Crónicas de la Argentina contemporánea






descargar 0.59 Mb.
títuloCrónicas de la Argentina contemporánea
página11/14
fecha de publicación12.07.2015
tamaño0.59 Mb.
tipoDocumentos
h.exam-10.com > Derecho > Documentos
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14

El orgullo

En el 60, a las 3 de la tarde, la mayor parte de los pasajeros somos señoras que vamos o venimos de no se sabe dónde. Pero adelante mío, en el tercer asiento de uno, hay un señor de traje azul muy impecable que se sacude a menudo el polvillo de los pantalones. Es cincuentón y tiene dedos de mucha manicura. Si hubiera tanto polvillo como el que el hombre se sacude, el aire sería una gelatina y la lluvia caería como terrones gruesos. Cuando sube el vendedor de bombones, siete por un peso, el trajeado mira ostensiblemente por la ventanilla. El vendedor tiene treinta años, barba y rulos y la ropa no muy gastada todavía. Hace corta la charla y empieza a depositar bombones sobre nuestros regazos. El trajeado, cuando ve que le están por poner un paquetito, se pone hecho una fiera:

–¡Pero qué se cree! ¿No ve que acabo de sacarlo de la tintorería?

–No se preocupe, jefe, no ensucian.

–¡Cómo no van a ensuciar, roñoso!

El vendedor lo mira desde arriba, como quien piensa qué le hago, qué le podría hacer. Supongo que considera la posibilidad de surtirle una piña, escupirlo, mandarlo a la puta madre que lo parió. Pero los tiempos están duros. La voz le sale chiquita cuando, por fin, consigue contestarle:

–Pero jefe, si yo soy técnico electromecánico recibido...
Las fiestas

Lo bueno de estos días es que resulta tan fácil entregarse a los brazos del ritual. El ritual hace, deshace, habla por nosotros, y nosotros gozosamente nos dejamos: son los momentos –tantos– en que lo que hacemos no necesita ninguna reflexión, porque está avalado por la seguridad de que miles de millones, desde hace siglos, han hecho en las mimas circunstancias exactamente lo mismo. La vida, para muchos, suele ser una sucesión de rituales –desayuno, viaje, trabajo, viaje, cena, tele, etcétera breve– pero en estos días se nota más: los rituales de las fiestas son más específicos. y es maravilloso dejarse hablar por los lugares comunes tan orondos, con esa sonrisita muy humana que también es un lugar común de estos días de concordia:

–Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo.

Dice el ritual, por ejemplo, y uno lo repite con el fervor debido. El otro día se me atragantó y pensaba, sin querer: qué curioso que la felicidad se desee para un lapso tan breve –un día, la muy feliz navidad no dura más que un día– y que para el tiempo largo –el año– se desee algo mucho más serio: la prosperidad. Que, además, tiene la ventaja de ser mensurable en términos cuantitativos.
El tiempo de las fiestas

Pero cada año me asombra más lo fácil que resulta –aparentemente– creer en el mito del eterno retorno: cada año, para estos días, un año viejo se va y llega otro, novísimo, brilloso, bien envuelto para regalo con moñito. Estos días están fuera del tiempo: es un ritual que se instala fuera de los otros rituales, que se distingue de los otros y los interrumpe. Es un gran esfuerzo, pero sirve para que cinco mil millones vuelvan a creer en uno de los mitos más antiguos: que el tiempo está dividido en unidades que empiezan y terminan y que, por lo tanto, cada principio es una nueva posibilidad y un nuevo riesgo.

–Este año fue un aborto, pero por suerte ya se acaba.

–Sí, y ahora con el año nuevo todo puede cambiar.

Dicen que la revolución pasó de moda, para el reino de los cielos falta mucho y en algo hay que creer. Así que durante estos días entre paréntesis, la creencia que funciona es la de una renovación que está a punto de llegar. Año nuevo, vida nueva, y vivan los reyes magos.
La creencia

Ella se hizo los claritos hace poco, pero el jogging celeste está tirando a raído. Ella tiene muchos más kilos que centímetros.

–Eso, eso cuchisho son lo que te digo.

En la vidriera todo viene muy made in. Un par de tijeras espantables junto a 24 colores en lápices dudosos, encendedores flúo y auriculares para ciegos, una batería de cocina con reflejos preincaicos. El juego de cuchillos ofrece diez cuchillos de todas las formas y tamaños por once pesos de la nueva moneda. Él es bajito, como ella.

–No, gorda, por ese precio nunca pueden ser buenos como los de verdá, como los caros.

Deben andar por los 40 y es probable que él esté a punto de dejar el ministerio, como todos los días en los doce últimos años. Es prolijo, atildado, con un bigote fino y un pulovercito gris sobre los hombros. Ninguno de los dos piensa en usar los cuchillos para matar al otro. Ni siquiera, pero los ojitos les brillan:

–¿Estás seguro, Beto?. Mirá si de pedo nos salen buenos.

–Ay, gorda, vos todavía creés en cada cosa.

(Diciembre 1993)
La Desolación
Lo del sol me impresionó mucho. Me había desconcertado al principio, cuando me enteré de que este año no iban a cambiar la hora, y después, hace unos días, leí una columna de Julio Nudler que daba una explicación: antes los gobiernos alargaban los días porque la energía era del Estado, que solía subvencionarla y quería gastar menos. Ahora, que es privada, a los dueños les conviene que gastemos lo más posible y por eso nos dejan un día cortito: para que haya que prender la luz. Consumir.

Es fuerte. A mí me gustan especialmente esas tardes que remolonean, que tardan en acabarse. Salir de un trabajo con luz, pasear, tomarse una cerveza, leer, cocinar con los últimos rayos. La vida parece un poco más larga en esas tardes de verano. Es muy fuerte que nos saquen el sol.

–Se puede correr, por favor.

La frase es famosa desde mucho antes de que existieran los colectiveros. Cuentan los que cuentan que Alejandro Magno, dueño del mundo hace dos mil y tantos años, se encontró en una calle a Diógenes, intelectual colérico. Diógenes vivía en un barril porque era un cínico; cuando se le acercó el Magno y le ofreció, dadivoso, que le pidiera lo que quisiese, Diógenes le pidió que se corriera, porque le estaba tapando el sol. Era un cínico: no porque supiera sonreír para las cámaras con una frase brillantemente desdeñosa colgada de la comisura izquierda. No; en esa época todavía sabían que la palabra cínico venía de perro: los cínicos eran los intelectuales que ladraban como los perros, que no la dejaban pasar, que chumbaban: molestaban a las almas bellas.

Así que lo del sol tiene solera. Me sigue pareciendo que sacarnos una hora del sol es un poco fuerte: tontamente fuerte. Es meterse de forma demasiado evidente con la vida más personal de cada uno. Cuando alguien no llega a fin de mes, el sistema que hace que no llegue le enseñó a pensar que es culpa suya, que no ha sabido hacerse valer, que no se impuso, que fracasó. Es una de las mejores astucias de los dueños. Pero nadie duda sobre quién maneja las horas del día.

–Papi, papi, ¿por qué oscurece tan temprano?

–No sé, hijo, algo habrás hecho.

El tiempo siempre fue uno de los puntos resonantes de cualquier pelea. Durante décadas, obreros del mundo pelearon por tener sólo 8 horas de trabajo, y les costó muchos muertos y muchas huelgas. Una huelga, sin ir más lejos, consiste en no entregar el tiempo que uno suele entregar. El tema es siempre el mismo: cuánto tiempo para uno y cuánto hay que entregarle a los dueños. Pensado con sólo un poquito de distancia, es increíble que todo esté organizado sobre esta transa en la que hay que entregar un tercio o la mitad de la vida para comer todos los días. Es de terror, y que parezca normal lo hace más terrorífico. El tiempo para uno es el único recurso no renovable verdadero que tenemos –ese que a los ecololós nunca se les ocurrió defender.

Que nos saquen el sol, digo, sigue siendo fuerte. Insisto: es meterse muy claro con nuestras vidas. Y es interesante que resulte tan claro, porque me parece que últimamente toda tiende a hacernos creer que la política –las formas en que se enjuagan los mecanismos del poder– no tiene mucho que ver con nuestra vida de todos los días. Eso es lo que quieren. Les conviene, así cuando hay elecciones no se votan políticas sino sonrisas de los candidatos y ganan siempre ellos, que salen más que nadie por la tele y hasta saben hablar mal de los políticos y de la política. Como si la política fuera una discusión en la Cámara, una negociación en Lola, un trueque de favores en el comité, y no la decisión de sacarnos una hora de sol para que gastemos más. Como si la política y los políticos no nos decidieran la vida.

En estas elecciones consiguieron hacérnoslo creer. Hubo cantidad que votaron por el aspecto del ejercicio del poder que más visiblemente influye en la vida cotidiana, que aparece como menos político: la economía. Por eso, se supone, votaron a un gobierno de modos tan mafiosos. Me parece que en esto se equivoca cierta oposición: en que basa sus críticas y ataques al gobierno en el tema de la corrupción, las irregularidades, los autoritarismos: la falta de ética.

–Este gobierno es una cueva de ladrones.

–Pero señor candidato, eso significa que entonces ustedes anularían lo actuado por ellos.

–Bueno, tendríamos que ver, pero su manejo económico ha llevado el país a una situación tan expectante que creemos que...

Quizás creyeron que la ética era un buen argumento porque algunos de ellos ganaron una elección en 1983 hablando mucho de la ética. Pero entonces la ética aparecía como el reverso de la muerte, el terror, la inflación y la derrota en la guerra. Ahora, en cambio, parece el contrapeso tolerable del dolar a un peso. Y no consiguen convencer a demasiados de que la ética pueda cambiar la vida, quiero decir: que frente a ciertas urgencias cotidianas la corrupción o la falta de ella aparecen casi como un problema estético. (Aunque se pueda argumentar que las urgencias aparecen por esa corrupción: el problema es que el vínculo no aparece claro.

–Mami mami, tengo hambre. ¿Por qué no me puedo comer otra vez los fideos de anoche?

–Pero nena, ya te dije que es por la falta de garantías jurídicas, caracho.)

Parece como si esos opositores estuvieran embarcados en una querella casi personal, valerosa pero sin verdadero eco social: buscan cierta legitimidad y buenas maneras que serían mucho más presentables y más dignas. El problema es que quienes tendrían que seguirlos buscan otra cosa: mejorar, cambiar sus propias vidas. Y de eso ofrecen poco.

Siempre me pregunto si no valdrá la pena hablar un poco menos de corrupción y de chanchullos y un poco más del país que este gobierno está terminando de armar, y que excluye a tantos. Siempre me pregunto si tantos opositores insisten con esos temas porque son más fáciles, o porque son un poco miopes, o por que no se les ocurren otros, o será que, en realidad, la vida que ellos ofrecen es tan parecida a la que manda este gobierno que ellos también manejarían el sol según les conviniera a los dueños del tiempo.

(Septiembre 1992)
Tigrecillos
Allí fue donde lo descubrí. Hacía años que lo buscaba, sin éxito pero sin desmayo y, por fin, allí lo descubrí: había encontrado el lugar en el que nadie, nunca, había escuchado siquiera hablar de Sandokán y ese lugar era, por supuesto, la Malasia.

En la Malasia, ni el portugués Yáñez ni Tremal Naik ni el fiel Kammamuri se mentaron nunca. En la Malasia circulan otros mitos.

–¿Te parece que así lo lograré?

–Seguro, porque somos un pueblo fuerte, trabajador y unido, y con la ayuda de Alá el mañana nos pertenece.

–Ya sé, ya sé, ¿pero estás seguro de que voy a poder comprarme la tele de 48 pulgadas con la doble visera de cemento?

En Kuala Lumpur, la capital, hay edificios novísimos que serán viejos dentro de dos años, los tigrecillos sin Mompracem doman inmensos coches blancos y todos saben muy bien que si trabajan lo suficiente pronto podrán vestir las mejores imitaciones de Kenzo y de Armani, tan apropiadas para el trópico. En Kuala Lumpur todos repiten el secreto a voces:

–Lo lograrás, si trabajas lo suficiente.

–El mundo es tuyo, basta con que te propongas atraparlo.

–Si no lo haces es que habrás fallado.

La Malasia es como un gran zoológico en el que se puede mirar y mirar a la bestia más interesante. El espíritu del capital, el animal sagrado de los tiempos, el que inventó la modernidad, está bien y vive entre los rascacielos del sudeste asiático. El espíritu del capital es la idea más fuerte de estos últimos doscientos años, la que los hizo. Antes estuvo en Inglaterra, Francia, Alemania, después en los Estados Unidos, en algún momento paseó por Australia, Canadá e incluso la Argentina. Hace no mucho emigró al Japón y, ahora, parece firmemente instalado en la punta del Asia.

En Malasia hay muchas películas que no se pueden ver, los diarios se autocensuran con conciencia de su apostolado, hay elecciones cada seis años para elegir siempre a los mismos, la radio es la voz del gobierno, las universidades son centros de excelencia, las carreteras están asfaltadísimas, cinco gramos de droga te llevan a la horca, los izquierdistas van presos sin juicio, la economía crece como en ningún lugar del mundo y todos parecen muy contentos porque saben que tienen trabajo, comida, confort y posibilidades de mejoras. Entonces, a quién le importa hacer algunas concesiones.

(Y uno, en principio, se desespera porque cree que sabe ciertas cosas, pero quién podría decir que eso está bien o mal. Quizás sea cierto que lo que la mayoría quiere es una panza llena y el televisor correspondiente y poca bola a las paradas éticas. El fracaso de los militares argentinos no fue ganarle al guerra a la izquierda, sino perderla con los ingleses y con la inflación. Si los menenomics funcionasen, pocos se preocuparían por sus pelucas o su suprema corte. El espíritu del capital tiene la ventaja de tener las cosas muy claritas. Y eso se ve muy bien en la Malasia.

Menem, está claro, se moriría de envidia: en la Malasia, Mahatir gobierna hace doce años y podría seguir, dicen que van a ser un país desarrollado para el 2020 y es probable, todos trabajan como enanos y no cuestionan casi nada, porque tienen lo que querían. Pero el espíritu del capital no le llega a quien quiere, sino a quien lo merece y le hace sacrificios. El espíritu del capital supone, sobre todo, una confianza firme en el futuro, es de las últimos modelos que siguen trabajando para una idea del futuro. El modelo de la corrupción es lo contrario, es la desconfianza básica en el futuro que te hace buscar los beneficios inmediatos, todo ya.)

Es maravilloso verlo funcionando, tan orondo. Es como llevar a plaza Francia un pterodáctilo: fascinante, un éxito absoluto. Porque el espíritu del capital, el espíritu puro, ya ha pasado por casi todo el mundo y una vez que ha pasado se vuelve historia, es difícil que vuelva. Digo: en el estado enérgico, pujante de su juventud. En tantos países subsiste viejo, achacoso, lleno de desocupados y crisis y peligros, que uno se pregunta cómo y cuándo terminará de terminarse. Pero ahora lo que me intriga es saber quién inventará el próximo modelo. Los socialismos, está claro, no lo consiguieron. Es más, ahí estuvo su falla central: no pudieron inventar, una vez en el poder, formas de convencer a los hombres de que allí estaba su beneficio, su conveniencia.

–El trabajo los hará libres.

–Y la libertad de casi todos les dará la felicidad.

–Y entonces, teniendo en cuenta las condiciones objetivas del desarrollo de la contradicción principal en su presente etapa y las tensiones introducidas por la fuerza de las contradicciones secundarias en el seno de la clase dominante, la marcha ineluctable de la historia será

Siempre funciona algún principio rector, la madre de todos los impulsos. Antes, hace mucho, fue la tribu. Después dios, en algún momento la patria. Que también trabajan con la idea de construcción para el futuro: los dioses, para la vida eterna, la patria, para las glorias de la historia, el capital, para el bienestar de uno y su descendencia.

Ahora, todavía, el espíritu del capital es el que manda. Pero no por mucho tiempo. Digo: no por muchos siglos. Daría un huevo y la yema del otro por saber cuál será el próximo.

(Junio 1993)
Las Rayas Blancas
Me impresiona que todos nos controlemos tanto. Eso debe ser la civilización.

La civilización son las rayas blancas. Sarmiento adoraría las rayas blancas. Sus sucesores más recientes también, pero las otras. Digo: Sarmiento adoraría las rayas blancas pintadas en las calles, modestas, sin aspiraciones de ninguna clase.

Y eso debe ser la civilización: hay pocos homenajes más repetidos y cursis a la convivencia humana que un señor que camina por unas rayas blancas como si nada, con semáforo verde y los coches a mil por la avenida, hacia él, con semáforo rojo. Es un gesto de infinita confianza. Sólo un signo lo separa del aplastamiento: sólo una convención. La civilización debe ser su confianza en que los conductores de los coches van a respetar la convención.

–Pobre ángel, era tan bueno.

–Sí, nunca eructaba en la mesa, casi nunca.

La convención funciona porque se supone que sirve para el bien de todos. Al automovilista le conviene parar para no tener problemas y porque él será peatón la otra vez, y le convendrá que los demás paren. La convención se basa en la ficción de que los puestos son intercambiables. No siempre es cierto.

–Pero mi coronel, imagínese lo que sería esto si todos los negritos anduvieran en coche.

–Intolerable, doctor. La barbarie, le digo, la barbarie.

–Usted lo ha dicho, coronel. Va a haber que tomar medidas.

Antes la muerte no era tan tan fácil. Casi siempre, hasta hace poco, matar era una tarea que requería armas y habilidades específicas. Durante mucho tiempo, por ejemplo, se usaron espadas. Sólo una parte de la población tenía derecho a llevar su espada, y la llevaba siempre. Vivían armados, pero el hecho de matar necesitaba el esfuerzo del brazo, la intención, ver de cerca la agonía del otro, mancharse la ropa. Era auténtica iniciativa personal.

Después los estados fueron tratando de monopolizar la violencia y ahora, en principio, los únicos que exhiben armas por la calle son los botones, pobres. Otros las tienen, pero no las muestran. Parece como si la portación de armas estuviera más o menos controlada: es falso. Ahora todo son armas.

Lo maravilloso del desarrollo técnico no es sólo que le permitió al hombre llegar por primera vez a la capacidad de destruirse del todo: además, lo arma todo el tiempo. Ahora matar a alguien es demasiado fácil, cuestión de sólo un rapto repentino. Cientos de miles escuchan cada tarde FMBullshit al volante de un arma lista para el próximo disparo. ¿Por qué frenar en el próximo semáforo? ¿Por qué respetar las rayas blancas?

–¿Sabés qué? Ahora me gustaría una viejita con chalina marrón.

–Ay no, no pega nada con nuestro azul metalizado.

Sólo un rapto: está al alcance de la mano de cualquiera: Una calle de cualquier ciudad es el espacio fantástico en que las potencias están desatadas, todo es posible y uno simula que no y camina tranqui. En Madrid, hace unos años, unos semipunkies decidieron perturbar el orden social los viernes a la noche y se metían en la autopista más concurrida a contramano y a toda pastilla. El terror. La autopista quedó desierta, boliches quebraron, la confianza se resquebrajaba. Es que resulta demasiado fácil. Una acelerada, una pastillita en un vaso, tirar la maceta, una hornalla abierta: Fácil y estúpido: como el gesto de un mongui.

Por eso ya no tiene mérito matar a uno: ahora, los que quieren que los miren por la tele eligen la cantidad o la serie. Ahí sí que está clara la intención, no quedan dudas. La acelerada es demasiado fácil: no se nota. La civilización permite aparentar la calma: como quien pasea, en una noche clara, por una calle de la ciudad y ve, detrás de las cortinas, sólo la luz violácea. No las peleas, no los polvos, no los enfermos: un silencio sucio y el color de los televisores. Y oye algún patinazo, aceleradas.

Es demasiado fácil: necesita una barrera poderosa. La civilización es ese dique hinchado, amenazado por las aguas que logra todavía que muchos paren en las rayas blancas. Cuantas más posibilidades técnicas más debe reforzarse el dique: hay más peligros. La civilización es lo que permite la convivencia: lo que permite cierto tipo de convivencia. La civilización es lo que hace que cuando los dueños de la Argentina –digo, los dueños verdaderos, los que se la están comprando últimamente, no el Muñeco Pelucón– cruzan por sus interminables rayas blancas, los coches de los muertos de hambre paren y los saluden o, si acaso, los envidien civilizadamente o incluso los odien un poquito. Igual los van a votar en las próximas elecciones, voten a quien voten. Gracias a la civilización, gloria y loor.

(Junio 1992)
El Peso del Peso
A veces me impresiona pensar que son sólo papelitos pintados de un color. Que pueden definir tanto la vida.

–Ya lo dijo Humphrey: la cuestión es tener o no tener.

–Pero él estaba hablando de otra cosa.

En aquellos días todavía quedaba espacio para otras cosas, y quien dijera tener o no tener podía estar hablando de ellas, del coraje, por ejemplo, bajo forma de huevos. Ahora todo está más claro, e incluso los pocos países que se quedaron con el rótulo de socialistas empiezan a explicarte que el error fue pagarle a todos igual, hicieran lo que hicieren, pero que desde que empezaron a pagarle más a los que más producen todo empezó a arreeglarse. Ya todos saben que agregar al sustantivo incentivos el adjetivo materiales es una redundancia, y que lo que importa es, decididamente, el papel pintado.

Los billetes son uno de los grados más altos de abstracción simbólica que ha alcanzado la especie. Al principio todo estaba allí, de cuerpo presente: un hacha mal pulida se podía cambiar por un hato de cañas dulces o una mujer malhumorada, y pasaron muchos miles de años hasta que a alguno –Creso, se dice– se le ocurrió que eso se podía representar y empezó a acuñar moneda con un sello que garantizaba el peso.

La moneda, durante muchos siglos, fue oro que valía lo que pesaba, o bronce: la abstracción era muy relativa. No hace más de quinientos años que aparecieron en Occidente los papeles que dicen valer lo mismo que una vaca o un cuadro, o una mujer simpática.

Y aunque ahora el grado mayor de abstracción está en el plástico, en las tarjetas que suponen dineros depositados en algún otro espacio, los billetes siguen siendo el símbolo por excelencia de la posesión y del despojo. Los papeles pintados son relatos discretos de las horas de sudor, de guerra, de placeres y son, también, un estandarte: los países tienen, entre sus símbolos patrios, la moneda que supieron conseguir.

Los billetes son un dato fuerte. Cuando España imitó a Francia en aquello de poblar los suyos de escritores y pintores, algo se derrumbaba en la que fuera faro de Occidente. Ernesto Guevara había hecho sus esfuerzos para que el dinero dejara de existir: cuando Cuba sacó un billete de tres pesos –"tan falso como un bilete de tres dólares", suelen decir en la Unión– con su cara con boina, algo, también, cambiaba de sentido.

Ahora, la Argentina anuncia la llegada de sus nuevos billetes.

–Ya vas a ver que a cada uno le falta un pedacito.

–¿Cuál?

–El mío, cuál va a ser, el nuestro.

Los nuevos billetes son, como ya vienen siendo los anteriores, de formato dólar. Pero esta vez la forma coincide con el fondo: los nuevos billetes valdrán como los dólares y, además, ostentarán una leyenda que crearía epopeyas si se transformara en leyenda: "Convertible de curso legal". Aunque, más allá de palabras que pueden costar carísimas, lo que marca es la imagen.

Cuando el austral, los radicales quisieron llevar hasta el papel pintado su idea de que lo que importa es la democracia y, en un alarde de igualitarismo, imprimieron en los billetes las caras de los presidentes por riguroso orden de aparición, sin coronitas ni rincones. Allí no había categorizaciones ni juicios de actuación: el solo hecho de haber sido un presidente constitucional habilitaba para poner el rostro. Corriendo los riesgos de una cierta idea de la racionalidad, la plata se llenó de caras sin carisma, casi irreconocibles.

Ahora, en cambio, vuelven las caras bonitas que nos han acompañado desde aquella vez en que, por vez primera, entonamos el Asulunara henchidos de patriótico orgullo. Con alguna adición.

Están, en principio, todos los que son, los más mejores. En el mejor estilo menenista, en los billetes también se forma la liga de ganadores o, dicho a la manera de Zoofovich, la selección de los animales–estrella. Está toda la farándula del manual de Ibáñez: una cierta idea de la historia como la obra de las caras con vocación de mármol, que el presidente comparte sin fisuras.

Pero está, también, la celebrada audacia menenista: para que no faltara nadie, para convocar a todos sin exclusiones, porque las ideologías han muerto, para que estuviera incluso el pelado Díaz, se presenta en sociedad a un nuevo miembro del club más exclusivo: el restaurador de las leyes, el matador de Facundo.

Porque las ideologías han muerto: en los billetes, San Martín, que armó un ejército que iba "en pelota como nuestros hermanos los indios", coincide con Julio A. Roca, que armó un ejército para hacerlos pelota. Aunque es cierto que todavía quedan clases: San Martín vale cinco, Roca ciento. Sarmiento, exiliado y perseguido por Rosas, baldón de federales, vale dos veces y media lo que el antaño tirano prófugo.

Y así. En los billetes se produce, como en la cita de Marechal y Borges, la supuesta reunificación mágica de los argentinos que se opera por el solo recurso de reunir en un discurso, en un dinero, a sus supuestos extremos. Es como dos platillos que, al juntarse, tuvieran que contener en el estruendo todo el aire que desplazaron. Cualquiera ve que, para encontrarse, tuvieron que dejar al aire en el camino.

Los nuevos billetes serán, de todas formas, tranquilizadores: son la vuelta a una época. Son las caras de siempre, Galán, Pinky y Grondona, con el nombre de siempre: ahora, los pesos vuelven a ser pesos, como en los buenos tiempos, como en aquella Argentina que no había pasado, todavía, por "cuarenta años de errores".

Y volverán, incluso, las monedas. Sólidas, pesadas. Pero, para marcar algunas diferencias, las fabricarán en Chile. Serán –somos tan elegantes– importadas.

(Julio 1991)
Tiempo de Descuento
En realidad todo es extraordinario, pero la vida consiste en tratar de disimularlo. Para eso sirven la familia, las películas, las drogas, el fútbol, los flirts, el trabajo, los diversos rituales.

–Ufa, menos mal que ya se acaba.

–Y que por fin empieza el otro año.

–Sí, por fin.

Cada fin de año volvemos al tiempo de los primeros hombres que, a fuerza de ver que el sol y la luna se iban y volvían cada noche, y también las cosechas y las estaciones, creían que el tiempo era una rueda que giraba y giraba para terminar siempre en el mismo lugar: el ciclo empezaba y sólo terminaba para volver a empezar, otra y otra vez, siempre igual a sí mismo. Era tranquilizador. Cada fin de año volvemos a actuar aquella idea del eterno retorno, y repetimos los mismos rituales, las mismas muecas, las mismas esperanzas para un año nuevo que cada vez empieza, igual que siempre.

A fin de año se nota más, pero es lo mismo que hacemos todos los días: simular que todo vuelve, que el retorno es eterno, que nada pasa realmente. Que hoy será un vago remedo de ayer, que mañana será semejante. O sea: disimular que estamos embarcados en una idea del tiempo que supone que cada minuto que pasa se perdió para siempre.

–Cada minuto es un minuto menos, pibe.

–Loco, te fuiste al carajo.

–No te calentés, ahora mismo vuelvo.

En algún momento de la historia, el tiempo del eterno retorno fue reemplazado en las grandes líneas por la idea del progreso: el tiempo "avanza" en una dirección y no regresa. A cambio, el futuro se prometía globalmente mejor que el pasado.

(Se creyó tanto en el progreso, fue tan dios, que ahora, lógicamente, se descree. Que las mejoras traían desastres, se dice, que la técnica ha devastado el mundo, y es cierto. Pero hay datos indudables: hace diez mil años, nueve de cada diez estrellas se morían antes de los cuarenta. Algo ha cambiado. El problema es cuando tratan de manejar el progreso como promesa en el corto plazo, de usarlo tan descaradamente como herramienta política, como forma de dominación).

Pero ese tiempo que nos va desnudando día tras día sólo es tolerable si va hacia algo, no hacia la nada. Para eso había dioses, vidas eternas, marchas ineluctables de la historia: para que el tiempo llevara a alguna parte. Ahora, que de todo eso queda tan poquito, se hace más difícil pensar en el tiempo.

–En realidad, todo es extraordinario.

–Si, pero la vida consiste en tratar de disimularlo.

Para eso sirven la familia, las películas, las drogas, el fútbol, los flirts, el trabajo, los diversos rituales: insistir en la repetición como quien pretende que esa repetición va a ser interminable: refugiarse en la ilusión de que todo vuelve sin límite conocido.

(Y evitar pensarse en el futuro. Creo que sólo por ese terror de verse en el futuro se entiende, por ejemplo, el desprecio hacia los reclamos de los jubilados. Cualquiera que tuviera la honestidad de imaginarse a sí mismo en ese trance tendría que hacer algo por ellos, por sí mismo. Pero verse como jubilado es verse, por extensión, ante la muerte).

Como quien pretende que esa repetición va a ser interminable: ¿cómo si no se podría aceptar hacer todos los días lo mismo, trabajar, pasar diez horas por día esperando que pasen de una vez, vendiendo lo único irrecuperable, el tiempo propio, a cambio de un poco de tiempo, el tiempo libre?

El tiempo libre, para tener un poco de tiempo que perder. "Perder el tiempo" es simular que ese tiempo es un bien abundante, que lo tenemos en demasía, que podemos despilfarrarlo. Y quien no lo simule, supongo, enloquece.

La idea es tan simple: sospecho que pensar que cada minuto es realmente un minuto menos no resulta soportable. Pensar que ese jueves lluvioso en la oficina no sucederá nunca más y que fue, pese a todo, un privilegio o, si acaso: unas monedas de nuestro único capital, que ya hemos gastado. Es tonto. Es cursi. Pero la idea me retumba en la cabeza:

–En realidad todo es extraordinario, pero la vida consiste en tratar de disimularlo. Si no, sería intolerable.

Feliz año nuevo.

(Diciembre 1992)
Morituri
El peor de los desastres del siglo XX no es, por supuesto, una bomba con forma de hongo ni una peste bermellón ni verde ni negra ni el éxito del tedio ni la fuerza del compre brilloso ni la derrota de algunas ilusiones. Ni siquiera la victoria de algunas ilusiones. Lo peor de lo peor fue que nos quedamos frente a la muerte solos, en bolas y gritando.

–¿Y ahora para qué sirve?

–Vaya a saber, habrá que inventarle algo.

Nada empieza nunca, pero se podría decir que esto empezó con el terremoto de Lisboa, 1756. Un día, sin decir agua va, el mar se tragó media ciudad con soda, y murieron decenas de miles. Voltaire, que en ese entonces tenía casi tanta audiencia como Mariano Grondona porque en aquellos días los intelectuales valían lo que ahora los arrepentidos, empezó a preguntarse quién era ese dios que se cargaba a sus súbditos gratis, y para qué servía. La existencia del mal hacía que ese dios fuera un ineficiente, o un turrito. Ya algunos se lo habían preguntado antes, y muchos más se lo preguntaron desde entonces.

Resultado: que a principios de este siglo, tras tanta prédica y peleas, el famoso materialismo ateo empezó a dominar en las conciencias de Occidente.

Fue cuando llegó la revolución que mató reyes y dioses y, asustada, trató de conformar su propio espacio sagrado: los héroes tenían sus panteones y su culto y vivirían para siempre, si no en el Paraíso, en el corazón de su pueblo feliz y agradecido o, al menos, en inmensos mausoleos de mármol socialista. La muerte –heroica, útil– seguía dándole un sentido a la vida.

–No sabés cómo me calienta cada vez que muere por la causa.

–Ay sí, se pone tan lindo. Dan ganas de estrujarlo, de matarlo a besos.

Pero era una paradoja, una especie de contradicción intrínseca y tampoco funcionó, y ahora estamos jodidos. Se habla mucho de la pérdida de significados, de la disoluciòn, hasta Monty Python se pregunta por el sentido de la vida, y lo verdaderamente fuerte es que ya no le encontramos sentido a la muerte.

Decía Mishima –entre tantos– que "la conciencia de la muerte es la condición previa de toda cultura". Para encontrar, supongo, las formas de disfrazarla. Para eso sirven las culturas: para inventar formas de soportar el vacío. Y ahora estamos en ese momento estúpido, fascinante, en que una civilización ya destruyó las pautas anteriores y todavía no ha terminado de inventar las nuevas.

(No sólo en esta cuestión: creo que en todas. Y no es fácil, no se ven las luces. Prima, muchas veces, la sensación de que nunca saldremos de la mermelada confusa, de que lo que viene es precisamente esa mermelada.)

Es una desgracia –por ejemplo– vivir en una época que ha logrado, gracias a la ciencia, acabar con la vida después de la vida pero no ha encontrado aún, gracias a la ciencia, los medios para prolongar esa vida más allá de lo mezquino.

Fascinante y terrible. Sobre todo cuando uno se descubre mirando con envidia o impotencia el alivio de los pocos creyentes que todavía se la creen. El problema es que hay cosas en las que ya no se puede creer –ya sabemos por qué no creer en ellas, y sería casi imposible olvidarlo. Y el problema es que es muy difícil vivir sin creer, con la muerte como sólo un final.

–Porque puedo decirle que sin ninguna duda el mañana nos pertenece y por ende...

–Disculpemé. ¿Y el pasado mañana?

Lo cual cambia casi todo. Por ejemplo, la condición anciana: como la vida no lleva a ninguna parte, hacerse viejo no sirve para nada.

Cuando la muerte tenía un sentido –comunicaba con algo– llegaba tras un camino ascendente: ser viejo era la última etapa y era deseable: uno se convertía en una fuente de sabiduría necesaria para la comunidad y, además, estaba más cerca de los dioses. Ahora hay otras formas de acopiar información, y la experiencia es una pavada para beatniks: ser viejo es el peor pecado y es mejor no imaginarse siquiera como tal. Ese es uno de los trucos: no imaginarse. Sólo así se puede vivir en un país donde los jubilados se mueren de hambre, y tantos otros. El truco es simple: no imaginar. Los viejos, los jubilados, los que mueren son siempre otros. Los viejos no sirven para cobrar, para gustar, para decir, para putear, ni siquiera para ganar elecciones. Son obscenos: están demasiado cerca. Uno, cuando se muera, será un otro que ahora es impensable.

Pero los viejos ya se parecen, y eso no se banca. Ser viejo es el peor pecado: un error que el tiempo repara. Como la juventud, pero con una solución final.

(Agosto 1992)
Microbios
1   ...   6   7   8   9   10   11   12   13   14

similar:

Crónicas de la Argentina contemporánea iconEs ítalo-argentina, nacida en San Nicolás de los Arroyos, Argentina

Crónicas de la Argentina contemporánea iconLa literatura contemporánea engloba la producción literaria “occidental”...

Crónicas de la Argentina contemporánea iconCRÓnicas. José alejandro castañO

Crónicas de la Argentina contemporánea iconCrónicas del Reino: Bajo las Acacias

Crónicas de la Argentina contemporánea iconCrónicas de la Historia de José C. Paz Costumbres y Sociedad

Crónicas de la Argentina contemporánea iconCuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

Crónicas de la Argentina contemporánea iconCuaderno de lengua: crónicas personales del idioma español

Crónicas de la Argentina contemporánea iconEl libro Crónicas de Camelot I: La piedra y la espada de Jack Whyte

Crónicas de la Argentina contemporánea iconEs el centro de la ciudad fundado en 1776, que guarda y muestra la...

Crónicas de la Argentina contemporánea iconResumen las espóndilo artropatías (spa) son un grupo de condiciones...






© 2015
contactos
h.exam-10.com