Ortografía de la lengua española






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títuloOrtografía de la lengua española
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PRESENTACIÓN DE LA EDICIÓN DEL

IV CENTENARIO DEL QUIJOTE

En el más reciente Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española que tuvo lugar en San Juan de Puerto Rico, en el año 2002, las veintidós academias de la lengua acordaron, a propuesta de la Hondureña, que su aportación conjunta a la celebración del cuarto centenario de la aparición de la primera parte del Quijote sería la publicación de una edición de la obra que cumpliese con varios requisitos de no muy fácil acatamiento. Se procuraría una edición noble, con riqueza y rigor de contenido y, al mismo tiempo de alcance popular, no sólo por la adecuación de sus méritos filológicos al gran público, sino por la modestia y baratura de su precio que habría de propiciar su difusión masiva en todo el ámbito de la lengua española. Al texto de la novela, se habría de añadir, sin ánimo de erudición, estudios y apéndices sobre aspectos importantes de la obra que facilitasen su lectura. La realización de la encomienda quedó a cargo de la Real Academia Española y las demás academias comprometieron su apoyo a la empresa, sobre todo con el lanzamiento de la edición, en su momento, en cada país de habla española, en las Filipinas y Estados Unidos.
Esta proceder es cónsono con la política panhispánica que en los últimos años han adoptado las academias que procura, entre otras cosas, consensuar entre las veintidós corporaciones las obras fundamentales del idioma. Así ha sido con la Ortografía de la lengua española (1999) y con la más reciente edición impresa del Diccionario académico (2001), como lo será con el Diccionario panhispánico de dudas que saldrá a la luz pública el próximo año y con la Gramática de la lengua española, en etapa de preparación muy avanzada. En la confección de estas obras la ingerencia particular de las academias de cada país ha sido creciente en proporción a la fortaleza científica de cada una, razón por la cual comparten todas la autoría de las obras y los beneficios que de las ediciones pudieran derivarse. Aspiran las academias a actuar como una sola, sin desatender el estudio, los intereses, las necesidades y la situación particular de la lengua en cada país o región. Se reconoce, de esta manera, que la lengua española es patrimonio y responsabilidad de todos sus hablantes, la inmensa mayoría de los cuales se concentran en Hispanoamérica y en Estados Unidos, que es, dicho sea de paso, con 35 millones, el tercer país en cuanto a número de hispanohablantes, después de México y Argentina.
La propuesta edición del Quijote, que parecía un empeño utópico, hoy es realidad gracias a un conjunto de felices circunstancias. La primera, la cooperación de la Junta de Castilla-La Mancha y de la Empresa Pública Don Quijote de la Mancha 2005 que les permitieron a la Real Academia Española y a la Asociación de Academias compartir el texto crítico y las notas de Francisco Rico, quien, además de haber fijado el texto, coordinó la edición y cuidó con esmero su calidad tipográfica, en colaboración con el académico José Antonio Pascual. Entre otros apoyos habría que resaltar también el de la Fundación Caja de Madrid que subvencionó los estudios complementarios de la edición que hoy se presenta. La Real Academia Española y la Asociación de Academias confiaron al grupo editorial Santillana el diseño, la impresión y la difusión de esta edición emblemática del Quijote, y el resultado no podría ser más halagador.
El Quijote, sin renunciar a sus viejas armas, viene ahora ataviado en un volumen de 13 x 20 centímetros y casi 1400 páginas, con interiores impresos a una tinta sobre papel de 50 gramos por metro cuadrado. El plano de la cubierta luce cuatro colores sobre papel estucado semimate de 150 gramos, plastificado en brillo y pegado sobre cartón. La encuadernación es en cartoné al cromo cosido con hilo vegetal. El contenido de la edición consta de una Presentación institucional que precede a un Prólogo de Mario Vargas Llosa titulado “Una novela para el siglo XXI”, seguido éste, a su vez, por el ensayo “La invención del Quijote” que Francisco Ayala escribiera durante su exilio americano y por el estudio clásico de Martín de Riquer sobre “Cervantes y el Quijote”. Después del texto de la novela, autorizado y anotado al grano, como queda dicho, por Francisco Rico, la presente edición incluye cinco estudios sobre “La lengua de Cervantes y el Quijote”, firmados por los académicos: José Manuel Blecua, Guillermo Rojo, José Antonio Pascual, Margit Frenk y Claudio Guillén. Cierra la edición con un Glosario alfabetizado de unas siete mil acepciones que explica el significado preciso de voces, frases proverbiales y refranes en el Quijote.
Según se dispuso en la reunión de San Juan de Puerto Rico, la edición académica conmemorativa de los cuatrocientos años del Quijote se presentó oficialmente al mundo hispanohablante el 17 de noviembre pasado, en el marco del III Congreso Internacional de la Lengua Española que tuvo lugar en la ciudad de Rosario, Argentina. Fui testigo del entusiasmo de los rosarinos por el Congreso y de la extraordinaria recepción de la edición del Quijote en aquella ocasión. Los ejemplares de la obra se agotaron inmediatamente en todas las librerías de la ciudad, y fue menester que la editorial supliera, con carácter de urgencia, libros adicionales para que los libreros pudieran atender las listas de espera. También se había dispuesto en los acuerdos de San Juan, que, paralelamente, todas las Academias promoverían presentaciones de la edición en sus respectivos países con el propósito común de convertirla en el eje de las conmemoraciones académicas del centenario de la gran novela cervantina. En cumplimiento de tal acuerdo, la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española y el Grupo Santillana hemos unido voluntad y esfuerzo para celebrar esta noche la edición del Quijote cuyo pie de imprenta ostenta en paridad el nombre de la Real Academia Española y el de la Asociación de Academias de la Lengua, y en la contracubierta de la cual se consignan, como es tradición en las ediciones académicas panhispánicas, los nombres particulares de todas las academias de la lengua española.
El ensayo de Mario Vargas que prologa la nueva edición del Quijote nos propone una pregunta fundamental que algo tiene que ver con la pertinencia de la lectura de la novela al cabo de cuatrocientos años de su composición. ¿Por qué leer hoy un libro publicado en 1605 que trata sobre un loco que en su delirio quiso ser caballero andante y resucitar el mundo en el que vivieron héroes como Tirante el Blanco, Amadís de Gaula o Tristán de Leonís, tal vez justamente olvidados? Tal es la pregunta que, en sus propias palabras y con derecho propio, bien podría formular un lector del nuevo siglo, particularmente si se trata de un joven escolar. ¿Qué puede decirnos el Quijote a los lectores de hoy y del futuro inmediato? ¿Es el Quijote un libro del pasado cuya lectura nos hace cómplice de la nostalgia del protagonista? La respuesta implícita de Mario Vargas Llosa es digna de consideración. Bien pudiera serlo, si el mundo de los caballeros andantes que don Quijote procuró resucitar hubiera existido en el pasado. Pero ese mundo de paladines donde siempre triunfaba la justicia y mal alcanzaba castigo ejemplar nunca existió en la realidad. Su verdad es otra, pertenece al orden, siempre vivo, del mito y la ficción. La empresa de don Quijote no consiste, pues, “en reactualizar el pasado, sino en algo todavía mucho más ambicioso: realizar el mito, transformar la ficción en historia viva”.
El Quijote, por tanto, no es una novela sobre el pasado, nunca lo fue, sino sobre el futuro. Su gran tema afirma Vargas Llosa– es la ficción, y no es casualidad que la ficción sea, por ejemplo, el tema borgiano por excelencia. La ficción es el mundo de la irrealidad posible y su tiempo, a condición de seguir siendo ficción, es la virtualidad, que es una de las formas del futuro. Durante toda la novela, episodio tras episodio, don Quijote se mantiene fiel a su locura, que es su ficción, excepción hecha del forzado final en el que Cervantes prácticamente lo obliga a recobrar la cordura y a morir en la paz del lecho doméstico, reconciliado con la realidad. No obstante, desde muy temprano en la novela la ficción comienza “a devorar la realidad” y a conquistar, no sólo al bueno y crédulo de Sancho, sino a tantos personajes que con el pretexto de curar a don Quijote o de burlarse de él participan de su delirio. Pero dicha participación no es sólo una estrategia argumental, sino un magistral ejemplo de autofagia de la ficción, pues como bien se sabe la segunda parte del Quijote, publicada en 1615, incorporó en el plano de los referentes reales las peripecias del Quijote de 1605 y las del apócrifo que apareció entre una parte y otra firmado por un tal Avellaneda. Caso ejemplar el de los duques de la segunda parte de la obra que, habiendo leído, como otros tantos personajes, la primera al encontrarse con don Quijote y Sancho “se hallan tan seducidos por la novela [de la que son partícipes] como aquél por los libros de caballerías. Así las cosas, “disponen que en su castillo la vida se vuelva ficción, que todo en ella reproduzca esa irrealidad en la que vive sumido don Quijote”. Bien reconoce el delirio que entraña toda ficción el castellano que en el capítulo 62 de la segunda parte apostrofa a don Quijote de esta manera: “Tú eres loco...[y] tienes la propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican”. Concluye al respecto Vargas Llosa: “la locura de don Quijote –su hambre de irrealidad- es contagiosa y ha propagado en torno suyo (sic) el apetito de ficción que lo posee”. No por otra razón, añado, el Quijote es la madre de todas las novelas.
A la pregunta hipotética del joven escolar –¿por qué leer hoy el Quijote?- Vargas Llosa también parece responder con otro aserto: el Quijote es un libro sobre la libertad, es un libro para hombres y mujeres libres. Y al cuento evoca las palabras al respecto de don Quijote a Sancho, translucidoras de la experiencia de Cervantes, cautivo cinco años en Argel y preso tres veces en España por deudas y acusaciones de malos manejos. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es le mayor mal que puede venir a los hombres”. ¿Pero de cuál libertad habla aquí don Quijote? ¿De aquella íntima y esencial que es libre albedrío ante la potestad de Dios? ¿De la física que consiste en no estar entre rejas y cadenas ? ¿De aquella otra, más oriental y mística, que nos libera del yugo del deseo mediante el ejercicio del alma? ¿Habla acaso de la soberanía que la naturaleza deposita en el individuo y que éste rinde parcialmente y por convenio a la institución política? ¿Qué concepto de la libertad animó a aquel hidalgo cincuentón a abandonar casa y hacienda y a recorrer los caminos de la Mancha sin temor a retar la autoridad del Rey y de la Inquisición cuando fue menester para libertar galeotes y socorrer a los menesterosos. La interpretación de Vargas Llosa es inequívoca y congruente con su visión liberal del mundo. Para don Quijote la libertad es la soberanía del individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad. Para el ejercicio efectivo de tal voluntad se requiere, según Vargas Llosa, de un nivel mínimo de prosperidad. “Venturoso aquel –dice don Quijote- a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo”. Ventura que Cervantes, tan desdichado en sus trapisondas financieras no disfrutó, pero su personaje sí, pues las tres cuartas partes de la hacienda de don Quijote bastaban, al menos, como bien sabemos, para llevar a su mesa “una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes y algún palomino por añadidura”. Vargas Llosa ve en don Quijote un espíritu libertario extremo y un defensor de la propiedad privada, como condición necesaria de la libertad. Lectura ideológicamente interesada, sin duda, pero que vincula la novela a los grandes dilemas de la moral económica del siglo XXI, y pone de relieve la pertinencia de su lectura. Un joven checo, un lector polaco, un eslovaco, un ruso de nuevo cuño comprenderían muy esta interpretación.
La pertinencia de la lectura del Quijote en el siglo XXI también la encuentra Vargas Llosa en la imagen de España viva en las páginas de la novela. Se trata de “un mundo vasto y diverso, sin fronteras geográficas, constituido por un archipiélago de comunidades, aldeas y pueblos, a los que los personajes dan el nombre de
” . España es, por un lado la suma de las querencias inmediatas de los personajes, los sitios donde nos criamos y hemos tenido la costumbre de vivir; emoción que provoca que Sancho Panza caiga de rodillas a la vista de su aldea en el camino, exclamando: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo...” Pero la España del Quijote, según Mario Vargas Llosa, es también “un espacio mucho más vasto, cohesionado en su diversidad geográfica y cultural y de unas inciertas fronteras que parecen definirse en función no de territorios y demarcaciones administrativas, sino religiosas...” No es la del Quijote la España del imperio que ya se desmoronaba; tampoco la España del estado nacional centralizador y homogenizador que en su día la dictadura franquista elevaría al paroxismo. Es la del Quijote, parece decirnos Mario Vargas Llosa, una España prenacional y postnacional, al mismo tiempo. Un reflejo de la institucionalidad medieval que animaba los viejos libros de caballería que leía don Quijote, pero, al mismo tiempo, un augurio de un mundo plural, abigarrado, sin fronteras, “de incontables patrias, que se abre al mundo de afuera y se confunde con él a la vez que abre sus puertas a los que vienen a ella de otros lares, siempre y cuando lo hagan en son de paz”... Con observaciones como estas, Vargas Llosa, sitúa la lectura del Quijote en el centro polémico de la redefinición de los nacionalismos y de las nuevas fronteras de las identidades culturales y políticas que en estos momentos ocupa la imaginación, las gestiones y las pasiones de tantos españoles y europeos; y, por diversos motivos, también ocupa, y habrá de ocupar de manera creciente el afán de los puertorriqueños en los años por venir.
Pero la modernidad del Quijote no sólo radica en el espíritu rebelde y justiciero del personaje, y en la concepción -a un mismo tiempo particular y plural de la identidad social y personal-, sino en la vigencia de la revolución formal y estilística que la novela misma propone, asunto que nadie o casi nadie cuestiona y que ser más propio de lectores especializados, ahorro en este punto su reseña. En fin, concluye Vargas Llosa que el Quijote es una de esas “obras maestras paradigmáticas, nunca se agota, porque, al igual que el Hamlet, La divina comedia, o la Ilíada y la Odisea, ella evoluciona con el paso del tiempo y se recrea a sí misma en función de las estéticas y los valores que cada cultura privilegia”. De la lectura que Vargas Llosa nos propone surge un Quijote proteico, dúctil y apto para enriquecer los grandes debates morales, políticos y estéticos del siglo XXI. La interpretación de Vargas Llosa dialoga, coincide y discrepa en algunos puntos fundamentales con el perspicaz ensayo de Francisco Ayala titulado “La invención del Quijote” para quien el Quijote es el resultado de una tensión entre el mito viviente y universal que encarnan los personajes de don Quijote y Sancho y una imagen de España histórica y socialmente determinada, en trance de un cambio de signo colectivo. Para Ayala el Quijote es el libro de la España contrarreformista, irremediablemente pretérita y caduca, no sólo en el vasto lienzo histórico que pinta, sino en la querencia particular del mundo de los pueblos, aldeas y ventas que detalla, y que ya no existe; pero el genio de Cervantes y su particular desventura vital, en sintonía con la colectiva, le permitió forjar un héroe de colosales proyecciones cuya existencia mítica, como la de don Juan o el Fausto, le permite vivir fuera del texto. Valdría la pena enfrentar, en sus detalles particulares y en sus respectivas implicaciones ideológicas, las interpretaciones del Quijote de Mario Vargas Llosa y Francisco Ayala. El ejercicio abonaría a la riqueza inagotable de la creación cervantina, y añadiría razones al deleite de su lectura.
La edición académica del Quijote en cumplimiento de la encomienda de complementar el texto de la novela cervantina con estudios y apéndices sobre aspectos importantes de la obra que facilitasen su lectura, incluye también en los preámbulos el estudio clásico de Martín de Riquer, fuente indispensable de tantos cervantistas. La primera parte de su ensayo repasa la biografía de Miguel de Cervantes, tan llena de pesadumbre, y su obra literaria anterior al Quijote; la segunda presenta comentarios orientadores e interpretaciones valiosas que tan bien han servido a la divulgación de la gran novela cervantina. Pero aún antes de alcanzar la fábula, el lector que maneje esta edición tendrá a su disposición una Nota al texto firmada por Francisco Rico, que si bien es de naturaleza filológica y ecdótica, no carece de interés para el lego pues nos permite asomarnos con emoción a la imprenta de Juan de la Cuesta, aquel impresor y editor a cuya cuenta y riesgo se financió la primera salida del Quijote en busca de lectores. Vislumbramos, en el fragor del taller donde se componía el texto, a Cervantes modificando y completando el manuscrito a toda prisa. Casi alcanzamos a tener en nuestras manos aquella edición príncipe del Quijote, llena de erratas y lamentablemente perdida, -la única autorizada por Cervantes- que estuvo lista en las semanas finales de 1604, pero que los editores, como hacen los actuales, prefirieron fechar en 1605 para prolongar su actualidad. Unos mil quinientos ejemplares salieron a la luz publica, en pliegos doblados sin encuadernación que se vendieron a doscientos noventa maravedíes y medio el ejemplar, lo que entonces era equivalente al precio de 10 kilos de carne de carnero, o seis pollos de regular tamaño o siete docenas de huevos manchegos. Prontamente agotados, hubo margen, a las pocas semanas, para una segunda edición revisada por Cervantes, ésta sí, de 1605. Fresca aún la tinta de la impresión, varios cientos de aquellos ejemplares vinieron a dar a América: doscientos sesenta y dos a México y otro buen número paso por Cartagena de Indias, Portobelo, Panamá y el Callao hasta llegar a Lima, haciendo así la obra el viaje trasatlántico que su autor había soñado emprender y nunca pudo.
Francisco Rico ha limpiado de múltiples erratas y errores, algunos que venían arrastrándose durante siglos, la edición príncipe del Quijote y restaura la obra, en la medida de lo posible, de conformidad con la voluntad Cervantes. A manera de ejemplo, donde antes se leía: Aquella tempestad de palos que sobre él vía; ahora se lee: Aquella tempestad de palos que sobre él llovía. Donde antes se afirmaba... Son libros de entendimiento sin perjuicio de tercero; ahora se comenta... Son libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero. Algunas lecturas era francamente tentadoras como aquella que decía: Suelen hacer el amor con ímpetu; y ahora lee: Suele nacer el amor con ímpetu. Para esta ocasión Francisco Rico ha librado de erudiciones las notas calce de la edición previa del Instituto Cervantes, ciñéndolas al propósito de allanar las dificultades que la lengua del Siglo Oro pudiera ofrecer la lector actual. Igual intención persiguen los cinco breves ensayos que, a manera de apéndice, se incluyen bajo título común de La lengua de Cervantes y el Quijote, seguidos de un glosario alfabetizado de siete mil entradas, verdadero diccionario del Quijote donde el lector sabrá desde lo que es el aguachirle hasta quien es Zonzorino.
(Y termino con una transición)
Cuando Thomas Mann ganó el Premio Nobel en 1929 aún no había leído el Quijote; tampoco había cruzado el Atlántico. No fue hasta 1934 que pudo resolver ambas carencias, en caso de que tales sean, cuando a bordo de un buque holandés de lujo emprendió viaje a Nueva York, que él aún llamaba New Ámsterdam, y echó en un maletín los cuatro tomitos anaranjados que contenían la celebrada traducción al alemán del Quijote, realizada por Ludwig Tieck. No sólo leyó el Quijote en los días que duró la placentera travesía, sino que escribió, en simulacro paralelo, un largo ensayo, muy poco conocido, que alterna la crónica de viaje con el comentario cervantino, que tituló A bordo con don Quijote. “Como tengo respeto a nuestra empresa –decía Thomas Mann refiriéndose al viaje- encuentro justo y conveniente que respete también la lectura, que debe acompañarla. El Don Quijote es un libro mundial –el más pertinente para un viaje mundial. Fue una aventura audaz escribirlo, y la aventura audaz que significa su lectura corresponde a las circunstancias.” En el último de los diez días de navegación, Thomas Mann habló en sueños con don Quijote. En el sueño no se llamaba el Caballero de los Leones ni el de la Triste Figura, sino Zarathustra. Sus ojos grises, casi ciegos en el sueño, le inspiraron a Thomas Mann dolor, compasión y veneración sin límites. Al despertar, su viaje había concluido. Vio, en frente, surgiendo de la niebla, las torres de Manhattan como un fantástico paisaje colonial, como una bastionada urbe de gigantes.
El hermoso ensayo de Thomas Mann encierra muchas lecciones, todas cifradas en la metáfora del viaje como representación de la vida, de la escritura y de la lectura, formas, en fin, de la aventura. Toda aventura requiere de la ocasión propicia. Con 58 años bien cumplidos, ya consagrado como escritor, Thomas Mann se aventuró a la lectura del Quijote, como quien cumple el deber de acudir a la meca de la ficción, al menos una vez en la vida. Al así hacerlo, cruzó fronteras, cruzó lenguas, cruzó el océano que separaba el viejo del nuevo mundo y llegó al centro de sí mismo hasta descubrir en su médula germánica a un Quijote llamado Zarathustra. Pero la aventura de leer, ese viaje de sucesivos descubrimientos, requiere de bajeles bien aviados y escogidos. Thomas Mann cabalgó las llanuras de La Mancha y cruzó el Atlántico subido a la traducción que Tieck realizó del Quijote al alemán claro y rico del romanticismo clásico. Leyendo a Cervantes, a través de Tieck, Thomas Mann llegó a preguntarse cómo es posible que el humor no sea consubstancial al género épico. En otras palabras, le pareció que una aventura no podría contarse de otra manera que a la de Cervantes. ¡Qué homenaje de un laureado a un inmortal!
Tal ha sido la intención de las academias de la lengua al preparar la edición del Quijote que hoy presentamos en conjunción con el grupo editorial Santillana. Poner al alcance de los lectores actuales, sean ya cincuentones como lo fueron don Quijote y Thomas Mann en sus días, -como lo era, y muy pasado, Cervantes al emprender la escritura del Quijote- pero sobre todo al alcance de los maestros y los escolares del siglo XXI, un vehículo bien preparado, bien comentado, bien anotado y explicado, hermosamente impreso, en el cual emprender, en la ocasión propicia, la aventura fascinante y arriesgada de leer o releer El Ingenioso Hidalgo de la Mancha, que así quiso llamar, con exacto y melodioso endecasílabo, Cervantes a novela.
La Academia Puertorriqueña de la Lengua, una de las más jóvenes de todas las corporaciones del idioma, que se apresta a celebrar el año entrante el primer cincuentenario de su fundación, se siente honrada de esta empresa que conmemora el IV Centenario del Quijote, y más honrada aún porque la idea de la misma se gestó en el Congreso que hace apenas dos años tuvimos a bien organizar en nuestro país. Muchas gracias.

José Luis Vega

8 de diciembre de 2004




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