Quizá debía replantearse contarle el asunto en su totalidad, en caso de que ella averiguase todo el enrevesado embrollo por su cuenta.


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