Crónicas de la Argentina contemporánea






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Mudez de los dioses

El tipo tenía 1,90, 50 centímetros de pelo, 64 dientes, el bronceado del poster y una bermuda raída, como se debe. El tipo tenía 23 o 24 y caminaba por la orilla dejándose mirar. El tipo tenía una lata de papas fritas Pringles en una mano y, en la otra, una lata de jugo de tomate Campbell, Manal con Warhol. En la cabeza se le mezclaban las curvas de la negra de anoche con las formas de las fichas de un videogame que nunca terminaban de acomodarse. Tenía la mirada perdida en la lontananza llena de pathfinders; de cuando en cuando veía sus dos latas y se sonreía: yo creo que era feliz. Se parecía tanto al modelo de lo que quería ser que era casi un milagro: solamente le faltaba hablar. Creo que por eso hablan así de poco: el castellano rompería la ilusión, lo arruinaría casi todo.
La Repunta

Alguna vez dije que Punta del Este era los glúteos de la patria menemista: el lugar donde se exhibe todo lo que acumularon en el gym de la transa, años de ejercicios tan obscenos. En este arenero se concentran las casas más caras al sur del río Grande, los cuerpos más cirujeados del Plata y toda la prepotencia de la plata. El Este rebosa de mujeres ufanas que se creen que en sus conchas está la clave de las cosas, y de periodistas que trabajan para que muchos lo creamos. Alguna vez alguien se va a hacer un picnic estudiando esa época de la Argentina en que millones estaban ávidos por saber todo sobre unos pocos con habilidades tan banales: reírse por televisión, mover el culo, robar mucho dinero. Vergüenza a esa clase nueva, los imbéciles que se reconocen y se tratan porque sus caras salen en Caras. Una nueva clase hecha de figuraciones, donde un periodista arrepentido hace de pensador, una vieja recauchutada las va de mecenas, los hijos de papá se creen inocentes porque el que se embarró fue papá, las rubias de curvas opinan sobre la crisis del individuo y son modelos de todas las virtudes. Nada, me pone nervioso. A veces no es siquiera un problema de moral sino de gusto. Otras, muchas, es de moral, si es que la palabra existe todavía. La moral, por supuesto, no son las buenas costumbres. Faltaba más.
Moral del Resentido

En Punta del Este me puse perfectamente resentido, y me gustó. Es bueno alimentar de tanto en tanto ciertos odios, o el asco en su defecto. Suena primario, pero me da mucho asco ese mundo de exhibición tan hecho de desprecio. No por nada; por sólo una razón muy pava: para que estos tengan camionetas de 80.000 dólares tiene que haber otros con sueldos de 300. Por aquello de la distribución de la torta y que la torta es una sola, vio? Pero esta es una idea muy vieja, pasada de moda. Si la sostengo, soy un resentido: soy un resentido. La lógica de los medios, los ideólogos del momento, pretende que si uno no está en las páginas satinadas y las critica es un resentido, porque no cabe duda de que querría estar en esas páginas, el nuevo paraíso tarado. Han inventado el éxito como valor por sobre todo, y se esfuerzan por hacernos creer que ningún otro vale. Son como niños, y nosotros como monguis somos.
Los chicos primero

Hay barrigas que son un estandarte. La del cincuentón tan bronceado, cuarteado por el sol, se desplegaba como un himno a la prepotente prosperidad de un triunfador. En esa panza no había cualquier cosa: sólo productos de free shop o sapos ya muy bien digeridos. Los otros dos también tenían lo suyo, cada cual en su lugar. Uno, flaco, atlético, casi distinguido, se rascaba las bolas hasta sacarles sangre: con el meñique, como quien disimula. Y el tercero nos había salido medio encorvado, peladito, blancuzco, pero miraba con unos ojos que infundían al paseante un santo miedo incluso de su santa madre. Las olitas les remojaban los pies, y los culos bamboleantes les bañaban los ojos. De pronto, el panzón se puso tan sentimental:

–A los chicos hay que darles todo. Que quieren una moto, dales una moto. Que quieren un jet ski, dales su jet ski. Hay que darles lo que quieran, a los chicos.

–Claro –dijo el blancuzco– así no pasan privaciones y después no tienen que afanar como nosotros.

La carcajada más chica casi derriba el cartel de Menem 1995, una de las marcas más vendidas del verano 1994 en la Punta del Este.

(Enero 1994)
Haciendo Historia
Nunca tantos hicimos tan poco. Aunque ayer hicimos, dicen, historia.

Antes, cuando la historia no se había terminado, uno se daba cuenta cuando la hacía. Uno podía tener la sensación de que algo cambiaría cuando salía a la calle y se encontraba con que otros cientos de miles hacían lo mismo, o cuando se refugiaba en casa porque la radio empezaba a sonar marchas militares, o cuando se reunía con otros veinte en un rincón para imaginar otras historias. Ahora ya no.

Porque ayer protagonizamos, según parece, el mayor acto de masas de la historia del mundo. Fuimos, cuentan, tres mil quinientos millones (3.500.000.000) los que nos pasamos un par de horas frente al televisor mirando con los ojos de sueño cómo saltaban catalanes en sardanas y volaban palomas sin rumbo conocido y marchaban muchachos con banderas. Nunca fuimos tantos, insisten, los que hicimos al mismo tiempo algo, la misma nadería.

–Yo me sentí en una comunión cósmica, viste.

–Sí, todos éramos como hermanos, no?

–Ay sí, como hermanos de leche.

Y todo ello en nombre del deporte. De deportes que, al menos aquí, no interesan a nadie, y eso es mejor aún. Todos miramos con aburrimiento pero sentido del deber la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona porque era un acontecimiento. Pero la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona fue un acontecimiento porque todos la miramos, porque fuimos tres mil quinientos millones, más que nunca nada antes.

Casi un símbolo, una metáfora de tres al cuarto: dos tercios de la humanidad, sólo unos pocos menos que los que sacian su hambre todos los días, participamos del monumento a la propia pasividad y nos transformamos en sujetos de esa forma perfecta de hacer nada.

Ya somos históricos: nada sucede sin nosotros, y hacemos falta nosotros para que nada suceda. Los bolivianos o los burkinofasos, los pobres, desfilan de blazer y corbata; los ricos del norte se muestran con camisolas de flores y colores. El mundo asiste al espectáculo de su diferencia celebrando la cantidad embobecida. Los argentinos desfilan de jogging hortera y su presidente, que finalmente no pudo competir en ninguna disciplina, llama al magnicidio en Cuba.

–En vida de Castro no va a haber democracia pero tengan cuidado si hay nuevos desaparecidos porque los delincuentes periodísticos van a abusar de la libertad de prensa y buscarle cinco pies a la casualidad permanente.

Parece como si se equivocara todo el tiempo, pero no. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio para que los patrones y todos, los tresmilquinientos, podamos quedarnos callados, panchos, bostezando frente al televisor que ahora es la historia.

(Julio 1992)
Patria: las Pelotas
Estos domingos fui a la cancha a ver a la selección. No, no voy a escribir de fútbol: no sabría. No fui a trabajar, fui de civil; quiero decir: hice la cola en la AFA para comprar mis entradas, las pagué, hice las colas para entrar, quiero decir: fui tan de hincha como cualquiera de los cincuenta mil. Fui a gritar, a saltar, a dejarme llevar por el entusiasmo aparentemente más simple, más primario. Pero siempre se me complica.

–¿Dale amargo, gritá. Dale, ¿qué sos, peruano?

Me acuerdo del 78. Yo estaba exiliado en París y había participado de trabajos y campañas por el boycott al mundial. La noche antes de la final estaba comiendo con unos amigos franceses con quienes habíamos editado una revista contra los militares. Me invitaron a pasar el domingo en una fiesta en el campo y yo les dije que no, que quería ver la final. Primero no lo podían creer, después se indignaron. Yo intenté argumentos: les expliqué que si la Argentina ganaba la gente iba a salir a la calle y que iba a ser la primera vez desde el golpe y que una vez que la gente está en la calle nadie la puede controlar, decía. Y que si perdía, la furia de la gente iba a ser tal que nadie la iba a poder controlar, decía. Mis argumentos eran pobres. Mis amigos los rebatieron sin problemas y me gastaron un poco. Entonces yo les tuve que decir que desde tan chico me habían entrenado para querer que la Argentina saliera campeón del mundo y que lo seguía queriendo pese a todo y que si justo había asesinos en el gobierno peor para ellos. Me parece que nunca entendieron. El domingo ví el partido, grité los goles y me dolió la cabeza dos días seguidos.

Durante un tiempo dejé de ver fútbol. Después, por supuesto, volví. El fútbol es el invento más astuto del siglo: un entretenimiento que parece tan pavo, veinte señores corriendo detrás de una vejiga inflada para meterla entre tres postes, han conseguido encarrilar tantos conflictos. El fútbol es la forma más barata de dirimir enfrentamientos barriales, de clase, nacionales. La xenofobia se instala cada vez más; pero, por ahora, en lugar de matar paraguayos reputeamos a Cabañas. No sólo es barato: además da mucha plata. Y permite sobre todo que los conflictos se hagan light, fluyan por canales más simbólicos.

–No cabe duda, no cabe duda, la reina de Inglaterra es la reina más boluda.

Volví por primera vez a la Argentina en plena invasión de las Malvinas. Mi hermano me había sacado entradas para ir a ver a la selección contra Alemania. Los muchachos en la popu gritaban, en un alarde de valentía que no me olvido:

–No pasa nada, no pasa nada, si no tenemos armas los cagamos a trompadas.

Seguíamos ganando. Como el otro domingo. Medina Bello la mete de taco y todos saltamos y nos abrazamos, que es lo que queríamos. En una cancha de fútbol todos somos chicos, todos somos iguales: todos repetimos los mismos gestos de siempre, los rituales: ese grito cuando la pelotita entra, el uuuuh cuando sale por poco, las puteadas de patio de colegio a un referí bombero, la defensa a ultranza de unos colores que no significan nada, que no definen nada del que los defiende más que la fidelidad a esos colores. Es un invento impresionante y es, en estos tiempos en que los grupos se reconocen a la distancia y hasta los mitines políticos se dan por televisión, uno de los pocos espacios donde el reconocimiento se produce en vivo. Los consensos del fin de siglo son cada vez más mediatos, más virtuales. Se ha perdido mucho ese gustito de encontrarse con miles de personas para buscar lo mismo, para "pelear" por lo mismo. El fútbol lo ofrece a bajo precio, en cómodas cuotas. Todos somos iguales y queremos lo mismo.

–Hay que gritar, señor, hay que gritar...

Dos filas más abajo, un grandote que debe ser general de la Nación, con uno de esos mentones cuadrados que sólo se fabrican en Holywood o en el Colegio Militar, grita argentina argentina con aplicación castrense. Desde la popu baja el grito conminatorio, la urgencia de la homogeneidad: todos tenemos que ser lo mismo.

–Pan y vino, pan y vino, pan y vino, pan y vino: el que no grita Argentina para qué carajo vino.

Todos somos iguales y queremos lo mismo. El general de la Nación grita y grita y yo pienso que estoy queriendo lo mismo que Menem y Videla, que en el próximo gol voy a saltar con Rico y Macri, y me repugna. Me repugna.

El fútbol, estos partidos de la selección, producen el repetido milagro: crean la patria. Y uno se lanza gozoso a ser argentino. Uno se puede pasar la vida puteando a un asesino, criticando a un gobierno corrupto, sufriendo a un patrón, pero resulta que en ese momento de crisis, cuando Paraguay aprieta y amenaza con un gol funesto, todos somos uno y deponemos nuestros conflictos, nuestras diferencias para unirnos en un deseo común: creemos que hay algo más importante que nos une. El enemigo que amenaza nuestros colores nos hace olvidar que no todos nos pintamos la cara de la misma manera. En ese momento somos la patria: un invento para gobernarnos y para que pensemos que esos coloretes son más importantes que nuestra vida, que lo que vamos consiguiendo y perdiendo cada día.

La patria suele servir para currarnos bien, pero últimamente no tiene tanto raiting: alguien podría suponer que ser argentino no da para todo, y que uno puede estar mucho más cerca de un escritor polaco que de Astiz, digo, un suponer. Sin embargo, la patria resiste: uno de sus momentos gloriosos viene siendo éste: el juego de las pelotas. Entonces vamos y gritamos argentina argentina con el fervor de lo que importa.

Yo también lo hago, y hago la cola, saco mi entrada, grito, salto. Pero de a ratos me siento, lo pienso y me da mucho asco. Después viene el gol y grito y asco y grito. Entonces envidio a los que sólo gritan. Y después me rompen mucho las pelotas.

(Septiembre 1993)
Dolor
Primero pensé que no iba a escribir nada sobre Maradona: en estos días, nadie habla de otra cosa y siempre desconfié de los temas que sepultan a todos los demás. Cuando un tema consigue que los mismos intereses, las mismas emociones unan a gente que está enfrentada en todo lo demás, cuando el torturador puede festejar con el torturado, el patrón con el tipo que explota, suelo pensar que en ese tema hay una trampa: el patrioterismo de este mes en que somos todos argentinos es un buen ejemplo de un tema usado para aplastar cualquier conflicto y postular una armonía imposible que, durante un mes, resulta cierta.

Maradona, en estos días, se había convertido en la bandera impoluta y todos –sobre todo los que más le habían pegado– se convirtieron en sus ardientes defensores. Yo suelo creer que Maradona es el único héroe que tenemos y disfruto con él como con pocas cosas, pero no quería escribir sobre él: me parece que escribir, en estos días, sobre Maradona, era un ejercicio de oportunismo –o de periodismo, que se parece tanto–,

No iba a escribir nada sobre Maradona, pero ayer ví la tapa de un diario que me impresionó más de la cuenta. Son los estúpidos firuletes del tiempo: un diario, ayer, hizo su tapa con una sola palabra: Dolor. Era elocuente, pero recordé que una vez, una sola vez en mi vida, había visto una tapa con la misma palabra, sola, suficiente: hace justo 20 años, el diario Noticias –donde también trabajé– tituló Dolor para decir que se había muerto Juan Domingo Perón.

La coincidencia puede ser menor pero seguramente quiere decir algo. No niego la tristeza –el dolor–; no es que no la tengamos: el asunto es por qué. ¿No es un poco fuerte que, a través de 20 años, la misma palabra en el mismo lugar describa dos situaciones tan distintas? ¿Son tan distintas? ¿Deberían ser distintas?

Es probable que ni siquiera lo sean tanto: es probable que los dos vivan –o hayan vivido– en el corazón de su pueblo, como diría el de hace 20 años, y que los dos nos abandonen en el momento más difícil. Estoy seguro de que se podrían sacar algunas conclusiones a partir de esta coincidencia: yo no sé si sé, pero empiezo con una, provisoria: me impresiona que aquel dolor, el de hace 20 años, se produjera por un hecho que nos involucraba muy directamente, que terminó por modificar nuestras vidas hasta puntos que todos conocemos. Este, en cambio, tiene que ver con el espectáculo, con la delegación: lo que hoy nos sacude y nos deprime es la historia de un señor que se mueve –como nadie, como el mejor artista– en una pantalla de televisión; que, a lo sumo, nos permite la alegría por procuración de festejar que tenemos 11 señores que juegan mejor que otros a un deporte apasionante. Hay épocas en que el dolor modifica nuestras vidas; hay épocas en que está en otra parte. Hay épocas en que nos gusta hacer y otras en que trabajamos de mirones. Algo nos debe haber pasado, me parece: estamos jodidos. Y que viva el Maestro.

(Julio 1994)
Al Pie de las Letras
Por suerte todavía se creen obligados a hacerlo. Los incomoda, les complica la vida, se rompen la cabeza buscando fórmulas de compromiso, pero lo siguen haciendo. Algún día se van a dar cuenta, y van a dejar de publicar los suplementos literarios de los diarios.

–Cacho, necesito una de tus páginas para dar las formaciones de All Boys–Villa Dálmine.

–Te repito que esto es un incalificable atentado contra la cultura universal.

–No jodas, Cacho.

Pero todavía los siguen publicando. Por ahora, los suplementos son una de las pocas derrotas de la lógica de mercado. Los diarios grandes venden entre cien y quinientos mil ejemplares; los libros y los autores que hacen tapa de los suplementos suelen vender dos o tres mil. Se puede calcular que la cifra de los lectores interesados en algunas letras es un poco mayor pero, aún así, pequeña pequeña. La publicidad de las editoriales quizás iguale a las de los talonarios de recibos lamentablemente extraviados. Y, sin embargo, los diarios siguen publicando suplementos.

Todo parte de un afortunado prejuicio decimonónico: una confusión. En estos días incluso el cine está perdiendo su lugar privilegiado, y las narraciones hegemónicas están en la televisión y los periódicos, pero las que se analizan sesudamente son las novelas que ya tan pocos leemos.

Como si los diarios, pobres, tuvieran que hacerse cargo de la frase de Proust: "Lo que reprocho a los diarios es que nos hagan prestar atención cada día a cosas insignificantes, mientras que leemos tres o cuatro veces en la vida los libros donde hay cosas esenciales". Hacerse cargo, creérsela, y pagar el precio de la culpa.

Todo viene de aquellos tiempos en que el libro –y sobre todo la novela– eran algo así como la máxima expresión de la cultura y, como quien no quiere la cosa, la forma en la que se relataba una época y una sociedad. Los cultos leían, ser culto significaba algo –hasta llegó a ponerse de moda– y quien no lo fuera resultaba un poco despreciable. Quizás nunca haya sucedido de verdad, pero cuentan que así fue, hasta hace décadas. Ahora las causas y efectos de todo eso pasaron, pero queda como un sano prejuicio que se va perdiendo día tras día: el libro es la cultura y hay que aparentar que uno le hace caso.

–Estoy tan preocupado por el matrimonio del príncipe Bolkonsky.

–¿De lo qué?

–No me diga que no leyó La guerra y la paz.

–No, señor ministro.

–Pues entonces me temo que no podré aceptar su coima.

La discusión continuará y los ministros, que no son esquemáticos, terminarán por cobrar. Cada vez menos juegan ese juego. Los diarios, en cambio, sí se creen obligados a lavar sus conciencias y empolvarse la cara publicando una vez por semana el suplemento literario. Aunque después hagan la del ministro. Pero ahí está el suplemento. Que resulta como un repetido gesto dandy, de desdén por las mayorías, en aquello que es lo menos dandy, que tiene la mayor vocación de masividad que se podría imaginar: un diario.

Las ruinas de la cultura novelesca los obligan una y otra vez a doblarse en cuatro, a resignar sus formas, a disfrazarse de dandies para hablar de libros, y es una suerte. Porque los suplementos culturales ni siquiera se toman al pie de la letra y aprovechan para hablar de cultura; no, en su gran mayoría son literarios. Los suplementos literarios desmienten cada semana la idea barata de que el mercado es la variable básica del espacio cultural: si así fuera, los suplementos serían de videogames. Funciona más el prestigio, el respeto un poco religioso –ante aquello que no se entiende demasiado, pero que alguien cree que debería.

Así se arman estos espacios distintos del resto del diario, extemporáneos. Si el lenguaje de la prensa es de la comunicación cristalina, el de lo inmediatamente comprensible, ¿cómo hablar en ella de los lenguajes que no buscan ese efecto? ¿Cómo hablar en la prensa de literatura?

Jefes de redacción se encrespan, tonitruenan:

–Otra vez salieron con ese Cervantes. ¿No pueden explicar quién mierda es ese Cervantes? ¡No se entiende un carajo! ¡A ver cuándo van a hacer un suplemento que lo entienda doña Rosa!

Gritan, subestimando una vez más a doña Rosa. Y, por más que traten de hacerlo "apto para todo público", si hay que nombrar a Joyce hay que nombrar a Joyce y no se pueden poner diez líneas al pie explicando quién fue. Además, es probable que los que no tienen la menor idea de quién fue Joyce no lean esa parte del diario. Y lo bien que hacen.

Al lado hay cuatro páginas de turf: swahili. Yo nunca pude entender qué significa que un caballo haga cuatro un quinto en cancha barrosa, y no me siento por eso más basura. Nadie espera que los burros sean para todos, o las recetas de cocina, o los detalles de la bolsa; nadie se ofende si no se entienden. Los suplementos literarios sí; otro resabio del antiguo lugar de la cultura: las letras deben ser para todos; el que no las entiende es un tonto. Porque había épocas en que la novela era la forma dominante de contar el mundo: entonces, algunos todavía creen que es su deber consumirla, entenderla. Y otros, los mismos, creen que es su deber difundirla en sus diarios, aunque nadie la lea, aunque no se venda. Por esos resabios, pobrecitos, los diarios se disfrazan cada semana de dandies y quedan, casi todos, siempre un poco raros. Ojalá les dure.

(Julio 1993)
Vida de Pluma
La vida de escritor le llenaba el alma de iluminaciones. Sólo tenía algunos problemas a la hora de compatibilizar horarios, pero poco a poco fue descubriendo itinerarios inverosímiles que le permitían estar a las siete en el coctel de una fundación muy generosa en San Telmo, ocho menos cuarto en la presentación de una poetisa recién estirada en Belgrano y a las nueve en una cena en el centro, donde se anudarían alianzas fundamentales para la cultura nacional. Alguna vez pensó escribir una guía para estos trayectos odiseos, pero no era cosa de darle tanta ventaja a la competencia y, además, no se le ocurría nada original.

–El género de caminantes ya está completamente exhausto.

–Pero te queda la posibilidad de la parodia.

–Ay, por qué estarás siempre tan démodé...

Cuando publicó su primer libro tenía veintitrés años y tantas ideas que sólo esperaba que alguna vez dejaran de estorbarle en la imaginación; ahora, a los cuarenta y pico, disfrutaba de un nombre infaltable en congresos, cursos y encuestas de fin de año, ya no tenía que pintarse ojeras para parecerse a un maldito y nadie lo igualaba reconociendo orígenes y cosechas de los mejores clorhidratos, pero a veces no podía recordar si ese verso era de Keats o de Shelley. Algunas madrugadas se despertaba sudando de pavor.

No había perdido las ilusiones. Seguía creyendo que alguna vez escribiría una buena novela; mientras tanto publicaba libros para no perder el título y, de todas formas, había descubierto que las estudiantes de mirada lánguida y carnes de piedra sólo querían oírle recitar aquellas frases suyas que ya habían leído y que se resistían mucho más si trataba de cantarles algo que no supieran tararear. Era un hombre ordenado: cuando tardaban más de dos horas cuarenta en llevarlo al lecho las despedía con una sonrisa que supuestamente les troceaba el corazón. Las esperaba sin ansiedad: su contestador tenía una media de seis llamados por mes, lo cual no era tan malo en tiempos de crisis de la literatura, y el juego de ojos de los cocteles le deparaba una o dos más a la semana.

–Te digo que disfuté como una enana con El lógico hueso.

–Yo también.

–No sabés cómo me excité con los dos indiecitos mapuches que se lamen mutuamente la salsa de arrayán.

–No. Me tenés que explicar.

Todo solía repetirse con bastante precisión, así que se asombró mucho cuando apareció Guirnalda. Guirnalda tenía los pelos más verdes al sur del Orinoco, era flaca como un suspiro y no había leído un libro en su vida. Después de la primera noche, él pensó que había equivocado su existencia, y que no había verdades fuera de la carne. Después se pasó tres semanas diciendo a quien quisiera escucharlo que sólo podría amar cuerpos que jamás hubieran leído sus palabras. Al mes se le ocurrió una frase afortunada, y esa misma noche volvió a un coctel en busca de una de las habituales.

–Te amo.

–Y así siempre estarás en primera persona.

Cuando retomó su vida normal, todo estaba en orden salvo un detalle. Desesperaba: los mejores retruécanos empezaron a aparecérsele en el baño, mientras luchaba contra la terquedad de sus esfínteres, y allí no había quien los apreciara. Después se le ocurrió un truco: los anotaba en cartoncitos de colores, según temas, y rondaba por los cocteles con la saña del cazador solitario, buscando la oportunidad de deslizarlos suavemente, como si todavía no hubiese terminado de entenderlos.

Su vida era feliz, y tampoco pretendía gran cosa. Entre una campaña de aceite sin colesterol, ocho notas para revistas varias y una beca muy de tanto en tanto, solía llegar al fin de mes. Porque la literatura no daba: con los libros nunca se gana plata y, después, estaban los talleres. Los talleres eran esas dos horas desesperantes en las que, todas las semanas, tenía que escuchar y alentar los cuentos más sabidos, las prosas más banales, a cambio de unos dineros y un poco de admiración en cómodas cuotas. En los talleres soportaba a los personajes más horripilantes pero ellos, a cambio, lo leían con devoción suprema, le prometían que era el genio de los genios, le aseguraban la claque en las mesas redondas suburbanas. Alguien, incluso, una tarde en el Ici, llegó a decir que lo invitaban por eso, porque garantizaba un mínimo de público.

A veces lo llamaban para opinar sobre cualquier cosa y protestaba. Pero era capaz de pontificar con el mejor ingenio sobre la guerra yugoslava, la nariz de maradona o la inmortalidad del cangrejo. Protestaba por la banalidad de los medios, pero cuando pasaban unos días sin llamados empezaba a hablar mucho de los países civilizados, como Francia, donde se respeta la literatura y los escritores van a la televisión muy a menudo. Acá, sin embargo, estábamos haciendo grandes avances, y uno de los últimos números de la revista Gente lo fotografiaba con las manos en un bidón de miel de albahaca, por el título de su última novela. Sólo faltaba un pequeño empujón y terminaría siendo lo más parecido a una popstar que le permitiría su voz aguardentosa.

Su vida, queda dicho, era feliz. Mientras esperaba la gran novela, mantenía unos circuitos regulares y suavemente placenteros. Había instruido a los mozos de la Biela y, propinas mediante, los del turno noche no le traían el bourbon sin pedirle que por favor resucitara al poeta de su penúltima novela, ese que recitaba a Cavafis sin faltas de ortografía, porque era demasiado fascinante como para dejarlo morir así, de una sobredosis de peyote en la cubierta del yacht de una prima con cáncer de mama. A la segunda las mujeres empezaban a sospechar, pero los españoles invitados por el Ici o los franceses de la Alianza quedaban fascinados porque el pueblo argentino ya había elegido su voz cantante, y además no habìa peligro de que volvieran.

Allí, en las terrazas estivales o en alguna quinta acomodada, era imbatible en esas charlas que exigían ese cúmulo de conocimientos que horas y horas de bibllioteca no ofrecían. Porque él era capaz de llamar a los plumíferos del mundo por sus nombres de pila y saber si preferían retsina o champaña con las ostras de Belons, Fidel Castro o Franklin Delano Roosevelt tras la tercera copa, rubias, morochas o chinitos a la hora del postre.

Todo estaba listo: la gran novela no tardaría en llegar. Además, la vida de escritor le llenaba el alma de iluminaciones y cualquiera sabe, desde los tiempos de Hem o de Scott, que una vida así merece ser contada.

(Noviembre 1992)
El Intelectual Inorgánico
Todos esperaban sentados y yo, estúpido de mí, esperaba parado. Todos sabían, y yo no sabía. Todos sabían que, en cuanto empezara la música, las sillas se hundirían en el desprecio.

–¡Vamos, vamos la doce!

La doce había empezado temprano, mucho antes. La doce declaraba su identidad por amores y odios con cantitos que casi todos sabían, como en la cancha. A Bulacio lo había matado la policía, Fito era un sentimiento, Menem un compadre, la platea un nido de conchetos y Soda Stéreo sapo de otro abismo. La doce estaba lejos, alta, apiñada en los laterales; la platea, abajo, era casi igual pero no era lo mismo.

–¿Hace frío, ahí abajo?

–¡Nooo!

–¿Hace calor?

–¡Sííí!

–Están todos muy vestiditos, ahí abajo.

Dice Fito, con la sonrisa que nunca termina de ser irónica, que siempre se refugia en la complicidad, y revolea los brazos para que la banda ataque con su arsenal de watts y empiece la tormenta. Fito Páez, en el escenario, atruena, salta, se precipita, repta, se arrastra sobre el piano. Fito Páez, en el escenario, resume la energía, se hace cargo de la energía de todos los demás, la pone en escena, sostiene que la fuerza es posible. Después, de tanto en tanto, se permite el respiro de un temita más calmo:

–Nunca conoció a Gardel/ siempre con Hendrix y Tanguito.../ Y Diooooos/ es una máquina de humo.

El escenario está lleno de escollos, volúmenes como montes de venus para que el músico tenga que escalarlos, y los venza, y el aire está pesado de humos que le dan espesura para que los rojos de los músicos lo tajeen, cumplan su vocación de puñaladas suaves. Los músicos, por las razones que sabemos, portan rojos, destellos, medallones. En la doce, la ropa es un accidente que se disuelve entre cabezas ululantes. Las cabezas corean las canciones.

–¡Aguante, Boca, que vienen tiempos duros! ¡Una más, al repalo!

Hacia mil setecientos treinta y tantos, el caballero Voltaire, con peluca de rulos, empezó a inventar una cierta posibilidad del hombre de palabra. Hasta entonces, los escritores, filósofos, pintores y demás grillos eglógicos se habían dedicado a circular entre pares: escribían, pintaban, pensaban para ellos, para sostener después en los salones el fulgor de una mirada, el hambre de una boca, la carga de un prestigio. Entonces el caballero Voltaire, con puñitos de encaje, terminó de descubrir que, si la iglesia estaba agonizando, otra prédica debía sustituir la del buen padre y que nadie mejor que él, dramaturgo y poeta celebrado, para hacerse cargo de las voces de la nueva palabra.

Voltaire, en esos días, se lanzó a defender con panfletos y campañas a un par de injustamente condenados y restableció, en el justo medio entre el arte y la complicidad, la idea de que los hombres de palabra debían darle letra a las palabras de la tribu. Faltaba todavía un siglo y medio para que, en pleno affaire Dreyfuss, se inventara la calificación de intelectual, pero el modelo ya navegaba hacia todos los escollos.

Durante unos doscientos años, hasta hace pocos, escritores, artistas, pensadores, ocuparon un lugar que probablemente Sartre simbolizó del todo, y que ahora estamos perdiendo. El libro, el cuadro original, la composición musical pentagramada, el discurso académico se han encerrado cada vez más entre las ruinas, hablan para sí mismos, y la escucha está, definitivamente, en otra parte. Nosotros somos, otra vez, artistas florentinos. No es ni bueno ni malo, es otra cosa, y a algunos nos da, a veces, un poco de nostalgia. Los intelectuales, ahora, son los otros. Fito Páez, digamos, por ejemplo.

–Ustedes lo saben, pero yo lo voy a decir igual: no queremos más muertos, no queremos más muertos.

El ocupa el lugar volteriano, y el manifiesto manifiesto es breve: está, también, en otra parte. En el trueno incesante de la música eléctrica, en los vuelos y gritos, en los rojos, en algunas letras que cuentan historias urbanas, ligeramente negras, o suponen otras formas de la vida.

–En esta puta ciudad...

Todos cantan, corean. Nadie viene al concierto a escuchar novedades, a conocer. Lo distinto es, si acaso, algún gesto de la estrella, la posibilidad de cantar con él y con todos, las reacciones propias. Pero la condición para escuchar las canciones reside en conocerlas, en saber lo que se va a escuchar, en estar preparado. Si no, el caos y el volumen crean una especie de marasmo indistinguible. El concierto no es una producción de arte en el sentido clásico sino una ceremonia, no hay invención sino repetición gozosa, renovación del pacto.

–Fito, cantala que la tenés reclara.

Grita una boca despiadadamente literal, y hay bocas de quinceañeras con lenguas como dientes que se abren en las vocales de la música, que aúllan lo que cantan, que se abren, y hay más bocas. Las voces –en la ceremonia– redicen lo que le han oído decir a La Voz: repiten las palabras –en la ceremonia– para que las palabras constituyan una tribu.

–Bueno, mirá, ahora vamos a hacer un temita muy lindo, no es porque sea mío, mirá...

Dice Fito con aire a piedra falsa, y la feligresía carcajea.

–Las pelotudeces que hay que decir.

Dice Fito con siempre la sonrisa y nadie pierde la sonrisa, nadie se siente afuera: el –otro– intelectual puede jugar, también, con ellos y consigo mismo, porque el pacto está echado, y repican más truenos y palabras y se mueven los cuerpos, y las palabras y los cuerpos siguen siendo del coro y entonces alguien, un poco antiguo, desplazado, puede sentarse, en medio de la música, quedar oscurecido por espaldas y escuchar sólo los rayos de la música, vallado por espaldas, mirar desde un rincón la ceremonia de ellos.

Reconocerla: ellos son los que sabían cómo había que esperar. Yo soy el tonto que se pasa el concierto bailoteando, escribiendo estas notas.

(Julio 1991)
Microbios
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