Las lenguas prerromanas de la península ibérica






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fecha de publicación05.06.2015
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Las lenguas prerromanas de la península ibérica

Vamos a hablar de las lenguas que, según el estado actual de nuestros conocimientos, se utilizaban en la Península antes de que el latín se impusiera sobre todas ellas, salvo el reducto pirenaico del vasco.
A. Tovar establecía cuatro lenguas prerromanas en la Península, además del vasco que, para otros autores como Schmoll o Untermann más recientemente, no era una de las lenguas que existían en España antes de la llegada de los romanos, sino que fue quizá introducido en época romana o posterior.

En primer lugar hay que decir que puede mantenerse, aunque con matizaciones, la antigua división, que reflejan los modernos mapas de Tovar y Untermann, entre Hispania indoeuropea (con topónimos en -briga) opuesta a la no indoeuropea (con topónimos en uli-, ili-).

Las lenguas de la zona indoeuropea son las que tienes un pasado común con la mayoría de las lenguas habladas en Europa, las no indoeuropeas, como el vasco, no tienen nada en común.

Dentro de la zona indoeuropea hay dos lenguas claramente diferenciadas, el lusitano y el celtibérico, mientras que en la zona no indoeuropea encontramos la lengua del Suroeste de la Península (el tartésico), donde se realizó la más primitiva escritura hispánica; el íbero, con testimonios por todo el Levante, el valle medio del Ebro, Cataluña y hasta el norte de Narbona en territorio francés, y hablaremos también del vascuence.
Los documentos más antiguos de la lengua del Suroeste (tartésico) son grafitos sobre cerámica (siglo VII-VI a. d C.) hallados en Andalucía (Huelva) y Extremadura (Medellín) y las lápidas sepulcrales sobre todo del Algarve en Portugal. De la epígrafia del Suroeste conocemos en la actualidad más de 70 estelas, algunas sólo fragmentos; salvo 5 todas han sido halladas en territorio portugués, en el Algarve, al sur de Aljustrel y al oeste del Guadiana. Los arqueólogos portugueses piensan que pertenecen a la primera Edad del Hierro (siglo VII a V-IV a. C.). Son más abundantes los textos escritos de derecha a izquierda que los escritos de izquierda a derecha.

En fin, tanto los textos escritos en íbero, como los de las siguientes de las que vamos a hablar (del vasco no conocemos textos equiparables a los de las demás para esta época), son textos a partir de los cuales se puede establecer un signario, aunque en caso del ibero a partir de Gómez Moreno podemos comprender la estructura interna de esta escritura, pero de los que, hasta el presente no nos es posible conocer el contenido en su totalidad.

Los iberos, al igual que hemos visto para otros aspectos de su sociedad, aprenden a escribir como consecuencia de dos influencias diversas, la griega y la meridional desde el alto Guadalquivir, quizá sumada a influencias fenicias.

La distribución geográfica de los documentos en lengua ibera se extiende desde Almería y Murcia (zona denominada del Sudeste de España) hasta el río Herault en el sur de Francia. Su penetración hacia el interior es dificil de fijar, pues lo único que sabemos con seguridad es que en época romana alcanza la región de Jaén y en el valle del Ebro llega hasta Zaragoza.

Los soportes de estas inscripciones son variados, destacando las cerámicas pintadas, sobre todo de la zona Liria-Azaila, los denominados plomos ibéricos, que son piezas exclusivamente epigráficas, sin otro objeto que el de ser soporte de la escritura, entre los que se encuentran el de El Cigarralejo en Mula (Murcia) y el de la Serreta de Alcoy, escritos ambos en alfabeto griego, por lo que tenemos alguna información adicional al ser más rico y diverso el alfabeto griego que el ibérico (por ejemplo el ibérico no distingue entre sordas y sonoras o fuertes-suaves en las oclusivas, mientras esta distinción se hace regularmente en escritura griega y latina), y muchos que han aparecido y siguen apareciendo en la zona de Cataluña (Ullastret y alrededores), algunos muy largos y escritos todos ellos en alfabeto ibérico, las lápidas sepulcrales, que carecen de un formulario como las de El Algarve y reflejan una tradición diferente, y, por supuesto, las leyendas monetales, muy abundantes en la zona.

Por otra parte, parece que hoy se conocen varias secuencias gramaticales: -mi, -armi, -enmi para indicar posiblemente la posesión, pues van detrás de los nombres personales. A su vez en la fórmula are tace en estelas sepulcrales quizá pueda ponerse en relación con la latina hic situs est.

Dentro del área de la escritura ibérica quiere verse una distinción entre dos zonas, cuya diferencia más clara estaría dada por los signos utilizados, la zona del Este y Cataluña y la zona del Sudeste (Murcia y Almería).

Por lo que respecta al celtibérico, decir que en el área indoeuropea de la Península es probable que a mediados del primer milenio a. C. existiesen distintos dialectos procedentes del mismo tronco común indoeuropeo y que únicamente, cuando varios de ellos hayan llegado a alcanzar una cierta homogeneidad entre sus características, se convirtieran en lenguas, favorecido, además, este proceso, por estímulos políticos o culturales fuertes, como debió ocurrir en el caso de los celtíberos y en el de los lusitanos.

Esta diferencia de lenguas dentro de lo que genéricamente podríamos denominar área indoeuropea se ve muy claramente entre el celtibérico y el lusitano. El celtibérico es una lengua céltica de rasgos muy arcaicos.

Entre los documentos celtibéricos más importantes destacan el Bronce de Luzaga y el de Botorrita en escritura indígena (conocemos otro en Botorrita, la denominada Tabula Contrebiensis, pero está escrito en latín), así como las inscripciones en escritura latina de Peñalba de Villastar. En la gran inscripción de Botorrita tenemos 123 palabras en las 11 líneas. La tésera de hospitalidad de Luzaga (Guadalajara) en letras celtibéricas tiene 26 palabras y la más extensa de Villastar 18. Precisamente a partir de la abundante documentación existente, en la que los letreros monetales constituyen un elemento de primer orden, hoy podemos fijar lingüísticamente un territorio celtibérico, cuyos límites están en el río Ebro en la Rioja, siguiendo hasta Botorrita, la antigua Contrebia Belaisca; incluyendo Teruel por las inscripciones de Villastar y un límite sur que dejaría dentro del territorio a Valeria y Segóbriga; el límite oeste dejaba entre los carpetanos a Complutum-Alcalá de Henares, y pasando el Sistema Central deja parte del territorio de Segovia dentro y la mayor parte en territorio vacceo, incluye Clunia y vuelve hasta el Ebro en el lugar de inicio.

Hoy sabemos que el celtibérico es una lengua céltica, pero las inscripciones celtibéricas son muy difíciles de traducir, pues los celtas que aparecen como celtíberos estaban en la Península desde antes del siglo VII a. C., tuvieron un desarrollo independiente prolongado y no tenemos ninguna lengua del grupo que haya sobrevivido.

Acerca del lusitano, decir que en el año 1935 Herrando Balmori afirmaba que la inscripción aparecida en un peñasco, a pocos kilómetros al nordeste de Viseo (A Coruña), estaba escrita en un dialecto céltico arcaico. Hacia 1959 se halló una inscripción semejante a la anterior en Guarda (Portugal), que tenía en común con la anterior el término "porcom". Este nuevo hallazgo permitió relacionar con éstas la perdida de Arroyo del Puerco en Cáceres. Las tres habían aparecido, además, en territorio lusitano.

En nuestro caso nos inclinamos porque el lusitano tiene un carácter independiente no céltico. Estamos de acuerdo con Tovar, cuando afirma que "las invasiones indoeuropeas no fueron en realidad siempre de grandes naciones organizadas, sino de grupos mayores o menores, que generalmente no llegaban por de pronto a organizarse en grandes territorios lingüísticos. Las lenguas de gran extensión sólo la lograron por asimilación de grupos menores y por influencias políticas, religiosas, económicas, etc. El lusitano como lengua es el único ejemplo en la península que podemos contraponer al celtibérico como otro dialecto indoeuropeo que ha llegado a nosotros".

Por último, con respecto al vascuence y como planteamiento metodológico inicial, es necesario distinguir entre esta lengua, que se ha denominado por algunos autores "pirenaico antiguo" y que actualmente se nombra como euskera, lengua no sólo prerromana, sino, según todos los investigadores, preindoeuropea, y el pueblo de los vascones históricos, situados por los textos greco-latinos de época romana en el territorio de Navarra y algunas zonas aledañas (Noroeste de Guipúzcoa alrededor de Irún, zona de la margen derecha del Ebro en la actual Comunidad Autónoma de La Rioja después de la expansión de los siglos II-I a. C., la zona de las Cinco Villas en Aragón, y la zona Noroccidental de Huesca hasta el territorio de los iacetanos con su centro en Jaca). Porque, además, está suficientemente demostrado en distintas etapas y lugares que no es posible hacer una identificación mecánica entre pueblo y lengua.

Para esta pequeña exposición seguimos un artículo de Gorrochategui. Según este autor en la actualidad parece evidente que en una zona determinada del litoral del Golfo de Vizcaya, entre Bilbao y Biarritz, siguiendo hacia el interior por la zona al norte de la Cordillera Cantábrica y a ambos lados de los Pirineos occidentales hasta la provincia vascofrancesa de Soule se atestigua directamente desde el siglo XVI d.C. e indirectamente desde el siglo XI-XII una lengua no indoeuropea que ha sufrido un retroceso desde sus más avanzadas posiciones medievales.

Lo que sí parece claro, tanto para Gorrochategui como para otros autores, es que el vasco (o una forma antigua del mismo) ya existía en época prerromana.

Características: Lo primero que del vasco nos puede llamar la atención es que se trata no de una lengua flexiva, como las indoeuropeas, sino aglutinante, y, por lo tanto, alejada de las estructuras de las lenguas con las que el vasco ha estado en relación (excepto el ibero). Por otra parte presenta una serie de sufijos casuales muy abundantes, pero que no presentan distinción de número gramatical (distinción que se efectúa mediante otros procedimientos, especialmente infijos antepuestos a estos sufijos). En cambio sí distingue entre un número determinado (que se dividiría entre singular y plural), y otro indeterminado. Finalmente, tampoco distingue el género gramatical. En cuanto al sistema verbal destaca la abundancia en el uso de formas con verbo auxiliar, pero sobre todo la infijación verbal, y relacionado con ésta, el hecho de la variación de formas verbales atendiendo al número y tipo de complementos con los que un determinado verbo esté acompañado. Para terminar esta sucinta relación podemos destacar en el plano sintáctico, lo que podríamos denominar declinación sintagmática, y, por otra, parte el hecho de que el vasco presenta un sistema ergativo, no acusativo, como el de las lenguas indoeuropeas (al menos en el estadio en el que las conocemos).

En el plano fonético podemos comprobar una gran relación entre el vasco y el ibérico, y en muchos aspectos también entre el vasco y el castellano. Sin embargo este plano está muy sujeto a variaciones, aunque los testimonios aquitanos corroboran en parte esta relación.

(Comparación con otras lenguas)Al ser el vasco una lengua "aislada" dentro de las lenguas indoeuropeas, ha sido inevitable compararla con otras lenguas más o menos distantes geográfica o cronológicamente.
Como colofón a todo lo expuesto podemos concluir que la situación lingüística de la península ibérica en época prerromana era complejísima. Ello se debe no sólo a la cantidad de lenguas que se hablaban en ella, sino también a la gran mezcla e imbricación de los pueblos que las hablaban.

Podemos seguir manteniendo la división de la península en dos áreas principales, la indoeuropea y la no indoeuropea, pero teniendo en cuenta que al efectuar una línea divisoria sobre ellas lo estamos haciendo de manera que afecta a la situación inmediatamente anterior a la llegada de los romanos, mientras que en momentos anteriores tal división podría discurrir por otras zonas.
Tras hablar de estas lenguas, vamos a hablar de la influencia del ÁRABE en el Castellano:

La convivencia de los árabes enriquece el vocabulario de las lenguas peninsulares, como el español y el portugués. Los arabismos forman un rasgo peculiar especialmente en el léxico de ambas lenguas, en oposición con otras lenguas romances con relación al número de los préstamos adoptados. Rafael Lapesa en su “Historia de la lengua española”, afirma que en el vocabulario español se hallan como 4.000 arabismos. Para el caso del portugués, Machado, en su obra “Influência Arábica no Vocabulario Português”, reúne aproximadamente 1.000 arabismos.

Hamerská señala que en general los arabismos no fueron incorporados directamente del árabe clásico, sino del lenguaje hablado en el Al-Andalus, y también otros fueron adoptados de otros dialectos neo-árabes, como los empleados en Siria, Egipto y el resto del norte de África. En ambos casos la transmisión tuvo casi siempre una fase intermedia, los hablantes bilingües.

Estos son algunos ejemplos de arabismo:

  • aceituna, del árabe hispano azzaytúna, procedente del árabe clásico zaytuun, y este del arameo zaytuun, un diminutivo de zaytā.

  • adalid, del árabe hispano addalíl, procedente del árabe clásico dalīl.

  • ajedrez, del árabe hispano aššaranǧ o ašširanǧ, procedente del árabe clásico širanǧ, del sánscrito čaturaga.

  • albahaca, del árabe hispano alabáqa, procedente del árabe clásico abaqah.

  • albañil, del árabe hispano albanní, procedente del árabe clásico bannā.

  • alcázar, del árabe hispano alqár, procedente del árabe clásico qar, y del latín castra, campamento.

  • alcalde, del árabe hispano alqá

  • i, procedente del árabe clásico 

  • ī, juez.

  • álgebra, del latín tardío algĕbra, procedente del árabe clásico alǧabru walmuqābalah, reducción y cotejo.

  • almohada, del árabe hispano almuádda, procedente del árabe clásico miaddah.

  • guitarra, del árabe ārah, procedente del arameo qipārā, del griego κιθάρα, cítara.

  • naranja, del árabe hispano naranǧa, procedente del árabe clásico nāranǧ (naranja agria), del persa nārang, y del sánscrito nāraga.

  • gazpacho, del árabe hispano gazpáčo, procedente del griego γαζοφυλάκιον, el cepillo de la iglesia, por su variado contenido.

  • cero, del árabe hispano efr, procedente del árabe clásico efr, vacío. Aunque provino por vía del italiano zero, del latín zephy̆rum.

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