Que no va a gustar a nadie






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Juan Eslava Galán


UNA HISTORIA

DE LA GUERRA CIVIL

QUE NO VA A GUSTAR A NADIE

Planeta


© Juan Eslava Galán, 2005
© Editorial Planeta, S. A., 2005

Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
Ilustración del interior: archivo del autor, archivo J. A. Guerrero,

© Cornell Capa Photos by Robert Capa

© 2001/Magnum Photos
Primera edición: abril de 2005

Segunda edición: abril de 2005
Depósito Legal: B. 19.024-2005

ISBN 84-08-05883-5
Composición: Anglofort, S. A.

Impresión: A&M Gráfic, S. L.

Encuademación: Eurobinder, S. A.

Printed in Spain - Impreso en España
Prólogo

El viejo Goya lo pintó mejor que nadie: dos gañanes enterrados hasta las corvas, matándose a garrotazos. La sombra de Caín es alargada, en España. Lo fue siempre, y la guerra civil que se narra en este libro es cumplida prueba de ello. Juan Eslava Galán nos cuenta —en realidad nunca ha dejado de hacerlo— una historia trágica, violenta, retorcida en ocasiones hasta el esperpento con esos trágicos quiebros de humor negro que también, inevitable­mente, son ingredientes de nuestra ibérica olla. Una república desventurada en manos de irresponsables, de timoratos y de ase­sinos, un ejército en manos de brutos y de matarifes, un pueblo despojado e inculto, estaban condenados a empapar de sangre esta tierra. Luego, prendida la llama, la arrogancia de los privile­giados, el rencor de los humildes, la desvergüenza de los políticos, el ansia de revancha de los fuertes, la ignorancia y el odio hicieron el resto. No bastaba vencer; era necesario perseguir al adversario hasta el exterminio. Murió más gente en la represión que en los combates; en ambos lados, analfabetos presidiendo tribunales gozaron de más poder que magistrados del Supremo. Hubo valor, por supuesto. Y decencia. Y lecciones de humanidad e inteligen­cia. Pero todo eso quedó sepultado por las pavorosas dimensiones de una tragedia que todavía hoy necesita reflexión y explicacio­nes. Este libro se aventura a ello, y lo consigue con amenidad y con una extraordinaria, abundante y rigurosa documentación que —ésa es quizá su principal virtud— ni siquiera se nota. Juan lo ha escrito a su manera, como suele. Como quien no quiere la cosa. Sin darle importancia y casi sin pretenderlo. Y por supues­to, sin buenos ni malos. Las dos Españas mamaron la misma le­che. Estas páginas lo ponen de manifiesto de forma apasionante y estremecedora. Por eso se trata de una historia de la guerra civil que no le va a gustar a nadie. Ya era hora.
Arturo Pérez-Reverte

De la Real Academia Española


En la taberna de El Gorrión, a la sombra de la catedral de Jaén, Arturo Pérez-Reverte, Fito de Cózar y yo tomábamos vino añejo y queso con rosquillas.

—¿En qué andas metido ahora? —me preguntó Arturo.

—Todavía no tiene título. Es una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie.

—Ese es el título —dijo Arturo.

Gracias, maestro.
CAPÍTULO 1

Tambores de guerra

11 de julio de 1936
El periodista español Luis Bolín, cabello fino peinado hacia atrás con brillantina, ofrece gentilmente su mano a la estudiante ingle­sa de Artes Dorothy Watson para ayudarla a subir al avión. Al tiempo que la aúpa, tasa, con ojo perito, los encantos de la joven. La falda sport de la británica enfunda un trasero de, al menos, ocho palmos de latitud. Imagina Bolín los pechos valentones y grávidos que se adivinan tras la blusa marinera.

—Parece que empezamos con buen pie —murmura como para sí mientras se acomoda en su asiento.

—¿Decía? —pregunta el piloto.

—No, nada, que ya podemos despegar.

El avión, un biplano Dragon Rapide, matrícula G-ACYR, de la compañía Olley Air Services, impulsado por dos motores Gipsy Six de seis cilindros y doscientos caballos de potencia, des­pega del aeropuerto de Croydon, cercano a Londres.

Muchos años después, el historiador británico, católico, Douglas Jerold recordará las circunstancias de aquel vuelo que «contribuyó a salvar el alma de una nación».

«Luis Bolín y el ingeniero De la Cierva me citaron para al­morzar en Simpson's. (El tradicional restaurante del Strand, uno de los escasos fogones londinenses donde se mantenía la tradición de un estupendo solomillo y un irrepro­chable roast beef con patatas horneadas.)

»—Necesito un hombre y dos rubias platino para volar ma­ñana a África —dijo Bolín.

»—¿Tienen que ser realmente dos? —pregunté, y al oírlo, Bo­lín se volvió triunfante hacia De la Cierva.

»—Te dije que lo haría.

«Telefoneé a mi amigo Hugh Pollard, comandante retirado:

»—¿Podrás volar mañana a África con dos chicas? —le pre­gunté.

»Y escuché la respuesta que esperaba oír:

»—Depende de las chicas.»

Con su potente rugido de motores, el avión se interna entre las nieblas del canal de la Mancha. Lo pilota Cecil W. H. Bebb, aviador veterano de la primera guerra mundial, con un mecánico y un telegrafista. En los asientos traseros toman té de un ter­mo Luis Bolín, Hugh Pollard, su hija Diana y la amiga de ésta, Dorothy Watson, una chica liberada y moderna que no usa bol­so y guarda la pitillera y el mechero en las bragas.

Se supone que es un grupo de turistas ingleses que van a rea­lizar un viaje de placer por las islas Canarias. Bolín, amigo de Po­llard, actuará como cicerone.

En realidad, el vuelo encubre una misión secreta: suministrar al general Franco un medio de transporte rápido para trasladarse desde Las Palmas de Gran Canaria al protectorado de Marruecos. El general va a capitanear el ejército de África sublevado contra la República Española.

Aterrizan en el aeropuerto de Burdeos, donde los espera el marqués de Luca de Tena. Mientras el resto de la tripulación y los pasajeros toman café en la cantina (el radiotelegrafista una copa de coñac), Luca de Tena, Bolín y el piloto trazan el plan de vuelo.

Atardece. El Dragon Rapide despega de nuevo rumbo al sur.

Desde la cabina acristalada, Bebb contempla la sucesión de valles y cerros achicharrados por el sol, pardos eriales y alguna que otra mancha verde que contornea los escasos riachuelos, pue­blos que parecen esparcidos por el manotazo de un gigante en la atormentada orografía. Bebb, acostumbrado a la verde Inglate­rra, encuentra una belleza bravía en este desierto de tierra seca y dura que se extiende hasta los montes azules.

Así que eso es España.

«No sabía que aquello era un volcán y que yo, con aquel vue­lo, iba a encenderlo —recordaría años después—. Un volcán de fuego y de sangre.»

España. Poco más de medio millón de kilómetros cuadrados. Veinticuatro millones de habitantes, en su mayoría ignorantes de que se les viene encima una cruenta guerra civil.

El piloto del Dragon Rapide que sobrevuela los rastrojos re­cién segados de las llanuras castellanas no está muy enterado de los asuntos de los españoles. El hace su trabajo, le pagan y en paz. Años después, quizá halagado por el papel que le cupo en aque­llos hechos, se interesará por la historia reciente de España y no perderá ocasión de ilustrar sobre el tema a los periodistas que lo entrevistan: «En 1931, los republicanos ganaron las elecciones municipales en las principales ciudades de España y el rey Alfon­so XIII tiró la toalla y abandonó el país. Los republicanos se echa­ron a la calle alborozados para proclamar la Segunda República.»

La huida del rey dejaba un vacío de poder. El nuevo gobierno se impuso la tarea de modernizar España. Quería transformarla en una nación progresista y adelantada, como sus vecinas de Eu­ropa. Para conseguirlo urgía abolir los privilegios de la aristocra­cia y de los grandes terratenientes y limitar el poder del ejército y de la Iglesia. En primer lugar intentaron la reforma agraria, esen­cial en un país eminentemente agrícola: modificar la propiedad de la tierra para cultivarla racionalmente y atender a su función social empleando a cientos de miles de braceros analfabetos; en segundo lugar, la reforma de un ejército anquilosado y sobrado de mandos que había cosechado estrepitosos fracasos en la guerra de Marruecos; en tercer lugar, la reforma de la Iglesia, que mo­nopolizaba la educación, acumulaba demasiado poder social y se inmiscuía en los asuntos del Estado. En cuarto lugar debían aten­der a las regiones históricas que reclamaban descentralización y autonomía.

El plan era bueno y los avances sociales de la República no se hicieron esperar: jornadas de ocho horas, la igualdad de la mujer, educación y sanidad para todos, laboreo de tierras improduc­tivas...

Estas medidas toparon con la oposición de los colectivos afec­tados: la Iglesia, el ejército, los partidos monárquicos y las clases privilegiadas. Además, la República tuvo que afrontar la crítica de los anarquistas y los comunistas, que la tildaban de burguesa y aspiraban a una revolución social más radical. Los comunistas eran pocos, pero los anarquistas eran muy numerosos (especial­mente los del sindicato CNT y los de la combativa FAI). Unos y otros promovieron huelgas y desórdenes que debilitaron a la República.

En enero de 1936, los partidos de izquierda (excepto la anar­quista CNT) se unen en una coalición electoral, el Frente Popu­lar, con un programa bastante moderado. La derecha, por su par­te, se agrupa en torno a la CEDA (excepto el pequeño partido Falange Española). Las elecciones se celebran el 16 de febrero. Gana el Frente Popular por escaso margen (4.654.116 votos fren­te a los 4.503.524 de las derechas). Sin embargo, una Ley Electo­ral que favorece a las mayorías otorga al Frente Popular 278 esca­ños del Parlamento y a las derechas sólo 130.

Manuel Azaña, nuevo presidente de la República, designa primer ministro a Casares Quiroga, un hombre demasiado débil que no estará a la altura de las circunstancias.

Los acontecimientos se precipitan. La derecha, que tiene mal perder y desprecia la democracia —«un principio que considera­ban la antítesis política del racionalismo» (Gil Robles)— comien­za a conspirar contra el gobierno. Los sindicatos de izquierda tampoco ayudan mucho con su actitud revoltosa y malhumora­da: quieren acelerar el proceso económico social con una revolu­ción. La confrontación se radicaliza. Menudean los enfrentamientos armados con palos o con pistolas entre militantes jóve­nes de uno u otro signo, especialmente en Madrid.

En el seno del PSOE, las posturas están divididas entre el mo­derado Prieto y el más radical Largo Caballero, que aunque en su día colaboró con la Dictadura de Primo de Rivera, ahora, quizá como expiación, se niega a cooperar con un gobierno que le pa­rece excesivamente moderado.

Todo eso ocurre en España, mientras el Dragon Rapide so­brevuela una zona montañosa, cerros grises, pelados, entre los que a veces se divisa una aldea miserable de casas de adobe y el es­pejeo de un río que culebrea entre las peñas.
CAPÍTULO 2

Ruido de sables

Allá abajo el campo duerme en el sopor de su ignorancia y de su atraso, pero en las ciudades es un secreto a voces que se está pre­parando una insurrección militar capitaneada por una Junta de Generales y secundada por los militares derechistas de la Unión Militar Española (UME): «un movimiento militar que evitará la ruina y la desmembración de la patria», crecido a la sombra del líder derechista Gil-Robles.

Consciente del peligro golpista, el presidente de la República, Manuel Azaña, ha alejado de Madrid a los generales más peligro­sos: Franco, a Canarias; Goded, a las Baleares; Mola, a Pamplona. Pero esa medida no impide que la conspiración militar crezca como una tela de araña tejida diestramente por Mola.

Mola, el Director, como firma los comunicados que envía a los conspiradores.

Nadie espera la guerra, pero todos aguardan un golpe de Esta­do del ejército contra el gobierno. Es el tema de conversación fa­vorito en las tertulias de sobremesa, en los cafés y en las reboticas.

En la céntrica calle de Larios de Málaga, Antonio Villa saluda de acera a acera a su amigo y convecino el escritor británico Gerard Brenan:

—¡Buenos días, don Gerardo! —grita para que media calle pueda oírlo—. ¡Buenas noticias! ¡Dentro de dos días Calvo Sotelo será rey de España!

Calvo Sotelo, el más prestigioso y combativo líder derechista del momento.

Tiempo después, Gerard Brenan reflexiona: «Desde media­dos de junio, todo el mundo, excepto el gobierno, parecía ente­rado de que los militares planeaban una sublevación.»

Los militares africanos están soliviantados con las reformas de la «ley Azaña», que amenazan sus ascensos, sus condecoraciones, sus bandas, sus fajines adornados de borlas cortineras, sus pagas y sus privilegios.

Azaña está empeñado en reformar al ejército gendarme, que no sirve para defender al país sino para meter en cintura a los obreros, y que ha ganado sus privilegios en la desastrosa guerra de Marruecos, un matadero que sólo sirvió para enriquecer, aún más, a la oligarquía financiera y para colmar el ardor guerrero del rey y de los militares codiciosos de ascensos.

Azaña pone al ejército patas arriba: los veintiún mil oficiales se reducen a ocho mil; las dieciséis divisiones, a ocho.

La remodelación de Azaña anula muchos ascensos irregular­mente otorgados a militares africanistas durante la Dictadura de Primo de Rivera que precedió a la República. Azaña no se atreve a aplicar la reforma con todas sus consecuencias, pero, en cual­quier caso, los militares africanistas se sienten ultrajados. El ge­neral Franco escapa a la degradación hasta teniente coronel (como habría exigido la aplicación estricta de la ley), pero des­ciende quince puestos en la escala de los generales de brigada (43 generales en total).

Aliada natural de los militares golpistas es una derecha ultra-conservadora formada por monárquicos, terratenientes, oligar­quía financiera e industrial y caciques. Y aliada de todos ellos, la Iglesia, que ve amenazados sus seculares privilegios.

Los militares conjurados se reúnen en marzo para decidir quién ostentará el mando supremo. Los idóneos parecen Franco o Goded, pero es evidente que ninguno de los dos aceptará su­bordinarse al otro. Por otra parte, Franco se muestra bastante ti­bio y elusivo. El general gallego evita comprometerse francamente. En esta tesitura, los generales designan a Sanjurjo, «el héroe del Rif», un general que fracasó dos años antes en un golpe de Es­tado y desde entonces vive exiliado en Lisboa.

Los conspiradores cuentan, además, con importantes apoyos civiles provenientes de grupos de extrema derecha: los tradicionalistas, algunos católicos y el joven partido fascista Falange Es­pañola, cuyo líder, José Antonio Primo de Rivera, está encarcela­do en Alicante por tenencia ilícita de armas.

En abril, Mola envía a los conspiradores la Instrucción Re­servada Número Uno: «las circunstancias gravísimas que atra­viesa la nación (...) el gobierno prisionero de las organizaciones revolucionarias (...) situación caótica (...) sólo se puede evitar mediante acción violenta». La acción debe ser «en extremo vio­lenta (...) conquistado el poder se instaurará la dictadura mi­litar».

Tres semanas después, Mola envía la Instrucción Reservada Número Dos: la rebelión podría fracasar en Madrid; por lo tan­to, será esencial que las divisiones del Norte (Zaragoza, Burgos-Pamplona y Valladolid) envíen refuerzos lo antes posible a la ca­pital de España para socorrer a las guarniciones sublevadas. Las milicias de la trama civil se apoderarán de los pasos de Somosierra y los mantendrán abiertos para que las columnas de auxilio puedan llegar sin contratiempos a Madrid y la ocupen como Mussolini ocupó Roma unos años antes en su célebre marcha.

Cuando falta un mes para el golpe de Estado, las voluntades de los golpistas distan mucho de ser unánimes. Algunos titubean ante la perspectiva de comprometerse en un viaje sin retorno que pondrá en peligro sus carreras y sus vidas. Si el golpe fracasa pue­den acabar como Sanjurjo, malviviendo en el exilio o, peor aún, ante un pelotón de fusilamiento. Además, no están seguros de lo que harán con el poder una vez que se lo arrebaten al gobierno. ¿Acaso volver a la monarquía? Tres de los generales golpistas, Mola, Queipo y Goded, son más republicanos que monárquicos. En realidad no piensan acabar con la República sino imponer un gobierno militar provisional que reconduzca al país por la senda conservadora. Pero otros generales golpistas son monárquicos y aspiran a restaurar a Alfonso XIII en el trono.

Por esas fechas, el diputado derechista Calvo Sotelo pregunta a su correligionario Serrano Suñer, cuñado de Franco:

—¿En qué piensa tu cuñado? ¿Qué hace? ¿No se da cuenta de cuáles son las cartas?

Franco, que es (moderadamente) aficionado al naipe, sabe perfectamente cuáles son las cartas. Tanto, que está jugando con dos barajas mientras se aclara el panorama y decide de qué lado quedarse. El 23 de junio le escribe al presidente del Gobierno. Con calculada ambigüedad, el gallego se ofrece para calmar «el grave estado de inquietud» del ejército, que crece día a día debi­do a malentendidos y desencuentros con el gobierno.

Serrano Suñer, buen conocedor de Franco, le responde a Calvo Sotelo:

—Mi cuñado no hará nada que lo comprometa, estará siem­pre en la sombra porque es un cuco. Pero el alzamiento seguirá adelante con o sin Franquito.
Domingo, 5 de julio

Retama, Marruecos
Maniobras del ejército de África en el Llano Amarillo. En el ban­quete de clausura, algunos oficiales achispados van de mesa en mesa proclamando en voz alta: «¡Café! ¡Café!» Las autoridades re­publicanas presentes no saben cómo interpretar las sonrisas cóm­plices que la palabra provoca en los militares. Para los conspira­dores que están en el ajo, Café encierra las iniciales de Camaradas Arriba Falange Española.
En las salas de banderas de los cuarteles se propalan rumores. La sublevación es inminente: Navarra se rebelará el 12 de julio y África el 14. Finalmente, la sublevación se aplaza al día 17 a las cero horas.

Unos días antes uno de los conjurados, el general Kindelán, le preguntó a Franco si estaba dispuesto a participar en el alzamiento y sólo recibió una respuesta ambigua, sí pero no. No obstante, Mola está convencido de que Franco sé sumará a última hora, cuando compruebe que la cosa va en serio y no se queda en la pa­tochada de Sanjurjo, dos años atrás. Hay que proporcionarle los medios para que se traslade rápidamente de las Canarias a Te­man, donde deberá capitanear el ejército de África. El marqués de Luca de Tena, conspicuo derechista y dueño del diario ABC, telefonea a Luis Bolín, su corresponsal en Londres, y le enco­mienda que se procure un avión. Bolín, tras consultar el caso con el ingeniero aeronáutico De la Cierva, alquila un Dragon Rapide aparentemente para un viaje de placer por Casablanca, Canarias y Marruecos. Financia la operación el multimillonario Juan March, que desde hace tiempo sufraga a los golpistas desde su exilio de Biarritz. Alguien había profetizado: «O la República acaba con March, o March acabará con la República.»
CAPÍTULO 3
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