Índice del documento federico garcía lorca (1808-1036) 1 breve recorrido por la vida del poeta (1898-1936)






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ELUCUBRACIONES SOBRE LA OBRA DE GARCÍA LORCA



“En el fondo, yo le debo muchas de mis ideas a esta especie de masa confusa, hormigueante e integral que es la poesía de García Lorca… Lo que yo he hecho ha sido desarrollarlas; y, como soy ligeramente fenicio, he especulado durante mucho tiempo con las ideas que él lanzaba de una manera confusa, con una generosidad realmente deslumbrante. He especulado con ellas y las he sistematizado, las he hecho inteligibles, inteligentes; porque García Lorca, como la mayoría de los grandes fenómenos poéticos, era muy poco inteligente. Era el fenómeno de la poesía en bruto, con un significado, por otra parte, muy próximo al del fenómeno folklórico y popular.” (Salvador Dalí, palabras grabadas en noviembre de 1964 durante una de las sesiones para el registro del LP de Paco Ibáñez dedicado a Lorca y Góngora).
Muchos han sido los acercamientos críticos a la obra de uno de los más insignes poetas de nuestras letras: Federico García Lorca. Podemos describir, a grandes rasgos, algunas de sus más evidentes características. La labor literaria de Lorca entronca con los grandes temas tratados por el arte. Su obra poética surge inspirándose en el amor, el destino, el tiempo, la soledad y la muerte, al igual que las tramas de sus obras teatrales, cuyos personajes quedan fuertemente condicionados por los márgenes establecidos por tan humanos y esenciales conceptos. La frustración tiene también especial relevancia en varias de sus creaciones. El yo poético enfrentado a un mundo incapaz de satisfacer sus deseos, de ahí quizás ese rasgo tan propio del lorquismo, ese hermanamiento con los sectores más desfavorecidos de la sociedad: los gitanos del Romancero gitano o los humillados por el sistema capitalista del Poeta en Nueva York.
Resulta cuando menos curioso que, tanto en su vertiente estilística popular como en su peculiar filiación al movimiento surrealista, Lorca trate temas que guardan una cierta similitud. Temas que guardan también relación con los tratados en obras teatrales como Yerma, Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba. Sus cuadros dramáticos propician una tensión constante entre el anhelado deseo de sus personajes principales y la desilusionadora realidad a la que pertenecen, la cual los conducirá a una frustración de corte trágico (obsérvese la coincidencia temática con La realidad y el deseo, obra de otro de los grandes poetas del 27, Luis Cernuda). En efecto, en sus tan conocidas tragedias, Federico García Lorca respeta los elementos más característicos del drama clásico, si bien la fatalidad obedece a aspectos que se alejan relativamente de esas fuerzas sobrehumanas que regían el destino de los hombres en las creaciones grecolatinas (también presentes en obras más recientes como el Macbeth de Shakespeare o El mágico prodigioso de Calderón de la Barca). En Lorca, sin embargo, el tradicional “fatum” no es otro que la natural infertilidad de Yerma o las férreas normas sociales que rigen el destino de los personajes de Bodas de sangre o de La casa de Bernarda Alba.
Sin duda, Lorca era un buen conocedor de las manifestaciones literarias de los diversos periodos, y consiguió un lenguaje poético propio gracias a una novedosa reutilización de aspectos tradicionales. El poeta parece animado a respetar una de las más paradójicas apreciaciones de Eugenio d’Ors:
“Todo lo que no es tradición es plagio.”
Es decir, la originalidad debe partir de un respeto y buen conocimiento de aquello sobre lo que se pretende innovar. Lorca conocía bien la tradición lírica oral, la poesía del Renacimiento y del Barroco (su gusto por los versos de Luis de Góngora) y, evidentemente, tanto el movimiento romántico como tendencias que le eran más cercanas y que resultan imprescindibles para entender el advenimiento de las vanguardias (parnasianismo, simbolismo). Su originalidad reside pues en la reutilización y mezcla de tendencias.
Federico García Lorca frecuentó a Ramón Gómez de la Serna (autor esencial en el proceso de asunción de los movimientos de vanguardia por parte de los autores españoles), pero sabemos de su devoción por la poesía de Antonio Machado y conocemos perfectamente que Juan Ramón Jiménez era uno de los maestros de quien recibió una influencia esencial (al igual que, por ejemplo, Rafael Alberti). Esto nos da pie a hablar de aspectos tan decisivos como importantes dentro de su trayectoria poética. En primer lugar, hemos de entender que la poesía de Lorca tiene un fuerte componente simbólico. Así lo explica, con taxativo criterio, Max Aub, insistiendo en que su obra poética está edificada sobre el símbolo, por el contrario a la de Luis Buñuel, elaborada en torno a la greguería, la original creación de Ramón Gómez de la Serna:
“La greguería era y es una forma de no tomarse la vida en serio. No se trata de simbolismo; quien diga que el cine de Buñuel está lleno de símbolos no sabe lo que dice; si dijera que está lleno de greguerías estaría en lo cierto.” (Buñuel, Lorca, Dalí, el enigma sin fin, p. 106)
Sin embargo, las apreciaciones drásticas no resultan las más adecuadas a la hora de tratar de describir, con precisión, el por otra parte muy resbaladizo terreno de la creación literaria. Obsérvese como Luis Cernuda sí que asume la importancia de la greguería dentro del arte poético de Lorca,
“restituyendo a Ramón el reconocimiento que otros le niegan, en su papel de puente entre las vanguardias europeas y el ambiente literario hispánico. Además, ha añadido una aguda observación sobre los límites de su obra, especialmente valiosa porque proviene de quien no le profesa hostilidad y no suele tener pelos en la lengua para decir los que piensa.

Conviene aclarar un punto: aunque en la obra de Gómez de la Serna hallemos un propósito equivalente al de dichos movimientos literarios europeos, desde los inmediatamente anteriores a la guerra del 14 hasta los posteriores a ésta, quedan, sin embargo, fuera de su alcance el dadaísmo y el superrealismo; es decir, los aspectos rebelde y mágico que animan respectivamente a dichos dos movimientos, los más cercanos a nosotros en el tiempo y los más importantes.

Y es que Gómez de la Serna, quizá por ser el último gran escritor español descendiente en rango e importancia de nuestros grandes clásicos, como Lope o Quevedo, es un realista.” (Buñuel, Lorca, Dalí, el enigma sin fin, p. 100).
Lo que sin duda resulta bastante obvio es que las creaciones de Federico García Lorca no coincidían, en un momento dado, con los propósitos artísticos de otros compañeros generacionales. Y esta especie de tensión, al parecer, será el detonante fundamental de que su obra, con Poeta en Nueva York, dé un giro radical (al igual que el dado por Rafael Alberti con Sobre los ángeles). Así, por ejemplo, explica Agustín Sánchez Vidal como, desde un primer momento, a pesar de la amistad, Lorca y Buñuel conocen un artístico distanciamiento:
“para Buñuel, su etapa de escritor, entre 1922 y 1929, había sido muy importante. Esta vocación le había llevado a una amistad con Federico García Lorca, que representaba opciones bien distintas de las suyas.” (Buñuel, Lorca, Dalí, el enigma sin fin, p. 11.)
Sin duda, el gusto literario de Buñuel, quien opinaba que todo lo que se hacía en la península era retórico y caduco, carente de novedad y originalidad, será lo que, posiblemente, buscando un afán de novedad total, lo lleve a un método de expresión ligado al nacimiento de las vanguardias: el cinematógrafo. No sólo abandona la pluma por la técnica de la imagen (téngase en cuenta que el cine nace intrínsecamente ligado a la industria y sus avances, de ahí su evidente relación con el futurismo) sino que, además, utiliza tan novedoso soporte para llevar a cabo una creación estrictamente surrealista, con ansias de impactar en un público que todavía se estaba acostumbrando al lenguaje cinematográfico:
“El cine constituía una forma narrativa tan nueva e insólita que la inmensa mayoría del público no acertaba a comprender lo que veía en la pantalla ni a establecer una relación entre los hechos. Nosotros nos hemos acostumbrado insensiblemente al lenguaje cinematográfico, al montaje, a la acción simultánea o sucesiva e incluso al salto atrás. Al público de aquella época, le costaba descifrar el nuevo lenguaje.” (Mi último suspiro, p. 39)
Luis Buñuel consideraba populachera la poesía de Federico García Lorca, tan influida por la lírica tradicional, Góngora, Machado o Juan Ramón Jiménez. Apetecía mucho más de creaciones más novedosas, que se apartaran de los viejos maestros:
“Nuestros poetas exquisitos, de elite auténtica, antipopulacheros, son: Larrea, el primero; Garfias (lástima de su invitación y escasez de imaginación; sus efusiones serían divinas si tuviera sólo la mitad de fantasía que Federico); Huidobro; a veces el histrión de Gerardo Diego (…)” (Buñuel, Lorca, Dalí, el enigma sin fin, p. 180)
Sin duda, de la misma opinión era Salvador Dalí, tal y como se deduce del siguiente extracto de carta dirigida a su íntimo amigo Federico (corrijo ligeramente la peculiar manera de escribir de Dalí para una mejor comprensión del texto):
“II. Tu poesía actual cae de lleno dentro de la tradicional, en ella advierto la sustancia poética más gorda que ha existido, pero ligada en absoluto a las normas de la poesía antigua, incapaz de emocionarnos ya ni de satisfacer nuestros deseos actuales. Tu poesía está ligada de pies y brazos a la poesía vieja. Tú quizás creerás atrevidas ciertas imágenes. O encontrarás una dosis crecida de irracionalidad en tus cosas, pero yo puedo decirte que tu poesía se mueve dentro de la ilustración de los lugares comunes más estereotipados y más conformistas…

Te quiero por lo que tu libro revela que eres, que es todo el revés de la realidad que los putrefactos han forjado de ti…

A ti, al lenguado que se ve en tu libro, quiero y admiro, a ese lenguado gordo que el día que pierdas el miedo te cagues en los Salinas, abandones la Rima –en fin, el Arte tal como se entiende entre los puercos- harás cosas divertidas, horripilantes… crispadas poéticas como ningún poeta ha realizado.” (Buñuel, Lorca, Dalí, el enigma sin fin, p. 177)
Sin duda, la variedad de tendencias literarias del momento era muy rica. Los artistas militaban en un movimiento u otro, y, en ocasiones, sus gustos ocasionaban gestos provocativos, así, por ejemplo, la carta que Buñuel y Dalí, confrontados con Lorca, enviaron a Juan Ramón Jiménez poco tiempo después de haber sido, al parecer, tratados con gran cortesía en el propio domicilio del poeta:
“Sr. Dn. Juan Ramón Jiménez

Madrid

Nuestro distinguido amigo: Nos creemos en el deber de decirle –sí, desinteresadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria.

Especialmente:

¡¡Merde!!

Para su Platero y yo, para su fácil y mal intencionado Platero y yo, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado.

Y para V., para su funesta actuación, también:

¡¡¡¡Mierda!!!!

Sinceramente

Luis Buñuel. Salvador Dalí” (Buñuel, Lorca, Dalí, el enigma sin fin, p. 189)
Como Agustín Sánchez Vidal explica,
“Alberti tampoco se había quedado callado ante las embestidas de Buñuel, y había largado lo suyo en la Gaceta de 1 de enero de 1929 al ser entrevistado por su director con motivo de Sobre los ángeles (libro que suponía, sobre poco más o menos, su adscripción al surrealismo). Allí comenzaba por distanciarse del Romancero gitano de Lorca, sin citarlo: “Nada, o muy poco, tiene que ver mi poesía primera con el pueblo. Y menos con el costumbrismo o pintoresquismo andaluz de última hora. Más con la tradición erudita.” (Buñuel, Lorca, Dalí, el enigma sin fin, p. 192)
¿Y a qué tipo de poesía se estaban refiriendo exactamente estos compañeros generacionales? ¿Y qué resultado, finalmente originaron sus sugerencias, a veces amistosas y a veces impertinentes? Resulta necesario para responder a estas preguntas establecer un pequeño recorrido sobre la obra poética de Federico García Lorca. Vamos allá.

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