Capítulo 1






descargar 1.31 Mb.
títuloCapítulo 1
página8/18
fecha de publicación30.05.2015
tamaño1.31 Mb.
tipoDocumentos
h.exam-10.com > Ley > Documentos
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   18

Capítulo 8


Sinclair no podía evitar sentirse satisfecho de haber sido el primer hombre en haber poseído a Vixen Fontaine. Y el único hombre, si algo tenía que decir en todo aquello. La posibilidad de una anulación ya no existía, a menos que se encargaran de contar un cuento chino, pero eso no tendría importancia. Comenzaba a pensar que no quería dejarla marchar.

—Debería haber empezado a dar puñetazos a William Landry hace semanas —murmuró contra su pelo.

Ella rio entre dientes.

—Ojalá lo hubieras hecho. Me hubiera gustado haber hecho esto contigo antes de estar casados.

Sin levantó la cabeza.

—Eso está mal visto.

Victoria parecía un ángel desaliñado y su sonrisa eclipsaría a la misma luz del sol.

—Lo sé. Habría sido muy perverso.

Riendo suavemente, lo mismo que ella, Sinclair la liberó de su peso y se tendió sobre la fresca colcha.

—¿Hay alguien más a quien pueda sacudir por ti?

Para su sorpresa, la luz de sus ojos se oscureció un poco.

—Sólo al hombre que mató a tu hermano.

Sin suspiró, enroscando su largo pelo rizado alrededor de los dedos, distraído por la idea de yacer con ella de ese modo todas las mañanas durante el resto de sus vidas.

—Uno de estos días. Pero me temo que hoy no.

—He estado pensando. Sobre lo que tratas de hacer.

—¿Y?

—Quiero ayudarte.

Su aliento cesó bruscamente.

—No. De ningún modo. —Una cosa era un poco de información aquí o allá; su participación activa… ni siquiera quería pensar lo que podría sucederle.

Victoria se incorporó, desnuda y hermosa a la luz vespertina que se filtraba por la ventana.

—Tiene sentido. Conozco a esta gente mejor que tú y se me da bien descubrir cosas.

—¿Por ejemplo? —preguntó con escepticismo.

Su mirada se desplazó nuevamente de sus partes bajas a su rostro.

—Bueno, por ejemplo sé que eras espía del Ministerio de Guerra.

Sinclair se incorporó como si tuviera un resorte.

—¿Qué? —Se obligó a emitir una tardía carcajada de incredulidad—. Santo Dios, ¿de dónde has sacado esa idea?

Victoria asintió.

—También sé que no podías volver a Inglaterra cuando Thomas fue asesinado porque fingías estar locamente enamorado de la hija de Marshal Pierre Augereau, y que estabas a punto de descubrir dónde se agrupaban las fuerzas de Bonaparte.

Alguien había soltado demasiado la lengua.

—¿Quién te ha contado esa estupidez? —preguntó pausadamente, la ira se enroscó por su columna reemplazando el desmedido deseo del que había disfrutado hacía tan sólo un momento.

Ella le miró sin titubear.

—Fuiste tú, Sinclair.

—No lo creo —dijo con vehemencia. Sin embargo, al ver la cautela que mostraban sus ojos se detuvo. Ser demasiado tajante tan sólo confirmaría sus sospechas. Se acercó un poco más, poniendo en práctica una táctica diferente—. No te das cuentas de que ésta podría ser la pista que he estado…

—Te lo mostraré —dijo, y se escabulló de la cama.

Con presteza, Sin se abalanzó tras ella y la agarró de la muñeca.

—Victoria, esto no es…

—Sinclair, te digo la verdad —repuso con un tono sereno que, obviamente, había adoptado en su beneficio—. Tengo la prueba en la salita. Acompáñame si quieres.

Sin no pensaba perderla de vista en ese momento. Mientras ella se ponía la camisa, agarró los pantalones y se los puso apresuradamente. El gato irrumpió en la habitación tan pronto como Victoria abrió la puerta, pero Sin ignoró la expresión de ultrajada irritación del animal mientras seguía a su esposa de nuevo a la salita. Algo iba terriblemente mal. Alguien se había ido de la lengua… y hasta que descubriera quién había sido, no podía determinar cómo protegerla.

Victoria se dirigió a la butaca próxima a la chimenea y entonces se detuvo, sus hombros subieron y bajaron con el profundo aliento que tomó. Descalza le llegaba justo a la altura de los hombros, pero cuando se volvió para mirarlo de frente Sin se negó a ablandarse por la expresión vacilante, casi de disculpa, que había en sus ojos.

—¿Qué ocurre? —exigió en su lugar.

—Lo que ocurre es que me he dado cuenta de que te vas a enfadar conmigo, y tenía la esperanza de que hubiera más de… —señaló hacia la alcoba—… eso.

Santo Dios. No era de extrañar que la llamaran Vixen.

—No es probable que te lo niegue, tanto si estoy enfadado como si no —dijo secamente, la sorpresa había desterrado gran parte de su irritación.

—¿Puedes hacerlo cuando estás enfadado? —preguntó presa de la curiosidad, mirándole con la cabeza ladeada.

—Sí, aunque no lo recomendaría. No cambies de tema.

—Entonces, de acuerdo.

Se agachó y sacó un voluminoso paquete de detrás de la butaca. Del tamaño y la forma de una mesita auxiliar sin patas, estaba envuelto en lo que parecía el chal verde que ella solía llevar cuando iba de visita.

—Vamos, deja que lo coja yo —refunfuñó, adelantándose.

—Puedo sola —replicó, levantando el bulto hasta el sofá y sentándose pesadamente al lado—. Lo subí hasta aquí sin ayuda.

—¿Por qué?

Su esposa se sonrojó.

—Porque no quería que nadie más viera lo que era. Ahora, siéntate, y haz el favor de permanecer tranquilo.

Aquello sonaba cada vez peor. Se sentó en la butaca que estaba frente a ella y el paquete.

—Muy bien, estoy sentado. Ahora, si puede saberse ¿qué demonios te llevó a creer que soy un espía?

Lazándole una mirada un tanto molesta, levantó la esquina del chal, revolvió entre lo que parecían papeles, y luego extrajo un puñado de ellos.

—Esto es lo que me lleva a creer que eras un espía. —Abrió uno de los papeles y lo examinó—. Ah. Aquí está: «Aunque agradezco que me deleites con tus desventuras acerca del picnic con la señorita Hampstead, Thomas —leyó—, en tu próxima carta te ruego que te abstengas de mencionar los buenos vinos. A pesar de su encantador colorido, me encuentro sumamente saturado de oír hablar de ellos… esto es París, después de todo.»

Sinclair se la quedó mirando, la sangre huyó de su rostro. Necesitó dos intentos antes de poder obligarse a hablar.

—Dos preguntas, Victoria: primera, ¿cómo me convierte eso en un espía? Y segunda, ¿de dónde diablos has sacado esa carta?

—Es probable que no estés al corriente —comenzó con un tono flemático, a pesar de la cautela en sus ojos— de que antes de mi debut me dio clase Alexandra Gallant, quien…

—¿Acaso guarda esto alguna relación? —espetó, deseando arrebatarle las cartas y el paquete, y exigirle una explicación.

—Sí, así es. Tú conoces a Alexandra Gallant como la condesa de Kilcairn Abbey.

«Otra vez Kilcairn, maldito fuera.»

—¿Y bien? —la urgió.

—Lex siguió la guerra en la península con gran atención, e insistió en que yo también lo hiciera. Leía el London Times todos los días. En particular, recuerdo leer cómo, en la primavera de 1814, le compte de Chenerre, detenido por los aliados de Bonaparte, desapareció de la prisión de París y reapareció dos semanas más tarde en Hampstead, junto con varios documentos referentes a la alianza de Francia con Prusia. Y antes de que preguntes, la hacienda de Chenerre posee uno de los mejores viñedos de Francia.

Sinclair se levantó y caminó hasta la ventana, con la intención de concederse así un momento para componer sus pensamientos.

—En efecto. Para aclarar esto, debido a que menciono el vino y a la señorita Hampstead en la misma…

—Y París —interrumpió.

—… y París en la misma carta, tengo… algo que ver con le compte de Chenerre y sus desdichas.

Durante varios segundos ella permaneció sentada en silencio, mientras él se obligaba a seguir respirando. Era del todo imposible que ella supiera cuánto dolía escucharla leer aquellas palabras escritas a su hermano con la total ignorancia de que un año después Thomas estaría muerto.

—Fechas la carta a Thomas el nueve de mayo de 1814, una semana después de la reaparición de Chenerre; y tu hermano jamás fue de picnic con ninguna señorita Hampstead.

—Esto es absur…

—Tengo otras cinco cartas tuyas en las que, si uno lee atentamente, se hace mención, de un modo u otro, a acontecimientos acaecidos en Francia y otros lugares de Europa en los que Inglaterra tuvo un inexplicable cambio de fortuna. Sinclair, comprendo que necesites secretismo y discreción. Pero, ten la amabilidad de no tratarme como si fuera idiota. Por favor.

Él mantuvo la mirada clavada en la ventana, aunque, dada la atención que prestaba a la vista, las cortinas bien podrían haber estado cerradas.

—¿Dónde encontraste esas cartas?

—Las tenía tu abuela.

Se volvió rápidamente de cara a ella.

—¿Qué?

—También tenía los dibujos de tu hermano. —Apartó el chal a un lado, y tomó una caja grande de madera lisa y la colocó en su regazo—. Acércate a verlos.

Apretando ambos puños, permaneció junto a la ventana.

—No creas que puedes distraerme, Vixen. Fuiste…

—¿… a escondidas? ¿Fisgoneé? No me dejaste otra opción. Y no digas que confiabas en mí, porque es evidente que no lo hacías. Sigues sin hacerlo.

—No confío en nadie. He descubierto que es peligroso, tanto para mí como para el resto de los interesados.

—¿Porque tu hermano lo sabía?

—Porque mi hermano lo sabía… y ahora está muerto. —Miró fijamente la caja en su regazo—. Supongo que le fuiste con el cuento de todo a mi abuela. No tenías derecho a hacerlo, Victoria. —La idea de perder a alguien más a manos de un asesino desconocido le había atormentado los dos últimos años. Debería haberlo sabido. Debería haberse apartado todo lo posible de lady Victoria Fontaine desde el momento en que se dio cuenta de lo atraído que se sentía por ella.

—Ahora lo sé. Para serte franca, no sabía qué descubriría sobre ti hasta que lo descubrí. ¿Habrías esperado que no hiciera nada si descubría que eras un traidor o algo por el estilo?

—No —admitió a regañadientes, forzándose a volver al sillón y a sentarse junto a ella, lo bastante cerca para que su muslo rozara el delgado material de su camisa.

Victoria posó su mano, un tanto temblorosa, sobre su puño apretado.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

—Eso ya lo he oído antes.

—No de mí. No se lo contaré a nadie, Sinclair. Y creo que ya sabes que tu abuela tampoco lo hará.

Lo complicado era que, muy en el fondo, confiaba en ella. Había confiado en Victoria desde el mismo momento en que sus ojos se posaron sobre ella, sin ninguna explicación lógica para ello, sobre todo teniendo en cuenta las compañías que mantenía.

—Está claro que no vas a olvidarte de esto. Pero tienes que recordar, Vixen; no es simplemente un secreto. Es un secreto peligroso.

—No tengo cinco años. Ya lo sé. Y sigo queriendo ayudarte. Necesito ayudarte, Sinclair.

Obligándose a relajarse, Sin tocó su mejilla.

—Eres demasiado hermosa para arriesgarte en un juego como éste. Y ya tengo bastantes cosas que olvidar. No quiero añadir tu muerte a esa lista.

Sus ojos violetas se entrecerraron.

—¿Y para qué no soy demasiado hermosa? ¿Para las fiestas? ¿Los bailes? ¿Para compartir tu cama? Eso me deja con mucho tiempo libre.

—Victoria, t…

Ella se puso en pie, dejando la caja sobre el sillón.

—No intentes seguirme la corriente. Te he descubierto. ¿Qué te hace pensar que puedes evitar que busque al asesino?

Esto se le estaba yendo de las manos. La gente no discutía sus decisiones… sobre todo no el menudo y valiente duendecillo que por alguna razón se había casado con él.

—Atarte al poste de la cama evitaría que hicieras casi todo. No me arriesgaré.

—¡Pero qué típico! —espetó Victoria—. Sólo porque eres un hombre enorme e intimidante piensas que puedes decirme qué hacer. No…

Alguien llamó a la puerta de la salita.

—¿Lady Althorpe?

—¡Diantre! —exclamó enfadada—. Es Milo. No puedo abrir la puerta de esta guisa.

Sinclair se levantó.

—Ya voy yo.

—Pero tú… nosotros…

A pesar de su frustración y enojo, disfrutó al verla ruborizarse. No sucedía muy a menudo.

—Estamos casados. Está permitido.

Cuando se acercó a la puerta y la abrió, tuvo que admitir que ver la expresión turbada del mayordomo resultaba bastante satisfactorio. Descalzo y llevando tan sólo los pantalones, el resto de su ropa fuera de la vista, pocos podían dudar lo que Victoria y él habían estado haciendo.

—¿Qué sucede?

—Esto, el… es decir, los invitados a cenar de lady Althorpe han llegado.

—¿Qué invitados? —preguntó Sin.

—¡Oh, no! —gritó Victoria, y regresó a su alcoba como si fuera un borrón blanco.

Sinclair la siguió con la mirada y después miró otra vez al mayordomo.

—Informaré a la marquesa —dijo, y cerró la puerta a Milo en las narices.

Su esposa no había cerrado la entrada de la alcoba, lo cual eran buenas noticias para la puerta. Podía escuchar el susurro que hacía al moverse dentro el vestidor y la siguió adentro.

—¿A quién has invitado a cenar?

Ella se sobresaltó.

—Iba a sentarme contigo a explicártelo todo de una manera tranquila y racional —dijo rápidamente, lanzando vestidos y medias por encima del hombro sin reparo—. Y entonces me enteré de que habías pegado a lord William y fue tan… romántico, y ahora es muy tarde y ah, ¡acabo de liarlo todo otra vez!

Parecía un remolino en miniatura. Por lo visto su lista de invitados no iba a ser una noticia grata, pero aún así, una parte de él se deleitaba pensando que sus pies tocaban el cielo cuando Victoria estaba presente.

—Victoria —repitió con admirable calma, pensó—, ¿quién está abajo?

Victoria cerró los ojos con fuerza y luego abrió uno disimuladamente.

—Tu abuela y tu hermano.

Sinclair parpadeó.

—Debo de estar quedándome sordo —dijo pausadamente—. Pensé que te había oído decir que has invitado a cenar a mi familia sin informarme, y sin mi permiso, claro está.

—Sí, lo he hecho. Y me alegro. Deberías haber visto la cara de tu abuela hoy cuando se dio cuenta de que tú…

—¿Que no era el sinvergüenza incompetente que creía? —concluyó—. Preferiría verla decepcionada conmigo que muerta. —Agarró uno de sus desperdigados zapatos de un mullido asiento y lo arrojó a la alcoba. Este golpeó contra la pared con un gratificante ruido sordo—. ¡Maldición, Victoria!

Recogió un bonito vestido de noche gris del suelo y abandonó el vestidor.

—Pues no bajes —se apresuró a decirle ella, y salió airada en dirección a su reserva de animales.

Estaban a mitad del estofado de patatas cuando la puerta del comedor se abrió. Victoria alzó la vista con la esperanza de que fuera Sinclair, pero quedó aún más sorprendida cuando él entró con paso enérgico en la habitación. Supo al instante que seguía perturbado, a pesar de que se había reunido con ellos. Tenía que ver aquello como una buena señal; de otro modo simplemente estaba dando palos de ciego en cuanto a cómo ayudarle, o incluso a cómo llegar a él.

No tenía idea de cuándo se había obsesionado por comprenderlo, pero por lo visto Sinclair Grafton se había convertido en su último proyecto… y estaba decidida a salvarle. De sí mismo, del muro que había construido para proteger a su familia y del desconocido asesino que le había arrebatado a su hermano. Hacer el amor con él sólo había multiplicado su empeño por diez.

—Buenas noches. —Se acercó a la silla que ocupaba su abuela y se inclinó para besarla en la mejilla. Augusta levantó la mano para tomar en ella su rostro, pero Sin esquivó la caricia y volvió a enderezarse.

—¿Tú también quieres un beso, Kit? —dijo arrastrando las palabras.

Su hermano sonrió sin reservas, relajándose perceptiblemente.

—Me conformo con un apretón de manos.

Sin accedió y luego tomó asiento en el extremo opuesto de la mesa, frente a Victoria. Ella había esperado que le ofreciera un beso, pero, por otro lado, prefería que en este momento estuviera enfadado con ella a que lo estuviera con su familia.

—Veo que has mantenido la mayoría del personal antiguo —comentó Augusta, inclinando la cabeza en dirección a Milo.

—Es lógico. Conocen la casa mejor que yo.

—Las carreras de barcas por el Támesis son mañana —dijo su hermano con la boca llena de jamón asado—. He apostado veinte libras por el equipo de Dash porque han reclutado a ese griego bruto, Stephano. ¿Vas a ir?

—No lo tenía previsto —respondió Sin, la mirada que le lanzó a su esposa le decía con meridiana claridad que una cena no iba a reconciliarle con su familia.

—Ah. Pues muy bien. No importa —dijo con cierta vacilación, tomando otro bocado, claramente desilusionado.

—Pero no veo por qué no —prosiguió Sinclair sin alzar la voz—. Me dará la oportunidad de ponerme al corriente con los chismes de Oxford.

Su hermano sonrió abiertamente.

—Excelente. Pero no apuestes por Dash. Espantarás a todas mis posibles víctimas y arruinarás las probabilidades. —Christopher se inclinó hacia Victoria—. La abuela se niega a asistir, pero ¿nos acompañarás tú, Vixen? Será muy divertido.

Sinclair continuó comiendo, sin darle pista alguna de si quería que los acompañara o no. Aquello era justo la insinuación que necesitaba.

—Gracias, Christopher, pero tengo un almuerzo con algunas amigas.

El rostro del muchacho se iluminó.

—Llámame Kit, por favor. ¿No serán todas mujeres, por casualidad?

Ella se echó a reír.

—Casi exclusivamente. ¿Hay alguien en particular a quien desees conocer?

—Esa es una idea espléndida, querida —dijo Augusta.

Todos miraron a lady Drewsbury.

—¿Lo es? —preguntó Kit con cierto recelo.

—Sí. Hay que celebrar el que te hayas unido a nuestra familia, Victoria, además del regreso a Londres de Sinclair. Creo que daré un baile en Drewsbury House.

Christopher gritó de alegría.

—¡Eres lo más, abuela!

—Alcanzar tal nivel ha sido el objetivo de toda mi vida —dijo Augusta secamente, aunque le brillaban los ojos.

A juzgar por la expresión de Sinclair la idea no le complacía, ni por asomo, tanto como a su hermano. Al ver que los planes para una reunión familiar de Augusta estaban a punto de venirse abajo, Victoria aplaudió, obligándose a sonreír de alegría.

—Qué idea tan sensacional, Augusta. ¿Puedo ayudarle, al menos, con la lista de invitados?

—Naturalmente. Si vamos a hacer feliz a Christopher, debemos incluir a tus amigos. Estoy convencida de que los míos ya se han fosilizado.

—Y ¿tenemos ya fecha para esta ilustre reunión? —preguntó Sinclair.

—¿Qué tal el día quince? Eso nos da un margen de cuatro días para hacer las invitaciones y diez para preparar y recibir las respuestas.

Bueno, no había dicho que no, pero cuanto más pensara en ello, menos probable era que lo hiciera. Victoria se levantó y rodeó la mesa hasta llegar junto a él.

—¿Estás de acuerdo con eso, Sinclair? —le preguntó con voz queda, tomando su mano libre y llevándosela a los labios.

Advirtió la mirada de sorpresa que intercambiaron Augusta y Kit, pero la pasó por alto cuando Sin alzó la cabeza y sonrió. La expresión no llegó a alcanzar sus ojos.

—Creo que es una gran idea —dijo efusivamente—. Y te mantendrá ocupada.

La agradable y efímera sorpresa de Victoria se tornó en irritación. Maldición, debería haberse dado cuenta. Mientras ella planeaba una gloriosa reunión familiar, Sinclair tramaba cómo mantenerla apartada de la investigación del asesinato.

Victoria le sonrió alegremente.

—Gracias. —Se volvió hacia Christopher—. Invitaré a todas mis amigas solteras. Vas a estar muy solicitado.

Kit dejó escapar una risita.

—Creo que estoy a punto de desmayarme de tanta felicidad.

Sin le lanzó una mirada amenazadora a Victoria.

—Hum. También yo.

A pesar de su evidente enfado con ella, estaba complacido y encantado con su familia, por lo que al menos la noche no había sido una completa pérdida de tiempo. Sin acompañó a Kit y Augusta al carruaje y volvió después al vestíbulo, donde Victoria le aguardaba tratando de no pasearse de un lado a otro.

—Me gusta tu familia —dijo ella cuando Milo cerró la puerta principal.

Sinclair dirigió la mirada hacia el mayordomo.

—Gracias, Milo. Es todo por hoy.

El mayordomo hizo una reverencia.

—Muy bien, milord. Buenas noches.

—Buenas noches, Milo —dijo Victoria con una sonrisa.

Milo titubeó, pero cuando ninguno de sus patrones mostró intención de abandonar la entrada, hizo una nueva reverencia y retrocedió hacia el pasillo que conducía a los cuartos de la servidumbre. Cuando desapareció al doblar la esquina, Sinclair se dio la vuelta para mirar a Victoria a la cara.

—Acompáñame —dijo, y se dio la vuelta hacia las escaleras.

Ella le sacó la lengua.

—Te estaba ayudando.

Él se detuvo y la miró de nuevo a la cara.

—Lo sé. Ven conmigo.

—Pero ¿estás enfadado, o no?

—Sí, lo estoy… mucho. Has causado más problemas de los que crees, Victoria. Ahora, acompáñame o te llevaré arriba de nuevo.

La amenaza no era demasiado efectiva, porque le encantaba cuando la cogía en brazos y la llevaba así. Su pulso se agitó. Hacer el amor les distraería a ambos, pensó, y ella necesitaba saber lo que él quería.

—Ya voy.

Para sorpresa de Victoria, Sinclair la condujo por delante de la biblioteca, y de las habitaciones de ella, hacia la puerta de la alcoba de su esposo. Ella dudó cuando él la abrió y se apartó a un lado para que pasara.

—¿Nerviosa? —preguntó él con voz queda.

Ella se estremeció.

—En absoluto —dijo bruscamente y, pasando por delante de él, entró en la habitación.

Sinclair cerró la puerta a su espalda, luego la agarró del brazo y la volvió para mirarla de frente. Antes de que ella pudiera protestar, Sin inclinó la cabeza y la besó.

Victoria lo sintió en todo su cuerpo. Era diferente a como había sido antes; más posesivo y más seguro. Y más embriagador, aunque no hubiera creído que aquello fuera posible.

—Sinclair —murmuró, deslizando los brazos alrededor de su cuello y poniéndose de puntillas. La distracción sí que tenía sus ventajas.

—¿Acaso debo marcharme? —dijo una áspera voz.

Ella dio un grito, golpeando a Sin en la barbilla cuando saltó debido a la voz desconocida.

—Maldición —refunfuñó su esposo, sin parecer en absoluto molesto, y se frotó el lugar en que la frente de ella lo había golpeado—. Victoria, éste es Roman.

Un hombre pequeño y fornido emergió de una mullida butaca e hizo una reverencia. Tenía el aspecto de un trabajador de los muelles o de un marinero que ha pasado demasiadas temporadas soportando un tiempo tormentoso. Una terrible cicatriz surcaba el lado izquierdo de su rostro, tirando hacia arriba de la comisura de su boca y formando una perpetua mueca, mientras que dos de los dedos de su mano izquierda parecían estar permanentemente encogidos.

—Hola —dijo con indecisión—. Creía que era un mozo.

—Entre otras cosas —respondió el hombre, rascándose la cabeza.

—Roman es mi secretario… la mayor parte del tiempo. —Su marido la miró con frialdad—. También es un espía. O, mejor dicho, lo era.

—¡Sin! ¿Qué demo…?

—Bueno, eso tiene sentido —interrumpió ella, y se acercó a estrecharle la mano—. ¿Cómo está, Roman?

—Estoy chalado, milady —gruñó el secretario, fulminando a Sinclair con la mirada—, porque estoy oyendo cosas.

El marqués sacudió la mano en dirección a su ayudante.

—Ella lo adivinó. Lo dedujo, de hecho. Toma asiento, Roman. Quiero que os conozcáis.

—¿De verdad? —preguntaron ambos al mismo tiempo.

—Sí.

Victoria miró al secretario, quien le devolvió la mirada. Sinclair se había desplazado al otro extremo de la chimenea. Furioso o no con ella, Sin le estaba dando exactamente lo que deseaba… acceso a esa parte oculta de su vida que escondía a todos los demás. Se sentó. Un momento más tarde, el ayudante se sentó frente a ella.

—¿Un coñac? —ofreció Sin de manera jovial, y le entregó una copa llena a Roman—. Y otra para ti, Victoria.

Ella tomó la copa que le ofrecía, mientras comenzaba a preguntarse si se había quedado dormida y había caído en un sueño sumamente extraño. Él también se sirvió una y se sentó en el amplio brazo de la butaca de Victoria, lo bastante cerca para tocarla, pero sin llegar a hacerlo.

—Roman —comenzó—, a lady Althorpe le gustaría ayudarnos con nuestra investigación. Te agradecería que le contaras por qué es una mala idea.

—¿De qué va todo esto? —Victoria dejó la copa y se levantó, la ira y la decepción reemplazaron su cauto optimismo—. No soy una niña, Sinclair, y no soy estúpida. No creas que puedes asustarme con…

—Siéntate —le ordenó y tiró del borde de la falda para que volviera a sentarse.

Victoria aterrizó sobre su trasero. Nunca le había gustado que le dijeran qué debía hacer, sobre todo cuando estaba más segura que nunca de que la tarea que se había impuesto era justa.

—Me son indiferentes las historias de sangre y horror que quieres que él me cuente —dijo—. No puedes darme órdenes.

—En realidad, sí que puedo.

—Tales cosas no son adecuadas para que las oiga una dama, Sin —refunfuñó el secretario, mirando el buen coñac como si estuviera a punto de morderle.

—Justamente a eso me refería. No son cosas adecuadas para que las oiga una dama, menos aún para que una dama se implique en ellas.

—Si tú viviste en un burdel, Sinclair, debiste tener mujeres que te ayudaran… hasta cierto punto.

—Putas y ladronas —respondió con presteza, obviamente esperando la pregunta—. Categorías en las cuales tú no entras.

—Y, según parece, ellas tenían más derecho a ayudarte que yo.

Sin maldijo entre dientes.

—No se trata de eso, Vixen, y lo sabes. Eres una dama de educación refinada. No tienes ni idea de cómo es buscar lobos un tu propio rebaño de ovejas. No quiero que te hagan daño.

Era evidente que no iba a ceder, e igual de evidente era que pensaba que ella era incapaz de hacer una contribución significativa. Bueno, a Victoria manipular se le daba igual de bien que a él. Había manejado a los caballeros de la alta sociedad durante casi tres años, desde que cumplió los dieciocho. E incluso antes de eso.

—Creo que cometes un error —dijo con arrogancia, incapaz de ocultar el tono herido de su voz—, pero si no me incluyes en tu vida, pues que así sea, —Volvió a levantarse y esta vez él no intentó impedirlo—. Aunque no esperes que yo te incluya en la mía. Ahora, si me disculpan, caballeros, tengo que ayudar a tu abuela a planear una velada. Buenas noches.

—Milady.

Sinclair la vio salir a través de su vestidor y entrar en su propia alcoba. Se estremeció cuando el pestillo se cerró con un clic. Si el precio por mantenerla fuera de peligro era pasar otra noche solo, pensó, lo pagaría.

—Creía que querías su ayuda. —Roman se bebió el coñac de un trago.

—La quería. La quiero. Pero no deseaba que ella lo supiese.

—Ah. Parece que es un poco tarde para eso.

Sin se deslizó hacia un lado para dejarse caer en la butaca que ella había dejado vacía.

—Soy consciente de ello, gracias.

—¿Y ahora, qué?

—Sal de una puñetera vez de mi cuarto y déjame en paz. Necesito pensar.

—Vale. —El secretario se puso en pie y fue hacia la puerta—. Me parece, Sin, que te has atado a una mujer a la que no puedes controlar. Eso no es bueno para un espía, y está claro que tampoco lo es para un marido.

—Buenas noches, Roman.

Su ayudante de cámara tenía razón, naturalmente, lo cual no servía para hacer que la situación fuera más llevadera. Sin se enorgullecía de saber cuánto podía confiar en un aliado —o en un enemigo— y cómo reaccionarían en según qué circunstancias. Victoria se regía por unas reglas completamente diferentes, y además había comenzado a jugar con él a su antojo.

Bebió un trago de coñac. O quizás el problema era que no estaba jugando. Estaban casados, lo cual había empezado a parecerle una de sus mejores ideas. A menos que quisiera que el matrimonio terminase cuando diera con el asesino de Thomas, tenía que comprenderla, averiguar lo que ella quería y decidir si estaba dispuesto a dárselo a ella… y a sí mismo.

Sin embargo, más importante aún era que tenía que reconocer que se estaba encariñando bastante con Victoria Fontaine-Grafton. No dudaba de que la hubiera deseado; aún la deseaba, más incluso ahora que había probado su pasión. Dada su frívola reputación de coqueta había pensado usarla únicamente para obtener acceso a su círculo social. Lo que no había esperado era que le gustase… admirar su brillante inteligencia y su muy sincera calidez y compasión, las cuales, por lo visto, se hacían extensibles incluso a él. Se terminó su coñac y luego el de ella, a continuación se sirvió otro, y después decidió que sería un imbécil si se quedaba tumbado en vela toda la noche sólo porque su esposa se había negado a reunirse con él en su alcoba. Revolviendo entre su guardarropa, encontró un elegante y apropiado abrigo oscuro de noche, se lo puso y se fue de caza.

Su objetivo principal estaba jugando a las cartas en el club social, y tras dirigirle una mirada furibunda al portero, también se le permitió la entrada en el salón iluminado por la luz de las arañas. Thomas le había ayudado de más formas de las que podría haber imaginado; sin la excelente reputación del difunto lord Althorpe para hablar en su favor, era muy probable que el actual lord Althorpe hubiera encontrado la entrada prohibida a la mitad de los clubes de caballeros de Londres.

—¿Le importa si me uno a ustedes? —dijo arrastrando las palabras, dejándose caer pesadamente en un asiento vacío sin aguardar la respuesta.

—Vaya, pero si es el bastardo roba mujeres de Althorpe. Cómo no, acompáñenos.

John Madsen, lord Marley, agarró la botella de oporto de la mesa antes de que Sinclair pudiera alcanzarla y la vació deliberadamente en su propia copa y en las de sus cuatro acompañantes. Sin, imperturbable, indicó que trajeran otra botella, la cual parecía ser la cuarta de la mesa.

—¿A qué se juega? —preguntó con displicencia, sintiendo cómo el coñac abrasaba sus venas, y sabiendo que sus muchachos se horrorizarían de verle ir de caza en su presente estado de ánimo y en su condición actual.

—Comenzaremos una nueva partida —respondió Marley—. No querríamos que se perdiera nada.

—Qué amable de su parte.

Lionel Parrish, sentado al lado de Marley, paseó con preocupación la mirada del uno al otro.

—Entonces, ¿juega al faro, Althorpe? Creía que el vingt-et-un era el juego predilecto del continente.

Sin mantuvo la mirada fija en Marley.

—Soy conocido por apostar a casi cualquier cosa. Y por ganar más de lo que pierdo.

Marley le indicó al crupier que mostrara los naipes de corazones.

—La mayoría de las ganancias pueden perderse otra vez —dijo, dejando dos libras junto al siete.

Así que quería hablar sobre Vixen. A Sinclair aquello le parecía bien.

—Puede tardar toda la vida en perder, teniendo en cuenta la miseria que está apostando. —Contento de haberse metido algo de dinero en los bolsillos antes de salir de la casa, Sin dobló un billete de veinte libras hasta darle la forma de un bonete de señora y lo colocó junto a la reina.

—Aún no hemos comenzado a jugar —protestó Parrish—. ¿Empezar una partida con un billete de veinte libras? Demasiado para mí.

El cuarto jugador, el vizconde Whyling, miró la mesa y las apuestas.

—Bonito sombrero —dijo.

—Gracias. Con un billete de cien libras puedo hacer una mujer de grandes pechos.

—Yo me lo puedo hacer con una por dos chelines en Charing Cross —replicó Whyling, sonriendo ampliamente.

El quinto ocupante de la mesa soltó una risita, evidenciando su embriaguez.

—Dos chelines. Eso es estupendo, Whyling.

Fue bastante ingenioso, pero también estaba distrayendo a Marley.

—Sí, pero si gano yo, me quedaré con el billete de cien —repuso Sinclair—. De hecho, ahora que lo pienso, ésa es la parte más económica del matrimonio, caballeros.

Marley le miró ceñudo.

—¿Qué tiene de económico el matrimonio? —gruñó.

Sinclair se limitó a sonreírle.

Parrish se aclaró la garganta.

—Creo que está bien documentado que no existe nada gratuito en cuanto a las relaciones sexuales se refiere.

—Buen argumento, Parrish. Según mi experi…

—¡Cierra la boca, Althorpe! —gritó Marley—. Todos sabemos que has poseído a Vixen. No tienes por qué proporcionarnos los detalles.

Sin frunció el ceño.

—Hablaba en términos generales, milord. No creo que mencionara a mi esposa. —Se dio cuenta de que en realidad estaba demasiado borracho y frustrado con Victoria para enredarse en esta conversación en particular. Con todo, si esto hacía hablar a Marley, se enfrentaría a Vixen con las consecuencias de su estupidez… si no podía evitarlo.

—No, no lo hizo —dijo Parrish enérgicamente—. Es mi apuesta, ¿verdad? Apostaré cinco a la reina. Al menos si me hundo, me llevaré tu barco dorado conmigo.

Vagamente agradecido al acompañante de Marley por proporcionarle un escape, Sinclair decidió conducirlos a todos a otro terreno.

—Ojalá mi hermano hubiera tenido estómago para apostar. Habría podido empezar a disfrutar de mi herencia antes de su muerte.

—Tal vez su hermano era selectivo respecto a con quién apostaba —dijo Marley, arrastrando las palabras, desvaneciéndose el color rojo de su enfado—. Pasamos juntos muchas noches agradables.

Apretando la mandíbula, Sin apenas reparó en que Parrish y él habían ganado la ronda.

—Lo siento, no le he oído muy bien, ¿Acaso ha mencionado «Thomas» y «agradable» en la misma frase?

Whyling volvió a reír y Sinclair decidió que, después de todo, no sentía simpatía alguna por el vizconde. El quinto jugador, a quién sólo recordaba como el señor Henning, logró emitir una risita desganada.

—No lo sé con certeza, Althorpe, pero parecía un buen tipo.

—Lo era —declaró Marley, mirando con desprecio a Sin—. Tenía una buena cabeza sobre los hombros, a pesar de que algunas veces la orientaba hacia el lugar equivocado.

«¡Aja!»

—Discúlpeme —dijo Sin con voz lánguida—. Puede desacreditar el carácter de mi difunto y llorado hermano a su gusto, pero no sus preferencias sexuales. Eso es muy injusto.

—No me estaba refiriendo a eso, imbécil. Él no paraba de decirme que me deshiciera de todas mis participaciones en compañías francesas. Noble, debo admitirlo, pero habría perdido una fortuna si lo hubiera hecho.

—La perdiste de todos modos, ¿no es cierto? —comentó Whyling—. A favor mío, en parte, y en esta misma habitación, según recuerdo.

—Vamos, tranquilo —intervino Parrish, empujando a Marley por el hombro cuando éste trató de ponerse en pie—. De nada sirve malgastar un buen oporto lamentándose por unas deudas incobrables. Estoy aquí para jugar al faro.

Sinclair asintió con la cabeza, decidiendo que por la mañana le haría algunas preguntas muy directas a Victoria acerca de su ex pretendiente.

—También yo.


1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   18

similar:

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo 1 Capítulo 2 Capítulo 3 Capitulo 4 Capítulo 5 Capitulo 6...

Capítulo 1 iconCapítulo 1

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo 2

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo I

Capítulo 1 iconCapítulo 1: Sembradores de la fe

Capítulo 1 iconCapitulo 1 Historia

Capítulo 1 icon5: El Monarquismo Capítulo 6






© 2015
contactos
h.exam-10.com