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Joseph Bedier
Tristán e Isolda


Documento producido por proyecto Avalón – noviembre de 2002

Nada se sabe sobre el origen y procedencia de esta leyenda o esta historia, mucho más remota que la fecha a que corresponden los datos más antiguos que hacen referencia a ella. Por ejemplo, en las tríadas galesas del "Libro rojo" se habla de un porquero, Drysta, hijo de Tallwch, que vivía en la isla de Prydein (Bretaña), que "fue de mensajero a Essyllt" (Isolda) y que, además, era "maestro en mecánica". También en las tríadas de la "Myvyrian Archaeology of Wales", se alude a los tres enamorados de la isla Prydein y se cita concretamente a "Trystan, hijo de Tallwch, amante de Essyllt, mujer de March".

Desaparecidos por completo los poemas de La Chèvre y de Chrétien de Troyes, no ha sido posible establecer la relación que estas obras pudieron tener con un poema primitivo, anterior a los más antiguos, que Bédier supone estar compuesto desde principios del siglo XII. Pero sí ha podido establecerse una relación entre los dos poemas más antiguos, desgraciadamente incompletos, tales son el de Béroul, del que han llegado a nosotros unos tres mil versos, y el de Thomas, del que se conservan ocho fragmentos. El primero se supone escrito en Normandía hacia 1180, y tiene una continuación anónima, escrita hacia 1209. El poema de Thomas, anglonormando, fue escrito en Inglaterra entre 1155 y 1170.

Se conocen otras obras posteriores con el mismo tema, tal el poema de Eilhardo de Oberga (compuesto entre 1190 y 1200), la novela en prosa francesa, compuesta hacia 1230 y el poema episódico de la "Folie Tristan", compuesto hacia 1170.

Todas estas obras proceden, según Bédier, de un modelo que debió ser, en su tiempo, la ampliación de un arquetipo. Hay también otras obras que proceden más directamente del poema de Thomas. Tal es, entre otras, el "Tristan und Isolde", poema de Godofredo de Estrasburgo, compuesto entre 1200 y 1220 –incompleto- y del cual, como de las obras de sus continuadores, proviene la ópera de Wagner.

La versión que publicamos fue escrita en 1902 por el ilustre filólogo francés Joseph Bédier, uno de los más grandes medievalistas europeos, a quien se deben, precisamente, los estudios más importantes que se han realizado hasta la fecha con respecto a la leyenda de Tristán.

Para esta versión Bédier tomó como base el poema de Béroul, que ya había traducido al francés moderno, convirtiendo su traducción, como dice Gastón París, en un poema francés de mediados del siglo XII, pero compuesto a fines del XIX. En esencia, ésta es también la presente obra.


I

LA INFANCIA DE TRISTÁN

Du wærest swâre baz genant: Juvente bele et la riant!

(Gottfried de Strasbourg)

Señores, ¿os gustaría escuchar una hermosa historia de amor y de muerte? Es de Tristán y de la reina Isolda. Sabréis del goce y del dolor con que se amaron y cómo murieron, en el mismo día, él por ella, ella por él.

En aquel tiempo, el rey Marés reinaba en Cornualles. Sabiendo que sus enemigos le habían declarado la guerra, Rivalén, rey de Leonís, atravesó el mar para prestarle ayuda. Le sirvió con la espada y con el consejo, como lo hubiera hecho un vasallo, y con tal fidelidad que Marés le otorgó en recompensa a la hermosa Blancaflor, su hermana, a quien el rey Rivalén amaba con un amor maravilloso.

Acababan de celebrarse los esponsales en el monasterio de Tintagel cuando llegó la noticia de que su antiguo enemigo el duque Morgan se había lanzado sobre el Leonís, arrasando sus castillos, sus campos y sus ciudades. Rivalén equipó sus naves a toda prisa y llevó consigo a Blancaflor, que estaba encinta, hacia sus lejanas tierras.

Desembarcó ante su castillo de Kanoel, confió la reina a la salvaguarda de su mariscal Rohalt, a quien todos, por su lealtad, apodaban con un hermoso nombre, Rohalt el Fidelísimo, y luego, habiendo reunido a sus barones, partió para hacer la guerra.

Blancaflor le esperó mucho tiempo. Mas, ¡ay!, jamás había de volver. Un día supo que el duque Morgan le había matado a traición. No le lloró: ni una lágrima, ni un lamento, pero sus miembros se volvieron débiles y flojos; su alma quiso, con deseo intenso, escapar del cuerpo. Rohalt se esforzaba en consolarla.

—Reina —le decía—, no conseguiremos nada ensartando pena sobre pena; todo el que nace, ¿no ha de morir acaso? ¡Que Dios acoja a los muertos y guarde a los vivos!...

Pero ella no quiso escucharle. Tres días deseó ir a reunirse con su dueño amado. Al cuarto día dio a luz un hijo y tomándolo en sus brazos:

—Hijo —exclamó—, mucho tiempo he deseado verte, y veo en ti a la más hermosa criatura nacida de mujer. Con tristeza alumbro y triste es mi primera caricia, por ti siento la tristeza de morir. Y como has venido al mundo con tristeza, te llamarás Tristán.

Una vez pronunciadas estas palabras, le besó y falleció después de haberle besado.

Rohalt el Fidelísimo recogió al huérfano. Ya los hombres del duque Morgan cercaban el castillo de Kanoel. ¿Hubiera podido Rohalt sostener mucho tiempo la guerra? En verdad se dice: «Temeridad no es valentía. Hubo de rendirse a merced del duque Morgan. Pero temiendo que Morgan degollara al hijo de Rivalén, el mariscal le hizo pasar por hijo suyo y le educó entre sus propios hijos.

Cumplidos los siete años y no necesitando ya cuidados de mujer, Rohalt confió a Tristán a un sabio maestro, el buen escudero Gorvalán. Gorvalán le enseñó en pocos años las artes propias de los barones. Le enseñó a manejar la lanza, la espada, el escudo y el arco, a lanzar discos de piedra, a franquear de un salto los fosos más anchos; le inculcó el odio a la felonía y a la mentira, y le acostumbró a socorrer a los débiles, a guardar la fe jurada; le enseñó diversas clases de canto, el manejo del arpa y el arte de la montería; y cuando el niño cabalgaba entre los jóvenes escuderos, parecía como si su caballo, sus armas y él formaran un solo cuerpo y nunca hubieran estado separados. Al verle tan noble y gallardo, ancho de espaldas, estrecho de caderas, fuerte, fiel y valeroso, todos alababan a Rohalt por semejante hijo. Pero Rohalt, pensando en Rivalén y en Blancaflor, de quienes revivía la juventud y la gracia, amaba a Tristán como a un hijo y secretamente le reverenciaba como a su señor.
Mas sucedió que toda su alegría quedó desvanecida cuando unos mercaderes de Noruega atrajeron a Tristán a bordo de su nave y se lo llevaron como una hermosa presa. Mientras se hacían a la vela hacia ignotas tierras, Tristán se debatía como un lobezno cogido en la trampa. Pero es verdad probada, y todos los marineros lo saben, que el mar lleva a disgusto las naves desleales y no protege los raptos ni las traiciones. Sublevóse furiosa, sumergió a la nave en tinieblas y la arrastró durante ocho días y ocho noches a la ventura. Al fin los marineros vislumbraron a través de la niebla una costa escarpada y erizada de escollos, contra la cual se estrellaría la quilla. Se arrepintieron; comprendiendo que la furia del mar provenía de aquel niño en mala hora arrebatado, hicieron, voto de liberarle y aparejaron una barca para llevarlo a la orilla. De súbito aplacóse el viento, decreció el oleaje y mientras la nave de los noruegos desaparecía en lontananza, las olas risueñas y apacibles condujeron la barca de Tristán hasta la arena de una playa.

Con un gran esfuerzo escaló el acantilado y vio que más allá de una landa hundida y desierta se extendía una selva sin fin. Se lamentaba añorando a Gorvalán, a Rohalt, su padre, y la tierra de Leonís, cuando el bullicio lejano de una cacería, a toque de cuerno y con gran algazara, regocijó su corazón. De entre la espesura surgió un hermoso ciervo. La jauría y los monteros le seguían el rastro con gran tumulto de voces y trompetas, pero como los sabuesos colgaban ya en racimos de la piel de su crucero, la bestia, a algunos pasos de Tristán, dobló las patas, agonizante. Un montero la remató con el venablo. Mientras los cazadores alineados en círculo señalaban pieza cobrada a toque de cuerno, Tristán, atónito, vio que el montero mayor rajaba ampliamente el cuello del ciervo como para cortarlo. Exclamó:

—¿Qué hacéis, señor? ¿Está bien descabezar esta bestia tan noble, como si fuera un cerdo degollado? ¿Es costumbre del país?

—Buen hermano —respondió el montero—, ¿qué hago que pueda sorprenderte? Sí, corto primero la cabeza de este ciervo, después dividiré el cuerpo en cuatro partes y las llevaremos colgadas de los arzones de nuestras sillas al rey Marés, nuestro señor. Así lo hacemos y desde el tiempo de los más antiguos monteros se ha venido haciendo en Cornualles. Pero si tú conoces alguna costumbre más loable, enséñanosla: toma este cuchillo, buen hermano, y nosotros la aprenderemos con mucho gusto.

Tristán se hincó de rodillas y quitó la piel al ciervo antes de deshacerlo; después despedazó a la bestia dejando intacto el hueso sacro, según costumbre; luego separó las extremidades, el morro, la lengua, las criadillas y la vena del corazón.

Y monteros y lacayos de jauría, inclinados sobre él, le contemplaban arrobados:

—Amigo —dijo el montero mayor—, bellas costumbres son éstas; ¿en qué tierra las aprendiste? Dinos tu país y tu nombre.

—Buen señor, me llamo Tristán y aprendí estas costumbres en mi tierra de Leonís.

—¡Tristán —dijo el montero—, que Dios recompense al padre que te ha criado tan noblemente! ¿Es sin duda barón rico y poderoso?

Pero Tristán, que sabía hablar bien y callar mejor, contestó con astucia:

—No, señor, mi padre es un mercader. He huido secretamente de casa a bordo de una nave que partía para comerciar en lejanas tierras, pues querría aprender cómo se comportan los hombres de los países extranjeros. Pero si me aceptáis entre vuestros monteros, os seguiré de buena gana y os enseñaré, señor, otros pasatiempos de montería.

—Hermoso Tristán, me admira que haya una tierra donde los hijos de los mercaderes sepan cosas que en otra ignoran los hijos de los caballeros. Pero ven con nosotros, si así lo deseas, y sé bienvenido. Te llevaremos al rey Marés, nuestro señor.

Tristán acabó de descuartizar el ciervo. Dio a los perros el corazón, los despojos de la cabeza y las entrañas y enseñó a los cazadores cómo debe prepararse la porción destinada a los perros y la que ha de servir de cebo. Después enristró los trozos bien divididos y los confió a los diferentes monteros: la cabeza a uno, a otro la grupa y los grandes filetes; a éste espaldas, a aquél las ancas, a estotro los lomos. Les enseñó cómo habían de alinearse de dos en dos para cabalgar en buen orden, según la categoría de los pedazos de caza enristrados en las horquillas.

Luego se pusieron en camino, conversando, hasta que al fin divisaron un rico castillo. Estaba rodeado de prados, jardines, surtidores, pesquerías y tierras de labrantío. Numerosas naves fondeaban en el puerto. El castillo se erguía sobre el mar, fuerte y hermoso, bien fortificado contra todo asalto y toda artimaña de la guerra; y la torre del homenaje, erigida por gigantes en remotos tiempos, estaba construida con bloques de piedra, grandes y bien tallados, dispuestos como un tablero de verde y azul.

Tristán preguntó el nombre de este castillo.

—Hermoso mancebo, se llama Tintagel.

—Tintagel —exclamó Tristán—, ¡bendito seas de Dios y benditos sean tus moradores!

Señores, era allí donde en otro tiempo, con gran júbilo, su padre Rivalén celebró sus desposorios con Blancaflor. Mas, ¡ay!, Tristán lo ignoraba.

Llegados al pie de la torre maestra, las charangas de los monteros atrajeron a las puertas a los barones y al mismo rey Marés.

Después que el montero mayor lo hubo contado la aventura, Marés admiró los hermosos arreos de caballería, el ciervo bien despedazado y el gran acierto en los usos de la montería. Pero admiraba sobre todo al hermoso muchacho extranjero y sus ojos no podían separarse de él. ¿De dónde provenía tan honda ternura? El rey interrogaba a su corazón y no podía comprenderlo. Señores, era su sangre que se conmovía y hablaba dentro de sí y el amor que en otro tiempo sintiera por Blancaflor, su hermana.

Por la noche, una vez levantados los manteles, un juglar galés, maestro en su arte, avanzó entre los barones reunidos y cantó layes de arpa. Tristán estaba sentado a los pies del rey y como el arpista preludiara una nueva melodía, Tristán le habló así:

—Maestro, este romance es bello entre los más bellos: los antiguos bretones lo compusieron antaño para celebrar los amores de Graelent. Dulce es su tono y dulces sus palabras. Maestro, tu voz es hábil, acompáñalo bien con tu arpa.

El galés cantó y respondió luego:

—Chiquillo, ¿qué sabes tú del arte de los instrumentos? Si los mercaderes de la tierra de Leonís enseñan también a sus hijos a tocar el arpa, la cítara y la vihuela, toma el arpa y muéstranos tu habilidad.

Tristán tomó el arpa y cantó tan bellamente que los barones se enternecieron al oírle. Y Marés admiraba al arpista venido de aquel Leonís adonde antaño Rivalén se llevó a Blancaflor.

Acabado el canto, el rey permaneció largo rato callado.

—Hijo —exclamó al fin—, ¡bendito sea el maestro que te enseñó y bendito de Dios seas tú! Dios ama a los buenos cantores. Su voz y el arpa penetran en el corazón de los hombres, desvelan los recuerdos amables y hacen olvidar los duelos y las vilezas. Has venido a esta mansión para alegría nuestra. ¡Quédate por mucho tiempo a mi lado, amigo!

—De buena gana os serviré, señor —respondió Tristán—, como arpista, como montero y como súbdito vuestro.

Así lo hizo y, durante tres años, un mutuo afecto creció en sus corazones. Durante el día, Tristán seguía a Marés a la audiencia o a la caza y, por la noche, como dormía en la cámara real con los privados y los fieles, si el rey estaba triste tocaba el arpa para mitigar sus penas. Los barones le querían y, más que ninguno, como os enseñará la historia, el senescal Dinas de Lidán. Pero más tiernamente que los barones y que Dinas de Lidán le amaba el rey. A pesar de su afecto, Tristán no se consolaba de haber perdido a su padre, a su maestro Gorvalán y la tierra de Leonís.

Señores, el narrador, para no ser enojoso, debe evitar los relatos demasiados largos. Muy bellos y muy diversos son los elementos de esta historia: ¿qué ganaríamos con prolongarla? Diré, pues, brevemente, que tras haber vagado largo tiempo por tierras y por mares, Rohalt el Fidelísimo atracó en Cornualles y enseñando al rey el carbunclo dado por él a Blancaflor en otro tiempo como rico presente nupcial, le dijo:

—Rey Marés, éste es Tristán de Leonís, vuestro sobrino, hijo de vuestra hermana Blancaflor y del rey Rivalén. El duque Morgan gobierna su tierra contra toda razón: es hora de que vuelva a su heredero.

Y diré brevemente cómo Tristán, ya armado caballero por su tío, atravesó el mar en las naves de Cornualles, se hizo reconocer por los antiguos vasallos de su padre, desafió al asesino de Rivalén, le dio muerte, y recobró su tierra.

Pensó luego que el rey Marés ya no viviría feliz sin él, y como la nobleza de su corazón le revelaba siempre la decisión más acertada, llamó a sus condes y barones y les habló de esta manera:

—Señores de Leonís, he reconquistado este país y he vengado al rey Rivalén con la ayuda de Dios y la vuestra. Así he reivindicado a mi padre. Pero dos hombres, Rohalt y el rey Marés de Cornualles, han sostenido al huérfano y al niño errante y debo también llamarles padres, ¿No les debo prestar, también, mi ayuda? Ahora bien, el hombre de alto rango posee dos cosas: su tierra y su cuerpo. A Rohalt, que veis aquí, cederé mi tierra: padre, vuestra será y de vuestro hijo después de vos. Al rey Marés cederé mi cuerpo; abandonaré este país, aunque muy amado, e iré a servir a Marés, mi señor, en Cornualles. Esta es mi idea; pero vosotros sois mis leales, señores de Leonís, y me debéis consejo. ¡Sí alguno de vosotros quiere enseñarme otra resolución, que se levante y que hable!
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