A la memoria de una mujer castellana y






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F. G. Izquierdo T°. 00 33 1 39 54 01 98

Los aÑos del hambre

Novela de


Fernando García Izquierdo

A la memoria de una mujer castellana y



A todas las mujeres que sufren.

Los personajes de esta novela, aunque basados en la realidad, no corresponden a ningún individuo concreto que exista o haya existido en Valladolid u otros lugares de España; son por tanto producto de la imaginación del autor. Esto, naturalmente, no es aplicable a aquellas figuras históricas que son citadas por sus propios nombres y apellidos, ostentando cargos que de hecho desempeñaron en la vida real española, y cuyos hechos, dichos, escritos e ideas han pasado ya a ser conocimiento de todos.

« Y aconteció que Napoleón, que, como todos sus contemporáneos, consideraba que España era un cadáver sin vida, tuvo la sorpresa, que le fue fatal, de ver que si bien el Estado español estaba muerto, la Sociedad española estaba llena de vida y que desbordaban por doquier sus fuerzas de resistencia. »
Marx, ‘’Revolutionary Spain’’ (de una serie de escritos para el NEW YORK DAILY TRIBUNE.) 9 de septiembre de 1854.

Premisa historica

Terminada la Guerra de España, los que la desencadenaron, con el hondo fervor religioso del que hace una ofrenda al Altísimo, hablaron de un millón de muertos. Fueron ellos, victoriosos Paladines de la Fe de Cristo, los que en seguida salieron con las estadísticas, publicaron sus libros, relataron las historias, el cuento de las violaciones, las tropelías de los rojos, los ultrajes, las blasfemias, los ataques contra la propiedad privada, las destrucciones, los incendios, las matanzas, el saqueo de templos y palacios, ríos de sangre, montañas de cadáveres. Luego fue viéndose, poco a poco, que fue al contrario, que era el pueblo trabajador el que había sido víctima, durante tres años, de esas vejaciones, esos ultrajes y matanzas que abrieron la puerta a otros horrores, los de la posguerra: persecuciones, torturas, juicios sumarísimos, fusilaminetos, desapariciones, la sombra acharolada del tricornio negro. Eran los años del hambre, del « cara al sol con la camisa nueva », y los tedéums - ¡dámoste gracia, Señor! -, la bendición episcopal con el brazo en alto, la entrada en los templos bajo palio del soberbio generalito, Caudillo de España por La Gracia de Dios. Y todos a una, gritando, ¡VIVA FRANCO! ¡ARRIBA ESPAÑA!
Y al mismo tiempo nos anunciaban un ‘nuevo amanecer’, hablaban de la revolución que España tenía pendiente. « Con un sentido nuevo y religioso – decía uno de esos paladines - hemos comprendido que tenemos otra vez a España. » Sí que la tenían, su entero patrimonio era otra vez, sin reserva ni cortapisas, la España que por unos momentos había parecido escapárseles de las garras, escurrírseles de entre unos dedos gordos como salchichas. Habían aprendido la lección. Era definitivamente suya, la tierra que les había dado Dios Nuestro Señor, ¡ya no se les escaparía nunca! Y todas las campanas a rebato celebrando con jubilo tan fausto acontecimiento. « Asumimos ante la historia la tremenda responsabilidad de dirigir de nuevo, de obligar y de conducir al pueblo español por el camino de la verdad de España que nosotros conocemos. »
Ellos lo sabían todo, todo el tiempo, los elegidos del Cielo. Ellos conocían la verdad de España, ¡ordeno y mando!, marcando el paso: la explotación del pueblo hasta la consumación de los siglos. Dominando unas veces con caritas de ángel (eso de la democracia orgánica) y otras, si soplara un viento adverso, con el pistolón a la cintura, el yugo y las flechas del fascismo, los castigos tremendos.
Fue en Valladolid que había nacido y se desarrolló el fascio español, el ‘yugo’ de la sumisión del pueblo, y las ‘flechas’ del poderío de los señores, Religión y Hacienda. Ellos fueron los que, al grito de ‘¡amemos la guerra, y adelante!’, organizaron las escuadras, a que ellos mismos dieron el apelativo de ‘falanges de la sangre’, pistoleros que en seguida derrocaron a las autoridades legítimas y salieron hacia el Guadarrama para ‘’la Conquista de Madrid.’’ Y fue en Valladolid que en el verano del treinta y nueve, en una Oración al Caudillo, que había liberado a España del yugo marxista, habló Su Eminencia el Arzobispo de la segunda etapa de la lucha que comenzaba, ese nuevo amanecer clérico fascista. Después de haber dado las gracias fervoroso al Sagrado Corazón de Jesús, «por haber avivado en los combatientes de la Fe esas energías religiosas y patrióticas que tantos prodigios habían producido durante la Guerra de la Santa Cruzada», se refirió el ilustrísimo Príncipe de la Iglesia a «esa nueva etapa de la lucha, cuyas características ya no serían de mortandad, sino de vivificación pujante y esplendorosa.» En qué consistiría esa vivificación pujante y esplendorosa nos lo dió a entender el propio Caudillo, en lo que fue su primer gran discurso de la posguerra, el día 19 de septiembre de 1939. Escogió para ello, con el sadismo que le caracterizaba, la región asturiana: esa misma Asturias que él mismo había ensangrentado tres veces en el espacio de unos años. En una ceremonia dedicada a los que habían caído en los primeros días de la contienda (de su bando, claro, no había otros Caídos), señaló, con esa voz de gallito que le singularizaba, que «como católicos tenemos que enorgullecernos que la muerte es poner a la vida un remate glorioso. La alegría del ejemplo sublime de nuestros muertos es ejecutoria para mañana. Y ¡ay! de aquél que se tuerza, porque sobre los muertos, ante estas piedras gloriosas, juro yo apartar del camino de España a los que se desvíen. Sobre estas cenizas, sobre estos muertos, forjaremos la Nueva España.»

CapÍtulo 1

Entre los españoles que se aprestaron a iniciar una nueva vida en la ruína que fue la España de mil novecientos treinta y nueve, se hallaba un pobre ebanista de Valladolid que se había pasado los tres años de guerra encarcelado por el solo hecho de haber votado, como la mayoría de sus compatriotas, por aquel mundo mejor que propusieron las Izquierdas el día 16 de febrero de 1936. Lo soltaron una hermosa mañana de un insólito verano indio cuando los árboles en los parques, los campos y las avenidas comenzaban a llenarse de hojas moribundas de un tono pardo o sepia o un rojo vivo arrollador.
En el momento en que Lucio Muñeiro sale de su encierro, el sol está llegando a su cenit. Hay una suave brisa que le trae de los campos el olor de las cosechas, el aire libre que más que respirar mastica. Dorotea Platero, que ha venido a esperarle a la salida del penitencial, corre hacia él con lágrimas en los ojos. Se abrazan. Se miran a través de las lágrimas. Y se vuelven a abrazar. Se agarran de las manos y tornan a mirarse, a admirarse. ¡Los dos vivos entre tantos que han desaparecido!, ¡los dos al fin seres libres!
No tardarán en darse cuenta, sin embargo, que esa libertad es puramente ficticia, y que poco queda, en la persona que cada uno tiene enfrente de sí, del esposo que dejó hace ya tanto tiempo que parece una eternidad. Y vuelven a sentirse los sollozos, los abrazos con lágrimas en los hombros, y además y sobre todo, bien de suspiros contradictorios.
Más tarde, según van ya por el camino viejo que conduce a la ciudad, aparece una vaga sonrisa en los labios del hombre, guiña los ojos detrás de los vidrios (unas lentes que le ha comprado, de unos escasos ahorros, su esposa). Está mirando el cielo. Respira fuerte, esa respiración ansiosa que no parece sino que va a tragarse el cielo entero. Al cabo, vuelve la mirada hacia ella y le pregunta por los niños. Ella responde. Y él torna a respirar la suave brisa azul de la ya avanzada mañana.
Le parece mentira. (¿Qué, mi Lucio?) Todo. La libertad. Este paseo. El murmullo ya olvidado de la villa. La gente. Y en seguida otras visiones, colores, sonidos; el redoblar de campanas, los bocinazos de los automóviles (oficiales en su mayor parte), el traqueteo de los carros, el paso de cuando en cuando de un taxi a gasógeno, las campanillas de los tranvías, y el estruendoso chirriar de los frenos en las paradas o al iniciar las curvas. Más y más gente a cada paso: esas voces, los gritos, las llamadas, los llantos de los niños, harapos. Y esas mujeres enlutadas, los obreros con tartera dirigiéndose a unas piedras a tomar el almuerzo, carpinteros, albañiles, picapedreros, los dependientes de las tiendas, mozos de cuerda cargados de bultos, chupatintas de oficinas, los barrenderos con sus escobas de sarmiento, el de la manga riega, los vendedores ambulantes con la tabla llena de baratijas colgando del cuello o de los hombros, el trapero dando alborotado esas voces, ‘’¡se compran trapos y metales!, ¡se cambian cacharros por papel!’’, un reparador de pucheros en la esquina con su hornillo y soldador y trozitos de estaño, el afilador con su carromato de una rueda, los mendigos numerosos a la entrada de algún templo…, todo ese mundo que había olvidado ya.
- Es maravilloso – dice, apretando la mano de la esposa.
Ella le mira, sonríe. - ¿Qué? – pregunta; y no se da cuenta que Lucio está luchando, entre convencido y dudoso, cambiando de talante a cada instante.
- Nada – contesta él, y luego - : Pues eso. El aire, los pájaros, las cosas, este ruido de la gente, las máquinas…, y el árbol ese que ha crecido tal vez desde entonces.
- Lo encontrarás todo muy cambiao.
Él vuelve a mirarla, vacila y torna a cogerle la mano. – Crei que no lo volvería a ver – suspira, anhelante.
También ella luchaba en su interior, anhelante. Sentía el apretón de manos, y percibió que tenía él mucho miedo; y sintió ella asímismo ese miedo. Se había pasado los últimos días añorando este momento, yendo de un extremo a otro, de un paroxismo de euforia inexplicable, para caer de repente en un pozo de desesperación: temía el hambre, el paro, la inseguridad, ¡el sufrimiento que da la vida! Franco había prometido « una España justa y humana, una España fraterna, donde no habría ni un hogar sin lumbre, ni un obrero sin trabajo, ni una boca sin pan. » ¿Le darían a su esposo trabajo? Y si no se lo daban, ¿cuanto tardaría el administrador en desahuciarles del piso? ¿Tendrían pan para darles a los mellizos qué llevarse a la boca?
La ciudad estaba todavía lejos. Lucio miraba los árboles como queriendo descubrir en ellos algo escondido; un sentimiento atávico que le ascendía de lo más profundo de su ser de antiguo agricultor y campesino. Recordaba aquellos montes, la campiña, las cosechas de alfalfa de su pueblecito del norte. Veía ahora las copas de los árboles, recortadas en un cielo azul purísimo y pensaba en otros tiempos, seguía una nube pequeña, redonda, blanquísima que empujaba el viento, una multitud hojas mustias voladoras, y las aves, esos últimos vencejos que volaban bullangueros en torno al campanario de una iglesia…. Cerraba los ojos, y de nuevo las imágenes, otras muchas: la ebanistería de la Calle de las Angustias, aquel último día siendo arrastrado por sus carceleros, y el dolor ese de ausencia, la separación, las torturas y la guerra. Hasta que algo le dijo en su mente que ‘’eso’’ no tenía que tocarlo más; al contrario, había que olvidarlo por completo. Y se puso a pensar en otras cosas: el momento de su llegada a la ciudad buscando trabajo en el veintiseis, sus andanzas por la Calle Santiago, aquel mismo Paseo Zorrilla, el Campo Grande, y los amigos que en seguida hizo en Valladolid, Cabello, Agapito, Ferrer…, y otra vez el cerebro le decía que tenía que dejarlo, olvidar esos nombres, no volver al pasado, los recuerdos. Y de nuevo miraba los árboles, como buscando algo, como si quisiera ir más allá de esas copas coronadas de oro, diluirse en la inmensa uniformidad de ese cielo, todo él de azul profundo resplandeciente (había desaparecido ya ese singular cúmulo de nieve que había visto hacía unos minutos.) Hizo un esfuerzo por creer, por verlo todo abierto y esperanzador.

Capitulo 2

El otoño aquel año de gracia, de 1939, fue largo y relativamente caluroso, para dar paso a uno de los inviernos más rigurosos que registran las estadísticas. A pesar de las promesas del Caudillo, fue aquél un invierno sin lumbre, sin pan y sin trabajo para la inmensa mayoría de los españoles.
Un mediodía de diciembre, según bajaba Dorotea la Calle de las Angustias, procedente de una de las casas donde hacía la colada como asistenta, observó a un tipo seco y desaliñado que caminaba unos pasos delante de ella. Sin que hubiera tropezado ni sufrido el hombre en apariencia ningún percance, le vio ella tambalearse y luego caer al suelo, produciendo un ruido sordo horrible. La calle, que momentos antes había estado vacía, se llenó al instante de gente.
- ¿Qué le ha pasao? – preguntó la señora Amparo, que había salido corriendo de su puesto de pipas y caramelos.
- Hambre, mujer. ¿No lostá uzté viendo? – contestó una mujer con la cara picada de viruelas, que debía ser nueva en el barrio.
- ¿Está muerto? – volvió a inquirir la anciana.
- ¡Ay, qué contra! – replicó la de las viruelas -. ¿Cómo lo voy yo a zaber?
Al cabo se abrió Dorotea paso entre los curiosos y empezó a cruzar la calle, perseguida por la imagen de aquel hombre o cadáver; pues era la suya la cara más cadavérica que había visto ella en su vida, ¡y mira que había visto muertos y heridos estos tres últimos años!: los ojos como dos hondonadas negras, la piel transparente amarilla, que dejaba ver los huesos con precisión macabra, que hasta los dientes se perfilaban bajo esos labios apretados de cera.
Oyó a la de las viruelas que le preguntaba:
- Uzté lo vio caer, ¿verdá?
- Sí, mujer – respondió -. Si iba a unos pasos. Si yo creí que estaba borracho, conque fíjese. ¡Ay madre, madre! Si no somos nada. Y ya ve, ni estaba mal vestido, ni paece viejo, el pobre, que no es un ancianico.
- Bien trizte. Ya ve.
- Pero ¿qués lo que le pasó, ansí de repente? – preguntó la señora Amparo, que se había adelantado a las otras -. Seguro que le dio un vahido, ya ven, porque otra cosa no sesplica. Lo que usté dice, debilidaz. Si estas cosas ya se sabe, no se come nada bien; pero ¿qué le vamos hacer? Si se ha dicho siempre quel hambre es muy buena maestra. A ver si aprendemos, que nos hace mucha falta, ¡ay!, no me diga, que se vían una de cosas tamién denantes, cuando la re…, bueno, ustedes ya mentienden. Hay que dar tiempo al tiempo, ¡caramba!, que todo sarreglará.
-¡Virgen del Rosío! – le cortó la de las viruelas, que era andaluza -. Un vaído, dise usté. ¿Puez qué otra coza es eso que hambre?
-Hambre o no hambre – dijo la anciana -, lo que hace falta es quel de Arriba nos conserve muchos años a nuestro Caudillo, que nos ha devuelto a España, y él sabrá darnos de comer; que no se conquistó Zamora en una hora.
- O zi no, zeñora, esto otro: tienes hambre, pos cómete el dedo grande. Lo que uzté diga. Que toas zabemo refrane, abuela, no se crea. Pero vaya uzté a desírselo a los míos, angelillos. Que pagan justos por pecaores. ¡Jezú, Jezú! Estamo listas las que tenemoz hijos. Que hay que ver cómo sa puesto tó. No me diga, que lo que no eztá bien, no eztá bien, ya zaben. Y uztés abuela no zabe de la misa la media…. Y no me haga uztés hablar, ¡Alma de Dios!, si no dan hoy día los sueldo pa ná; que vengo ahora mismito de la tienda y véanlo que no lez miento: toa la mañana en la cola pa ezta porquería.
- A ver, guapa –dijo Dorotea, metiendo la mano en la cesta de la andaluza - ; que yo no tengo tiempo ni pa ir a la compra hoy día.
- Pos ahí lo tié uzté, toa la rasión del mes, que yo no engaño: un litro de aseite verde como el trigo verde, lenteja queztán llenas de bichos, ¡ah!, y de piedras, y este cacho tosino que se le revuelve a una las entraña ná más verlo.
La señora Amparo, que había estado mirando por encima del hombro, derecha e izquierda, por si acaso, canturreó en ese momento: - Lentejas, lentejas…, si quieres las comes y si no las dejas.
A lo que contestó la andaluza : - Menos guasa, abuela, que es uzté muy desaboría.
La anciana se encogió de hombros mientras decía Dorotea, pensativa: - Yo lo que siento son los niños, boba, que por nosotras aunque fueran piedras.
- !Ay! No me hable – dijo la andaluza, tocando a Dorotea en la mano - ¡que los míos son cuatro mosos como cuatro soles! Y a ver cómo los voy alimentar – (abriendo otra vez la bolsa) -, que de pan ya lo ven uztée, cá ves meno y peor, que nós que yo lo invente, ¡mírenlo!, amarillo como el asafrán.
- Es que le echan serrín, boba, pa que pese más – dijo Dorotea.
- O sera bendita, mujer. Vaya uzté a saber lo que lechan estos canallas.
La señora Amparo continuaba mirando alarmada todo alrededor. Ya se lo habían llevado en un carrito al hombre o cadáver de la acera de enfrente. En el muro de granito de la iglesia, encima del ritual FRANCO, FRANCO, FRANCO, con silueta del Caudillo en gorro de campaña y correspondiente borlita, una frase sacrílega que alguien había trazado en la noche, arriesgando su vida, con un trozo de yeso de una obra o unos escombos: MENOS FRANCO Y MAS PAN BLANCO.
- ¡Calle, calle! – repetía - ¡Ay, hija!, que le puén oír. No hable ustez ansí, que la van a denunciar.
- A mí que me denunsien. Y si voy a la cársel, pos miren, se acabaron las cavilasiones. Lo único, por los hijos, pobres criaturas, ¿quién los va dar de comer? - Y, volviéndose a Dorotea -:  ¡Ay! no me diga, qués como pa volverse loca.
-¡Hale, sonría, mujer! – interceptó la señora Amparo, que se había momentaneamente echado a un lado -, no se ponga ustez ansí. Yo, como decía mi esposo, quen paz descanse, al mal tiempo buena cara; que ya nos lo pondrá todo bien el Caudillo, que bien claro lo ha dicho, eso de la España flaterna, y que ha prometido que no va haber ni un hogar sin lumbre, ni un obrero sin trabajo, ni una boca sin pan. ¡Hale, pídaselo ustez al Señor, pa que nos lo conserve muchos años! ¿De qué sirve el ponerse frenética?, quen luego habla usté de más y en seguida to se sabe; y si sigue ustez ansí un día va tener un disgusto, hágame caso, que nós que yo lo diga…
Dorotea las dejó discutiendo en la acera, y ella entró en el portal de su casa, triste y muy nerviosa. Subió la estrecha empinada escalera medio a tientas, y al llegar al primer descansillo se paró para tomar aliento. ‘’Parece mentira - pensó - si me canso ya como si fuera una anciana. A ver si es que estoy enferma yo también.’’ Era una vaga referencia al hombre que había visto morir en la calle; y se le representó esa cara cadavérica, el cuerpo estirado en la acera, y ¡que llevaba un traje que no estaba muy raído, y con corbata y todo! Antes, cuando se pensaba en el hambre, el no tener qué llevarse a la boca, la imagen era una de miseria absoluta, un pordiosero sucio y andrajoso, y ¡este hombre era bien normal, tan como todo el mundo!
Siguió subiendo y, todavía jadeando, entró en el piso sin decir nada al marido, el cual estaba vuelto de espalda, estático, junto al balcon, en cuyos resquicios se veían apretadas tiras de papel a la manera de burletes. Dejó el abrigo en un gancho de la puerta, y entró en la cocina. ¿Qué iba a ser de su Lucio, siempre ahí, tan solo, silencioso, cruzado de brazos o dejando caer las manos a lo largo del cuerpo, inertes, y observando anhelante el cielo, como esperando el santo advenimiento? ¡Oh Virgen María, Madre Santísima, Abogada de Nosotros Pecadores!, ¿pero qué le pasaba? Durante un buen rato, mientras colocaba sus cosas, le oyó pateando nervioso, como tratando de entrar en calor. ‘’¡A ver qué vida!’’ pensó.


Su marido era, a los cuarenta años, un hombre apagado, acabado ya, como un limón exprimido, al que se le había sacado bien el jugo, hasta el último miligramo de su pulpa; o bien un trapo inútil dejado a un lado para que se pudra. Había vuelto de la cárcel ya marcado para la vida: uno de esos rojos que había jurado el Caudillo ante los muertos apartar para siempre del camino de España. Nadie le daría trabajo, ni para explotarlo siquiera, sacarle un poco más de jugo, si es que algo quedaba. ¡Y mira que habían muerto proletarios en la guerra o estaban todavía encerrados, inactivos, en cárceles y campos de concentración o exiliados en el extranjero! Por añadidura, ya no era su Lucio aquel artesano dedicado y mañoso que había producido aquellos muebles que habían sido la admiración de todos. Otro ser había nacido en él, aplastado, amedrentado, tembloroso.
¡Las manos, sí! Eran grandes, nervudas, vigorosas, esas manos. ¿Pero qué? Si habían perdido por completo aquel tacto, aquel toque precioso que era como un don del Cielo. De hecho, ya no poseía el hombre fuerza alguna, ni para trabajar ni para nada. De aquella energía de antaño, aquel arte, aquel denuedo, ya no quedaba rastro.
A veces, cuando no se cruzaba un poco de brazos, clavadas las uñas en la mangas de la camisa, se quedaba él mirando esas manos, que retorcía temblando, nervioso; cogitando como incapaz de comprender que eran ellas las que habían producido esas maravillas, ¡cómo podía haber sido él ebanista!
Y volvía a mirar la calle, el cielo, los tejados, las casas, las cosas; la gente saliendo de los portales, de las tiendas, de la iglesia, la Iglesia Penitencial de Nuestra Madre de las Angustias, situada a unos cien metros de allí, de su cuarto en el segundo piso de una casa miserable estrechuca. Y se sentía, viendo esas cosas, las casas, ese gentío alborotador, esa vitalidad de una ciudad ahora ajena, como disminuído, muy pequeño, un enano flotando en el aire alejado, muy solo: era un miedo paralizador que le embargaba.
La libertad. Sí. Ya no era ningún recluso. Le habían soltado. Y ¿para qué? Era en todas partes un excluído. Diferente. Rojo. La idea de que ya nadie le acompañaría en el difícil camino de la vida, de que nadie le dejaría hacer, o le daría trabajo, se le había metido hacía rato bien profunda en los sesos. Se la habían metido otros. Todos. Los vecinos, deudos, allegados, los amigos, enemigos, indiferentes. Y ¿para qué buscar, seguir buscando, tratar de salir del atolladero? Si no servía de nada, si no servía él para nada. Ya nadie le echaría una mano, le ofrecería su amistad, le buscaría para darle un empleo. Y si le buscaran, si le ofrecieran algo, le dieran por casualidad una chapuza que hacer, ¿sabría él hacerlo? ¡Se sentía tan cansado! Y tornaba a mirarse las manos. Si salía a la calle, pensando que ello le haría cambiar de ideas, se sentía aún más solo, y otra vez ese miedo inexplicable. Todos le miraban, y él trataba de esconderse, ocultaba esas manos huesudas, grandes, de trabajador, que le pesaban, le estorbaban, inútiles.
Iba a ser muy difícil seguir viviendo así (pensaba Dorotea en la cocina, mientras encendía la lumbre.) ‘’Y ¡ya ves - se decía - somos todavía jóvenes!’’
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