La carrera del profesor universitario: cada vez más larga, MÁs pobre y más precaria






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La invención de la carrera profesoral



Hablar de carrera profesoral para referirnos a los hechos de que vamos a tratar es una concesión sin duda excesiva a sus pretensiones de lógica o racionalidad. Pues lo que en realidad ha ocurrido es una proliferación de categorías de docentes universitarios subalternos o inferiores. Esta proliferación es cosa de los últimos cuarenta años; empezó de modo informal con el crecimiento del alumnado de los años sesenta y fue formalizada con la Ley General de Educación de 1970. Antes de estas fechas, la docencia universitaria era una actividad única ejercida en su casi totalidad por catedráticos. Estos catedráticos eran los únicos docentes sensu stricto; los ayudantes, como su propio nombre indica, se limitaban a ayudarles y eventualmente sustituirlos.
La perversión del sistema consistía entonces en que el catedrático podía hacerse sustituir por sus ayudantes de modo casi permanente, convirtiendo la cátedra en una sinecura y a sí mismo en ..absentista. Siguiendo la estela de los regeneracionistas -la capacidad de observar, analizar y discutir ex novo era todavía tremendamente limitada- todos los que escribieron sobre los males de la universidad en aquellos años encontraban en el absentismo uno de los más grandes males de la Universidad, lo atribuían al hecho de que las cátedras fueran vitalicias y proponían para remediarlo la dedicación exclusiva -el tiempo de docencia se complementaría con tiempo de investigación- y un indefinido sistema de control que permitiera despedir a los incumplidores y a los incompetentes.
Así estaban las cosas cuando comencé a estudiar Filosofía y Letras en Valencia en 1965, y creo que se me puede permitir que lo recuerde porque justo en aquellos años comenzaron los cambios que llevarían primero a la proliferación de profesores y finalmente a la ‘carrera docente’. Todos los alumnos de primero de comunes cabíamos todavía en un aula y todos nuestros profesores eran catedráticos de Universidad. Carlos París de Filosofía, Julián San Valero de Historia Antigua, Juan Reglá de Moderna, Miguel Dolç de Latín y Griego, Francisco Sánchez-Castañer de Lengua, Felipe Garín de Historia del Arte; y en segundo repetían París, Castañer, Reglá y Dolç, más Antonio Ubieto en Historia de España. Ninguno de ellos era absentista. Más aún, lo normal es que, mejor o peor, dieran todas las clases, sin ayudantes que los suplieran, excepto Castañer las de Fonética los sábados y Gómez, el de Geografía, que se turnaba con Burriel, llamado ‘el geografito’. Lo que no significa, claro está, que incumplieran sus obligaciones. Menos normal, aunque en modo alguno infrecuente, era que estos catedráticos tuvieran una sólida obra científica tras de sí. Algunos de ellos siguen siendo después de tantos años figuras señeras en sus especialidades, pero incluso desde la ignorancia de los alumnos de comunes teníamos noticia de Mundo técnico y existencia auténtica, de unos Ensayos sobre los Moriscos o de una cierta edición de los Catulli Carmina. Y aunque todos los profesores nos parecían mayores y algunos como San Valero y Reglá sin duda lo eran, otros eran muy jóvenes, particularmente París, que había sacado la cátedra a los 25 años (aún así no deja de presumir en su biografía de haber sido adjunto de 465 pesetas mensuales).
Me permito este recuerdo de los que fueron mis primeros maestros en esta universidad no sólo para rendirles un modesto homenaje, sino para subrayar que también el cambio que entonces comenzó y que la LOCE todavía continúa, tomaba como pretexto un mal, el absentismo, probablemente insignificante, pero de gran impacto mediático. Lo que teníamos entonces era el modelo de universidad latina de que hablara Giner de los Rios, con los planes de estudio de Filosofía enfocados a las correspondientes oposiciones de Instituto: “La universidad alemana tiene por fin capital la investigación de la ciencia y la educación de los científicos, fin al que se subordina todo fin profesional de otra índole, del cual procuran desembarazarse por el examen de Estado. La universidad inglesa (la más evolucionada, quizá) se propone la educación general superior de sus alumnos en los varios órdenes de la vida, y sólo con el primero de éstos (teóricamente), su cultura y aun educación en el conocimiento; pero quizás más bien puramente intelectual que propiamente científica. La universidad latina, que tal vez ha roto más bruscamente con la historia, parece, sin embargo, la más estrictamente profesional, esto es, destinada a la preparación para aquellas carreras que, desde la creación de las universidades, se vienen estudiando en éstas; por más que en muchas de este grupo ha de desaparecido la teología...”(Francisco Giner de los Rios, Escritos sobre la Universidad española, Edición de Teresa Rodríguez de Lecea, Madrid:Espasa-Calpe; p. 117).:
¿En qué ha consistido el cambio?. Lo podemos sintetizar en cuatro aspectos o rasgos:

1. Cambio de la Cátedra por el Departamento,

2. Cambio de la igualdad por la jerarquía.

3. Cambio de la docencia por la investigación y

4. Cambio del autocontrol deontológico por el heterocontrol productivista.
Podemos tomar del mismo Carlos París, autor de un pequeño libro sobre la reforma dela Universidad, el relato de cómo la idea de Departamento comenzó a sustituir a la de Cátedra como estructura adecuada para que la Universidad asumiera la investigación entre sus tareas habituales, orientándose desde el modelo latino hacia el modelo alemán. “El profesor Lora Tamayo, nuevo titular de la cartera de Educación Nacional, que pasará a llamarse de ‘Educación y Ciencia’, se encontraba considerado como persona especialmente preocupada por los problemas de la investigación española. Un sector de su acción ministerial trata de responder a estas expectativas, aunque las realizaciones resultan notoriamente insuficientes para poner en marcha una investigación universitaria en condiciones adecuadas. En esta línea se encuentra la creación del Fondo Nacional de Investigación y se establecen contratos de investigación con los profesores universitarios que lo soliciten. Aunque estas iniciativas producen ciertos efectos positivos, dada la situación de las cátedras que carecían prácticamente de toda consignación de investigación, las cantidades disponibles resultan notoriamente insuficientes... Se instituyen los Departamentos como base de la organización facultativa frente a la tradición de la cátedra en calidad de centro referencial decisivo de la vida docente universitaria. Se trata, en profunda unidad, de superar la vieja ecuación ‘profesor universitario igual a catedrático’ prácticamente vigente en la Universidad española, en que el resto de las figuras profesorales, ayudantes, auxiliares o adjuntos, representaban un puro acompañamiento, especialmente en las facultades teóricas. La creación de la figura de ‘profesor agregado’ se encuadra en la reforma del procedimiento de acceso a cátedra, tratando de que la titularidad represente la culminación de carrera docente con su acumulación de experiencia y posibilidad de una valoración efectiva sobre el ejercicio real de la enseñanza, en lugar de la investidura súbita conseguida en el proceso de la oposición. En conjunto, se aspira a enriquecer y organizar la estructura del profesorado, Se trata de construir ‘piramidalmente’ -expresión muy en boga en esta época- la docencia y la investigación. De que el trabajo en equipo reemplace al individualismo y al aislamiento...” (Carlos París, La Universidad española actual: posibilidades y frustraciones. Cuadernos para el Diálogo, Madrid, 1974, p. 66-67).
La cita, perdónese la longitud, deja bien clara la estrecha conexión entre organización piramidal y jerárquica de los departamentos y conversión de la universidad en universidad investigadora. El doble proceso, comenzado por Lora Tamayo en los sesenta, ha continuado hasta nuestros días, impulsado con rara unanimidad por los gobiernos de la dictadura y de la democracia, de UCD, del PSOE y del PP. París no utiliza la expresión ‘carrera’, que realmente es una racionalización a posteriori del proceso. Pues la proliferación de figuras de profesores, que culmina en la selva de contratos que permite la Ley Orgánica de Universidades de 2002, además de un resultado pretendido por las políticas de construcción ‘piramidal’ de los departamentos, estuvo siempre condicionada por la presión de dos fuerzas muy poderosas, pero impresentables en público: la insuficiente provisión de fondos por parte de las administraciones y el deseo de los catedráticos de mantenerse en la cúspide de la pirámide. El resultado es que el proceso de desarrollo de la ‘carrera’ docente e investigadora ha sido siempre incompleto, inconsecuente y muchas veces vergonzante, pero moviéndose siempre en la misma dirección: comenzar cada vez más bajo, hacerlo cada vez más difícil.


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