Intervención del presidente de la Junta en la entrega de los






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Intervención del presidente de la Junta en la entrega de los

Premios Castilla y León 2014
Valladolid, 22 de abril de 2015
Queridas amigas y amigos:

En esta víspera de un nuevo 23 de abril, Fiesta de la Comunidad, acabamos de entregar los Premios Castilla y León, que reconocen el mérito y el ejemplo de un grupo de ilustres paisanos, a quienes expresamos nuestra mayor felicitación y agradecimiento.

Como en ocasiones anteriores, esta celebración viene a coincidir con una de esas conmemoraciones de singular importancia que se suceden en una Comunidad histórica y cultural como es la nuestra. Este año 2015 se trata del V Centenario del nacimiento de Teresa de Ávila. Una figura estrechamente vinculada a esta tierra que la vio nacer y morir. Y que hoy es una referencia universal en los ámbitos de la historia, la religión, la cultura, la literatura y el humanismo.

Mujer sin duda adelantada a su tiempo. Y dueña de una personalidad fascinante, manifestada en múltiples dimensiones: poeta y mística, psicóloga y pedagoga, líder y emprendedora. Su vida y su obra hacen de ella una figura excepcional. En la que cabe destacar su activa voluntad de renovación. Su gusto por el trabajo bien hecho. Su rechazo de la mediocridad. Su sentido práctico, en el que hasta las experiencias místicas tienen carácter dinámico. Y siempre, su humildad y sencillez.

Como escritora genial y fecunda, sus obras están entre las mejores de la literatura en castellano. Se siguen leyendo después de siglos, porque mantienen la misma frescura. Brillante escritora de imágenes, no se puede evitar una honda emoción ante lo que nos dice. El mismo Fray Luis de León no duda en reconocer el “fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee”.

A una figura universal como Teresa corresponde una celebración universal, que va a extenderse este año a más de un centenar de países de todo el mundo. Pero que sobre todo va a ser un gran eje de la vida cultural y social de Castilla y León, con actividades en más de 250 de nuestras ciudades, villas y pueblos. Y con la edición extraordinaria de “Las Edades del Hombre” en Ávila y Alba de Tormes como principal reclamo y referencia.

Teresa de Jesús supo reflejar en su vida y obra una parte muy importante de los valores y el alma de esta tierra. Aquí transcurrió buena parte de su andariega empresa. Nueve de sus diecisiete Fundaciones dan testimonio de ello. Su huella ha quedado profundamente impresa en nosotros. Se refleja en un cariño y devoción especial hacia su figura, y en el importante patrimonio asociado a ella. Yo mismo quiero apoyarme hoy en la guía de sus palabras a lo largo de esta breve intervención.

Queridas amigas y amigos:

Hace un año compartíamos la esperanza de alcanzar pronto un horizonte más abierto y un tiempo nuevo de recuperación. Hoy, aunque muchos datos y previsiones nos indican que estamos recorriendo ese camino, quiero reiterar en este acto mi sincera convicción de que ninguna estadística, pronóstico o cuadro macroeconómico puede hacernos olvidar dos realidades fundamentales.

La primera es que honestamente no podremos hablar con respeto de esa recuperación y crecimiento hasta que tantos paisanos nuestros que hoy carecen de un puesto de trabajo tengan la oportunidad de alcanzarlo. O hasta que todos los que están en riesgo de exclusión o tienen sus necesidades vitales amenazadas vean garantizado su bienestar personal y familiar. Será entonces, y sólo entonces, cuando aquellos términos tengan un sentido justo y real.

La segunda es que este mejor momento actual no es fruto de la casualidad. Como la propia Teresa de Ávila afirmaba, “no es bien esperar milagros”. Y la mejora paulatina de la situación no es, en efecto, fruto de ningún milagro, sino del esfuerzo y sacrificio continuado de todos y cada uno de los castellanos y los leoneses. Como siempre, en ellos está nuestra más sólida esperanza como proyecto colectivo. Castilla y León sólo se entiende desde la esperanza en sus gentes y desde la esperanza de sus gentes. La nuestra debe ser una tierra esperanzada y de esperanza.

Por eso, cuanto mejoremos siempre será fruto de cada trabajador que acude a su empresa afrontando las incertidumbres sobre su futuro. De cada comerciante que sube por la mañana la persiana de su tienda. De cada empresario que lucha para sacar adelante su proyecto y a quienes colaboran con él. Del esfuerzo de cada agricultor ante los riesgos que dictan el sol y la lluvia.

Será fruto de la solidaridad de tantas familias y personas ante las situaciones de necesidad. De la dedicación de los servidores públicos que, también en momentos muy difíciles para ellos, hacen posible que nuestros hijos sigan recibiendo una educación de calidad, que nuestros enfermos dispongan de una buena atención sanitaria, y que nuestros mayores o dependientes tengan los mejores cuidados.

Nuestra sabia Teresa decía que “no hay cosa que más importe que la humildad”, y que es “una gran virtud tener a todos como mejores que nosotros”. Certeros consejos a los que siempre es oportuno acudir, especialmente desde las responsabilidades públicas. Humildad, ante todo, para reconocer y valorar la importancia esencial de las personas, de cada persona, y el imprescindible protagonismo que siempre tendrá su iniciativa, y con ella la iniciativa de toda una sociedad activa.

Porque sólo una sociedad dinámica y concienciada es la auténtica garantía de futuro para nuestra convivencia en libertad y democracia. Y, dentro de ella, como su auténtico nervio vital, no debemos cejar nunca en el reconocimiento de los mejores. De sus miembros más innovadores y comprometidos, a los que también se dirige desde la historia nuestra Santa, que quiere “mucho avisar de que miren no escondan el talento”, porque “en todo es menester experiencia y maestro”.

Experiencia y maestría. Compromiso y ejemplo que hoy la Comunidad quiere reconocer en los Premios Castilla y León que presiden este acto institucional.

Para Teresa de Ávila, los buenos libros “son alimento para el alma, como la comida lo es para el cuerpo”. Ella misma fue escritora de expresión viva, resuelta, elegante, sin adornos. Por ello gustaría sin duda de la poesía austera y sin artificios del nuevo Premio de las Letras, Fermín Herrero Redondo, otro escritor de tremenda naturalidad y hondura, que considera a la poesía como “el mundo en su mejor lugar”. Desde sus tierras altas sorianas, defiende que “el espíritu castellano es lo local sin paredes”. Clama en favor de lo humano “en estos tiempos en que el dolor se reduce a estadísticas”. Evoca el “tiempo detenido” y esos “dominios del silencio” que son muchos de nuestros pueblos y lugares, en los que “es virtud la templanza y no se pierde el hombre por el lucro o la apariencia”. Y coincide casi textualmente con la Santa en que “es fundamental mantener el hilo de la tradición, e intentar sostener o mejorar el mundo a través de las cosas pequeñas”.

Cuando la propia Teresa de Jesús decía que “en no teniendo yo qué hacer, estoy mala”, no podía saber que tendría en el Premio de Valores Humanos, Antonio Romo Pedraz, un distinguido seguidor. Que tiene bien presente cómo la Santa “no se jubiló nunca y vivió feliz”. Y que está convencido de que “el trabajo lo cura todo”, y no es necesario alejarse de las ocupaciones útiles para alcanzar el sosiego de la paz. También le une a ella otro rasgo esencial. Ambos, en lugar de ver problemas, vieron retos y oportunidades que afrontar con un emprender, un caminar, un sueño. En el padre Antonio, el reto de avivar y mantener las llamas de la solidaridad con los más humildes y los menos favorecidos. Y de enseñarnos a todos que, mientras esa solidaridad perviva, cada persona, familia, barrio, pueblo, y la propia sociedad, tendrán siempre esperanza.

Desde la otra orilla de la vida, pero también ejemplo de la importancia y superioridad que Teresa atribuía a las obras y al trabajo, viene el nuevo Premio de las Artes, Amaya Arzuaga Navarro. La suya ha sido casi desde niña una labor continua para demostrar con éxito que el arte también anda entre costuras, a través de la originalidad y atrevimiento de unos diseños que convierten su creación en un acto artístico. Que la dotan de una imagen personal, propia e intransferible. Y que impulsan la proyección internacional de su nombre y su trabajo, incluso en los escenarios y mercados más severos, donde con ella va también la imagen y el nombre de la Castilla y León más actual y moderna. Y es que Amaya ha llevado siempre el orgullo de su origen. Y por eso a nosotros nos llena de satisfacción contar con ella como una de nuestras mejores embajadoras.

Teresa aconsejaba a sus monjas “llaneza y simplicidad en el hablar”. Un objetivo de calidad al que está dedicando su vida nuestro Premio de Ciencias Sociales y Humanidades, Salvador Gutiérrez Ordóñez. Es un destacado discípulo y continuador de la Escuela de Gramática de Emilio Alarcos, que precisamente le precedió en este mismo Premio hace ya algunos años. Académico y sabio, ha dejado constancia de su vasta experiencia lingüística en obras canónicas de referencia como son la “Nueva Gramática de la Lengua” o el “Diccionario Panhispánico de Dudas”. Activo defensor de la lengua española como organismo vivo y elemento de cohesión social, considera que las aportaciones de todos quienes en el ancho mundo la hablamos y escribimos, “como las carabelas, hacen el viaje de ida y vuelta”, contribuyendo con ello a forjar y consolidar la fraternidad de una amplísima comunidad humana.

La excelencia académica, la trascendencia divulgativa de su obra, o el exhaustivo conocimiento de Castilla y León, son sólo algunos de los méritos que justifican el Premio de Protección del Medio Ambiente otorgado a Juan Andrés Oria de Rueda Salgueiro. Desde esa excelencia y ese conocimiento, ha difundido la extraordinaria biodiversidad de nuestra tierra, y el esencial papel que la cultura tradicional tiene en su protección. De manera simultánea, ha promovido y puesto en valor el aprovechamiento racional de sus recursos naturales, y de manera especial los micológicos, como poderoso atractivo turístico y elemento importante de nuestra rica y variada gastronomía. Un esfuerzo que nos recuerda la sentencia teresiana de que “también entre los pucheros anda el Señor”.

500 años después del nacimiento de Teresa de Ávila mucho tenemos que avanzar aún en el reconocimiento social de la igualdad esencial entre mujeres y hombres. La valorización aún necesaria del papel y el trabajo de la mujer está sin duda presente en el nuevo Premio de Investigación Científica y Técnica, que por primera vez distingue a una mujer, en la persona de Manuela Juárez Iglesias. Se trata de una infatigable investigadora, entusiasta de la docencia, gran directora de equipos, y notable divulgadora. Destacan sus pioneros trabajos en el campo de los productos lácteos, y en la mejora de la competitividad de un sector que tiene tanta trascendencia económica y social en el campo y la industria de nuestra Comunidad. Un esfuerzo que la ha convertido en una prestigiosa referencia nacional e internacional en estas materias. Algo que ha hecho manteniendo siempre el amor por su tierra natal, donde aprendió, según sus propias palabras, que “lo más importante en la vida es trabajar duro y tener ética, trabajes en el campo que trabajes”.

Dicen que Santa Teresa sabía mal cantar, pero sí apreciar la música, hasta el punto de ser una maestra en el arte de las "transformaciones a lo divino", en las que quienes carecían del conocimiento musical necesario para componer, recurrían a la música popular, y sustituían la letra original por sus propios versos. Sin duda, le hubiera complacido mucho conocer la labor de nuestro Premio de Restauración y Conservación del Patrimonio, Ismael Fernández de la Cuesta, con quien también compartiría seguro la cita de San Pablo de que “la fe viene por el oído”.

Investigador, musicólogo, intérprete, promotor y divulgador, tuvo como provechosa escuela el Monasterio de Santo Domingo de Silos, convirtiéndose en uno de los mayores expertos mundiales del canto gregoriano, e impulsor determinante de su difusión reciente entre el gran público. Su perfil intelectual compone la figura del humanista empeñado en la preservación de ese importantísimo patrimonio inmaterial. Que es nuestro más antiguo y venerable legado musical, y que defiende y define como algo muy vivo. En ningún caso como un mero elemento arqueológico, sino como parte activa de nuestra vida e identidad, por lo que llevarlo al aire y difundirlo es, de alguna manera, volver a crearlo.

Finalmente, el nuevo Premio del Deporte, el Club Baloncesto Silla de Ruedas Valladolid, puede ser hoy para nosotros el mejor reflejo de esa “voluntad de animarse a grandes cosas” a la que alentaba Teresa de Ávila. Grandes cosas en lo deportivo, como así lo demuestran su larga permanencia en la División de Honor de su especialidad o los importantes trofeos conseguidos. Pero sobre todo grandes cosas en lo humano, demostrando que la excelencia se puede alcanzar a pesar de cualquier limitación. Así, es imprescindible reconocer su aportación a la lucha por la “normalización de la discapacidad”. Gracias a su empeño, su dedicación, y un espíritu de trabajo que es ejemplo para muchos, contamos hoy con uno de los grandes referentes nacionales del baloncesto adaptado, que ha derribado barreras y estereotipos, hasta convertirse, por derecho propio, en uno de los clubes deportivos de élite de Castilla y León.

Quiero reiterar a todos los Premiados mi felicitación y agradecimiento, que estoy seguro que compartís todos los presentes, y comparten también todos los castellanos y los leoneses. Os presentamos y reivindicamos como los más recientes ejemplos de los mejores de los nuestros. Y del talento, la sabiduría, la voluntad, y la enorme riqueza humana que tenemos la fortuna de disfrutar en Castilla y León. De la que debemos estar siempre legítimamente orgullosos. Y que es nuestra mejor esperanza de futuro.

Queridas amigas y amigos:

El protagonismo de las personas y el dinamismo social al que nos venimos refiriendo exige un entorno libre, justo, digno y próspero, capaz de alentar lo mejor de cada uno y lo mejor de todos. Un entorno que, por fortuna, los españoles hemos sido capaces de construir y mantener en el tiempo más reciente y actual de nuestra vida en común.

Ahora hace justo 40 años se empezaba a cerrar uno de los periodos más oscuros de la misma, para dar paso a una nueva etapa en la historia de España. Comenzaba la Transición política. Un proceso en el que los españoles decidimos abrir un tiempo nuevo de democracia, libertad y convivencia en paz. Lo hicimos además en unos momentos muy difíciles de tremenda crisis social, cuando la única certeza firme era que la inmensa mayoría de nuestra sociedad no quería volver al pasado.

Quienes protagonizaron la Transición, con voluntad resuelta, indudable audacia, y reconocido patriotismo, supieron culminar una obra a la que debemos el más largo y fructífero periodo de paz, democracia y libertad de nuestra historia. No exento, por supuesto, de problemas, conflictos, crisis, fallos o carencias. Pero, sin duda, el más positivo y digno que España ha tenido.

Siempre es buen momento para rendir memoria a todos los que, con su esfuerzo, inteligencia, compromiso y generosidad, contribuyeron a ese éxito histórico de nuestra sociedad. Muchos de ellos están vinculados directamente con nuestra tierra, como es el caso inolvidable de otro gran abulense, Adolfo Suárez, uno de los principales impulsores de esta España constitucional y moderna.

Asimismo en nuestra memoria están siempre todos los que dieron su propia vida en ese camino hacia la libertad y la democracia, arrancada por la sinrazón asesina de un terrorismo totalmente incapaz de comprender esos valores. También muchos de ellos son de Castilla y León, a quienes hace sólo dos meses nuestras Cortes ofrecieron un homenaje de justicia, reconocimiento y gratitud que todos compartimos con emoción.

Por tantas y tantas razones, nuestra Transición a la democracia es un periodo apasionante que mantiene su vigencia. No porque nuestras circunstancias actuales sean similares a las de entonces, pues no lo son aún siendo bien difíciles y complejas. Sino por el espíritu de lo que representó, por las dificultades grandes a las que tuvo que hacer frente, y por el compromiso y coraje de tantas personas de tan variada procedencia para resolverlas, desprendiéndose en muchos casos de sueños irrealizables para conseguir lo realmente posible.

Aquel legado es un estimulante mensaje de motivación y esperanza para afrontar cualquier reto presente y futuro, si sabemos recoger bien el testigo de sus protagonistas. Es a lo que se refirió el propio Rey Felipe VI en su mensaje de Proclamación ante las Cortes Generales, el 19 de junio del pasado año 2014, cuando nos animó a todos a “revitalizar nuestras instituciones, a reafirmar en nuestras acciones la primacía de los intereses generales, y a fortalecer nuestra cultura democrática, en torno a los objetivos comunes que nos plantea el siglo XXI”.

Con la mirada puesta en lo más inmediato, pero sobre todo con la visión de ese horizonte temporal a medio plazo que para tantas cosas importantes va a ser el año 2020, es bueno que reflexionemos sobre la necesidad, ahora más que nunca, de ejercer las responsabilidades públicas que tenemos cada uno de nosotros, por supuesto cada cual en su respectiva función democrática y papel social, pero intentando siempre trabajar más unidos, conciliar nuestras diferencias desde el mayor respeto, y marcarnos el bien común como fundamental objetivo. Sin olvidar nunca la actitud humilde de conocer nuestras limitaciones y reconocer nuestros errores. Pero con la valentía de buscar en los demás las ayudas necesarias, de rectificar para acertar, de asumir todas nuestras responsabilidades, y de seguir siempre adelante.

Creo que la misma sociedad, a pesar de sus acelerados cambios, nos está exigiendo un esfuerzo renovado en el que apliquemos muchas de las fórmulas que al inicio de esta etapa se demostraron tan válidas y acertadas.

Nos reclama diálogo. Exploración de consensos. Renuncias mutuas para llegar a acuerdos que den respuestas a todos los grandes problemas que tenemos planteados, ya sean sociales, económicos o territoriales.

Y nos reclama estabilidad y reglas de juego claras. Como ha sido y sigue siendo la Constitución de 1978, sin duda la mejor expresión marco de la voluntad de convivencia en libertad y de reconciliación de todos los españoles.

Precisamente gracias a ella, y a su contenido innovador y previsor en busca de soluciones a nuestros principales problemas históricos, hoy contamos con un Estado altamente descentralizado. Que apuesta por la cercanía al ciudadano a través de sus Administraciones autonómicas y locales. Y que reconoce y ampara sus singularidades territoriales y culturales en el marco de una de las grandes Naciones de Europa.

Por esa proximidad con las personas y los territorios, el modelo autonómico ha constituido durante estas décadas un importante factor de dinamización económica y social. Y está contribuyendo en los últimos años a dar respuestas y a superar la larga y profunda crisis sufrida, y a garantizar algunas de las bases principales de nuestro Estado del Bienestar.

Ese autonomismo, basado en la utilidad y el servicio a las personas, a las familias, y a todos los grupos sociales, ha favorecido que los castellanos y leoneses disfrutemos de mejores cotas de desarrollo, prosperidad y calidad de vida. Nos ha permitido consolidar unos servicios públicos muy valorados y extendidos a lo largo de todo nuestro territorio. Y nos ha permitido también aumentar nuestra riqueza material, equipararnos a muchas de las medias nacionales y europeas, y ser más competitivos y más abiertos al exterior.

Por ello, frente a quienes consideran agotado este modelo, frente a los que quieren deshacerlo, por exceso o por defecto, manifiesto una vez más mi firme convicción de que el Estado Constitucional de las Autonomías continúa siendo esa piedra angular sobre la que se asienta nuestro modelo de convivencia democrática. Y sobre la que merece la pena seguir trabajando, junto a todos nuestros paisanos, por el mejor futuro de Castilla y León en su actual marco español y europeo.

Una esperanza de futuro que tanto depende del aprovechamiento de cuatro importantes fortalezas que tenemos como Comunidad, y que deberían estar hoy muy presentes en nuestro corazón y en nuestra mente en una Fiesta y en un acto como este. Y que son:

Nuestros valores esenciales: lengua, patrimonio histórico, cultural y natural, que son sin duda rica y plural seña de identidad, pero también factor de crecimiento, cohesión y empleo.

El municipalismo: la apuesta de tantos hombres y mujeres de Castilla y León por su amplio medio rural como espacio de vida y de trabajo, en la agricultura y la ganadería o en otras actividades, y que merecen las mismas garantías de servicios públicos de calidad y de oportunidades que los habitantes de las ciudades.

El esfuerzo de diálogo social y de pacto político: fundamental para abordar con eficacia y éxito los grandes retos sociales, económicos y políticos a los que nos tenemos que enfrentar, empezando por los objetivos de la consolidación del crecimiento y la urgente y más intensa creación de empleo.

Y, finalmente, el optimismo de nuestra voluntad: el coraje, valentía, inconformismo, seriedad, capacidad de trabajo, de afrontar grandes empresas individuales y comunes, de sentir con los demás, y de sufrir hasta alcanzar las metas que nos proponemos. Una disposición de la que son excelentes ejemplos los nuevos Premios Castilla y León. Y a la que, por último, nos exhorta Teresa de Ávila desde su obra “Camino de perfección”, cuando insiste: “Tomad mi consejo y no os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, puesto que no estáis aquí a otra cosa sino a pelear”.

Feliz día de Castilla y León. Y muchas gracias a todos.



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