Capítulo 1






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Capítulo 9


—¿Estás segura de que deberíamos estar aquí? —preguntó Lucy—. Después de oír lo de lord William estoy plenamente convencida de que no deseo hacer enfadar a lord Althorpe.

—Tonterías —respondió Victoria cordialmente—. Él insiste en que esta casa es tan mía como suya. Mi mitad quiere que mis amigos la visiten.

—Prometiste que me contarías qué sucedió cuando le preguntaste por lord William —susurró Lucy.

Nada en el mundo podría haber evitado que Victoria se pusiera roja como la grana. Tragando saliva, agarró a su amiga del brazo y la condujo al enorme salón de baile de Grafton.

—Ah, no mucho —dijo despreocupadamente—. Ya sabes cómo son los hombres.

—No, no lo…

—Es una lástima que no des aquí el baile —comentó con una risilla Venetia Hilston, con el don de la oportunidad del que siempre hacía gala—. Puedes meter a medio Londres en este salón de baile.

—Podrías —convino Lionel Parrish, agarrando la otra mano de Lucy y conduciéndola en un vals—, pero eso no nos dejaría espacio para bailar.

—Además, haría un calor horrible con tanta gente —apuntó Venetia con gran seriedad.

—No tiene el menor sentido del humor, ¿verdad? —murmuró lord Geoffrey Tremont al oído de Victoria.

Se había pasado toda la tarde mariposeando a su alrededor como una abeja detrás de una flor. Con una risilla, Victoria le empujó contra la rotunda figura de Nora Jeffries para quitárselo de encima.

—Marguerite, deberías tocar para nosotros —sugirió—, y así podríamos bailar.

—Sí, toca, por favor, Marguerite —dijo Lucy a voz alzada mientras Parrish seguía dándole vueltas alrededor del enorme salón.

La señorita Porter no necesitó más estímulo que aquello, y se apresuró hacia el pianoforte situado en el rincón bajo los amplios ventanales. De inmediato comenzó a tocar un vals.

Reunir a sus amigos en Grafton House había sido una idea espléndida, se decía Victoria. El día era demasiado ventoso para cabalgar o dar un paseo por Hyde Park, y si aún siguiera viviendo en Fontaine House, sus padres se habrían desplomado, mortificados por tener merodeando un grupo tan alborotador de jóvenes. Además, quería averiguar si alguno estaba al corriente de a quién podría haber estado cortejando el anterior lord Althorpe. Era imposible que un caballero soltero, rico y respetable con un prestigioso título hubiera carecido de mujeres que lo solicitaran.

—¿Me concede este baile? —murmuró lord Geoffrey, que se había zafado de algún modo de Nora.

Victoria logró evitar fruncir el ceño con irritación y, en su lugar, sonrió.

—Desde luego, lord Geoffrey.

El petimetre la había perseguido sin tregua, apartándola de Marley siempre que podía y pasando después todo el tiempo jactándose de cómo la había ganado… como si ella hubiera sido una cerda premiada en una feria rural. Si él no se hubiera tropezado con su corrillo durante el almuerzo, jamás le hubiera invitado a acompañarlos a Grafton House.

Al menos era un buen bailarín, y Victoria había descubierto que con unas cuantas exclamaciones e inclinaciones de cabeza en el momento oportuno cumplía perfectamente su parte en la conversación. Mientras él continuaba parloteando sobre lo listo que había sido al encontrarlos, observó a Lucy y a Lionel bailar el vals.

Parrish había empezado la última temporada como uno de sus admiradores, pero después de algunos sutiles empujones en la dirección correcta, se había convertido en un protector y acompañante incondicional de Lucy Havers. Victoria sonrió. Nunca le había gustado ejercer de casamentera, pero la unión de esas dos dulces almas en particular había sido tan obvia que no había podido contenerse.

Cuando ya iban por la mitad del segundo vals, los ágiles dedos de Marguerite erraron en parte de una estrofa sencilla. Aquello era tan inusual que Victoria miró a su amiga… y casi se tropieza con el pie de lord Geoffrey. Sin estaba apoyado contra el pianoforte, charlando con la señorita Porter como si se conocieran desde hace años.

Molesta o no con él, la primera emoción que la impactó fue una delirante anticipación. Sin importar lo que pensara acerca de su estúpido esnobismo de no permitir que le ayudase con su investigación, seguía sorprendiéndola y, según su experiencia, aquello era algo extraordinario y precioso.

No les interrumpió ni intentó estorbarles, como ella había esperado, sino que permaneció apoyado contra el pianoforte hasta que finalizó el vals. Su presencia, naturalmente, causó cierto revuelo, y Victoria se alegró de que Marley hubiera declinado acompañarlos hoy. No volvería a invitar a lord William.

—No parece que le importe —murmuró lord Geoffrey, mientras seguían girando por la habitación.

—¿Por qué debería? —replicó Victoria, deseando en parte que Sinclair los interrumpiera—. Sois mis amigos.

—En realidad me refería a nosotros, querida. A ti y a mí.

—Comprendo. Es un baile, querido… no un rito bacanal.

—Bueno, lo que sucede es que he oído que le rompió la nariz a William Landry y que Marley y él casi se liaron a puñetazos anoche. No esperaba que alguien como él fuera de los celosos, sobre todo teniendo en cuenta el modo en que os… conocisteis, pero uno nunca sabe, supongo. Y no tengo deseo alguno de que me devuelva los dientes en la mano, a pesar del placer de bailar con una mujer tan hermosa como tú.

Victoria miró de nuevo a su esposo. Primero había ido a por lord William y ahora a por Marley. Por lo que sabía, Parrish había salido con su amigo la noche pasada, pero Lionel no había mencionado que se hubieran tropezado con Sinclair. Había creído que Sin se había ido a dormir después de que ella hubo abandonado, furiosa, su pequeña conferencia. Por lo visto no le había bastado enfrentarse a ella como adversario.

Cuando terminó el vals se zafó de lord Geoffrey y se aproximó al pianoforte.

—Buenas tardes —dijo, brindándole una sonrisa vacilante.

Había esperado la misma arrogancia egoísta que había mostrado la noche pasada. En cambio, Sin se inclinó y rozó con los labios su mejilla.

—Buenas tardes.

Como siempre que él la tocaba o la besaba, deseó sumergirse en su abrazo y comenzar a quitarle la ropa. Puede que no fuera algo propio de una dama, pero tenía la clara impresión de que aquello sería sumamente gratificante. Era tremendamente confuso estar furiosa y desconfiar de alguien y, al mismo tiempo, sentirse irremediablemente atraída por él.

—Althorpe —saludó Parrish mientras se acercaba con Lucy del brazo. Su comportamiento parecía un poco frío, sobre todo en él, y sobre todo ahora que sabía que la noche anterior había tenido lugar un desagradable incidente.

Sinclair, asimismo, adoptó su fachada distante y disoluta y devolvió el saludo de Lionel con un breve apretón de manos.

—Señor Parrish.

Victoria se aclaró la garganta, preguntándose qué demonios había sucedido la noche pasada, y por qué nadie se había molestado en contárselo.

—Sinclair, ¿conoces a todos?

—No. Creo que no.

Hizo las presentaciones mientras Sin, con calculada eficiencia, deslumbraba a todos los presentes… exceptuando a Lionel Parrish, que se mantuvo distante.

Victoria, cuya curiosidad crecía por momentos, arrinconó finalmente a Parrish.

—De acuerdo, ¿qué sucede? —susurró.

—¿Hum? Nada, Vixen.

—¿Por qué no me comentaste que Sinclair y Marley se pelearon anoche?

Él tomó aire.

—No se pelearon; intercambiaron palabras.

—¿Acerca de mí?

—Pregúntale a tu marido. Marley es amigo mío, Vix. No un amigo íntimo, pero no deseo que me dé un puñetazo, ni tampoco que lo haga Althorpe.

—Vale. Pues se lo preguntaré a Sinclair.

Se apartó, pero se detuvo cuando Lionel la tocó en el hombro.

—Me preocupas —murmuró—. ¿Estás segura de que estás bien con él?

—No tienes por qué preocuparte por…

—¿Hay planeado más baile para esta tarde? —preguntó Sinclair cuando se reunió con ellos.

Parrish bajó inmediatamente el brazo.

—En realidad, creo que tenemos que marcharnos. Esta noche estrenan La flauta mágica en el teatro de la ópera y parece que habrá una lamentable aglomeración.

—¿Asistirás? —preguntó Lucy, acercándose con aire afectado para tomar a Victoria de la manos, obviamente ajena a la tensión que fluía entre los dos hombres.

—Yo… no lo sé —dijo con torpeza, obligándose a no mirar a Sinclair como si fuera un cachorro suplicando un hueso—. No hemos hablado de ello.

—¿Te gustaría asistir? —le preguntó Sin con un tono íntimo, como si en la sala no hubiera presente una docena de personas para escucharlo.

—Me encantaría —admitió, ruborizándose—, pero no es necesar…

—Sí, asistiremos —la interrumpió, sonriendo a Lucy.

—Os deseo buena suerte en la búsqueda de asientos —refunfuñó lord Geoffrey—. Yo no he podido, y eso que le he ofrecido cincuenta libras a Harris para que me cediera su palco.

—Mi abuela tiene un palco.

Victoria trató de no quedarse mirándolo como si acabara de solucionar el enigma de la Esfinge. Otra sorpresa, y otra gentileza hacia ella. Era difícil mantener el equilibrio cuando el suelo seguía moviéndose.

Acompañó a sus amigos a la puerta mientras Sin —a propósito, o por casualidad— se mantenía entre Parrish y ella. Cuando se marcharon, él la miró.

—¿De qué hablabais Parrish y tú?

—De lo que sucedió anoche entre Marley y tú —respondió, lanzando una mirada mordaz a Milo, que seguía merodeando por el vestíbulo.

Sinclair le indicó con la mano que se dirigiera a su despacho privado.

—¿Así que te lo contó?

—Me dijo que te lo preguntara a ti. —Sinclair cerró la puerta después de que ella entrara en la habitación—. Imagino que, una vez más, la conversación giró en torno a mis virtudes, o a la falta de ellas —prosiguió—, pero, a juzgar por el modo en que estás actuando, no estoy segura de si esta vez salía bien librada o no.

—Jesús —masculló—. ¿Es que no se te escapa nada?

—Casi tanto como a ti. Así que, ¿qué ocurrió?

—Nada que deba preocuparte.

—Vale. —Se cruzó de brazos—. ¿Qué tal fueron las carreras de barcas?

—Se hundieron dos barcas y nadie se ahogó. —Sinclair fue hasta el escritorio y volvió otra vez, esquivando la butaca donde habían disparado a su hermano—. Vix…

—Has dicho que no tenía por qué preocuparme. Se lo preguntaré a Marley.

Su expresión se endureció.

—No vas a preguntarle nada a Marley. ¿Queda claro?

Ella le sostuvo la mirada.

—Por lo que yo sé, me has negado que me una a tu alegre grupo de espías. No puedes ordenarme que no vea a mis amigos.

Él se acercó más.

—Soy tu marido.

—¿Y se supone que debo obedecerte? ¡Ja! —Giró en redondo—. Oblígame.

—¿Cuánto sabes sobre lord Marley? —preguntó de inmediato.

—Sé más de él que de ti. —Victoria se detuvo en la entrada—. ¿Imagino que aún vamos a asistir esta noche a la ópera para que puedas espiar a todos?

Él permaneció en silencio por un momento.

—Sí.

Si le importaban más sus pequeños juegos que lo furiosa o herida que se sintiera, era evidente que ella no significaba mucho para él. No sabía por qué había esperado —o deseado— algo diferente.

—Entonces, te veré esta noche —dijo en voz queda, y salió de la habitación.

Sinclair tuvo que recorrerse toda la habitación y maldecir durante cinco minutos antes de poder ordenar sus pensamientos y decidir su siguiente paso. Victoria no comprendía —evidentemente nunca sería capaz de comprender— que esa gente a la que ella llamaba amigos e invitaba a visitar su casa no eran lo que aparentaban ser. Al menos uno de ellos era un asesino; según lo que había descubierto en Europa, prácticamente la otra mitad eran embusteros, adúlteros, tramposos, traidores y especuladores.

Ella no, pensó… Victoria no era ninguna de esas cosas, y no quería que se acercase a ellos. Encontraría sus propias pistas de ahora en adelante; ojalá ella aceptara mantenerse apartada de este misterio.

Todavía maldiciendo entre dientes, Sinclair se sentó detrás del escritorio y sacó un montón de papel para escribir algunas cartas. La primera era sencilla… lady Stanton enviaba una nota a su sobrino, Wally Jerrison, quien ahora mismo se alojaba con varios amigos en Weigh House Street, informando que lord Marley había discrepado con las opiniones de Thomas Grafton en cuanto al comercio con los franceses y Bonaparte.

La segunda carta era igualmente breve, pero le llevó un total de cinco minutos redactarla. Al final se decidió por: «Abuela, si tienes algunos asientos de sobra, a Victoria y a mí nos gustaría mucho acompañarte esta noche a la ópera. Sinclair».

El «mucho» había desaparecido en el primer borrador. Sin embargo, lo sentía así, de modo que lo volvió a añadir en el último momento en la copia definitiva. Ser visto en su compañía podría resultar peligroso, aunque aquellos que conocían bien a Thomas sabrían que los tres hermanos adoraban a la abuela. Evitarla podría ser posiblemente tan perjudicial como lo demás. Y, a decir verdad, después de cenar con ella el otro día, se había dado cuenta de lo mucho que los había echado de menos a ella y a Christopher.

El segundo motivo para esa petición tan acentuada era aún más complicado. Había vuelto a mentir… a Victoria. No iban a asistir a la ópera para poder espiar a todos, sino porque ella deseaba ir. Simplemente quería pasar tiempo con su esposa en un lugar en el que pudieran estar juntos sin discutir o mentir. Había comenzado a pensar en ella más de lo que tenía derecho a hacer.

La respuesta a la segunda misiva llegó veinte minutos después de haberla mandado. A pesar del simple «A Christopher y a mí nos encantaría que nos acompañaseis. Augusta», casi podía palpar la sorpresa en la escritura de su abuela. Seguramente Kit no estaría tan encantado de asistir a la ópera, pero por la forma en que las amigas de Victoria parecían surgir de la nada siempre que ella aparecía en público, su hermano pequeño sería, sin duda alguna, compensado adecuadamente por su sufrimiento.

Envió a Milo a que informase a Victoria de que definitivamente asistirían a la ópera y luego fue a la biblioteca. Victoria había dejado allí la caja de dibujos de Thomas. Varias veces se había acercado hasta la puerta y luego decidido que tenía algo más urgente que hacer, pero obviamente no podía posponerlo indefinidamente.

Sentándose a la mesa que ocupaba el centro de la amplia y bien ventilada habitación cogió la caja de madera, desató las tiras de cuero que la cerraban, y la abrió con cuidado.

El primer dibujo era de Christopher cuando tenía unos dieciséis o diecisiete años. Con el cabello ligeramente desaliñado y en desorden, y una sonrisa franca y sincera en su rostro.

Victoria había estado en lo cierto; los bosquejos de Thomas eran excelentes, incluso para el ojo inexperto de Sin. Los siguientes eran de Althorpe; los árboles a la orilla del lago, los establos y la grandiosa y antigua mansión. Los dibujos no revelaban nada acerca de quién podría haber matado a su hermano, sino que le hablaban del callado y taciturno Thomas.

Los últimos dibujos parecían ligeramente más útiles, aunque no menos dolorosos de contemplar. Estaba claro que Thomas había convertido en una afición dibujar a sus semejantes. Puesto que Sin no había oído a nadie, salvo a Victoria, mencionar la afición del difunto lord Althorpe por dibujar, lo más probable era que Thomas lo hubiera hecho de memoria en lugar de utilizar modelos reales.

Su buen amigo Astin Hovarth, conde de Kingsfeld, aparecía en varios bocetos: en el club White's, a caballo y vistiendo su traje de caza. Lady Grayson, la abuela Augusta, lord Hodgiss, la señorita Pickering, todos habían caído víctimas de los talentos de Thomas.

Sinclair se detuvo cuando sacó con cautela el siguiente dibujo de la caja. Sentada en lo que parecía un salón de baile, rodeada de rostros vagamente borrosos que, sin duda, representaban a su multitud de pretendientes y admiradores, se encontraba lady Victoria Fontaine. Incluso su imagen tenía el poder de hacer que su corazón palpitase con fuerza.

Hacerle el amor no había saciado el irrefrenable deseo que sentía por ella, y tampoco ninguna de sus discusiones o la evidente decepción de Victoria hacia él como esposo. Pero en este momento aquello no era su prioridad, y no podía permitir que llegara a serlo. En cualquier caso, no estaba seguro de saber cómo convertirse en un marido adecuado.

En el retrato, un oscuro mechón rizado de cabello caía sobre su frente. La expresión de su suave rostro ovalado delataba su humor e inteligencia mientras que el brillo de sus ojos decía que sabía con exactitud lo que querían los hombres que la rodeaban. Sinclair recorrió la frente con los dedos, pero el mechón de cabello siguió elegantemente fuera de lugar.

Thomas había elegido dibujarla a ella. ¿Había sido uno de sus admiradores? Sinclair no lo creía así… no en serio, en cualquier caso, o no habría detectado el humor cómplice en su mirada. Victoria había dicho que Thomas y ella habían sido amigos, pero no íntimos; dada su compasión natural y el modo en que solía inspirar que los demás le contaran sus confidencias, no era de extrañar que Thomas le hubiera contado que dibujaba. ¿Le había contado alguna otra cosa, quizá algo a lo que ella ni siquiera le había concedido importancia?

Cuando acabó de mirar los bosquejos, los devolvió con cuidado a la caja y la cerró de nuevo. Eran las últimas y más personales pertenencias que de su hermano tenía, y decidió hacer que enmarcaran la mayoría de ellos y añadirlos a la galería de retratos de Althorpe. Sin duda, Thomas se habría sentido avergonzado de ver sus dibujos privados exhibidos tan públicamente, pero Sinclair los quería allí, quería que la vida de su hermano se recordara por algo más que libros de contabilidad y papeles oficiales.

Estaba considerando si hacer una visita más tarde a Pall Mall y a los clubes o continuar con la titánica tarea de rebuscar entre las cosas del ático que había comenzado poco después de su llegada y suspendido cuando Victoria había pasado a formar parte de la casa. Ahora que ella estaba al corriente de lo que hacía y de por qué lo hacía, intentar mantenerlo en secreto carecía de sentido. Era más probable que el ático reportara sus frutos, de modo que se retiró de la mesa, sólo para sentir que algo se frotaba contra sus tobillos.

Sobresaltado, bajó la vista y vio un enorme felino gris y blanco enroscándose alrededor de sus piernas, ronroneando con la suficiente fuerza para que su orondo y rollizo cuerpo temblara.

—Vaya, hola, Lord Baggles —saludó, bajando la manos para rascarle detrás de las orejas—. Por lo que veo me has perdonado.

El gato saltó a su regazo a modo de saludo y se acurrucó, plegándose en una gran bola de suave pelo, sus ronroneos aumentaron en intensidad hasta que su sonido recordó al de las piedras trituradas en un molino de harina. Sin siguió rascando al felino, deseoso de posponer la visita al ático durante algunos minutos más si aquello le congraciaba con Lord Baggles y, por consiguiente, con su dueña. Vagamente escuchó voces en la calle, pero le pareció la cantaleta de algún vendedor y lo pasó por alto.

La puerta de la biblioteca se abrió de golpe.

—Problemas, Sin —dijo Roman y desapareció de nuevo.

—Maldición. Lo siento, muchacho. —Sinclair dejó al gato, que ni siquiera rechistó, en el sillón para que siguiera tranquilamente con su siesta.

Podía oír el ruido sordo de los pesados pasos de Roman bajando la escalera, y siguió a su ayudante a la planta baja. La mitad de los criados de la casa revoloteaban por el vestíbulo y las habitaciones delanteras, cuyas vistas daban a la calle. Cuando se acercó a la entrada, Milo se dio la vuelta y lo vio.

—Ay, gracias a Dios, milord. Lady Al…

«Vixen.» Sin pasó por delante de él y salió apresuradamente a la escalinata. Su menuda esposa estaba parada en la calle, cruzada de brazos, bloqueando el camino de una destartalada carreta de reparto de leche. Al frente de la carreta estaba posiblemente el poni más raquítico y en más lamentables condiciones que había visto en su vida. Y en el asiento del conductor había un hombre de aspecto igualmente escuálido que miraba con ojeriza a Victoria.

—¡Le dije que se quitara de en medio, señorita! —vociferó—. Tengo repartos que hacer.

—Me importa un pepino lo que tenga que hacer —replicó ella—. No tiene ningún derecho a golpear a ese animal de un modo tan terrible.

—Intente hacer que Old Joe se mueva, señorita. También usted le estaría animando.

—¡No lo haría! Yo no golpeo a los animales.

Sin vio relampaguear con toda claridad la furia y el desafío en los ojos del conductor de la carreta, y vio la mano apretando el látigo. Con un juramento, bajó apresuradamente los escalones. Antes de que el conductor pudiera hacer otra cosa que lanzarle una mirada de sorpresa, subió de un salto a la rueda más cercana, alargó la mano y agarró el látigo.

—A pesar de lo mucho que ella detesta ver que se le hace algún daño a un animal —dijo en voz queda y tensa; invadido por una oscura ira—, no puede llegar a imaginar lo que yo le haría a usted si le hiciera daño a ella.

El conductor tragó saliva nerviosamente y su mugrienta nuez osciló arriba y abajo.

—No iba a… Sólo intento ganarme la vida, milord, y ella no se quita de en medio.

Sinclair bajó al suelo de un salto.

—Creo que el reparo de lady Althorpe se debe a la forma en que trata al animal, no al modo en que se gana la vida.

—Pero…

—Y bien, ¿cuánto? —Sintió que Victoria se acercaba a su lado, pero mantuvo la atención fija en el conductor.

—¿Cuánto? —repitió el hombre.

—Por el caballo, la carreta y la leche.

—¿Un… un lord con una carreta de leche? Se ha vuelto loco.

—He estado pensando en buscarme un pasatiempo. ¿Cuánto? —dijo Sinclair de modo tajante.

—No podría separarme de Old Joe y de lo demás por menos de diez libras —repuso el conductor, cruzándose de brazos.

El precio era ultrajante, pero Sin no estaba de humor para discutir o decepcionar a Victoria otra vez en el mismo día.

—Le daré veinte libras para que pueda conseguir un animal decente al que no tenga que pegar. ¿Le parece lo suficientemente justo?

—Sí, milord.

—Pues baje de ahí. Roman, pague al hombre y haga que se largue. Grimsby, lleve a la bestia a la parte de atrás y quítele el arnés y dele de comer. Orser, meta la leche en uno de mis carruajes y llévela al orfanato más próximo, con los saludos de lady Althorpe.

Las ordenes fueron recibidas con un coro de «sí, milord», y Sin se volvió hacia Victoria. Ella lucía una expresión de sorpresa en el rostro, había adoptado una postura a la vez dubitativa y desafiante. Resultaba evidente que esperaba una reprimenda por la estupidez de enfrentarse con un hombre grande y fornido que llevaba un látigo… no cabía duda de que ya había oído tales reprimendas con anterioridad.

Old Joe —dijo pausadamente Sin— no va a vivir en el invernadero con el resto de tu colección.

Ella lo miró fijamente y después sus ojos violetas comenzaron a brillar.

—Me parece razonable. ¿Entramos?

—Por supuesto. Y por cierto, Lord Baggles está roncando en la biblioteca.

—Me lo llevaré enseguida.

—¿Por qué?

Ella se detuvo en el peldaño inferior, mirándole a los ojos desde su elevada posición.

—¿Lo haces sólo para que no me enfade contigo?

—Naturalmente que sí. ¿Funciona?

Victoria sonrió abiertamente.

—Ya te lo diré.

Aprovechando la oportunidad, puso fin a los pocos centímetros que los separaban y la besó. Victoria se quedó inmóvil por espacio de un latido. Sinclair casi pensó que a continuación le daría una patada en sus partes sensibles, pero decidió que valía la pena arriesgarse. Para alivio suyo, no obstante, las manos de ella treparon lentamente hasta sus hombros y sus labios profundizaron su unión con los suyos.

Se vio inundado por el deseo y la excitación ante su apasionada respuesta. Antes de que ella pudiera recuperar el juicio y recordara lo bárbaro que era, la cogió en brazos, subió los escalones que quedaban y entró en la casa.

—Sinclair, ¿qué estás haciendo? —murmuró contra su boca, riendo entre dientes casi sin aliento.

—Llevarte arriba.

—Pero los criados nos están observando.

—¿Estás escandalizada, querida?

Ella sacudió la cabeza negativamente, pegándose contra su pecho. Con una mano se aprestó a desatar los intrincados nudos de su corbata. Sinclair comenzaba a pensar que la salita de mañana era una alternativa viable cuando una grave carcajada masculina le hizo detenerse en seco.

Con Victoria aún en sus brazos, se dio rápidamente la vuelta y se encontró con una alta figura musculosa, que se recortaba a contra luz en la entrada principal.

—Kingsfeld —dijo, relajándose en la medida en que se lo permitió su cuerpo excitado. Gracias a Dios que las faldas de Victoria eran largas.

—¡Sin Grafton, que me aspen! ¿No estabas haciendo lo mismo la última vez que te vi?

Victoria arqueó una ceja.

—¿De verdad?

A pesar de lo complacido que estaba de ver al conde de Kingsfeld, en ese momento Sinclair no habría derramado una sola lágrima si se hubiera caído por las escaleras y se hubiera roto el cuello.

—Me temo que no lo recuerdo —dijo suavemente—. Hace mucho tiempo de aquello, cuando yo era muy joven y estúpido.

—Tu gusto en mujeres, sin embargo, sigue siendo impecable, muchacho. Preséntame a esta diosa.

—Cierto. Kingsfeld, mi esposa Victoria, lady Althorpe. Se ha torcido un tobillo. Victoria, Astin Hovarth, conde de Kingsfeld. Un amigo de mi hermano.

—Lord Kingsfeld —dijo Vixen con su voz más encantadora y sonriendo—. Estoy segura de que nos hemos visto antes. Me alegro de que por fin hayamos sido presentados.

El corpulento conde realizó una reverencia que hizo que su cabeza descendiera hasta la altura de sus rodillas.

—El placer es mío, milady.

En aquel momento Victoria estaba dispuesta a darle la razón, puesto que era evidente que ni Sinclair ni ella iban a obtener ninguno. Deseaba a Sin; así había sido desde que lo conoció. Una vez en sus brazos no bastaba ni mucho menos para curar la necesidad que sentía de estar cerca de él, y odiaba perder esta oportunidad.

Victoria volvió a mirar a Kingsfeld y suspiró para sus adentros. Si había sido amigo de Thomas, no había duda de que Sinclair querría hablar con él.

—Creo que debería descansar mi tobillo en la salita —declaró.

—Desde luego —dijo su marido sin demora.

Mientras Kingsfeld se desprendía de su sombrero y sus guantes y se los entregaba a Milo, Sinclair la llevó a la salita de mañana y la depositó suavemente en el sillón. Antes de que pudiera escapar completamente, le agarró de las solapas y le atrajo para darle otro lento y profundo beso. Él se sentó en el borde del sillón, con el rostro de Victoria entre los largos dedos de sus manos.

—Sin —dijo el conde, entrando en la habitación—, recibí tu carta. ¿De qué deseas hablar conmigo?

Sinclair se enderezó, sus ojos del color del whisky relampagueaban con frustrado humor.

—¿Estas cómoda?

—No.

Sin se aclaró la garganta.

—Te traeré un chal. Enseguida estoy contigo, Kingsfeld.

Con eso, pasó a toda prisa por delante del conde en dirección a las escaleras.

—No hace falta que te des prisa. Aprovecharé para familiarizarme con lady Althorpe.

Tratando de concentrarse en otra cosa que no fuera en lo espléndidamente que besaba su esposo, Victoria observó con atención a Astin Hovarth mientras éste se servía una copa de oporto de la licorera que se encontraba delante de la ventana. Tenía la misma altura que Sin, pero sus hombros y su torso eran más voluminosos que los de su marido, más parecido a un caballo de tiro que a un purasangre. Los ojos azul claro estudiaron brevemente la habitación antes de regresar nuevamente junto a ella, y Victoria recordó que era muy probable que hiciera más de dos años que él no ponía un pie en Grafton House.

—¿Hay algo que le resulte diferente? —le preguntó cuando éste se sentó en la silla más próxima a la suya.

—Bueno, Thomas nunca tuvo una dama tan hermosa como usted en su sillón. Me habría dado cuenta de eso.

Ella sonrió.

—Seguramente lord Althorpe no era del todo célibe.

—¿Hum? Ah, no. Pero su gusto era claramente mucho más anodino que el de su hermano. —Alzó su copa por ella a modo de brindis—. Es usted Vixen Fontaine, ¿no es así?

—Lo era —dijo con pesar.

—Quien una vez fue ruiseñor, siempre será un ruiseñor —dijo cordialmente—. Sin siempre tuvo buen ojo para las muchachas bonitas.

—¿Lo tenía? —repuso—. No parece muy probable que…

—Me sorprendió verle otra vez en Londres. Pensé que a estas alturas se habría establecido en París con alguna mujer —rio para sí—. Thomas siempre solía decir que nunca sabía dónde aparecería Sinclair.

Victoria se sorprendió de aquello. Parecía que Thomas conocía mejor el paradero de Sin que cualquiera de sus colegas espías. Por lo visto no le había pasado la información a lord Kingsfeld.

—Me gusta lo impredeci…

—No hay duda de que pensó que estando casado con Vixen no tendría que sentar cabeza por mucho tiempo.

El conde siguió charlando ajeno a todo, mientras Victoria trataba de no mirarle con el ceño fruncido. No le gustaba ser interrumpida, pero aún peor era que la ignorasen. Y el que hablara de, bueno, los pecados de Sin como si ella no estuviera presente era una absoluta grosería. Por fin relajó su discurso acerca de los distintos hoteles y posadas que se podían encontrar en París y la miró.

—¿Le gustaría que le trajera un bonito y mullido almohadón para su tobillo? Está siendo muy valiente al no llorar, querida.

—Estoy bien, graci…

—Según mi experiencia, la mayoría de las muchachas se lanzan a lloriquear hasta por la simple caída de un pétalo de flor. —Tomó otro sorbo de oporto—. Eso hacen. ¿Decía usted algo?

Sin entró de nuevo en la habitación llevando en las manos su chal verde de encaje doblado.

—Aquí tienes.

—Obviamente nada importante —contestó alegremente Vixen, poniéndose en pie y tomando la prenda de los dedos de su sorprendido esposo.

—¿Qué no es importante?

—Nada de lo que digo. Os dejaré para que habléis.

—Pero ¿y tu tobillo? —dijo él, mirándola con el ceño fruncido.

—Ya está mucho mejor —declaró por lo bajo y salió de la habitación para encontrarse con Lord Baggles, que al menos reparaba en si estaba o no en la habitación.

Lord Kingsfeld se quedó a cenar. Victoria se reunió con los dos hombres con tanto retraso como le fue posible. Comió lo más rápido que pudo, decidida a no pronunciar una sola palabra en presencia del conde para que fuera ignorada.

—Tu esposa es una bella ave —dijo Kingsfeld, sonriéndole a ella mientras Milo volvía a llenar su copa de vino—. Incluso su voz es como una melodía.

Victoria escarbó en su patata asada para ocultar su creciente enojo. Al parecer lord Kingsfeld la creía imbécil. Al igual que otros muchos hombres no veía más allá de su rostro y su figura. Si hubiera estado segura de que Sin tenía toda la información que necesitaba de su supuesto amigo, se habría dado el inmenso gusto de enseñar a Kingsfeld lo tremendamente equivocado que estaba.

—¿Has abierto Hovarth House? —preguntó Sinclair.

—Sí, esta misma mañana. No tenía intención de pasar mucho tiempo en Londres esta temporada, pero no pude resistirme a tu carta.

—Me alegro de que hayas venido. Ya has sido de lo más útil.

Kingsfeld sonrió.

—Entonces también yo me alegro. Y hay que felicitarte. Una esposa bella y decente resulta… muy difícil de encontrar hoy en día.

Sinclair ni siquiera pestañeó, pero Victoria tenía ganas de vomitar. En cambio, dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó.

—Si me disculpan, caballeros, me gustaría arreglarme el cabello antes de marcharnos.

—¿Marcharos?

—A la ópera —explicó Sinclair. Por un momento Victoria pensó que le pediría a Kingsfeld que los acompañara, pero por fortuna se contentó con dirigirle a ella una mirada indulgente—. Vixen adora la ópera.

—Sí, ciertamente —dijo con la mandíbula apretada e hizo una reverencia—. Buenas noches, lord Kingsfeld.

Él se puso en pie y le correspondió con otra reverencia.

—Lady Althorpe. Espero que nos veamos a menudo.

Ella sonrió.

—Ah, estoy convencida de que así será. —«No tengo ningunas ganas, en absoluto.»


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