Crónicas de la Argentina contemporánea






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Martín Caparrós La patria capicúa



MARTÍN CAPARRÓS


la patria capicúa
Crónicas de la Argentina contemporánea
Para mi padre, que me enseñó a hacer estas cosas.


Quiero agradecer a Cristian Ferrer, por su ayuda para armar este libro, y a Erna von der Walde, por todo. A Jorge Lanata, por los tiempos en que tenía la delicadeza y la confianza de leer estos artículos al día siguiente, cuando ya estaban publicados. Y a Página/12, por su hospitalidad.


epígrafes:
Hablar cuando hablar es vano

no es vanidad sino fiera

certeza de que la espera

nos aleja lo esperado...

Esteban Echeverría

Camaradas: he visto que el mundo es muy distinto de lo que siempre creímos y, a la vez, sigue siendo el mismo.

Coronel Yuri Gagarin


A Modo De
Si alguna vez me ha dado mucha envidia un bigote, fue el de Gabrielle Goettle. Gabrielle Goettle tiene menos de cincuenta años, ciento diez kilos a la sombra y unos pantalones verdes donde no cabe entero el ringling brothers. Gabrielle Goettle es de verdad imponente. Erna me había insistido para que la encontráramos: nunca la había visto, pero me decía que sus crónicas en Die Tageszeitung tenían algo que ver con las mías y que seguro que nos íbamos a entender bien. Die Tageszeitung quiere decir "el diario" y es el diario ¿alternativo? de Berlín: todos lo llaman Taz. Gabrielle ya era ácrata en mayo del 68 y, desde entonces, ha pasado por todas las peleas, con su bigote en ristre. Su bigote es un gesto tremendo: no un bozo, un vello, una sombra sobre el trémulo labio. No: auténticos mostachos, la bandera altanera de quien quiere decirles que no es una de ellos.

Gabrielle Goettle vive en uno de esos barrios suburbanos de Berlín, llenos de grandes árboles de pura raza aria. En su casa hay un perro insaciable, muebles dispares, un baño tapizado con avisos fúnebres, un retrato clásico de Marx y el famoso de Lenin en la costanera de San Petersburgo, ventanas como mundos, alfombras viejas, toneladas de libros y una pecera con grillos cantarines, alimentados a la media naranja.

Gabrielle Goetlle se ríe de casi todo: se ríe como nadie. Gabrielle Goettle nos ofrece un té con pastelitos y nos cuenta historias. Gabrielle Goettle, sobre todo, cuenta y piensa historias. Nos cuenta que hace unos meses estaba paseando, con su amiga, por un bosque en Turingia, en el antiguo Este. Y que en un momento, cansada, se sentó sobre un tronco recién cortado y, por hacer algo, empezó a revolver la tierra con una ramita. Lo primero que apareció fue una cabecita de muñeca, de porcelana, del tamaño de una uña. Siguieron revolviendo: al cabo de tres horas, Gabrielle y su amiga habían encontrado dos docenas de muñequitas de porcelana del tamaño de un dedo. Gabrielle las envolvió, prolija, en su pañuelo palestino. Después contó los anillos del tronco recién desarraigado, y supuso que tenía, por lo menos, ciento treinta años.

O sea que las muñecas tenían que ser de mediados del siglo XIX, de los tiempos de Marx. Gabrielle llevó unas cuantas a un museo de juguetes, donde algún estudioso le dijo que debían ser de 1860, más o menos, de una fábrica en Turingia. En el primer mundo, esas fábricas duran. Gabrielle se puso a investigar y descubrió a un señor de más de ochenta años que había sido el director de la fábrica poco después de la guerra. Un día, decidió ir a verlo.

El señor estaba lúcido, y con ganas de charla. Le contó que antes y durante la guerra había trabajado como ingeniero armamentista en I.G.Farben, la fábrica química que produjo, entre otras cosas, el gas Zyklon–B que se usaba para la solución final en los campos de exterminio. En la fábrica también se producían elementos para las V–2, los misiles que bombardearon Inglaterra y que, von Braun mediante, son el origen de toda la técnica misilística contemporánea. La I.G.Farben, además, inventó y desarrolló la fórmula del napalm que, décadas más tarde, le vendió a los americanos que querían mejorar el paisaje en Vietnam. (En esos días, nos cuenta Gabrielle, el asesor jurídico de la fábrica era un abogado de nombre Richard von Weizsacker, cuyo padre había sido ministro de relaciones exteriores de Hitler. Y Erna dice que cuando al padre lo juzgaron en Nuremberg, su hijo lo defendió y trató de establecer el principio de que muchos habían colaborado con el régimen para evitar algo peor. La idea era astuta y se difundió en el mundo; el padre se salvó de la horca, y el hijo después hizo carrera, pasó por la Farben y terminó como presidente de Alemania). Durante la guerra, le contó el viejito, tenían problemas de combustible y materiales para la producción de proyectiles; después, aprovechando esa experiencia, pudo desarrollar la fórmula del vinilo. Cuando la guerra terminó, ya director de la fábrica de juguetes, la patentó y la aprovechó para hacer unas muñecas de plástico que tuvieron gran éxito. Son sorprendentes, decía Gabrielle, las relaciones que se puede encontrar entre las cosas.

Pero Gabrielle Goettle quería saber qué hacían esas muñecas enterradas en ese bosque de Turingia. El viejo sabía todo: le explicó que ésa era la costumbre. Cuando las muñecas tenían algún defecto, la consigna era eliminarlas. Entonces las llevaban al bosque cercano y las enterraban ahí, entre los árboles. Gabrielle le preguntó si eso no le traía recuerdos.

–Es maravilloso que la idea de la pureza de la raza, y de que hay que eliminar a los defectuosos, ya estuviera allí, en esa fábrica de muñecas, hace más de cien años.

Dice, ahora, Gabrielle Goettle, sirviéndonos más té.

–Y es maravilloso que todo se relacione tanto. Por eso me parece que escarbar puede ser tan fascinante.

Era evidente que, después de un rato de tratar sobre cuerpos desenterrados, íbamos a hablar de la Argentina. Gabrielle Goettle me preguntó cómo fue que reeligieron a Menem y yo no supe muy bien qué decirle, más allá de las banalidades conocidas sobre la estabilidad, el peronismo y otros comportamientos atávicos. Le dije que no podía entender cómo los que se habían quedado sin trabajo por la política económica de un gobierno, lo reelegían por la promesa de que ese mismo gobierno les iba a dar trabajo.

Entonces ella me dijo que quizás mucha gente creyera que si alguien era tan poderoso como para dejarla sin trabajo –y cambiar tanto un país–, también podía usar ese poder para darle un trabajo. Le dije que quizás, pero que eso equivalía a suponer que el poder es un valor casi abstracto, neutro, que puede ser usado en una u otra dirección en lugar de ser una estructura con sus leyes propias, que no sirve para cualquier cosa sino que tiene que cumplir con sus reglas, con propósitos que lo determinan. El motor de un coche no sirve para impulsar a cuatro bicicletas, le dije, o algo así. Gabrielle Goettle se reía y después hablamos de lo distintas que son las partidas de defunción en cada país y pensamos en hacer un análisis comparativo. Más tarde hablamos de los grillos.

Cuando salimos era casi de noche. En Berlín, en verano, se hace de noche tarde. Un viento amable se enredaba en los árboles. Gabrielle Goettle nos había impresionado. Yo trataba de hablar de sus bigotes y Erna de sus palabras. Creo que fue ahí cuando me convencí de que quería rescatar estos panfletos. Casi todos ellos aparecieron, en una forma más o menos semejante, en Página/12 o Página/30 entre 1990 y 1994. Me pareció que podían ser, con suerte, retratos de la patria, maneras de una duda: muñecas defectuosas de estos días.

(Junio 1995)
Mis Vergüenzas
Hace días que pienso en este artículo y, cada vez más, me parece que no tengo mucho que decir o sea: estoy acercándome a la norma del opineitor. Pero el opineitor tiene que decir que sí tiene mucho que decir: si no, ¿para qué estaría usted, señora, perdiendo su tiempo en estas líneas?

–Supongo que ése es su problema, digo: suyo, señora. Quiero decir: pregúnteselo usted, ¿no le parece?

Y mi problema: en realidad, no es que no tenga nada que decir: es que estoy incómodo. Últimamente tengo la sensación de que me repito: insisto en la crítica un poco melancólica, tristona: la queja del perdedor que otros perdedores leen para sentirse acompañados. Como dice un conocido columnista de este diario: "escribir para la hinchada".

Otras veces me ilusiono, pienso que es otra cosa. Otras me digo que si al final fuera eso, de últimas: ¿es tan malo ser el perdedor?

–Mire, ya está, la palabra está echada. Ahora puede armar 70 líneas despotricando sobre cómo la idea del triunfo, del éxito, han cambiado casi todo en la Argentina reciente. Y allá iríamos.

Pero no se trata de eso. Hoy no.

Es una exageración, supongo, pero hay una frase que me da vueltas por la cabeza todo el tiempo. Una frase de Karl Kraus.

Karl Kraus fue un polemista y ácido vienés que, entre 1899 y 1936 escribió y editó, solo y temido, un periódico que se llamó La Antorcha. El señor KK escribió sobre todos los temas, tan certero, corrosivo. Por eso su frase es fuerte:

"Sobre Hitler no se me ocurre nada", dijo en 1934, marcando los límites de su palabra frente a lo monstruoso.

–¿No le parece que está exagerando?

Sin duda. Y además no es exactamente eso. El punto es que me incomoda mi lugar. Ya lo dijo García, con su cursilería de cuando era chico: ¿para quién canto yo entonces?.

Supongamos que para alguien más que yo mismo. Entonces tendría que respetar mi papel: seguir con la crítica, con el intento de entender algunos de los mecanismos con los que nos dejamos engañar, con los que nos gusta ser engañados.

Pero criticar al otro siempre es un poco miserable: un signo de debilidad. Sobre todo cuando esa crítica parece tan disociada de otras formas de la opinión y de la acción. Hace unos días, por ejemplo, aparecieron los resultados de una encuesta: el 54% de los consultados opinaba que Menem y Alfonsín habían hecho mal al negociar en secreto el pacto de Olivos, mintiendo que no negociaban nada y que no se habían visto ni en figuritas. Pero un 72% de esos mismos encuestados aprobaba el acuerdo que habían firmado. Me mintieron, venían a decir, por mi bien. La crítica de esa conducta no obstaba para celebrar sus resultados.

–¿Vio? Ya está; ya está escribiendo sobre el respeto por el éxito y la pérdida de los valores éticos.

No. Yo no quería. Estaba diciendo otra cosa: que criticar al otro siempre resulta un signo de debilidad. Le falta altura y elegancia. Lo interesante –lo significativo– debe ser criticarse a sí mismo, buscar en las propias conductas y opiniones el error, el truco: no creerse, desconfiar de sí mismo.

Pero me parece que eso también es un lujo. Es posible en los tiempos felices. Supongo que en momentos de cierta urgencia no hay más remedio que criticar al adversario, hostigarlo lo poco que se pueda. No es más que una reacción defensiva: una de las formas de constituir un nosotros, una ficción de identificación que nos sirva para creer que resistimos algo: que somos algo.

–Sabe que no le entiendo. Me parece que se está hundiendo en la incoherencia, digo.

Seguramente. Es otro de los lujos que uno no siempre puede permitirse. Yo creo –realmente creo– que la única forma casi honesta de hablar es la pregunta. La interrogación, la duda. El cuestionamiento del propio lugar, de las propias palabras. Afirmar, si acaso, pero dudando de lo que uno afirma. Y cada vez me sorprende menos la confirmación de que los discursos que funcionan –quiero decir: que se transmiten bien, que llegan a su público– son los que afirman sin fisuras. Los que simplifican las cuestiones, toman de cada cosa uno o dos puntos y los presentan como únicos y sin contradicciones. Los discursos del poder, de los políticos, de los periodistas que saben, de los especialistas.

Entonces: ¿será que para intervenir realmente en los debates hay que dejar de lado ciertas convicciones y ponerse a criticar más que nada al otro, y a reducir todo a uno o dos aspectos fáciles, y a disparar certezas con seguridad odol?

Y si no, por lo menos, hay que ser divertido.

–Ya está, ya tiene otro tema: el imperio de lo divertido.

Es cierto: es fácil. Hasta podría empezar con un chiste: Veamos:

"A veces se confunden y queda bastante feo. Lo que pasa es que tienen el adjetivo a flor de labios y les sale solo.

–Acabo de ver un choque, acá en Libertador, con 17 muertos.

–Qué divertido, che, pero qué divertido"

Después se cita a Norbert Elías, un sociólogo que siempre queda bien:

"El florecimiento repentino de una palabra indica transformaciones en la vida de los hombres..."

Y entonces se puede postular que el florecimiento de la palabra divertido, un fino producto de los ochentas, marca una tendencia, y buscar ejemplos y sacar conclusiones.

"Primero fue un arma, ahora sólo es una bandera, la versión rebajada del arma. Primero decían qué divertido y miraban alrededor con cara de pendencia, a ver quién se atrevía. Ahora ya está establecido: es la frase del poder para que nadie cuestione. Es el valor por excelencia: el menemismo se muestra, sobre todo, divertido".

Y así sucesivamente, y el artículo ya está casi hecho. Criticando a los otros, afirmando con solvencia y altura y siendo, encima, divertido. Una pinturita.

Pero hoy no tengo ganas de ponerme el traje, de simular todo eso. Es un problema.

–Su problema, quiero decir: el suyo, Caparrós, no me rompa las bolas.

Debe ser cierto. Y además, después de esto, ¿cómo hago para escribir el próximo artículo?

–No se preocupe. Igual: ¿a quién le importa?.

A mí. No es poco. No es nada. Me importa mucho, aunque no sepa bien por qué. Ni para qué.

–¿Y no le da vergüenza?

(Noviembre 1993)
La Ceremonia de la Traición
La clave que tantos habían buscado tanto, tan infructuosamente, destelló de pronto en en lo hondo de una frase abstrusa. De súbito, en un momento, se explicaban supuestas contradicciones, incongruencias aparentes que no serán, de ahora en más, sino el reflejo de nuestra incapacidad de comprender su carga de sentido. Fue inesperado. Fue, tal vez, viciosamente sorpresivo: fue cuando dijo, sin decir agua va, en los pasillos de un aeropuerto extranjero, que "el general Pinochet fue un factor fundamental de la transición hacia la democracia en Chile".

Lo dijo, dicen, alisándose los pelos parietales, aliviado quizá por encontrarse en tierra extraña, lo bastante calmo como para ofrecer la clave tan buscada. Ahora sí, ahora se puede, ahora entendemos la búsqueda y la cruz, la ímproba tarea del mártir riojano.

La tradición cristiana reconoce, en su momento álgido, la intervención de dos fuerzas contrapuestas. Para que Jesús, el Mesías, el Hijo del Dios, pudiera consumar su sacrificio redentor, fue necesario un sacrificio más duro, más obsceno –más encomiable, dicen algunos heréticos palermitanos–: el del colgado Judas Iscariote, que ofició por sus treinta dineros la ceremonia de la traición, sin la cual el calvario de su maestro no hubiera podido concretarse. Para que Jesús fuese prendido y llevado a la cruz, para que su muerte asegurara la salvación de quienes creen en la salvación, era necesario que alguien lo traicionara, que lo entregara a sus verdugos: Judas, dispuesto a todo para salvar al Hombre, acepta humildísimo el papel, lo juega hasta las heces.

El presidente Carlos S. no echó la lección en saco roto. El –al grito crístico de Siganmén– sería el salvador pero para eso se necesitaba también un Judas que le abriera el camino al sacrificio. Con su profundo sentido cristiano –algunos dirán, enfáticos, injustos: con la pasión del converso– decidió llevar sus actos hasta sus últimas conseuencias. Él reuniría en sí las dos aguas del sacrificio: la cara reluciente, grandiosa, del calvario y la cruz, y la ceca más oscura, casi siniestra, de la previa traición indispensable.

Hasta ahora –mea culpa, nostra grandissima culpa– no habíamos sabido comprenderlo. Por eso, tampoco habíamos sabido entender que tan inmensa generosidad ya había sido consumada, allende los Andes, por el inmarcesible general Pinocho. Nuestro líder lo resume y alumbra, con su frase genial: "El general Pinochet fue un factor fundamental en la transición hacia la democracia en Chile". El general se sacrificó, modesto hasta lo intolerable: para poder redimir a la democracia era necesario que, primero, alguien la tracionara. Él fue, sin un temblor, quien asumió esa carga. Él fue, en ese instante de maravillas que duró diecisiete años, el Judas, para poder, este domingo, ser el Cristo.

Y así nuestro prohombre: ¿cómo es posible recuperar las riquezas y la infraestructura del país sin antes entregarlas contra treinta dineros, en títulos de deuda? ¿Cómo se podría acabar con el hambre y la miseria si antes no se fomentan, sin pudores, ese hambre, esa miseria? ¿Cómo poner en vereda –la de enfrente, siempre la de enfrente– a militares y golpistas si no se les da, primero, la posibilidad de ensoberbecerse ante la perspectiva de la acción? ¿Cómo, por fin, reivindicar gloriosamente a sus millares de seguidores sin antes sumirlos en la duda, en la cólera, en la desesperanza?

La enormidad de su sacrificio escapa, por momentos, a toda mente humana. En su sola, magnífica persona, el alfa y el omega, Judas y Cristo, traidor y redentor, se hacen uno, se interpenetran, condensan la grandiosa historia de la salvación. No llevemos nuestro patriotismo hasta la necedad de lamentar que Pinochet lo haya hecho primero. Sería ruin. No nos queda –a nosotros, mortales irredentos– sino glorificarnos en Su Gloria, esperar en Su Esperanza y rezar, todo lo más, a quien correspondiere, para que Él no equivoque los pasos de su ímproba tarea: sería espantoso que un error de interpretación lo llevara a ahorcarse en el olivo antes de tiempo, antes de poder consumar su parte crística, o que ocurriese que la traición no resultara nunca suficiente, que fuese necesario siempre más para dar paso al último capítulo, al de su heroico sacrificio por nuestra redención. Que así no sea. Que Cristo y Judas no se lo permitan.

(Marzo 1990)

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