Capítulo I






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Andrew Davidson



LA GÁRGOLA

«Die Liebe ist stark wie der Tod, hart wie die Hölle.»

Der Tod scheidet die Seele vom Leibe,

die Liebe aber scheidet all Dinge von der Seele...

Meister Eckhart, deutscher Mystiker

Predigt: «wige Gerburt»

* * *

«El amor es tan fuerte como la muerte, tan duro como el Infierno»

La muerte separa el alma del cuerpo,

pero el amor lo separa todo del alma.

Maestro Eckhart, místico alemán

Sermón: «Nacimiento eterno»

ÍNDICE


Capítulo I 4

Capítulo II 16

Capítulo III 32

Capítulo IV 47

Capítulo V 53

Capítulo VI 68

Capítulo VII 71

Capítulo VIII 77

Capítulo IX 83

Capítulo X 86

Capítulo XI 90

Capítulo XII 107

Capítulo XIII 114

Capítulo XIV 121

Capítulo XV 131

Capítulo XVI 138

Capítulo XVII 145

Capítulo XVIII 152

Capítulo XIX 157

Capítulo XX 165

Capítulo XXI 171

Capítulo XXII 183

Capítulo XXIII 187

Capítulo XXIV 191

Capítulo XXV 196

Capítulo XXVI 205

Capítulo XXVII 213

Capítulo XXVIII 221

Capítulo XXIX 225

Capítulo XXX 245

Capítulo XXXI 258

Capítulo XXXII 265

Capítulo XXXIII 268

AGRADECIMIENTOS 278

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 279


Capítulo I


Todos los accidentes emboscan a los desprevenidos, a veces con violencia, igual que el amor.

Era Viernes Santo y el alba empezaba a disolver las estrellas. Por costumbre, me acariciaba la cicatriz del pecho mientras conducía. Los ojos me pesaban y se me nublaba la vista, nada extraño teniendo en cuenta que me había pasado la noche inclinado sobre un espejo esnifando rayas de polvo blanco que parecían barrotes que encarcelaban mi rostro en una jaula de cristal. Creía que la droga afinaría mis reflejos. Me equivocaba.

A un lado de la sinuosa carretera había un barranco profundo; al otro, un bosque oscuro. Traté de mantener los ojos pegados a la carretera pero tenía la inquietante sensación de que algo estaba a punto de abalanzarse sobre mí desde los árboles, quizá una banda de mercenarios. Así es como funciona la paranoia de las drogas, por supuesto. Mi corazón latía a martillazos y aferré el volante con más fuerza, sintiendo que el sudor se me acumulaba en la base del cuello.

Entre las piernas llevaba encajada una botella de bourbon, que intenté coger para echar otro trago. Se me escurrió y antes de caer al suelo del coche rebotó sobre mi regazo, salpicando por todas partes. Me agaché para recogerla antes de que se derramara el resto del contenido y cuando levanté la vista me encontré con la visión, la ridícula visión, que lo empezó todo. Vi un enjambre de flechas encendidas saliendo de los árboles directamente hacia mi coche. El instinto tomó las riendas y di un volantazo para alejarme del bosque que ocultaba a mis invisibles agresores. No fue una buena idea, porque lancé mi coche contra la alambrada que me separaba del precipicio. Hubo un aullido de metal contra metal cuando la puerta del pasajero chocó contra los tensos cables y una docena de golpes sordos cuando embestí los sucesivos postes de madera, cada impacto como la descarga eléctrica de un desfibrilador.

Compensé en exceso y me metí en el carril contrario, casi chocando con una furgoneta. Para evitarla giré con demasiada fuerza el volante, lo que me llevó de nuevo contra la valla. Los cables se rompieron y restallaron por todas partes, como tentáculos letales de un pulpo arponeado. Uno de ellos agrietó el parabrisas y recuerdo que pensé que había tenido suerte de que no me alcanzase mientras el coche se precipitaba convulsionándose en brazos del abismo.

Hubo un breve instante de ingravidez: un punto de equilibrio entre aire y tierra, suelo y cielo. Qué extraño, pensé, qué parecido al momento entre vigilia y sueño cuando todo es hermoso y surrealista y nada es corpóreo. Qué parecido a flotar hacia la plenitud. Pero igual que ese período entre el mundo real y los sueños, este momento más allá del borde acabó con una despiadada sacudida que me trajo de vuelta a la realidad.

Un accidente de tráfico parece durar una eternidad y siempre existe un punto en el que crees que puedes corregir el error. Sí, piensas, es verdad que me estoy despeñando montaña abajo en un coche que pesa una tonelada y media. Es cierto que hay una caída de treinta metros hasta el fondo del barranco. Pero seguro que si giro el volante con fuerza hacia un lado, todo acabará bien.

Una vez que has girado ese volante y descubierto que no arregla nada, te sobreviene un pensamiento, claro y puro: Oh, mierda. Durante un glorioso instante alcanzas el estado de bendito vacío que los filósofos orientales se pasan la vida buscando. Pero al alcanzar esa trascendencia tu mente se convierte en un superordenador capaz de calcular los giros del coche, multiplicarlos por la velocidad de la caída y el ángulo de descenso, aplicar al resultado las leyes de Newton sobre el movimiento y, en una décima de segundo, llegar a la terrorífica conclusión de que esto va a doler mucho.

Tu coche gana velocidad mientras desciende por el terraplén dando tumbos. Pronto se demuestra correcta tu hipótesis: es, desde luego, bastante doloroso. Tu cerebro cataloga las distintas sensaciones. Están las vueltas de campana, el remolino de desorientación y los chillidos de dolor del coche mientras practica su macabro yoga. Está el crujido del metal, presionando contra tus costillas. Luego está el malicioso olor del diablo, su tridente clavándosete en el culo y el sabor del azufre en la boca. El Cabrón está ahí, claro, no lo dudes.

Recuerdo el abrasador relámpago cuando los bajos del coche me cortaron todos los dedos del pie izquierdo. Recuerdo que la columna de dirección pasó volando sobre mi hombro. Recuerdo la erupción de cristales que me rodeó por completo. Cuando el coche se detuvo al fin, quedé colgando boca abajo, sujetado por el cinturón. Oía el siseo de diversos gases escapando del motor y las ruedas todavía dando vueltas afuera, arriba, y, al cesar las sacudidas, quedó el crujido del metal del coche, aposentándose como una tortuga panza arriba.

Justo cuando empezaba mi deriva a la inconsciencia, hubo una explosión. No una explosión como en las películas, sino una explosión pequeña, de las de la vida real, como la ignición de un desdichado horno de gas que le guarda rencor a su dueño. Un relámpago de llamas azules recorrió el techo del coche, que había quedado inclinado bajo mi cuerpo colgante. De mi nariz saltó una gota de sangre que cayó expectante entre las felices y jóvenes llamas que habían cobrado vida debajo de mí. Primero sentí que mi cabello se quemaba, luego pude olerlo. Mi cuerpo empezó a tostarse como si yo fuera un pedazo de carne en una barbacoa y escuché cómo mi piel rompía a hervir cuando las llamas empezaron a lamerla. No podía alcanzarme la cabeza para apagar mi cabello en llamas. Mis brazos no respondían.

Imagino, querido lector, que habrá tenido alguna experiencia con el calor. Quizá haya servido té hirviendo en un ángulo incorrecto y el vapor le haya subido por la manga; o, con el atrevimiento de la juventud, quizá sostuvo una cerilla entre los dedos tanto como pudo. ¿Hay alguien que no haya llenado la bañera de agua demasiado caliente y olvidado probar la temperatura antes de meter todo el pie? Si alguna vez le ha sucedido alguno de estos percances menores, quiero que imagine algo nuevo. Imagine ir a uno de los fogones de su cocina, digamos que es una cocina eléctrica con fogones negros. No ponga un cazo con agua sobre el fogón, pues el agua se limita a absorber el calor y utilizarlo para hervir. Quizá asciendan del fogón pequeños hilillos de humo de algún residuo que había quedado la última vez que cocinó. De entre los aros negros surge un ligero tono violeta, y luego el fogón asume un tono púrpura rojizo, como la zarzamora antes de madurar. De ahí pasa al naranja y finalmente —¡finalmente!— a un rojo intenso y brillante. Es bonito, ¿verdad? Ahora baje la cabeza hasta que sus ojos queden alineados con la superficie de la cocina y pueda ver a través de las relucientes olas de aire ascendente. Piense en aquellas películas antiguas en las que el héroe otea a través del desierto un inesperado oasis. Ahora quiero que pase suavemente las yemas de los dedos de la mano izquierda sobre la palma de la mano derecha, apreciando cómo la piel registra hasta el contacto más ligero. Si fuera otra persona la que lo hiciera es posible que se excitase. Ahora, quiero que pose con fuerza esa mano sensible y receptiva sobre el fogón al rojo vivo.

Y manténgala allí. Manténgala allí mientras el fogón le graba a fuego los nueve círculos de Dante directamente en la palma, permitiéndole tener a mano el Infierno para siempre. Deje que el calor marque la piel, los músculos, los tendones; deje que cale hasta el hueso. Espere hasta que la quemadura se meta tan dentro de usted que no sepa si jamás será capaz de apartarse de ese fogón. No pasará mucho hasta que le alcance la peste de su propia carne quemada, un hedor que se apoderará de los pelos de su nariz y se negará a marcharse. Olerá cómo arde su cuerpo.

Quiero que siga apretando la mano contra el fogón mientras cuenta lentamente hasta sesenta. Sin hacer trampas. Un Miss-is-sip-pi, dos Miss-is-sip-pi... Al llegar a sesenta Miss-is-sip-pi la mano se habrá deshecho rodeando el fogón y se habrá quedado fundida a él. Ahora libérela de un tirón.

Tengo otra tarea para usted: agáchese, ponga la cabeza de lado y apoye la mejilla en el mismo fogón, apretando con fuerza. Le dejo escoger el lado de la cara que prefiera. De nuevo, aguante sesenta Mississippis, sin trampas. Le resultará práctico tener la oreja ahí mismo para capturar los chasquidos, el crepitar y los borboteos de su carne.

Puede que ahora se haga vagamente una idea de lo que sentí inmovilizado en aquel coche, sin poder escapar de las llamas y lo bastante consciente como para disfrutar la experiencia hasta que entré en shock. Hubo unos pocos piadosos segundos en los que pude oír, oler y pensar, seguir documentándolo todo, pero sin sentir nada. ¿Por qué ya no me duele? Recuerdo que cerré los ojos y deseé una oscuridad bella y completa. Recuerdo que pensé que debí haberme hecho vegetariano.

El coche se balanceó de nuevo y cayó al riachuelo al borde del cual se había detenido. Como si la tortuga hubiera podido ponerse de nuevo en pie y se hubiera arrastrado hasta la fuente de agua más cercana.

Este acontecimiento —que el coche cayera al riachuelo— me salvó la vida al extinguir las llamas y refrescar mi carne recién asada.

* * *

Todos los accidentes emboscan a los desprevenidos, a veces con violencia, igual que el amor.
No sé si empezar con mi accidente es lo mejor que podía haber hecho, pues éste es el primer libro que escribo. Lo cierto es que he empezado por el accidente porque quería captar su interés y engancharle a esta historia. Continúa leyendo, así que parece que ha funcionado.

Me estoy dando cuenta de que lo más complicado de escribir no es el acto en sí de construir frases, sino decidir qué es lo que vas a poner, y dónde, y qué lo que vas a dejar fuera. Dudo constantemente. Escogí el accidente, pero podía haber empezado por cualquier otro punto de mis treinta y cinco años de vida.

¿Por qué no empezar diciendo «Nací el año 19__ en la ciudad de_______»?

Y es más, ¿por qué debo limitar el inicio al período de mi vida? Quizá debería empezar en Núremberg a principios del siglo xiii, donde una mujer con el desafortunadísimo nombre de Adelheit Rotter se retiró de una vida que consideraba pecaminosa para convertirse en una beguina —mujeres que, aunque no formaban parte oficialmente de la Iglesia, llevaban una vida de pobreza en imitación de Cristo—. Con el tiempo, Rotter atrajo a una legión de seguidoras y en 1240 se mudó a una granja de vacas en Engelschalksdorf, cerca de Swinach, donde un benefactor llamado Ulrich II von Königstein les permitió instalarse a cambio de que trabajaran allí. Erigieron un edificio en 1243 y, al año siguiente, lo convirtieron en un monasterio y eligieron a la primera priora.

Ulrich murió sin heredero varón y legó todas sus posesiones a las beguinas. A cambio exigió que el monasterio ofreciera un lugar donde enterrar a sus parientes y que se rezara, para siempre, por la familia Königstein. En una muestra de buen juicio ordenó que el nombre del lugar pasara a ser Engelthal, o «Valle de los ángeles», en lugar de Swinach, «Lugar de los cerdos». Pero fue la última provisión del testamento de Ulrich la que tendría un impacto mayor en mi vida: dispuso que en el monasterio se creara un scriptorium.

* * *

Ojos abiertos a un relampagueante torbellino de rojo y azul. Un estruendo de voces y ruidos. Una vara de metal atraviesa el costado del coche y abre un boquete. Uniformes. Dios, estoy en el Infierno y aquí llevan uniformes. Un hombre grita. Otro dice con voz tranquilizadora: «Vamos a sacarle de ahí. No se preocupe.» Lleva una placa. «Todo va a salir bien», promete a través de su bigote. «¿Cómo se llama?» No me acuerdo. Otro enfermero grita a alguien que no puedo ver. Al verme, retrocede asqueado. ¿Es así como se supone que debe reaccionar? Oscuridad.
Abro los ojos. Estoy atado a una camilla. Una voz: «Tres, dos, uno, arriba.» El cielo se abalanza sobre mí y luego se aleja. «Dentro», dice la voz. Cuando la camilla encaja en su sitio suena un chasquido metálico. Un ataúd, ¿por qué no tiene tapa? Demasiada antisepsia para ser el Infierno y ¿de verdad es posible que el techo del Cielo sea de metal gris? Oscuridad.
Abro los ojos. De nuevo ingrávido. Caronte viste una tela azul mezcla de poliéster y algodón. Una sirena de ambulancia rebota sobre un Aqueronte de asfalto. Han insertado una vía en mi cuerpo —¿por todas partes?—. Estoy cubierto por una capa de gel. Humedad, humedad. Oscuridad.
Abro los ojos. Las ruedas suenan como las de un carrito de supermercado sobre cemento. La maldita voz dice «¡Vamos!». El cielo se burla de mí y pasa de largo, luego un techo de yeso blanco. Unas puertas dobles se abren. «¡Quirófano 4!» Oscuridad.
Abro los ojos. Fauces abiertas de una serpiente, embistiéndome, riendo, hablando: ESTOY LLEGANDO… La serpiente trata de tragarse mi cabeza. No, no una serpiente: una máscara de oxígeno. …Y NO PUEDES HACER NADA PARA IMPEDIRLO. Caigo hacia atrás en una oscuridad de máscara de gas.
Los ojos se despejan. Las manos arden, los pies arden, fuego por todas partes aunque estoy en medio de una ventisca. Un bosque alemán con un río cerca. Una mujer en la cresta de una colina con una ballesta. Siento como si me hubieran atravesado el corazón. Lo oigo sisear al rendirse. Intento hablar pero sólo emito un graznido y una enfermera me dice que descanse, que todo va bien, que todo va bien. Oscuridad.
Una voz flota sobre mí. «Duerma. Sólo duerma.»

* * *

Después del accidente me hinché como un frankfurt recién asado. Mi piel se quebró para dar paso al desbordamiento de mi carne. Los doctores, con sus hambrientos escalpelos, aceleraron el proceso con unas pocas incisiones rápidas. El procedimiento se llama escarotomía y permite que el tejido inflamado se expanda. Es como si el ser secreto que llevas dentro se rebelase y finalmente se abriera camino hasta la superficie. Los doctores creyeron que al abrirme empezaban a curarme pero, de hecho, sólo liberaron al monstruo: una cosa hecha de carne dilatada y supurante.

Mientras que una quemadura leve produce una ampolla llena de líquido, quemaduras como las mías provocan una severa deshidratación. En mis primeras veinticuatro horas en el hospital, los médicos me administraron veintisiete litros de líquido isotónico para contrarrestar la pérdida de fluidos corporales. El líquido supuraba por todo mi cuerpo casi tan rápido como me lo inyectaban, de modo que me convertí en algo similar a un desierto durante una repentina inundación.

Este intercambio demasiado rápido de fluidos provocó un desequilibrio en la química de mi cuerpo y el esfuerzo por estabilizarme hizo tambalearse a mi sistema inmunológico, un problema que se agravaría en las semanas siguientes, durante las cuales el mayor peligro era la muerte por una infección séptica. Una simple infección se puede llevar por delante rápidamente incluso a un quemado que haya evolucionado bien durante bastante tiempo tras su accidente. Precisamente cuando más falta hacen, las defensas del cuerpo apenas funcionan.

Mi exterior arrasado estaba recubierto por una capa sanguinolenta de tejidos carbonizados que se denomina escara, el Hiroshima del cuerpo. Igual que no se puede llamar edificio a un montón de bloques de cemento destrozados después de que haya detonado la bomba, después del accidente no se podía llamar «piel» a mi capa externa. Todo yo era un estado de emergencia y sobre mis restos sembraban ión de plata y crema de sulfadiazina. Sobre ello tendieron vendajes, que descansaban sobre la devastación.

Yo no me enteré de nada de esto, me lo contaron luego los médicos. En aquel momento yo yacía comatoso con una máquina midiendo el tenue metrónomo de mi corazón. Me administraban fluidos, electrolitos, antibióticos y morfina a través de una serie de tubos (sonda intravenosa, sonda de yeyunostomía, sonda endotraqueal, sonda nasogástrica, sonda vesical, ¡en verdad tenía un tubo para cada ocasión!). Una manta aislante mantenía mi cuerpo lo bastante caliente como para sobrevivir, un respirador me daba aliento y me hicieron tantas transfusiones de sangre que hasta Keith Richards se hubiera quedado asombrado.

Los médicos se deshicieron de mi yermo exterior desbridándome, rascando la carne quemada. Trajeron tanques de nitrógeno líquido que contenían piel de cadáveres recién cosechada. Las láminas se descongelaban en baldes de agua y luego se disponían ordenadamente sobre mi espalda y se fijaban con unas grapas. Así, como si fueran poniendo parches de césped nuevo en las áreas problemáticas de los patios traseros de sus residencias veraniegas, me envolvieron en piel de muertos. Aunque limpiaban mi cuerpo constantemente, rechazaba esas láminas de necro-carne; nunca he sido un buen jugador de equipo. Tras cada rechazo, me cubrían de nuevo con más piel de cadáveres.

Yo yacía, llevando piel de difuntos como armadura contra la muerte.

* * *

Los primeros seis años de mi vida.

Mi padre se marchó antes de que yo naciera. Evidentemente era un charlatán encantador, rápido con la polla y todavía más rápido para marcharse. Mi madre, abandonada por ese anónimo Lothario1, murió en el parto mientras yo venía al mundo deslizándome sobre un torrente de sangre. La enfermera que sostenía mi grasiento cuerpo de recién nacido resbaló en un charco de esa sangre cuando salía de la sala de partos, o eso me dijeron. La primera vez que mi abuela me vio yo estaba en brazos de una enfermera con un uniforme blanco manchado de rojo como si fuera una prueba del test de Rorschach.

Tampoco a mí me fue bien en el parto. Nunca me contaron exactamente qué sucedió, pero por algún motivo me abrieron el cuerpo desde el estómago hasta el pecho, dejándome una larga cicatriz, quizá obra de algún escalpelo errante mientras trataban de salvar a mi madre. Simplemente no lo sé. Al crecer yo la cicatriz mantuvo el mismo tamaño hasta que al final se convirtió en una marca de sólo unos pocos centímetros centrada en la parte izquierda de mi pecho, donde un romántico dibujaría el corazón.

Viví con mi abuela hasta los seis años. Era obvio que me guardaba rencor porque me consideraba la causa de la muerte de su hija. No creo que fuera mala persona, sino más bien que nunca esperó sobrevivir a su hija ni verse cargada, a esas alturas de su vida, con el cuidado de otro niño.

Mi abuela no me pegó, me alimentó bien y se encargó de que me pusieran todas las vacunas necesarias. Simplemente, yo no le gustaba. Murió durante uno de aquellos escasos días en que estábamos divirtiéndonos juntos, mientras me empujaba en los columpios. Subí hacia el cielo y estiré las piernas hacia el sol. Volví hacia la tierra esperando que me atrapara, pero pasé junto a su cuerpo doblado. Cuando al caer hacia adelante pasé de nuevo junto a ella, se había derrumbado y se sostenía con los codos apoyados en el suelo. Luego cayó de cara sobre el barro del patio. Corrí hasta una casa cercana para alertar a los adultos y luego esperé en los columpios hasta que, demasiado tarde, llegó la ambulancia. Cuando los enfermeros la levantaron, los corpulentos brazos de mi abuela colgaban como las alas de un murciélago muerto.

* * *

Desde el momento en que entré en el hospital dejé de ser una persona y me convertí en un historial. Después de pesarme, los médicos sacaron la calculadora para introducir la extensión de mis quemaduras y calcular las posibilidades que tenía de sobrevivir. No eran muchas.

¿Cómo lo hicieron? Como en cualquier cuento de hadas que se precie, hay una fórmula mágica, que en este caso se llamaba «la regla de los nueves». El porcentaje de quemaduras se determina y marca sobre un diagrama que se parece a un mapa vudú del cuerpo humano, dividido en secciones basadas en múltiplos de nueve. Los brazos «cuentan» como el 9 % de la superficie total del cuerpo; la cabeza también es un 9 %; cada pierna es un 18 %, y el torso, por delante y por la espalda, vale un 36 %. Por eso se llama «la regla de los nueves».

Por supuesto, hay otros factores que influyen al valorar una quemadura. La edad, por ejemplo, los muy ancianos y muy jóvenes tienen menos posibilidades de sobrevivir, pero si los jóvenes sobreviven, tienen una capacidad de regeneración mucho mayor. Bueno, así que tienen eso a favor. Está bien. También se debe considerar el tipo de quemadura: escaldaduras producidas por líquidos hirviendo, quemaduras eléctricas producidas por cables o quemaduras químicas, sean por ácido o alcalinos. De toda la carta, yo sólo pedí las quemaduras termales, las producidas por llamas.

¿Qué, puede que se pregunte, es lo que le pasa a la carne viva puesta al fuego? Las células están formadas básicamente por líquido, que puede hervir y hacer explotar las paredes de la célula. Eso no es bueno. Un segundo escenario es que las proteínas de las células se cocinen, igual que un huevo en una sartén, mudando su contenido de un líquido ligero a algo viscoso y blanco. Si sucede esto último, se detiene toda actividad metabólica en la célula. Así que aunque el calor no fuera suficiente para matar a la célula, la pérdida de la habilidad de absorber oxígeno asegura que el tejido muera pronto. Así que la elección está entre una capitulación lenta y una inmolación rápida.

* * *

Desaparecida la abuela, fui a vivir con Debi y Dwayne Michael Grace, unos tíos míos, la quintaesencia de la escoria, para los que supuse una molestia desde el momento en que aparecí. Lo que sí que les gustaba, sin embargo, eran los cheques que el gobierno enviaba para mi manutención. Con ellos podían seguir comprando drogas con más facilidad.

En mi época con los desgraciados Grace nos mudamos de un parque de caravanas a otro hasta que encontraron una fiesta que no cesaba en toda la noche y que se convirtió en un festival de metaanfetaminas que duró tres años. Estaban muy por delante de su tiempo: el cristal no era ni mucho menos tan popular en aquellos días como lo es hoy. Si no encontraban pipa en que fumarlo utilizaban una bombilla vaciada. A veces necesitaban tantas que vivíamos en la más completa oscuridad. Las drogas, sin embargo, parecían no faltar nunca. Los Grace, sonriendo como pianos rotos, le daban hasta el último céntimo que tenían al camello.

Uno de nuestros vecinos cambió el uso de su hija, unos pocos años más joven que yo, por su equivalente en drogas. En caso de que se lo pregunten, el valor en la calle de una niña de ocho años es de 35 dólares o, al menos, ése era cuando yo era niño. Cuando a la madre se le ponían ojos de salvaje y le empezaba el mono, la niña venía a llorar de miedo a mi pequeña habitación, anticipando otra inminente venta. Lo último que supe de la madre es que se desintoxicó, se libró de la adicción y encontró a Dios. Lo último que supe de la niña (ahora adulta) es que es una embarazada adicta a la heroína.

La mayor parte de mi infancia no fue agradable, pero nunca me subastaron sexualmente para que mis tutores pudieran chutarse. Sin embargo, eso no debería ser lo mejor que un hombre puede decir de su infancia.

La única forma de sobrevivir en aquel mundo de mierda era imaginar mundos mejores, así que leía cuanto caía en mis manos. Al principio de mi adolescencia pasaba tantas horas en la biblioteca que las bibliotecarias me traían bocadillos. Guardo un recuerdo feliz de aquellas mujeres, que me recomendaban libros y luego hablaban conmigo durante horas sobre lo que había aprendido.

Mi naturaleza compulsiva ya se reveló antes de que descubriera el deseo por las drogas que ocuparía mi vida adulta. Mi primera, y más duradera, adicción fue siempre el estudio obsesivo de cualquier materia que despertara mi curiosidad.

Aunque nunca me interesó mucho la escuela no fue porque creyera que la educación no era importante. Ni mucho menos: mi problema era que la escuela interfería siempre en cuestiones mucho más fascinantes. Los cursos estaban diseñados para transmitir información práctica pero, como aprehendía tan rápido los conceptos básicos de cada tema, perdía pronto el interés. Me distraían los conocimientos esotéricos que aparecían, por ejemplo, en una nota a pie de página de un libro o en el comentario casual de un profesor. Por ejemplo: si mi profesor de geometría mencionaba algo sobre que Galileo dio clases sobre la estructura física del Infierno, se me hacía imposible mantener el interés cuando continuaba hablando de los lados de un paralelogramo. Me saltaba las tres clases siguientes para ir a la biblioteca y leer todo lo que podía sobre Galileo y luego, cuando volvía a la escuela, en el examen de matemáticas no había ninguna pregunta sobre la Inquisición y me suspendían.

Conservo esta pasión por el aprendizaje autodidacta, como debería ser evidente después de la descripción que he hecho del tratamiento de las quemaduras. El tema tiene tal importancia personal para mí que me resultaría imposible no aprender tanto como pudiera sobre él. Y no basta con eso: la investigación sobre el monasterio de Engelthal, por razones que también se harán evidentes, también me ha ocupado muchas horas.

Aunque es cierto que fuera de la biblioteca he llevado una mala vida, dentro de ella siempre me he dedicado al conocimiento como un santo a su Biblia.

* * *

Las quemaduras, según he aprendido, se evalúan también según cuantas capas de la piel están dañadas. Las quemaduras superficiales (de primer grado) sólo afectan a la epidermis, la capa superior. Las quemaduras de espesor parcial (segundo grado) afectan a la epidermis y a la segunda capa de la piel, la dermis. Las quemaduras profundas de espesor parcial son quemaduras de segundo grado especialmente graves. Y luego están las quemaduras de espesor total (tercer grado), que afectan a todas las capas de la piel y dejan cicatrices permanentes.

Casos graves —como el mío— habitualmente presentan una mezcla de tipos de quemaduras porque no hay nadie girando el asador para asegurarse de que la pieza se cocine igual por todas partes. Por ejemplo, mi mano derecha está completamente intacta. Sufrió quemaduras superficiales y el único tratamiento que requirió fue una loción de manos que se puede comprar en cualquier farmacia.

Mis quemaduras de segundo grado están localizadas principalmente en las piernas por debajo de la rodilla y alrededor de mis nalgas. La piel se arrugó como las páginas de un manuscrito al fuego y tardó unos meses en curarse. Hoy la piel no está perfecta pero, diablos, tampoco está tan mal. Todavía me noto el culo al sentarme.

Las quemaduras de tercer grado son como el filete que tu viejo se olvidó en la barbacoa cuando se emborrachó. Estas quemaduras destruyen: el tejido al que afectan no se cura. La cicatriz es blanca o negra o roja; es una herida seca y dura, siempre sin vello porque los folículos se han asado. Por extraño que parezca las quemaduras de tercer grado son en algún sentido mejor que las de segundo grado: no duelen nada, porque las terminaciones nerviosas de la zona están todas fritas.

Las quemaduras en las manos, cabeza, cuello, pecho, orejas, cara, pies y región del perineo son especialmente delicadas. Éstas son las zonas que tienen porcentajes más altos en la regla de los nueves; un centímetro de cabeza quemada gana a un centímetro de espalda quemada. Por desgracia, éstas son las zonas donde se concentran mis quemaduras de tercer grado, así que al tirar los dados me salió un dos.

Hay cierto debate en la comunidad médica sobre si realmente existen las quemaduras de cuarto grado, pero los que avivan esa disputa son un grupo de médicos con buena salud que se reúnen en algún salón de conferencias y discuten sobre semántica. Si se acepta esa nomenclatura, las quemaduras de cuarto grado son las que se abren paso hasta huesos y tendones. Yo también tuve de éstas. Por si no bastara que los bajos del coche me cortaran los dedos del pie izquierdo, estas llamadas quemaduras de cuarto grado se llevaron tres dedos de mi pie derecho y un dedo y medio de la mano izquierda. Y ojalá ésas fueran todas las partes de mi cuerpo que consumieron.

Recordará que me derramé bourbon sobre los pantalones momentos antes del accidente, de modo que difícilmente pude escoger un momento peor. En efecto, mi regazo estaba empapado con una substancia acelerante que hizo que esa área ardiera todavía más fuerte. Mi pene era como una vela que emergía de mi cuerpo y como tal ardió, dejándome sólo una mecha calcinada donde antes estuvo el tronco. Era insalvable y me lo extirparon poco después de mi ingreso utilizando un procedimiento conocido como penectomía.

Cuando pregunté qué se había hecho con los restos de mi masculinidad, la enfermera me informó de que eran deshechos médicos y como tales se habían tirado. Como si quisiera animarme, me explicó que los médicos habían conseguido salvar mis testículos y escroto. Supongo que quitármelo todo les debió parecer excesivo.

* * *

Los Grace murieron en una explosión de un laboratorio de metaanfetaminas nueve años después de que yo llegara a su caravana. No me sorprendió: ¿a alguien le parece buena idea que drogadictos cocinen sus propias drogas en un espacio cerrado con ingredientes que incluyen combustible, disolvente de pintura y alcohol puro?

No me entristecí particularmente. El día del funeral fui a hablar con las bibliotecarias sobre la biografía de Galileo Galilei que estaba leyendo pues, de hecho, mi profesor de geometría despertó mi interés por el científico.

Cualquier estudiante puede contarle que a Galileo lo persiguió la Inquisición, pero la verdadera historia de su vida es algo más compleja. Nunca pretendió ser un «mal» católico y cuando le ordenaron dejar de enseñar la idea del universo heliocéntrico, Galileo obedeció durante muchos años. Su hija Virginia entró en un convento bajo el adorable nombre de hermana Maria Celeste, mientras que su otra hija, Livia, también tomó los hábitos bajo el igualmente extraterrestre apelativo de hermana Arcangela. En todo esto hay algo poéticamente adecuado porque —aunque su nombre se usa hoy como ejemplo de la ciencia oprimida por la religión— en la vida de Galileo se hermanaron la religión y la ciencia. Se dice que Tommasso Caccini, un joven sacerdote dominico que fue el primero en denunciar que Galileo apoyaba la teoría copernicana, acabó el sermón en que le acusó con un versículo de los Hechos de los apóstoles: Hombres de Galilea, ¿por qué miráis hacia el cielo? Lo que Caccini no sospechaba, sin embargo, es que cuando Galileo miraba al cielo había las mismas posibilidades de que estuviera rezando que midiendo el movimiento de los astros.

A los veinticuatro años de edad Galileo presentó su candidatura a profesor en la universidad pronunciando dos clases sobre la física del Inferno de Dante. La mayoría de los pensadores modernos considerarían esa clase maravillosamente caprichosa, pero en tiempos de Galileo el estudio de la cosmografía de Dante era un tema candente. (No fue casualidad que las clases las pronunciara en la Academia de Florencia, la ciudad natal del poeta.) Aquellas conferencias tuvieron un éxito enorme y ayudaron a Galileo a hacerse con el puesto de profesor de matemáticas en la Universidad de Pisa.

No fue hasta más adelante cuando Galileo comprendió que la postura que había defendido en aquellas clases era incorrecta y que su punto de vista de que la estructura cónica del Infierno era indiferente a su escala —es decir, que podía aumentar de tamaño sin perder integridad ni consistencia— no era cierto. Si el Infierno realmente existía en el interior de la Tierra, la inmensidad de tal oquedad provocaría que su techo (la corteza terrestre) se hundiera a menos que las paredes del Infierno fueran mucho más anchas de lo que había imaginado originalmente. Así que Galileo se puso a trabajar en la naturaleza de las escalas y, en la última parte de su vida, publicó sus descubrimientos en su Diálogo sobre dos nuevas ciencias, un libro cuyos principios contribuyeron a crear la física moderna, una ciencia que existe gracias, en parte, a que Galileo se dio cuenta de que había cometido un error en su aplicación de las leyes de la naturaleza a un lugar sobrenatural.

Pero si el Infierno fuera un lugar real, estoy casi seguro de que Debi y Dwayne Michael Grace estarían allí ahora.

* * *

Permanecí inconsciente casi siete semanas, envuelto en mi saco de dormir de carne muerta. Fue la conmoción lo que produjo el coma, pero luego los doctores decidieron alargarlo mediante medicamentos para facilitar mi curación.

No tuve que lidiar conscientemente con el colapso de mi sistema circulatorio ni preocuparme de los daños renales. No me enteré de que mis intestinos se cerraron. No supe nada de las úlceras que me hacían vomitar sangre ni de cómo las enfermeras tenían que esforzarse para que no me asfixiara mientras eso sucedía. No me inquieté por las infecciones que podían producirse tras cada cirugía de emergencia o injerto de piel. No me notificaron que mis folículos capilares estaban calcinados ni que mis glándulas sudoríferas estaban destruidas. No estuve despierto cuando succionaron el hollín de mis pulmones, un tratamiento que, por cierto, recibe el nombre de «limpieza pulmonar».

Por si mis amputaciones no fueran bastante, tenía la pierna derecha rota por varias partes. Después de estabilizarme, me operaron para reconstruir mi fémur destrozado y mi maltrecha rodilla. Mis cuerdas vocales sufrieron graves daños a consecuencia de la inhalación de humo y se me realizó una traqueotomía para que mi laringe pudiera curarse sin la irritación que produciría un tubo presionándola. Mantenerme con vida era más importante que una voz bonita o poder caminar sin cojera.

Durante el coma no se pudo evitar que se me atrofiaran los músculos. Por un lado estaba mi inmovilidad y por otro que, con grandes porciones de piel erradicadas, mi cuerpo se alimentaba de sí mismo. Consumía las proteínas que tenía a mano y gastaba una cantidad enorme de energía sólo esforzándose por mantener una temperatura constante. La manta aislante no bastaba, así que mi cuerpo dejó de llevar sangre a las extremidades. Lo que le preocupa al cuerpo es el centro, y a las afueras que les den. Literalmente, me convertí en un parásito de mí mismo. Dejé de producir orina y me volví tóxico. Conforme mi cuerpo se contraía, mi corazón se expandía, no por amor, sino por estrés.

Estaba cubierto de gusanos, un tratamiento que se había usado con frecuencia en el pasado y que recientemente ha vuelto a ponerse de moda entre los médicos. Los bichos se comían la carne con necrosis, engordando con mis ruinas, y dejaban la carne viva intacta. Los doctores me cosieron los párpados para protegerme los ojos y si alguien se hubiera molestado en ponerme una moneda sobre cada uno el cuadro habría quedado completo.

* * *

Sólo conservo un recuerdo feliz de mi época con los Grace: feliz, aunque marcado por un suceso de lo más curioso.

La exhibición aérea se celebró un día caluroso de mediados de agosto en un aeródromo cercano. Los aviones no me interesaban, pero sí los paracaidistas acrobáticos, con sus paracaídas abiertos a los cielos y las estelas de humo de colores que dejaban tras de sí. La caída del cielo a la tierra, un picado como el de Hefesto amortiguado solamente por flameantes ondulaciones de seda, me parecía un milagro. Los paracaidistas tiraban de sus palancas mágicas dando vueltas alrededor de enormes dianas dibujadas sobre el suelo, acertando siempre su objetivo justo en el centro. Fue lo más asombroso que había visto nunca.

En un momento dado, una mujer asiática se puso detrás de mí. La sentí antes de verla; era como si mi piel se hubiera sobresaltado por su mera presencia. Cuando me di la vuelta, allí estaba, en pie con su pequeña sonrisa. Yo era joven y no tenía ni idea de si era china, japonesa o vietnamita; sólo que su piel y ojos eran orientales y que apenas era tan alta como yo, que sólo tenía diez años. Llevaba un hábito oscuro de un tejido sencillo que me hizo pensar que debía pertenecer a alguna orden religiosa. Su vestimenta estaba totalmente fuera de lo normal, pero nadie le prestaba atención, e iba completamente rapada.

Quería concentrarme en los paracaidistas, pero no pude. No con ella tras de mí. Pasaron unos instantes durante los que intenté no volver a mirarla, pero no pude contenerme. Todos los demás tenían la cara vuelta hacia el cielo, pero ella me estaba mirando directamente a mí.

—¿Qué es lo que quieres? —mi voz fue firme. Simplemente quería una respuesta. Continuó sonriendo y no dijo nada—. ¿No puedes hablar? —pregunté.

Negó con la cabeza y me entregó una nota. Dudé antes de aceptar el papel.

Decía: ¿No te has preguntado nunca de dónde viene realmente tu cicatriz?

Cuando levanté la vista de la nota, la mujer había desaparecido. Todo lo que vi fue la multitud mirando al cielo.

Volví a leer la nota, pues no podía creer que conociera mi imperfección. Estaba en el pecho, oculta bajo mi camisa, y yo estaba seguro de que no había visto a aquella mujer en mi vida. Pero incluso en el improbable caso de que hubiera olvidado un encuentro anterior con una pequeña mujer asiática vestida con un hábito, era imposible que le hubiera enseñado mi cicatriz.

Empecé a moverme entre la gente, buscando algún rastro de la joven —un hábito escurriéndose entre la masa, un cogote rapado— pero no vi nada.

Me guardé la nota en el bolsillo, aunque la saqué unas cuantas veces durante el día para asegurarme de que era real. Dwayne Michael Grace debió sentirse especialmente generoso, porque me compró algodón de azúcar en un quiosco. Luego Debi me abrazó, casi como si fuéramos una familia. Después del espectáculo asistimos a una bonita exhibición de lámparas de papel flotando en un río cercano, un espectáculo bastante bonito, diferente a todo lo que había visto.

Cuando llegamos a casa, bastante tarde, la nota había desaparecido de mi bolsillo a pesar de que había sido extremadamente cuidadoso.

* * *

Durante el coma, soñé sin parar. Las imágenes se superponían unas a otras, compitiendo por la pista central del circo.

Soñé con una granjera que calentaba el agua de una bañera. Soñé con la sangre del útero de mi madre. Soñé con los brazos flácidos de mi moribunda abuela empujándome hacia el cielo azul. Soñé con templos budistas a orillas de ríos fríos y rápidos. Soñé con la niña a la que sus padres vendieron por drogas. Soñé con el macabro horno que fue mi coche. Soñé con un drakar vikingo. Soñé con el yunque de un herrero. Soñé con las manos de un escultor tallando furiosamente la piedra. Soñé con flechas ígneas cayendo desde el cielo, soñé con una lluvia de fuego. Soñé con cristal explotando por todas partes. Soñé con un ángel que deliraba sumergido en agua helada.

Pero sobre todo soñé con gárgolas esperando nacer.

* * *

Fue después del incidente en el aeródromo cuando acariciarme la cicatriz de nacimiento de mi pecho se convirtió en un hábito. Nunca me daba cuenta de que lo estaba haciendo, pero otros sí. Dwayne lo odiaba y me quitaba la mano del pecho de una palmada y me gritaba «deja de hacer el idiota». Luego se iba a fumar más droga, lo que hacía difícil tomarse su admonición en serio.

Cuando Dwayne y Debi murieron perdí los últimos parientes que me quedaban —por parte de madre, al menos; por parte de padre nunca hubo más que un interrogante—. Me colocaron en un centro de acogida de menores llamado «La casa de la Segunda Oportunidad» que hizo que me preguntara cuándo me habían dado la primera. Fue en Segunda Oportunidad donde recibí la mayor parte de mi educación patrocinada por el gobierno. Fui a las clases del instituto de forma regular, a pesar de que parecían aburridas, y aprendí los rudimentos de las matemáticas y la ciencia. Todas mis horas en la biblioteca no fueron en vano. Mucho antes de que nadie tratara de enseñarme nada, yo ya había aprendido a aprender.

Con la ayuda de otros chicos de Segunda Oportunidad pronto descubrí toda una serie de drogas con las que experimentar. Aunque no me gustaba el cristal me intrigaban la marihuana y el hachís. De hecho, mi tío y mi tía ya me habían animado a probar esas substancias pues, incapaces de comprender que alguien pudiera sobrevivir sin ayuda química, trataban de protegerme de las drogas más fuertes ofreciéndome las blandas.

Descubrí un tercer pasatiempo con el que complementar las bibliotecas y los narcóticos: el milagro de la gimnasia de cama. Empecé intercambiando mamadas con mi nuevo mejor amigo, Eddie. Es lo típico de los adolescentes: uno le dice al otro que no se atreve a chuparla y cuando lo hace le llama marica. La noche siguiente, lo mismo. Me gustó el sexo, pero la homosexualidad no era lo mío, de modo que pronto pasé a algunas de las residentes femeninas. En particular a una chica llamada Chastity, que ignoraba por completo el significado de su nombre. Ignoraba, de hecho, muchas cosas. La primera vez que oyó la expresión «sexo oral» pensó que tenía que ver con el oído. Sexo sonoro, supongo que pensó.

Para cuando cumplí los diecisiete ya había pasado a satisfacer mi curiosidad sexual con una de las tutoras. Ser funcionaria del gobierno tenía algunas ventajas. Sarah era un caso de libro de adulta con problemas: una alcohólica de treinta y tantos con un marido infiel y una crisis de los cuarenta temprana. Yo le daba consuelo y emoción y ella me daba sexo. No iba mal que mi belleza, que hasta entonces se había limitado a una bonita cara rolliza, hubiera florecido. En mis pómulos se habían formado ángulos marcados, se me había rizado el pelo con gracia y mi cuerpo se había musculado elegantemente.

Cuando, a los dieciocho, llegó el momento de licenciarme, había adquirido dos habilidades. Una era fumar drogas, la otra follarme a mi tutora. Necesitaba que una de las dos me sirviera para conseguir techo y comida. No parecía que consumir drogas fuera un trabajo bien pagado, pero sí resultó fácil encontrar un empleo posando desnudo por cincuenta dólares, pues en el mundo sobran hombres de mediana edad dispuestos a pagar a jóvenes para que se desnuden en sus salas de estar. Yo no hacía ningún juicio moral sobre ello: estaba demasiado ocupado calculando cuántas hamburguesas podría comprarme con cincuenta dólares. De ahí pasé a cobrar ciento cincuenta dólares por fotografías que incluyeran actividad sexual y —puesto que ya estás posando para las fotos— era de sentido común duplicar o triplicar las ganancias actuando en vídeos. Además, ¿quién no quiere ser una estrella de cine? Cada rodaje llevaba, como máximo, un par de días y la mayor parte de las veces sólo unas pocas horas. Y, de una forma tan simple como ésta, empezó mi carrera en el porno. Era mucho dinero para un chaval de dieciocho años sin ninguna otra habilidad.


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