Pregunta 1ª. Origen y desarrollo de la lengua española






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títuloPregunta 1ª. Origen y desarrollo de la lengua española
fecha de publicación17.06.2016
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PREGUNTA 1ª. ORIGEN Y DESARROLLO DE LA LENGUA ESPAÑOLA




Los primeros habitantes de la Península Ibérica de los que se tiene noticia, pueblos de diversas procedencias, hablaron lenguas también diversas, célticas, ligures, ibéricas, etc; pero el conocimiento que tenemos de ellas es muy escaso y confuso. En algunas zonas del sur de Levante, donde los fenicios (desde el siglo XI antes de Cristo) y los griegos (desde el VII antes de Cristo) fundaron una serie de colonias, se hablaron las lenguas propias de estos pueblos. (influencia sustrática)




En el año 218 antes de Cristo Roma comenzó la conquista y colonización de Hispania, que originó el proceso de la romanización que es el influjo cultural y lingüístico que el Imperio Romano ejerció sobre los pueblos conquistados. Los invasores romanos no imponían de forma radical su lengua a los pueblos conquistados. Así, los habitantes de la Hispania sometida empleaban el latín sólo en la vida pública, mientras que en la vida familiar y privada conservaban su lengua propia. No obstante, el principal legado que nos dejaron los romanos fue su idioma, el latín. Así, a partir de la evolución del latín vulgar, se formaron las lenguas romances o románicas: castellano, gallego, catalán, francés, portugués, italiano y rumano.
De todas las lenguas que existían en la Península Ibérica antes de la dominación romana, y que por ello llamamos prerromanas, solo quedó en pie y ha llegado viva hasta nuestros días: el euskera. El vascuence no ha dejado de influir algo sobre la lengua castellana, y prueba de ello es que algunos rasgos fonéticos y algunos elementos morfológicos de ésta parecen ser de origen vasco.
También, de las lenguas desaparecidas han quedado reliquias aisladas dentro del vocabulario español. Algunas de las palabras que se suelen citar como “vasquismos” pudieran proceder realmente de esas lenguas de donde pasaran juntamente al euskera y al castellano. (influencia abstráctica)



En el siglo V los pueblos germánicos invadieron la Península Ibérica, pero estas invasiones alteraron muy poco el mapa lingüístico peninsular, pues cuando llegaron los visigodos ya estaban romanizados y, por tanto, hablaban latín. No obstante, algunas palabras de origen germánico como albergue, espuela o guardián quedaron incorporadas a la lengua.
Durante el siglo VIII comienza una etapa fundamental en la evolución de las lenguas peninsulares y en su diferenciación frente al resto de las lenguas romances, ya que con la invasión árabe y con los contactos mantenidos con los mismos a lo largo de ocho siglos (711 - 1492) la lengua castellana se pobló de arabismos. En todo Al Andalus la lengua oficial sería la de los dominadores, el árabe, pero los hispanos que habitan en territorio árabe se llamaban mozárabes, mozárabe es también el nombre que recibe su lengua. En ella están redactados los primeros textos literarios en lengua romance: las jarchas (composiciones escritas en alfabeto árabe o hebreo, pero que transcritas corresponden a una lengua arábigo-andaluza).

El mozárabe, fue desapareciendo poco a poco a medida que sus hablantes, al avanzar la Reconquista, eran incorporados a los reinos cristianos del norte y adoptaban su lengua, que eran otros romances.

Los romances avanzaron hacia el Sur a medida que los territorios se expandían. Uno de estos romances será el que dará lugar al Castellano.
El castellano (o español), es una lengua románica o romance derivada del latín vulgar, lengua impuesta por los romanos en su proceso de colonización de España y que desplazó al resto de las lenguas prerromanas, a excepción del vasco, que terminaron por desaparecer. Como consecuencia de la fragmentación del latín peninsular, debido, entre otras causas, a la quiebra económica del imperio, el abandono de la vida urbana, las invasiones de los pueblos germánicos y la dificultad de las comunicaciones, surgieron las lenguas románicas: en el norte y de este a oeste, el catalán, el navarro-aragonés, el castellano, el astur-leonés y el gallego-portugués; y en el sur, el mozárabe.
El castellano es el resultado de la evolución que experimentó el latín en un pequeño territorio mal romanizado del alto Ebro que ocupaba una parte del oriente y sur de Cantabria y el norte de la provincia de Burgos, zonas que habían quedado libres del dominio musulmán después de la invasión del siglo VIII, expandiéndose posteriormente hacia el sur con el avance de la Reconquista, al mismo tiempo que se enriquece con la incorporación de elementos de las distintas lenguas sometidas.
Dos factores influyen en la evolución del castellano:
1) La menor intensidad de la romanización, lo que permitió al castellano ser una lengua más innovadora que otras de origen romance.
2) Una mayor presencia del sustrato prerromano, sobre todo del vasco, lo que explica algunos fenómenos propios de esta lengua, como el paso de la / f / inicial latina a / h /.
Algunos rasgos que caracterizan al castellano como lengua románica son los siguientes:
1) Transformación de -f- inicial latina en -h- (ej.: farina > harina).
2) Pérdida de la consonante -g- inicial latina ante -e- o -i- átonas (ej.: gelatum > helado).
3) Diptongación de las vocales latinas e y o breves y tónicas en los diptongos -ie- y -ue- (ej.: ventu > viento, porta > puerta).
4) Palatalización de los grupos iniciales latinos -pl-, -cl- y -fl- > -ll- (ej.: plorare > llorar, clamare > llamar y flamma > llama).

5) Reducción de diptongos latinos -ai- > -e- (ej.: carraira > carrera), -au- > -o- (ej.: aurum > oro).

6) Evolución de los grupos consonánticos latinos -ct- y -ult- > -ch- (ej.: nocte > noche, multum > mucho).
7) Conversión de -g’l- y -c’l- > -j- (ej.: regula > reja, speculum > espejo).
8) Transformación de -li- + vocal > -j- (ej.: mulierem > mujer).

Esta serie de alteraciones fónicas del latín afectó sólo a las palabras patrimoniales, es decir, aquéllas que eran empleadas comúnmente por el pueblo, pero no a los cultismos.

Aunque las primeras manifestaciones escritas en castellano son las Glosas Silenses y Emilianenses (escritas en el siglo X en los monasterios de Santo Domingo de Silos y San Millán de la Cogolla), son un conjunto de anotaciones y traducciones escritas en castellano sobre textos latinos, la mayoría de edad del castellano se produce en el siglo XIII cuando convive con el latín como lengua escrita.
En el siglo XI tiene lugar las primeras fases de expansión del castellano, la diptongación de /e/ y /o/ breves tónicas en /ié/ y /ué/ (ej.: netu > nieto, fonte > fuente) y la reducción del sufijo /-iello/ a /-illo/ (ej.: castiello > castillo). En este siglo Castilla abre sus puertas a Europa a través de Francia, por lo que se produce una considerable entrada de galicismos (ej.: mensaje, manjar, vergel, etc.) y la apócope o eliminación continua de -e- en posición final por influjo francés (ej.: mont). De esta época son las jarchas, estribillos de dos o cuatro versos de las moaxajas, en los que las enamoradas cantan sus goces o cuitas, preludiando lo que habían de ser las cantigas de amigo galaico-portuguesas y los villancicos castellanos.
En los siglos XII y XIII se produce un avance considerable de las líneas fronterizas y el castellano se va asentando en una zona cada vez más extensa y heterogénea lingüísticamente, imponiéndose a las lenguas autóctonas. En ambos siglos, así como en el anterior, se produce la adopción de numerosos galicismos, es decir, palabras provenientes del francés, debido a la influencia del camino de Santiago.
En el siglo XII se conserva la -f- en posición inicial (ej.: fembra), se utiliza el artículo al lado del adjetivo posesivo (ej.: la mi casa) Hasta entonces esta lengua fue un vehículo de comunicación fundamentalmente oral; este carácter popular está presente en la primera obra literaria conocida, llamada el Poema de Mío Cid, obra perteneciente al Mester de Juglaría, escrita en el siglo XII, y concebida, como cualquier cantar de gesta, para ser recitada en voz alta por los juglares ante un auditorio analfabeto, no para ser leída.
En el siglo XIII se producen continuas vacilaciones en el timbre de las vocales (ej.: voluntad / veluntad), existen conglomerados (ej.: gelo > se lo) y se produce la reposición de la -e- en posición final, que se había perdido en siglos anteriores por influencia francesa. Con el reinado de Alfonso X el Sabio, el castellano sustituye al latín como lengua oficial en textos escritos y, al mismo tiempo, se convierte en lengua de cultura al dotarla de una norma escrita que favoreció su unificación en todos los territorios. Esta norma alfonsí fue el germen de la que cinco siglos después adoptaría la RAE. Durante este periodo se da una mayor flexibilidad de la lengua, con un empleo mucho más frecuente de proposiciones subordinadas que en etapas anteriores. Durante este siglo el infante don Juan Manuel escribe El Conde Lucanor, obra formada por un conjunto de ejemplos de carácter moral. En este siglo surge el Mester de Clerecía, caracterizado por su temática religiosa, su propósito didáctico y moral y por el uso de la cuaderna vía como forma estrófica. Sus principales autores son Gonzalo de Berceo, autor de los Milagros de Nuestra Señora, libro de exaltación de los milagros llevados a cabo por la Virgen María y Juan Ruiz ‘Arcipreste de Hita’, autor del Libro de Buen Amor, obra en la que se mezclan los elementos cristianos con otros paganos y mundanos.
En los siglos XIV y XV tiende a fijar sus formas, incorpora numerosos cultismos por la labor de las universidades, crece su consideración como vehículo de creación artística y aparecen importantes obras literarias en castellano: el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique y La Celestina de Fernando de Rojas.

En el siglo XV el castellano medieval dio paso al clásico. En este periodo se sustituye la f- inicial por -h- aspirada, se restituye la -e en posición final de palabra, se produce alternancia entre la /t/ y la /d/ en posición final (edat / edad) y se utiliza el sufijo -illo en posición final. A nivel léxico se introducen una gran cantidad de latinismos y en sintaxis la característica más importante es la libertad que presenta la frase en lo referente a su ordenación, por lo que es muy común el uso de hipérbatos, es decir, alteraciones del orden sintáctico habitual.
A fines del siglo XV, tras la unificación del reino de Castilla y la corona de Aragón, el castellano es llevado a América por los conquistadores, y en 1492 aparece la primera Gramática Castellana de Elio Antonio de Nebrija (1442 - 1522), obra que fija las normas ortográficas y sintácticas del castellano de la época y que servirá de modelo para otras obras posteriores del mismo tipo. Durante este siglo, la prosa busca amplitud y magnificencia, aumenta considerablemente el número de latinismos e italianismos, se produce vacilación entre la /f/ y la /h/ en posición inicial (ej.: facer / hacer), alternan la /t/ y la /d/ en posición final de palabra (ej.: edat / edad), se vacila entre /dubda/ y /duda/, las vocales inacentuadas alteran con frecuencia su timbre (ej.: /sofrir/ y /sufrir/).
A partir del siglo XVI y debido a la extensión del imperio español, el castellano empieza a ser denominado español, y florece especialmente en el Siglo de Oro, periodo en el que esta lengua adquiere su actual estructura, tanto en el plano fonológico como en el morfosintáctico. En este siglo se produce la unificación de la lengua literaria, por lo que pasa a utilizarse de forma exclusiva en todo tipo de obras literarias. Podemos señalar dos motivos por los que el castellano pasa a denominarse español: el primero es que fuera de España la designación adecuada para representar el idioma de la región recién unificada era lengua española y el segundo era el hecho de que dentro de España aragoneses y andaluces no se sentían partícipes del adjetivo castellano y sí de español. El modelo de habla que se utiliza en esta época era el que practicaban las clases altas de Toledo. También durante este siglo nuestro idioma adquiere prestigio a nivel internacional, convirtiéndose en una de las lenguas más importantes del mundo debido a la expansión del Imperio español. Debido a ello, es muy común la introducción de numerosos hispanismos en otras lenguas, sobre todo el italiano y el francés.
La norma general del lenguaje de la primera mitad del siglo (reinado de Carlos I) era la expresión llana, libre de afectación, pero depurada según los gustos del habla cortesana. Se busca en la lengua de los escritores el modelo de norma correcta y destaca la abundancia de italianismos (ej.: soneto), galicismos (ej.: coronel) y lusismos (ej.: mermelada). Van desapareciendo las vacilaciones de timbre de las vocales átonas (ej.: sofrir > sufrir), deja de pronunciarse la /h/ aspirada procedente de /f/ inicial, se produce la vacilación en grupos consonánticos (ej.: dubda / duda), los verbos ‘ser’ y ‘estar’ adquieren su valor actual, se generaliza el uso de la preposición a ante el Complemento Directo de persona (ej.: veo a mi hermana). Los poemas amorosos de Garcilaso, que introducen la lírica italianizante y la prosa del Lazarillo de Tormes o de Santa Teresa constituyen el modelo de lengua literaria de la época.

En la segunda mitad de siglo (reinado de Felipe II), España se impregna del espíritu de la Contrarreforma y se caracteriza por el esplendor que alcanza la literatura religiosa. Sobresale, en primer lugar, la fulgurante explosión del fervor místico, por lo que los escritores místicos nos hablan del proceso del alma que, despojada de todo apego a lo terrenal y concreto, se encierra en sí para lanzarse a la búsqueda de Dios, alentada por el amor y sin más guía que la fe; estos autores aplican al amor de Dios el lenguaje más ardiente del amor humano y acuden a contrasentidos (ej.: “entender no entendiendo”). Los principales representantes de este movimiento son Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
En el siglo XVII surge el Barroco, movimiento literario que supone una complicación en la lectura de las obras, por lo que el español se enriquece con la entrada de numerosos términos nuevos y palabras cultas, generalmente procedentes del latín. En este siglo, las letras llegan a su apogeo y florecen nuestros más grandes pintores; sin embargo, las inquietudes científicas declinan gravemente. Este movimiento literario se caracteriza por la lucha entre apariencia y realidad, grandeza y desengaño, y surge lentamente el pesimismo. La literatura del periodo se reparte en direcciones que aparecen como actitudes unilaterales o contradictorias: la exaltación heroica (teatro de Lope de Vega), escape hacia la belleza irreal (poesía culta de Luis de Góngora), cínica negación de valores (literatura satírica o novela picaresca) y ascetismo.
Durante este siglo aumenta considerablemente el vocabulario y se producen algunos cambios lingüísticos importantes, que llevan a conformar el castellano moderno.
Esta lengua es cultivada por escritores de la talla de Miguel de Cervantes, heredero de la ideología renacentista y de la fe en la naturaleza, propugna un habla regida por el juicio prudente y su estilo típico es el de la narración realista y el diálogo familiar, junto a un humorismo optimista y sano y es un autor de una obra inmortal como es El Quijote. Otros autores que cultivan nuestro idioma son el poeta culterano Luis de Góngora, autor de composiciones poéticas de gran dificultad como las Soledades o la Fábula de Polifemo y Galatea, el novelista y poeta Francisco de Quevedo, autor de una novela picaresca de gran importancia como El Buscón o Félix Lope de Vega, creador de la comedia nacional con títulos tan importantes como Peribáñez y el comendador de Ocaña, El caballero de Olmedo y Fuenteovejuna.

El siglo XVIII marca una quiebra de la tradición hispánica y un auge de la influencia extranjera. En él se funda la Real Academia Española de la Lengua (1713) bajo el lema de “Limpia, fija y da esplendor”, con la finalidad de preservar la pureza del idioma, evitando extranjerismos innecesarios, y dotar al castellano de una norma fija y definitiva. Se publica el Diccionario de Autoridades (1726 - 1739), la Ortografía (1741) y la Gramática castellana (1771), que intentan codificar la norma culta o modélica. El resultado de todo esto es una fisonomía plenamente moderna, ya que, a partir de este siglo, se fijan de forma casi definitiva las grafías castellanas. Se busca como modelo la lengua clara y llana utilizada por Garcilaso o por el anónimo autor del Lazarillo como antídoto contra los excesos barrocos usados a lo largo de la centuria anterior. Hay que señalar que en este periodo se produce la fijación de las formas latinas como concepto y digno en lugar de conceto y dino, se regulariza totalmente el sistema gráfico de nuestra lengua, que hasta dicho periodo era el mismo que el utilizado por Alfonso X. Durante este siglo aumenta considerablemente el número de palabras introducidas en nuestro idioma, en su mayor parte tecnicismos como barómetro, electrizar, microscopio, etc.; igualmente se produce un aumento de galicismos (ej.: galante, resorte, etc.), italianismos (ej.: adagio, acuarela) y los primeros anglicismos, que serán un preludio de la gran invasión que se produce actualmente. Se trata, en definitiva, de un siglo que mostró una gran preocupación por el idioma. Hay que señalar que a lo largo del siglo se introducen una gran cantidad de galicismos, lo que provoca una reacción purista. A partir de 1815 quedó fijada la ortografía vigente en la actualidad. Las reformas posteriores han sido mínimas, limitadas a la acentuación y a casos particulares.
Ignacio de Luzán, autor de una obra llamada la Poética, publicada en 1737, prepara el camino a la tendencia neoclásica, según la cual la literatura había de atenerse a una rígida imitación de los modelos griegos y latinos y debía guardar los preceptos de Aristóteles y Horacio, como habían hecho los autores franceses del siglo XVII. A nivel literario se trata de un siglo de escasa importancia, en el que sólo cabe mencionar a Leandro Fernández de Moratín, creador de la comedia neoclásica y autor de una obra de cierta importancia como es El sí de las niñas y José Cadalso, novelista prerromántico, autor de las Cartas marruecas y las Noches lúgubres.

En el siglo XIX el gobierno de la nación dispuso que el español o castellano fuera lengua oficial en todos los centros de enseñanza. El latín, que hasta la fecha era lengua obligatoria en las Universidades, deja de utilizarse como lengua hablada. Podemos afirmar que, al introducirnos en este siglo, la lengua española está sustancialmente normalizada. Durante este siglo se producen dos movimientos literarios: el Romanticismo y el Realismo.
El Romanticismo es un movimiento literario de la primera mitad del siglo XIX que llevó a la poesía espíritu y forma nuevos utilizando un léxico de carácter emocional (ej.: agonía, delirio, frenesí). A nivel poético destacan José de Espronceda, autor de El estudiante de Salamanca y El diablo mundo y Gustavo Adolfo Bécquer, autor de las Rimas y Leyendas. En el teatro destaca el drama romántico, cuyos principales cultivadores son el duque de Rivas, autor Don Álvaro o la fuerza del sino y José Zorrilla, autor de Don Juan Tenorio.

El Realismo es un movimiento literario de la segunda mitad del siglo XIX, que afecta de forma principal a la novela, caracterizada por el uso de un lenguaje sencillo y por la reproducción de ambientes cotidianos. Los principales novelistas realistas son Pedro Antonio de Alarcón, autor de El sombrero de tres picos, Juan Valera, autor de Pepita Jiménez, Benito Pérez Galdós, autor, entre otras novelas, de Fortunata y Jacinta, Marianela y Misericordia y Leopoldo Alas ‘Clarín’, autor de La Regenta.


En los siglos XX y XXI la lengua continúa su evolución debido a los progresos tecnológicos, a la mejora de las condiciones de vida que permiten la alfabetización de la mayor parte de la población, y al desarrollo de los medios de comunicación, que contribuyen a extender el nivel culto del idioma a un mayor número de hablantes y contribuye a una mayor uniformidad lingüística, lo que excluye la vitalidad de las variedades geográficas. Además, la emigración del campo a las ciudades más industrializadas ha llevado al abandono de un tipo de vida tradicional y al olvido de una serie de palabras que designaban oficios campesinos (ej.: trillar, encalcar, badila, etc.).






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