La buena nueva de los libros del caminante






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UN LIBRO INÉDITO DE
FOGWILL
La gran ventana de los sueños

El autor
Rodolfo Enrique Fogwill nació en Quilmes, Buenos Aires, en 1941 y murió en la ciudad de este nombre el 21 de agosto de 2010. Construyó una de las obras más importantes de la literatura argentina de las últimas décadas y también un personaje público –polémico y a contrapelo de la moral al uso– de gran influencia en el campo cultural argentino. Escritor de culto en los primeros años de la década del 80 y cultor de un puñado de escritores cuya obra contribuyó a difundir (Néstor Perlongher, Osvaldo y Leónidas Lamborghini, César Aira y Alberto Laiseca, entre otros), Fogwill abandonó sus nombres de pila para firmar sólo con su apellido.


Sociólogo, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde fue docente y profesor titular, atravesó diversos oficios y avatares, que entrelazó, como huellas más o menos veraces de su autobiografía, en sus ficciones y poemas: publicista y asesor de marketing, ensayista sobre temas sociológicos, culturales y políticos, aventurero, editor y, finalmente y más que nada, escritor. Creador del sello editorial Tierra Baldía, donde aparecieron algunos títulos hoy fundamentales de la poesía argentina, la constelación de su propia obra literaria se inicia con dos libros de poesía: El efecto de realidad (1979) y Las horas de citar (1980). En 1980 obtuvo el premio Coca-Cola por su cuento “Muchacha punk”, incluido en su libro Mis muertos punk (1980). Tres libros: Música japonesa (1982), Ejércitos imaginarios (1983) y Pájaros de la cabeza (1985) incluyen algunos de sus cuentos más logrados. En 1983, aparece uno de sus libros fundamentales: la novela Los pichiciegos, cuya escritura expone los padecimientos y modos de supervivencia de los protagonistas de la guerra de Malvinas por medio de la imaginación literaria y no desde el rigor documental.

En 1990 regresó a la poesía con un libro cuyo título parece nombrar la intención del conjunto de su obra: Partes del todo (de 1998 es su edición ampliada). Ese mismo año apareció su segunda novela, La buena nueva de los libros del caminante, preanunciada como Historia de un caminante o Nuevas de un caminante y atribuida a un personaje, alter ego de Fogwill, en su célebre cuento “La chica de tul de la mesa de enfrente”.

Una pálida historia de amor (1991) se propuso, desde la novela, un acercamiento oblicuo a la figura de Isabel Perón, a través de las aventuras amorosas de una bailarina de un cabaret centroamericano. Muchacha punk (1992) y Restos diurnos (1993) rescatan cuentos aparecidos en libros anteriores e incluyen, además, nuevas piezas imprescindibles que lo confirman como un maestro del género. Cantos de marineros en La Pampa (1998), aparecido en España, agrupa en un volumen varios de sus cuentos y Los pichiciegos.

La novela Vivir afuera (1998) lo consagró definitivamente como un escritor capaz de dominar todos los formatos narrativos. Su exploración de la realidad argentina de las últimas décadas se profundizó en sus novelas siguientes: La experiencia sensible (2001), En otro orden de cosas (2002) y Urbana (2003). Curioso e inesperado corolario de ese ciclo novelístico, en 2003 publicó Runa, ambiciosa recreación de una civilización prehistórica que constituye una reflexión crítica sobre nuestra propia cultura.

Fogwill volvió a la poesía, un impulso que alimenta toda su escritura, con tres libros: Lo dado (2001), Canción de paz (2002) y Últimos movimientos (2004), recibidos por la crítica como la confirmación de su madurez literaria. En 2008 publicó Los libros de la guerra, una antología de sus artículos y entrevistas más afilados, aparecidos en la prensa durante más de un cuarto de siglo. En 2009 vio la luz la novela breve Un guión para Artkino, planteada como una parodia de 1984 de George Orwell en clave de sátira política argentina. Ese mismo año se publicó la edición definitiva de sus cuentos, reunida en Cuentos completos (Alfaguara).

Su obra narrativa fue traducida al alemán, hebreo, francés, inglés, portugués y chino mandarín. En 2003 obtuvo la beca Guggenheim y en 2004 el Premio Nacional de Literatura.

La obra
Durante buena parte de su vida, al despertar, Fogwill tomó nota de sus sueños, en el afán de no olvidarlos, de no clausurar en la vigilia la ventana que se abría, en ellos, a otros mundos de la subjetividad. En este libro, esos mundos pasan, a través del estilo incomparable del autor de Los pichiciegos, Vivir afuera, Muchacha Punk y tantos otros títulos fundamentales en la literatura argentina contemporánea, al estatuto de obra.

No se trata de una mera transcripción, de una simple recopilación de citas de un “diario de sueños”, como aclara Fogwill en el prólogo que escribió para La gran ventana de los sueños, el primero de los tres libros que el autor dejó inéditos, al fallecer el 21 de agosto de 2010, y que Alfaguara edita por vez primera dentro de un plan de publicación que comenzó con sus Cuentos completos en 2009 y que incluirá también algunas de sus obras éditas más celebradas.

Lo que se lee aquí es una escritura despierta, y al mismo tiempo, con cierto aroma de duermevela, como si, recién regresada a este lado de lo real, contara sus sueños y al mismo tiempo reflexionara sobre ellos, adivinara sus conexiones, trazara sus genealogías, sus puntos ciegos. Y el hecho de que muchos de esos sueños no sean de anoche, sino de cuarenta años atrás, no desmiente la inmediatez con que Fogwill construye, con ellos y por ellos, una voz a través de La gran ventana de los sueños.

La literatura, las mujeres, la navegación, los hijos, la memoria y el olvido, la constante interrogación de la frontera entre el yo y el mundo resuenan aquí con una lucidez y una sinceridad ejemplares, tanto en el testimonio de lo soñado como en la meditación que lo rodea. Como hizo con cada asunto puesto bajo la lupa implacable de su inteligencia, Fogwill explora, ordena, compara, interpela la materia de sus sueños desde ángulos tan diversos como personales: eso es Fogwill, una pluralidad única, irrepetible.

Aquí están los sueños de Fogwill, con su irreductible autonomía, con su cualidad de “experiencia sensible”, con su valor narrativo, y en ellos se ve cifrado, más que en ninguna otra obra, el misterio de la propia identidad.

Dice de los textos que componen este libro el autor: “Y tal vez sean una obra. Obra del sueño u obra del dueño, siempre será más original que cualquier intento de ficción. Cualquiera –y a mí me ha sucedido– puede volver a escribir o a reescribir la obra de otro, pero nadie podrá resoñar tus sueños, ni soñar los suyos con tu propio estilo de soñar, o de escuchar tus sueños.”

La gran ventana… incluye los siguientes sueños
Testigos de Jehová - La prótesis - El cementerio Fuentes - La terracota - Fuego de los e-mails - Instituciones - La pecera de Acuario - Barcos que vuelan - Sueños de mar - Tener, usar - Bajamares - La liquidez - Nombres y cosas - La decepción - Natación - Línea de producción - Retornos - Instituciones II - Tonos del sueño - Verdadero verde - La atención - Desaire - Inventar, recordar - El Nobel - Colores - Humanitos - Mutación - Cosas perdidas - Sueños eróticos - Las pipas - El ojo - Fisiología - Los días blancos y los días negros - Con una señal de mi brazo - Vida literaria - Voces - Caras - Calvicie - La música - Sueños diurnos - La nieta de Julito - Sueño del 6 de enero - Sueños de hospitales

La crítica ha dicho
Sobre Restos diurnos

Probablemente sin Cortázar –de quien Fogwill, y muchos otros, aunque les cueste reconocerlo, han aprendido más de un secreto– la obra cuentística de Fogwill no sería lo que es. La facilidad engañosa de las frases, los continuos pesadillescos y ese falso coloquialismo que desemboca en lo extraño ya están presentes en los mejores textos de Cortázar. Pero Fogwill no es un epígono sino un escritor original y revulsivo, capaz de sacar esos procedimientos del universo cómplice y sentimental del autor de Bestiario para ponerlos a funcionar en un paisaje despiadado, donde nadie cree en la salvación por las mujeres ni a través de la participación en microsociedades de astutos. Contemporáneo de Miguel Briante, de Osvaldo Lamborghini y de César Aira, Fogwill es tributario de ellos sin menoscabo de su propia singularidad. Atento a los estrategias narrativas de estos escritores –la exploración de los usos menos prestigiosos del lenguaje, la asimilación de la violencia y de la sexualidad a la construcción misma de las frases, la incorporación de lo vulgar y de lo trivial a la sustancia de lo narrado, el cruce entre narración y reflexión–, Fogwill tiene una intuición del tiempo y la condensación del relato y de la potencialidad narrativa de cualquier asunto o personaje que lo hace inigualable.

Guillermo Saavedra, Clarín, 1993
Sobre Los pichiciegos

La aventura en Malvinas fue para la dictadura militar una ocasión para intentar la construcción de una unidad nacional indispensable a la supervivencia política de su régimen. Si en el teatro de la Argentina continental, durante los meses que duró la guerra, ese objetivo fue parcialmente alcanzado en la medida en que millones encontraron, en un patriotismo recién descubierto el 2 de abril, un punto de identidad que la dictadura, entre otras cosas, precisamente había corroído; en el teatro material de la guerra, las islas Malvinas, la novela de Fogwill muestra que esa identidad nacional es lo primero que se disuelve cuando sus hipotéticos portadores han sido jugados como peones en una escena donde la debilidad de los principios unificadores se potencia con la proximidad de la muerte. Entender a los pichis es entender precisamente lo que una guerra (no cualquier guerra, sino ésa, la desencadenada por la aventura de Galtieri) hace con los hombres.

Beatriz Sarlo, Punto de vista nº 49, 1994
Sobre La buena nueva

Casi hacia el final de La buena nueva, el protagonista se pregunta: “¿Quién es alguien durante todo el tiempo? Ciertas cosas permanecen, pero mientras van cambiando algunas y no otras, uno no sabe ya quién es”. En esta novela repudiada por el autor, Fogwill es él mismo más allá de toda cosmética estudiada: un escritor extraordinario y un hombre bueno repleto de incertidumbres, como decía Marlowe sobre Lord Jim: “Uno de los nuestros”.

Fabián Casas, Perfil, 2008

Sobre Vivir afuera

La novela es un tratado perfecto sobre la ausencia y la distancia. Su perfección deriva de la sabiduría y la inteligencia que el autor pone en juego para ordenar los diferentes bloques de relato: un contrapunto narrativo que va hilvanando las historias de seis personajes más o menos marginales –más o menos excluidos, ellos también y por diferentes razones, del sentido común– reunidos caprichosamente. Lo sabía Pirandello, lo saben los guionistas de la televisión americana (Friends, That 70’s show): seis personajes constituyen un núcleo dramático de posibilidades infinitas. Y Fogwill explota con maestría esas posibilidades manipulando a esos personajes como funciones matemáticas: distribución en clases, edades y sexos le sirven para contar todas las historias con todas las voces, para copiar o inventar todas las formas de hablar que hacen falta para entender la Argentina de los 90.

Daniel Link, Página/12, 1999
Sobre La experiencia sensible

Sólo Fogwill es capaz de descubrir el eros en la urgencia por la posesión de una novedosa máquina de fax, describir la sensualidad del tacto de unas medias de lana importada o el vago perfume cítrico de la mantelería de un hotel de lujo. Es cierto que reaparecen aquí sus obsesiones más recurrentes –los dispositivos de seguridad y control, la idiosincrasia judía, las mujeres vulgares, invariablemente putas— pero no alcanzan a sofocar esta vez su inteligencia y su sensibilidad para observar, pensar y narrar el mundo. Fiel a la experiencia sensible, Fogwill apuesta a renovar la mejor tradición del realismo y gana en verdad y densidad. Como un módico homenaje a la novela del siglo diecinueve, anticipa el futuro de sus personajes en las últimas páginas, más perturbador y difuso a comienzos del siglo veintiuno.

Graciela Speranza, Clarín, 2001

Sobre En otro orden de cosas

La narrativa argentina ya ensayó, con fortuna dispar desde el punto de vista literario, una mirada descreída hacia el fervor militante de los años setenta: Flores robadas en los jardines de Quilmes de Jorge Asís –publicada en 1980, es decir, cuando ciertos actos represivos estaban ocurriendo todavía–, o El terrorista de Daniel Guebel –escrita desde la distancia que imponen los años noventa– son dos ejemplos de esta disposición. No sorprende que un escritor como Fogwill, que ha sabido hacer del cinismo o del descreimiento una premisa más que fecunda para la buena literatura, y que aplicó esta actitud a la guerra de Malvinas (en Los pichiciegos), al consumismo de clase media en los tiempos de la plata dulce (en La experiencia sensible) o a la subcultura neoliberal del menemismo (en Vivir afuera), pueda encarar ahora esta aproximación a lo que pasó, pudo pasar o dejó de pasar en esos años de entusiasmo en los que muchos creyeron que la realidad argentina iba a cambiar para siempre.

Martín Kohan, Los irrokuptibles, 2002
Aunque Fogwill desalienta cualquier intento de clasificar esta novela, cabe considerar En otro orden de cosas como un relato de formación. Su protagonista es un hombre sin características, en un sentido, si se quiere, musiliano del término: una conciencia poderosísima que actúa, a partir de situaciones dadas, como un impertérrito procesador de signos de todo tipo que induce el desenmascaramiento de la realidad circundante. Ni la austeridad argumental de la novela, ni su engañoso esquematismo, tampoco esa intencionada “frialdad de manual técnico delirante” (Beatriz Sarlo) que acusa siempre la prosa de Fogwill, deben llamar a engaño: la deriva ensayística de esta escritura es sustancialmente narrativa, y lo es por virtud de su capacidad para hacer que el pormenor íntimo sea tan representativo de un planteamiento filosófico como de una crisis social.

Ignacio Echevarría, El País de Madrid, 2002
Sobre Urbana

Urbana transcurre en un moderno edificio de apartamentos de la ciudad de Buenos Aires durante el día de la inauguración y algunos apartamentos del edificio aledaño que, en protesta por la construcción del inmueble estrenado, han forrado de negro sus ventanas. Dos espacios, dos clases sociales, dos moralidades. De un lado, la fiesta: la corrupción política, la sed del dinero, los medios de comunicación y la tecnología, la moda. Del otro, la presencia de algunos personajes marcados por la necesidad o la inocencia, más próximos a la vida de provincia que a los avances del futuro.

Al encajar los fragmentos de Urbana, lo que percibimos es una áspera versión de la realidad Argentina actual. Vemos en Fogwill al rebelde frente al progreso deshumanizado, enemigo de los fenómenos de masas, opuesto a someterse a las inercias de nuestro tiempo tanto en la vida como en el arte y empeñado en hacernos visible su personal concepción de la realidad. ¿Puede el arte encontrar otro fin más necesario?

Arturo García Ramos, ABC de Madrid, 2003
Sobre Runa

Hasta la aparición de Runa, la mayoría de las novelas y relatos de Fogwill hacían historia. No sólo porque se situaban en algún punto reconocible del tiempo registrado en calendarios y archivos, sino también y sobre todo porque sus personajes, voces y aventuras, aunque a veces estas últimas se redujeran a huellas de una imposibilidad, de alguna manera contaban un pasado y se volvían emblemas, figuraciones del presente.

Runa, en cambio, inventa la prehistoria. La voz de un miembro de una tribu que no se puede identificar, pero que serían todas las interrogadas por la etnografía, nos habla de sus hábitos, creencias, y antes que nada de su diferencia con respecto a quien escucha, un blanco, probablemente un científico o un explorador. El escritor y el lector pertenecen también a ese lugar vacío, blanco, donde se hace la literatura, a costa de perder la intensidad de la vida y las palabras que describen cada fragmento de lo hablado.

Silvio Mattoni, La Voz del Interior, 2003
Sobre Un guión para Artkino

A mi juicio, no hay que buscarle tres pies al gato ni intentar hallar en este libro estupendo más de lo que hay: un juego revelador y divertido, pero poco inocente, una ilustración muy válida del poder de la hipocresía humana, una sátira de los que se dedican a escribir cuando lo hacen como meros representantes de un estamento adocenador (sea dentro del malogrado experimento comunista o dentro de los modernos gremios y grupos de interés del arte capitalizado). Y es que gran parte de lo que nos muestran ambos “Fogwills” trasciende sobradamente el marco ficticio elegido y, como en casi toda utopía bien construida, se proyecta necesariamente sobre nuestra propia y problemática actualidad.

Francisco Javier Escribano Aparicio, deriva, revista digital, 2009
Sobre Cuentos completos

Esta es una antología de media docena de autores muy distintos que tienen un solo nombre de marca: Fogwill. Y que permite la entrada por cualquier extensión, por cualquier tono, por cualquier estructura, escondiendo bajo su eficiente capacidad de entretener, de fascinar, e incluso de asustar, que contiene seis o siete de los mejores cuentos de la literatura argentina.

Elvio E. Gandolfo, Prólogo a Cuentos completos, Alfaguara, 2009

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