Capítulo 1






descargar 1.31 Mb.
títuloCapítulo 1
página7/18
fecha de publicación30.05.2015
tamaño1.31 Mb.
tipoDocumentos
h.exam-10.com > Ley > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   18

Capítulo 7


Victoria, audaz como le gustaba creerse, aún tuvo que luchar contra una bandada de mariposas que revoloteaban en su vientre mientras se apeaba del carruaje de los Althorpe. Sentía que la causa de su inesperada turbación era muy básica; esa mañana le preocupaba el resultado de su aventura, y le preocupaba qué podría pensar de ella la persona a la que estaba a punto de visitar. Inhalando con fuerza, ascendió los bajos escalones y golpeó la puerta con el llamador de latón.

—¿Sí, señorita? —Un hombre mayor de aspecto amable, vestido con una elegante librea negra, la miró con curiosidad.

—¿Se encuentra lady Drewsbury en casa?

—Iré a informarme. ¿A quién debo anunciar?

Todavía no había encargado tarjetas de visita que reflejaran su nuevo nombre. Le seguía pareciendo un tanto… prematuro.

—Lady Althorpe —replicó; las palabras sonaron extrañas en su boca.

El mayordomo se hizo inmediatamente a un lado.

—Discúlpeme por no reconocerla, milady. ¿Puedo acompañarla a la salita?

—Gracias.

El mayordomo la condujo a la primera planta, a una pequeña habitación luminosa en el ala este de la casa. Decorada con bordados y profusión de almohadones, era, sin duda alguna, la habitación de una mujer, en la casa de una mujer.

Se sentó en una de las butacas que daba al pequeño jardín anexo a la casa y se removió, nerviosa. Si a lady Drewsbury no le agradaba, si no deseaba hablar con ella, no sabía qué haría a continuación. Por fin sabía qué preguntas hacer, pero no quién tendría las respuestas. Y quería las respuestas con un ansia que la asustaba por su feroz intensidad.

—Lady Althorpe.

Victoria se levantó apresuradamente y le ofreció una reverencia cuando lady Drewsbury entró en la sala. Su rango era técnicamente superior al de la viuda del barón Drewsbury, pero no tenía el más mínimo deseo de desairarla.

—Lady Drewsbury.

—Por favor, siéntese. Y llámeme Augusta.

—Augusta. Gracias. Y, por favor, llámeme Victoria, o Vixen, si lo prefiere.

La baronesa tomó asiento frente a ella y le indicó al solícito mayordomo que trajera té.

—Yo habría sugerido que me llamara abuela, pero tengo la sensación de que… a las dos nos llevará algo de tiempo acostumbrarnos.

Victoria sonrió, un poco más tranquila. Por el momento, todo iba bien.

—Supongo que se preguntará qué me trae aquí.

—Puedo imaginarlo. ¿Sinclair?

Su corazón comenzó a palpitar de nuevo.

—Sí.

—Abuela, pensé que había dejado claro que se me debía informar de inmediato si llegaba a esta casa alguna dama atractiva. —Christopher Grafton entró en la habitación, sujetando un puñado de margaritas recogidas con obvia precipitación—. Incluso si cruzaran la calle frente a la casa.

—Mis disculpas, Christopher. Pensé que te referías a damas solteras.

—Normalmente, sí. Pero estoy desesperado. —Con una atractiva sonrisa, el hermano menor de los Grafton obsequió el ramo a Victoria—. Para usted, milady —declaró, e hizo una reverencia con elegancia.

—Vixen, por favor —dijo, riendo entre dientes—. Y gracias.

—Que sea Vixen. ¿Ha venido mi hermano con usted? Ah, no, naturalmente que no. Hoy hay sesión del Parlamento, ¿no es cierto? Ya que es miércoles, es…

—Christopher —le interrumpió lady Drewsbury—, puesto que pareces mantener una conversación adecuada contigo mismo, sé tan amable de hacerlo en otra parte.

—Ay, diantre. Sí, abuela. Vixen. —Con otra sonrisa desenfadada, abandonó la salita.

—No estoy segura de si me mantiene joven o me hace más vieja —dijo Augusta con una sonrisa—. Taft, ten la amabilidad de poner en agua las flores de lady Althorpe.

El mayordomo se acercó y liberó a Victoria de sus desaliñadas margaritas. Cuando él también se hubo ido, lady Drewsbury sirvió sendas tazas de té para ambas y volvió a tomar asiento para beberlo.

—Bueno —prosiguió—, ¿por dónde íbamos? Ah, el tipo que definitivamente me está haciendo vieja. Sinclair.

Victoria agregó azúcar al té.

—No estoy muy convencida de por qué estoy aquí —comenzó—, salvo que tengo algunas preguntas que Sinclair no puede —o no quiere— responder, y creo que tal vez usted podría ayudarme.

—Primero tendría que escuchar las preguntas. Me temo que no conozco a Sinclair tan bien como solía.

La amargura y el pesar hacían que la voz de la baronesa sonara tensa.

Con todo, a Victoria aquello le pareció la mejor invitación que iba a conseguir.

—Para empezar, yo… necesito que me dé su palabra de que esta conversación no saldrá de aquí.

La mirada de Augusta se volvió más aguda.

—¿Se encuentra Sinclair en algún tipo de aprieto? ¿O debería preguntar si tiene más problemas de lo habitual?

—Ningún problema… en todo caso, no del tipo que cree.

Ambas mujeres se miraron la una a la otra. Victoria, cuanto menos, se preguntó qué veía la baronesa.

—Tiene mi palabra —dijo finalmente Augusta.

—Gracias. Cuando Sinclair se fue a Europa, ¿discutieron Thomas y él?

—Discutían sin cesar —confirmó su abuela política—, lo que no es nada sorprendente considerando que Thomas era muy conservador y Sinclair era aún más alocado de lo que ahora lo es Christopher. Ahora que pienso en ello, Christopher tiene casi la misma edad que Sinclair cuando se marchó en busca de aventuras. Gracias a Dios que Christopher no parece tan inclinado a tenerlas. No podría soportar perder al último de mis nietos.

—¿Acaso ha perdido a Sinclair?

—A eso, querida, no pienso responder.

«Algunas veces no sabía cuándo debía tener la boca cerrada.»

—Lo siento. No pretendía inmiscuirme.

—Naturalmente que sí. Y tengo intención de responderle, cuando pueda. Siento curiosidad acerca de por qué le eligió… y por qué lo eligió a él.

—No estoy segura de que fuera una elección, sino más bien un error. —Victoria se sonrojó—. No pretendía que fuera un insulto. Estoy muy… confusa.

Para alivio de Victoria, lady Drewsbury sonrió.

—Pues haga usted la siguiente pregunta, Victoria, y veremos si podemos ponerle remedio.

—Ah, sí. ¿Estuvo Sinclair alguna vez en el ejército?

—Cielos, no. Thomas incluso se ofreció a comprarle la comisión de capitán, y Sinclair lo rechazó.

Aquello no encajaba. Victoria tomó un sorbo de té, recordando la rapidez y eficiencia con que Sin le había sacado la pistola a uno de los hombres del patio del establo, y cómo no lo había hecho la noche pasada cuando ella lo había sorprendido en el despacho.

—No estoy muy segura de cómo preguntar esto —dijo pausadamente—, pero ¿tiene alguna idea de qué podría haberle retenido en Europa los últimos dos años? Sobre todo cuando parece que deseaba tanto regresar a Londres.

—Si lo hubiera deseado con tantas ganas, lo habría hecho —murmuró la anciana con un suspiro—. No tengo la menor idea. Sinclair y Thomas, a pesar de la diferencia de edad, estaban muy unidos.

—Él me contó que le impidieron volver.

—No se me ocurre nada que le hubiera retenido lejos… ni siquiera Bonaparte y la guerra.

—Sinclair no me contó más que disfrutaba con el juego, la bebida y las mujeres. —Victoria frunció el ceño, luego borró la expresión de su rostro cuando Augusta la miró con curiosidad. No estaba celosa. Lo que ocurría era que resultaba tan frustrante intentar comprenderle como tratar de mirar un cuadro cubierto con un velo—. Sin embargo, ya que finge beber, no estoy segura de creer que…

Lady Drewsbury se enderezó.

—¿Qué quieres decir?

—Él y sus tres amigos —los que intentan ayudarle a investigar el asesinato—, Sinclair dijo que fingían estar borrachos para alentar a la gente a hablar con mayor libertad. Dijo que se había convertido en una costumbre. No estoy segura de por qué o de cómo.

—¿Está investigando?

Victoria asintió con la cabeza.

—Se lo toma muy en serio. Creo que está casi obsesionado.

Por un momento las dos mujeres se miraron. Después Augusta dejó la taza de té.

—Cree que estuvo involucrado en la guerra de algún modo, ¿no es así? Jamás me dijo que estaba investigando nada… mucho menos la muerte de Thomas.

—Puedo estar completamente equivocada, pero…

—No. No creo que lo esté.

Victoria sonrió lentamente.

—Yo tampoco. —Dejó también su propia taza a un lado—. Dijo que se escribía con Thomas. ¿Guarda alguna de sus cartas?

—Las tengo todas. —Lady Drewsbury se puso en pie, con un aspecto más vigoroso que el que presentaba cuando entró en la habitación—. Ven conmigo, Victoria.

Cuando Victoria regresó a Grafton House, iba armada con los viejos dibujos de Thomas y algunas cartas muy interesantes que Sinclair le había escrito a su hermano. Ella misma llevó ambas cosas a su salita privada, incluso se negó a que Jenny le ayudase con el voluminoso paquete.

Creía que había descubierto la verdad, y ahora tenía que decidir cómo enfrentar a Sinclair con ella… y con el hecho de que su abuela y su hermano los acompañarían durante la cena.

Embriagadora anticipación hizo que el pulso se le acelerase. A pesar de su reputación, no terminaba de creer que se hubiera casado con un canalla. Descubrir que Sinclair Grafton era en realidad un héroe —mejor aún, un héroe de incógnito— le provocaba un cálido hormigueo en la piel y el deseo de lanzarse sobre él tan pronto como volviera a casa.

La puerta se abrió de golpe.

—Vixen, ¿te has enterado?

Victoria se sobresaltó y seguidamente terminó de meter cuidadosamente el paquete detrás de la butaca.

—¿Lucy? ¿Qué estás…?

—¡Qué importa! —Con los ojos desmesuradamente abiertos por la excitación contenida, Lucy Havers cruzó corriendo la sala para agarrar a Victoria de las manos—. No te has enterado, ¿verdad? —Soltó unas risillas, tenía las mejillas arreboladas.

Por una vez no estaba nada complacida de ver a su amiga; no había imaginado a Lucy mientras soñaba despierta con abordar a Sin por sorpresa.

—No, no me he enterado. ¿Qué demonios es esto?

—¡Tu marido derribó a lord William de un puñetazo!

Victoria frunció el ceño. Aquello tampoco encajaba con la opinión que tenía de Althorpe.

—¿William Landry?

—¡Sí! ¡Le dio una buena! ¡Lionel dijo que la nariz de William estuvo sangrando veinte minutos!

—Pero ¿por qué demonios Sinclair golpearía a William? Sabe que somos amigos.

Lucy se puso aún más roja.

—Creo que William dijo algo —susurró, aunque la única persona lo bastante cerca para escucharla era Lord Baggles, quien se había vuelto a quedar dormido en el alféizar después del alboroto inicial.

—¿Dijo algo sobre qué? —Victoria miró a su amiga, quien de pronto comenzó a tartamudear—. Dijo algo sobre mí, ¿verdad?

La joven asintió.

—¿Y Sinclair le golpeó?

—Varias veces. Un caballero grande y rubio tuvo que separarlo de William antes de que lo matara.

Aquél, sin duda, debía de haber sido el caballero fornido del patio de los establos. Tal vez William había interrumpido otro encuentro secreto, o no tan secreto.

—¿Cuándo ocurrió?

—Anoche en Boodle's. Lionel dijo que lord William estaba borracho, pero que lord Sin no podía estarlo… no, teniendo en cuenta el modo en que se movía.

Victoria había visto brevemente aquello con anterioridad… aquel ágil y peligroso comportamiento que adoptaba cuando se olvidaba de sí mismo.

—O, sencillamente, puede que Sinclair esté un poco más acostumbrado a estar borracho que William —sugirió, tratando de ignorar la reciente aceleración de su pulso. Iba a consumirse si él no llegaba pronto. Sinclair había tenido un desliz defendiendo su honor. Y luego había ido a casa y ella había discutido con él, maldita sea—. Lucy, llegará a casa en cualquier momento. No quiero que él sepa que lo sé.

Su amiga sonrió.

—Pero ¿estás complacida?

Victoria sonrió como una loca.

—Sí, estoy complacida.

—Es tan romántico. Cuéntame lo que diga.

—Lo haré.

Después de que Lucy se marchara, Victoria se levantó y se paseó de un lado a otro. Sus acciones de la noche anterior no cambiaban nada, no dejaba de repetirse. Si él era lo que sospechaba, estaba acostumbrado a ponerse en peligro. Pero esta vez se había arriesgado por ella.

Una mano firme llamó a la puerta.

Victoria se sobresaltó un tanto.

—Adelante.

Sinclair abrió la puerta y entró en la habitación.

—Milo me ha dicho que querías verme.

—Sí. Yo… esto… yo quería… ¿podrías cerrar la puerta?

Él así lo hizo, luego la siguió cuando avanzó hacia la ventana. El corazón de Victoria latía con tanta fuerza y celeridad que pensó que él podría escucharlo.

—¿Qué sucede?

—Nada. —Ah, estaba siendo ridícula. Sólo porque la había sorprendido acerca de sí mismo no era razón para que le temblasen las rodillas. Sólo porque la atracción que sentía por él desde el principio era como una vela comparada con la explosión de luz que sentía ahora no era motivo para que las palabras que con tanto cuidado había meditado se le enredaran en la mente.

Su mirada ambarina se llenó de humor.

—¿Estás segura de que estás bien? No habrás adoptado un elefante o algo por el estilo, ¿verdad?

Una carcajada escapó de su garganta, nerviosa y apresurada, y que no parecía típica de ella.

—No. Sólo quería disculparme… por ser tan brusca contigo anoche.

Sinclair arqueó una ceja.

—¿Por qué? Yo me lo busqué. Te dije que era desagradable y cruel.

—No. Interrumpí tus reflexiones privadas acerca de tu hermano y me aproveché de tu delicado estado emocional.

Para su creciente inquietud, Sinclair dio otro paso hacia ella, como una pantera acechando a una gacela. Victoria no podía retroceder más sin caer por la ventana… lo que no tendría importancia, pues era una gacela que realmente deseaba ser atrapada. En realidad, se sentía como una pantera. Pero quería contarle que había descubierto su secreto, si es que lo lograba antes de perder por completo la habilidad de hablar.

—No podrías aprovecharte de mí aunque lo intentaras, Victoria.

Se acabó. Al ver su burlona sonrisa cómplice, no pudo contenerse por más tiempo. Tomando aliento con fuerza, y de modo un tanto tembloroso, Victoria se acercó apresuradamente a su marido, enredó los dedos en su ondulado pelo negro, le hizo bajar su rostro hacia el suyo y lo besó. Los labios de él, duros y suaves a la vez, se amoldaron a los suyos, presionando y provocando hasta que ella perdió la noción de quién besaba a quién.

Finalmente Sinclair levantó la cabeza para respirar.

—Me gusta el modo en que te disculpas —murmuró, sus ojos ámbar centelleaban.

Victoria se puso de puntillas, capturando su boca una vez más.

—No es sólo una disculpa —logró decir trémulamente—. También es un gracias.

Las manos de Sinclair se deslizaron por su espalda hasta las caderas, y la acercó más contra sí.

—No hay de qué, sea lo que sea que haya hecho. —Cuando el corazón de ella comenzó de nuevo a palpitar, la boca de Sin rozó su barbilla y se arrastró por la base de su mandíbula y su garganta.

Victoria gimió.

—Lucy… me ha contado que estuviste anoche en Boodle's.

La boca de Sin se encontró de nuevo con la suya. De no haber sido porque sus fuertes brazos le rodeaban la cintura, pensaba que se hubiera desplomado en el suelo. La lengua de Sinclair incitó a sus labios a que se abriesen y después penetró en ella para explorarla y saquearla. A Victoria le gustó aquello con una ferocidad que no había esperado. Muchos hombres la habían deseado y tentado con anterioridad, pero Sinclair era diferente. Si lo que sospechaba era cierto, Sinclair no era ningún hombre ocioso sin más ambición que pescar una rica heredera.

—¿Qué dijo William para que lo golpeases?

Él separó la cara de la suya.

—¿De verdad quieres saberlo? ¿Acaso es importante?

—No quiero saberlo por William —susurró, deslizando las manos por su pecho, sintiendo los duros músculos que allí había—. Quiero saberlo por ti.

Una sonrisa sesgada apareció en su sensual boca.

—Quieres saber qué me hizo reaccionar.

Ella asintió.

—Sí.

Sin tomó aire, estudiándola con esa intensidad que generalmente mantenía oculta. Y Victoria comprendió de pronto lo que era. Deseo. Deseo que escondía bajo su cinismo y sus hastiadas bromas, y que ya no podía ocultarle a ella.

—Él quería saber cómo eras. En… circunstancias íntimas.

—¿Y?

—Y estaba enfadado… porque, evidentemente, tú le habías considerado un amigo.

—Nunca esperé mucho de mis amigos varones. Todos parecen tener las mismas curiosidades.

—Bueno, yo también tengo esas curiosidades, Victoria. —Movió sus manos en pequeños caricias circulares por sus caderas y sus nalgas, y la apretó contra sí—. ¿Sientes mi curiosidad?

La boca se le secó súbitamente y asintió de nuevo.

—He sido consciente de tu… curiosidad desde hace algunos minutos. —Su creciente dureza contra su cadera también a ella le provocaba curiosidad, y le hacía ser sumamente consciente.

—Por eso le golpeé, Victoria… porque no sabía la respuesta a su maldita pregunta.

Hubiera sido más fácil si sencillamente la hubiera tendido en el suelo y se hubiera lanzado sobre ella.

—Para ser completamente honesta, milord, yo tampoco conozco la respuesta. —Las manos le temblaron mientras tiraba de la camisa para sacarla de sus calzones—. Los hombres tienen muchas expectativas, ya sabes.

Sinclair atrapó sus manos con las suyas y las sostuvo contra su pecho.

—Dijiste que habías besado a hombres con anterioridad. Por docenas.

—Sí, lo he hecho. —Le brindó una sonrisa amarga—. Incluso besé a lord William una vez. Obviamente, fue un error.

—Pero ¿nada más que besos?

Su pregunta era clara; su voz un profundo rugido. Exigía una respuesta y estaba celoso, incluso después de imaginar lo que ella iba a decir. Victoria quería fundirse en él.

—Nunca más que besos.

—Hasta ahora.

Ella liberó sus manos para recorrer con ellas su pecho de nuevo, esta vez por debajo de la camisa, contra su cálida piel.

—Hasta llegar a ti.

Sinclair apoyó la frente contra la de ella, sus labios implacables mientras provocaban a los suyos y se retiraban, hasta que Victoria deseó agarrarle y mantenerle inmóvil para poder besarle una y otra vez.

—Victoria —murmuró—, según recuerdo, anoche no sentías demasiado aprecio por mí.

—Hoy creo que quizá sé quién eres.

Él abrió la boca de nuevo, pero esta vez ella se la tapó con la palma de la mano.

—¿Vas a quedarte ahí y hacerme preguntas toda la tarde? Podría cambiar de idea, ¿sabes?

Sinclair retiró la mano de ella de su rostro.

—No, no lo harás —dijo.

Sujetando aún su mano, retrocedió hasta la puerta de la alcoba. A Victoria no le quedó otra opción que seguirle… no es que tuviera la menor objeción a eso. Bajo la delicadeza con que la sujetaba se escondía la fuerza, pero en su mirada sólo había pasión y deseo. Todavía podía decir que no, si así lo deseaba, y por eso mismo no lo dijo. Éste era el Sinclair al que había besado en el jardín aquella primera noche… al que había deseado y por el que ahora ardía.

—También tú tienes que estar a la altura de lo que se espera de ti, ¿sabes? —dijo ella con voz temblorosa—. Vivir en un burdel durante seis meses…

—Intentaré no decepcionarte.

Lord Baggles se levantó del alféizar para seguirlos, pero Sinclair cerró la puerta antes de que pudiera hacerlo, dejando al asustado felino en la salita. Su breve maullido indignado hizo que Victoria soltara una risilla.

—No vas a recibir ningún elogio por parte de mi gato.

—No voy a hacerle el amor a tu gato —dijo secamente y la atrajo a sus brazos.

Victoria esperaba que la besara de nuevo, pero él simplemente la miró a los ojos durante largo rato.

—¿Qué?

—Te estoy conociendo —murmuró—. Te he deseado desde aquella noche en el maldito jardín de los Franton. Incluso antes de eso. —Entonces inclinó la cabeza y reclamó su boca una vez más.

Lujuria. Eso es lo que era; lujuria. Ella también le había deseado desde el primer momento… Victoria gimió.

La mayoría de los hombres asumían que era más mundana de lo que en realidad era. En consecuencia, y debido a que ella nunca se había tomado la molestia de corregir su falta de información, había oído hablar mucho de actividades sexuales. Algunas de ellas le habían parecido interesantes, e incluso excitantes, pero muchas de ellas —sobre todo las ardientes reacciones de las mujeres anónimas implicadas— le habían parecido absolutamente cómicas. También sospechaba que algunas de las correrías habían sido pura invención.

Fue entonces que, con cierta sorpresa, comprendió lo afectada que se sentía por él. Quitarle la chaqueta a Sinclair de los hombros y dejarla caer al suelo había sido sencillo, a pesar de lo que le temblaban las manos. Los pequeños botones del chaleco, sin embargo, fueron demasiado para ella.

—Maldita sea —dijo con los dientes apretados—. Lo siento.

Con una grave risita ahogada él le cubrió las manos, apretó con más fuerza ambos lados del chaleco y tiró. Los botones salieron volando en rápida sucesión y cayeron al suelo de manera abrupta.

—No lo sientas. Tú también me excitas.

Trató los botones que surcaban la parte trasera del vestido de Victoria con más respeto, aunque ella casi deseó que no lo hiciera. Tenerle a su espalda, con sus labios acariciándole los hombros y la nuca, casi la volvió loca. Deseaba tocarle, abrazarle, pero no estaba en la posición adecuada.

—¡Rásgalo, Sinclair! —le ordenó con la voz tan ronca por el deseo que apenas si la reconoció.

—Me gusta este vestido —protestó él, su murmullo retumbó contra su hombro y la atravesó por entero—. Ten paciencia.

Si tenía paciencia ella podría recuperar la razón. Victoria se dio rápidamente la vuelta para besarlo otra vez de manera ardiente y apasionada.

—No quiero tener paciencia. Quiero estar contigo. Ahora.

Había soltado los botones lo bastante para deslizar el vestido violeta por sus hombros. Éste cayó formando un revoltijo con aroma a lavanda alrededor de sus tobillos, dejándola con solo la camisa y los zapatos. Sin se puso de rodillas, ciñendo su tobillo derecho con las manos. Un ligero tirón y el zapato quedó desabrochado.

Ella colocó las manos sobre sus hombros para sostenerse, hechizada por el conjunto de músculos bajo su camisa, mientras él le quitaba suavemente el zapato del pie. Repitió el proceso con el izquierdo, luego, aún arrodillado, deslizó los dedos por sus piernas, recogiendo la camisa en sus manos mientras subía.

—Has hecho esto antes.

Él alzó la cara para mirarla.

—Jamás contigo.

Sinclair se puso en pie y lentamente le subió la camisa por encima de las caderas, de la cintura, de los pechos y se la sacó por la cabeza. Su primer impulso fue cubrirse, pero ver la expresión hambrienta y devoradora de sus ojos la excitó más aún que sus embriagadores besos. Las manos de Sin le rodearon la cintura y su cálido abrazo la hizo arder.

—Dios santo, Victoria —murmuró, recorriéndola de arriba abajo con la mirada—, eres… hermosa no sirve para describirte, esa palabra no ha sido aún inventada.

Victoria rio entre dientes, más dispuesta a permitir que se tomara su tiempo ahora que las cosas avanzaban.

—Te estás volviendo poético.

—Tú eres poesía.

Victoria se estremeció, su respiración surgía entrecortada mientras él trazaba círculos con los pulgares primero en un pecho, después en el otro. Acercándose cada vez más hasta que, con agónica delicadeza, acarició sus pezones.

Ella jadeó, arqueando la espalda cuando los sensibles capullos se endurecieron en respuesta a su tacto. Algo desconocido despertó en su interior, secreto, y caliente y anhelante.

—Sinclair —susurró, y alargó las manos a su camisa suelta.

Él la ayudó a quitarle la camisa y la corbata, y Victoria pasó las manos por la esculpida y cálida planicie de su pecho una vez más.

—Creo que mis piernas van a ceder. —Se apoyó contra él en busca de apoyo, y sentir sus pechos desnudos aplastados contra su torso incrementaron su sensación de aturdimiento.

—Tal vez deberías tumbarte —sugirió Sin, su propia voz era un grave rugido sensual.

La tomó en brazos sin esfuerzo aparente y la llevó a la cama. La depositó entre la artística profusión de almohadones verdes y dorados que la cubrían.

Sentándose junto a ella en el borde de la cama, Sin se quitó las botas y las lanzó por encima del hombro con una floritura.

—¿Y bien, por dónde iba? —Su mirada deambuló de nuevo por su cuerpo—. Ah, sí. Justo aquí. —Inclinándose sobre ella, con la suavidad de una pluma recorrió la sensible piel alrededor de sus redondos y generosos pechos con los labios, trazando el sendero que antes había labrado su pulgar.

Cuando llegó al pezón y lo tomó en su boca, ella volvió a jadear. Victoria enredó los dedos en su cabello, arqueando la espalda mientras él acariciaba y succionaba primero un pecho y después el otro. Jamás había sentido nada parecido a esto, tan satisfactorio y que, sin embargo, sugería que había mucho más por llegar.

Deslizó las manos por su espalda hasta la cintura. Él llevaba aún los pantalones… era totalmente injusto que tuviera que estar vestido mientras que ella estaba desnuda, y debía resultarle además terriblemente incómodo.

Buscó el broche superior de los pantalones y lo abrió. Sin interrumpió su delicioso sendero de besos y levantó la cabeza.

—¿He hecho algo mal? —preguntó trémulamente ella, capaz apenas de mantener las ideas en orden, mucho menos expresarlas en alto.

Él sonrió abiertamente.

—Absolutamente nada. Sorprendente, sí… continúa como desees, Victoria.

Deseaba que siguiera llamándola Victoria. Ser conocida como Vixen era divertido y perverso, pero Sinclair hacía que su nombre sonara de un modo tan íntimo que no lograba imaginarle llamándola de otra forma. No aquí, no ahora.

—Bésame otra vez —le pidió, alzando la cabeza en su busca. Al mismo tiempo, consiguió abrir el segundo botón.

Él rio contra su boca, un sonido de puro deleite y lujuriosa pasión que la hizo sonreír también a ella. Sin se alzó sobre un codo y su mano libre descendió suavemente por su abdomen hasta los oscuros rizos más abajo.

—Dios mío —gimió Victoria cuando su dedo se deslizó entre sus piernas.

—Lo que es justo, es justo.

Ella abrió el tercer botón de un tirón. Sólo uno más, y no tuvo la menor oportunidad. Sin reacomodó las caderas para proporcionarle un mejor acceso y el último botón cedió. Victoria dudó, un tanto insegura de qué hacer a continuación, pero luego un segundo dedo se unió al primero, y supo exactamente lo que quería de él.

Sin acercó más su peso a lo largo del cuerpo de ella. Introduciendo las manos bajo la cinturilla, le bajó poco a poco los ajustados pantalones. Sintió cómo se liberaba, su dura longitud rozando la parte interna de su muslo. Victoria respiraba de modo irregular, levantando instintivamente las caderas y separando las piernas ante la sensación de su mano moviéndose íntimamente en la misma frontera de su lugar secreto.

—Sinclair —jadeó de nuevo, y él tomó su pecho izquierdo en la boca y lo lamió, empujando la lengua contra el pezón con el mismo ritmo que sus dedos adoptaban.

Ella se arqueó de nuevo, ardiendo dondequiera que la tocaba. Con un agudo sonido desesperado, hundió las manos en sus duras y musculosas nalgas y le arrastró encima de ella.

—¡Ahora! —exigió.

La respiración de Sin era tan entrecortada como la suya cuando se colocó encima de ella.

—Victoria —murmuró, y se introdujo en su interior.

Victoria habría gritado por la intensa oleada de sensaciones, pero la boca de Sin sobre la suya amortiguó el sonido. Se aferró a sus hombros de manera convulsa mientras él se mantenía completamente inmóvil, sosteniendo la mayor parte de su peso con los brazos.

—Shh —susurró—. Espera un momento.

La melodiosa voz grave temblaba y ella comprendió lo difícil que era para él ser paciente en ese preciso momento.

Victoria aflojó las manos un poco, con la esperanza de no haberle hecho sangrar, y le sonrió.

—Continúa.

Sin rio casi sin aliento y ella sintió su risa reverberar por todo su ser. Luego comenzó a mover las caderas contra las suyas y ella gimió nuevamente, cerrando los ojos.

—Mírame —ordenó—. Quiero verte los ojos.

Sus ojos se abrieron otra vez con presteza, observando la lujuriosa pasión en su mirada color ámbar. Arqueó las caderas para salir al encuentro de cada uno de sus envites y contuvo el aliento. Victoria comenzó a palpitar en lo más profundo de su ser, y luego, con una velocidad diferente a todo cuando había imaginado, estalló. Sinclair escondió el rostro contra su hombro, moviéndose con más fuerza y rapidez contra ella, y entonces se estremeció mientras plantaba su semilla profundamente en su interior.

—Ahora —susurró, descendiendo lentamente sobre ella mientras Victoria recibía su fuerte y cálido peso—, ahora estamos casados.


1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   18

similar:

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capitulo 4 Capítulo 5 Capitulo 6...

Capítulo 1 iconCapítulo 1

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo 2

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo 1: Sembradores de la fe

Capítulo 1 iconCapitulo 1 Historia

Capítulo 1 icon5: El Monarquismo Capítulo 6






© 2015
contactos
h.exam-10.com