"la banalidad del mal". Buen tema. Cuestionada y peor interpretada, la filósofa alemana Hannah Arendt se atrevió a acuñar el concepto con la voluntad de crear






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Pensar o morir

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 19

20/07/2013

"LA BANALIDAD del mal". Buen tema. Cuestionada y peor interpretada, la filósofa alemana Hannah Arendt se atrevió a acuñar el concepto con la voluntad de crear polémica y de recordar lo importante que es para el ser humano ser dueño, responsable de sus propios actos. Obsesionada por entender el pasado de su país, por buscar el porqué de la brutalidad y la condescendencia con el infierno, quiso ser testigo del juicio contra Adolf Eichmann, maestro de ceremonias del Holocausto, un tipo gris, mediocre, siempre dispuesto a satisfacer a sus superiores, y encargado de que los trenes llenos de hombres y mujeres llegaran de la manera más eficiente a los campos de exterminio. Arendt no pretende desculpabilizar, ni restar importancia a los actos, sino buscar alguna respuesta en los motivos. Y defiende que el ascenso del nazismo no se consiguió gracias a los perros antisemitas llenos de odio sino al burócrata ausente de moral que sólo actuaba porque se lo ordenaban. Dios mío, líbrame de las buenas intenciones. Líbrame de no pensar, de no saber, de no decidir, de no asumir mi parte en esta telaraña de convivencias. Una joven Arendt se enamoraba de Martin Heidegger, mito de la filosofía que la enseñó a reflexionar, pero que cayó sin transición al fango de las criaturas por su adhesión al Partido Nazi. Primer hachazo. Exiliada en Estados Unidos en 1941, miró atrás e intentó comprender. Eichmann en Jerusalén, el libro de Arendt del que nace la interesante película de la también alemana Margarette von Trotta, y que usa como título el nombre de la autora, cuenta cómo el hombre gris reconocía su crímenes y lo hacía desde la complacencia de haber cumplido con el sistema, y por lo tanto, con su deber. Espeluznante. Hoy padecemos la culpa colectiva, la amargura de que nunca nos aplaudieran por hacer las cosas bien, y la sospecha de que nadie asumirá responsabilidades si ve la posibilidad de endosar la agonía al que está por encima. Pero alguien tendrá que parar la inercia y responder. Ni culpa colectiva, ni perdón. Ciudadanos libres y conscientes. Pensantes. Responsables. Consecuentes con sus decisiones y coherentes con sus ideas. Formados en la importancia de ser, más allá de la necesidad de participar, o de convencer. Porque, como dijo Hannah Arendt, "hay que pensar sin apoyos, sin nada a lo que agarrarse".
Las ausencias

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 18

31/07/2013

LA IMAGEN más triste de la semana. Las maletas sin reclamar, en esa escalera, sin viaje de vuelta. Porque cada maleta abandonada contenía una ausencia. Un abandono. Una vida quebrada de golpe. Camino del mar. En medio de un verano cualquiera. En mitad de una conversación, de un sueño, o de una promesa. Por un error. Por una negligencia. Por una distracción rodeada de bromas inoportunas que en medio de la tragedia se convierten en latigazos sin moral que nos hieren a todos, a cada uno de nosotros. Los accidentes hacen tambalear la razón. Porque son injustos. Inoportunos. Porque la capacidad de comprensión tiembla, amenazada. Rebobinas una y otra vez. Pero no hay forma de entender por qué tú, por qué precisamente hoy, por qué así. Como un perro sin dueño, esperando una mano que las retire para volver a vivir, las maletas guardan secretos sobre un horizonte que jamás se conquistó, secretos de otros veranos, y de un invierno duro, que hacía falta dejar atrás para cargar las pilas y volver a luchar con más fuerzas. Pensaba en los familiares que pasarán a recogerlas. Como esos armarios llenos de cosas del ser amado que se va y que te deja el calor de sus abrigos, los colores de sus camisetas, el recuerdo de una falda corta o de un jersey de rayas. Cada prenda es un recuerdo vivo, un gesto, una mirada. El olor de las cosas. O el detalle desconocido que pertenece a una intimidad compartida, que a su vez latía con compartimentos estancos. Cada detalle, el más pequeño, nada por tus recuerdos y se detiene a hacerte sonreír, o a emocionarte, sin contemplaciones, como un puño de hierro que golpeara tu estómago cuando menos te lo esperas. Los accidentes son la parte malvada del destino, esa que nos permite cuestionar a quien supuestamente nos creó y a quien teóricamente nos debemos, cuyo representante en este mundo se pregunta "¿Quién soy para juzgar a un gay?", y que una vez más, es capaz de observar impasible y desde arriba cómo descarrila ese tren y se lleva por delante tantas vidas. Tantos planes. Tanto amor. Los padres y las madres, los hijos, las parejas, los abuelos, los amigos, soñarán despiertos con otro mundo en el que la ausencia, el abandono, sólo sea posible de mutuo acuerdo, un mundo en el que siempre haya despedidas y formas de olvidar, un mundo en el que, como dijo Marguerite Yourcenar, "la muerte, para acabar conmigo tendrá que contar con mi complicidad".
Un ser humano

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 19

03/08/2013

SIEMPRE hay quien se cree con poder sobre el otro. Con el suficiente poder como para humillarle, ignorarle, amenazarle o encerrarle entre cuatro paredes hasta que se pudra. Incluso hay quien se cree con derecho a quitarle la vida a quien no entra en sus planes. O a quien entra mal. Equivocado.

Ariel Castro, condenado a cadena perpetua por encerrar a tres chicas durante una década contra su voluntad, dice, "no soy un monstruo". Michelle Knight, Amanda Berry y Gina De Jesús, fueron sepultadas en su casa de Cleveland, Ohio (EEUU). Durante 10 años soportaron abusos, violaciones, embarazos no deseados y abortos mediante golpes en el abdomen provocados por él.

Cadenas, insultos, y el azar de que una ruleta rusa decidiera mandarlas directamente al otro barrio echándole la culpa al destino. Castro tenía un diario, para recordar cada una de las atrocidades que cometía con ellas y para no olvidar quién es él. Porque el espejo engaña. La imagen le devuelve el rostro de un hombre gordito, con gafas, de gesto amable y un ceño poco fruncido. Una estafa. Porque si la cara es en algún momento el espejo del alma, él debería ser el vivo retrato del mismísimo Lucifer.

Describe detalles escalofriantes. Detalles que ellas recordarán, que arrastrarán como su verdadera condena. Porque la que el juez ha determinado para él, más de 1000 años de prisión, nunca compensará la frialdad, la crueldad, el detalle, su capacidad para observar el sufrimiento en los demás, la dureza para sentir a otro llorar amargamente y no cejar en tu empeño de anular no una, si no tres vidas.

Las fotos de la casa, de las habitaciones sin luz, sin aire, con desorden, con tanto desamor, te trasladan inmediatamente al horror. Las cadenas, los cables, las camas sin hacer, las bombillas, los plásticos. La miseria. En fin, un monstruo. Incomprensible para los demás. Un ser humano. El mismo que le asegura al juez que él también es una víctima, un enfermo que expía su enfermedad exorcizando el mal que le aplicaron. Que él también sufrió abusos, y también supo lo que es la humillación durante años. ¿Se sentirá mejor después de arrebatarlo todo? Cuando fue secuestrada, Michelle Knight tenía un hijo de dos años. ¿Cómo volver, después de todo? ¿Cómo integrarse en una convivencia normal? ¿Cómo confiar en los demás? ¿Y en ti misma? Y sobre todo, ¿cómo olvidar?

Durante 10 años soportaron abusos, violaciones, embarazos no deseados y abortos
Pandemias

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 14

07/08/2013

SIN DUDA, cambiará el panorama. El planteamiento. La justificación interna de por qué decides dedicar tu vida a la política. Latían los años 80, y España salía de un cuarto oscuro en el que no se podía respirar. Tenían veintitantos años y muchas ganas de correr. De ayudar a cambiar las cosas. Y dedicarse a definir la democracia era un buen horizonte para construir, para cumplir tus sueños y para ayudar a los demás a proyectarlos. Por alguna razón, la capacidad para gestionar la vida del otro se fue llenando de posibilidades que quebrarían la moral de aquéllos que se creyeron fuertes. Incorruptibles. Seguramente porque lo habitual quita peso a la culpa y al propio mal, lo hace cercano y casi incuestionable. Los mismos que sujetaban el sistema lo corrompían desde sus entrañas y jamás pensaron que alguien de la misma manada confesaría la enfermedad infecciosa, incurable, nociva, que compartían. Y la pandemia lograría extenderse a buen ritmo, como una manera de vivir. Pero un solo chasquido bastaba para mandarlo todo al garete. Desde algún rincón del paraíso alguien quiso reír más fuerte, a carcajadas. Provocar un naufragio que sin duda señalaría a sus culpables. Por listos. Por confiados. Alguien que sabe bien que las crisis periódicas son necesarias para fortalecer la desigualdad de derechos, de libertades y de riquezas. E hizo saltar todo por los aires. Más de 30 años metiendo la mano en lo que debería estar destinado a mejorar el bienestar de un ciudadano que hoy pierde lo que tiene, y lo que le hubiera permitido envejecer con dignidad. Con menos miedo. La foto (ayer) de Antonia Ordinas (exgerente del Consorcio para el Desarrollo Económico de Baleares) entrando en prisión, y la confirmación de que son 10 cargos del PP y dos de Unió Mallorquina los que pasan el verano entre las rejas de las cárceles de Palma y de Ibiza por sus delitos de corrupción, me hizo pensar en ellos. El anticlímax, ¿no? Ni chiringuito, ni playa, ni Flower Power. Ya lo dijo Berlanga, "Todos a la cárcel". Como si fuera el estigma de una generación. Una generación que se equivocó. Que pensó que la política era eso. Gestionar el poder que te prestaron como si fuera tuyo. Como si el mundo fuera tuyo. Pero siempre hay alguien con más poder que tú. Y con otros planes. Y nuevos planteamientos.
Antigua luz

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OTRAS VOCES| Pág. 14

14/08/2013

RECUERDO a mi padre, durante los últimos meses de su pesadilla, transmitiéndome su entusiasmo, con un hilo de voz, por un autor cuyas historias le ayudaban a esconder su angustia entre aquellos renglones tan bien escritos. John Banville, irlandés a quien Javier Marías no duda en nombrar Duque de su exclusivo Reino de Redonda, como su personal reconocimiento a aquellos que admira, tiene un talento arrollador. Para definir la textura del erotismo, los mínimos detalles de la emoción, de lo físico, de la reacción intelectual, pequeños universos en los que te encuentras retratado con una precisión abrumadora. Un maestro que, a veces, juega a ser otro: Benjamin Black, el pseudónimo con quien se especializa en novela negra, y desde el que da vida a Quirke, el detective rubio, de nariz partida, que se siente cómodo en su soledad. Su protagonista. "Bajo el sombrero de Banville puedo escribir 200 palabras al día. Pero bajo ese segundo sombrero, el de Benjamin Black, puedo irme a comer tras haber escrito 2.000 y sentirme cómodo". Antigua Luz, la última novela que firma Banville, es un buen libro, una historia de amor dentro de otra historia de amor en el recuerdo, que es capaz de colarse en tu propio verano y transportarte al pueblo donde la Señora Gray y Alexander Clave, entonces Alex, un chaval de 15 años profundamente enamorado de la madre de su mejor amigo, viven la pasión definitiva de su vida. Pasan muchas más cosas en la vida de este viejo actor que enreda constantemente su presente con aquél que recuerda y que seguramente fue; la ausencia de su hija, Cass la presencia inquietante de Dawn Devonport, la joven actriz, inútil suicida con la que empatiza, su pareja, compañera casi invisible, Lydia, "que antaño adoré y por la que yo mismo fui adorado". Pero esa pasión entre Alex y la Señora Gray te arrastra, te hace oler el mismísimo cuero del asiento trasero de su coche, el colchón de la casa de Cotter, el seco calor de agosto que los empuja a desnudarse, el terror a la idea de ser descubiertos, la angustia de la separación, la obsesión, la punzada del desamor. Banville intuye el mínimo detalle de cada realidad y lo convierte en alta literatura. Entiendo que mi padre se refugiara en él. Que se perdiera. Porque "contra la crisis, (la tuya y la de los demás) novela negra". Palabra de Benjamin Black.
Feliz día del padre

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

19/03/2011

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NO TENGO muchos recuerdos de mi infancia. Por alguna razón mi memoria se enreda entre los veranos. El olor a azahar y a sal centran mi nostalgia. El mar, mi pandilla de amigos, los días más largos y el pelo mojado. Pero los inviernos se detienen sólo alguna vez, en una imagen suelta. Me recuerdo de pie, al lado de la verja, completamente sorda a lo demás y esperando con la respiración entrecortada. Los lunes venía mi padre a comer a casa. A Madrid. Era el día de descanso. Los lunes siguen siendo el día de descanso para los actores de teatro. Y mi padre estuvo en Barcelona durante varios años, enlazando escenarios y viniendo los lunes a comer. Y yo le esperaba detrás de la verja del colegio, con los ojos muy abiertos y el corazón acelerado. Le veía llegar y miraba alrededor convencida de que todo el mundo me observaría caminar a su lado, de la mano. Mi padre me puso a Faulkner, a Foucault y a Proust entre las manos, con pocos años, y me enseñó Manhattan y Annie Hall en un autocine de verano cuando mi amor andaba aún dividido entre Pipi Calzaslargas y Marco. Confiaba en mí. Pensaba que a pesar de mi edad lo entendería y yo me lo creí. Y me prometí no defraudarle. Y quizá de ahí la autoexigencia que ha marcado mi vida y que me ha dado muy buenos resultados. Le recuerdo sereno, sonriente, dispuesto a cualquier cosa para permanecer lejos del conflicto, con la respuesta correcta preparada y sin juicio. Siempre anhelando el mar. Y buscándolo en el horizonte. Se adapta a lo que viene, sonríe poco, se muestra feliz con lo que le das y no te recuerda lo que no le has dado. No te hace dar explicaciones, y eso relaja profundamente. El desapego, sentirme suficiente razón para verle feliz y su capacidad para asumir lo que la vida manda forman parte de su legado. Pero sus ojos verdes no. Sus ojos verdes nadie los ha heredado. Se los ha reservado para él, para tumbar a quien le mira con la intención de modificar una opinión, para enamorar a quien no le mira, para recordar quién ha sido cuando se observa en el espejo, para acariciarte cuando no puede hablar, para asegurarte que sigue siendo el mismo. A pesar del dolor y de la enfermedad, a pesar del tiempo y del invierno, de la falta de mar y de ilusiones, de la razón, de la lucidez, de los recuer-dos, a pesar de todo, sigo siendo suficiente razón para verle feliz, para seguir, para luchar por interpretar un rato más esta película. Gracias papá, por hacerme sentir tan importante. Porque como dice Rubén en el epílogo de Forever Young, el nuevo acierto de Tricicle, disfruten, olvídense del más allá, que la vida es un solo plano secuencia, a toma única. Y no hay más.
Por todas ellas

CAYETANA GUILLÉN CUERVO OPINION| Pág. 2

05/03/2011

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MARTES 8 de Marzo. Día Internacional de la Mujer. Por su integración en una sociedad que no reconocía su capacidad, su voluntad o sus deseos. Por su participación pacífica en una coexistencia que necesita amor, calma, empatía, diálogo y mucha fuerza de voluntad. Por su paciencia. Por su resistencia al dolor, que sólo parir desgarra un organismo que puede con casi todo. Por su capacidad de comprensión, porque sólo la pierdes si vulneras su confianza, y aún así, seguro que con la verdad por delante la puedes recuperar. Porque necesitaba la firma de su marido para viajar, para sacar dinero, para respirar. Porque ella era la adúltera, y él, el cachondo y el divertido. Porque ella era privada de libertad y él no. Porque trabajaba en casa desde el amanecer y nadie se paraba un instante a darle las gracias. Porque se echaron a la calle a pedir el sufragio femenino y lo consiguieron. Porque pegaron un portazo, ante el asombro de todos. Porque se fueron de casa cuando les pusieron la mano encima. Porque se atrevieron a denunciar. Porque sin ellas, un hogar se muere de la tristeza. Porque en algunos países es Fiesta Nacional. Porque somos las propias mujeres las que debemos aprender a no juzgarnos. Porque todas hacemos lo que podemos. Cada una a su ritmo. Y los ojos de otra mujer son un cuchillo que se te clava en lo más hondo. Porque no es fácil hacerlo todo. Y menos, hacerlo todo bien. Y porque no hay más salida que abrir la puerta a una nueva manera de entender las cosas. Por eso, gracias a los que ayudáis a mejorar la convivencia, a los que entendéis que la conciliación entre vida privada y profesional es cosa de todos, a los que comprendéis que el espacio personal incide directamente en el espacio público, y que debe suscitar tanto interés político como lo más importante de este mundo. Porque nuestro equilibrio en la intimidad sólo se construye sobre una sociedad que funciona, sobre unas leyes que nos cuidan, sobre unos representantes políticos que dialogan y buscan lo mejor para nosotros. Para nosotras. Gracias a los que jugáis con vuestros hijos, a los que vais al parque con ellos, a los que sabéis dónde y cómo se guardan los pañales, y a qué hora hay que darle el Dalcy o el Apiretal, a los que vais a la consulta del pediatra y a recogerles al colegio, a los que no os avergüenza anular una reunión o a los que os levantáis por la noche una y otra vez a calmar su llanto, porque ellos harán lo mismo con sus hijos, nuestros nietos, y estaremos más cerca de conseguir lo que queríamos. Lo que ellas soñaron y no se atrevieron a gritar. Lo que nosotras procuramos conquistar día a día con vuestra comprensión y a ser posible, sin vuestro juicio. Gracias.

«Gracias por entender que la conciliación entre vida privada y profesional es cosa de todos»
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