La carrera del profesor universitario: cada vez más larga, MÁs pobre y más precaria






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La diversidad como problema



La propuesta que acabo de esbozar es una propuesta de carácter muy general, que pretende ser adecuada para toda la Universidad. Un problema de estas propuestas generales es que, al contrario de lo que su nombre sugiere, la Universidad es altamente diversa, y se vuelve cada vez más a medida que se le agregan funciones, como la investigación o ahora la Formación Continua, o se le añaden titulaciones, pues no hay gremio que no aspire a encumbrarse socialmente convirtiendo los correspondientes estudios en universitarios. Cualquier propuesta, por tanto, encaja mejor en unos estudios que en otros y todas suelen cometer pecado de metonimia, pues hablan de la Universidad cuando realmente sólo han pensado en alguna de sus secciones.
Yo, en particular, me habré dejado llevar por mi experiencia en el ámbito de la s Humanidades que estudié y de las Ciencias Sociales que luego he profesado. Puede, por ello, que minusvalore la importancia que tienen los profesores asociados en la enseñanza práctica de la medicina, o la de los ayudantes de laboratorio en la de las Ciencias, o la de los profesores del mismo título y oficio en Enfermería o Magisterio. En cualquier caso, la propuesta de devolver el protagonismo a la docencia tiene la enorme ventaja de que se centra en lo más semejante que tienen todas las Facultades y Escuelas Universitarias y deja de lado la investigación, que es precisamente aquello en lo que más se diferencian.
Como filósofo primero y sociólogo después, estoy en buena situación para apreciar que la unión estrecha de investigación y docencia es la metonimia favorita de los científicos naturales; y ello porque en las Facultades de Ciencias los profesores no se pueden buscar otra actividad complementaria de la docencia que no sea la investigación, y miden su éxito por el número de sus publicaciones, los fondos de sus laboratorios y el número de sus becarios y discípulos. Ahora bien, este es un mundo bien distinto del de las disciplinas sociales, donde suele pasar por investigación lo que en puridad son informes profesionales sobre el estado de una cuestión como las drogas, el casco viejo de Madrid, el precio de la vivienda o el fracaso escolar. Y aún esto es investigación, aunque sea práctica y aplicada, y puede hacerse en equipo. Lo tienen peor los humanistas que han de esforzarse, e incluso humillarse, para encajar sus estudios en los marcos y los términos diseñados por y para los de Ciencias. Un estudio sobre ‘Los precedentes de la teoría de la acción comunicativa de J. Habermas’, que forzosamente ha de realizar un solo individuo interpretando textos, se transforma ante la burocracia de las ayudas a la investigación en una serie de despropósitos repartidos entre estado de la cuestión, objetivos generales, objetivos particulares, hipótesis de trabajo, medios disponibles, beneficios y aplicaciones resultantes, incluyendo patentes, y, lo que seguramente es peor de todo, una presentación del historial y la competencia del equipo investigador. Pues si se insiste en llamar a esto investigación, y cierto derecho tiene desde luego a reclamar el término, se trata de investigación artesanal, no de laboratorio (la distinción, su distribución por ramas y muchas más cosas puede verse en Manuel Fernández Esquinas, La formación de investigadores científicos en España, CIS, 2002, conclusiones). Y peor todavía se las ven los que enseñan disciplinas aplicadas y artísticas en las que prácticamente no cabe investigación, sino a lo sumo invención y desarrollo, como las ingenierías, la arquitectura, la didáctica, la pintura, el derecho o la contabilidad. Todos ellos, actualmente, han de someterse para conseguir ascensos a los mismos procedimientos de evaluación discurridos por y para los científicos, si no quieren verse desprovistos del prestigioso marchamo de ‘investigadores’.
Pues bien, sería mucho más fácil establecer los rasgos comunes de una carrera docente basada en la docencia que los de una carrera docente basada en la investigación, cuando hay disciplinas universitarias de pleno derecho en las cuales ésta es sencillamente imposible y sólo son viables la aplicación y el estudio.
Julio Carabaña (revisado en Madrid, el 12-8-03)



1En la segunda convocatoria, julio de 2003, hay 157 plazas entre titulares y catedráticos y ninguna de Sociología.

2 Y la traducción en modo indicativo.

3 Extraigo los párrafos que me parecen mejores: “La actividad propia del buen profesor no es la investigación, sino el estudio. Son actividades muy distintas. Investigar es buscar saberes nuevos para todo el mundo, saberes nuevos en sí. Estudiar es adquirir saberes que ya existen, saberes que ya son públicos, y que sólo son nuevos para el que estudia. Investigar es una actividad cada vez más especializada, que exige invertir un enorme esfuerzo en cada tema puntual. Pero suelen bastar unas horas para aprender lo costó siglos averiguar, y por eso el estudio puede abarcar disciplinas enteras. La investigación exige el uso de una gran variedad de técnicas e instrumentos: exige del naturalista que salga al campo, del químico que viva en el laboratorio...El estudio sólo requiere, por lo regular, leer los relatos de los investigadores. La investigación es una actividad que compite por el reconocimiento de los iguales, guiada ante todo (creamos por ahora a Merton) por la vanidad y la autoafirmación. El estudio es una actividad sobre todo humilde, guiada por el deseo de aprender de los otros, no de (sólo) enseñarles. Hasta en el modo de leer se distinguen el investigador y el estudioso. El investigador se levanta cada mañana a comprobar que sus rivales no le han pisado el descubrimiento y lee atropelladamente buscando citas en que apoyarse él para derribar al competidor. El estudioso lee intentando comprender qué saber nuevo (para él) hay en lo que está leyendo y cómo integrarlo en lo que ya sabe. El investigador escribe artículos o monografías procurando (creamos de nuevo a Merton) ser el primero; el estudioso, si escribe, lo hace para sintetizar y divulgar lo que muchos otros han averiguado.

Se me puede objetar que fuerzo la oposición y que hay otras cualidades intelectuales y de carácter, como la curiosidad o el espíritu crítico, que son comunes a las dos actividades. Esto es así, y esa es una segunda fuente de sinergia o complementariedad entre docencia e investigación, mucho más importante que la de los contenidos. Hay más: conviene que el estudioso tenga experiencia investigadora como en general conviene que el usuario tenga experiencia de la producción, para que su juicio sea más certero y su apreciación más justa. También al investigador le conviene estudiar y adquirir una visión global de su campo e incluso de los vecinos so pena de convertirse en un simple Fachidiot (o en un Fachidiot con un hobby) y menguar gravemente su capacidad de descubrimiento y comprensión. Por eso es bueno en general que los docentes investiguen, aun cuando no sea en absoluto preciso ser un investigador (ni siquiera malo) para ser un buen profesor ni viceversa (aunque esto nunca se plantea), del mismo modo que, si se me permite la analogía, es bueno que el comerciante conozca el origen de lo que vende, aunque nadie le exija ser también productor y menos aún que distribuya sólo lo que produce.








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