La curacion esenia






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REVELACION ASTRAL

Cierta noche fui arrebatado en espíritu y pude ver todas estas cosas y otras tantas que os iré contando poco a poco en la medida que mi memoria pueda revelármelas.

Una de esas noches pude ver a un indio Piel Roja, con la cara de Juan, no con pieles de camello sino con una manta enrollada a su viejo cuerpo. Tenía muchos años, la piel arrugada y cansada de batallar. Miraba al rojo panorama del atardecer pidiendo el retorno por medio de la muerte. Había amado a naturaleza la y se había fundido con ella como un ente. Aquel anciano sabía que al igual que la flor marchita a su tiempo para retornar al suelo y abonar la próxima vida, él debía morir para que con sus huesos y su polvo carcomido por los gusanos, se elevaran nuevas flores por donde caminarían los jóvenes de la tribu.

En un principio, no entendí el porqué de estas imágenes, luego pude ver claro que Juan había tomado otro cuerpo en aquella época para seguir amando a la Tierra como antes lo había hecho. Después de aquel sueño, leí en alguna parte un folleto que me hizo llorar de emoción. Se trataba de la carta que dirigió un jefe indio al Presidente de los Estados Unidos de América. Leedla vosotros y comprenderéis:

Este documento fue escrito hace 127 años. Es su autor Seattle jefe de la tribu Suwamish, establecida en los territorios que hoy en día forman el estado norteamericano de Washington. La carta que Seattle envió en 1855 al Presidente de los Estados Unidos, Mr. Franklin Píerce, responde al ofrecimiento del gobierno de éste deseoso de comprarles las tierras a los Suwamish:

"El gran caudillo de Washington ha mandado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El gran caudillo nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta delicadeza porque conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad. Queremos considerar el ofrecimiento, pues bien sabemos que si no lo hiciésemos, pueden venir los hombres de piel blanca y cogernos las tierras con las armas de fuego. Que el gran caudillo de Washington confíe en la palabra del líder Seattle con la misma certeza que espera el regreso de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas. ¿Cómo podemos comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Se nos hace extraña esta idea. No son nuestros ni el frescor del aire ni el centelleo del agua.

¿Cómo podrían ser comprados? Lo decidiremos más adelante. Tendrían que saber que mi pueblo tiene por sagrado cada trozo de esta tierra. Lo hoja luminosa, la playa arenosa, la niebla dentro de la frondosidad del bosque, la claridad en medio de la arboleda y el insecto zumbador son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. La savia que sube por los árboles lleva recuerdos del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre piel blanca olvidan su tierra cuando comienzan el viaje por entremedio de las estrellas. Nuestros muertos nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos un trozo de esta tierra, estamos hechos con una parte de ella. La flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa; todos son nuestros hermanos, las rocas de las montañas, el jugo de la hierba fresca, el calor corporal del potro; todo pertenece a nuestra familia.

Por eso, cuando el gran caudillo de Washington hace comunicarnos que nos quiere comprar las tierras, es mucho lo que pide. El gran caudillo quiere darnos un lugar para que vivamos todos. El hará de padre nuestro y nosotros seremos sus hijos. Hemos de rumiar su ofrecimiento. No se nos hace nada fácil., pues las tierras son sagradas. El agua espumosa de nuestros ríos, los pantanos no son solamente agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendiésemos estas tierras, se necesitaría que recordaseis que son sagradas y tendríais que enseñar a vuestros hijos que lo son y que los reflejos misteriosos de las aguas claras de los lagos narran los acontecimientos de la vida de mi pueblo. El rumor del agua es la voz del padre, de mi padre.

Los ríos son hermanos nuestros porque nos liberan de la sed. Los ríos arrastran nuestras canoas y alimentan con peces a nuestros hijos. Si os vendiésemos las tierras se necesitaría que recordaseis y enseñaseis a vuestros hijos que los ríos son hermanos nuestros y también vuestros. Tendréis que tratar a los ríos con buen corazón. Muy bien sabemos que el hombre de piel blanca no puede entender nuestra manera de ser. Le da igual un trozo de tierra que otro porque es como un extraño que llega de noche para sacar de la tierra todo aquello que necesita. No ve la tierra como hermana sino más bien como enemiga. Cuando ya la ha hecho suya la menosprecia y sigue caminando. Deja tras de él las sepulturas de los padres y no parece que lo sienta. No le duele desposeer a la tierra de sus hijos. Trata a la madre tierra y al hermano cielo como si fuesen cosas que se compran y se venden, como si fuesen ganado o collares.

Su hambre insaciable devorará la tierra y tras de sí solo dejará un desierto.

No lo puedo comprender. Nosotros somos de una forma de ser bien diferente. Vuestras ciudades hacen mal a los ojos del hombre de piel roja. Puede ser que sea así porque el hombre de piel roja es salvaje y no puede comprender las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre de piel blanca, ningún lugar donde se pueda escuchar a la primavera en su desplegamiento de las hojas o el roce de las alas de un insecto. Puede ser así porque soy salvaje y no comprendo bien las cosas. El ruido de la ciudad es un insulto para el oído. Y yo me pregunto, ¿qué tipo de vida tiene el hombre cuando no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas en los alrededores de los embalses? Soy hombre de piel roja y no lo puedo entender. A los indios nos deleita el ligero rumor del viento rozando la cara del lago y su olor después de la lluvia del mediodía que trae la fragancia de los abetos.

El hombre de piel roja es conocedor del valor inapreciable del aire para todas las cosas que respiran su aliento; el animal, el árbol, el hombre. Pero parece que el hombre de piel blanca no siente el aire que respira. Como si fuese un hombre que hace días que agoniza, no es capaz de sentir el pudor. De todas formas, si os vendiésemos las tierras, tendríais que tener en cuenta de qué forma estimamos el aire porque el aire es el espíritu que infunde la vida y todo lo comparte. Si os vendiésemos las tierras, tendríais que dejarlas en paz para que permaneciesen sagradas, para que fuesen lugar en donde incluso los hombres de piel blanca, puedan aspirar el viento endulzado por las flores de los prados. Queremos considerar vuestro ofrecimiento de comprarnos las tierras. Si decidiésemos aceptarlo, tendríamos que poneros una condición, que el hombre de piel blanca mire las almas de esta tierra como a hermanos. Soy salvaje pero me parece que tiene que ser así. He visto millares de búfalos pudrirse en las praderas; el hombre de piel blanca les disparaba desde el caballo de fuego sin pararse. Yo soy salvaje y no entiendo por qué el Caballo de fuego vale más que el búfalo, pues nosotros lo matamos solo a cambio de nuestra propia vida. ¿Qué puede ser del hombre sin los animales?. Si todos los animales desapareciesen el hombre tendría que morir con gran soledad de espíritu. Porque todo aquello que le pasa a los animales, muy pronto ocurre también al hombre. Todas las cosas están ligadas entre si. Se necesitaría que enseñaseis a vuestros hijos que la tierra del suelo que pisamos son las cenizas de los ancianos. Respetarán la tierra si les decís que está toda llena de la vida de los antepasados. Es preciso que vuestros hijos sepan, igual que los nuestros, que la tierra es la madre de todos nosotros. Que todo estrago causado a la tierra lo padecerán los hijos. El hombre que escupe a la tierra, a sí mismo se está escupiendo. De una cosa estamos bien seguros, la tierra no pertenece al hombre sino el hombre a la tierra.

Queremos considerar vuestro ofrecimiento de comprar, las tierras. El hombre no ha tejido la red que es la vida, pues él no es más que un hijo. Está tentando su infortunio si se atreve a romper la red. El sufrimiento de la tierra lo padecerán sus hijos. Todas las cosas están tan ligadas como la sangre de una misma familia. Incluso el hombre de piel blanca, que tiene amistad con Dios y se pasea y le habla, no puede escapar de este destino común nuestro.

Puede ser en verdad que somos hermanos, ya lo veremos. Sabemos algo que tal vez descubriréis vosotros más adelante, que nuestro Dios es el mismo que el vuestro.

Pensáis que quizás tenéis poder por encima de El y entonces queréis tenerlo sobre todas las tierras, pero no podréis tenerlo. El Dios de todos los hombres se compadece igualmente de los hombres de piel blanca como de los de piel roja. Esta tierra es muy apreciada por su creador y maltratarla sería una gran ofensa. Los hombres de piel blanca también sucumbirían y puede ser que sea antes que el resto de las demás tribus. Si ensuciáis vuestro lecho, cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios detritos. Pero veréis la luz cuando llegue a última hora y comprenderéis que Dios os ha conducido a estas tierras, os permite su dominio y la dominación del hombre de piel roja con algún propósito especial. Este destino es verdaderamente un misterio porque no podemos comprender qué pasará cuandolos búfalos se hayan acabado, cuando los caballos hayan perdido la libertad, cuando no quede ningún rincón de bosque sin tufo de hombres y cuando por encima de las verdes colinas tope por todas partes nuestra mirada con las telarañas de hilos de hierro que lleva vuestra voz.

¿Dónde está el bosque espeso? ¿Dónde está el águila? ... Han desaparecido. ¡Así se acaba la vida y comenzamos a sobrevivir!".

También deseo rendir tributo a otro relato que en igual medida me hizo llorar y que habla del amor del hombre por la tierra. Cuando leo esto veo otra forma de redención, de entrega, y mi cuerpo se estremece de emoción porque son héroes, verdaderos héroes que luchan contra la bestialidad del ser humano que sin escrúpulos es capaz de destrozar a Dios. Leed esto pues sólo comprendiendo y amando estos ejemplos llegaréis a sanar por medio de la naturaleza. No basta con aplicar tal o cual receta, hay que amar con ternura y devoción la basura, el barro y la flor. Estos ejemplos os ayudarán a entrar en la vena de la sensibilización espiritual con la que llegaréis a hacer prodigios de amor creador y transformador:

..Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa y además ha dejado una huella invisible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible.

Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mí viaje, por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre.

Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente, como en un pueblo con vida pero ésta había desaparecido.

Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida ... Tenía que cambiar mi campamento.

Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaba la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra.

Me dio un sorbo de su calabaza cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña situada en un pliegue del llano. Conseguía el agua  agua excelente   de un pozo natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno.

El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era sorprendente en este país estéril. No vivía en una cabaña sino en una casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en la playa.

La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa habla sido remendada con el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando lo ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amigable sin ser servil.

Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia.

Además, ya conocía perfectamente el tipo de pueblo de aquella región ... Había cuatro o cinco más de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición irracional llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del ambiente.

Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura a menudo homicida.

Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.

Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía quedarme allí otro día más. El lo encontró natural, o para ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarte. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle mejor. El abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua.

Me di cuenta de que en lugar de cayado se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo.

Andando relajadamente seguí camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. El lo dejo a cargo del perro y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que quisiera censurarme por mi indiscrección, pero no se trataba de eso en absoluto; iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros. Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en e1 que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un rob1e. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de quién era ? No, tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantando cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.

Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su hombre era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta situación.

Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. El me respondió sencillamente, que si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en el mar.

Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la tierra.

Al día siguiente nos separamos. Un año más tarde empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los siguientes cinco años. Un "Soldado de infantería" apenas tenía tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la olvidé.

Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas:

Una pequeña indemnización por la desmovilización, y un gran deseo de respirar aire fresco durante un tiempo. Y me parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la "tierra estéril".

El paisaje no había cambiado, sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor que plantaba árboles. "Diez mil robles –pensaba   ocupan realmente bastante espacio". Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años, no esperaba hallar a EIzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de mas de cincuenta como personas viejas preparándose para morir... Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo contrario. se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo  y vi por mí mismo   que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado plantando los árboles inamovible. Los robles de 1910 tenían entonces diez años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción...

Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el limite de la vista, lo confirmaban. Me enseñó bellos parajes con abedules sembrados hacia cinco años (es decir, en 1915), cuando yo estaba luchando en Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido   acertadamente - ­que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos...".

En este caso la naturaleza y el hombre conjugaron el mismo verbo: la vida; vida que regresó a los parajes antes muertos. Donde había desolación ahora hay armonía y belleza, hasta el punto de ser uno de los parques naturales más importantes de Europa, y termina este relato de Jean Giono, presentándonos a un anciano retirado en las oscuras paredes de un asilo, pasando desapercibido de los honores y reconocimientos. Al fin y al cabo, su vida fue todo un ejemplo de humildad y de servicio abnegado a un ideal. Como dice la bienaventuranza: "Los mansos heredarán la tierra", y al personaje que nos ocupa seguramente le corresponderá recibir más de un acre de tierra fértil en el nuevo mundo.

A veces en mis escritos he luchado a brazo partido por hacer que el hombre se sensibilice con lo que le rodea. Víctimas de la falta de agua, de la alteración irreversible de la naturaleza y no obstante destrozamos y maltratamos sin piedad lo que encontramos a nuestro paso. El hombre es el mayor de los depredadores y el más sanguinario. No le importa saber que para que una encina se haga son necesarios cien años.

El en un minuto, con su tecnología, la destroza haciendo que donde había vida, hoy sólo haya desierto, muerte y desolación.

Sólo cuando oigáis llorar a la Tierra os daréis cuenta de cuanto os quiero transmitir ¿Queréis escucharla? ¡Acallad vuestra ambición, dejad de correr y escuchad la congoja de la Madre Tierra!.. ¡Escuchad!, ¡Escuchad!:

"¿Por qué me golpeas, tirano, minúsculo e, ínfimo?, ¿no te doy miel y leche para tus hijos?, ¿no recibes mi leña para tu fuego, mi lluvia, mi agua, mi tierra para tus frutos, mi perfume y mi calor? ...

Tú solo me das dolor, destrucción, sufrimiento. Has cortado mi manto de variopintos que aterciopelaban mi piel y enjuagaban las gotas de mi lluvia, has secado mis entrañas sacando mi negra sangre para tus alocados ingenios de velocidad y muerte; has golpeado severamente la estabilidad gravitacional con tus potentes petardos atómicos y has puesto en peligro la gravitación de otras esferas próximas a mí. Has absorbido mis mares de vida, cubriendo las aguas con un manto de sangre y contaminación total. Has envenenado el poco aire que me queda para respirar, y en oriente y occidente, en el norte y en el sur, el viento, el agua y la lluvia trasladan las enfermedades golpeando a los indefensos retoños. Has extinguido las especies mas bellas de mi biológica conformación para dar gusto a tu bestialidad irracional. Has desestabilizando las colonias microscópicas produciendo una escala infinita de consecuencias irrevocables. Has dividido la tierra en parcelas y has puesto al hombreen reservas, separando al rico del pobre, al negro del blanco, al tonto del listo. Has abandonado la contemplación de mis amaneceres y ocasos para entregarte a la guerra, a la especulación y a la violencia. Has sembrado mis campos y mis montes de drogas que matan a mis niños; esos que a mí me gusta sentir pisándome y contemplándome en mi flor, en mi día y mi noche. Has establecido la ley de lo que debe vivir y me has quitado el poder de autoseleccionar y de autolimitar. Pretendes ser más viejo que yo, que cuento con millones de años. Has decidido recortarme y limitarme sin que la Supermente que me dirige pueda programar la transformación de las formas y la integración de los dinamismos. Me has llenado de estiércol y de abonos químicos envenenados, que convierten mi piel en un desierto estéril. Has fabricado aparatos de muerte más destructivos que mis terremotos, mis tormentas, mis tornados, y tu lista de muerte es una montaña formada de dolor, de injusticia, de guerras y de odio. Has pintado la atmósfera de negro y los niños no pueden ver las estrellas que por la noche me visitan y me recuerdan el papel de producir para la economía universal.

¡Querida enzima hombre!, existen otros caminos de entendimiento entre nosotros que tú no has emprendido. En esas sendas estoy YO, repleta de diálogo, de comprensión, de enseñanzas y de entendimiento. Poseo la memoria genética de ciento cincuenta billones de reacciones biológicas psicoquímicas que te ofrezco y pongo a tu servicio. En mis archivos se encuentran recopilados los fenómenos Más maravillosos que ningún ojo humano haya podido jamás escrutar. Sobre mis tierras, en mis montañas y en mis mares, han caminado animales alucinantes, extraños e inimaginables. He hecho crecer en mí plantas que jamás habéis podido reproducir. Mi cielo ha mirado durante toda mi existencia al universo que me contiene y he podido registrar las medidas, las posiciones y las formas de los astros, de las estrellas y de las galaxias. Mis entrañas contienen minerales y productos energéticos que podrían llevaros a una evolución total de vuestro patrón social, político y económico. Poseo la escuela de conocimiento más vieja y más sorprendente de la existencia, y os ofrezco un milagro en cada animal, en cada planta y en cada objeto que me cubre y me forma.

Mis arcanos están permanentemente abiertos a vuestra serena y armónica contemplación y sólo necesitáis emprender las vías de acceso, ¿cuáles son ?, son muy sencillas de tomar, son muy fáciles de caminar; dirígete por la de la justicia, por la de la paz y por la del amor, y allí, en cada esquina, en cada accidente, en cada respiración y en cada pausa, está mi amor, mi tutela, mi conocimiento y mi infinito cuidado.

¡Hombre-encima, hombre-encima, no tardes!. ¡Me muero poco a poco!. ¡Tu arrogancia, tu frío, tu desamor, seca mis praderas, anega mis mares y apaga el fuego de mi aire!.

¡Hombre-encima, no tardes...!
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