Niños Escolares con sus maestros La Educación en Bélgica Preceptora y Niños I. Europa y la Cuestión Nacional






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títuloNiños Escolares con sus maestros La Educación en Bélgica Preceptora y Niños I. Europa y la Cuestión Nacional
fecha de publicación11.07.2015
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Universidad Nacional de Tucumán

Facultad de Filosofía y Letras

Departamento de Ciencias de la Educación

Cátedra de Historia de la Educación y de la Pedagogía (Curso General)

Ciclo Lectivo 2010
Textos Curriculares para Lectura y Reflexión de los Alumnos

Siglo XIX. La Cuestión Nacional y la Instrucción Pública




Ficha de Contenidos elaborada por:

Daniel Enrique Yépez

Licenciado en Pedagogía

Magíster en Ciencias Sociales

Profesor Adjunto a Cargo de la Cátedra




Niños Escolares con sus maestros La Educación en Bélgica Preceptora y Niños

I. Europa y la Cuestión Nacional



Así como el primer objetivo histórico-político de las burguesías liberales europeas, durante la primera mitad del siglo XIX, fue apoderarse de poder del Estado e instaurar la república, como forma de gobierno tripartito, fundado en la soberanía popular emanada del sufragio; en la segunda mitad de la centuria, otra gran tarea del proyecto histórico de las burguesías fue la construcción de las naciones-estado y la difusión masiva de la instrucción pública, como modo eficaz de consolidar espiritual y super-estructuralmente los procesos de unidad nacional, centralización política e independencia real y formal del mismo, frente a poderes foráneos. Condiciones excluyentes para garantizar su viabilidad histórica.

Como acertadamente lo señala Hobsbawm, la segunda mitad del siglo XIX fue la época de la construcción de los Estados-Nación en Europa y en otras partes del mundo (América Latina, por ejemplo). Hasta ese momento, los regionalismos prevalecían sobre el conjunto de la nación y, por ejemplo, en las aldeas, pueblos y provincias de las actuales Italia, Alemania, Francia y Gran Bretaña, se hablaban dialectos diferentes, se utilizaban distintos pesos y medidas, no estaba definidos los límites territoriales y ni siquiera la moneda nacional era de uso generalizado.

Las elites gobernantes comprendieron que, para ser países con mercados internos fuertes y competitivos hacia el exterior, debían comenzar por fortalecer el concepto de nación dentro de sus propios países. Ello implicaba lograr que el conjunto de habitantes de un territorio, más allá de sus heterogeneidades raciales, religiosas, lingüísticas, regionales y étnicas, se encontrase unificado bajo una forma de gobierno reconocida, sintiéndose activamente integrados a ese país. El idioma nacional, el sentido de pertenencia a universo simbólico común, la educación popular, más la economía, el trabajo, el ferrocarril, y los ejércitos, entre otras cosas, fueron los encargados de unificar y homogeneizar los sujetos sociales, los idiomas y dialectos menores, la moneda, el territorio y los símbolos  patrios: nacía así la cuestión nacional.

Estos procesos de integración no siempre fueron consensuados, ni aceptados por las nacionalidades y etnias más atrasadas, tradicionales, minoritarias y subordinadas. De hecho, en el presente aún existen en la interioridad de Estados-naciones fuertemente constituidos como Inglaterra, la presencia y autoafirmación de nacionalidades oprimidas, (como galeses y escoceses, por ejemplo) que además de habitar un territorio delimitado, nunca renunciaron a su identidad originaria y siguen reclamando su autonomía política y cultural. Idéntica situación se reprodujo con la cuestión del “país vasco” en España, o con la diáspora yugoslava, donde las nacionalidades oprimidas (servios, bosnios, montenegrinos, etc.) lograron la desintegración del Estado-nación que coactivamente los unió, desandando el proceso histórico de unificación nacional.

Sin duda, este período fue particularmente conflictivo para algunos países, como Italia y Alemania, en los que se libraron duros conflictos e incluso guerras civiles para lograr la unificación nacional y otras, como la de Crimea y la franco-prusiana, que involucraron a gran parte de Europa. La guerra de Crimea (1854-1856) se produjo por las intenciones expansionistas de la Rusia de Nicolás 1, por sus intervenciones en Polonia, Hungría, Alemania, los Balcanes y en la estratégica zona del Mar Negro. Esto provocó la reacción de Turquía, Gran Bretaña, Francia y Austria. El triunfo de estos últimos significó el fortalecimiento de Francia en el continente y el inicio de las respectivas unificaciones de Italia y Alemania (ambas naciones estaban divididas en pequeños reinos). Por otra parte, el imperio otomano (Turquía, Armenia, Tracia, Siria), aceleró su proceso de desintegración y Rusia comenzó su repliegue militar.

Al término de la guerra de Crimea, Francia, intentó asumir el papel de árbitro europeo, interviniendo en todos los conflictos para fortalecerse como potencia continental, y obtuvo algunos éxitos. Sin embargo, la guerra contra Prusia (1870-1871) causada por el aumento de poder de este último país, provocó la caída del régimen imperial francés.

El gobierno de Napoleón III se caracterizó por ser el primero de Europa en llegar al poder gracias al sufragio universal (votaban los hombres mayores de dieciocho años). Esto resultó una consecuencia directa de las revoluciones de 1848: las pretensiones de las clases populares no habían sido satisfechas, pero los gobernantes habían comprendido que tarde o temprano deberían cederles espacio político. Era una forma de evitar nuevas revoluciones, otorgando pequeñas concesiones para evitar cambios profundos. A esta política se la conoció como bonapartismo, ya que fue llevada adelante por los Bonaparte (Napoleón y Napoleón III) y aplicada como definición de movimientos políticos posteriores.

Mientras tanto, dos importantes hechos se produjeron en Alemania y en Italia. El primer ministro de Prusia (formada por regiones de las actuales Alemania y Polonia), Otto Von Bismarck, aplicando la política y dura consigna militarista de “a sangre y fuego’, logró que la fragmentada Alemania se unificara y se convirtiera en potencia europea. En Italia, a la fragmentación política se sumaba la presencia del Estado pontificio, gobernado por el Papa, y las diferencias económicas entre el norte parcialmente industrializado y el sur agrícola. La guerra y la diplomacia lograron la unificación gracias al accionar, entre otros, de Camilo Cavour y de Giuseppe Garibaldi. Durante el período transcurrido entre 1848 y 1875, Europa se caracterizó por las guerras, breves pero muy sangrientas, que tuvieron por objeto reordenar el “mapa nacional” del viejo continente.

II. La Cuestión Nacional y la Instrucción Pública



Si bien el proceso de construcción de las naciones-estados fue impulsado por poderosos sentimientos y lealtades nacionales, el “Estado-nación” nunca se cristalizaría en la realidad de las sociedades por generación espontánea, ni tampoco por mera voluntad de sus precursores, sino que significó el emprendimiento de una gran tarea colectiva, material y simbólica, en este momento histórico. No se trataba simplemente de una “novedad histórica”, que atraía a los sectores dirigentes, en tanto representaba las cosas y las interacciones que algunos grupos humanos muy antiguos o tradicionales tenían -o creían tener- en común frente a los “extranjeros”. El estado debía ser realmente fabricado, construido. Era una idealidad que clamaba por su materialidad.

Sea cual fuere su naturaleza y programa, los movimientos que representaban la “idea nacional”, crecieron y se multiplicaron por el mundo central y periférico. En sí mismos condensaron -con anticipación- lo que a principios del siglo XX se convirtió en la versión modelo (y quizás extrema) del programa nacional, es decir, la necesidad para cada “pueblo” de contar con un estado totalmente independiente, secular, y en lo posible de parlamento republicano, que lo gobernase

De ahí la crucial importancia que adquirieron las instituciones que podían imponer la “uniformidad nacional”, es decir lo que significaba originariamente el Estado, sobre todo la naciente educación estatal, los puestos de trabajos públicos dentro de la burocracia del estado, el servicio militar en los países que habían adoptado el reclutamiento obligatorio, etc. De ahí es que los sistemas educativos nacionales, en los países desarrollados y en casos muy particulares como Argentina y México en los periféricos de occidente, se crearon y extendieron sustancialmente en todos los niveles, durante este período.

Dichas creaciones se habían transformado en imperativos categóricos, pues, de acuerdo a los últimos censos educativos, la población de estudiantes universitarios seguía siendo una minoría social exigua en toda Europa. Sin contar los estudiantes de teología, Alemania, allá por 1878, lideraba la cantidad de universitarios con aproximadamente 17.000 inscriptos; seguida muy de lejos por Italia y Francia con casi 10.000 estudiantes cada una. En tercer lugar, se posicionaba Austria con 8.000. Como puede observarse, la educación superior no registraba un desarrollo relevante en los países centrales en los momentos previos a la constitución de los Estados-naciones. Incluso en los Estados Unidos, la multiplicación de las instituciones de educación superior se produjo después de la guerra de secesión, cuando se logró de manera sangrienta y eficaz la concreción del proceso de unidad nacional, que un siglo antes había iniciado George Washington

La educación secundaria comenzó a desarrollarse con la irrupción de la pequeña burguesía y la formación de las clases medias, en el escenario social y político. Aunque, al igual que la burguesía hegemónica, a la cual estaba destinada puntualmente, dichas ofertas educativas siguieron circunscriptas a instituciones de carácter elitista, pensadas para una minoría selecta. Salvo en EEUU, donde los “institutos” públicos comenzaron su carrera vertiginosa, al consolidarse el modelo industrial impuesto por el norte, el cual necesitaba mano de obra calificada para cubrir la creciente demanda de empleos administrativos públicos y privados.

En Francia la proporción de jóvenes que emprendían la educación media ascendió de uno por cada 35 habitantes en 1842, a uno por cada 20 en 1864. De ahí es que los graduados de secundaria alcanzaron la cantidad de 5.500 en todo el país, a mediados de la década del ’60. Cifra que no alentaba demasiada expectativas, en tanto representaba un solo egresado por cada 55 o 60 estudiantes provenientes de la enseñanza primaria, pero que -evidentemente mejoraba- la situación de 1848, cuando sólo un estudiante secundario egresaba por sobre 93 alumnos que finalizaban la escuela primaria. Se podría decir que la mayoría de los países europeos, según Hobsbawm, se encontraban en un estadio “pre-educativo” o con una educación para nada popular y sumamente restrictiva, como muestran los casos de Gran Bretaña con sus 25.000 estudiantes en 225 colegios privados, denominados de modo erróneo “escuelas públicas” y los jóvenes alemanes, ávidos de incorporarse a la educación pública, pues sus “gymnasiums” sólo contenían a una minoría cercana a 23.000 alumnos en la década del ’80.

Sin embargo el mayor progreso se produjo en las escuelas primarias, cuyo objetivo, por consenso general, no era solamente enseñar los rudimentos del alfabeto y las cuatro operaciones básicas, sino imponer a los educandos los valores trascendentes de la sociedad burguesa (moralidad, ciudadanía, patriotismo, etc.), a fin de formar ciudadanos “libres e iguales”, ante Dios, ante la justicia y ante sí mismos. La construcción de los estados civiles requirió también de una educación elemental con fuertes rasgos laicizados, en la cual el currículum escolar debía nutrirse de saberes científicos, dejando de lado y erradicándose del mismo las creencias y dogmatismos religiosos. Esta impronta dejaba en claro que a las sociedades civil y política de los estados-naciones modernos les correspondía hacerse cargo de la educación elemental, relegando a planos subalternos las tradiciones eclesiásticas y confesionales en la formación de la infancia.

Sin embargo y a pesar de su importancia manifiesta en el proceso descrito, se trataba del nivel educativo más descuidado y menos financiado hasta el momento, por las políticas del Estado secular, a pesar que de su expansión y eficacia dependía el progreso político y social de las masas populares. Un par de ejemplos que atestiguan los cambios introducidos en las políticas educativas oficiales, fue -en primer lugar- el establecimiento del sistema estatal de educación primaria en Inglaterra, después de la ley que lo reformara en 1867 y -en segundo término- la vasta extensión y crecimiento del sistema escolar en la primera década de la III República francesa.

El progreso fue realmente tan espectacular que, entre 1848 y 1880, la población escolar de Europa occidental creció un 33%, a su vez, el número de niños matriculados en escuelas y colegios aumentó un 145%. Hasta en Prusia, donde abundaban los colegios, el número de escuelas primarias se incremento en más del 50% entre 1843 y 1871. En este período, en Italia la población escolar se incrementó en un 46% y, en los quince años posteriores a la consecución de la unidad nacional de la península (1871-1886), la cantidad de niños inscriptos en la escuela primaria se duplicó.

Las instituciones educativas fueron de crucial importancia para las nuevas naciones-estados, ya que sólo a través de ellas el idioma nacional, cuya construcción anteriormente era asumida por iniciativas privadas, pudo convertirse eficazmente en el idioma oficial, escrito y hablado por el pueblo. De ahí también la decisiva importancia que adquirió para los movimientos nacionales, en su lucha por la obtención de la “autonomía cultural”, así como para controlar la burocracia y lo más destacado del funcionamiento de las instituciones estatales, el uso “administrativo” de la “lengua oficial”. La escuela primaria, pública y estatal también fue fundamental para integrar las diversidades étnicas, culturales, lingüísticas y religiosas -endógenas y exógenas- a la “cultura nacional” dominante y al “universo simbólico” que de a poco se fue organizando a fin de resguardar los rasgos identitarios de la comunidad nacional.

Estas instituciones también fueron vitales para la clase media y también para las cultas minorías selectas que se conformaron en las comunidades más distantes y atrasadas, así como en las regiones subalternas de los países en formación. El caso de la clase media argentina -país periférico del cono sur latinoamericano- que alcanzó su unidad política nacional en 1880, es un ejemplo relevante para demostrar como los sistemas educativos públicos generaron un profundo proceso de “movilidad social”, posibilitando romper con las fatalidades de cuna y clase de los sectores populares. Este sector social, de suma importancia en la sociedad argentina, fue el producto más acabado de una educación pública, gratuita y obligatoria que permitió que los hijos de inmigrantes pobres y criollos o aborígenes naturales superen su condición social a través de la sucesión generacional alfabetizada e instruida.


San Miguel de Tucumán, Octubre de 2009

Bibliografía


Hobsbawm, E., La Era del Capital (1848-1875), Crítica, Barcelona, 2007

Schenerb, R., El Siglo XIX, Destino, Barcelona, 1960

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