Capítulo 5: La Restauración y el reinado de Alfonso XII (1874 – 1902)






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Capítulo 5: La Restauración y el reinado de Alfonso XII (1874 – 1902)
La Restauración: El triunfo de un proyecto personal
1. Referencia: 50-3286

Proclamación del rey Don Alfonso XII por la brigada Daban al mando del general Martínez Campos, el 29 de diciembre de 1874” Grabado coloreado. La Ilustración Española y Americana. El pronunciamiento de Sagunto y sus posteriores éxitos militares y diplomáticos en la guerra carlista, Cuba y Marruecos, dieron a Martínez Campos un gran prestigio, pero no la influencia política que habían tenido otros “espadones” en el pasado.
A partir del golpe de Estado de Sagunto en 1874, se inicia una nueva etapa de la historia de España a la que se conoce como la Restauración y que se prolongará con la regencia de Maria Cristina Habsburgo – Lorena hasta 1902, año en el que Alfonso XIII alcanzará la mayoría de edad.

Este nuevo período está marcado por la figura de Antonio Cánovas del Castillo, autentico creador del sistema político de la Restauración, que había pasado su propia “travesía del desierto” durante el sexenio democrático, tejiendo pacientemente los hilos con los que construirá el nuevo orden y sumando apoyos a la causa de Alfonso XII, muy minoritaria hasta poco antes de que llegara al trono.
1. Cuadro anecdótico: Antonio Cánovas del Castillo

La larga trayectoria política de Cánovas (Málaga 1828 – Mondragón 1897), se inicia cuando llega a Madrid en 1845 y consigue ganarse la confianza del general Leopoldo O´Donnell al que parece que ayudó en la redacción del Manifiesto de Manzanares, que precedió a la revolución de 1854 y al Bienio Progresista. Desde su militancia unionista, fue derivando hacia posturas más próximas a los moderados en los últimos años de reinado de Isabel II y sobre todo tras la revolución de 1868, a la que se opuso radicalmente. Durante los primeros años del sexenio, fue diputado en Cortes dentro de la exigua minoría moderada que tenía representación en ellas. Tras la abdicación de la reina Isabel en su hijo Alfonso en 1870, la causa monárquica y el proyecto personal de Cánovas, fueron ganando adeptos. Destacó durante los debates sobre la ilegalización de la Internacional y sobre la abolición de la esclavitud, mostrando en ambos una postura extremadamente reaccionaria como muestran sus propias palabras:
“(...) creo que la esclavitud era para ellos (los negros de Cuba) mucho mejor que esta libertad que sólo han aprovechado para no hacer nada y formar masas de desocupados. Todos los que conocen a los negros le dirán que en Madagascar, como en el Congo y en Cuba, son perezosos, salvajes, inclinados a obrar mal, y que es preciso manejarlos con autoridad y firmeza para obtener algo de ellos. Estos salvajes no tienen otros dueños que sus instintos, sus apetitos primitivos".
Consideró el advenimiento de la I República como una catástrofe, pero una catástrofe de la que surgiría la victoria de su proyecto político: de sus cenizas nacerán la restauración de la monarquía y de la legitimidad dinástica:
“No hay que hacerse ilusiones – le dice un día a su amigo y paisano Miguel Casado -. Un pueblo pobre e ignorante ha de inclinarse a la república, y para someterlo por la fuerza es preciso apoyarse en la legitimidad. Nuestro porvenir no puede cifrarse más que en don Alfonso, y hay que esperar a que sea hombre. Entre tanto, resignémonos a sufrir grandes perturbaciones y pidamos a Dios que nos dé la resistencia necesaria”.
Fue presidente del gobierno de forma casi continua durante el reinado de Alfonso XII, hasta que en 1881 se inició el “turno de partidos”, alternándose con Sagasta en este cargo a partir de entonces y hasta su muerte.

Murió asesinado el 8 de agosto de 1897, en el balneario de Santa Águeda, en el municipio de Mondragón, por el anarquista italiano Michele Agiolillo. Según declararía en el momento de su detención, el motivo fue la venganza por las muertes de los anarquistas detenidos en Barcelona a raíz del atentado contra la procesión del Corpus en junio de 1896.
Marchó al exilio durante la I República y desde Londres conspiró contra el nuevo régimen y continuó una cuidadosa labor de propaganda que se plasmo en el Manifiesto de Sandhurst (academia militar en la que se formaba Alfonso de Borbón), en el que se explicaban las grandes líneas de su proyecto político y se daba una imagen moderna, constitucional y conciliadora del por entonces pretendiente.

Cánovas era un político conservador, pragmático y amante del orden. Llegó a la conclusión de que el sistema político español solo podría alcanzar una estabilidad que garantizara esto último, si se cumplían una serie de condiciones: la legitimidad monárquica, que para él era la única institución de referencia común para los españoles; el mantenimiento de unas Cortes que debían crear una ficción de representación popular; la integración en el sistema de las distintas corrientes liberales -tradicionalmente enfrentadas entre si - mediante lo que se conocerá como el turno de partidos o “turnismo”, para evitar que éstas facciones recurrieran a los pronunciamientos militares para alcanzar el poder; y por último, la recuperación de los valores tradicionales de inspiración católica y centralista, que cortarán el paso a ideologías racionalistas (hoy más conocidas como “laicistas”), revolucionarias o nacionalistas.
2. Referencia: 50-56

Antonio Cánovas del Castillo” Óleo de Raimundo Madrazo. Cánovas fue el gran constructor del sistema de la Restauración y el arquetipo del político hábil, tenaz y constante, lo que le valió el respeto universal dentro de la casta dirigente española. Tras su asesinato en 1897, su eterno rival Sagasta declaró “Después de la muerte de Don Antonio, todos los políticos podemos llamarnos de tú”
El golpe de Martínez Campos contrarió inicialmente a Cánovas, que hubiera preferido una vuelta pacífica de los borbones para no sentar peligrosos precedentes e inició un enfrentamiento entre ambos durante toda la Restauración. Cánovas consiguió imponerse, tras marginar al general del Consejo de Regencia que se creó tras el pronunciamiento de Sagunto y convertirse en Primer ministro el 30 de diciembre de 1874.
La pacificación
3. Referencia: 19-733

Entrada de carlistas fugitivos en Francia” Grabado de Rico. La derrota definitiva del carlismo en el campo de batalla, acabó con un conflicto que ensangrentaba España desde 1834. En la imagen se aprecia como los carlistas eran desarmados por los gendarmes de la III República francesa a medida que pasaban la frontera.
Uno de los factores que provocaron el fracaso de la monarquía de Amadeo y de la I República, fue que ambos regímenes fueron incapaces de gobernar un país inmerso en guerras civiles y continuos levantamientos armados de distinto signo. Cánovas era consciente de ello y sabía que la mejor carta de presentación del nuevo rey, sería la pacificación del país.
Ésta empezaba por la restauración del orden, por lo que el primer gobierno de la Restauración continuó e incrementó la represión iniciada en la fase autoritaria de la República, creándose a este efecto dos nuevos cuerpos de policía: el Cuerpo de Seguridad y el Cuerpo de Investigación y Vigilancia. Se produjo una exhaustiva purga dentro del la administración estatal y local, la judicatura, el ejército y la universidad. Se procedió a la censura de prensa, al cierre de periódicos y a la prohibición de toda reunión o mitin político y se inició una persecución en toda regla de la oposición, representada en ese momento por republicanos e internacionalistas de distinto signo. Se dieron instrucciones a las autoridades locales de todo rango, para que pusieran todo su celo en el restablecimiento del orden y del respeto estricto a la propiedad privada. Dentro de este ambiente de represión destacan dos excepciones, debidas al deseo expreso del propio Cánovas: sus órdenes para que pese a la abolición de la libertad de culto, los protestantes no fueran importunados (tal vez recordando su exilio en tierras anglicanas) y la conservación del Ateneo de Madrid como una isla del libre pensamiento en un mar de intolerancia.
2. Cuadro Anecdótico: El fin del Carlismo

El carlismo había hecho progresos durante la I República, gracias a la descomposición del ejército, la ineptitud de los mandos militares, la simpatía de los monárquicos y a la complicidad más o menos explícita de Francia durante los mandatos de Napoleón III y Thiers. Los carlistas dominaban de nuevo sus áreas de implantación tradicional de Navarra, País Vasco, Maestrazgo e interior de Cataluña y Valencia, e incluso eran capaces de salir de sus feudos y protagonizar acciones como la toma y saqueo de Cuenca en 1874. Pero la restauración de la monarquía no solo les hizo perder la connivencia de los alfonsinos, sino que dentro de su propio bando, se abriera un cisma del que surgirá una corriente partidaria del reconocimiento del nuevo rey, como mal menor ante la amenaza republicana. Los carlistas contaban con el mayor ejército que nunca habían tenido (cerca de 70.000 soldados, en general mucho más motivados y avezados que las fuerzas con las que se tenían que enfrentar), pero no lograron crear una administración capaz de avituallar y equipar a tantas tropas. La actitud de la III República francesa fue siendo menos condescendiente, por lo que las fuerzas de Carlos VII quedaron súbitamente sin retaguardia segura, cuando el ejército español inició su ofensiva. Una vez purgado de elementos de oposición y restituida en él la más férrea disciplina, el ejército impuso su superioridad numérica y material sobre los carlistas. Tras expulsarlos de Cataluña en 1875, sus últimas tropas fueron derrotadas en Montejurra a principios de 1876. Carlos VII abandonará la lucha y terminará por reconocer como rey a Alfonso XII.

La derrota tradicionalista trajo consigo el llamado Manifiesto de Somorrostro, que implicaba la abolición de los fueros vascos, aunque manteniendo una cierta autonomía fiscal de la región mediante el establecimiento de un concierto económico. Algunos integristas como Nocedal intentarán mantener el alto la bandera del carlismo, que seguirá manteniendo una notable influencia en Navarra, ya que el nacionalismo lo desplazará como fuerza hegemónica en el País Vasco y Cataluña. Volverá a surgir con fuerza durante la Guerra Civil (1936 – 1939), en forma de fuerzas requetés aliadas del bando de Franco. Su absorción dentro del Movimiento Nacional franquista, terminará con la influencia del carlismo dentro de la vida política española, aunque aun hoy existan partidos políticos que se reclaman de esa tradición.
Una vez concluida la guerra civil y conjurado el peligro carlista, se hizo posible el envío de tropas a Cuba, al frente de las cuales marchó el propio Martínez Campos, algo muy conveniente para Cánovas, dada la mala relación que mantenían. Tras proteger con tropas los ingenios azucareros y aislar a los rebeldes, consiguió su rendición tras una serie de vagas promesas de reformas y autonomía. La Paz de El Zanjón en 1878, significó el fin de la primera guerra cubana y la mayoría de los combatientes se acogieron al perdón que se ofrecía, salvo un pequeño grupo al mando de Antonio Maceo que siguió luchando al no admitirse el fin de la esclavitud ni la independencia de Cuba.
A los cuatro años de iniciar su reinado el joven Alfonso XII, podía considerar merecido el sobrenombre que la historiografía tradicional española, tan aficionada a darle uno a cada rey, le acabará otorgando: “El Pacificador”.
4. Referencia: 50-4847

Alfonso XII” Óleo de M. Ojeda. La pacificación del país fue un factor determinante para que los monárquicos se aglutinaran en torno a su figura. El papel de árbitro de la política del país que ejerció, no se vio afectado por su prematura muerte en 1885 y la estabilidad del régimen continuó durante la regencia de su segunda mujer Maria Cristina y la minoría de su hijo póstumo Alfonso XIII.

La construcción del régimen canovista

Las elecciones a Cortes Constituyentes celebradas en 1876, fueron un adelanto de lo que iban a ser los procesos electorales durante la Restauración: un masivo y generalizado fraude como no se recordaba desde la época de Isabel II.

La composición de la cámara saliente, con casi un 90 % de diputados del Partido Liberal Conservador de Cánovas o de sus aliados del Partido Centralista de Alonso Martínez, provocó la indignación del sector progresista que lideraba Sagasta, que sopesó incluso la posibilidad de nuevos levantamientos violentos. Pero el líder conservador supo convencerles de la conveniencia del nuevo sistema, que quedará plasmado en la Constitución de 1876. Si todos entraban en el juego, se produciría una alternancia de partidos, en la que las dos grandes familias tradicionales del liberalismo español, podrían repartirse el poder y sus prebendas por turnos, sin depender así de las ambiciones de los “espadones” que habían marcado los cambios de régimen político durante todo el siglo XIX.
3. Cuadro Anecdótico: La Constitución de 1876

La nueva constitución redactada y aprobada en 1876, se basaba en sus aspectos fundamentales en la constitución moderada de 1845 y consolidó un régimen liberal muy limitado. Es la que más tiempo ha estado vigente en España (cincuenta y cinco años) aunque fue suspendida y vulnerada en varias ocasiones, hasta su derogación definitiva en 1931. Los liberales de Sagasta consiguieron en su desarrollo legal, incorporar algunos de los avances recogidos en la constitución de 1869.

España se constituía como monarquía hereditaria, con soberanía compartida por el rey y las Cortes. El rey sería el encargado de designar al jefe del gobierno, quien debía posteriormente ser aceptado por las Cortes. La corona recuperaba numerosa prerrogativas perdidas en anteriores constituciones como la jefatura del ejército, capacidad para disolver las Cortes, derecho a veto y a iniciativa legislativa, lo que la convertía en el árbitro del sistema.

Las Cortes serían bicamerales con un Congreso elegido primero por sufragio censitario y a partir de 1890 por sufragio universal masculino. El Senado sería en parte de designación real, con algunos cargos vitalicios, y otra elegida de forma indirecta por corporaciones y por los mayores contribuyentes del país, lo que convertía a esta cámara en el feudo de las viejas clases dominantes y de las nuevas fortunas.

Otros aspectos importantes de la Carta eran el carácter confesional (católico) del Estado, con una cierta tolerancia hacia otros cultos y un modelo territorial centralista en el que las instituciones nacionales tenían capacidad para designar cargos provinciales y locales.
El sistema de Cánovas se apoyaba en el bipartidismo por lo que tendrían que consolidarse dos grandes grupos políticos, con unos líderes indiscutibles, capaces de llegar a acuerdos personales entre ellos (como el cambio de turno), sin que las facciones internas lo entorpecieran. No serían partidos de masas organizados para ganar votos, sino partidos de notables, profundamente elitistas. La oligarquía del país, formada por los restos de la nobleza y clero, los grandes terratenientes, industriales, comerciantes y banqueros, repartía sus simpatías y contactos entre ambos partidos y confiaban en el ambiente de orden y equilibrio que les garantizaban. Las dos formaciones políticas en las que se basa el sistema de la Restauración, presentan mínimas diferencias en cuanto a sus programas, ideología, composición social o intereses. La cohesión de cada una de las formaciones dependía de la influencia de su líder y de la posibilidad real de llegar al poder y disfrutar de sus ventajas, garantizada por el sistema de turnos. Las dos grandes formaciones de la época serán el Partido Conservador y el Partido Liberal.
5. Referencia: 50-9999

Sesión regia de apertura de las Cortes celebrada en el Senado”. Grabado coloreado de La Ilustración Española y Americana. En el sistema canovista, las cortes y la actividad parlamentaria tendrán gran importancia, pese a no ser más que un simulacro de representación popular.
4. Cuadro anecdótico: El Bipartidismo

El Partido Liberal Conservador, más tarde sencillamente Partido Conservador estuvo liderado por Cánovas hasta su muerte en 1897 y más tarde por Francisco Silvela y Eduardo Dato. Aglutinaba a los antiguos moderados y algunos miembros de la Unión Liberal (como el propio Cánovas), algunos progresistas como Francisco Romero Robledo e incluso a carlistas moderados como Alejandro Pidal. Su base social serán los restos de la nobleza y los grandes propietarios agrarios, aunque también contará con apoyo de las clases medias campesinas y en menor medida urbanas, ambas amantes del orden y muy influidas por la fe católica.
El Partido Liberal Fusionista, más tarde Partido Liberal liderado por Práxedes Mateo Sagasta, se situaba a la izquierda del sistema, dentro del parecido de ambas propuestas. Sagasta que había sido progresista, fundó el Partido Constitucionalista durante la monarquía de Amadeo. Rechazó la I República, aunque presidió el último gobierno de ésta cuando se produce el golpe de Sagunto en 1874, con el que colaboró desde dentro del sistema. Incorporó a su partido a la mayoría de los antiguos progresistas y demócratas del sexenio (Montero Ríos, Segismundo Moret, Cristino Martos etc.) atrayendo más tarde a algunos conservadores desencantados o enfrentados con Cánovas, como el general Martínez Campos e incluso a republicanos moderados y centralistas, como Emilio Castelar, que colaboró con Sagasta, pero sin llegar a integrarse en el Partido Liberal. Contará con el apoyo de muchos industriales, comerciantes y financieros y aunque tendrá más peso en las ciudades extenderá también su influencia al campo.
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